Finn Ikitado
Fuerza
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Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
80
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Isla de Baterilla
Año 14.
El sol pegaba directo en las hojas secas del Bosque en la isla de Baterilla, filtrando halos de luz de oro que flotaban en el aire como polvo angelical. Yo andaba corriendo sin ningún rumbo en particular a la deriva, como siempre, evitando cualquier tipo de responsabilidad, esquivando ramas bajas y saltando raíces gigantes de robles viejos solo por la pura satisfacción de mover las piernas. No tenía mapa, ni nada por el estilo, ni falta que me hacía claramente. A los dieciséis años, el mundo no es más que un jardín enorme esperando a que levantes una piedra para ver qué hay abajo.
Iba en patas llenandomelas de tierra, con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón corto y silbando una melodía pedorra que me había inventado esa misma mañana aunque una obra de arte para mí, mientras la goma de mascar descansaba junto a mi mejilla derecha dentro de mi boca. Me gustaba el bosque porque era silencioso y fresco, pero sobre todo porque estaba lleno de cosas raras… Bichos de colores, frutos que te pintaban la lengua de azul como un bubbaloo y caminitos olvidados por donde nadie caminaba desde hacía años.
De repente, a mitad de una carrera para saltar un tronco podrido, me frené en seco… No fue un ruido fuerte, fue mas bien un quejido, casi un suspiro, ahogado entre los matorrales que había a un lado. Me quedé tieso, con una pierna en el aire, levantando la oreja hacia el verde. El bosque se quedó callado por un segundo y luego de vuelta ese sonido débil, como de rasguño húmedo sobre hojas secas.
Abrí las ramas con cuidado, apartando las espinas a mano pelada sin importarme los raspones. Ahí, acurrucada en una cueva natural que formaban las raíces de un sauce viejo, había una perra… Era grande, de un pelaje amarillo sucio que alguna vez debió ser brillante, pero que ahora estaba lleno de barro seco, rastas y sangre pegoteada. Estaba flaquísima, se le marcaban todas y cada una de las costillas como si fueran los arcos de un barco abandonado en la playa. Respiraba con mucha dificultad, a tirones cortos que le hacían temblar todo el lomo. Cuando me acerqué un paso, levantó la cabeza muy despacio. Tenía los ojos amarillentos, nublados por la fiebre, pero no había rabia en su mirada, solo un cansancio profundo. Un pedido mudo de auxilio o de compañía.
Me agaché despacio, poniéndome a su altura en la tierra. Le extendí la mano con la palma hacia arriba para que me oliera, sin hacer movimientos bruscos.
— Hola amiguita— le dije bajito, dejando salir esa voz tranquila que me sale sola cuando las cosas se ponen jodidas. — Tranquila, no voy a hacerte nada…— ella me olió la punta de los dedos con la nariz seca y fría y. dejó caer la cabeza otra vez contra el suelo, soltando un resoplido largo. Fue ahí cuando me di cuenta de que su vientre estaba hinchado y duro. Estaba embarazada y muy cerca de dar a luz, pero su cuerpo no daba más... Si la dejaba ahí sola esa tarde, no iba a pasar de la noche…
Ese día cambió todo mi itinerario, me olvidé de los juegos, de la exploración y del almuerzo que me esperaba en la cabaña. Me saqué la camisa, la doblé con cuidado y se la puse encima para taparle el lomo y resguardarladel viento fresco que empezaba a bajar de los cerros. Salí corriendo como un demonio hacia el río más cercano, junté agua fresca en un cuenco de madera que improvisé raspando una corteza blanda con una piedra filosa y volví volando. Le mojé el hocico despacio. Al principio no quería saber nada, pero de a poco empezó a lamer las gotas que le caían por la lengua.
Esa fue la primera tarde. Volví a casa cuando ya estaba oscuro, con la mente fija en una sola cosa: ella tenía que salvarse… Al día siguiente me desperté antes de que saliera el sol. En la cocina junté todo lo que pude encontrar sin mucho cuidado… Trozos de carne seca, un pedazo de queso duro, los restos de un estofado del día anterior y una manta vieja de lana gruesa que guardaba en un mueble por si acaso. Cargué todo en un saco de tela me lo tiré al hombro y salí disparado hacia el bosque. Cuando llegué a la cueva de las raíces, la perra seguía ahí... Me escuchó llegar y movió la punta de la cola apenas un poco contra las hojas. Fue un gesto mínimo pero a mí me sacó una sonrisa gigante.
— Traje comida amiguita… Sape— le dije acomodándome a su lado mientras masticaba una goma de mascar y rascaba mi nuca. Le la carne en pedazos chiquitos para que no tuviera que masticar mucho porque le costaba tragar, pero con paciencia y un poco de agua fue comiendo todo. Después le cambié la ropa sucia por la manta de lana, acomodándosela bien alrededor del cuerpo para que estuviera abrigada.
Tenía una herida profunda en una de las patas traseras, probablemente la mordedura de algún animal salvaje o el corte de una trampa de cazador furtivo. Corté tiras de mi propia ropa y le limpié la herida con agua tibia que calenté haciendo un fuego pequeño cerca de la entrada… Los días empezaron a pasar así, volviéndose una rutina sagrada.
Todas las mañanas ni bien abría los ojos mi primer pensamiento era para ella. Iba al mercado del pueblo cercano y le caía simpático a los carniceros contándoles historias exageradas de mis supuestas aventuras y me regalaban recortes de carne, huesos con tuétano y algo de grasa, después corría dos kilómetros entre los árboles hasta llegar a su guarida. Pasaba horas sentado a su lado y le hablaba de todo. Le contaba sobre los mares lejanos que quería navegar cuando fuera más grande, sobre los piratas del South Blue, sobre la comida increíble que pensaba probar algún día y sobre cómo nos iríamos juntos de aventura en cuanto ella se recuperara y pudiera caminar. Ella me escuchaba con los ojos entornados, apoyando la barbilla en mis rodillas mientras yo le acariciaba las orejas.
Con el paso de una semana parecía que la suerte estaba cambiando y la.perra mejoraba. Ya había recuperado algo de brillo en el pelo, y no temblaba tanto y hasta se animaba a levantarse muy despacio para estirar las patas cuando me veía llegar. Le puse de nombre Sombrita porque se escondía entre los árboles y porque siempre estaba ahí… Pensé que lo habíamos logrado, pensé que el peligro había pasado... Mierda que me equivoqué… A la mitad de la segunda semana el cielo de Baterilla se puso negro como azabache... Se vino una tormenta violenta, de esas que rompen ramas gruesas y transforman los caminos del bosque en ríos de barro grueso. La lluvia caía con mucha fuerza, tanta que parecía que te caían piedras en la espalda.
Apenas empezó el diluvio me tiré de la cama, me puse las botas y salí corriendo hacia el bosque en medio de los truenos. El barro me hacía resbalar a cada paso y me caí dos o tres veces golpeándome las rodillas contra las piedras pero me levantaba de un salto y seguía… Solo podía pensar en Sombrita y en sus cachorros. Cuando llegué a la cueva de las raíces el panorama me heló la sangre… El agua se había filtrado por el techo de tierra y el refugio estaba inundado. Sombrita estaba tirada de lado sobre la manta empapada respirando con una dificultad potente, con los ojos desorbitados por el dolor. Había empezado el parto en medio del frío y la tormenta.
— ¡Sombrita! Puta madre— grité, tirándome al suelo embarrado al lado de ella.
Estaba helada, lo primero que intenté hacer fué que le agarré las patas delanteras y vi que ya no tenía fuerzas para empujar. Había un cachorrito tirado a su lado completamente inmóvil… Lo tomé entre mis manos con desesperación, lo froté con lo poco que me quedaba de ropa seca, le soplé el hocico... nada. Estaba frío… Nació muerto… A los pocos minutos nació el segundo, también sin vida... El frío de la tormenta y la infección de la madre habían matado toda oportunidad… A mí me caían las lágrimas mezcladas con la lluvia que entraba de costado… Ahí era donde los hombres lloramos… Sentía un nudo en la garganta que me ahogaba, una impotencia gigante que me quemaba el pecho… Había pasado días enteros cuidándola, dándole de comer, soñando con un futuro para todos ellos, y el mundo me estaba mostrando su cara más puta y cruel en medio de esa tormenta oscura.
Sombrita dio un último esfuerzo, un quejido largo y desgarrador que hizo eco entre los truenos del bosque… Salió el tercer cachorro… Sombrita soltó un suspiro profundo, el último de su vida... Su cabeza cayó pesadamente sobre mis piernas… Su mirada dorada se apagó despacio buscando la mía por última vez antes de quedar completamente fija y vacía... Su cuerpo se había rendido del todo...
Se había ido.
Me quedé ahí de rodillas en el barro con la lluvia castigando y cayendo sobre mi cabeza y el cuerpo de Sombrita enfriándose contra mis piernas. No podía moverme sentía una rabia y una tristeza tan grandes que quería gritar hasta quedarme sin voz, lo habíaintentado de verdad… Fue entonces cuando escuché un ruidito. Un chillido minúsculo y casi imperceptible entre el ruido del viento y el agua pegando contra las hojas. Miré hacia abajo y pegado al vientre sin vida de Sombrita había un cachorrito diminuto. Era una bolita de pelo amarilloso y brillante, mojado y tembloroso. A diferencia de sus hermanos este chiquitín estaba moviendo las patitas con una fuerza increíble para su tamaño y buscando calor a ciegas. Estiró el hocico hacia arriba y soltó un chillido bien chillón, exigente, lleno de una vitalidad que no concordaba en medio de tanta muerte.
Lo tomé en mis manos con un cuidado extremo, como si fuera hecho de cristal. El perrito cabía perfectamente en la palma de mi mano. Tenía las orejas caídas y el hocico arrugado, y una mancha de nacimiento graciosa en la pancita. En cuanto sintió el calor de mis manos dejó de chillar, se acomodó entre mis dedos, se enroscó como una oruga y soltó un ronquido suave… Ese chiquitín había sobrevivido a la tormenta a la enfermedad de la madre y a la muerte de sus hermanos. Tenía un deseo de vivir grande como una casa… Me lo pegué al pecho adentro de la camisa directo contra mi piel para darle todo el calor de mi cuerpo. Miré a Sombrita una última vez, le cerré los ojos con suavidad, le acomodé el pelo y le prometí en un susurro que me iba a encargar de que su hijo tuviera la mejor vida posible…
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Pasé el resto de la noche cavando una tumba bajo el sauce viejo, usando mis propias manos y una piedra plana para remover la tierra mojada. Enterré a Sombrita y a los dos cachorritos que no sobrevivieron… Marqué el lugar con una cruz hecha de ramas de roble atadas con lianas y me quedé ahí parado hasta que la tormenta empezó a ceder y el cielo del amanecer se tiñó de violeta y naranja regalando una postal nostálgica y melancólica. Con el cachorrito abrigado en mi pecho, emprendí el regreso a casa...
Los primeros meses fueron una prueba de fuego diaria, donde todo era difícil. El cachorro era una cosita diminuta, frágil, absolutamente dependiente... Como no tenía a su madre para amamantarlo conseguir que sobreviviera se convirtió en mi única prioridad en el mundo… La cabaña que antes solo usaba para dormir después de mis excursiones, se transformó en un centro de cuidados intensivos improvisado. Tuve que cruzar el bosque entero hasta la granja de un viejo criador de cabras para conseguir leche fresca todas las mañanas. El viejo me miraba de reojo gruñendo por lo bajo cuando me veía llegar con los pies llenos de barro antes del primer rayo de sol, pero al ver la desesperación en mis ojos, me llenaba un frasco de vidrio a cambio de que le limpiara el corral, algo que jamás en mi vida hubiera hecho, ningún tipo de trabajo… Pero esto era diferente... Volvía corriendo a casa cuidando de no romper el frasco, calentaba la leche a baño María asegurándome con el dorso de la mano de que estuviera a la temperatura justa
y trataba de alimentar al cachorro.
Las noches eran eternas y el perrito no dormía más de dos horas seguidas… Apenas el frío de la madrugada apretaba o el hambre le quemaba la panza arrancaba con un chillido agudo y desesperado. Yo saltaba de la cama en la oscuridad de la noche, tropezándome con las sillas para agarrarlo despacio entre las manos… Me sentaba en el suelo con la espalda apoyada contra las maderas de la pared, cruzaba las piernas y lo ponía sobre mi regazo envuelto en un paño de lana, justo como hacía con Sombrita..
—Ya está amiguito, tranquilo— le murmuraba en voz muy baja, dejando caer gota a gota la leche en su boquita. Él sujetaba el gotero con sus pequeñas patitas cerrando los ojos por el esfuerzo de tragar... A veces tardábamos casi una hora en completar una toma. Cuando por fin se llenaba, dejaba caer la cabeza hacia un lado, soltaba un suspiro tibio que olía a leche dulce y se quedaba dormido plácidamente sobre mis piernas... Obviamente yo no me movía al punto que se me dormían los pies y me dolía la espalda por la mala postura, me quedaba ahí a oscuras escuchando el latido rápido de su corazón diminuto contra mi muslo, sintiendo que cada minuto de sueño ganado era una pequeña victoria contra la muerte que se había llevado a su madre y hermanitos.
Con el correr de las semanas, sus ojos finalmente se abrieron del todo. Eran de un color café profundo, brillantes y curiosos. Empezó a ganar peso, el pelaje amarillo se le volvió espeso y suave, más oscuro también, y las patas, que al principio parecían hilos frágiles, empezaron a engordar y a sostenerlo con más firmeza. El día que intentó dar sus primeros pasos fuera de la manta fue una comedia total… Caminaba dando a los tropezones, abriendo las patas traseras para no perder el equilibrio, levantando el hocico con una dignidad ridícula solo para tropezarse con su propia oreja y caerse de costado. Pero lo increíble era que no se frustraba. Se sacudía el polvo, soltaba un gruñido chiquito que pretendía ser feroz y volvía a levantarse moviendo la cola como si estuviera motorizada.
Una tarde de sol, mientras lo miraba intentar cazar una mosca en el piso cayéndose de trompa a cada rato, me agaché a su altura y lo tomé de la panza para levantarlo hasta la cara. —Sape… Si que eres bravo eh— le dije, haciéndole cosquillas con la nariz en el la panza. —Sobreviviste a la peor noche, al frío, la fiebre y aquí estás… Tocándome las pelotas como si el mundo fuera tuyo eh… Sapeee— le dije riendo mientras lo observaba. —Deberías tener un nombre genial y a tu altura…— le dije entre risas comenzando a pensar mientras me rascaba la nuca con la otra mano… El perrito me miró fijo, ladeando la cabeza con una atención casi humana se podría decir mientras movía levemente la cola. —Te vas a llamar Jake… Jake Ado… Sapeee— dije a carcajadas finalmente… Él no habló, claro... No tenía poderes ni magia como algun perro amarillo quizás pudiera tener. Era un perro común y corriente, puro y simple. Pero en respuesta a su nombre soltó un yip agudo, un ladridito seco y alegre, y me pasó la lengua por la punta de la nariz… En ese instante, el pacto quedó firmado y la promesa sellada...
A medida que Jake dejaba atrás la etapa de cachorro y se convertía en un perro joven, fuerte y de contextura pequeña, el bosque se volvió nuestro territorio absoluto. Su pelaje amarillo cobró un tono dorado intenso y cremoso, brillante bajo el sol, y sus orejas redondas se alzaban a los lados del rostro dándole una expresión entre tierna y cómica. Lo impactante de Jake no era una capacidad sobrenatural, sino su inteligencia natural y la agudeza de sus sentidos. Mapeaba el entorno como ningún humano podría soñar jamás. Mientras yo corría fijándome solo en las ramas grandes o en los senderos marcados, Jake procesaba el bosque en mil dimensiones distintas a través del olfato y el oído. Podía saber si un jabalí había cruzado el arroyo tres horas antes solo con apoyar el hocico en la humedad de la tierra. Si una tormenta se acercaba a diez kilómetros de distancia, Jake lo anunciaba mucho antes de que el primer trueno resonara: se paraba en seco, levantaba una pata delantera, orientaba las orejas hacia el viento y soltaba un resoplido bajo, mirando hacia el cielo. Yo ya no miraba las nubes; lo miraba a él. Si Jake daba la vuelta hacia la cabaña, yo lo seguía sin dudarlo.
Aprendimos a jugar de formas que solo dos seres que pasan cada segundo juntos pueden entender. El juego del palo, por ejemplo, no era un simple tirarlo y traerlo. Para Jake era un ejercicio de estrategia. Si yo le lanzaba una rama densa adentro de un matorral espeso o entre el hueco de dos rocas donde su hocico no entraba directo, no se quedaba lloriqueando. Se sentaba, evaluaba la situación con la cabeza inclinada, rodeaba el obstáculo, metía una pata con cuidado, usaba las uñas para enganchar la madera y la arrastraba milímetro a milímetro hasta liberarla. Cuando me la traía de vuelta, caminaba con el pecho inflado y la cola bien alta, soltando la rama a mis pies con un golpe seco, mirándome como diciendo: A ver qué hacés con esta ahora.
Nuestra comunicación se volvió tan fina que los vecinos del pueblo cercano que a veces nos veían cruzar por el camino principal decían que el perro y yo teníamos un alambre invisible atado entre la mente de uno y la del otro.
No hacía falta que le gritara órdenes. Si venía caminando al lado mío y yo abría la palma de la mano hacia abajo, él se frenaba y se echaba al instante en el pasto sin hacer ruido. Si apuntaba con el dedo hacia la copa de un árbol, sus ojos seguían mi dirección inmediatamente buscando lo que yo había visto. Y si yo estaba triste o enojado por algo, la respuesta de Jake era inmediata y demoledora en su simplicidad: caminaba despacio, apoyaba el costado de su cuerpo pesado contra mis piernas para darme punto de apoyo y hundía el hocico entre mis manos, obligándome a acariciarlo hasta que a mí se me pasara la bronca.
Crecimos juntos en el sentido más estricto de la palabra. Yo me volví más alto, mis hombros se ensancharon y empecé a cargar una espada corta de acero al cinto, preparándome para el sueño que siempre me había quemado por dentro: salir a recorrer el mundo, convertirme en un cazador de aventuras, explorar y enfrentar a los peligros que rondaban fuera de las fronteras del bosque.
Jake también maduró. Dejó de ser el cachorro atropellado para convertirse en un animal musculoso, de reflejos felinos y una serenidad asombrosa. Pero su espíritu juguetón nunca se apagó. Podía pasar de estar completamente dormido al sol a dar un salto mortal para atrapar una mariposa en el aire, cayendo parado sobre las cuatro patas con una elegancia impecable.
Cuando cumplí los diecisiete años, el Bosque de las Sombras nos quedó chico. Las historias que llegaban de la costa hablaban de bandas de maleantes que asolaban los caminos, de ruinas antiguas escondidas en las montañas que guardaban secretos de tiempos pasados y de la necesidad de hombres con coraje para proteger a los pueblos indefensos. Para mí no había duda: era hora de partir.
Nuestra primera prueba real llegó un otoño tardío, en el Desfiladero de las Rocas Altas, un paso estrecho entre los Cerros donde los mercaderes solían ser emboscados por una banda de cazadores furtivos desalmados que habían aterrorizado la región durante meses. Aquel día caminábamos tranquilos por el desfiladero cuando el aire cambió. No vi nada extraño a simple vista; las paredes de piedra vertical se erguían a ambos lados y el viento soplaba limpio. Pero Jake se frenó en seco.
Se pegó al suelo, con los músculos del lomo en tensión absoluta, los pelos de la nuca erizados y las orejas totalmente echadas hacia atrás. Soltó un gruñido sordo, una vibración grave que le salía desde el fondo del pecho y que no era para jugar. Era su señal de amenaza real.
—¿Qué hay amiguito?— murmuré, llevando la mano derecha al empuñadura de mi espada. Jake no ladró para no delatar nuestra posición exacta. En lugar de eso, dio tres pasos sigilosos hacia la pared izquierda, miró hacia arriba a una cornisa oculta por arbustos secos y volvió a mirarme a mí, frunciendo el hocico.
Instinto puro. Apreté la empuñadura y me tiré de costado justo a tiempo.
Una flecha de hierro pasó zumbando por el lugar donde había estado mi cabeza medio segundo antes, incrustándose con un chasquido metálico en la roca viva. Desde las alturas cayeron cuatro tipos armados con garrotes, hachas de mano y rostros cubiertos con trapos sucios.
—¡Miren qué tenemos acá! — gritó el más alto, un tipo enorme con una cicatriz cruzándole la frente. Un niño jugando a ser espadachín y su perro. ¡Maten al perro primero para que no moleste!— Ese fue su mayor error.
El tipo del hacha se abalanzó sobre Jake con un hachazo descendente. Jake no entró en pánico. Tenía una agilidad que desafiaba la física: leyó la trayectoria del arma, dio un salto lateral limpio esquivando la hoja por milímetros y, antes de que el hombre pudiera recuperar el equilibrio, le clavó los dientes con una fuerza descomunal en el antebrazo. El tipo soltó un alarido de dolor y dejó caer el hacha al suelo.
Aproveché la distracción para desenfundar mi espada. El acero brilló bajo el sol de la tarde con un silbido limpio.
Me crucé con los otros tres maleantes. El combate con espada no es como en los cuentos; es rápido, sucio y depende de la distancia y el tiempo. Bloqueé un garrotazo con el plano de la hoja, desvié la fuerza del impacto hacia un lado y le metí un patadón en el pecho al segundo atacante, mandándolo a rodar contra las piedras. Pero el líder de la banda era hábil. Aprovechó que mi espalda estaba expuesta por un segundo para lanzarme una estocada a la traición con un cuchillo largo. No tuve tiempo de girarme. No llegaba con la espada.
De la nada, una masa de pelo amarillo pasó volando por el aire. Jake se lanzó con todo el peso de su cuerpo directo al pecho del tipo de la cicatriz. Los dos cayeron pesadamente contra el polvo. El tipo intentó quitárselo de encima tirándole manotazos, pero Jake no le dio espacio: le tiraba tarascones certeros cerca del cuello, gruñendo como una bestia desatada, obligando al hombre a cubrirse la cara con ambos brazos y perder por completo la iniciativa.
Giré sobre mi talón, me acerqué de dos pasos y le puse la punta de mi espada fría directamente contra la garganta del líder.
—Se acabó viejo— dije con voz helada sin titubeo y mascando el chicle. El tipo se quedó petrificado, mirando primero la hoja de acero a milímetros de su piel y después a Jake, que estaba parado sobre su pecho, enseñándole los colmillos blancos, chorreando saliva y mirándolo fijamente con unos ojos llenos de una furia asesina si intentaba el menor movimiento. Los otros tres, viendo a su líder reducido y golpeado, tiraron las armas al suelo y levantaron las manos, temblando.
—No vuelvan a aparecer por estos sitios— les ordené, bajando la espada apenas unos centímetros. —Si vuelvo a verlos causando problemas por aquí, no seré tan paciente… Sape…— Los tipos no esperaron a que se lo dijera dos veces. Levantaron a su jefe del suelo y salieron corriendo en desbandada hacia las montañas, tropezándose con sus propios pies.
Cuando el polvo se asentó, el desfiladero volvió a quedar en silencio. Guardé la espada en mi espalda y solté un respiro largo que tenía guardado en los pulmones. Me agaché inmediatamente al lado de Jake.
—¿Estás bien pequeño? ¿Alcanzaron a tocarte?— le pregunté, revisándole las patas, el lomo y la panza buscando alguna herida. Jake se sacudió el polvo del lomo con energía, volvió a poner sus orejas en la posición normal y la ferocidad desapareció de su cara como si nunca hubiera estado ahí. Me miró con esa mirada tierna y confiada de siempre, soltó un resoplido divertido y me pasó la lengua caliente por la mejilla, llenándome de barro.
Me largué a reír, abrazándolo fuerte por el cuello.
—Si que eres una fiera eh, sapeee— le dije riendo. Él movió la cola contra la tierra haciendo un repiqueteo alegre, dándome un empujón suave con la cabeza en el hombro. No necesitábamos palabras. Éramos un equipo perfecto: mi acero y sus sentidos, mi ímpetu y su lealtad indestructible.
Las semanas siguientes se convirtieron en una travesía inolvidable. Viajamos hacia la costa sur, cruzando valles verdes, arroyos cristalinos y pequeños poblados donde la gente nos recibía con los brazos abiertos. Para los lugareños, éramos una estampa curiosa: un joven espadachín de mirada serena y un perro amarillo gigante que lo seguía a todos lados como su propia sombra. En los pueblos, Jake se volvía la atracción de los chicos. Aunque era un perro de combate tremendo cuando las cosas se ponían feo, con los niños tenía una paciencia infinita. Se echaba en la plaza del pueblo y dejaba que los chicos le acariciaran las orejas, le tiraran suavemente de la cola o se sentaran a su lado a contarle secretos. Jake los escuchaba a todos con los ojos entrecerrados, moviendo la punta de la cola apenas un milímetro, disfrutando del calor de la gente. Por las noches, acampábamos bajo el cielo abierto. Esas eran mis horas favoritas del día.
Buscábamos un claro cerca de la playa o al borde del camino, juntábamos leña seca y yo encendía una fogata usando un pedernal y una piedra. Mientras las llamas empezaban a crepitar y a soltar chispas doradas hacia el cielo nocturno, preparamos la cena. Jake era un fanático absoluto de la comida. Tenía un apetito feroz que parecía no tener fondo. Yo cortaba pedazos de carne de venado o pescado fresco que habíamos pescado por la tarde, los ponía sobre piedras calientes junto al fuego y el olor a grasa tostada llenaba el aire. Jake se sentaba exactamente a un metro del fuego, con las patas delanteras bien cruzadas, siguiendo cada uno de mis movimientos con los ojos desorbitados por la tentación. La saliva se le juntaba en las comisuras del hocico y le caía en gotas gruesas sobre el pasto, soltando unos gimoteos bajitos, dramáticos, casi de sufrimiento puro.
—Tienes que esperar no seas ansioso amiguito, tiene que cocinarse bien— le decía yo, aguantándome la risa. Jake soltaba un resoplido indignado, miraba hacia el cielo como pidiendo paciencia divina y volvía a clavar la mirada en la carne. Cuando por fin le tiraba su porción, la atrapaba en el aire con un chasquido impecable de las mandíbulas y la tragaba de un solo bocado, sin masticar siquiera. Después me miraba a mí, miraba mi plato, volvía a mirarme a mí y ladeaba la cabeza con una cara de lástima tan perfecta que era imposible no convidar parte de mi propia comida.
Después de cenar, el cansancio del viaje nos envolvía a los dos. Yo me acostaba sobre mi manta, usaba el saco de viaje como almohada y me cruzaba de brazos mirando la inmensidad del firmamento.
En Baterilla, las noches son limpias. Las estrellas parecen miles de diamantes colgando de una manta de terciopelo negro, y la brisa marina trae consigo el olor a sal, a algas y a libertad.
Jake no se acostaba lejos. Siempre buscaba ponerse pegado a mí. Se daba dos o tres vueltas en el piso para aplanar el pasto, soltaba un suspiro profundo, ese suspiro largo de perro satisfecho que parece sacar todo el cansancio del día, y apoyaba su cabeza pesada directamente sobre mi pecho o sobre mis piernas. Sentir el calor constante de su cuerpo, el subir y bajar de su respiración tranquila y el sonido suave de sus latidos era la mejor medicina del mundo. Apoyaba una mano sobre sus orejas suaves, acariciándole el lomo lentamente mientras los dos mirábamos las brasas del fuego extinguirse despacio.
En esos momentos de silencio absoluto, mi mente volvía inevitablemente a la noche en que nos conocimos.
Recordaba la lluvia helada del Bosque de las Sombras, las espinas del matorral cortándome las manos, la mirada cansada de Sombra apagándose en la oscuridad y el barro pegoteado en mis rodillas mientras cavaba la tumba bajo el sauce viejo. Recordaba el miedo que sentí al ver a sus hermanos sin vida y la desesperación de sentirme solo frente a una injusticia tan grande del mundo.
Pero después miraba abajo. Miraba al cachorro frágil que había cabido en la palma de mi mano, transformado ahora en este animal fuerte, fiel y lleno de vida que descansaba a mi lado.
—Sabes Jake…— murmuré una noche en voz muy baja, para no romper la calma del aire. Jake movió apenas una oreja, escuchándome sin levantar la cabeza. —A veces recuerdo esa vez en el bosque si no hubiera escuchado ese quejido de Sombrita… Tu y yo no estaríamos juntos… Ella lo dió todo para que sobrevivas amiguito y túme enseñaste a no rendirme chiquito…— Jake no habló. No emitió ningún sonido mágico ni hizo nada extraño. Simplemente abrió los ojos, me miró durante unos segundos largos con esa profundidad única que tienen los perros, levantó despacio el hocico y me dio un toque suave con la nariz seca en la barbilla. Después volvió a acomodar la cabeza sobre mi regazo, cerró los ojos y soltó un ronquido bajo, rítmico, perfecto.
En esa mirada y en ese gesto estaba todo dicho. No hacían falta palabras. No hacían falta discursos. Había una lealtad pura, transparente, forjada en la tormenta y consolidada en miles de kilómetros de caminos compartidos.
Al día siguiente, el sol amaneció radiante sobre la costa. El aire olía a salitre fresco y el graznido de las gaviotas anunciaba que estábamos muy cerca del gran puerto del norte.
Nos levantamos temprano. Yo me ajusté las cintas de las botas, me acomodé la espada a la cintura y me eché el saco al hombro. Jake se sacudió el rocío de la mañana del lomo con un movimiento rápido que le hizo sacudir las orejas con un chasquido alegre, dio dos vueltas alrededor mío a pura velocidad y se paró al frente del sendero, mirándome sobre el hombro como diciendo: ¿Qué esperamos? Caminamos juntos hasta la cima de la colina que dominaba el puerto. Desde ahí arriba, la vista era impresionante.
El mar del South Blue se extendía infinito, de un azul profundo que se fundía con el cielo en el horizonte. Abajo, en la bahía, se mecían decenas de barcos con mástiles altos, velas recogidas y banderas flameando al viento. El murmullo de la ciudad portuaria subía por la colina: gritos de marineros, el golpe de las olas contra los muelles de madera, el bullicio de los mercados de pescado y la promesa de mil historias esperando a ser descubiertas. Dicen que en ese puerto hay barcos que se preparan para cruzar hacia mares desconocidos, que hay mapas antiguos que marcan islas que no figuran en ninguna carta de navegación y que el mundo está lleno de misterios esperando a quienes tengan el valor de salir a buscarlos.
No busco fama, ni riquezas exorbitantes, ni convertirme en una leyenda de los mares por el solo hecho de que pronuncien mi nombre. Lo que busco es la aventura en su estado más puro: la emoción de caminar hacia lo desconocido, la satisfacción de defender a quienes no pueden protegerse y la libertad absoluta de elegir mi propio camino bajo el sol. Me paré en la cumbre de la colina, dejando que el viento marino me despeinara el pelo. Acomodé la empuñadura de mi espada, respiré hondo ese aire salado que me llenó los pulmones de energía y miré hacia abajo. Jake se puso exactamente a mi lado. Se alineó con mi pierna derecha, levantó la cabeza bien alta, mirando fijamente hacia los barcos del puerto con las orejas erguidas y la cola moviéndose despacio, con un ritmo constante. Le apoyé la mano sobre la cabeza, sintiendo el calor de su pelaje dorado y la firmeza de su postura.
—Sape Jake— dile sonriendo, mirando el mar infinito. —El puerto está allí abajo en Baquella, dicen qje hay buenos barcos, buena comida y saben aparecer piratas, y un mundo entero esperando del otro lado del agua… ¿Quieres ir?— Jake se dio la vuelta hacia mí, me miró a los ojos con un brillo de pura felicidad, soltó un ladridito seco, claro y rotundo, y dio un salto hacia adelante empezando a bajar la colina a trote firme. Sonreí, eché a correr tras él y dejamos que nuestros pasos resonaran en la tierra del camino. La aventura recién empieza, y mientras estemos juntos, no hay nada en este mundo que pueda frenarnos.
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