Hace 3 horas
Había sido sorpresivo para todos. El primero, quien había dado la espalda a Pucca era quien recibió la primera paliza por parte de la pelirroja, con una efectividad excelente y una improvisación de lo más inesperada. De hecho fue eso mismo lo que había dejado paralizados el tiempo necesario a los individuos, el sonido del golpe del primer derrotado. Ni siquiera hubo tiempo para contestar hasta que Pucca ya dio pie a su segundo ataque, arremetiendo con el segundo, y así también con el tercero. Los trabajadores, por otro lado, estaban estupefactos y la muchacha que hasta entonces parecía temblar entre lágrimas al fin había dejado de llorar por el impacto y la sorpresa. Después de eso... silencio, completo y absoluto silencio. Esas discusiones iniciales ahora parecían habérselas llevado no el viento, sino una rama lo suficientemente gruesa que inició todo el fin.
Los tres trabajadores, viendo el rostro de la mujer con una mezcla de estupefacción y felicidad no daban crédito a que alguien con una cara tan buena y amable tuviera semejante fuerza. Para ellos, esa muchacha era una deidad que los hombres se atrevieron a dañar. Uno de los tres comenzó a reír ante la primera pregunta de la mujer y las carcajadas no tardaron en contagiarse con el resto. —Y tan duro, pero parece que nos cayó un ángel del cielo.
Una vez desatados, los tres acariciaban sus muñecas en un alivio que les supo a gloria. Fue cuando escucharon el nombre de Valerie que la chica, al fin, se puso en pie lentamente, todavía frotándose la muñeca. —¿La Jefa? — Miró a los hombres inconscientes de reojo, solo para regresar la mirada hacia la muchacha. —¿La Jefa está bien? ¿No le pasó nada? — Juntó ambas manos, éstas todavía temblorosas, pero con una pequeña esperanza en los ojos. —¿Ella sabía dónde estábamos? — Los otros dos trabajadores también se pusieron en pie. Uno de ellos caminó directamente hasta el carro y comenzó a rebuscar entre una de las cajas, apartando la Lona y abriendo una de las cajas. Pese al cansancio de los tres, el alivio ya era un factor que captaba la atención de los tres, algo que claramente era necesario. Pucca, por otro lado, habría conseguido unas monedas extras al aprovechar de revisar los bolsillos de los maleantes.
—Creíamos que no vendría nadie... — habló el tercero de ellos —Estos locos nos interceptaron por el camino. Nos encontramos con Milo poco antes de encontrarnos con ellos. Nos dijeron que si mencionábamos algo sobre ellos podrían matarnos y... Y... Teníamos mucho miedo. Aunque querían llevarse la carga no parecía que fueran a soltarnos...
—¡Yo pensé que mis días estaban contados! — habló la mujer, ahora con lágrimas de felicidad. —Parece que ellos se desviaron a propósito y se escondieron en el bosque para atraparnos... Nos dijeron que la Jefa sería la siguiente y... y... No queríamos ponerla en peligro. — Elevó las manos, secándose las lágrimas. —Gracias chica, muchas, muchas, pero muchísimas gracias.
El hombre que había estado en silencio y estaba revisando las cajas, sacó de una de ellas un pequeño botiquín. —Además, estás herida por nuestra culpa. — habló al fin, acercándose a la joven. —No es mucho pero... espero que esto sirva para que podamos tratarte.
—Yo me encargo. — la chica fue quien tomó el botiquín y se acercó a Pucca para aplicarle las curas como agradecimiento. —¿Qué tal el resto de la mercancía?
—Está intacto, parece que no le pasó nada... Solo que esa rueda... Pues será un problema. Al emboscarnos fueron a por esa rueda y... bueno, ya ves que la dejaron en un estado deplorable, pero tampoco podemos dejar esto aquí... — Los trabajadores contemplaron a los tres inconscientes, quienes ahora no se movían ni un solo músculo. Finalmente, uno de los varones, al escuchar la propuesta de Pucca sobre informar a la Marina, elevó su mano. —Creo que los tres podemos caminar, y yo puedo hacerlo. Tú puedes quedarte un poco más para que ella termine de curarte las heridas. Has hecho mucho por nosotros. — Su tono de voz, sin embargo, no parecía demasiado convencido de querer hablar con ellos. Sin embargo tampoco podía permitir que después de semejante calvario ellos salieran impunes o incluso se repitiera con otro grupo. Por eso, se despidió y adelantó, dejando al resto atrás. La chica siguió prestando atención en atender a Pucca.
Más tarde, el resto de los trabajadores imitaron al primero, adelantándose después de que las heridas de Pucca hubieran terminado de ser tratadas, de nuevo con un agradecimiento y una gran despedida.
Transcurrido un tiempo considerable, lograron regresar no solo al puerto, sino también al establecimiento de Valerie, quien seguía en el mismo lugar, organizando unas cosas y otras. Al escuchar la puerta, ella tenía dos cajas de gran tamaño entre sus manos y, al ver a los trabajadores entrar por la puerta, se quedó quieta, en silencio. Uniformes sucios, ojos cansados, agotamiento muy claro en sus rostros. Pronto dejó las cosas sobre el primer lugar que se le ocurrió (el mismo suelo) y prácticamente brincó por encima del mostrador hasta acercarse a los chicos con una sonrisa alegre y amable.
Los abrazó a todos como pudo, examinándolos de arriba abajo con una mezcla de preocupación y alivio y solo cuando comprobó que los tres podían mantenerse en pie se permitió respirar con tranquilidad, volviendo a hablar, dispuesta a preguntar. —¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabais? ¿Y la mercancía? — Las respuestas comenzaron a caer de forma desorganizada, pero los detalles sobre el secuestro y lo ocurrido fue resumido entre los tres, cada uno a su forma. Con los argumentos comprendió que Shiroi no solo había encontrado lo que había y quienes habían desaparecido, sino que incluso los derrotó y hasta trajo a sus trabajadores sanos y salvos. Buscó a Shiroi con la mirada, extendiendo su mano, buscando tomar la suya... Pero no parecía que estuviera con sus trabajadores. Aún así, eso no impidió que la sonrisa hablara por sí misma con un solo pensamiento.
Hizo una pausa, con esa expresión que, ahora, gritaba por un alivio muy claro. —La contraté para encontrar mis mercancías y saber qué había pasado con vosotros, pero ha conseguido las dos cosas y mucho más. ¿No sabéis a dónde ha ido? Me encantaría ir a agradecérselo. — No tenía mucha fe al inicio con el aspecto que cargaba, pero se alegró de saber que había estado total y completamente equivocada. Lo mejor era que el trabajador se unió poco después a ellos, el primero que se había separado del resto. Hizo un breve resumen de todo, que la Marina había sido informada y notificada, ahora ya se habían dispuesto a ir hasta los maleantes que les había causado ese caos y, finalmente, parecía que se estaban encargando de ayudar con la rueda a modo de compensación por haber dejado que unos civiles se hubieran encontrado en peligro.
—Dijeron que puede que se pasen cerca de la hora del cierre, Jefa. Nos encontraron a alguien que reparará la rueda sin que tengamos que pagar.
—¡Eso son noticias espléndidas! Gracias a todos. Hoy, ¡todos a descansar! ¡Y después de que hable con los estúpidos de los Marines, invito a una cena!
Y así, el trabajo que había comenzado con un sencillo anuncio en el puerto llegaba a su fin. Kutsukku continuaría con su ajetreo habitual, el comercio volvería poco a poco a la normalidad y Valerie podría ocuparse de recuperar las pérdidas sufridas. Al menos por esta vez el encargo había resultado en un rotundo éxito.
Los tres trabajadores, viendo el rostro de la mujer con una mezcla de estupefacción y felicidad no daban crédito a que alguien con una cara tan buena y amable tuviera semejante fuerza. Para ellos, esa muchacha era una deidad que los hombres se atrevieron a dañar. Uno de los tres comenzó a reír ante la primera pregunta de la mujer y las carcajadas no tardaron en contagiarse con el resto. —Y tan duro, pero parece que nos cayó un ángel del cielo.
Una vez desatados, los tres acariciaban sus muñecas en un alivio que les supo a gloria. Fue cuando escucharon el nombre de Valerie que la chica, al fin, se puso en pie lentamente, todavía frotándose la muñeca. —¿La Jefa? — Miró a los hombres inconscientes de reojo, solo para regresar la mirada hacia la muchacha. —¿La Jefa está bien? ¿No le pasó nada? — Juntó ambas manos, éstas todavía temblorosas, pero con una pequeña esperanza en los ojos. —¿Ella sabía dónde estábamos? — Los otros dos trabajadores también se pusieron en pie. Uno de ellos caminó directamente hasta el carro y comenzó a rebuscar entre una de las cajas, apartando la Lona y abriendo una de las cajas. Pese al cansancio de los tres, el alivio ya era un factor que captaba la atención de los tres, algo que claramente era necesario. Pucca, por otro lado, habría conseguido unas monedas extras al aprovechar de revisar los bolsillos de los maleantes.
—Creíamos que no vendría nadie... — habló el tercero de ellos —Estos locos nos interceptaron por el camino. Nos encontramos con Milo poco antes de encontrarnos con ellos. Nos dijeron que si mencionábamos algo sobre ellos podrían matarnos y... Y... Teníamos mucho miedo. Aunque querían llevarse la carga no parecía que fueran a soltarnos...
—¡Yo pensé que mis días estaban contados! — habló la mujer, ahora con lágrimas de felicidad. —Parece que ellos se desviaron a propósito y se escondieron en el bosque para atraparnos... Nos dijeron que la Jefa sería la siguiente y... y... No queríamos ponerla en peligro. — Elevó las manos, secándose las lágrimas. —Gracias chica, muchas, muchas, pero muchísimas gracias.
El hombre que había estado en silencio y estaba revisando las cajas, sacó de una de ellas un pequeño botiquín. —Además, estás herida por nuestra culpa. — habló al fin, acercándose a la joven. —No es mucho pero... espero que esto sirva para que podamos tratarte.
—Yo me encargo. — la chica fue quien tomó el botiquín y se acercó a Pucca para aplicarle las curas como agradecimiento. —¿Qué tal el resto de la mercancía?
—Está intacto, parece que no le pasó nada... Solo que esa rueda... Pues será un problema. Al emboscarnos fueron a por esa rueda y... bueno, ya ves que la dejaron en un estado deplorable, pero tampoco podemos dejar esto aquí... — Los trabajadores contemplaron a los tres inconscientes, quienes ahora no se movían ni un solo músculo. Finalmente, uno de los varones, al escuchar la propuesta de Pucca sobre informar a la Marina, elevó su mano. —Creo que los tres podemos caminar, y yo puedo hacerlo. Tú puedes quedarte un poco más para que ella termine de curarte las heridas. Has hecho mucho por nosotros. — Su tono de voz, sin embargo, no parecía demasiado convencido de querer hablar con ellos. Sin embargo tampoco podía permitir que después de semejante calvario ellos salieran impunes o incluso se repitiera con otro grupo. Por eso, se despidió y adelantó, dejando al resto atrás. La chica siguió prestando atención en atender a Pucca.
Más tarde, el resto de los trabajadores imitaron al primero, adelantándose después de que las heridas de Pucca hubieran terminado de ser tratadas, de nuevo con un agradecimiento y una gran despedida.
Transcurrido un tiempo considerable, lograron regresar no solo al puerto, sino también al establecimiento de Valerie, quien seguía en el mismo lugar, organizando unas cosas y otras. Al escuchar la puerta, ella tenía dos cajas de gran tamaño entre sus manos y, al ver a los trabajadores entrar por la puerta, se quedó quieta, en silencio. Uniformes sucios, ojos cansados, agotamiento muy claro en sus rostros. Pronto dejó las cosas sobre el primer lugar que se le ocurrió (el mismo suelo) y prácticamente brincó por encima del mostrador hasta acercarse a los chicos con una sonrisa alegre y amable.
—¡Estáis aquí! ¡Por todos los mares, estáis aquí! ¡Estaba tan preocupada!
Los abrazó a todos como pudo, examinándolos de arriba abajo con una mezcla de preocupación y alivio y solo cuando comprobó que los tres podían mantenerse en pie se permitió respirar con tranquilidad, volviendo a hablar, dispuesta a preguntar. —¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabais? ¿Y la mercancía? — Las respuestas comenzaron a caer de forma desorganizada, pero los detalles sobre el secuestro y lo ocurrido fue resumido entre los tres, cada uno a su forma. Con los argumentos comprendió que Shiroi no solo había encontrado lo que había y quienes habían desaparecido, sino que incluso los derrotó y hasta trajo a sus trabajadores sanos y salvos. Buscó a Shiroi con la mirada, extendiendo su mano, buscando tomar la suya... Pero no parecía que estuviera con sus trabajadores. Aún así, eso no impidió que la sonrisa hablara por sí misma con un solo pensamiento.
"No sé cómo agradecértelo, en serio, eres increíble, Shiroi."
Hizo una pausa, con esa expresión que, ahora, gritaba por un alivio muy claro. —La contraté para encontrar mis mercancías y saber qué había pasado con vosotros, pero ha conseguido las dos cosas y mucho más. ¿No sabéis a dónde ha ido? Me encantaría ir a agradecérselo. — No tenía mucha fe al inicio con el aspecto que cargaba, pero se alegró de saber que había estado total y completamente equivocada. Lo mejor era que el trabajador se unió poco después a ellos, el primero que se había separado del resto. Hizo un breve resumen de todo, que la Marina había sido informada y notificada, ahora ya se habían dispuesto a ir hasta los maleantes que les había causado ese caos y, finalmente, parecía que se estaban encargando de ayudar con la rueda a modo de compensación por haber dejado que unos civiles se hubieran encontrado en peligro.
—Dijeron que puede que se pasen cerca de la hora del cierre, Jefa. Nos encontraron a alguien que reparará la rueda sin que tengamos que pagar.
—¡Eso son noticias espléndidas! Gracias a todos. Hoy, ¡todos a descansar! ¡Y después de que hable con los estúpidos de los Marines, invito a una cena!
Y así, el trabajo que había comenzado con un sencillo anuncio en el puerto llegaba a su fin. Kutsukku continuaría con su ajetreo habitual, el comercio volvería poco a poco a la normalidad y Valerie podría ocuparse de recuperar las pérdidas sufridas. Al menos por esta vez el encargo había resultado en un rotundo éxito.
Cajita de Tabaco
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