El sol de Isla Karate cae espeso, como miel caliente sobre la piel. Yo estoy echao bajo un árbol de esos bonsáis gigantes que crecen en las laderas, un tronco ancho y retorcido que parece tener más años que yo. Me gusta su sombra, no apaga el fuego del cuerpo, pero lo calma. El viento pasa entre las hojas como si tocara un tambor lento, y el sonido se mezcla con los gritos lejanos de los aprendices en los dojos. Cada “¡KIAI!” baja la montaña como una ola, y yo la siento en el pecho, como si fueran ecos de otra vida. —Mmm, estos chamaquitos tienen buen pulmón, asere —murmuro con media sonrisa, dejando caer la guadaña al lado mío.
El filo reposa sobre la hierba, y yo cierro los ojos, el aire huele a arroz tierno, a sudor limpio y tierra viva y no hay humo, no hay papel, no hay letras, solo trabajo, ritmo, sudor y alma, eso me gusta, aquí, hasta el silencio respira y mis alas, plegadas, descansan como un manto negro sobre la hierba. A veces las extiendo un poco, pa’ que les dé el sol, pa’ que no se me enfríen las plumas. Soy friolero, sí, y este sitio tiene una brisa que muerde, pero nada que un poquito de sol y paciencia no curen.
Siento el latido del volcán de mi infancia cuando miro esa montaña. Tiene la misma forma, el vientre del mundo respirando, guardando fuego dentro. Me acuerdo de mi viejo, de cómo decía que cada montaña tiene su espíritu, y que el fuego es su palabra. Aquí no hay lava, pero hay fuerza, hay disciplina otra forma del fuego, ¿tú me entiendes?
Abro los ojos y veo pasar a unos monjes entrenando cerca del arrozal. Caminan descalzos, cargando sacos de arroz al hombro, y yo no puedo evitar soltar una carcajada ronca. —¡Puathathatha! Coño, si supieran que esa vaina también e’ guerra, nama’ que más lenta.—El cuerpo me pide moverme, pero hoy no. Hoy descanso, los huesos me suenan como troncos secos, y la espalda me canta historias viejas, no hay combate, no hay deuda que pagar, solo el sol, el árbol y mi respiración.
Toco la hoja de mi guadaña con los dedos, suave, y le hablo bajito —Tranquila, mija. Hoy no hay sangre pa’ cortar, el fuego también sabe dormir, ¿eh?—El cielo va tomando un tono naranja, y el reflejo de los bonsáis se pinta en mis ojos, mientras la brisa trae el olor del arroz cocido desde las aldeas bajas, y el sonido de los tambores de entrenamiento se mezcla con el de mi corazón.
Pienso que quizá, solo por esta tarde, el mundo está en equilibrio y me dejo llevar, respirando hondo, sintiendo que el aire entra y sale como si fuera fuego tibio. —Asere, hoy no hay deuda pa’ paga’, hoy lo que hay e’ paz. —susurro, antes de cerrar los ojos de nuevo, dejando que el viento me cante su canción.
Hoy era mi ultimo día en Isla Karate. Pues, como mi grupo había acordado mañana subiríamos a un crucero que tomaría dos días de viaje a través de la ruta comercial bidireccional hasta la isla samba, mismísima razón por la que había decidido aprovechar este día para despedirme de todas aquellas personas amables con las que había fraternizado y que todavía encontraban un hogar en este lugar, qué debe resaltarse la tierra aquí no era mala ni tampoco su gente, pero, claro, yo era un navegante razón por la qué resultaba incluso más ilógico no recorrer el amplio mar y trazar todo tipo de mapas.
No significaba aun así que fuera indiferente a las despedidas.
Sin duda alguna, habría cosas que iba a extrañar en esta isla.
Mi joven compañero Li Yuan, sin lugar a dudas le extrañaría, pero su decisión de abandonar nuestra tripulación era inteligente a rasgos generales y sinceramente me alegraba que encontrara una mujer, razón por la qué ninguno de nosotros pudo sentirse triste de su partida, a manera qué luego de irme de su casa me despedí brindándole un apretón de manos y un abrazo que me durase en la memoria, entonces empece a caminar por un extenso sendero de tierra lisa alrededor de los campos de arroz hasta que no había más en el camino que el paraje, los granjeros y de unos peces koi circundantes.
Más sin desviarme seguiría el camino irregular de tierra lisa.
Cruzándome con un grupo de monjes que cargaban el arroz.
Entonces, inesperadamente note a la distancia la figura de un hombre mayor tan inusualmente alto como lo era yo de manera qué mi mirada no tardo en caer sobre él, expresando una intriga natural, aunque sin ánimos de incordiar, ensancharía la sonrisa de mi boca cerrada y avanzaría a paso calmo hasta cruzar inevitablemente frente el viejo y su árbol, entonces estaba lo bastante cerca para saber, pero mantuve por completo la duda en mi cabeza sobretodo a sabiendas de que siendo tan inusual era apropiado que tratase a tal desconocido como si fuera mi propio abuelo, entonces me acercaría.
-Eh Yayo ¿sí esta usted bien?, se ve pálido y hambriento, vagabundo incluso, permitame a invitarle una comida sí no le parece mal, usted se parece a mi abuelo, aunque a su vez no se parece nada.- remarque con preocupación en aquel viejo lunarian, tratando de ser ligeramente cordial con este aunque a su vez incapaz de no soltar alguna que otra queja a su estado por maña de mi costumbre. -Usted es como sí a mi abuelo le hubieran apaleado todo el día, y eso no puede ser.- razonaría con sinceridad, ofendido por como le habian dejado y preocupado de que su familia no se le ocupara.
Off
Nota:
Dong ve al otro lunarian, que es mayor que él, intenta acercarse, siendo que es rarisimo ver a otro lunarian a nivel poblacional, diciendole yayo (abuelo) desde el principio y tratando de ganarse su atencion un momento.
Karmas Negativos de Dong este turno:
• Gruñón: La primera interacción con otro personaje o NPC, debe ser insultando. (dijo que se ve vagabundo, como una version de su abuelo pero peor)
• Protector:
• Charlatán
➶ — Frases por aquí, también pueden ser Datosseparadosasí
El viento me avisa antes que el paso, era una vibración distinta, más firme, más viva. Los monjes no pisan así, ellos andan ligeros, como si el suelo los conociera. Este, en cambio, viene con peso de viajero, de alguien que ha cruzado caminos con la cabeza llena de mapas. Abro un ojo, sin prisa, mirando entre los rizos blancos que me caen sobre la frente y ahí está el tipo, alto, joven, con esa curiosidad de quien todavía no les tiene miedo a los desconocidos y el condenao’ chamaco me habló con respeto y descaro a la vez, como si el viejo fuera su sangre.
—¿Eh? —sueno ronco, arrastrando las erres— ¿Tú dijiste “yayo”? Puathathatha, hace demasiao’ tiempo que nadie me suelta esa, asere. Mira que tú sí tienes cara de nieto sin abuelo, eh. —Me incorporo despacito, crujiente como tronco viejo. Las alas se abren un poquito pa’ sacudirse el polvo, y la luz se cuela entre las plumas negras mientras el sol pega rico a la piel de uno. —Tú no te apures mijo’, yo siempre me veo así, flaco, feo y medio jodio’, pero vivo, ¿tú me entiende? El fuego mío todavía me respira adentro. —Me doy un golpe leve en el pecho desnudo, sonriendo con esa calma que da haberlo perdido todo, pero el chamaco insiste, con esa preocupación limpia de los que aún creen que todo se puede arreglar con comida o descanso, esa vaina a mí me cae bien.
—Oye, mijo, si lo que quieres es compartir un bocaito, yo no te voa’ a decir que no. El estómago no se ofende por cariño, pero no me digas vagabundo, que este viejo tiene ma’ camino que zapato en el mundo. —Hago un gesto con la mano, invitándolo a acercarse. —Siéntate aquí, al fresquito del árbol. Mira que este tronco aguanta historia. —Me acomodo en la sombra, cruzando las piernas largas y huesudas —Yo estaba oyendo el ruido de los dojos allá arriba, ¡Puathathatha! Esos gritos suenan como tambores de guerra. aquí hasta entrenar suena bonito. — Le lanzo una mirada de soslayo, curiosa.
—Tú tienes mirada de quien busca, no de quien entrena. El que busca no se queda quieto mijo, ni bajo la sombra ma’ buena. —Escupo un pedacito de hierba al suelo — pero mira, a veces vale la pena parar un ratico, escuchar cómo suena el mundo sin que uno este haciéndole ruido.—Me recuesto otra vez, dejando que la brisa me mueva el cabello blanco. —Anda, cuéntame, asere ¿qué trajo a un hijo del fuego hasta este pedazo de tierra tan caliente? Que no parece que tú vengas buscando arroz. — Y mientras espero su respuesta, río bajito, profundo, con ese eco que se mete entre las raíces
No había forma correcta de responder y replicar. Pues, aunque no me gustara conceder la razón en temas que implicaran algo negativo sobre mí mismo tampoco recordaba la ultima vez que visitaba, por decirlo en lineas generales, a quien era mi verdadero abuelo, por lo qué debo haber tomado un momento casi imperceptible para reflexionar exhalando aire de la nariz mientras tan solo le asentía, haciendo una mueca de disgusto con la boca qué aunque no era una palabra llegaba a transmitir en cierta medida la inquietud, la duda y todo pensamiento alejado, evidente como una hoja de papel.
Más todavía llegue a pensar en la figura menos erguida del yayo.
No con lastima sino por todavía lleno de curiosidad hacia su vida.
-Buah, tonterías: el dinero fue hecho para gastarse ¿no es así?- replicaría, habiendo decidido ignorar temporalmente cualquier prejuicio hacia mi propio carácter como nieto mientras mostré seguridad, ¿o quizá tan solo un vestigio de mi inmadurez? no importaba, porque sin importar como lo pensaras igual de todas formas trataba como sí conociera de toda la vida al abuelo a pesar de mi mala boca, era una expresión propia de confianza y cercanía, un salvajismo, fuera de orden, etiqueta y todavía con ello demostrando una descarada atención y cuidado arraigados en irracional carácter protector.
Así recosté mi espalda y le di la espalda a este hombre lunarian.
Tan cerca y tan distante que es difícil medir el tipo de confianza.
Aunque, por supuesto, de todas maneras había actuado obedientemente a la indicación inclusive cuando persistía en su propio sentido individualista, para así escuchar con atención a la distancia, percatándome prontamente de pisadas más allá de los monjes que cargaban de los sacos de arroz con pasos entremezclados en risas y comentarios, mucho más allá de las aguas en donde todavía hasta estas horas habrían pasos deslizandose con dificultad en las aguas donde sembraban arroz, aproximadamente más allá de todos los campos por donde debían estar los dojos de numerosas disciplinas menores o quizá una de las 3 principales de la isla, ¿tal vez era eso? quizás y si era eso.
No es como qué muchas personas vinieran a la isla por turismo.
Así que supuse que el abuelo vino en saludar su familia marcial.
-Ah, no. No he venido aquí para aprender karate gyojin, hasshoken u okama kempo.- respondería, brindando un simple ademan a manera de rectificación mientras que inevitablemente encontraba graciosa la idea de imaginarme a mí mismo en aquella postura de discípulo como nunca fui capaz, después de todo mi carácter era demasiado arrogante, estaba seguro de que podía aprender casi cualquier cosa sin necesidad de copiar la manera de moverse de otros y era consciente de lo obvio, probablemente todos los lunarian habían aprendido un estilo de combate físico, como hasshoken.
-¿Y qué me trajo hasta aquí? un coño, uno moreno, rosado y albino, definitivamente es un buen coño y a diferencia de muchas otras mujeres le gusta viajar, perfecto para un navegante ¿sabes?- razone con una vulgaridad sorprendentemente analítica que tal vez y quizá pudo haberse oído de manera irrespetuosa hasta qué auténticamente sonaba como franqueza machista y casi sexista, entonces inevitablemente acabe riendo por lo bajo con una tonada que sonaba como Xiexiexie mientras que finalmente acababa por deslizar mi postura hasta abajo y sentarme, a sus espaldas.
Off
Nota:
Dong ve al otro lunarian, que es mayor que él, intenta acercarse, siendo que es rarisimo ver a otro lunarian a nivel poblacional, diciendole yayo (abuelo) desde el principio y tratando de ganarse su atencion un momento.
Karmas Negativos de Dong este turno:
• Gruñón: La primera interacción con otro personaje o NPC, debe ser insultando. (dijo que se ve vagabundo, como una version de su abuelo pero peor)
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El chamaco tenía lengua rápida, eso lo noté enseguida. Esa manera de hablar sin filtro, de soltar verdades y tonterías en el mismo aliento, me recordó a mí cuando todavía creía que el mundo se podía entender a punta de palabras. Me reí bajito primero, y luego la carcajada se me escapó como fuego en aceite.
—¡Puathathatha! Coño, tú sí que hablas bonito pa’ decir barbaridades, asere. —Me incorporo un poco, girando la cabeza pa’ mirarlo por encima del hombro. El sol se cuela entre las hojas del bonsái gigante y me pinta la piel con manchas doradas. Siento el calor trepando por los músculos viejos, los huesos desperezándose con el sonido de la risa. El aire sabe a polvo y arroz tostado, y ese olor me hace sentir menos lejos del hogar.
—Así que una mujer, ¿eh? —repito, con una sonrisa torcida—Mira tú, muchacho, al final siempre hay un fuego que nos mueve, aunque juremos que no. Y ese tuyo suena peligroso, como una antorcha con viento, pero sabroso también. Una hembra que viaja, que no le tiene miedo al mar ni a la aventura, esas son las que te enseñan algo antes de dejarte con hambre otra vez. —Le lanzo una mirada que mezcla burla y respeto, porque un hombre que se atreve a seguir un deseo así de honesto, merece escucha.
Me rasco la barba blanca, sintiendo la textura áspera contra mis dedos. Mis manos son huesudas, pero todavía firmes. Le hablo sin mirarlo directamente, porque uno no siempre necesita los ojos pa’ ver. —Yo también tuve una de esas, hace más años de los que me acuerdo. Una lunarian como yo, pero con las alas del color del cobre, se llamaba Maire, creo o tal vez no. —Hago una pausa, mirando al horizonte —No me acuerdo bien, asere. Hace tanto que los nombres se me escapan como el humo, pero me acuerdo de cómo reía, coño. Reía con fuerza, como si el mundo entero fuera un tambor y ella lo tocara con el alma. Me enseñó que el amor también es fuego, calienta o quema, según lo que uno haga con él. —Suelto un suspiro que suena más a rugido que a lamento, profundo, gastado, pero sin tristeza.
El muchacho se acomoda a mi espalda, y su presencia pesa distinto al viento. No me molesta, hace siglos que no siento a nadie cerca sin tener que pensar en si va a clavarme un cuchillo, hay algo limpio en él, aunque venga con insolencia y palabras grandes.
—Tú sabes, compay, hay cosas que no se aprenden en ningún dojo. Ni en esos templos allá arriba. Uno puede golpear piedras, romper tablas, entrenar los músculos hasta que parezcan de hierro, pero si no aprendes a escuchar el silencio, a oír cómo el fuego te respira adentro, entonces lo que tienes no es fuerza, es ruido. —Le señalo con el mentón el camino por donde vinieron los monjes. —Míralos, esos chamacos llevan cargando arroz todo el día, pero ninguno se queja. ¿Tú sabes por qué? Porque entienden que hasta el sudor tiene ritmo, que el trabajo también canta. El que no oye su propio compás termina sirviendo a otro, siempre. —Mis alas se mueven un poco, como si el recuerdo del viento las llamara. Dejo que se abran del todo, estirándose con un crujido suave. Las plumas negras brillan con reflejos azulados bajo el sol. El chamaco seguro las mira con ese asombro que siempre tienen los que nacieron con alas. —Estas no son pa’ volar, muchacho. O al menos ya no. son pa’ recordar que vengo del fuego del cielo, no de la tierra, pero mira, al final da igual, porque el fuego está donde uno lo mantiene vivo. —Le sonrío sin dientes, amplia, genuina —Tú tienes fuego, se te nota en la voz, pero cuídalo, que el fuego sin propósito es como ron sin vaso, se derrama, se desperdicia, y solo deja olor a ceniza. — Guardo silencio un rato. Los sonidos del campo llenan el aire: el rumor del agua, los insectos, los gritos de los dojos. Todo parece moverse en un mismo compás.
—¿Sabes qué, mijo? —digo al fin, bajando el tono, casi como si confesara algo —Me gusta cómo hablas. No por lo que dices, sino porque no escondes nada, la mayoría habla pa’ disfrazar el alma, pero tú la dejas asomar, sucia o limpia, pero tuya. Eso vale más que todos los berris del mundo. —Muevo la guadaña un poco, hundiéndola en la tierra con un sonido seco, la hoja se clava recta, firme. —Mañana te vas, ¿eh? —pregunto, sabiendo la respuesta —Pues escucha bien, asere, el mar no le debe nada a nadie, pero a veces te devuelve lo que perdiste en la orilla. Si ese amor que dices vale la pena, no lo busques en línea recta, déjalo que te encuentre, el fuego siempre reconoce a otro fuego, tarde o temprano. —Me recuesto de nuevo bajo el bonsái, con el cuerpo cansado pero el espíritu encendido. —Anda, siéntate tranquilo, nieto sin abuelo. Come conmigo si quieres, o solo quédate callao’ un rato. A veces la mejor conversación es la que no se habla. —Y dejo que el silencio caiga como una manta cálida entre los dos, mientras mi risa vieja se escapa de nuevo, rodando por la montaña como un trueno amable. —¡Puathathathathathatha! Coño, qué buena tarde pa’ estar vivo. —
No encontré palabras que agregar. No obstante, a pesar de escoger la inacción no intente eludir o ignorar lo que había escuchado sino qué por el contrario me tomaría un momento de reflexión, supongo que de acuerdo a su observación hasta cierto punto, e inhalando con pesadez a través de la nariz reposaria todavía de mi espalda contra el tronco de árbol imitando igual de mi mayor, escuchando detras del ruido de las hojas contra el viento, más allá de las pisadas en el campo y cualquier ruido externo una voz interior de silencio en donde podía mantener algo de propia paz. -¿Por qué crees que lo que digo suena peligroso, Yayo?- cuestionaría, incapaz de esconder entre mis palabras un tono incrédulo y de buen humor que solo reflejaba sorpresa y ansias de reírse.
-Ah si, entiendo perfectamente a lo que te refieres: no te preocupes.- inferi con suma precaución, consciente de qué no hacía falta ser gran pirata o devoto de ninguna bandera para comprender como de peligroso resulta emprender un viaje únicamente a seguir los caprichos de una mujer, ¿acaso daba la impresión de ser un hombre tan iluso? tal vez y sí, por lo qué sin poder siquiera culpar a mi Yayo de su natural preocupación encarne de una expresión sutil, risueña y cerrada, modestamente agradecido y quizás encontrandolo divertido. -No he dicho que fuera mi pareja o tuviéramos planes de hacer algo verdaderamente a mayores ¿por qué no disfrutar del camino?- cuestioné con mayor detalle, aclarando qué no había nada más que una compañera y amiga.
-La vida de pirata no es para irse haciendo ideas familiares, pero, supongo que lo que hacemos puede considerarse mucho más ético que buscar amores temporales en el puerto.- reflexionará, frunciendo el ceño de manera que primero exprese inseguridad y luego de un instante también duda hasta llegar a un pensamiento preocupante que se negaba a creer en peligros de lo dicho, costumbres dadas por el tiempo y por supuesto conservaciones complicadas que en este caso realmente no tenía siquiera una manera por la qué imaginarme como siquiera pudiera empezar.
-No te preocupes. Yo solo le ayudo a desahogarse y a no involucrarse con idiotas.- reformule, sintiendo la necesidad de convencerme a mí mismo mientras terminaba arrugando la frente y recordaba las razones por las qué también había escapado de casa para emprender este viaje. -Uhmm, ¿lo qué tienes no es fuerza sino ruido? suena tan complejo y sabio, pero realmente no sé si solo me haces pensar de más o tienes tanta sabiduría.- confesé, total algo bromista y con cierta medida incrédulo, sin la capacidad para negar lo que amablemente estaba por compartir.
-Pff, yo nunca seviré a nadie, no está en mi trabajar para alguien.- remarque, fardando con todo el orgullo e inmadurez que me representaba mientras que cruzaba las piernas y ambos brazos, seguro de qué sonaba genial, seguro de encontrar mi propio camino y suspirando con pesadez cuando el viejo hablo sobre un amor que vale la pena, ¿acaso Bai pensaba en ese tipo de cosas? ni siquiera lo sabía, tan solo éramos animales, compañeros y aunque pasábamos tiempo juntos nunca había sentido la necesidad de establecer una idea como esa, e incluso ahora no lo creía, después de todo todavía no era el tipo de vida para aquello, pero inevitablemente el consejo del viejo me hacía todo el ruido que podía hacer titubear a la fuerza y eso era bastante para variar.