Sombras en el dojo prohibido [Auto T1 Presente Absoluto]
#1
Sombras en el dojo prohibido
 
Día 52 de verano, Año 16
  
 
El tiempo pasaba sin darse cuenta. Ya habían pasado varios meses desde que llegó a la isla. Su rutina continuaba sin cambiar mucho, su vida estaba dedicaba a patrullar y entrenar. Moja sentía que necesitaba hacerse más fuerte y eso solo se consigue con constancia y disciplina, algo que había aprendido en la academia del East Blue. Últimamente había notado que la afluencia de personas había aumentado un poco y ciertos rumores empezaron escucharse por todos los rincones de la isla.
 
Varios jóvenes promesas del karate habían desaparecido sin dejar huella. Aunque nadie lo decía abiertamente, en las tabernas y los dojos de entrenamiento se repetía un rumor. “Un dojo prohibido, cerrado hace décadas por sus prácticas corruptas, había vuelto a abrir sus puertas en secreto.” Los habitantes de la isla se resistían a hablar del tema, lo que complicaba las cosas a Moja. 
 
 
Día 54 de verano, Año 16
 
 
Tras dos días de observación en silencio, llevaron a Moja hasta un sendero olvidado, cubierto de maleza, que lo condujo a las afueras de la Isla del Karate. Allí, bajo un cielo nublado, se alzaban las ruinas de un dojo antiguo, paredes agrietadas, tablones rotos y estandartes descoloridos ondeando apenas con el viento. A simple vista, parecía un lugar abandonado… pero su instinto felino percibía algo más. Al acercarse con cautela, escuchó los ecos de gritos y golpes. Siguiendo el sonido, descubrió una entrada lateral vigilada por dos hombres robustos con tatuajes piratas ocultos bajo ropas de luchadores. Moja aguardó el momento exacto, y con movimientos silenciosos, se escabulló entre las sombras hasta ingresar.
  
Dentro, lo que vio confirmó sus sospechas. El dojo era en realidad un ring clandestino. En el centro, un círculo de lucha improvisado estaba rodeado por mercenarios y apostadores, mientras jóvenes de la isla, los mismos que habían desaparecido semanas antes, eran obligados a pelear entre sí. Algunos tenían marcas de golpes recientes, otros miraban con desesperación, pero todos estaban atrapados en un sistema que los despojaba de su honor.
 
-¡Más fuerte! ¡Golpéalo como si tu vida dependiera de ello!- gritaban los entrenadores, hombres con cicatrices y miradas sádicas.
 
Moja sintió un rugido interior, pero se contuvo. La disciplina le decía que debía entender cómo funcionaba todo antes de actuar. Sin embargo, no tardó en ser descubierto. Uno de los mercenarios lo reconoció.
 
-¡Es un soldado de la Marina! ¡Un mink!-
 
En segundos, todos los ojos se posaron sobre él. Algunos jóvenes bajaron la vista, temiendo las represalias, mientras los mercenarios sonrieron con arrogancia.
 
-Esto es perfecto… imaginen la fama que tendremos cuando derrotemos a una pantera negra de la Marina en nuestro propio dojo.-
 
Sin darle opción, Moja fue empujado al círculo de lucha. El público gritaba, apostando a su caída. Su primer oponente fue un joven muchacho de apenas dieciséis años, con los puños temblando. Moja lo observó con seriedad y, en lugar de atacarlo de inmediato, se limitó a esquivar y desviar sus golpes. Sus movimientos felinos eran tan precisos que el muchacho pronto comprendió que no estaba frente a un monstruo, sino ante alguien que quería enseñarle.
 
Con cada combate, Moja usaba el mínimo de fuerza necesaria, derribando a sus rivales sin dañarlos gravemente. La multitud comenzó a murmurar: no era la violencia desmedida lo que les impresionaba, sino la calma implacable del mink. Su estilo de lucha era distinto, cargado de control, disciplina y una justicia silenciosa. Los mercenarios, frustrados al ver que su espectáculo se les escapaba de las manos, decidieron enviar a un luchador de élite: un coloso con brazos como troncos y técnicas brutales aprendidas en el dojo prohibido. El enfrentamiento estaba por comenzar, y Moja sabía que esta vez no bastaría con esquivar… tendría que demostrar que la justicia podía imponerse.
 
El ring se estremeció cuando el coloso entró en escena. Tenía una altura de más de dos metros, con músculos grandes y cicatrices que recorrían todo su cuerpo. Sus brazos estaban tan desarrollados que parecían troncos, y sus puños, envueltos en vendas ensangrentadas, dejaban un olor metálico en el aire.
 
-¡Este es Goro el Quebrantahuesos! ¡Nadie sale ileso de sus golpes!- gritó uno de los mercenarios, provocando una ovación del público clandestino.
 
Moja lo miró fijamente, en silencio, sin mostrar miedo. Se agachó ligeramente, adoptando una guardia felina, con los músculos tensos y la cola marcando el ritmo de su respiración.
 
El coloso lanzó el primer ataque, un puñetazo demoledor que habría roto el cráneo de cualquiera. Moja esquivó hacia un lado con la velocidad de un relámpago, dejando que el golpe impactara contra el suelo de madera, astillándolo. El público contuvo la respiración. La pelea fue un contraste brutal: el coloso, con fuerza arrolladora, pero movimientos torpes; Moja, con velocidad y precisión quirúrgica. Cada vez que Goro atacaba, Moja respondía con un golpe seco en las costillas, las piernas o el cuello, debilitándolo poco a poco.
 
Finalmente, cuando el coloso cargó desesperado, Moja saltó sobre su hombro, giró en el aire y descargó un puñetazo directo a la sien, derribándolo como una montaña que se desploma. El silencio se apoderó del lugar, seguido por un rugido de asombro.

-No… imposible…- murmuró uno de los mercenarios.

De entre las sombras del dojo, una figura más delgada, pero imponente, dio un paso al frente. Su rostro estaba marcado por arrugas profundas y ojos penetrantes, y su cuerpo, aunque envejecido, emanaba una energía peligrosa. Vestía un gi negro raído, con cintas rojas en sus brazos, y su simple presencia heló la sangre de los presentes.
 
-Así que la Marina envió a una bestia a entrometerse en mis asuntos…- dijo con voz grave.
 
Era el maestro corrupto, desterrado décadas atrás. Su caminar era lento, pero cada movimiento transmitía una amenaza invisible, como un depredador al acecho. Los jóvenes luchadores lo miraban con una mezcla de miedo y respeto enfermizo. 

Moja lo encaró sin pronunciar palabra. Ajustó su postura, preparándose. El maestro sonrió con desprecio.

-Tus movimientos son precisos, pantera… pero pronto verás la diferencia entre la fuerza de un soldado… y las artes prohibidas de un verdadero guerrero.-
 
El aire en el dojo se tensó. Los espectadores retrocedieron instintivamente, sabiendo que lo que venía no sería un simple combate clandestino, sino un enfrentamiento que resonaría en toda la isla. Y así, bajo las luces parpadeantes del dojo olvidado, comenzó el choque entre Moja y el maestro que había corrompido la Isla del Karate.
 
El aire del dojo prohibido estaba cargado de tensión. Moja y el maestro corrupto se enfrentaban en silencio, observándose como depredadores antes del salto final. El público de mercenarios y jóvenes manipulados contenía la respiración.
  
El maestro lanzó el primer movimiento, un golpe directo con su palma, acompañado por una técnica prohibida que hacía vibrar el aire a su alrededor. Moja lo esquivó por centímetros, sintiendo cómo la onda de choque astillaba la pared detrás de él. El mink comprendió al instante: aquel hombre había sacrificado su propio cuerpo para amplificar su poder.
  
La pelea fue brutal. El maestro atacaba con ráfagas rápidas, sus articulaciones chasqueando de manera antinatural, cada golpe acompañado por un aura oscura que devastaba el tatami. Moja, fiel a su estilo, respondía con calma: esquivaba, contraatacaba con garras precisas y buscaba desgastar al enemigo sin perder la compostura.
  
Pero el maestro, en un último acto de desesperación, desató su técnica final. Su cuerpo se deformó, los músculos se hincharon grotescamente y sus venas se marcaron como serpientes. Ahora era una sombra de lo que había sido: más rápido, más fuerte, pero a costa de su propia vida.
 
Los jóvenes miraban aterrados.
 
-"¡Ese poder… es invencible!"- murmuró uno.
 
Moja, jadeando pero firme, les respondió por primera vez.
 
-"El verdadero poder no destruye… protege."-
 
Con esas palabras, avanzó hacia el maestro. Los golpes caían como martillazos, pero Moja resistió, usando sus instintos mink para esquivar en el último segundo, y cuando encontró una apertura, descargó un impacto directo en el plexo solar, concentrando toda su fuerza y precisión.
  
El maestro cayó de rodillas, su cuerpo deformado colapsando bajo el peso de su propia corrupción. El silencio se hizo absoluto. Moja permaneció erguido, su mirada fija en los jóvenes.
  
-Elegid vuestro camino… ¿la fuerza vacía de la violencia, o el honor que nace de la disciplina?- dijo Moja con orgullo.
  
Las cadenas psicológicas se rompieron. Los aprendices, con lágrimas en los ojos, dieron un paso atrás, rechazando al maestro caído.
  
En ese momento, la Marina irrumpió en el dojo, arrestando a los mercenarios y asegurando el lugar. El teniente del destacamento felicitó a Moja el cual, fiel a su carácter, solo asintió en silencio. Tras la lección aprendida de la última vez la pantera había avisado a uno de sus compañeros antes de llegar al dojo.
  
Con el amanecer, la noticia se expandió por la isla. Los habitantes, que al inicio lo veían como un forastero, empezaron a tratarlo con respeto. Moja, sin buscar reconocimiento, volvió a patrullar como siempre. Pero en lo profundo de su interior, sabía que había cumplido con su promesa: proteger a los inocentes y hacer que la justicia de la Marina brillara en los rincones más oscuros.

OFF
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
Cita:Obtienes:
  • 5 Mugiwaras.
  • 10.000 berries.
  • 15 Reputación


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 2 invitado(s)