[Pasado] [+18] - Danza de hielo y fuego
#31
OST DE LA ESCENA

     Debería haberlo esperado. Por sus gestos, debía haber sabido lo que iba a suceder. Pero tan solo lo supe cuando sus labios tocaron los míos. Mis ojos se abrieron de par en par, acompañados de un corazón que se resistía a calmarse. 
     Sujetándome entre sus brazos, se dejó caer. No tengo vértigo por razones lógicas, pero en aquel momento, cuando del mar solo nos separaban los metros que iban muriendo bajo nuestro peso, lo sentí. Cerré los párpados con fuerza. Y el miedo me hizo su presa.
     Cuando el agua fría —incluso en aquel caluroso verano— me tocó el cuerpo, sentí la debilidad de inmediato, cómo mis fuerzas desaparecían en algún lugar de la crueldad del mar. Tan solo los brazos del chico me recordaban que no caería al fondo, condenada al olvido. Su beso hacía que me llegase el oxígeno y es la única razón por la que mis pulmones no se habían inundado de agua, pues él los insuflaba con aire. 
     La herida de la cara me escocía como si me estuviesen rajando de nuevo, pero apenas podía prestarle atención. La debilidad era cada vez mayor y todo mi ser me pedía caer en las garras de la oscuridad, aquella que ya nos envolvía por la negrura de la noche. Aunque ni siquiera me atrevía a abrir los ojos.
     En algún momento, pues mi noción del tiempo se había visto alterada, ascendimos a la superficie. Y aunque yo permanecía más en el plano de la inconsciencia que en aquel donde querían matarnos, deseé que no se separase, que continuase pegado a mí. El aire veraniego entró en mis pulmones como si respirase por primera vez. Fue una bocanada amplia, ansiosa, incluso cuando me había estado llegando oxígeno a cada segundo.
     —Estoy... bien... —conseguí responderle, aun con los ojos cerrados.
     No fui muy consciente del tramo en el que él nadó hasta la orilla, llevándome consigo. Mis recuerdos de ese momento se centran más el el calor de su cuerpo que en los metros que conquistó hasta llegar a la arena. Luego, me tumbó boca arriba. Mi pecho subía y bajaba con rapidez. Fuera del agua, el pequeño temblor regresó a mi cuerpo. Ni siquiera tenía fuerzas para gobernar mis manos, mis piernas. 
     Zorak era su nombre, me lo reveló en aquel preciso instante. No pude reaccionar apartándome cuando me tocó la mejilla, mi herida, pero tampoco lo habría hecho. No esta vez. Nunca nadie, literalmente nadie, me había acariciado con la delicadeza que él me estaba dedicando. Y descubrí que ese pequeño temblor ahora no era por miedo. Y dijo que había renunciado a su nombre, pero que era su muestra de confianza hacia mí.
     Noté una fuerte sensación en el pecho. Una muy peligrosa. Una que me había jurado a mí misma rechazar para siempre. Mi cuerpo débil no estaba en posición de repeler nada en ese momento y volví a sentir miedo, pero de otra naturaleza. Me atreví a abrir los ojos y, con el temor atenazando cada una de mis células, lo miré, descubriendo que él ya lo estaba haciendo.
     —Un placer... conocerte otra vez... Zorak...
     No. No podía dejarme llevar otra vez. No podía cometer aquel error del pasado de nuevo. Guardaría todo aquello dentro de mí, bajo llave, y tiraría esta a lo más profundo de mi oscuridad. Perdida, olvidada. Incluso cuando, desde dentro, aquel enorme orbe de sentimientos que no sabía gestionar me gritaba por su libertad con falsas promesas.
     El sueño por agotamiento me estaba ganando la partida y decidí no oponer más resistencia. Me rendí a él.
     Y me dije que no me volvería a enamorar.
     

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#32
OST

Tras decir que estaba encantada de volver a conocerme, cosa que hizo que se esbozara una sonrisa en mi rostro, Maeve cayo dormida, parecía exhausta, pero su rostro sereno mientras dormía era simplemente precioso, cada facción de su cara parecía tallada por los mismos ángeles, me incorpore lo suficiente para girarme y quedarme sentado, mirando al mar con la chica dormida a mi izquierda, el calor del verano junto con la frescura de las olas rompiendo y la respiración de la chica producían en mí una tremenda sensación de calma, volví a mirar a Maeve y parecía profundamente dormida.

Me arrodillé a su lado y pase mi brazo izquierdo por debajo de la nuca de la chica y el brazo derecho por debajo de sus rodillas, alzándome con ella en brazos, Maeve se acurrucó sobre mi pecho mientras caminaba llevándola en volandas, el tacto frío de la piel de su rostro contra mi piel volvía a hacer que mis emociones bailaran, seguía siendo un baile desconocido para mí, aun recordando lo que Melisa me contó sobre la persona indicada, era un sentimiento parecido al que tenía por Papá, Jerry, Melisa y Powder, pero a la vez diferente, con una intensidad nunca antes sentida, perdido en mis pensamientos caminaba con la chica en brazos.

Camine durante unos cuarenta minutos hasta que por fin lleguemos al barrio donde estaba la casa abandonada, seguí caminando por las calles, no me importaba el peso de la chica aun cuando estaba exhausto, ella hizo lo mismo por mí en el dragón rojo y confiaba en mí, de hecho llevaba todo el camino profundamente dormida en mis brazos, casi como si estuviera segura de que no le pasaría nada malo si estaba yo presente, ese pensamiento esbozo una amplia sonrisa en mi rostro.

Casi sin darme cuenta estaba entrando por la puerta, tras cerrarla tras de mí con el pie, subí las escaleras que llevaban a la habitación donde había suturado mis heridas hacia unos días y posé con delicadeza su cuerpo sobre el colchón, la tape y me quede mirando como dormía plácidamente, estos últimos días la pobre apenas había pegado ojo por mi culpa y mi arrogancia, me creí suficientemente bueno como para armar la que arme en la taberna y salir con vida de allí, si no fuera por ella...

Mi mano se movió hacia la frente de la chica, apartando los cabellos que caían sobre este y acerque mi cabeza a la suya, para posar mis labios en su frente y besarla.

"Duerme tranquila "Köri"... yo haré la guardia hoy."

Me encaminé al mismo rincón donde Maeve había pasado la primera noche y me senté, estirando mi pierna izquierda y dejando la derecha doblada, llevándome un cigarro a la boca y encendiéndolo mientras seguía contemplando y velando por el tranquilo sueño de Maeve.
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#33
Día 32, 10:02h, verano, año 8
West Blue | Reino de Ilisia | Ciudad Akarui


     Caía al vacío. Intentaba que las alas blancas emergieran de mi cuerpo, pero ni una sola pluma aparecía. No podía volar. Bajo mis pies, la certeza de la vasta oscuridad que se abría ante mí con fauces hambrientas. Y la seguridad de que iba a morir al tocar el suelo. Pero nunca llegaba. La caída parecía no tener fin y, cuanto más avanzaba engullida por la gravedad, más intenso resultaba el temor que me acuchillaba las entrañas.
     De pronto, la nada.
     Grité. Abrí los ojos.
     Me hallé sentada sobre el colchón que tan familiar me parecía. La sangre galopaba por mis venas, impulsada por un corazón desquiciado. Me costaba recuperar el aire. Las uñas se me clavaban en la palma de las manos, tan fuerte las estaba cerrando.
     Otra pesadilla. Qué novedad.
     Traté de respirar hondo. Cuando lo hice, un intenso aroma a café se coló por mis fosas nasales.
     Zorak, aquel era su nombre. Era lo primero que había recuperado de lo que sucedió el día anterior. Supuse que era así por la luz que entraba por la ventana, pues lo que recordaba era relativo a la noche. Todo lo demás fue sucediéndose poco a poco, desordenado. La arena. Los guardias. Las negras aguas del mar. El disparo. El roce de sus dedos. Mi miedo. Su mirada.
     Relajé las manos.
     Todas aquellas imágenes que tenían que ver con el chico pelirrojo aparecían en mi mente con un matiz diferente, trayendo a mi memoria los últimos pensamientos que flotaron por mi cabeza antes de que ya no hubiese nada. Había pensado en Zorak como... como... No, no, no podía. Joder.
    ¿No puedes o no quieres?
     No podía. No quería. Esa palabra, ese término que implica entregarle tu corazón a alguien era... estaba... vetado para mí. Mi experiencia con Jasper me había dolido tanto durante tanto tiempo que la sola perspectiva de volver a albergar esos sentimientos me... asustaba. Zorak no tenía porqué traicionarme también... La confianza es algo muy jodido y yo había decidido entregarle la mía, se lo había dicho, pero... Y además, él ni siquiera tenía por qué estar sintiendo lo mismo.
     Te besó.
     No, perdona, me ayudó a no morirme.
     Te acarició la herida en la playa.
     Debías de estar dándole pena por hacer el ridículo en el agua.
     Encogí las piernas y con un brazo me rodeé las rodillas, mientras que cerré la otra mano en torno a la raíz de mi pelo. Cascadas blancas atravesaban, desordenadas, los huecos entre mis dedos. Me di cuenta de que no llevaba las botas puestas, él debía de habérmelas quitado al dejarme en la cama. La vergüenza me golpeó con fuerza y noté cómo mis mejillas ardían. Me fijé en que el resto de la ropa seguía en su lugar, seca. No me extrañaba, con aquella temperatura despiadada de verano. Incluso con mi camiseta de tirantes y mis pantalones cortos, ambos negros, el calor me afectaba (y había que dar gracias a que, por las horas que debían de ser, aún ni siquiera había alcanzado su auge). No llevaba puesta mi chaqueta con capucha, ya que la noche anterior no la necesité para cubrirme del sol. Si por el día quisiera salir a algún lugar, por mucho calor que pasase, debía ponérmela. Mejor asada que con la piel achicharrada.
     Bonita forma tiene mi mente de trabajar, ¿eh?, desviándose a cualquier tema solo para no afrontar el problema que tiene delante. Porque para mí era, sin duda alguna, un problema.
     Lo mejor era olvidarme de toda esa mierda y centrarme en... ¿En qué? ¿En que llevaba compartiendo casa con ese chico desde hacía varios días cuando lo natural habría sido que continuase mi viaje hacia... el que fuese mi siguiente destino? ¿Por qué no me había ido ya? Sí. Eso debía hacer, irme. Irme y olvidar mi rematada estupidez. Hacer otras cosas, no sé, cargarme a alguien, por ejemplo. 
     Pero entonces Zorak apareció por la puerta. Me dio un vuelco el corazón y volví a ruborizarme, como si él fuese capaz de escuchar cualquiera de mis pensamientos. 
     Como decía, rematadamente estúpida.
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#34
Estaba acabando de preparar el café y unas tortitas que había comprado junto con otros útiles de cocina con el dinero del robo del día anterior cuando un grito llego desde la planta superior, si fuera el primer día que pasaba con Maeve me habría asustado, pero parecía que no era la única persona de esta casa que tenía malos sueños recurrentes, mientras subía la escalera, recordaba los días pasados en los que la albina murmuraba en sueños y se levantaba agitada, conocía bien esa sensación, pero habían cosas en las que era mejor no meter las narices si una persona no estaba dispuesta a contar.

Abrí la puerta y me encontré a Maeve en la cama, abrazando sus rodillas y con una mano en el pelo, pareció ruborizarse al verme cosa que compartíamos, mi cara se volvió roja como un tomate y aunque tratara de disimularlo era imposible, el recuerdo de sus fríos labios en contacto con los míos y de la calmada respiración que tenía al dormir en mis brazos no me permitía dominar mis sentimientos, me aclare la garganta y comencé a hablar.

"Buenos días." Mire hacia mi izquierda mientras me acercaba a la cama y colocaba la bandeja con el café y las tortitas. "Esta mañana salí a comprar algo de comida"

Agarre un café y una de las cuatro tortitas con sirope que habían en la bandeja, dejando el resto para la albina, con evidente nerviosismo movía mi cabeza a un lado y a otro, intentando no cruzar la mirada con ella, no sabía como iniciar la charla referente a lo sucedido ayer, por como se había ruborizado me daba la impresión de que ella sentía algo parecido a lo que yo sentía, aun mirando hacia el lado izquierdo, sin mirarla, comencé a hablar.

"Esto..." el corazón me palpitaba de tal manera que parecía que estaba por salir de mi pecho. "Deberías comer antes de que se enfríe."

No era eso lo que quería decir, pero el nerviosismo latente en mi rostro y el tono de mi voz se apresó de mí y cambio las palabras que quería decir, la mire como por acto reflejo, mis ojos más amables que de costumbre, sin su característico penetrar, ya que lo que veían ablandaba mi ser hasta un punto de sentirme vulnerable, pero no podía quedarme con la duda así que intente hacer acopio de valor tomando una gran bocanada de aire por mi nariz y soltándola en un suspiro, lentamente, casi arrastrando las silabas comencé a hablar de nuevo mientras miraba a Maeve a los ojos.

"Lo de ayer... bueno, no sé cómo explicarlo..." el contacto de sus labios volvió a recorrer mi mente como un trueno que resonaba en mi corazón. "Fue la primera vez que bese a alguien... Sentiste... lo mismo que yo?"

Me lleve torpemente el café a la boca mientras me temblaba la mano y se me derramó, cayendo sobre mis temblorosas piernas debido al nerviosismo

"Mierda!"
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#35
OST DE LA ESCENA

     Zorak portaba consigo una bandeja con, además de aquel café de aroma penetrante, ¿tortitas? Había salido a comprar, dijo. Comprar, no robar. Amo el dulce.
     Mi rostro, que intentaba ocultar parcialmente con el cabello, todavía se resistía a regresar a la normalidad, no importaban mis esfuerzos. Aun así, logré sacar la suficiente fuerza de voluntad como para mirarle a la cara. Pero él no me miraba a mí, sino a otro lado. Me estaba evitando, visiblemente nervioso. Fruncí el ceño.
     ¿Ves? Un error.
     Lo era. Me habló de que se enfriaría el desayuno. Con aquel calor, hablar de enfriar era extraño, pero sí la típica frase de cuando no se sabe qué decir.
     Y cuando no se sabe qué decir, se dice lo primero que te viene a la cabeza para salir del paso. Solo eres algo para salir del paso.
     Tragué. Fue una autocrítica cruel. Todas lo eran, en realidad. Era curioso cómo, a lo largo de los años, había llevado a mi cama a más personas de las que podía recordar y, sin embargo, involucrar sentimientos resultaba devastador para mí. Porque, por supuesto, no dediqué ni uno solo a cualquiera de esas personas. Pero... ahora era diferente, muy diferente. Había sentimientos, pero no cama, y no sabía lidiar con ello. Menos aún cuando me sentía rechazada. Y sentirme rechazada me colocaba a la defensiva. Y la defensiva provocaba ofensiva en mí.
     Pero no dio tiempo a que sacase la artillería, porque Zorak habló de nuevo.
     Hizo referencia a lo del día anterior.
     Y fue ahí cuando me di cuenta de que hablar de ello era tan malo como no hacerlo. De hecho, era posiblemente peor, y más cuando me miró a los ojos con los suyos de aquel azul que me podía matar si caía en él. Mi primer impulso fue retirar la mirada, pero me obligué a no hacerlo.
     Fui su primer beso, eso dijo.
     Recordé tragar.
     Su primer beso. Recuperé aquel momento de mi memoria reciente y desde luego él había parecido alguien que sabía lo que estaba haciendo. Había sido yo la que me había quedado congelada, aunque sin duda también había influido haber estado a punto de caer al agua, y una vez en ella. Sabía que era más joven que yo y, por lo que ahora conocía, mi experiencia rebasaba con creces la suya. Aunque... no en besar, tal vez, pues yo no besaba. No de aquel modo, al menos. Hasta el momento, mis besos con otras personas no contenían sentimientos, sino hambre, un hambre que nunca fui capaz de saciar.
     ¿Sentí lo mismo que él?
     ¿Qué había sentido él?
     ¿Qué había sentido yo?
     De nuevo, el corazón impuso sus propias reglas, golpeándome con violencia bajo las costillas. No podía responder. No quería. Mis mejillas volvían a arder.
     —Yo... —apenas fue un susurro.
     Entonces, se le cayó el café encima. Resultaba evidente que sus nervios le habían traicionado. El hecho de saber lo peligroso que podía llegar a ser y verlo de aquella forma en ese momento me causó una oleada de ternura. Y yo no siento ternura.
     El incidente me salvó de hablar.
     Gateé por el colchón hasta llegar al borde y, descalza, me puse en pie sobre el polvoriento suelo de madera abandonada, acercándome a su posición.
     —¿Estás bien? —En un impulso, alargué ambos brazos hacia él.
     ¿Qué haces, tonta? ¿Cómo vas a ayudarle, quitándole los pantalones?
     De inmediato, retiré las manos.
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#36
OST

El punzante dolor del café caliente sobre mis piernas quedo en un segundo plano mientras Maeve se acercaba hacia mí, el corazón me martilleaba a cada centímetro que se acercaba la albina, casi como si quisiera escapar de mi caja torácica, escapaba a mi conocimiento como una sola persona podía desatar tal tormenta en mi interior con el simple hecho de acercarse a mí. Maeve se levantó de la cama y preguntó si estaba bien, mientras acercaba sus manos hacia mí y las retiraba casi al momento, mi cuerpo se movió solo dando un paso adelante y agarrando a la albina por la cintura, quedando mi cara frente a la suya, como si fuera un duelo entre azul y gris, duelo que no tarde en perder al darme cuenta de la posición en la que me había metido mi cuerpo por su propio capricho.

"Estoy bien..." Dije con un notable nerviosismo en la voz.

La verdad es que ahora mismo lo último que me importaba era el café que se había derramado. "Bésala" gritaba una y otra vez la pequeña voz de mi cabeza y aunque quería hacerlo me quede paralizado frente a ella, volviendo a perderme en esas finas facciones que contrastaban con aquellos salvajes ojos de mirada severa. Debía saberlo y quitarme de dudas, así que tras carraspear un poco volví a hablar, casi como un susurro el tono de mi voz varió hasta volverse un tono de complicidad, como si en cualquier momento alguien ajeno pudiera escuchar lo que decíamos aun estando en nuestra propia zona segura.

"Aún no me has contestado... sentiste lo mismo que yo?"

La mire fijamente a los ojos mientras acercaba su cuerpo al mío tirando de su cintura, el corazón parecía que estaba por estallar, pero mi cuerpo parecía moverse por el mismo así que le deje hacer y me quede a escasos centímetros de la cara de Maeve, esperando la respuesta.
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#37
OST DE LA ESCENA

     El impulso de haber querido, de forma estúpida, ayudar al chico hizo que, de pronto, me encontrase de nuevo atrapada entre sus manos, frente a él. Aunque uno no está realmente atrapado si la posibilidad de escapar está a su alcance, ni si realmente no quiere dicho escape.
     Esos putos ojos azules.
     Parecía que el café no había hecho muchos estragos, lo que me hizo recordar por qué había terminado así, ambos de pie, uno frente a otro, y sin apenas movernos. El corazón... Otra vez el corazón golpeando. Me habló con voz muy baja, casi imperceptible, pero lo escuché. Me hizo la misma pregunta, aquella de la que sí quería huir.
     Capturó de nuevo mis ojos con los suyos. Y me acercó aún más a él. Y los centímetros apenas nos separaban. Y se me había olvidado cómo respirar.
     —¿Por qué me haces esto? —logré pronunciar con un hilo de voz tan ínfimo como el suyo.
     Mirar aquel azul frente a mí me hizo sentir tan perdida como si realmente fuese el mar quien me estuviese reclamando.
     Despacio, alcé mis manos, hasta ahora inertes, y las coloqué a ambos lados de su rostro. Sentí su piel suave cálida al tacto. Mordí mi labio inferior, completamente insegura de lo que estaba haciendo. Sentía como si no fuese yo, como si alguna deidad estuviese guiando mi cuerpo a su antojo.
     Más despacio aún, fui asesinando los centímetros que nos separaban hasta que nuestros labios se encontraron. Cerré los ojos, abandonándome a todas y cada una de las sensaciones que comenzaron a embriagarme. Aquel era un juego peligroso, muy peligroso, y lo sabía. Siempre lo supe. Pero estaba acostumbrada a los peligros, me dije, ¿qué podía salir mal? En aquel momento, nada. Allí era el único lugar donde deseaba estar y el deseo fue lo único que guiaba el movimiento de mis labios, aun cuando el miedo estaba llamando con insistencia a mi puerta.
     Saberme tan cerca de aquellos afilados dientes, aquellas armas tan letales capaces de desgarrar tan fácilmente, me hizo sentir aún más viva. 
     Nunca había besado así a nadie. En otros momentos, con otra gente, gente anónima, lo único que quería de ellos eran sus cuerpos, mi placer. Muestras tan delicadas estaban totalmente vetadas para mí por mí. Pero en este preciso instante, tras permitirme aquella concesión, no me arrepentí de hacerla.
     Al cabo de unos segundos, me separé lentamente de Zorak. Encontrarme de nuevo con sus ojos sería un desafío titánico, pero lo acepté, incluso cuando notaba la piel de mi rostro en combustión. Nunca me consideré una persona cobarde.
     —No vuelvas a preguntármelo.
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#38
OST

Note las frías manos de Maeve posándose en mi cara, era como la sensación que tenía cuando me zambullía en el frío mar, sus ojos grisáceos brillaban con complicidad mientras se acercaba cada vez más a mi cara y comentaba que porque le hacía esto, no lo sabía ni yo mismo, pero el contacto con sus labios fue simplemente poesía, todo a mi alrededor perdió el sentido, en ese preciso instante solo existíamos ella y yo, nada me importaba más que sus labios en ese preciso momento, por un segundo pude olvidar la carga que llevaba encima y esa carga desaparecía mientras ella se separaba como si se llevara todos mis pesares, y mientras me miraba a los ojos comento que no volviera a preguntárselo.

"No lo haré, descuida." Dije aún medio atontado por el momento tan íntimo había sucedido.

Lleve mi mano derecha hacia su cara, posándola en su lado izquierdo y acariciando con ternura el corte que la chica tenía naciendo de la comisura del labio.

"Deberías seguir comiendo, tenemos que reponer fuerzas si queremos devolverle a ese cabrón el favor."

Acerque mis labios a su frente y la besé, había dicho eso, pero mi brazo izquierdo seguía en la cintura de la albina, casi como si mi cuerpo ansiara no romper el contacto con el suyo, la discusión de ayer volvió a mi cabeza y me sentí mal por haberle hablado de esa manera.

"Siento lo que te dije ayer, no me gusto verte con el imbécil ese."

Me quedé así, intentando separarme de ella pero con el cuerpo sin obedecer orden alguna, mientras me perdía en esos preciosos ojos grisáceos.
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#39
     Sus dedos sobre la cicatriz de mi rostro dolieron, pero fue un trance por el que estaba dispuesta a pasar. Me dijo que comiese para recuperar fuerzas y, sin poder evitarlo, una sonrisa de medio lado se trazó en mis labios.
     —Preocúpate por recuperar fuerzas tú, que fuiste al que peor dejaron.
     También yo miré la herida de su rostro. Curioso cómo el gilipollas de pelo morado nos había tallado unas marcas parecidas en la cara, en lados contrarios, complementarias. Por supuesto que no lo haría con esa intención, claro, seguramente disfrutaba desfigurando caras, pero sería algo que llevaríamos de por vida, que nos haría recordar inevitablemente dónde y cómo nos las hicieron.
     Me besó en la frente. Sería jodidamente fácil dejarme llevar por unas atenciones que eran desconocidas para mí. Por unas manos que habían demostrado ser tan letales como cuidadoras.
     Mi pulso, por supuesto, imponiendo su ritmo.
     Entonces, hizo referencia a la conversación del día anterior. Ni me acordaba. Para mí, pertenecía a otro plano de la existencia, pues lo sucedido en el puerto marcaba un antes y un después en mi ordenamiento de los recuerdos. Me sorprendió su confesión.
     —¿Estás celoso? —le pregunté, ensanchando mis labios en una sonrisa casi diabólica.
     ¿Era así como vivía la gente normal? ¿La que no estaba envuelta en crímenes continuamente? ¿La que no cargaba con una historia de abusos, traiciones y desconfianza? ¿La que podía contar con que la otra persona no sería un tachón más en la lista de fracasos?
     Unas facciones aparecieron en mi mente: Jasper O'Rourke. Su puñalada por la espalda. No literalmente, claro, no llegó a herirme. Al menos, no físicamente. 
     No seas estúpida, ¿crees que esta vez va a ser diferente? 
     No veía por qué no podía serlo. Por qué la vida no podía sonreírme en este ámbito. Por qué no habría yo de merecerlo.
     Mi crítica voz interior se echó a reír. Luego, atacó de nuevo.
     ¿Merecer? ¿Crees que mereces algo? Nunca mereciste nada, por eso te ha ido así en la vida. No mereces más que el caos que siembras en las vidas de otros allá por donde pasas.
     Posiblemente tuviese razón.
     Pero ¿por qué conformarme con hacerle caso a aquella parte de mí que me machacaba continuamente?
     Porque tu historia me avala.
     Sí, pero tal vez el pasado no tuviera que escribir el futuro.
     Apenas le conoces, ¿qué puede salir mal?
     —Apenas te conozco —se me escapó en voz alta.
     Mierda. Había dejado que se filtrase parte de mi batalla interna. Ni siquiera venía a cuento, no para alguien que no conociese el contexto. Y yo no estaba por la labor de explicarlo. Sería normal que pensase que estaba loca. Bueno, al fin y al cabo no se equivocaría mucho.
     Retrocedí un par de pasos, separándome de él. No era tan imbécil como para negarme a mí misma el miedo que me daba lo que sentía. Miedo a cederle ese poder sobre mí. Miedo a que lo utilizara en su beneficio. Una vez más, me dije que no era ninguna cobarde, pero la valentía no se trata de la ausencia de miedo, sino de hacer lo que sea de todos modos. Aunque, claro, siempre es más fácil decirlo que hacerlo.
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#40
La atmosfera de la habitación era cálida y dulce, no sentía ninguna carga en mis hombros más allá de la seguridad de la persona que tenía delante, con media sonrisa en su cara Maeve preguntó si estaba celoso, lo estaba? Todo era nuevo para mi así que no sabía bien si era que el hombre me caía mal de por sí o si era por el acercamiento que tenía con Maeve al momento de verles, al recordar ese momento un nudo se creo en mi pecho, uno que casi no me dejaba respirar, así que supuse que debía ser eso, celos.

"No lo sé seguro, pero eso parece batotototo"

Era la primera vez que reía sinceramente en años, me era sencillo si ella estaba presente, luego comento casi con un susurro que no me conocía, cosa que me hizo caer en que yo tampoco sabia nada de ella, a regañadientes me separe de ella lentamente, mientras mi cuerpo se resistía a romper el contacto y me encamine hacia la jarra de café y rellene mi taza mientras un recuerdo volvía a mí, Jerry y Powder, con una lata de refresco cada uno (cosa que era un lujo en el sitio de mierda de donde veníamos) jugando a un juego sobre hablar de la vida del resto, si acertaban bebían si no, hacían beber al que había preguntado.

"Que te parece si jugamos a un juego, cada uno dirá algo que crea del otro, si te equivocas tienes que beber un sorbo, si aciertas debe beber la otra persona."

Me senté en el borde de la cama con la taza en la mano derecha y golpeé mis rodillas con la mano izquierda, dándole a entender que podía acercarse y sentarse sobre ellas.

"las damas primero."

El corazón bombeaba por el nerviosismo de abrirme a alguien, pero esta mujer tenía algo que no tenía el resto, me daba la impresión de que nos parecíamos más de lo que aparentábamos y que puedo decir, la curiosidad mato al gato.
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