¿Hasta donde? +18 (Pasado/Bai)
#1
¿Hasta donde?
pre-llegada a isla karate, Dia 64 de Verano, año 16.
[Imagen: C6kX3Y6.png]
Era pasada medianoche, 1am según pude suponer, pero también y había transcurrido un tiempo desde la ultima vez que había revisado el reloj de manera que no estaba completamente seguro, más siendo justos no es que importara, o tuviera que ir para algún lugar, porque para empezar a tales horas no iba a encontrar ningún servicio disponible y además estábamos en medio del mar, embarcados todavía en el crucero con ruta a isla karate que habíamos tomado en el reino sorbet mientras qué apenas transcurría nuestra primera noche de viaje, nuestro primer día y recorrido.

No había sido una mala experiencia hasta ahora. Pero, dada la reacción de mi compañera no me había atrevido siquiera en regresar para nuestra habitación compartida de temática matrimonial, siendo qué aunque habíamos compartido algunos momentos, como el almuerzo en la sala donde ella entrenaba con un grupo de nuevas amigas o horas después la cena en un restaurante italiano, podríamos concluir qué era justo en este momento qué había pensado que podía ser una buena hora para descansar y no molestar a mi compañera, de manera que tras vagar en forma de gato.

Y de recorrer con curiosidad varias de las escotillas.
Estaría entrando a nuestra habitación compartida,
Regresando no por la puerta como alguien común,
Colándome en una escotilla abierta a la habitación.

Por supuesto, no habría buscado molestar a mi señora por lo qué desde un principio intente ser tan sigiloso como fuera posible, pisando con delicadeza, bajándome sobre un estante y así aterrizando, habiendo encontrado un lugar placido en el suelo donde descansar, bostezando en cierta manera por reflejo, me vi tentado a quedarme en el suelo y olvidarme de los brazos cálidos o de su aroma, aunque eso claro era imposible, de manera qué seguí avanzando por la habitación hasta que note enfrente de mi la forma de una cama matrimonial y salte, montándome sobre ella, para buscarle.

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#2
¡Dichoso el hombre de existencia nocturna, cuya concepción de la realidad —de los límites y contornos que lo abrazan— no pertenece al mundo de las cosas, sino al alma!
Pues, ¿qué es, sino la oscuridad, más que un modo de reunir al hombre con el hombre, distinto al del día, donde reinan la claridad y la distancia?
Es el reposo que trae paz al pensamiento, la revelación de un inconsciente que nunca estuvo oculto. Es la ausencia de tu esencia que, sin embargo, te envuelve.

Mas solo quien en la noche busca la aurora del saber es verdaderamente conocedor de sí mismo. Pues solo en la oscuridad se revelan verdades distintas a aquellas que persigue quien mira hacia afuera con racionalidad.
Y esa verdad nunca será descubierta por Bai, quien, cada anochecer, cuando muchos abren sus ventanas dispuestos a recogerse hacia dentro como en la noche eterna, ella las cierra como si en se escondiera un destino que no desea enfrentar.

Y es que, a esas alturas del día, ya no importa el culto al cuerpo —ni sus deseos, ni sus necesidades—; solo la búsqueda del alivio de la fatiga, de la dionisíaca necesidad de rehuir lo que el cuerpo reprueba: lo pesado y lo rígido, lo que duele u oprime. Es por eso que para ella la noche es símbolo del descansar de la carne. Pero es más: es un momento de reposo para el alma sensible y el equilibrio de los humores: sangre, bilis y flema.

Y Bai lo necesitaba.

¿Siempre? Quería creer que no —al menos en lo que al equilibrio del humor respecta—, pero últimamente estaba convencida de que sí. Tal vez porque era verano y la cholé dominaba; quizá porque Eros la volvía más impulsiva de lo que pensaba; o simplemente porque su cuerpo buscaba restablecer algún tipo de equilibrio interno. Pero la verdad es que, independientemente de ello, el resultado era el mismo: necesitaba calmar esa energía intensa y arroyadora, ese impulso agresivo que la hacía brusca incluso sin palabras.

Por eso, en cuanto tuvo la oportunidad de separarse de su compañero y volver a la soledad del camarote, un paño húmedo le hizo compañía.
Bai solía dejar un pequeño balde —o un cuenco, si no había balde a mano— con agua limpia, para asearse en caso de necesitarlo.
El paño acariciaba su piel dejando tras de sí el rastro de un beso perlado que, sin conciencia de ello, pronto se desvanecería.
Y es que, en cuanto se cambió de ropa, este se perdió en el olvido.

Su atuendo era sencillo, nada ostentoso: un vestido viejo de algodón blanco, que le rozaba los muslos con la suavidad de la cálida brisa de su tierra.

Se metió en la cama y, antes de las once, ya estaba dormida. Y con Morfeo hubiera continuado de no haber sentido la presencia de algo ajeno a su cuerpo: algo más pequeño, más cálido y conocido. Así, somnolienta pero asustada, despertó de golpe, palpando en la oscuridad hasta ir a dar con lo que le había robado el sueño. Y, al notarlo, presa por la onírica sensación de irrealidad que regala el duermevela, lo tomó con cuidado y lo colocó a un lado para poder abrazarlo y continuar durmiendo.

Bai se acomodó de lado, en posición fetal, y lo abrazó con delicadeza, dejando que su propio cuerpo respirara y se estabilizara. Su cerebro parecía apagado, desconectado de cualquier gesto que no fuera automatizado. Tal vez la cholé, antes desbordante, empezaba a equilibrarse; tal vez era simplemente la noche. La verdad era que, inconscientemente, había encontrado consuelo en su compañero, aquel con quien minutos antes había discutido.
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#3
¿Hasta donde?
pre-llegada a isla karate, Dia 64 de Verano, año 16.
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Bajo la elevada sensación del sueño, o la placida quietud nocturna, habiendo aparecido rodeado de oscuridad y apenas divisible por la afilada mirada de tono amarillento podrías encontrar a mi forma, despertándote tras un pequeño salto dispuesto en proximidad sobre la altura de tu cadera; estando tal vez con alivio o puede qué con familiaridad la silueta apenas distinguible a un gato enfrente de ti, percatando con facilidad su nariz, que distinguía tu aroma y fragancia, mientras el mismo avanzaba sobre la cama hasta qué finalmente habías tomado de este con tus manos para acercarlo poco más.

Lo suficiente para quedar parte de él en tu almohada. Pues, sin resistencia o intención de apartarte habría recibido tu abrazo sintiendo la delicada y sudada textura de tu piel, la suave nariz respirando, las hebras de cabello esparcidas, tus delgados dedos sobre su pelaje, dejándose tomar con agrado y observándote bajo el esfuerzo que apenas te permitías, entre lo qué también examinaba tu cabeza, comprendiendo sin dificultad qué aunque ambos podían estar bajo aquella efímera cercanía también estabas lejos del momento, sencillamente adormilada, sencillamente tomándole en brazos.

En un principio, acostado en la cama y con media cabeza plenamente dispuesta sobre tu almohada habría pensado en también dormir, tomado medio impulso de mi parte posterior para despedirme, buscando acercar mi rostro lo suficiente para lamer tu frente, luego disponiendo mi cabeza en una suave caricia sobre tu nariz y aunque pude quedarme ahí sin más tampoco quería serte incomodo, razón por la qué me levante, buscando mi propio lugar, observando alrededor y habiendo decidido principalmente impulsado por mi propio capricho qué mi lugar solo seria también bajo tus sabanas.

Pasando con el enternecido peso de 4 kilogramos.
Disponiendo de las patas de gato sobre tu cuerpo,
A manera qué habría entrado en medio del pecho,
Bajando por la sabana hasta la altura del ombligo.

Entonces, el gato se apego a tu cintura y extendió de su cuello, amándote en silencio para poder limitarse con cerrar su mirada sin dar cuenta que habría acabado apegándose sobre tu pelvis, sencillamente atraído por el calor, quieto en su totalidad hasta que conseguiría percatarse de su ubicación y sinvergüenza se acomodaría alrededor, girando su posición por debajo de las sabanas, quedando más a la altura del muslo que de la cadera por curiosidad, en donde sin ver del todo y siguiendo un olor recostaría su cabeza sobre una zona sensible en medio de las piernas de la mujer.

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#4
Algunos sueños presagian. Se muestran como un oráculo, una imagen inspirada por el dios en el que creas, y se moldean igual que un instrumento al soplo de quien lo mueve. Otros, en cambio, son simples imágenes de lo que deseamos ver y, unos pocos, la liberación del buen salvaje que todo ser guarda en su fuero interno.

Pero para quien se encuentre a medio camino de recuperar el sueño —como Bai, al sentir el movimiento del gato— sueño y realidad se mezclan con una fuerza que puede llegar a asustar. O, ¿acaso tú, lector, nunca has confundido una silueta con un intruso en ese estado de somnolencia? Sin embargo, el verdadero problema no es ese estado de inconsciencia, sino la ignorancia de lo que somos y deseamos: el rechazo del saber que solo se despliega ante la meditación nocturna.

De no ser así, de haberse conocido más, Mudan sabría que ya había comenzado esa época en la que empezaba a entrar en un mar de deseos latentes no actualizados, donde eróticas olas se forman en alta mar para ser invisibles desde la orilla. Sueños sexuales que están ahí, formándose en la profundidad marina del inconsciente y que jamás alcanzarán la playa de la conciencia; no se recuerdan, ni se mueven por la arena del cuerpo para reflejarse físicamente. Una época que, con los días, convergería en una marea hormonal cargada de eróticas olas que sí llegan a la orilla y son recordadas y sentidas en cuerpo y mente.

Y entonces habría sabido que la peligrosidad del onirismo real era palpable, pero que, sobre todo, a quien sentía en ese momento a su lado no era el gato, sino lo que representaba ese lunarian para ella: una resolución simple al conflicto de la soledad. Pues, al fin y al cabo, era la única persona que, pese a la dificultad del idioma, estaba siempre ahí.

Para ese momento, para cuando los peligros ya habían emergido en forma de un animal que se escabullía hacia lugares más cálidos, un murmullo se escapó de entre sus labios. No era una frase, ni siquiera una palabra. Era un intento de pronunciar: —¿A dónde vas?—. Pero, como habrás advertido, no pudo pronunciarlo correctamente. Sintiendo su pecho tenso —y habiéndolo sensible—, una sensación ligera, un roce que no era sexual, algo deslizándose suavemente por su pecho, la hizo vacilar.

Y si no hubiera sido porque sabía que estaba sola, quizás hubiera pensado en el hombre que recientemente siempre la acompañaba: en ese rostro salvaje y pérfido, en esos ojos sibilinos y su cuerpo fornido. Ante este pensamiento, la mujer se removió, apretando los muslos y sintiendo cómo el calor del gato descendía hacia su vientre, que ahora parecía tan ardiente como las calderas del infierno.

Bajo la mano, buscó al animal a ciegas y lo acarició.

Entonces recordó sus manos, grandes y encallecidas; sus brazos venosos, sus piernas atléticamente moldeadas y… volvió a apretar los muslos mientras sentía que desde su interior se deslizaba su libidinosidad.

Quizás, por eso, el sueño —o al menos el intento— se vio truncado. Porque, entonces, lo recordó: aquel gato no podía ser otra cosa que el hombre y, si lo era, posiblemente debía haber notado su estado alterado.

—Dong —dijo, siendo esta lo único que el otro podía entender, aparte del propio nombre de Bai. —Dong… —Volvió a llamarle, dándole unos suaves golpecitos en el cuerpo.

No, no lo quería ahí. Y no, no estaba molesta —pues no puede uno estarlo cuando el sueño es quien habla por ti. Lo único que deseaba era que saliera de allí para poder evitar hacerle saber lo que en su cuerpo estaba ocurriendo.
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#5
¿Hasta donde?
pre-llegada a isla karate, Dia 64 de Verano, año 16.
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Habiéndose descendido la consciencia. Mi espíritu, en principio intranquilo o lleno de divagaciones me consolaba con breves túmulos de pensares bajo la sencilla satisfacción por alcanzar el presente, ¿qué sino habría importado o debía de honrarse? nada más, para mí basta con la dicha de reposar a su lado de manera que fue un descenso inverosímil arrastrado por las aguas apacibles de lo onírico, aunque me embarcaba a lo simple, sin frustración fantasiosa, o deseo de la sombra, realmente bajo la dicha y a su vez agradecido de qué por lo menos en este momento no hubiera ninguna discusión.

Habría caído dormido un segundo o dos. Y, aunque para muchos el sueño resultara un lugar infinito colmado de las edificaciones enormes de vuestra imaginación o de fauna o de magia o de reflexión, tan simple como una gota de agua que desborda sobre la quietud de un estanque profundo habría sido la experiencia inmemorable durante el primer llamado, hasta despertar al escuchar de nuevo, reconociendo la voz de su propio nombre, más a su vez incapaz de entender el tono o fuerza sobre cual dicho fue pronunciado de manera que despertaría aturdido, bajo la confusión de la suposición.

Dong no concebía muchas razones para qué su compañera pronunciara su nombre de manera que dispuestos a la oscuridad y en un crucero repleto de desconocidos razono de una forma instintiva, regresando rápidamente hacia su cuerpo lunarian, aplastando desde la altura de sus caderas a su compañera mientras apoyando ambas manos entre la cama y los muslos de ella buscó alrededor, encontrándose en la habitación una puerta cerrada todavía con llave, una escotilla abierta y claro por supuesto a su alabarda (guandao) dispuesta a unos metros en donde hubiera pensado saltar.

Más luego de observar no había de ningún peligro.
Lo cual era bastante similar a un balde de agua frio,
Manteniendo de una respiración agitada al exhalar,
Y claro, la tensión, el agite y la duda sobre el suceso.

Esta vez no llevaba nada en mi forma más común. Por lo qué, si en algún momento os habeis de imaginar a un gato vestido como usualmente habría sido han de saber que para esta ocasión no, desprovisto entonces apenas por el fino abrigo de la tela entre pieles mientras qué asomaba de oeste a este mi mirada hasta bajar aquellos penetrantes y salvajes ojos amarillentos para ir a ella, todavía agitado, sin saber nada, mientras qué me encontraba en ella una expresión tan hermosa y sencillamente hormonal que incluso por un momento llegue a sentirme avergonzado, y excitado.

Hubiera regresado a mi forma gatuna tras aquello. Pero, lejos de ser una confusión me percataría gustosamente del aroma humedo, de sudor o tal vez algo diferente, por lo qué incline mis codos, acostándome de regreso entre sus muslos pero esta vez no como un inocente gato sino que bajo otras intenciones el peso era también una manera de mantenerla quieta mientras me acercaba, entonces dí con la razón, sus bragas estaban humedecidas con un olor indistinguible de manera que incluso sin quitarlas había decidido inclinar mi mentón, abriendo mi mandíbula y lamiendo su tela.

Lo cual era un simple saludo, un pequeño “hola” para su punto, de manera qué esperaba tras eso sus piernas y su incomodidad cambiasen, pero incluso si no fuera así, seguí succionando de la tela, probando del liquido viscoso apenas un poco mientras simultáneamente despertaba por completo una parte baja de mí, que respondía palpitante, creciendo curva y sobre la pierna que presionaba. Por supuesto, no pensaba obligarla a nada solo era una forma de que entendiera sin palabras que tampoco había razones para alterarse, de manera que, al final deslice mi peso de la pierna agarrada.

Si se apartaba iba a entender que la vergüenza le había sobrepasado, y no insistiría, pero le miraba.

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#6
Un gesto común como tantos otros: una metamorfosis, un cambio de estado sencillo. Un gato que se vuelve lunarian. Y, sin embargo, ese detalle tan nimio enciende en ella una ansiedad que palpita en sus entrañas como un fuego rabioso dispuesto a invadir lo inexpugnable.

¿Por qué se siente así si racionalmente no lo acepta? Todavía no lo sabe, pero su pecho, privado de aire, se mantiene prácticamente inmóvil durante largo rato. Esa es su ansiedad. Su contención racional que lucha por dar paso al animal que lleva dentro, pues, en lo profundo, allí donde la voluntad no alcanza, fiebres eróticas se agitan como olas provistas por una febril tormenta de alta mar. Fantasías cargadas de deseo que hacían vibrar sus muslos de mujer —redondeados, plenos— con contracciones discretas que delataban la urgencia de su excitación.

De pronto su pecho se movió, suave como una pluma, hacia abajo. Y es que lo había sentido. Esas manos callosas, rugosas, que tantas veces había visto y que ahora aprisionaban sus piernas.

El contraste la estremeció.

Sus labios se entreabrieron buscando palabras que nunca nacerían. Quizás un nombre o una orden. Pues, tan pronto como lo hizo, su vientre tembló, haciendo que la excitación le arrebatara casi todos los sentidos.
Aquel descarado le había lamido. Incluso parecía jactarse del tamaño de su miembro viril, sobre la suavidad de su piel. Mas no podía evitar sentirse excitada.
Así, el temblor llegó sin aviso, sacudiéndola por dentro, entregándola al vértigo de lo desconocido y provocando un gemido fruto de una respiración entrecortada.

—¡Dong!

Bai no pudo contenerlo. Aunque tampoco quería hacerlo del todo. Necesitaba llamarle la atención, aunque fuese un intento débil frente a aquel comportamiento lujurioso.

—D…

De nuevo, su voz fue silenciada por los gestos de él, que jugueteaba entre sus piernas con la tela, poniendo a prueba un límite que ni siquiera ella conocía.

Pero no pensaba rendirse.

Así que, reclinándose sobre la cama, se apoyó en los codos en busca de su atención. Aunque enseguida lo lamentó. Porque allí estaba Don, un hombre musculoso, varonil, de cuerpo casi adonisíaco, deseando probar su miel. Y, sobre todo, deseando convertirse en su fuente de placer. Entonces, ¿por qué echarlo? ¿Acaso no había fantaseado en más de una ocasión con sentir sus dedos dentro de ella?

Una punzada de culpa presionó su pecho mientras su diestra descendía lentamente por su propio vientre, dejando tras de sí una estela de vello erizado. Y era normal. Pues era normal que el contraste entre la piel ardiente y la frialdad de su mano despertara en ella una excitación aguda y punzante.

Así, el recorrido terminó en el cabello níveo de él. Y allí, sin la menor delicadeza, hundió los dedos hasta cerrarlos con fuerza. Después, al tenerlo atrapado entre sus manos, tiró de él hacia atrás, obligándola a alzar el rostro y sostener una mirada tan ardiente como el calor que sentía.

—Si vas a hacer algo, hazlo bien —dijo con una voz que no parecía habitual en ella.

Con esa frase y un suave jalón le hizo entender que quería que se separara de ella, pero ¿para qué? Pronto Dong lo sabría. Pues, con la gracia de un animal salvaje, Bai se sentó en la cama y se quitó la ropa.
Sí, estaba siendo dominada por un eros primitivo y crudo que, si el hombre no lo frenaba, pronto la arrollaría.
Y así, tan pronto como se hubo deshecho de su ropa, le hizo un gesto para que se pusiera boca arriba, reptó por el cuerpo del hombre como una sibilina serpiente al arrastrarse por el suelo —pegando su pecho a la carne del otro para hacerle saber que no solo era su intimidad lo inflamado—. Y, una vez estuvo a la altura justa y deseada, se abrió de piernas dejando ver una rosada y floreciente flor, de labios abiertos y carnosos, coronada por un pequeño monte de Venus recortado con delicadeza.
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#7
¿Hasta donde?
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Detalle con agrado de su expresiva impresión. En un principio, esperando que su cabeza digiriese completamente como a pesar de estas altas horas nocturnas no había ningún error o ensoñación, incapaz de mantener un carácter inexpresivo mientras que mi contento lograba alzar ligeramente una sonrisa entreabierta que rebuscaba relamer el rastro de sabor que todavía seguía en mi boca, ¿como sino iba a ser? era amargo, fuerte y olía casi a sudor, pero así como ella se inclina diciendo claramente mi nombre y buscando tiempo no puedo evitar sino alegrarme al ver su piel erizarse.

Más todavía era demasiado pronto para saber sí podía.

Y claro, a cierta manera, siempre pudo ser, pero no antes sin preguntar, razón por la qué mientras ella tomaba un breve instante para examinar con su mano, acariciaría su muslo durante la espera, recorriendo con delicadeza con el tacto de mis dedos a partir de la zona opuesta a la rodilla hasta hasta alcanzar en mi palma a extenderme en agarre sobre el musculo ejercitado y bello de su piel, apenas tocando por debajo de su cadera como una forma de distraerme mientras sentí los dedos femeninos de mi amada entrecerrarse alrededor de mi cabeza y cuello, acariciándome con dulzura.

Así ella me transmitiría después un mensaje de hambre.
Hundiendo sus dedos y jalando sobre cierta frustración,
Así mismo hundiría mi mentón al completo hacia abajo,
Rastrillando mi rostro al abrazo suave entre sus piernas.

Disfrutando de la presión piel a boca, de sus vellos rastrillando, de manera que no podría tan solo haber sido presionado sino qué entendiendo su atención y su aceptación reaccionaria con alegría, presionando los rosados pétalos de su flor en lo qué mis labios a plena fricción conseguían espacio suficiente o tiempo para palmear bruscamente el petalo izquierdo, lamiendo de arriba hacia arriba, relamiendo luego hacia la derecha de misma manera entre lo qué mi nariz todavía bajo este agarre presionaba también del polen qué removía dulcemente de izquierda a derecha durante la caricia.

Pero, claro y no conseguiría más una vez decidido el fin.

¿Por qué? me pregunte en principio con una exhalación. Pero, obediente permití que ella tomara tanta distancia hasta así ver como se daba media vuelta y empezaba a su manera con agacharse, entonces comprendería, observando delante de mi como buscaba sentarse y a la vez que disponía plenamente de su pecho sobre mi estomago, que todavía estábamos demasiado lejos de finalizar, aunque claramente me negué a seguir y ser predecible, me negué a darle el pleno gusto de tomar cada acción y una con mi mano sobre su muslo y espalda me incline lo suficiente para así acostarla.

Atrapando a mi compañera por debajo de mi rodilla. Entonces, introduciría con dulzura el dedo indice y anular de la mano izquierda a través de la flor mientras presionaba mi rostro contra su piel, esta sujetando con la mano derecha por completo su cadera mientras que mi lengua le brindaba profundamente una visita a un lugar qué rara vez encuentra compañía o el mismo grado de placer.

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[Imagen: tb8pZzN.png]

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#8
Su pecho, henchido y bronceado, contuvo la respiración de la mujer al tiempo que furtivas palabras morían en sus labios.
Sí, la osadía de su compañero la había sorprendido, mas no la perturbaba. Quizás porque en su gente no existía el tabú de las uniones carnales poco convencionales, o tal vez porque simplemente le atraía la idea de dejarse llevar por el placer.

Así, en cuanto sintió cómo el hombre no solo la poseía, sino que también buscaba con ansia su dulzura, su reacción inicial fue la inacción. Al menos por un instante. Pues, cuando sus pulmones ardieron y su pecho, rozando el vientre de su compañero, comenzó a enviarle pequeñas oleadas de placer, Bai continuó lo que en su momento había deseado hacer.

Su mano se deslizó hacia la virilidad del moreno, que parecía no querer darle tregua, y con un movimiento suave, sus dedos reptaron con delicadeza hasta alcanzar el glande que lo coronaba. Allí, con cuidado, acarició la piel mientras sentía cómo sus dedos se humedecían y, cuando finalmente estuvo satisfecha, descendió la mano para luego ascender de nuevo, en un ritmo lento y curvado que fue marcando el compás de su entrega.

A continuación, cuando el deseo la venció, acercó el cuerpo de Dong a su rostro para conocerlo más de cerca. Primero, tímidamente, lo rozó con los labios, resiguiéndolos
mientra de ellos brotaban ahogados gemidos, introduciéndolo levemente en su cavidad y rozándolo con su temblorosa lengua. Después, hambrienta, empezó a lamerlo y sobre su piel un trazó húmedo círculo que le indicaban al hombre lo que pensaba hacer.

Y es que, sí, tenía hambre, casi tanta como él. Y quería satisfacerlo como ella estaba siendo satisfecha.

Así que mientras sus caderas se movían al compás de las manos ajenas y su esencia descendía por sus muslos, Bai, introdujo poco a poco la masculinidad de Dong en su boca.
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#9
¿Hasta donde?
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La inevitable sorpresa, pulsaría emoción, instando a su vez intriga y curiosidad, pero todavía y debajo causando presión a manera qué bajo mera sensación de tacto se produciría de un agobio placentero, sufrimiento leve y carnal qué acabaría avanzando de manera liberadora como una corriente de gusto que iba extendiéndose desde la espalda baja, dificultando la respiración suficiente para así protestar, soltando como reacción un quejido instintivo salido del diafragma, tosco, seco y dócil, expresaba con esfuerzo un burdo intento de control estoico mientras buscaba calmar sus ideas visualizando el acto.

Percibiendo desde lo oculto como la mano fémina le masturbaba.
A manera qué su textura suave, calor corporal y sudor, disfrutaba.
Débil a través del morbo de todo lo que no podía verse a plenitud.
Incluso aflojando el agarre de su pierna hasta que ella se liberaba.

Entonces ocurre con naturalidad, cediendo a la claridad y salvajismo de su compañera y es devorado sin piedad, tal y como sucede cuando una mujer busca ejercer de su control sobre cualquier hombre, entonces impotente nuestro hombre gime con la boca cerrada, absorto de percibir los labios de ella cubriendo alrededor del tallo mientras pierde atención a su propio trabajo hipnotizado por el gesto, pero la voluntad y deseo prevalecía lo suficiente para que además de mantener empalmado a su ser llegara a palparse otra posibilidad de retomar el dominio mientras que ella me restregaba a su coño.

Brutamente presionado a la masturbación del pelvis a mi rostro.
Lo disfrutaba sí, encontrando prontamente a donde debo lamer.
Más claro con una pierna libre todavía en altura de los hombros.
Presione su cuello para hasta la nariz de ella tocara de mis vellos.

Obligándola en aguantar la respiración, mientras que mi erección no hacia más que ensancharse y palpitar en el interior de su garganta que era húmeda y calurosa, tal vez disfrutando a sus dientes, como sí fuera parte especial de la cavidad mientras qué mis bolas se iban retrayendo sutilmente y hacia un leve movimiento de cadera para en caso de que se hubiera resistido poder llegar al fondo, ¿tal vez demasiado brusco? esperé que no, pero, así tal y como en mis acciones había un castigo a sus prisas también aprovecharía la oportunidad para enrollar ambos brazos a altura de sus muslos.

Un agarre entero en donde busque que su cadera quedara quieta.
A manera que haría un chupon entre su clítoris y labios vaginales.
El ruido de esté habría sido sucio, permitiéndome pasar la lengua.
Y clavarme entre sus labios como ya no dejaba con tanto moverse.

Pero, claro, no me olvidaba de la tarea que había empezado en un principio y aunque admiraba como mi compañera se había esforzado para distraerme, no era suficiente para que me rindiera, entonces encontré el espacio suficiente con mis brazos alrededor de sus muslos y haciendo uso pleno del pulgar clavaría en completo de este en el interior de su orificio posterior como gancho, flexionando las falanges con una intención agresiva mientras el resto de la palma apretaba de su trasero hasta que llegaba a sentir a todo el glúteo temblar.

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#10
El penetrante olor a masculinidad de Dong le recorría las vías respiratorias sin piedad, llenándole los sentidos de una calidez que se deslizaba garganta abajo como un  fuego. Y no era para menos. Su virilidad palpitante parecía estar explorando sus límites sin ningún tipo de pudor. Sino, ¿cómo explicar que con cada movimiento se hundía más? ¿O es que a caso era ella que, envuelta en un extasis borrascoso, la estaba obligando a deborarlo con premura?

No lo sabía y tampoco le importaba pues, lo único que tenía sentido en aquel momento era la sensación del aire viciado en sus pulmones, pesado y sofocante, que le hacía rendirse al desgarro que sentía.

Y entonces lo sintió.

Una punzada eléctrica que la sacudió por completo; un dedo inquieto; un espasmo que la juntó aún más a él —si a caso era eso posible— hasta volverse inseparable de la boca de aquel semental. Pero era necesario. Quería empaparlo de su miel, caliente y aquosa, que descendía embriagando sus muslos.

Gemidos ahogados surgieron de sus entrañas mientras el hombre, golpeando con certeza en su dura feminidad, la retenía. Y estos, apenas audibles por el ruido viscoso que emitia el acto que estaba llevando a cabo con la boca, trataron de insinuar lo mucho que le gustaba la cálida lengua del amante. Mientras tanto, mientras ella estaba perdida en la febril locura del placer que sentía, unos mechones rebeldes cayeron sobre su rostro.

Bai quisó hablar. Pero la violencia con la que ella misma se movía sobre el miembro erecto de Dong se lo hizo imposible. Así que intentó apartarselos ella misma manteniendo el equilibrio con un brazo para que, él, pudiera ver como lo deboraba.

¿Desde cuándo había dejado que el instinto dominara la razón? Bai no habría sabido responder, ni siquiera mucho después, cuando recordara esa noche a solas, en la oscuridad, se complacería pensando en el lunarian.
Pero, la verdadera pregunta era: ¿importaba?

Su cuerpo se retorció de placer de nuevo al sentir el dedo Dong penetrarla. Se volvió rígido,  su abdomen se tensó y, por un instante, su boca se paralizó. Entonces, a raíz de ese malicioso gesto, su pelvis comenzó a moverse insatisfecha.

Quería más.

Pero, ahora, su pecho ardia y sus pulmones clamaban por algo más de aire. Necesitaba zafarse, respirar, y eso trató de hacer golpeándole la pierna para indicarle que parara. Después, sus labios, carnosos y enrojecidos por la fricción y saliva, se separaron del venoso miembro del joven dejando una estela cremosa que los unía a él.

—Hijo de puta... — murmuró poco antes de toser y escupir parte de la grumosa sustancia que se había formado en su boca.

Iba a devolversela.

Así que se tomó unos segundos para recolocarse y sentarse sobre su torso sin llegar a apoyar su peso él. No quería aplastar su estómago. Y, a continuación, sin dar espacio a nada, deslizó sus manos por el pecho lampiño del moreno y recorrió su cuello arañando suavemente con la punta de las uñas.

Su pecho estaba duro, su clítoris inflamado y de ella seguía saliendo el espeso líquido que tanto había gustado a su amante. Movió la cadera mientras se estiraba felinamente sobre el pecho del hombre, aqueando la espanda y ascendiendo por su pecho, frotándose con deseo y sintiendo el vacío que quería ser llenado.

Pero no, todavía tenía algo que hacer.

Así que, cuando sus uñas llegaron a su mentón, apretó con fuerza hasta marcar sus dedos en él.

—Abre la boca —ordenó con seriedad mientras usaba su dedo para obligasela a abrir.

Y luego le escupió en el interior.

Con una sonrisa zorruna, Bai observó a Dong bajo ella. Era un hombre hermoso, cierto, pero ¿Podía ser algo más que un orgasmo? Meditó mientras, aún apretando su mentón, lo obligaba a girar el cuello.

—Tienes suerte de saber follar bien — le susurró poco antes de lamerle la oreja como un lobo hambriento y acercar sus glúteos al miembro que golpeaba su espalda mientras rezumaba.

Sí, lo quería dentro.

Pero no sin antes demostrarle que ella era el animal que necesitaba ser saciado. Así que le mordió el lobulo de la oreja y poco a poco siguió arañando el perfil de su rostro hasta llegar a los labios de Dong. Una vez allí, perdida en sus deseos, mordió su labio hasta hacerlo sangrar y lo besó.
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