[Fic Entrenamiento Hasshoken] Horas de entrenar: Dale una vuelta más
#1
Día 3 de otoño, año 18
Dojo de Hasshoken, Isla de Kárate
10:00


Eele se quitó las vendas de su cabeza. Frotó su frente mientras miraba el reflejo de su imagen en uno de sus puños americanos. Estaba mucho mejor que la noche anterior. Se había pasado un día entero golpeando la corteza de aquel manzano, lo raro hubiese sido que no tuviera ningún tipo de marca. Pasó el dedo corazón de su mano derecha sobre la rozadura y soltó un pequeño quejido, pero al ver de nuevo su reflejo, sonrió. Estaba contento aquella mañana. Lo que había logrado la noche anterior era algo que le mantendría contento por varios días. Sería difícil que algo le borrase la sonrisa cuando había conseguido aprender una técnica nueva. Ató las dos partes de Skull Crusher a su cinturón y se giró para mirar la enorme pila de manzanas que reposaban tras él. Cogió un par y comenzó a comérselas. Había pasado la noche en el jardín del dojo. Nadie le había ofrecido alojamiento allí, pero tampoco le habían prohibido pasar allí la noche, así que, por lo que a él respectaba, estaba todo en orden.

Se levantó una vez que se había comido las manzanas y fue a buscar a la maestra y sus alumnos. Sabía que habían estado practicando desde antes de que saliese el sol, pero esperaba que hiciesen una pausa para almorzar algo. Eele nunca había sido muy madrugador. También es cierto que desde los 7 años, su estilo de vida le había supuesto estar en pie hasta tarde, en ocasiones hasta el alba. Desde que se convirtió en pirata había comenzado a modificar aquello, pero dentro de su cabeza, algo le decía que lo de levantarse antes de las 9 de la mañana no estaba bien. Tomó tantas manzanas como pudo sirviéndose que un saco que encontró en el jardín y fue hacia las instalaciones del dojo. Cuando llegó al patio de entrenamiento, pudo ver que no había nadie.

—Jabjabjab. Si ya lo sabía yo. Nadie se puede levantar todos los días a esa hora. Lo de ayer fue una excepción-ring. Estos son más dormilones que yo.

Se coló dentro del dojo. Nadie lo había invitado, pero tampoco se lo habían prohibido. Aquello era como una ley para Eele. Lo que no estaba expresamente prohibido se podía hacer. Y lo que sí lo estaba... bueno, aquello podía ser objeto de debate. Podía respetarse, siempre y cuando no atentase contra sus necesidades o las de sus amigos. O sus deseos. O sus caprichos. En realidad, Eele no era alguien muy acostumbrado a seguir las normas, pero no creo que podamos culparle; había crecido bajo la tutela de un mafioso disfrazado de maestro de artes marciales. Para aquella gente, las leyes y la moral eran algo bastante diferente que para la gente de a pie. 

Recorrió la sala principal gritando los nombres de Takeshi y la maestra Matcha. No obtuvo respuesta, ni de ellos, ni de nadie. Entró a las cocinas, a las habitaciones e incluso a las termas.

—Vamos no me jodas. Esta gente vive con todo tipo de lujos. Se las dan de sacrificados pero luego... 

La verdad era que las instalaciones en el dojo eran bastante humildes. Las habitaciones eran un par de salas grandes donde dormían todos los alumnos juntos. Y las termas... bueno, eran unas aguas termales que brotaban del subsuelo, sí, pero las instalaciones que las acompañaban habían sido construidas hacía mucho tiempo y el mantenimiento brillaba por su ausencia. A decir verdad, para la cantidad de alumnos que vivían allí, no tocaban a mucho espacio para cada uno. Y si te parabas a pensar un momento, nunca se podía ver a ninguna persona que trabajase allí. No había cocineros ni jardineros. Tampoco nadie que se encargase de la limpieza ni de las tareas de mantenimiento. Eso era algo que hubiese sorprendido a cualquiera. A todos menos a Eele, que no reparaba en ese tipo de cosas.

Siguió buscando por el lugar. Recorriendo cada recoveco que encontraba. Era como si todo el mundo allí presente se hubiera esfumado, como si hubiesen desaparecido de la noche a la mañana. Eele pensó que tal vez habrían subido la montaña. Fue a revisar el camino de ascenso hasta el estadio Ki, pero no había marcas de pisadas recientes. Pensó entonces que tal vez habrían ido a alguno de los otros dojos. 

—Maldición. Debe ser eso. Estos cabrones han ido a luchar con los aprendices de otros dojos —agitó su puño al aire y alzó el tono de voz—. Y me han dejado aquí. No pienso perdonárselo-ring.

Comenzó a andar de un lado para otro pateando cada piedra que se cruzaba delante de él. 

—Cuando aparezca por aquí esa maldita maestra se va a enterar. ¿Cómo puede olvidarse del gran Eele Trick? En cuanto la veo pienso darle un cabezazo-ring. Ah, y al enano ese de Takeshi, dos. Y al resto. Pienso golpear a cada uno de esos enclenques hasta que no se les vuelva a ocurrir dejarme de lado. ¿Van a pelear y me dejan aquí? Soy el más fuerte de ellos —se paró y llevó la mano a su mentón—. Ah, claro. Eso es. La maestra no ha querido que vaya yo para no humillar a los otros aprendices-ring. Un luchador de mi altura no debería machacar enanos por ahí.

Siguió deambulando mientras asentía, la mano en su barbilla. Su razonamiento le había hecho mejorar su humor, sin embargo, eso no le había servido a las piedras para no seguir siendo pateadas. Avanzó arrastrando los pies unos metros más, su mirada fijada en el suelo. Vio una piedra redonda, de las que son perfectas si tu intención es mandarla volando bien lejos. Redujo la distancia con ella en una carrera y la pateó con todas sus fuerzas. La piedra saltó por los aires como si fuese un cohete, en una trayectoria recta hacia la cabeza de Takeshi.

—¡AAARG! ¿Se puede saber qué haces? —gritó el joven con la mano apretada contra su frente.

—Perdona. Yo no... —cortó la frase como si recapacitase—. ¡Jódete-ring! Eso te pasa por haberme dejado de lado hoy. ¿Se puede saber por qué habéis ido a luchar contra otro dojo sin mi?

El chico lo miró como quien mira a alguien que ha perdido el norte por completo. Aquel combate solo había tenido lugar en la imaginación de Eele, pero el gyojin lo estaba dando por una certeza. Incluso se había ofendido por no participar. Eele se acercó al aprendiz apretando su mano en un puño y lo golpeó con los nudillos en la cabeza. No fue un golpe duro, ni mucho menos era esa la intención, pero si que fue uno de esos que te dejan escozor en la zona donde impactan. Takeshi se quejó de nuevo y se cubrió con los brazos la cabeza.

—¿Se puede saber qué haces? ¿De qué hablas? Tanto golpe contra el manzano no debió sentarte nada bien. Sin duda, te has quedado ton... —el joven paró de hablar de golpe al ver el gesto del gyojin—. No hemos ido a luchar con nadie. Tan solo estamos entrenando.

—¿Y me habéis dejado fuera del entrenamiento-ring? Ahora si que te vas a enterar —alzó de nuevo su puño.

—Para. Para, por favor. La maestra dijo que sería mejor que te dejásemos descansar. Dijo que estuviste entrenando hasta tarde.

Eele levantó el puño un poco más pero se detuvo antes de golpear la ya maltrecha cabeza de Takeshi. En su lugar, soltó un gruñido y exhaló con violencia. 

—¿Seguro que no me estás mintiendo? No vi a nadie en el patio de entrenamiento.

—Hoy estamos entrenando fuera.

—¿Cómo que fuera? ¿Es que no estáis haciendo vuestros bailecitos-ring?

—Que no son bailes —refunfuñó el joven.

—Que si que si. Lo que tú digas. Bailecitos. Jabjabjabjab.

Takeshi hizo caso omiso a las provocaciones y comenzó a andar hacia el interior del dojo.

—Toma esto y acompáñame.

Eele miró con recelo el par de cubos y el listón de madera que le había entregado el joven. Aún así, la intriga por saber de qué trataba el entrenamiento, hizo que el gyojin lo siguiese sin rechistar. O al menos sin hacerlo demasiado.

Takeshi comenzó a bajar la montaña. Se había colocado el listón de madera a la espalda y colgando de cada lado cada uno de los cubos. Eele lo seguía desde atrás con paso pesado, dejando resonar cada zancada para que el joven supiese que estaba desconforme. Él no había colocado los cubos de la forma en que lo había hecho el chico. Solo por llevar la contraria, el gyojin llevaba el listón apoyado en un hombro y los dos cubos sujetos por el asa en la otra mano. Descendieron durante alguna hora en las que Eele no paró de quejarse y de soltar un comentario tras otro sobre lo que les pasaría a Takeshi y su cabeza de tratarse todo aquello de una broma. El mal humor del gyojin era tal que incluso llegó a amenazar con golpear al joven aprendiz con el listón de madera. 

Tras el tiempo de camino, eterno para Takeshi, llegaron hasta su destino. Una basta extensión de agua había cubierto las parcelas formando grandes espejos que reflejaban el cielo cuando había llegado a la isla. Sin embargo, los campesinos parecían haber drenado todo aquello. En su lugar, unas plantas sobresalían a la superficie formando hileras que se perdían unas entre otras. Los campesinos, encorvados, cortaban esas vegetaciones con hoces justo a ras de suelo, y lanzaban las plantas a los sacos que portaban en sus espaldas. Junto a ellos, Un grupo de aprendices del dojo sacudían manojos de estas hierbas sobre cubas para desprender los granos de arroz. Otro grupo llenaba cubos como los que portaban Eele y Takeshi con los granos y los cargaban a los lados del listón. Cuando varios de ellos estuvieron listos, comenzaron a seguir a la maestra Matcha en dirección al dojo de nuevo.

—¡Ey, Matcha! ¿Qué se supone que estáis haciendo-ring? ¿No debíais estar entrenando? No veo combates por ningún lado.

—'¡Buenas tardes, Eele! —la maestra prosiguió su camino sin detenerse más a hablar con el gyojin. Ella también portaba dos grandes cubos llenos de arroz a sus espaldas.

—¿Cómo que buenas tardes? Aún ni es la hora de comer-ring.

—¡Ah! Así que hoy has madrugado. Me alegro por ti. No es sano levantarse siempre tan tarde.

El gyojin chasqueó la lengua. Soltó aire en señal de desaprobación y comenzó a andar junto a la maestra.

—Takeshi me dijo que estabais entrenando, pero yo solo veo que has engañado a estos jóvenes ilusos para ponerlos a trabajar.

—Ya te dije que no todo el entrenamiento se basa en darse golpes. También hay que fortalecer la mente y el cuerpo —miró al gyojin de arriba a abajo—. En tu caso, es muy recomendable que dejes de darte golpes. Sobre todo en la cabeza.

—¿Qué quieres decir? —mostró su puño apretado.

—¿Eh? No, nada. Déjalo. Ya lo entenderás —agitó la mano como quitándole importancia—. Si has venido para entrenar, más vale que te pongas a cargar arroz cuanto antes.

El gyojin se marchó entre sus habituales gruñidos. Cogió un par de puñados de arroz y los echó en los cubos que le había dado el joven aprendiz. La diferencia de tamaño entre sus manos y aquellos cubos era tal, que con tan solo tres o cuatros veces ya había llenado los cubos casi hasta arriba. Los colocó a los extremos de la madera y se la echó al hombro. Solo en uno, como si quisiera demostrar que él era capaz de cargar más que ninguno de ellos. Miró de vuelta a la maestra y gritó.

—¡Eh, tú, rabanito! —dijo en lo que a él le había parecido un comentario muy jocoso por la similitud del color de cabello de la maestra y el de aquellas hortalizas—. ¿Dónde se supone que debo llevar esto?

—¡¿Cómo que rab...?! —la maestra exhaló con fuerza, como si quisiera liberarse de la tensión soplando en lugar de golpeándolo—. Síguenos hasta el dojo, allí lo repartiremos. 

La maestra cargó entonces la madera que sujetaba dos enormes pilas llenas de arroz. Si alguien supiese de cocina y tuviese el ojo entrenado, podría haber pensado que con el arroz que había en cada una de ellas, podría alimentarse todo el dojo durante semanas. Entonces, Matcha miró hacia Takeshi y le guiñó el ojo con gesto cómplice a la vez que señalaba con la cabeza a Eele. El joven aprendiz dudó un instante, pero rápido asintió con una sonrisa pícara en la cara.

—Es una lástima que el gran Eele no sea capaz de cargar más arroz. Estoy seguro de que podríamos acabar mucho antes si tan solo fuese capaz de cargar con la mitad de arroz de lo que puede llevar la maestra. Pero claro, no hay nadie tan fuerte como usted, maestra Matcha.

Y tal vez eso fuese cierto. O tal vez no. Cualquiera podría haberse percatado de que aquello tan solo era una provocación encubierta. Cualquiera que no estuviese demasiado preocupado por lo que opinarían los demás sobre él y que no tuviese el orgullo muy frágil.

—¿Pero tú que dices, enano? Si no me hubieses dado esta mierda de cubos estaría llevando mucha más cantidad. 

Matcha y Takeshi señalaron a un par de cubetas de madera que había al lado de Eele. Eran tan altas, que el aprendiz no hubiese podido comprobar si estaban llenas o no, pero al gyojin no le llegaban mucho más allá de la cintura. A regañadientes, Eele vació sus dos cubos en una de las cubetas y se las llevó arrastrando mientras maldecía. Si se hubiese vuelto, habría encontrado a la maestra y su alumno con la mano en la boca para no dejar escapar alguna carcajada mientras chocaban la otra mano. Pero Eele era demasiado orgulloso para mirar a su espalda. 

Una palada tras otra. El gyojin fue llenando sus cubetas. En un principio, pensó que podría dejarlas a ras, aunque rápido vio una imagen de Takeshi menospreciándolo por no haber sido capaz de llenar más los contenedores, por lo que comenzó a lanzar más y más arroz hasta que tan solo quedaron dos montañas de las que solo asomaban las asas de las cubetas. Metió el tablón de madera bajo las asas y se colocó en medio. Flexionó las rodillas, cogió aire y empujó. No pasó nada, salvo que el azul típico de la piel del gyojin comenzó a tomar una tonalidad que se acercaba más al morado. Desistió por un segundo, pero al mirar de reojo pudo ver a Takeshi acercándose al oído de la maestra a la vez que lo señalaba. Matcha, con un brazo cruzado frente al pecho y la otra mano en su mentón, asentía. Eele soltó un bramido digno de alguna bestia ancestral y comenzó de nuevo a intentar levantar aquello. En primera instancia, no ocurrió nada, pero tras unos segundos cayeron un par de granos rodando desde la cima. Las montañas comenzaron a tambalearse y de entre ellas surgieron las cubetas, como si de la lava expulsada por un volcán se tratase. Eele dio un paso que retumbó en toda la zona. Cuando parecía que se iba a venir abajo, dio otro paso más. Y otro. Comenzó a subir la montaña con un gesto de gran esfuerzo, su piel casi morada del todo. Sus ojos parecían que iban a salir disparados. Una vena en su cuello vibraba con cada paso, tan tensa que cualquiera podría pensar que si la frotabas, desprendería notas musicales. Pasó junto a Matcha y Takeshi con orgullo, pero sin el aire suficiente como para poder alardear. El joven aprendiz se quedó pasmado mirándolo, con la mandíbula que le llegaba casi hasta el suelo. La maestra, por su lado, se mantenía asintiendo con los brazos cruzados sobre el pecho, su gesto de satisfacción.

El camino hasta el dojo no fue para nada fácil. Cada pequeño repecho parecía una pared a superar. Los músculos de sus piernas estaban tan calientes que parecía que iban a fundirse. Pero lo peor era la idea del terrible dolor de espalda que iba a tener al día siguiente. Aún así, no cedía. No por el compromiso por acabar la tarea, para nada. Sino porque cada vez que se detenía un segundo a coger aire, oía detrás de él cómo Matcha le decía a Takeshi un hiriente «¿Lo ves? Ya te dije que no era tan fuerte», y eso era algo que no podía permitir. Tardó horas en completar el camino, pese a que en los días previos no le había llevado tanto tiempo. Cuando alcanzó la puerta del dojo, dejó caer las cubetas sobre su base con un potente golpe y se derrumbó de espaldas. La imagen que dejaba era más propia de una culebra desinflada que de un gyojin fornido como él. Incluso, quien lo observase de cerca, podría ver unas profundas manchas moradas bajo sus ojos, como si llevase días sin dormir. Takeshi y la maestra pasaron con su carga junto a Eele.

–Bueno. Casi lo consigue. Le han faltado unos metros pero... —hizo círculos con su mano—. Por esta vez se lo daremos por bueno.

Eele gruñó y llamó a un par de aprendices que pasaban por al lado. 

—Eh, vosotros. Descargad esto, por favor-ring —dijo intentando recuperar el aliento—. Digo... putos enanos.

Los jóvenes se rieron y comenzaron a descargar las enormes montañas de arroz en cubos más pequeños. Eele, pudo recuperar el aire tras un rato y se sentó a supervisar cómo lo hacían entre ambas cubetas.

—Yo lo haría mucho mejor. Y más rápido. Si no estuviese en huelga os demostraría como es que se descarga de verdad el arroz.

—¿Así que ahora estás en huelga?

—Eso es. Dijiste que esto era un entrenamiento. Pero esto no es más que trabajar. Y yo no trabajo gratis. 

—¿Crees que alguien débil cargaría con todo ese arroz? ¿Y crees que después de hacerlo no eres un poco más fuerte?

—Yo ya soy fuerte. Ya lo has visto —puso su brazo en noventa grados y comenzó a besar su biceps.

—Ah, bueno. Entonces no querrás participar en la siguiente parte del entrenamiento, ¿verdad?

Eele se levantó del suelo como un resorte. Apretó sus puños frente a su cuerpo, las rodillas flexionadas.

—Claro que quiero-ring. Soy fuerte, pero quiero ser el más fuerte jabjabjabjab.

—De acuerdo. Sígueme.

Eele andaba un par de pasos detrás de Matcha, mientras fingía saltar a la comba.

—¿Qué será esta vez? ¿Tendré que partir ladrillos de un solo golpe? No me digas más. Seguro que quieres que vaya a derrotar al maestro de un dojo rival, ¿verdad? Venga, me caes bien. Por ti no solo le daré una paliza al maestro, también golpearé a todos sus alumnos —la maestra se detuvo al borde del camino. Eele se quedó de pie a su lado arrugando el gesto—. No me digas que va a ser eso de sentarme en una cascada.

Matcha se limitó a señalar de vuelta a los campos de arroz.

—Hay que terminar con aquello.

—¿Me estás vacilando? ¿Qué clase de entrenamiento es este? Yo lo llamo explotación.

—Cinco veces. Si logras subir tanto arroz cinco veces, te contaré el secreto de otra de mis técnicas.

—Prefiero que me lo cuentes ya y luego ya subo el arroz-ring —dijo Eele mirando hacia arriba y a un lado mientras sacudía una de sus manos.

—Aún eres débil. Debes fortalecer tu cuerpo para poder soportar la siguiente fase. Casi ninguno de mis alumnos lo soporta, pero claro, si tú eres tan débil como ellos...

No hizo falta que Matcha continuase la frase. El gyojin vació de un golpe las dos cubetas y bajó la colina a la carrera, como si temiese que no fuese a quedar arroz suficiente para todos los viajes que necesitaba hacer.

Cada uno de los trayectos le resultaban más tediosos. Sin embargo, algo dentro de él hacía que le resultasen cada vez más fácil. Parecía que sus piernas se recuperaban pronto de la fatiga. Incluso parecía que el terreno era menos empinado cada vez. Para cuando había subido cuatro veces, Eele mantenía un ritmo constante, para nada rápido, pero al menos sí ágil, como el de alguien que ha salido a pasear por el monte. Soltó de nuevo las cubetas en un golpe y ordenó a un grupo de aprendices que descargasen el arroz. El aprovechó este tiempo para refrescarse en una pequeña fuente que había a la entrada del dojo. Tomó agua con ambas manos, bebió un poco y luego la lanzó por encima de su cabeza. Aunque se estaba acostumbrando a aquello, estaba sofocado. Matcha se acercó a él y se sentó en el borde de la fuente.

—¿Sabes? Cuando yo era alumna de este dojo, mi maestro no nos permitía bajar corriendo. Claro que, aquello eran otros tiempos. Tiempos en los que la gente era ruda de verdad. 

La voz pícara de Matcha hubiese bastado a cualquiera para notar que había intenciones ocultas bajo su acercamiento. A Eele solo le sirvió para llamar su curiosidad.

—Yo soy un tío duro-ring. Seguro que puedo hacerlo mejor de lo que lo hacíais vosotros. Vamos, mírate. Seguro que hace años eras una enclenque.

La maestra apretó los labios y resopló para dentro.

—Cómo ya viste, soy mucho más fuerte que tú. Estoy segura de que no soportarías los métodos de mi maestro.

—¿Cómo que no? Vamos te lo demostraré. ¿Qué tengo que hacer?

—Es sencillo. Mi maestro nos obligaba a bajar hasta los arrozales sin usar los pies ni las manos. Solo podíamos girar sobre nuestras cabezas en el suelo.

La mandíbula de Eele pareció desprenderse hasta el suelo. 

—Ve a otro con tus historietas, rabanito. Es imposible hacer algo así.

La maestra Matcha no dijo nada. Tan solo se agachó y plantó la cabeza en el suelo. Se levantó, firme, con las manos apoyadas hasta parecer el tronco de un árbol. Luego plegó los brazos a ambos lados de su cuerpo y comenzó a girar. En un principio, lo hizo despacio, como si pretendiese que Eele viera aquello. 

—Si tienes un cuerpo fuerte, puedes moverte de esta manera —comenzó a acelerar el movimiento—. Y no solo moverte. Esta es la base de otra de las técnicas del Hasshoken.

La maestra avanzó hacia una roca que estaba convenientemente allí al lado. Impactó contra ella y la resquebrajó. Después, volvió a llevar los pies al suelo de un salto.

—¿Y eso cómo lo hago-ring? ¿Tengo que darle cabezazos al suelo? 

Eele se arrodilló y cabeceó el suelo con fuerza, antes si quiera de que la maestra pudiese decir nada. Matcha negaba con la cabeza mientras sostenía ambas sienes con sus dedos y miraba al suelo. 

—No tiene nada que ver con eso, bruto. Debes usar la cabeza como punto de apoyo, no destrozártela a golpes. ¿Esa es tu solución para todo? No se ni cómo eres capaz de respirar sin atragantarte.

—Pero si has dicho que era una técnica del Hasshoken. ¿No se trata todo de dar cabezazos?

—Nosotros usamos la cabeza, pero de muchas formas distintas a la tuya.

Matcha volvió a poner su cabeza en el suelo. Entonces levantó su cuerpo hacia arriba y, cuando ya tenía el cuerpo firme y erguido, juntó las palmas frente al pecho. 

—Debes empezar por tener una buena postura. Creo que en tu caso, eso ya sería un gran paso.

Eele había rotado su cuerpo para poder mirar a la maestra sin que la cara de esta estuviese del revés. Recolocó su postura y se aceró a la maestra andando. En ese momento, lanzó su mano hacia una de las piernas de Matcha, para golpearla con la palma. No con fuerza, no para hacerle daño. Tan solo para intentar desestabilizarla. 

—¿Y para qué sirve esta mier...?

Eele se desplazó hacia atrás como lo hace alguien que empuja contra un muro. La maestra permaneció impasible. Entonces, el gyojin repitió los empujones una y otra vez, aportando cada vez más fuerza al movimiento. El resultado fue el mismo. Dio un último empujón, con más fuerza aún, pero el único que se vio desplazado hacia atrás un par de mertros fue él.

—Ya te dije que el Hasshoken es solo para aquellos que ya han fortalecido sus cuerpos —rio la maestra.

—Y yo ya te dije que yo ya soy fuerte-ring

Eele comenzó una embestida contra Matcha. Esa era la mejor palabra para definirlo, embestida, pues incluso había arrastrado sus pies hacia atrás antes de iniciar la carrera. De no haber sido por la ausencia de cuernos, bien podría haber pasado por un toro. El gyojin se dirigía con potencia hacia la maestra, pero esta no se quedó inmóvil esta vez. Tal vez fuera porque el ímpetu de Eele iba a lograr su cometido, o porque quería enseñarle una lección a su aprendiz más inconformista, pero la maestra comenzó a rotar sobre sí misma con una fuerza desmedida. Cuando Eele quiso golpearla, salió disparado una vez más por los aires. Cayó al suelo y quedó de rodillas. Golpeó con el puño la tierra, en un golpe seco.

—Jabjabjabjab. Eso. Eso es lo que quiero.

Eele giró la mirada hacia Matcha. Su sonrisa era casi malévola, sin perder el punto cómico, lo que daba a su rostro un aspecto casi aterrador. La maestra retrocedió unos pasos y se cubrió con los brazos. El gyojin saltó y se dirigió a toda prisa hacia ella. Se volvió a arrodillar y le suplicó.

—Por favor. Enséñame a mandar por los aires a mis rivales, maestra.

La repentina sumisión de Eele pilló desprevenida a Matcha, la cual comenzó a ofrecerle una explicación como lo hubiera hecho con cualquier otro de sus alumnos. Con delicadeza y paciencia fue ayudando a Eele a obtener la verticalidad una vez que había apoyado la cabeza. Después comenzó a rotarlo poco a poco. El gyojin permanecía con las manos apretadas frente al pecho.

—¿Y en qué momento les doy un cabezazo, maestra?

La maestra resopló y golpeó con los nudillos el costado del gyojin. En otro momento, su puño hubiese buscado alcanzar la coronilla del alumno, pero dada la posición en la que se encontraba, dedujo que esa era la mejor opción. La maestra recordó que no estaba tratando con un alumno normal, de hecho, ella podía decir que aquel era su alumno más «especial». Uno que ni había pasado un proceso de selección, ni un duro entrenamiento antes de ser admitido. Bueno, tal vez si que había pasado por un entrenamiento fuera de lo común, pero nunca uno en el que tuviese que respetar las normas, ni uno en el que debiese ser obediente con sus maestros. Él tan solo había aparecido por allí exigiendo que le enseñasen nuevas técnicas. Como si Matcha le debiese algo. Eele solía actuar así. Para él, el mundo estaba ahí para que lo tomasen. Había estado años queriendo sentir la libertad, y ahora que se había echado a la mar, estaba dispuesto a ser totalmente libre. Y para Eele la libertad se obtenía solo cuando eras el más fuerte. Cuando nadie más podría venir a arrebatártela.

—Ya te he contado lo suficiente. Ahora ve y recoge el arroz que aún te falta.

La maestra se marchó al interior del dojo. Eele se quedó gruñendo entre dientes durante un rato. Pateó un par de cubos, lanzó algunas piedras tan lejos como pudo, y retomó el comino de bajada hasta los arrozales.

—Maldita maestra rabanito. ¿Quién se ha creído que es? Mira que despreciar de esa manera al gran Eele... 

Bufó y golpeó con el revés del puño el tronco de un árbol. Las ramas se agitaron y cayeron ante su cara un par de hojas. Aquello le trajo a la mente los recuerdos de la noche anterior, aquellos en los que practicaba para conseguir manejar la primera técnica del Hasshoken. Podía dudar de las formas de la maestra, incluso de la actitud que tenía con él. Lo que no podía poner en duda era el resultado. Los poderes que le había enseñado eran reales. Eele acercó la frente al tronco del árbol y lo golpeó. La sacudida fue mucho mayor a la que ocurrió cuando había golpeado con el puño. Resopló. Se agachó y saltó para mantenerse erguido usando la cabeza como punto de apoyo. El salto fue demasiado fuerte y Eele acabó golpeándose la espalda contra el suelo. Gruñó. Volvió a intentarlo. Una vez más. Y otra. Tardó varios minutos hasta que pudo mantener la verticalidad. Otros tantos minutos hasta que consiguió llevar las manos al centro del pecho. El siguiente paso le llevó mucho más tiempo. Rotar sobre la cabeza en esa posición no iba a ser nada fácil. Primero intentó impulsarse con las piernas, como si estuviese bailando en el aire. Era algo efectivo, pues conseguía girar. Sin embargo, lo que no lograba era mantenerse erguido. El impulso que daba con las piernas era demasiado potente y desigual. Probó a compensar el movimiento de las piernas con los brazos. Esto supuso un progreso, pues podía rotar unos grados y mantenerse recto, pero no conseguía que el movimiento fuese fluido. Detuvo su intento. Se dejó caer de espaldas al suelo, rodando en una voltereta, hasta terminar sentado. Se llevó la mano a la frente, magullada.

—¿Pero cómo mierdas puede girar el rabanito tanto sin hacerse ni un rasguño-ring? 

Volvió a descender un tramo del camino a pie. Debía dejar descansar a su cuerpo, en especial a su cabeza. Se preguntaba una y otra vez cuál sería el truco detrás de aquello. Algo debía haber. Él era físicamente más fuerte que la maestra, o al menos eso pensaba el gyojin. Sin embargo, ella era capaz de utilizar su cabeza como punto de apoyo sin dañarse. Incluso aquel tapón de Takeshi lo había logrado. Era como cuando ellos golpeaban los árboles con su frente y salían indemnes mientras que él...

Abrió los ojos de par en par, como el que ha presenciado una aparición. Había descubierto el truco. Ellos hacían uso de aquellas extrañas vibraciones de la anterior técnica a la vez que mantenían esa absurda postura. No podía ser de otra forma. Eele se agachó y colocó su cabeza hacia el suelo. Respiró hondo y se levantó sobre ella. Arrugó el gesto y se quejó, pues la parte superior de su cabeza estaba maltrecha después de haber sido tan insistente en su anterior intento. Resopló. Colocó las manos frente al pecho. Cerró los ojos y dejó fluir su energía. Iba a canalizar aquellas vibraciones de su interior. 

En un primer instante, no ocurrió nada. Pero Eele no se detuvo. Esperó y continuó intentándolo. Tal vez debía canalizar esas vibraciones hacia una zona diferente. Con la otra técnica, había aprendido a llevarlas hacia la frente, pero en esta ocasión, la zona de contacto era distinta. Probó a concentrarse y llevar la energía contra el suelo. Notó un cosquilleo. No era suficiente. Debía hacerlo con más potencia. Insistió. Más fuerte. Sintió cómo si la presión sobre su cabeza disminuyera. Mantuvo los ojos cerrados y se esforzó aún más. Ya no sentía el suelo bajo él. Abrió los ojos y lo vio. Estaba girando. Lo hacía despacio, pero ya había conseguido girar. 

Pasó los siguientes minutos mejorando su control sobre la velocidad de giro. Luego aprendió a desplazarse. Eso fue una parte fácil de deducir, pues solo debía controlar en que dirección dejaba caer su peso. Pero eso es algo que se complica bastante cuando giras a altas velocidades. Comenzó a recorrer el camino hasta los arrozales, rebotando de un lado al otro como si hubiese estado toda una noche bebiendo. A decir verdad, algo parecido debía sentir, pues el mundo le daba vueltas. 

Cuando llegó abajo, pidió un par de cubos nuevos, unos con tapa. No iba a realizar viajes con tanta carga como antes. Pero si la maestra aprendió aquella técnica bajando hasta allí utilizando la cabeza como punto de apoyo, él estaba decidido a adquirir ese conocimiento de una forma más grandiosa. Se cargó los cubos en los pies y tomó de nuevo la postura de la técnica. comenzó a rotar, asegurándose de que el arroz no salía despedido por la fuerza centrífuga. Aceleró más el giro. Y un poco más. Y comenzó el ascenso. Un ascenso que lo llevaría a lo más alto, no solo de aquella montaña.



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