31-07-2025, 05:41 PM
Leyenda (Guía de color)
Capítulo I: Lo que pasa bajo el mar se queda bajo el mar
Nuestra estancia en el fondo marino se extendió por más tiempo de lo que me esperaba. Aquel lugar tenía su encanto. Estar en el fondo del mar y seguir teniendo luz era algo impensable. Aunque, a decir verdad nuestra estancia transcurrió en lo que denominaban el Distrito Gyojin, o dicho de otra forma, los suburbios de la isla. ¿Y por qué nos quedamos ahí en vez de entrar a la isla? La respuesta es muy fácil. Si bien el contacto con cualquier pez podría ser realmente perjudicial para mi salud y por ello trato siempre de evitar acercarme en exceso, eso no es una razón de peso en este caso. ¿Cómo iba a alguien a no aprovechar la ocasión para visitar la conocida Cala de la Sirena? Así que no, la alergia no era una excusa esta vez. Y el dinero tampoco, porque conociendo al amigo de los malos humos, seguro que este conseguía un sitio bastante bueno por un buen precio haciendo uso de sus negociaciones ponzoñosas. Y si el problema no era el dinero ni mi salud, ¿qué impedimento había para visitar aquel idílico lugar? Pues nada más y nada menos que el Ejército Revolucionario. Parece ser que el Ejército Revolucionario, tras lo que parece (por lo que escuché que comentaban por aquí y por allá) una 'Encarnizada batalla por liberar al pueblo del yugo opresor' (Que no Yugu, ese es un señor que no le cae bien al amigo demonio) había limitado fuertemente la entrada al territorio. Suena un poco autoritario eso de que privaran a la gente de poder visitar el paraíso que decían que era la Isla Gyojin, pero en verdad entiendo esa acción. Yo mismo hacía eso cuando de pequeño jugaba a juegos de estrategia. Si pillaba algún cuello de botella lo fortificaba a más no poder con castillos y demás fortificaciones, pero supongo que en el fondo del mar hacer un castillo o una muralla de piedra serviría de más bien poco, y más si había gente con poderes rarunos como el tipo de los terremotos o como la mole aquella que nos atacó en el archipiélago Sabaody.
Todo eso de tener que quedarnos dando vueltas por el Distrito Gyojin fue un varapalo bastante grande. Si no podíamos ir a ver las sirenas nos merecía más la pena ir directamente al Nuevo Mundo. Y esa era la idea hasta que hubo un pequeño imprevisto. Un pequeño imprevisto en el que casi la espicho. Soy conocido por ser una persona muy cuidadosa, que conoce bien sus limitaciones así como sus vulnerabilidades. Es por ello que desde que llegamos al fondo marino fui extremadamente cuidadoso de no acercarme demasiado a ningún pez y de asegurarme a la perfección de qué era lo que comía. ¿Pero por qué nadie me dijo que el gallo era un pescado? Sí que es verdad que posiblemente el color de aquel filete o las espinas tendrían que haberme dado una pista de su procedencia, pero aun así debería aparecer una nota aclaratoria en la carta de aquel restaurante para que no haya ningún susto. De alguna forma conseguí escupir ese trozo de pollo falso antes de perder la capacidad para respirar, y tras ese susto conseguí (no sin un gran esfuerzo) encontrar un médico que pudiera tratar mi golpe de alergia. Podría haber ido de vuelta al Niebla de Guerra para ello, pero por un lado no tenía yo muchas ganas de que Ashura se empezara a reír de mí por aquel suceso (cosa que seguramente me recordara todo el rato), y por el otro lado me daba miedo el amigo Ben, el oso de la gabardina. Decía ser un médico y por las veces que le había visto actuar parecía que mínimo un cursillo de primeros auxilios había hecho, pero juraría que había unas cuantas partes del Juramento de Hipocampo que o bien desconocía (lo cual siendo 'médico' era algo malo) o bien los ignoraba a propósito (lo cual era aún peor). De hecho, estoy completamente seguro de que si hubiera ido donde el amigo oso me hubiera cobrado una barbaridad por ello. Por suerte para mí, no todos los doctores con los que compartía profundidad eran así de poco generosos. Conseguí que me tratara e incluso no me cobró. La verdad es que el tratamiento hizo maravillas, librándome de ir a visitar a San Pedro, aunque desde que tomé aquel remedio siento como si tuviera la lengua algo acartonada, y la pechuga empanada ya no me sabe igual.
Tras aquel pequeño percance, partimos rumbo al Nuevo Mundo. Esta vez, la travesía fue bastante más movidita y entretenida que a la ida (supongo que principalmente por el contraste. Esta vez no nos habíamos librado de una purga y el asalto de un Yonkou). Si bien nos libramos de tener que pelear contra toda clase de criaturas marinas, no tardamos en descubrir por qué siete de cada diez barcos se quedan en el camino, pero yo elegí el Niebla de Guerra por algo, y con cada travesía me reafirmaba en mi decisión. Fue un viaje complicado, pero finalmente logramos llegar a aquel peligroso mar. El Nuevo Mundo, el mar en el que los sueños se cumplen (o algo así dice la gente)
Capítulo II: Vuelta al cole
Navegar por la segunda mitad del Grand Line era sin duda más complicado que hacerlo por el Paraíso. El clima era un horror, lo mismo había granizos enormes como hacía un calor infernal como de repente se ponía a llover de la nada y se estaba realmente bien durante un tiempillo. Sumado a eso, cada isla era más rara que la anterior. Vale, en el Paraíso también había islas muy raras, pero es que en este lado de la Red Line era todavía más extraño. No tenía problemas para navegar, pero he de admitir que eso de las islas sacadas de cuentos de fantasía podía resultar un problema, y encima uno bien gordo. Por ello, aproveché la estancia en la primera isla en la que atracamos para hacer algo que no me gustaba demasiado pero que seguramente me fuera muy útil: Estudiar. Siempre se me había dado realmente mal todo eso de ponerme a leer un libro y demás cosas que había que hacer a la hora de estudiar, pero era innegable que me iba a hacer falta, por lo que no podía permitirme ponerme a gandulear ahora, o la próxima isla podría ser la última. Birlé una pila de libros sobre interpretar y dibujar cartas náuticas y todo tipo de mapas que pudieran ser útiles al viajar en barco. Siempre me había guiado por mi intuición a la hora de navegar. Por eso y por lo que indicara el log pose que llevaba siempre (bueno, ahora llevaba uno triple. Triple flecha, triple diversión), pero ahora tocaba dejar de ir como un pollo (que no gallo, eso parece que es otra cosa) sin cabeza. Podría haber ido perfectamente a una biblioteca a leer y seguro que alguien allí me hubiera aconsejado qué libros elegir, pero si algo tenía claro era que la gente que va a esos sitios no es trigo limpio, por lo que no iba a pisar uno de esos llamados 'cultos del saber' ni aunque me obligaran. Bueno, si me obligaran tal vez sí, pero sería a regañadientes.
Supuse que sería mejor empezar leyendo los libros acerca de interpretar mapas ('Llamados Interpretar Mapas I' e 'Interpretar Mapas II: Todo lo que necesitas saber para que ningún mapa se te resista'), porque bueno, hay que saber siempre las reglas antes de empezar a montar una baraja que jugar. Pasé bastante tiempo leyendo aquellos libros, comparando aquello que ponía en ellos con algunos mapas que tenía yo por ahí. Fue más largo que costoso, he de decir, aunque puede que de eso tuviera más culpa el dedicarle tiempo a otras cosas más que el propio contenido en sí. Una vez aprendida la teoría, tocaba ponerla en práctica. Comencé a seguir las instrucciones para aprender a dibujar los mapas. Para mi sorpresa, aquello no se me daba nada mal. Siempre había sido un negado para todo lo relacionado al dibujo. Siempre que intentaba de pequeño dibujar a cualquier animal salía una aberración digna de relatos de terror, por lo que dejé de lado hace tiempo el dibujar. Pero parecía que esto de dibujar mapas era más técnico y por ello se me daba realmente bien. Poco a poco fui practicando, devolviendo incluso los libros que había robado para robar otros con contenidos más avanzados. Aquello de interpretar y hacer mapas no era tan malo, lo mismo hasta podía llegar a sacarme unos dineros si me dedicaba a ello, aunque para eso necesitaría posiblemente el equipamiento adecuado y un sitio a la altura.
Capítulo III: Quehaceres
Había pasado ya algo más de una estación desde que había comenzado mis estudios de cartografía (pues resulta que así se llamaba la ciencia detrás de la interpretación y la creación de mapas y cartas naúticas). Estos habían ido mejor que bien. No es por ser egocéntrico, pero la verdad es que dibujar mapas se me daba muy bien, e interpretarlos parecía pan comido. Era gracioso, pues Ashura me había pedido encargarme de algo realmente importante. A decir verdad, el amigo estaba en la mierda. Hay quien diría que en la más absoluta miseria incluso. Parecía que lo sucedido en el archipiélago le había dejado bien tocado. Tan tocado que creo que incluso estaba delirando. Quería dar un golpe sobre la mesa (metafóricamente) y cargarse a uno de los Yonko para tomar él su lugar. Por suerte pude ignorar aquello mientras estaba con lo de los mapas, pero ahora que había terminado con ello iba a ser complicado conseguir una excusa que me permitiera librarme de buscarle una misión suicida en la que pudiera pegarse o algo así. Me iba a tocar buscar información de posibles objetivos. Era más que obvio que siquiera pensar en acercarse a un Yonkou estaba descartadísimo, pero convencer al tipo del machete ponzoñoso de que era una estupidez fue bastante más complicado de lo que cualquier persona con un mínimo de raciocinio hubiera imaginado. Parecía que el amigo quería ir a pegarse con alguien, y cuanto más grande fuera este mejor. Aproveché para tratar de reunir información mientras hacía lo que mejor se me daba: Jugar a las cartitas. La gente tiende a hablar mucho mientras juega, así que a decir verdad los torneos son sitios en los que se puede sacar bastante información interesante. Iba de acá para allá, participando en diferentes torneos mientras me informaba acerca de lugares de interés, o de figuras que pudieran parecerle lo suficientemente importantes al amigo. Fue entonces cuando escuché hablar del Ouka Shichibukai. El Ouka Shichibukai, también conocido como los Siete Señores de la Guerra del Mar, era un grupo de piratas los cuales tenían un trato con el Gobierno Mundial. Estos habían visto sus recompensas congeladas a cambio de trabajar para el gobierno cazando a otros piratas. Eso sugería que se trataba de gente poderosa, pues tener a un cualquiera en nómina sería cuanto menos una pésima idea de cara a la opinión pública. Parecía que eran todos bastante conocidos, e incluso algunos se habían instalado en el Nuevo Mundo.
Traté de obtener más información al respecto, algo que me ayudara a encontrar un objetivo que no fuera directamente un suicidio (por lo menos para mí), pero en mi situación actual era algo realmente complicado. Había pasado bastante tiempo ya de aquello, la tragedia de aquel día, y más tiempo todavía de aquello que la desencadenó, pero parecía que había gente que no quería dejarlo pasar tan fácilmente. Estaba más que seguro de que para ellos no suponía nada, pero la verdad es que si algo se les daba bien era ser pesados y pedir perras. Tenía cosas importantes que hacer, como obtener información para el plan que me había encomendado Ashura, pero parecía que iba a tener que desviarme un poco de ese camino para saldar un par de deudas.
Capítulo IV: Consiguiendo financiación
Esos cobradores de deudas cada vez eran más insistentes. Ya les había dicho unas cuantas veces que les iba a pagar en cuanto tuviera el dinero, e incluso había pagado una parte considerable. No estaba yo para amenazas de mierda, y tampoco es que tuviera muchas ganas de liarme a tiros con esos imbéciles. Si no lo hubiera hecho mucho antes. Tenía que encontrar una forma de ganar dinero, y había algo que se me daba realmente bien: Jugar a las cartas. Me inscribí a varios torneos. No tuve ningún problema en ganarlos, pero a decir verdad no es que hubiera mucho dinero de premio. A pesar de ello, fui guardando lo que iba ganando en premios, hasta que conseguí una plaza para uno de los torneos importantes.
'Si la suerte no va a ti, tendrás que crearla tú mismo' No sé dónde había leído o escuchado esa frase, pero la verdad es que me venía que ni pintado en este preciso momento. Podía aprovechar esa ocasión para matar dos pájaros de un tiro. Monté un mazo nuevo, el cual sería el que llevaría al torneo. Para montar la lista, aproveché un par de cartas que encontré a un buen precio, no sin antes comprar unas cuantas copias de las cartas clave del mazo y las envié a modo de pago. No estaba ni de lejos a favor de especular con las cartas. La gente que se dedica a especular son los que hacen que los precios de todo sean abusivos y que la gente no pueda disfrutar de ello, pero yo no estaba especulando. Yo había entregado un montón de cartas que valían nada y menos, y pensaba ganar un torneo importante con ellas para saldar mis deudas aprovechándome de esos mismos especuladores.
Ésta era un poco fantasiosa, pero la idea del mazo era realmente interesante. Se basaba en utilizar una carta que hacía que ambos jugadores tuvieran que mostrar la primera carta del mazo constantemente, lo cual sumado a otro par de cartas permitían controlar lo que iba a robar mi oponente cada turno. Una vez tuve el mazo listo, llegó el momento de practicar con él. He de admitir que ese tema fue algo complicado, sobre todo teniendo en cuenta que tenía que aprender todas las barajas que podía encontrar, y que no es que hubiera nadie con quien poder practicar de forma decente. Aun así, el mazo me daba unas muy buenas impresiones, casi tan buenas como el mazo que jugaba normalmente, aunque este era bastante más complicado en gran parte porque tenía un inicio más lento. A pesar de ello, fui convencido al torneo. Había mucha gente, bastante más de la que había visto nunca en ningún torneo. Las rondas fueron pasando. El mazo se portaba bien, exactamente tal y como lo esperaba. Nadie tenía ni la más mínima idea de cómo jugar contra él (tal y como suponía que pasaría). De hecho, bastantes personas se acercaron interesadas preguntando por la lista y otras tantas me preguntaban acerca del funcionamiento del mazo. Eso eran buenas noticias, pues significaba que a la gente le estaba gustando el mazo que había montado, pero me limité a decirles que esperaran hasta el final del torneo, pues tampoco podía yo revelar mis secretos para que me ganaran. Más rondas, más victorias, y más gente que se acercaba a ver el final de mis partidas. Los cuartos de final y las semifinales fueron bastante más complicadas, pero conseguí salir victorioso y llegar a la final. La primera partida fue bien. Una partida larga, un inicio complicado, pero una vez que se echa el cerrojo la partida está ganada. La segunda partida fue… como decirlo… rara. Desde el primer momento mi rival se adelantaba a absolutamente todo lo que hacía. Era como si supiera cuando iba de farol, o qué tenía que hacer exactamente para que no pudiera responder a sus acciones. Era algo que no era tan raro. Me había pasado otras veces, incluso este mismo día en una de las rondas anteriores. A veces simplemente tocaba admitir que había gente que sabía leer bien las situaciones y adaptarse a ello. Pero esta vez era diferente. Esta segunda partida no tenía nada que ver con la primera. En la primera mi oponente parecía un pollo sin cabeza. Bajar bicho y todo a la cara. Ni el más mínimo ápice de estrategia, pero ahora parecía que me estuviera leyendo la mente. Pero eso era completamente imposible ¿Cómo me iban a leer la mente así como así? Tenían que ser imaginaciones mías o tal vez mi oponente era más listo de lo que parecía y estaba jugando conmigo, habiendo jugado la primera partida tan mal a propósito para que me confiara. Sí, seguramente tenía que ser eso. Estaba nervioso, sabía perfectamente que esto se notaba, pues yo mismo me estaba dando cuenta de que me estaba rascando inconscientemente la cicatriz de mi palma izquierda. Perdí inevitablemente aquella segunda partida. Ahora estábamos empatados y la tercera partida sería la decisiva. Me levanté para estirar las piernas y respirar. Miré la chapa que siempre llevaba conmigo, cosa que siempre me aliviaba. Tras unos largos minutos de desconexión volví a la mesa, dispuesto a empezar la tercera partida. Barajé mi mazo, hice lo propio con el del rival y cogí mi mano inicial. Estaba tranquilo, era una buena mano y sabía que era mejor que mi rival, pues en la primera partida había sido claramente superior y la segunda había estado más igualada de lo que pudiera parecer. Entonces lo vi. Dije que me quedaba la mano sin llegar a mirar bien todas las cartas. Mi oponente hizo un gesto de ir a devolver la suya al mazo, pero cuando vi bien mi mano y antes de que pudiera hacer ningún gesto de molestia, pues me había confundido al identificar una de las cartas del primer vistazo, mi oponente rectificó rápidamente, diciendo que se quedaba la mano. Me di cuenta porque si algo le faltaba era sutileza. Obviamente aquello hizo que saltaran todas las alarmas, pues aquella acción había sido muy extraña. El movimiento inconsciente de rascarme la cicatriz volvió. Ahora sospechaba más todavía de que me estaba leyendo la mente,pero tenía que asegurarme de ello. Era difícil jugar teniendo en cuenta que mi rival pudiera saber mis acciones. Decidí tender una sencilla trampa, únicamente para asegurarme, pues de esa forma podría estar más tranquilo. Por suerte para mí, mi oponente no era la bala más perforante del paquete, por lo que pude engañarle en un par de ocasiones, lo cual confirmó mis sospechas. Ahora estaba completamente seguro de que el desgraciado que tenía delante podía leerme la mente de alguna forma. Ahora el problema era que era imposible probar aquello y que el tener que pensar en no solo mi estrategia si no en cómo darle la vuelta para que mi rival cometiera errores era mucho más agotador. Hay quien dice que a la gente mala todo le sale bien, y parecía que ese día tenían razón, porque tras un par de robos malos perdí esa partida también. Recogí mi mazo, no dolido si no molesto. Para mi alivio, a la gente no sólo le había encantado mi mazo si no que muchos pensaban que yo debería haber ganado esa final, y he de decir que el segundo premio también era bastante jugoso.
Tras explicar algunos de los pormenores del mazo, el cual eclipsó casi por completo al campeón, compartí con aquellos interesados la lista, dando también mis impresiones y comentando algunas cartas que cambiaría y las razones detrás de esos razonamientos. Tras un intenso día y con un sabor agridulce, volví. Mis deudas estaban ya más que pagadas, por lo que podía retomar aquello que Ashura me había encomendado.
Capítulo V: Ver para creer
Tras haberme librado de las deudas que me quedaban, había podido avanzar mucho más rápido en mi investigación. Parecía que cuatro de los siete miembros del Ouka Shichibukai residían en esta segunda mitad del Grand Line. Entre ellos había un doctor, un señor y dos mujeres, que si bien no parecían ser tan fuertes como Carmine Strong o Triana Tempesta, tenían fama de ser verdaderamente poderosas. Si bien me gustaría poder saber más de ellas, pues las mujeres poderosas son siempre algo a tener en cuenta, algo me decía que no era una buena idea. Por alguna razón tenía la sospecha de que si le mencionaba cualquier cosa sobre ellas, Ashura movería cielo y tierra para intentar que fuéramos a por ellas, para cargárserlas simplemente por ser mujeres (supongo que algo malo le tuvo que hacer alguna mujer en el pasado, a saber, lo mismo le abandonó alguna amada o algo por estilo), o peor aún, esclavizarlas para hacerlas que le sujetaran el machete ponzoñoso mientras entrenaba. Con eso en mente, descarté a las dos mujeres de la lista de objetivos posibles. Quedaban un doctor y otro tipo. De ahí la decisión era sencilla. Uno era un pirata despiadado y perro del gobierno, y el otro era un doctor, además de un pirata despiadado y perro del gobierno. No tenía ni la más mínima idea de qué había hecho ninguno de ellos para que la justicia les buscase, y esperaba que lo que ese tal Doctor Utakata había hecho no fuera ser como Ben, porque me estaba dando algo de pena pensar en reducir el número de médicos del mundo, teniendo en cuenta la de enfermedades y problemas médicos que hay. Entonces, quedaba solo una opción que, casualmente, era el señor del que menos información había. Me pasé un largo tiempo intentando buscar cualquier cosa al respecto, pero lo único que descubrí eran su nombre y el de su tripulación, Shinji Kagayaku, capitán de los piratas Mittsuami.
Entre una cosa y otra había pasado ya más de medio año desde que había saldado mis deudas. Intentaba recopilar información acerca del tipo ese y de su banda, pero no había nada de nada, pues parecía que se había unido hace no demasiado a la institución. A pesar de ello, yo seguía recabando toda la información que podía, hasta que un día recibí una visita completamente inesperada. Se trataba de un señor trajeado, que portaba un maletín y un sombrero de copa. Arqueé la ceja extrañado, pero me extrañé más todavía cuando el hombre comenzó a hablar sobre las Cartas Mágicas. Parpadeé realmente confuso, mientras escuchaba intentando no perderme ningún detalle. El hombre me preguntó acerca de la final que perdí hacía más de medio año. Imposible olvidarla. Tras mi respuesta afirmativa, me informó de que habían descalificado a mi rival por utilizar el haki para hacer trampas, y que por ende iban a anular también aquella final, dándome a mí tanto el primer premio como el segundo por las molestias. La verdad es que era una muy buena noticia, pero lo que realmente ocupaba mi mente era otra cosa. Acababa de mencionar el Haki, lo cual hizo que algo en mi cabeza se activara y recordara mi primer encuentro con el maestro que me enseñó el Haki allá en Sabaody. Así que se podían hacer ese tipo de cosas…
Tras despedirme de ese señor no perdí un instante y me puse a pensar. Si eso se podía hacer con el Haki tenía que ser con el de observación, que ya conocía. Recordé entonces que con el Haki de observación, podía, además de presencias y si me centraba en ello lo suficiente, identificar vagamente y de forma muy superficial las intenciones de la gente. Tenía que ser algo como eso. Se me ocurrió entonces una forma de entrenar e intentar perfeccionar aquello. Aprovecharía los entrenamientos de mis compañeros para centrarme en intentar discernir sus intenciones utilizando mi Haki. Por suerte, estos eran bastante escandalosos, y algunos como Ashura entrenaban prácticamente a todas horas. Me mantuve alejado, por seguridad, cerrando los ojos, viendo a estos con mi haki. Me centraba en intentar predecir sus movimientos, pero parecía que había algo que estaba mal. Le estuve dando vueltas por varios días hasta que di con la respuesta. No tenía que adivinar nada, tenía que centrarme exclusivamente en verlo. Fueron pasando los días, y poco a poco mi visión fue mejorando. Primero logré ver únicamente los movimientos en los que ponían más énfasis. Era un gran avance, pero aquello no era suficiente. Retomé entonces mi entrenamiento, centrándome más todavía en las intenciones. Trataba de descartar las que más destacaban, intentando ver cada vez más. Esta parte era todavía más difícil, pues si bien notaba cierta mejora, todavía había algunas acciones que se me escapaban, las cuales identificaba mediante el sonido después. Fue realmente un entrenamiento agotador, y eso que ni siquiera tenía que moverme. No era un cansancio físico sino más bien mental, como cuando llevas bastantes rondas en un torneo y estás jugando control. Los días siguieron pasando y una vez fui capaz de sentir con claridad, me centré en mi capacidad para mantener aquel estado sin morirme de cansancio por el camino. Era una herramienta realmente poderosa, pero era algo que no podía mantener en el tiempo, o por lo menos no si abarcaba una distancia relativamente grande.
Capítulo VI: Ubicación confirmada
Una vez dominado lo que parecía el siguiente estadio del Haki de observación, retomé la búsqueda de información acerca del Shichibukai Kagayaku y su banda. Había invertido algo de tiempo en prepararme para una inevitable pelea, pues, aunque no tuviera yo muchas ganas de peleas ahora mismo, sabía que si Ashura estaba de por medio me iba a tocar intervenir casi con total seguridad. Este señor parecía que no sabía cómo no llevarse mal con la gente aunque, teniendo en cuenta que lo único que hacía era agitar su machete ponzoñoso con intenciones dañinas (obviamente es una dramatización), no me sorprendía lo más mínimo, y más teniendo en cuenta que parecía ser el único con dos dedos de frente en el barco.
La información que conseguía acerca de mi objetivo llegaba con cuentagotas. Tal vez mi método no era el correcto, o quizá no estaba haciendo las preguntas adecuadas. Cambié primero de lugar. Por suerte, mi reducido tamaño y mis grandes dotes para el sigilo me permitieron escuchar varias conversaciones sin correr riesgo alguno. Pero aun así, parecía que ese tal Shinji se seguía escabullendo. Entonces sucedió. Hay quien diría que era cosa del destino o alguna mierda mística de esas, pero había estado en muchos lugares y había escuchado un sinfín de conversaciones, por lo que para mí, no era más que algo inevitable. Me encontraba yo comiendo pechuga de pollo empanada (que no gallo) cuando alguien a dos mesas de distancia llamó loca a su prometida por proponer pasar la luna de miel en Hachinosu. haciendo referencia a lo peligrosa que era esa isla pues no solo era conocida como el Paraíso de los Piratas si no que también era la base de operaciones de los piratas Mittsuami. Hachinosu… ese nombre me sonaba. Terminé de comer y salí del restaurante, yendo a buscar más información al respecto de aquella isla. No tuve que buscar mucho (menos mal) para encontrar mapas de la isla y. Gracias a mis dotes de cartografía, pude hacerme una idea de aquel lugar. Era una isla de un tamaño medio. Respecto al clima no había nada realmente reseñable. Lo normal, nada de inviernos ni veranos perpetuos, lo cual era realmente un alivio, porque si por ejemplo llovieran rayos me tocaría buscar otro sitio al que ir. Si había algo que destacar de la isla, eso era la enorme calavera de roca que se erigía en su centro. Una roca gargantuesca que simulaba una calavera con un pañuelo y la cual era sin duda el punto más llamativo del lugar.
Ya tenía un lugar, sabía cómo era y, si bien me había sido imposible descubrir nada acerca de cuántas personas conformaban la tripulación de los Piratas Mittsuami ni tampoco acerca de su líder, Shinji Kagayaku, tampoco había tiempo que perder. Me puse manos a la obra para encontrar una forma de llegar a aquel lugar. Los mapas no funcionan en el Grand Line, y menos todavía en el Nuevo Mundo. Podía preguntar acerca de la 'ruta' que había que seguir para llegar hasta Hachinosu, pero teniendo en cuenta que habría que esperar en cada isla a que el Log Pose registrara el correspondiente campo magnético, la travesía podía alargarse mucho más de lo necesario. Por ello, había una única opción que fuera lo suficientemente directa: Obtener un Eternal Log Pose que apuntara directamente a Hachinosu. Podía intentar robar uno, pero prefería asegurarme completamente de que era realmente lo que buscaba. También podría haber dejado las negociaciones al tipo de los malos humos. Hubiera ahorrado unos cuantos berries, pero a decir verdad cuanta más gente se enterara de nuestro plan más probabilidades había de que algo se torciera, y Ashura era bien de escandaloso.
Capítulo VII: Llegada al Paraíso
52 de Primavera, Año 16
A bordo del Niebla de Guerra, Isla Hachinosu, Nuevo Mundo
- Pues la verdad es que se ha quedado un muy buen día. Menos mal porque con la que cayó ayer ya me pensaba yo que hoy también iba a estar lloviendo a mares - suspiré mientras limpiaba mi fiel rifle. El rumbo estaba fijado, y era cuestión de tiempo que alguien (seguramente Artur, pues le gustaba pasar los días en lo alto del palo mayor) divisara la Isla Pirata. Una vez terminado con Whistle hice lo propio con el resto de mis armas, preparando también la munición que seguramente fuera a necesitar. Me aseguré de tener bien claro cuántas balas tenía, y de qué tipo era cada una, pues lo último que quería era quedarme sin balas por haber contado mal.
Dejé todo sobre la mesa, desplegado para verlo mejor, mientras recogía también la chapa de Willow. Suspiré, algo nervioso, sin poder evitar rascar la cicatriz de mi palma izquierda. Tras preparar todo bien salí de mi camarote, yendo a cubierta para después ir hasta el timón. Me senté en él, con la brisa marina acariciando mi rostro, mientras esperaba. Miraba de vez en cuando el Eternal Log Pose, para asegurarme de que no nos desviábamos lo más mínimo del rumbo, hasta que finalmente apareció. Emergiendo por el horizonte pude ver la colosal calavera de roca, lo cual hizo que suspirara de alivio. Esperé a que el resto salieran a cubierta para avisarles de que estábamos cerca de nuestro destino
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