El bueno, los malos y el feo [P.R - T4] [Juan & Shin]
#1
***“Aren't you scared?
Well, that's just fine”


 
Long Ring Long Land
Día 39 de Verano, Año 18
5:55 p.m.

Desde el momento en que sus pies empezaron su carrera contra el tiempo, su cerebro le gritó que no lograría llegar a la meta. Alcanzar un lugar seguro no era más que un sueño.
 
A sus pulmones empezaba a faltarle aire, sus piernas ya no se sentían, el sudor corría por su rostro, por su frente y se deslizaba hasta llegar a sus párpados y nublar su vista, haciendo que hacia el frente tuviera una visión borrosa de un cuerpo más infantil que el suyo propio.
 
Tenía todo en contra, pero, aunque creyera que las posibilidades reales de huir eran bajas, nunca detuvo sus pies, al menos debía dar tiempo a que su hermanito escapara.
 
—¡Corre! —El grito fue más un jadeo que, tal vez, quien iba en frente no alcanzó a escuchar del todo antes de dar la vuelta en una esquina y que, en cambio, quien gritaba, tropezara con un montículo de tierra.
 
Trastabilló. Sus piernas, de por sí débiles, cedieron y su cuerpo, sin que la gravedad tuviera compasión, rodó por el pasto un par de metros antes de detenerse.
 
Se quejó, sintió raspada la piel de sus rodillas, no tuvo ni siquiera que bajar sus ojos para saber que, en donde había aterrizado, el color dorado del pasto, porque el sol de la tarde hacía que se viera de ese modo, debía ahora verse rojizo; sin embargo, dejando de lado su bienestar o la posibilidad de ponerse de pie para escapar, el chico, para buscar a su hermanito con la mirada, pero lo que encontró, simplemente, hizo que su rostro palideciera y su garganta se secara.
 
—¡NALU! —El grito proferido salió rasposo, seco, con una voz más grave de lo usual para su edad. ¿En qué momento había pasado? ¿Cuándo aquella criatura dejó de ir tras de él para aparecer a un lado de su hermano?
 
¡Claro! Fue un idiota.
 
Un monstruo como él usaría el mar a su favor.
 
¿Por qué no lo pensó antes? No… ¿Por qué no miró hacia atrás? Así tal vez…solo tal vez…podría haberse desviado de su camino, podría haber distraído a esa cosa y Nalu no estaría siendo sujetado entre sus asquerosas garras.
 
—¡SUÉLTALO! —Como pudo, se puso de pie, intentó correr hacia el frente y lanzar un puñetazo limpio a aquella cosa azulada, pero la criatura, aún con el indefenso niño en una de sus manos, al que se había asegurado de colocarle un trapo en la boca para que no gritara, solo dejó escapar una risa seca y ronca que pronto fue opacada por el viento.
 
—Tu no nos sirves —. El muchachito se detuvo en seco… ¿Plural? Creyó que solo era un monstruo. —Adiós.
 
El chico, cuyas piernas ardían, quiso dar un paso atrás cuando notó como aquel ser alzaba su larga cola azulada directamente hacia él. No pudo gritar ni defenderse ni siquiera intentar frenarlo con sus manos, pues lo siguiente que supo fue que recibió una especie de latigazo justo en el lado derecho de su cara.
 
No gritó, simplemente, cayó al suelo y después, todo se fue a negro.
 

 
7:08 p.m.

Las últimas luces del día regalaban una visión naranja violácea en el cielo. Ya algunos comerciantes empezaban a encender lámparas y otros, los más precavidos, en especial los que tenían puestos más cercanos al mar, empezaban a recoger su mercancía con una premura que parecía impropia de aquellos que aún tienen mercancía por vender, más cuando sabían bien que, hace poco, nuevos grupos de personas habían arribado a la isla.
 
Era un mal día para hacer mercado.
 
Si querían comprar pescado, pues mal…los pescadores se habían retirado más temprano y, de todos modos, la pesca del día no fue la más abundante, al final, los pocos productos del mar que quedaban eran los más pequeños y revejidos, esos que solo compraría alguien muy desesperado.
 
—¿Ah? ¿500 berries por un kilo de pescado? —La aguda voz de una señora larguirucha resonó en el mercado. —No sé qué pasa con ustedes últimamente, siempre con excusas para subir el precio ¡Es un robo! Voy a denunciarlos con la marina… ¿Acaso no han visto que hoy desembarcaron agentes de la ley? Jmp —. El pescador, uno de los pocos que no había desecho su puesto, se limitó a suspirar y a negar con su cabeza.
 
—El mar se ha vuelto peligroso, doña. Usted sabe ¿no? Hay monstruos marinos acechando y…
 
—¡Cuentos de pescadores! Esta isla es segura, siempre lo ha sido…Lo repito: ¡Es un robo! Jmp…y ¡Oh! Hablando del diablo —. La larguirucha notó a un par de marines que estaban cerca, los distinguió por su uniforme blanco. No dudó en caminar hacia ellos y, como una aparición flacucha y de 4 metros, la sombra de la mujer se cernió sobre ambos hombres…bueno, hombre y… ¿Qué era el otro? No importaba, tenía uniforme marine, era todo lo que valía.
 
—¡Caballeros! Es bueno ver agentes de la ley por esta zona —. Extendió su mano, para que cualquiera de los dos besara el dorso casi esquelético. —Al fin puedo quejarme del robo que están haciendo en este mercado. Verán ustedes, estos que se hacen llamar pescadores han estado subiendo el precio de los mariscos de manera exorbitante y solo ponen excusas baratas… ¡Monstruos marinos! Habrán visto ustedes tremendo descaro, jmp…
 
El pescador afectado agachó su cabeza, sin atreverse a llevar la contraria…Monstruos marinos, sí, quienes les creerían, aunque…Volvió a levantar su cabeza y palideció al ver al marine rojo… ¿Qué era? Fácilmente podría confundirlo con cualquiera de las criaturas que, en las últimas dos semanas, habían presenciado, tanto él, como varios de sus compañeros, en el mar.
 
Quiso decir algo, pero su boca se cerró cuando uno de sus colegas intervino en la conversación de manera casual.
 
—Sí, monstruos marinos… ¿Qué vas a saber, vieja? No sales de tu casa nada más que para tirar veneno y aún así ni te enteras de lo que está pasando… ¿O no escuchaste que desaparecieron dos hijos de Berta? La niña y el niño, además de la hija mayor de Plácido ¿Por qué no denuncias eso a los agentes aquí presentes? —El hombre, que era más bajo que la señora, pero bastante ancho hacia los lados, se tiraba al hombro unas canastas de madera que ahora solo iban llenas con un par de manteles. —Perdonen, oficiales, porque los hayan detenido por un asunto sin importancia, pero yo que ustedes también me cuidaría y me mantendría alerta —. En ese momento, el hombre miró de arriba abajo al cangrejo. —Y disculpe por hablar de monstruos marinos, no tengo nada en contra de los gyojines, tengo amigos que lo son, pero el comportamiento de las criaturas que hemos visto es tan salvaje que no pueden tratarse de simples gyojines y ya…por eso hemos subido nuestros precios, trabajar en el mar en estos días es un peligro.
 
—Él…él…tiene razón —. Se unió otro pescador. —Yo vi la silueta de uno, tenía una lengua tan, tan larga como una anguila y manos que parecían garras…cre…creemos que, que…son los que se están llevando a los niños, no me sorprendería que, que…también empiecen a desaparecer adultos.
 
—Seguro piensan ofrecerlos a los dioses del mar —. De repente, lo que era una “denuncia” por precios elevados se transformó en una especie de conversatorio improvisado en donde más de un pescador se acercaba para contar su punto de vista del asunto. La vieja, en cambio, estaba parada frente al marine peliblanco, cruzada de brazos y haciendo sonar su tacón en el suelo. —Como sacrificios…no hay otra razón para que se los lleven, las familias de Berta y Plácido no tiene para pagar por un rescate…deben ser monstru…
 
—¡AYUDA! —Alguien gritó, una chica joven que en ese momento recibía en sus brazos a un muchachito cuyo lado derecho del rostro estaba cubierto de sangre, tenía una cortada larga, algo profunda, quizá había perdido su ojo, además, sus rodillas estaban cubiertas de barro y también de sangre. Respiraba a duras penas y parecía querer llorar, pero era difícil decir, por lo sudado y sucio que estaba, si salían lágrimas de sus ojos, pero lo que si quedaba claro es que sollozaba e intentaba decir algo que la chica que ahora lo cargaba, casi arrastrando, para poder llevarlo a uno de los puestos de venta para sentarlo sobre una silla.
 
—¡Oh, por todos los cielos! ¡Coral! ¡Es mi nieto! —La mujer larguirucha corrió hasta arrodillarse a un lado del chiquillo que ahora que veía a su abuela intentaba alcanzarla con sus bracitos para poder abrazarla. —¡Oficiales! No se queden ahí…alguien…cualquiera…haga algo ¡Un médico! —La mujer se quitó un pañuelo de su cabeza y lo colocó sobre el rostro del chico, no sabía que hacer para detener un sangrado como el de su cara. —¿Qué te pasó? ¿Y dónde está tu hermano?
 
Los pescadores más cercanos se tensaron. Ninguno quería decirlo en voz alta, pero lo sabían bien…a esas horas habían desaparecido los otros niños, aunque, hasta ahora, nadie más había resultado herido.
 
El niño, en cambio, en medio del dolor, alcanzó a alzar su mano para señalar al sitio de donde había venido: El noreste de la isla.
 
—Monstruo…se…se lo llevaron —. No bajó su mano. Necesitaba que el resto, su abuela, los pescadores, la vendedora que lo había auxiliado al verlo llegar o, ahora que lo veía, los uniformados, se dieran cuenta de su mensaje. —Ayúdenlo…por favor…


 
Mercado de Mariscos
[Imagen: hyakocheja.png]
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#2
En el barco


Por fin habíamos llegado a una nueva isla, un páramo… ¿Extenso? Era un paisaje singular, sin lugar a dudas. Se me hacía imposible no compararlo con la sobrecogedora presencia de Skypiea, era pasar de un reino de ensueño cubierto de nubes, con monumentos del oro más puro y habitado por ángeles, a una planicie con cosas largas.

Una vez terminamos los preparativos para atracar el Ford’s, decidí pisar tierra, bajando del imponente velero de un salto sólido, clavando mis pies en la tierra que se hundía ligeramente bajo mi enorme peso. Mi ceño se frunció de forma notable al ver el estado del barco por fuera, las maderas astilladas se podían apreciar a lo largo de todo el casco que podía ver desde mi posición. Desde la distancia se podían ver unos asentamientos de personas, por lo que pensé que sería buena idea echar un vistazo para encontrar algo para reparar el barco.

Fue cuando estuve a punto de partir que pude apreciar a Shin, que andaba altivo por la cubierta. —¡Shiiinnn! —exclamé colocando mi mano izquierda al lado de mi boca para simular un altavoz. —Voy a buscar cosas para reparar el barco, ¿me das una pinza? —No había hablado mucho en privado con mi nuevo compañero hasta ahora, por lo que sería una buena oportunidad para conocerle mejor.

Con ese objetivo en mente, ambos partimos hacia el lugar que vimos mientras nuestro navío atracaba. El bochorno de la tarde empezaba a remitir a favor de un clima más agradable, pudiendo notar cómo una suave brisa chocaba con las gotas de sudor que recorrían mi coraza carmesí. —Bueno, compañero, cuéntame. ¿Cómo era la división setenta y cinco antes de fusionarse con la nuestra? Conociendo a Kael, seguro que erais un grupo peculiar, jajaja —Era algo que siempre me había preguntado, ¿cómo sería la vida en el resto de cuerpos de la Marina? ¿Serían todos tan extravagantes como la antigua división ochenta?
Llegando al asentamiento


El sol empezaba a dejar un tono cobrizo en el horizonte, pudiendo apreciarse en una vasta extensión gracias al raso paisaje en el que nos encontrábamos.—Entonces, agarré una silla del bar y… —Antes de que pudiese terminar mi frase, pudimos observar cómo una señora discutía con uno de los comerciantes. En Baterilla, esta hora era la mejor para los vendedores, por lo que no pude evitar arquear una ceja al ver que ya estaban recogiendo.

El motivo del conflicto parecía estar relacionado con los precios, algo habitual en cualquier lugar, al parecer, la crisis también asolaba el Grand Line… Antes de que pudiera decir algo, la esbelta señora se percató de nuestra presencia y vino a solicitar nuestra ayuda. —¿Qué puedo hacer yo para ayudar con los precios? —pensé mientras la saludaba con una ligera reverencia. —Buenas tardes, señorita. —Era agradable ver que la gente de los alrededores tenía buena relación con la Marina, después de todo, nosotros estábamos allí para servir y cuidar al ciudadano.

Ante las demandas de la señora, solo pude balbucear. —Eee… Bueno… —Me limité a rascarme la nuca mientras miraba de reojo a Shin, implorando que él tuviese algo adecuado que decir sobre el tema. No pude evitar percatarme de cómo el pescador me miraba de forma extraña. ¿Era miedo? ¿Culpa, tal vez? Era imposible saberlo, pero tampoco me molestaba demasiado. Después de todo, estaba acostumbrado a llamar la atención. Era algo habitual en un lugar o en otro, por lo que mi responsabilidad era sembrar un árbol de confianza en el corazón de la gente.

Tras ello, otro pescador saltó a hablar en nombre de su colega. —¿Niños desaparecidos? —pensé, girando mi cuello hacia mi camarada, esta vez con una mirada más seria. El buen hombre se dirigió a mí entonces. Parecía un hombre genuinamente preocupado por sus vecinos, una cualidad que apreciaba enormemente. —Descuide, señor —le dije al tiempo que apoyaba con suavidad mi mano izquierda en su hombro. —Estamos aquí para ayudar, pueden sentirse tranquilos mientras estemos en los alrededores —rematé con una amplia sonrisa en mi rostro.

Quise discutir el asunto con Shin, era nuestro deber llegar al fondo de todo esto, pero los comentarios de los presentes se fueron agrupando, uno sobre otro, cada uno con sus distintas versiones y datos que podían ser de interés. Me habría gustado tener una libreta a mano para ir apuntándolo todo, si Kael o Stroud estuviesen aquí, seguramente tendrían una.

Pero todo el ruido de ese gentío se apagó para mí en el momento en el que una palabra inconfundible de auxilio se perdió en el aire. Mis instintos primarios de marine se activaron, ahora solo tenía ojos para una muchacha que cargaba con un pobre niño herido. Cuando la señora, que hacía lo que podía por el niño, pidió un médico, hice un ademán por dar un paso al frente. No era médico, quizás debería haber estado preparado para una situación así, pero me tocaría improvisar, con una vida en mis manos… Pero, en un parpadeo, con un movimiento que ni siquiera fui capaz de ver, Shin se plantó junto al niño, tratándole con una precisión que nunca había visto en un doctor. —¡No sabía que eras médico, Shin! —le comenté con un suspiro profundo al tiempo que me quitaba las gotas de sudor.

El muchacho apuntó al noreste, su hermano estaba en peligro, no era necesario nada más. En cuanto Shin terminó de aplicarle los cuidados necesarios, me crují la pinza contra mi mano izquierda y comencé a correr hacia la dirección señalada. Era el tipo de momento para el que estaban los marines, era el motivo por el que había entrenado tanto, por el que había decidido llevar mi cuerpo al límite.

¡Salvar a los inocentes!

Cajita de Tortuga
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
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#3
En el barco.


Descender de Skypiea fue tan emocionante como el propio ascenso, y quizás hasta un poco más. Las certezas de que la embarcación aguantaría no estaban aseguradas, y no es que desconfiara del Ford's Transit o tuviera alguna duda respecto al navegante, Stroud Nanashi, sino más bien... lo amenazante que aparentaba ser un impacto a semejante altura contra la superficie marina, era justamente esa sensación la que incrementaba su adrenalina al momento de volver a atravesar los cielos, esta vez quizás para no volver, entendiendo que la ciudad de Shandora resultaba muy recelosa de los extranjeros.

La navegación, por su parte al menos, fue lo esperado, y siguió las indicaciones del rubio al momento en que divisaron tierra en el horizonte. Otra isla, nuevas aventuras e historias de personas que sólo estaban de paso en ese viaje por llegar a lo más alto manteniendo el sentido de la justicia, por ello Hasegawa aseguró el fondeo, tal y como solicitó Stroud, generando una llegada fructífera y limpia, sin daños irreparables o pérdidas relevantes. Sin embargo, las ideas del marine no estaban alineadas con la calma, porque con la enorme desbandada de piratas provenientes de Skypiea, temía encontrarse a algunos de los más peligrosos en ese remoto pedazo de tierra que ellos se habían topado.

Inicialmente no le gustaba el terreno, pero tenía que investigarlo mejor para definir posibles riesgos o enemigos, considerando lo alargada y circular que se veía en las primeras impresiones, no debería ser tan difícil tomarse el tiempo de hacer un detallista trabajo de reconocimiento, siendo su prioridad al momento de observarla desde la cubierta. En ese instante, una voz conocida lo trajo de vuelta desde sus pensamientos y planificaciones a futuro.

'¡Shiiinnn!'

Justo había detectado asentamientos a la distancia, aunque giró la cabeza hacia el Comandante Juan Sebastian, ya en tierra. Le pidió "una pinza" para ir a buscar cosas bajo la idea de reparar el barco y Shin no tardó en utilizar su fruta del diablo para bajar del Ford's Transit en menos de lo que dura un pestañeo, colocándose al lado del gyojin y respondiéndole —¡Sin problema! —aceptó de inmediato, poniéndose en marcha mientras dejaba a su compañero liderar la caminata, ese tipo de cuestiones sucedían cuando el marine estaba pensando en muchas cosas al mismo tiempo.

Decidió expandir su kenbunshoku haki en un radio de cincuenta metros, manteniéndolo en uso constante a modo de precaución.

Así inició la caminata en conjunto a Juan, un miembro de la marina cercano con quien nunca compartió una charla extensa, quizás por eso aprovechó para indagar en lo que antaño era la División Setentaicinco. —Normal. Antes éramos cinco, pero dos de nuestros efectivos decidieron quedarse en una isla llamada Matsuri. Estaban enamorados y ese tipo de cosas, ¿siendo honesto? Es mejor que se hayan retirado. —una pausa poco sutil —Quienes no están mentalizados para este trabajo, no sirven. En un mundo movido por las personas fuertes, la debilidad es un ticket asegurado al purgatorio. Propio y de quienes te importan. —aseguró, dejando ver un poco de su filosofía en ese pequeño detalle que no especificó.

Genuinamente creía que Dimitri y Choi iban a arriesgarse de manera prioritaria el uno por el otro, ese tipo de dinámicas eran tóxicas para la supervivencia de un un grupo, y a Hasegawa lo irritaban. Motivo por el cual pensaba que ellos eran débiles, y que esa condición podía afectar al resto, ¿lo curioso? Shin hablaba con un tono casi divertido, totalmente relajado y con dejes de seguridad que lo hacían estar completamente convencido de lo que decía —¿Y ustedes? —cuestionó al final, sonriente.

Con esa charla, el camino hacia los asentamientos resultó increíblemente ligero.

Llegando al asentamiento.


Juan comenzó a contarle una anécdota, pero no llegó a terminarla porque cuando parecía encontrar su conclusión una discusión por los precios del pescado inundó el pequeño mercado al cual ingresaban. El albino no se fijó en la hora a la que estaban recogiendo sus cosas, ni siquiera con las luces descendentes del sol insinuándolo por una razón sencilla, y es que asumía que cada isla contenía sus propias costumbres y formas de vida, así fue como se centró únicamente en la enorme señora de cuatro metros que, al acercarse al dúo, extendió su mano, algo que Hasegawa sencillamente ignoró.

Saludó con un asentimiento y permitió que Sebastian tomara la iniciativa, hasta que ya no pudo gestionarlo, instante donde el propio albino, vestido con el uniforme que lució en los combates de Skypiea, compuesto por una mezcla entre el veraniego y el invernal, con un pañuelo azul más largo del habitual, tomó la palabra. —Señora, estoy a favor del libre mercado. La mejor manera de combatir precios abusivos es dejar de consumirlos. —la señaló con el dedo en respuesta, expresándose con bastante claridad y aparente sensatez sobre lo que decía. Lo extraño vino después, porque debates sobre el oficio marítimo abrieron una puerta extraña, vinculada a monstruos marinos que el Comandante identificó como posibles Gyojins o Wotans, criaturas que ya había enfrentado antes, y que supieron ponerlo en aprietos al poder imponerse a la intangibilidad.

Aunque sabiendo de los hakis, era una habilidad de la que ya no se fiaba.

Lo preocupante radicaba en la información sobre niños desaparecidos, y como si de una obra divina se tratase, poco después un grito pidiendo ayuda alarmó a todos los presentes, la señora de cuatro metros incluida, quien hasta ese momento parecía indiferente del tópico que se hablaba, pero no pudo mantenerse así por más tiempo considerando que el niño lastimado era su nieto. Shin, en completo silencio, se acercó al joven sentado y se puso de cuclillas, a su altura, encargándose de inmediato mientras sacaba uno de sus botiquines del interior de sus ropajes.

Poco antes de que pudiera encargarse o tranquilizarlo, el propio chico volvió a la idea de monstruos, denunciando que a su hermano se lo habían llevado. Hasegawa dejó de lado su humor típico, e incluso el ego, aunque no dejó de sonreír, intentando mantener el ánimo en alto para que no viese caos y desesperación a su alrededor. Así, con suma destreza y cuidado limpió la sangre de sus heridas —No te preocupes, esos monstruos no volverán a hacerte daño. —no prometió traerle vivo a su hermano, fue preciso con las palabras, porque no sabría como explicarle a un menor de edad los motivos detrás de no haber podido cumplir una promesa.

Lo otro sí podía asegurarlo.

Con la sangre limpia, y también, el barro de sus rodillas, el marine hizo gala de sus habilidades médicas y comenzó a tratarle las heridas hasta concluir unos primeros auxilios efectivos, tanto en sus piernas como en la herida del rostro, utilizando de lleno ese botiquín y poniéndose de pie tras ello. —Es sólo un detalle. —contestó a Juan, y le dio la espalda a la señora, a la joven que trajo al herido y al propio niño. Ya había observado la dirección en la cual apuntó, por lo que tras ayudar a quien estaba lastimado sólo les quedaba arrancar el núcleo del problema.

[Imagen: 03455188-fad4-4c17-bfa6-19cedfcbf3e1.png]

—Quédense aquí, la Marina se encargará del resto.

En ese momento, un fulgor dorado que los presentes jamás habían presenciado envolvió a Shin.

Su poder, la luz que prometía llevar a todos los cielos del mundo bajo el estandarte de la libertad.

Una forma de transmitirles esperanza.

Y tan pronto como apareció, se esfumó. No tardó en adelantar a Juan Sebastian únicamente para transmitirle sus pensamientos, pero también tomó esa misma dirección, el Noroeste de la isla. —¡Oe, Juan! Tenemos que ser precavidos. Si son gyojins también deben saber esa cosa rara de lanzar agua. —confirmó, mirando entonces hacia el frente a medida que se acercaban al punto del conflicto —Además, nada nos asegura que su hermano siga vivo. —dijo entre dientes, esa posibilidad no le gustaba.

Lo llamativo, si su compañero había prestado atención, es que la sonrisa que supo mantener durante todo ese rato había desaparecido, Shin no sólo comenzó a concentrarse, aún con su kenbunshoku haki activo, sino que estaba genuinamente enojado, y eso dominaba por completo todas sus expresiones. Iba a asegurarse, junto al Comandante Juan Sebastian, de que los culpables paguen por lo que hicieron.

Let there be light
[Imagen: vEBNZb3.png]
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#4
Caos.
 
El niño herido trajo caos al pueblo.
 
Los rastros de sangre que el marine albino le limpió de la cara y de las rodillas fueron una muestra mínima de la brutalidad de un ser que no tendría compasión ni siquiera con los más débiles.
 
¿Desde cuándo Long Ring Long Land era una isla tan insegura?
 
Los murmullos empezaron a extenderse por todo el mercado y fueron los padres y madres que iban acompañados de sus hijos los primeros en marcharse de aquel lugar. Poco a poco el mercado se fue vaciando, pues a pesar de que hubiera dos marines cerca, nadie podía asegurarles que en verdad ellos podrían protegerlos, por lo que, pronto, alrededor del herido, solo quedaron un par de pescadores, la chica que lo auxilió en un inicio y la alta señora que se identificó como su abuela.
 
—¿De verdad estará bien? —Las palabras de la señora solo salieron cuando el marine albino se apartó del lado del chico y ella aprovechó para casi abalanzarse sobre el más joven para observar los vendajes que ahora cubrían buena parte de su rostro. Ahora que estaba limpio, las heridas no parecían tan graves como antes, pero la preocupación de su abuela era latente, más al saber que su otro nieto había sido capturado por quien sabe qué clase de criatura.
 
 La abuela se giró, quiso agradecer al albino; sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, la voz del muchacho se alzó para dar una orden que ninguno de los presentes pudo contradecir. Era algo simple, sencillo, quedarse en el sitio…tal vez si alguno fuera más temerario habría desafiado esas palabras, pero ellos eran pueblerinos comunes y ahora…ahora se habían llenado de miedo. Solo pudieron ver como uno de los marines, el gyojin rojo, empezaba a correr a toda velocidad mientras que el otro parecía casi desaparecer en un halo de luz.
 
¿Qué clase de unidades conformaban el cuerpo de la Marina?
 

 
7:45 p.m.
Noreste de L.R.L.L.
 
Entre simples discusiones de precios y las curaciones al niño herido, los últimos rayos del sol se habían ocultado, dando espacio a un cielo negro azulado que esa noche, en especial, estaba cubierto de nubes densas que parecían pronosticar un posible aguacero. No había estrellas y aunque había luna, no llena, su luz era opacada, la mayor parte del tiempo, por las pesadas nubes que pasaban frente a ella. La oscuridad se había tomado el terreno.
 
Cuando los marines llegaron a la parte más al noreste de la isla, el silencio acompañaba a la oscuridad; sin embargo, al este, es decir, a la derecha del punto en donde se encontraban los marines en ese instante, a unos 500 metros, se lograban ver varias casitas viejas, de madera o eso parecía en la oscuridad, cuyo soporte eran palos que se clavaban a la tierra y alzaban la estructura, manteniéndola alejada del agua de mar cuando la marea crecía, pues estas viviendas estaban no solo cerca del mar, si no casi sobre el mismo, aunque, a esta hora, se podía acceder a ellas con facilidad aprovechando la marea baja.
 
Si se acercaban a ellas podrían darse cuenta de que no había nadie viviendo ahí. Estaban vacías, aunque no se veían del todo abandonadas de derruidas por el tiempo, más bien se veían como casas a las que una persona llega una vez al año para pasar una temporada y luego se retiran… ¿Nómadas? Posiblemente, sea como sea, no importaba cuando, pues para cualquiera que tuviera haki de observación era obvio que sus habitantes no estaban, aunque, si llegaban a acercarse a la última de las casas, una que se veía más pequeña en comparación al resto, podrían sentir, dentro de la casa, el aura de dos personas.
 
Una de ellas estaba quieta, casi dormida, de hecho, apenas y podía sentirse su energía, que tenía un color celeste pálido, como las aguas de un lago manso, mientras que, otra de las energías se notaba más activa. Tenía un tono rosáceo oscuro que se movía de un lado a otro como la llama de una vela expuesta al viento, mirándolo bien, podía verse inquieto, pues sea quien sea, se movía a un lado a otro de la habitación tal como un animal enjaulado.
 
Pero no era todo, una presencia más los acompañaba a unos 20 metros, pero no estaba en tierra, no, estaba en el mar, reposando tranquilo, no sobre el agua, si no bajo ella. ¿El problema? Estaba lejos de ser una amenaza, tenía un aura rosa pálido, tranquila, pacífica, casi como la de un niño que solo desea jugar…No podía ser a quien buscaban ¿o sí? Imposible de saber cuándo, desde su lugar, ni siquiera podían ver su apariencia, sea quien sea estaba sumergido por completo y no parecía dar señales de querer moverse de su elemento, pues desde su lugar solo se escuchaban unos cuantos chapoteos que se confundían con el sonido de las corrientes marinas chocando contra la arena de la costa.
 
Al acercarse a esa última casita, a la que podrían llegar, ya sea por la arena o por los “puentes” de madera que conectaban cada casa, podrían notar que la puerta de entrada, si es que se le puede llamar así a la cortina de conchas marinas que intentaba cubrir el interior de la casa, estaba corrida hacia un lado y desde dentro, podía escucharse el refunfuño de una vocecita infantil. Parecía una niña…una que se giró de forma violenta apenas sintió la presencia de dos extraños. Era quien poseía la inquieta aura rosa oscuro.
 
—¿Qui…quiénes son? —Desde la ventana trasera de la casa, que consistía en una única habitación de 8 x 8 metros, la luz de la luna entraba y bañaba la silueta de la niña quien ahora sostenía un enorme cuchillo que apuntaba directamente a los marines. Sus manos temblaban, haciendo que el “arma” se moviera de forma errática; sin embargo, no era lo único notable en ella, pues si la luz de la luna, que en ese momento no estaba tapada por ninguna nube, mostró marcas de moretones alrededor de sus tobillos y de sus muñecas. Era obvio que había estado atada con algo, sogas o cadenas, sea cual sea la opción, por los moretones y raspones al rojo vivo, no parecía haber estado mucho tiempo en “libertad”. —Ma…marines —. En lugar de alegrarse, palideció más de lo que ya estaba. Su respiración comenzó a ser errática y sus ojos se desorbitaron cuando prestó la suficiente atención a Juan, específicamente. Dio unos pasos atrás, temblando más que al inicio. —No…no…no lo son…es una trampa…un…eres un Leviatán…como ellos…Leviatán…Leviatán…Leviatán…
 
La pequeña, de no más de 12 años, dejó de retroceder cuando sus pies se encontraron un bulto más pequeño con el que tropezó, haciendo que cayera sentada sobre el piso de madera y que su cabeza chocara contra la madera de la casa. El cuchillo voló por los aires y se clavó en medio de la habitación.
 
—¡Ah! —Ella se levantó con rapidez al ver su arma alejada de su cuerpo. El miedo no se le había pasado, pero ahora era movida por pura supervivencia. Ignoró el bulto con el que tropezó, que en realidad era un niño que yacía dormido en el suelo, con sus manos y pies maniatados con nudos que incluso a un escapista se le haría difícil romper. Era el poseedor del aura celeste pálido. —¡Dijeron que me dejarían libre si lo cuidaba mientras no estaban! No me van a vender a ustedes…No…no me van a vender a un Leviatán y a un…un…
 
Su escaso vocabulario no le surtió de una palabra para llamar a Shin, pero, no hacía falta, sus acciones hablaban por si sola, pues había recuperado el cuchillo y se acercaba peligrosamente hacia los marines.
 
Mientras tanto, en el mar, aquel de aura angelical abrió sus ojos con pereza, se removió en el agua y sacudió su cabeza cuando salió solo un poco a la superficie, dejando solo su cabeza y ojos a la vista, aunque lo cierto es que podía confundirse con algún animalito acuático. Miró con pereza y luego algo de curiosidad hacia la casita en donde de repente empezaba a haber mucho ruido. —¿Por qué…? —Afiló su mirada y desde su lugar, alcanzó a divisar dos uniformes blancos con la palabra “marine” escrito a sus espaldas. —¿Uh? —La criatura no se inmutó de buenas a primeras; sin embargo, giró su cabeza hacia el horizonte, en donde, al menos a unos 100 metros desde donde estaba, es decir, a unos 120 metros de la casita en donde estaban los marines, había una formación rocosa en la que fácilmente podría ocultarse algo o alguien. —Creí que tardarías menos —. Susurró, ahora bajo el agua, el ser que ahora se veía impaciente, esperaba a alguien y ese alguien parecía estar tardando. —Mira el problema en que nos metiste…sabía que debíamos habernos ido antes de esta isla —. Siguió hablando sola, entre dientes, mientras se hundía más en la mar.
 
Desde donde estaban Shin y Juan, si alguno de los dos decidía voltear, no se vería nada extraño, además de la formación rocosa en el horizonte, cerca de ellos, solo se notaba un burbujeo espumoso en el agua que bien podría pertenecer al movimiento natural de las olas o a un animalito jugueteando.
 


 
Mercado de Mariscos
[Imagen: hyakocheja.png]
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#5
OST
Shin, haciendo uso de su endemoniada velocidad, no tardó en alcanzarme. Me gustaría decir que había podido ver lo veloz que era durante los Juegos del Emperador, pero estaría mintiendo porque la realidad era que su velocidad era tal, que ni siquiera podía ver sus movimientos. Mi compañero mostró conocimiento y preocupación por las habilidades que podían tener los gyojin a los que buscábamos.

No me preocupaban las capacidades de nuestros oponentes, tenía una confianza ciega y absoluta en nuestras capacidades. Podrían ser fuertes, pero estaba convencido de que sus golpes no serían nada en comparación con los de mi maestra. Las siguientes palabras de mi compañero fueron las que hicieron que me pusiese bastante más serio.

—Me sorprende que sepas sobre el kárate gyojin, no soy el mayor especialista en lanzar agua, pero sé varias técnicas del estilo. —Tras decir eso, fruncí el ceño y, sin apartar la mirada del lugar al que nos dirigíamos, dije: —Sí… Lo entiendo. —Sabía a lo que nos enfrentábamos, no era la primera vez que me enfrentaba a gente desalmada y sin escrúpulos, pero lo único que me quedaba era apretar los dientes y seguir corriendo con la esperanza de que no llegásemos demasiado tarde. Incluso Shin, que solía mantenerse juguetón y alegre, estaba tremendamente serio, también era consciente de la gravedad de la situación.

A medida que avanzábamos, las nubes comenzaron a cubrir el cielo en su totalidad, haciendo imposible que pudiésemos ver las estrellas que teñían el firmamento ante la ausencia del sol. A pesar de la oscuridad, pudimos divisar una especie de asentamiento costero. Ante la posibilidad de encontrar enemigos gyojines, era evidente que debíamos extremar las precauciones, podrían suponer un problema estando en un lugar tan rodeado de agua.

A simple vista, parecía un lugar abandonado, era algo bastante sospechoso. —¿Será que los aldeanos huyeron a algún sitio? —le pregunté a Shin mientras nos acercábamos. Ya dentro del asentamiento, traté de sugerirle revisar todas las casas del lugar una a una, pero Shin pudo sentir con su Haki unas presencias en una de las casas, por lo que no dudamos en ir hacia ella. Caminando por los puentes gastados de madera, acabamos llegando a la casa más pequeña del lugar, de la que, según mi compañero, emanaban dos presencias. Este podía tratarse de un momento crítico, no sabíamos qué nos encontraríamos al otro lado de la entrada de aquella pequeña casa, pero debíamos estar en guardia.

—Entraré primero —le dije susurrando a mi centelleante compañero. Pero mi rostro serio y solemne, preparado para un combate inminente, cambió de forma dramática al escuchar los quejidos de lo que parecía ser una niña. Lo que mis ojos delataban mientras miraba al otro comandante de la Marina en esos momentos era preocupación. Una pobre muchacha estaba sufriendo justo a nuestro lado, no era momento de tácticas o sutilezas, ¡era el momento de actuar!

—¿ª? —exclamé confuso al ver a una niña portando un cuchillo. No tardé mucho en entender la situación, su forma de mover el arma y el temblor de sus manitas eran suficientes para poder ver que estaba aterrada. Cuando la chica empezó a llamarme “Leviatán”, pude notar cómo me empezaba a doler la cabeza. Era como si se tratase de una pesadilla, por momentos veía el rostro de María donde debería estar el de la pobre muchacha. —Urgghh —mascullé con un tono bajo mientras me agarraba la cabeza con mi mano izquierda. Era algo que ya sabía, en el mundo podría haber muchas niñas en la misma situación que la que vivió mi pequeña. Pero no volvería a permitir algo así, no frente a mis ojos.

La chica seguía actuando nerviosa, ella nos veía como enemigos, pero la prioridad ahora era poder ponerla a salvo. Por suerte, mi larga experiencia militar y un golpe de suerte, me dieron lo que necesitaba para lidiar con este tipo de situaciones. Con la intención de dejar de asustar a la muchacha, hice que mi cuerpo comenzara a menguar de forma considerable. Mi color rojizo se tornó verdoso y mi lustrosa coraza dio lugar a unas solemnes escamas de tonos verdosos. Por si aquello fuese poco, mi pinza desapareció y mis extremidades se convirtieron en patas con gruesas garras, rematando esto con una cabeza de tortuga y un elegante caparazón en lo que era mi espalda.

Era algo obvio, los cangrejos de más de tres metros asustaban a los niños. Quizás si hubiese medido 2.99 no sería el caso, pero mis padres me dieron un cuerpo grande y fuerte, eso tenía sus pros y sus contras. Pero nadie temía nada de las tortugas, eran cuquis, adorables. Hasta el momento, nadie me había visto y había gritado con terror: “¡¡AAAHH, UNA TORTUGUITA!!”. Lo último que debía hacer era tratar de calmar a la muchacha con mis elocuentes palabras.


—¡No soy un leviatán, soy una tortuga! ¿Estáis bien? ¿Qué os ha pasado?

No dije mucho más por si las moscas. Si la chica seguía estando asustada de mí, quizás lo mejor sería cederle a Shin la palabra. Él era un marine guapete, de cabellos blancos y con un carisma evidente, era el adecuado para calmar el corazón de una pequeña señorita.


Cajita de Tortuga
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#6
No tenía muchas más palabras de ánimo para las personas en esa pequeña zona comercial, tampoco quería alimentar promesas o escenarios sin saber a qué tipo de peligro se enfrentaban, por lo que sólo respondió ciñéndose a hechos tangibles, a su alcance, concluyendo en aquello que les terminó transmitiendo: La marina se encargaría, poniendo fe no sólo en sus habilidades, también en la inmensa resistencia que Juan Sebastian exhibió ante los ojos del cielo, habiéndose coronado en su prueba.

Este último le contestó respecto a las preocupaciones que le rondaban por la mente, poniéndole nombre a la energía que casi lo hizo sucumbir el día en que se enfrentó al wotan en Kutsukku, junto a dos piratas y su inseparable mejor amigo. —Karate gyojin... —casi fue un susurro, aún moviéndose exactamente al mismo ritmo de su compañero, pues sabía que quizás separarse complicaría las cosas, al final y con toda la información que tenía a su disposición, estaban haciendo equipo la resistencia y la velocidad más elevadas de las que tenía constancia, detalle que lo llenaba de seguridad. Hasegawa sentía que no debía preocuparse por el cangrejo, punto bastante más importante de lo que parecía, pues iba acompañado del respeto del albino.

—No lo pienses mucho. Salvaremos a quienes podamos, y nos aseguraremos de que no vuelva a suceder, al menos aquí. —le sonrió a su compañero, cambiando de tema en un intento de mantener el ánimo elevado o al menos, no sucumbir contra la incertidumbre. En realidad sólo volvió al anterior para cederle algo de información valiosa a quien en el peor de los casos, terminaría combatiendo a su lado —No conocía el nombre del Karate Gyojin, sólo sufrí sus consecuencias en Kutsukku, junto a Kael peleamos contra un cocodrilo gigante que salía desde un pantano. Hasta donde tengo entendido, pocas cosas pueden dañarme y volverme tangible. —lo observó de soslayo —El agua y el haki. No me tranquiliza saber la raza de los culpables. —volvió a mirar al frente, esta vez con el típico gesto repleto de seguridad que siempre se le suele ver —Pero te apuesto a que yo soy más fuerte. —y el brillo dorado que lo dotaba de aquella velocidad excepcional pareció, durante instantes, querer acompañar en lenguaje visual su afirmación, porque se incrementó sin miramientos.

Tras un rato, la oscuridad comenzaba a hacerse evidente, especialmente cuando el transitar de las nubes en el cielo cubría la tenue luz lunar. Fue ahí que por fin parecieron llegar al lugar desde donde aquel niño había escapado, siendo esas las sospechas iniciales del marine, por lo que Hasegawa decidió extender el radio de su Kenbunshoku a pesar de que supusiera un mayor gasto hasta los doscientos metros, sintiendo de inmediato el esfuerzo, hasta ese instante nunca había abarcado tanta distancia.

Inmediatamente notó el vacío, y aunque por el desconocimiento de las condiciones de la isla no pudo hacer conjeturas, sí le pareció curioso que la ausencia de personas en los alrededores no indicase un abandono evidente. Mientras se iban acercando, recortando las últimas distancias con el asentamiento, muy bonito a primera vista y aterrador si la marea estuviese alta considerando su condición como usuario de fruta del diablo, debido a la forma en que tablones de madera eran alzados por pilares del mismo material para sostener las viviendas, fue prestando más atención, entrecerrando los ojos y manteniendo su luz activa con la intención de al menos, iluminar en los alrededores inmediatos que abarcase el dúo.

—Es lo que parece a primera vista, sí. —confirmó por fin, manteniendo el haki activo y, por los metros en cuestión entendiendo que no se trata sólo de apariencia, el lugar sí está vacío, salvo por las tres auras que consigue detectar, momento en donde se lo hace saber a Juan, quien había propuesto ir revisando las casetas una a una. —Después, quizás encontremos alguna prueba de algo. Pero primero vayamos ahí, percibo gente. —señaló la vivienda exacta, y a medida que se acercaban, con Sebastian decidiendo que tomaría la iniciativa, le incomodó la presencia que se ocultaba a veinte metros de esa posición, bajo el mar, con los chapoteos típicos del agua trayéndole memorias del enfrentamiento vivido en Kutsukku. Shin frunció el ceño, incluso y si no parecía una amenaza, todas las pistas apuntaban a la misma sensación: Peligro.

Fue detrás del gyojin a medida que atravesaban los puentes y no se sorprendió con lo que encontraron, porque considerando los relatos de los nativos de la zona imaginaba que podían haber más niños implicados, detalle que le hizo hervir la sangre incluso y aunque nunca fue muy bueno en el trato con los susodichos. Lo extraño era que la joven portaba un cuchillo peligrosamente cerca de ambos, al menos hasta que pareció asustarse con Juan y tropezó con el otro pequeño en la sala. Se notaban sus heridas, esa libertad reciente enmarcada en la piel, lo que le hizo obligarse a contener la rabia que lo asolaba, y permitió al hombre capaz de transformarse en tortuga liderar la escena mientras se mantenía concentrado en lo que su instinto le indicaba.

Ya le diría después lo impresionante que era su cambio de apariencia en tiempo real.

Las palabras ajenas también sumaron pistas a la situación, enterándose que ella fue obligada a vigilar a otra persona mientras "otros" no estaban, y que no iban a venderla. ¿Fue por eso que el niño del mercado no murió? ¿Acaso les servía con vida para negocios vinculados a la esclavitud? —Juan, hay alguien allí. —señaló una zona exactamente a veinte metros, girándose para observarla nuevamente. En ese preciso instante se dio cuenta de que la susodicha zona del mar burbujeaba de manera espumosa, haciéndolo reaccionar de inmediato con los ojos bien abiertos, como platos.

De manera abrupta, Hasegawa se movió en un parpadeo, aún con su fruta activa, para tomar cobertura detrás del caparazón de la tortuga. Es decir que entre Shin y la figura misteriosa y burbujeante se encontraba la silueta del otro Comandante, sin contar la propia estructura de la vivienda, porque al estar transformado en luz pudo moldearse a libertad sin desformar su rostro para coincidir de manera exacta con la estatura en forma de tortuga de Sebastian, considerablemente menor a la manera habitual en que lo veía, de poco más de tres metros. Entonces informó su motivo de reaccionar así —Es como el tipo al que enfrenté en Kutsukku. —le hizo recordar la anécdota —Siempre que nos atacaba desde el agua, aparecían ese tipo de burbujas espumantes. Atento, Juan, cubre a los niños, me moveré contigo. —volvió a pensar en ellos, y aunque su cuerpo era una masa energética de luz de menos de cuarenta centímetros de pie y extendido el resto de su propia altura en ancho por detrás de su compañero, pero con rostro, volteó el mismo en dirección a la niña armada —Nadie va a venderte. Los sacaremos de esto, a los dos, así que baja eso, ¿sí?. —su tono era más amable de lo que jamás se lo había escuchado, y tras ello, centró su atención otra vez en Sebastian. —Intentaré llamar su atención. ¿Me cubres? —cuestionó a la tortuga, intentando que se prepare, y una vez le diese el okey, tardando lo necesario de cara al tiempo que solicitase el marine, exclamaría con todas sus fuerzas.

[Imagen: 2026-09-27-5cf5300a-675a-4042-bbd1-2fbb966fab46.png]

—¡HEEEEEY, AMIGUITO ACUÁTICO!

Una pausa, en donde volvió a tomar aire para gritar otra vez.

—¡YAAAA TEEEEE VIIIIIII!

Por dentro, comenzó a prepararse para un combate.

Por fuera, sonreía con confianza.

Let there be light
[Imagen: vEBNZb3.png]
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