[Pasado] Lecciones dolorosas y vitales, Doc
#1
Día 51 de Otoño, Año 9.

Siete años antes del ahora. En la era en que su uniforme todavía era una ofensa al sombrío paisaje que le rodeaba y su lugar en el mundo era una isla que a la propia existencia le importaba poco.

Su destino no era un puesto en una remota isla tropical. Estaba estacionado en un lugar donde la esperanza era un recurso más escaso que el agua potable: Isla Kutsukku. Específicamente, en la guarnición de la Marina a las afueras de Ciudad Gear. Gear no era tanto una ciudad como una cicatriz supurante de metal y desesperación. Edificios de ladrillo ennegrecido y chapa oxidada se apilaban unos sobre otros como los dientes rotos en una mandíbula enferma, perpetuamente envueltos en una niebla que olía a óxido, a carbón mal quemado y a derrota.

El edificio que hacía de cuartel de la Marina no era un faro de orden en el caos, sino una jaula. Un muro de hormigón coronado con alambre de espino separaba a los marines del decrépito paisaje urbano. La "enfermería" era una sala en el sótano, fría y húmeda, con paredes que sudaban una perpetua condensación. Las únicas ventanas eran unas rendijas en lo alto que solo dejaban entrar una luz grisácea. Aquí, Develio pasaba la mayor parte de sus días, en un perpetuo estado de reverencia bajo las tuberías de vapor que cruzaban el techo, escuchando el distante sonido de los ajustes de cuentas de las bandas de Gear como una banda sonora constante.

Al cargo estaba el Suboficial Mateo, un hombre que parecía haber sido tallado en el mismo carbón y cinismo que la propia isla. Sus ojos cansados habían visto demasiada miseria para molestarse en buscar la nobleza. En su día quizá fue un esperanzado y joven Marine con conocimientos médicos, sin embargo hoy era la sombra de un pasado que jamás regresará. En Develio no veía a un colega prometedor, sino una anomalía: una herramienta demasiado grande para un trabajo tan pequeño y miserable, y cuyas detalladas sugerencias médicas eran un recordatorio constante de su propia apatía.

La historia de esa semana, la que Develio registraría con precisión en su mente pero cuyo recuerdo tendría la textura del óxido, comenzó no con un paciente que entró, sino con uno que fue arrastrado. Dos marines, patrullando el perímetro, encontraron a un niño de no más de diez años tirado en una zanja cerca de la "Tierra de Nadie", ese vertedero de chatarra que servía de cementerio no oficial entre las cuatro ciudades. El niño no era un recluta ni un civil amistoso. Llevaba los harapos y los colores de una de las bandas de por allí, una de las facciones que luchaban por el control de la ciudad. Estaba inconsciente, con una pierna destrozada por una trampa para osos, de las que se usaban para mutilar a los enemigos, no para cazar. La herida era un amasijo de carne desgarrada, metal oxidado y hueso astillado.

— Déjenlo morir. —fue el veredicto de Mateo, sin siquiera acercarse— Es uno de ellos. Si lo salvamos, mañana mismo estará intentando apuñalarnos por un pedazo de pan. Además, la herida está séptica. Gangrena garantizada. No voy a malgastar nuestros escasos suministros en él.

Los dos marines dudaron, pero la orden era clara. Se dispusieron a sacar al niño fuera, al vertedero de donde había venido.

Fue entonces cuando Develio, que había estado limpiando instrumental médico en silencio, se interpuso en su camino extendiendo un largo brazo. Su enorme palma extendida era más grande que los dos soldados juntos, bloqueó la salida del sótano por completo.

— Suboficial —su voz retumbó en el húmedo silencio—La herida es grave, pero tratable. Y el paciente es un niño. Mi deber como Marine y Médico, la justicia no hace distinciones por el uniforme que lleven, o no lleven.

Mateo soltó una carcajada agria— ¿La justicia? Aquí la única justicia es a mi autoridad, Recluta. Y mi autoridad dice que ese pequeño engendro es un desperdicio de tiempo y de mi morfina.

— Entonces que sea mi tiempo y mi morfina los que se desperdicien —replicó Develio, su calma un muro contra la amargura del Suboficial, agazapó la cabeza a modo de súplica flexionando su cuello hasta que su barbilla topó con su pecho—Permítame tratarlo. Asumiré la total responsabilidad. Y usaré mis propias raciones para reponer los suministros que utilice.

La idea de que el gigante pasara hambre pareció divertir a Mateo lo suficiente como para ceder, además verlo suplicar era satisfactorio, en el agujero que fue abandonado solo los adictos a alguna droga suplicaban por pastillas o inyecciones de algún tipo de calmante — Como quieras. Cava tu propia tumba, grandullón. Pero cuando muera en esa camilla, tú sacarás el cuerpo.

Durante los siguientes cuatro días, Develio transformó su pequeño rincón del sótano en una sala de operaciones y de cuidados intensivos. La cirugía para extraer los dientes de metal oxidado y los fragmentos de hueso de la pierna del niño duró casi ocho horas, una tarea de una delicadeza microscópica para sus manos descomunales, el trabajo de un relojero decía él cuando alguien le preguntaba, llevada a cabo bajo la vacilante luz de una única lámpara. No había antibióticos sofisticados en Kutsukku. En su lugar, Develio improvisó, creando una pasta desinfectante a base de salmuera concentrada, ajo y alcohol de grano robado de la despensa de Mateo, una receta de su tierra natal para combatir las infecciones más sucias.

El niño, cuyo nombre nadie conocía, despertaba esporádicamente, sus ojos llenos del odio y el miedo de una rata callejera acorralada. Escupía, arañaba, intentaba morder la enorme mano que limpiaba sus heridas. Develio no reaccionaba a los ataques. Simplemente aguantaba, dejando heridas y marcas por todos sus dedos, hablaba con él murmurando palabras que el niño no podía entender, explicándole el procedimiento, hablándole del tejido, de los músculos, de la sanación.

El tercer día, cuando la fiebre por fin empezó a ceder, dos figuras sombrías aparecieron en la puerta de la enfermería, seguramente pagaron a los Marines de la puerta para dejarlos entrar o simplemente viendo que era muchachos los dejaron entrar. Eran miembros de la misma banda que el niño, adolescentes demacrados pero con ojos de asesino, armados con tuberías de plomo y cuchillos hechos con chatarra. Habían seguido el rastro de su "hermano" perdido.

— Dénnoslo —dijo el que parecía el líder, un chico flaco con un engranaje oxidado tatuado en la mejilla—Ahora

Mateo, pálido de miedo, estaba a punto de ordenar a Develio que entregara al paciente. Pero el gigante ya estaba en movimiento. Se irguió, su cabeza rozando las tuberías del techo, su sombra devorando a los dos jóvenes pandilleros.

La rabia primordial de Elbaf, el instinto de aplastar una amenaza sin preocuparse por las consecuencias, la libertad de hacer lo que quieras, de evitar problemas simplemente agitando una mano, surgió como una marea oscura en sus venas. Eran solo insectos. Podría haberlos exterminado. Un movimiento de cada brazo y sus historias habrían terminado en ese húmedo sótano.

Pero su mirada se desvió un instante hacia el niño en la camilla, dormido pero respirando de forma rítmica. Y el cirujano venció al guerrero.

Cuando los dos se lanzaron hacia él, Develio no contraatacó. Dejó que lo golpearan. Su mano izquierda interceptó el tubo de plomo, no con un bloqueo que rompiera el hueso, sino con una suave desviación. Al mismo tiempo, los dedos de su mano derecha se deslizaron como serpientes y se abrieron como una boca enorme para engullir a uno de los chicos, inmovilizándolo, solo dejó fuera la cabeza entre sus dedos.

Un grito ahogado. El cuchillo cayó al suelo. Otro grito. La tubería de plomo resbaló de unos dedos incapaces de articular movimiento. En menos de cinco segundos, ambos jóvenes estaban atrapados en sarcófagos de carne que únicamente dejaban fuera sus cabezas sin posibilidad de hacer nada.

Develio se cernía sobre ellos, no con furia, sino con la autoridad absoluta de alguien que ha atrapado a una mosca en su mano.

— Se recuperará —dijo Develio, su voz tranquila y profunda, refiriéndose al niño de la camilla— Sus heridas eran graves, deberíais largaros de esta isla y sus luchas. Llévenle esa noticia a su jefe o a quién los mandó aquí. Si vuelven aquí antes de que pueda caminar, yo mismo os partiré las piernas para que sepáis por lo que deberá pasar vuestro "amigo" para volver a una vida normal.-Echó un vistazo por el ventanal que dejaba entrar la poca luz gris del exterior.-O la mierda de vida que se pueda llevar aquí...

Los dos chicos, con los rostros desencajados por el dolor y el asombro, se levantaron una vez abrió sus manos que ejercieron de jaulas improvisadas, huyeron como si hubieran visto a un dios vengativo. Develio suspiró y negó para si mismo y regresó a atender al niño. El suboficial Mateo puso cara de asco al recluta semigigante y regresó a sus quehaceres.

Era el quinto día. Para los estándares de Ciudad Gear, un milagro en sí mismo. En el húmedo y sombrío sótano de la Marina, algo parecido a la esperanza había echado tímidas raíces. La herida en la pierna del niño, antes un cráter necrótico, ahora mostraba tejido de granulación de un color rosa sano. La hinchazón casi había desaparecido y la fiebre era solo un mal recuerdo.

El niño, que finalmente había dicho que se llamaba Cian, había pasado del silencio hostil a una aceptación recelosa. Ya no escupía ni mordía. Había empezado a hablar, con frases cortas y ásperas, preguntas sobre el gigante que lo cuidaba. Develio, con su infinita paciencia, respondía con calma, describiendo los huesos de la pierna o explicando por qué el cataplasma de salmuera picaba pero curaba. Para Develio, era el avance más significativo. La confianza, al igual que el tejido, había comenzado a regenerarse.

Esa tarde, el aire parecía más ligero. Cian estaba sentado en la camilla, apoyado contra la pared de piedra. Develio, arrodillado a su lado para estar a su altura, le estaba cambiando el vendaje. Sus enormes dedos se movían con la destreza de un relojero.

— ¿Por qué tus manos son tan grandes? —preguntó Cian, su voz un graznido débil pero claro. Era la primera pregunta personal que hacía.

Develio hizo una pausa en su trabajo — Porque vengo de un lugar grande. Con gente grande.

— ¿Más grande que esta ciudad? —los ojos de Cian, ahora claros y curiosos, se abrieron un poco.

— Mucho más grande, tanto que tardarías días en recorrer la mesa más larga de allí—Respondió Develio— Montañas tan altas que rascan el cielo. Y árboles tan anchos que se necesitan cientos de hombres para rodearlos.-Una sonrisa asomó en sus labios mientras se rascó momentáneamente la barba contagiándose de la inocencia del niño que actuaba ahora como uno. 

La idea de un lugar así pareció fascinar a Cian, transportándolo lejos de las grises murallas del sótano. Sonrió, una sonrisa genuina, agrietada por la deshidratación, pero real. Fue en ese preciso instante de paz, en esa diminuta victoria sobre la miseria de Kutsukku, cuando el mundo se rompió.

Comenzó como un simple carraspeo. Cian tosió, una tos seca y superficial. Develio no le dio importancia al principio. Pero luego vino otra tos, más violenta, seguida de un jadeo agudo y repentino. La sonrisa del niño se borró, reemplazada por una máscara de confusión y pánico.

Se llevó la mano al pecho — No... no puedo... —susurró, su voz estrangulándose.

Develio se puso en alerta máxima al instante, su faz cambió, no, otra vez no. Sus ojos clínicos barrieron al niño, buscando la causa. No había sangre, no había obstrucción visible. El color de Cian comenzó a cambiar, un tono azulado que florecía alrededor de sus labios y bajo sus uñas. Cianosis. Falta de oxígeno. Aguda y severa.

— ¿Qué pasa? —preguntó Cian, su voz ahora un silbido aterrorizado. Sus ojos, fijos en los de Develio, eran dos pozos de miedo puro—No puedo respirar. Dev... ayúdame.

Y entonces, el diagnóstico golpeó a Develio con la fuerza de un mazo en el pecho. Embolia pulmonar. La inmovilidad. La herida profunda en la pierna. La combinación perfecta para la formación de un trombo, un coágulo asesino. Un pedazo de la muerte, nacido en el silencio de las venas dañadas de la pierna, se había liberado. Había viajado invisible y silencioso a través de su pequeño cuerpo y ahora estaba alojado en sus pulmones, un dique de sangre bloqueando la fuente misma de la vida.

Develio no tenía un estetoscopio para confirmar la ausencia de respiración en un lóbulo del pulmón. No tenía equipos de rayos X. No tenía anticoagulantes para disolver el coágulo. Todas las herramientas de su conocimiento, toda su habilidad quirúrgica, eran inútiles. El enemigo estaba dentro, inalcanzable, invisible.

Puso su enorme mano en la espalda del niño, sintiendo los músculos convulsionar en una lucha desesperada por un aire que ya no podía usar. Vio la vida apagándose en los ojos de Cian, la luz siendo reemplazada por un terror vidrioso mientras su cerebro se ahogaba.

Cian ya no hablaba. Su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua. Su cuerpo comenzó a temblar, no de frío, sino de los espasmos de un motor que se gripa por falta de combustible, Develio intentó de forma inútil insuflar aire dentro del niño pero fue inútil.

El gigante, el hombre que había desafiado a su superior, que había ahuyentado a pandilleros con las manos desnudas, que había luchado contra una infección con remedios ancestrales, no podía hacer nada. Era como ver a alguien ahogarse en un océano perfectamente tranquilo.

Todo su conocimiento, todo su poder, se redujo a un solo y desesperado acto de humanidad. Acunó al pequeño cuerpo tembloroso entre sus enormes brazos, una delicadeza abrumadora, atrayéndolo hacia su pecho masivo como si el simple acto de protegerlo pudiera mantener a raya a la muerte. Sintió el último y débil latido del corazón del niño contra su propia caja torácica. Un aleteo, y luego, nada. El temblor cesó. El pequeño cuerpo quedó flácido en sus brazos.

Develio Torum se quedó allí arrodillado, en el húmedo silencio del sótano de Ciudad Gear, sosteniendo el cuerpo de Cian. Su propia respiración, profunda y poderosa, le parecía una obscenidad, un eco ensordecedor en una habitación donde la vida acababa de ser sofocada. El Suboficial Mateo entró, vio la escena, y sabiamente, por primera vez, no dijo nada y se dio la vuelta.

No hubo lágrimas. Ya lloró demasiado de pequeño, sus ojos se cansaron de hacerlo. Pero un sonido brotó de su pecho, un murmullo bajo y gutural, un sonido de pura impotencia, el sonido de una montaña erosionándose desde adentro. Había reparado el cuerpo, sí. Había curado la herida visible. Pero había fallado en protegerlo de los enemigos silenciosos, las consecuencias invisibles que acechaban en la calma de la recuperación.

Esa noche, cuando sacó el pequeño cuerpo envuelto en una sábana para llevarlo a la fosa común, bajo la perpetua neblina de Kutsukku, Develio supo que no bastaba con atacar a los virus que se transmiten por el aire, el agua u otro medio, hay virus que se transmiten con el mal y el odio, esos eran los peores. Ya no bastaría con curar. Tenía que aprender a anticipar, a proteger. Tenía que ser más que un cirujano. Tenía que ser un guardián. Porque se dio cuenta de la más cruel de las verdades médicas: a veces, la intervención puede ser un éxito, pero aun así, el paciente puede morir. Los días siguientes Develio pagó con sus víveres todo lo que gastó en Cian, pasó hambre, mucha, más de lo que debía, quizá un poco como castigo por haberle fallado al pequeño, el suboficial Mateo hizo que lo trasladaran al mes siguiente, no supo bien el motivo.
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