22-09-2026, 03:41 AM
Erase una vez la historia de un joven de pelo blanco que un día, tras por primera vez en su vida en algo, habría decidido ser un luchador de artes marciales mixtas, todo gracias a que una muchacha, Sira, lo había acogido bajo un entrenamiento físico estricto y le había enseñado el poderoso arte del Hasshoken. También había aguantado parte del maltrato físico y las palabras duras gracias a que, en el fondo y aunque no lo quiera reconocer, le gustaba un poquito. ¿Pero qué pasa con ese joven que trasteaba con chatarra? ¿Ese que jugueteaba con la basura y que soñaba con ser un gran inventor para su propio uso y disfrute? Aquel deseo, la pasión, el ingenio, se había dejado un poco de lado con el único objetivo de maltratar las pocas neuronas sanas que aun quedaban en aquel cerebrito.
Con el tiempo, en su estadía en la isla, se daría cuenta de una cosa, y es que el muy cabeza de chorlito podría usar las dos cosas. No era tan complicado combinar lo mejor de ambos mundos y, si le dejaban cancha por la que correr, lo mejor de los tres mundos de forma simultánea. ¿Qué mejor que usar una espada? Una espada con una pequeña batería que la electrifique. ¿Y qué mejor que tener una espada electrificada? Poder venderla a base de regateos a cualquier tonto que pasase por ahí y vendérsela inflada de precio. Si el mundo podía especular con trozos de cartón y cabezas de piratas, por qué el callejero no iba a poder hacerlo con sus propias modificaciones. ¡Vaya que si!
Es por eso que sumido en la oscuridad de su guarida de pirata pobre improvisada, otra cueva, se quedó pensando, comiendo techo una vez más, de vez en cuando transmitía sus pensamientos en voz alta, porque sentía que iba a perder la voz de estar solo tanto tiempo. Estaba tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, dándole algo mullido a su nuca a falta de almohada, sin éxito, pues aquellos guantes estaban reforzados en el interior con puro metal. Retiró las manos y dejó que su cabeza reposase sobre el conglomerado de hojas secas dentro de una bolsa, a lo que llamaba almohada. En realidad si que tenía dinero, pero usarlo para comprar cosas para estar cómodo no era algo que podía entrar dentro de una lógica racional. ''Total, me voy a largar dentro de poco cien por cien'' se repetía en la mente, una y otra vez.
Alzó sus guantes en el aire. - Esto es demasiado incómodo, es como si me estuviese clavando *burp* estacas en la cabeza... - Los miró con más detenimiento y entonces algo cruzó por su cabeza. - Estacas... - ¿Y si podía apuñalar con sus guantes y no solo repartir leña con ellos? - Estacas... - Volvió a repetir en la soledad de su cueva mientras se incorporaba. - ¿Y si le meto estacas? Espera un momento... ¡Eso es lo que quería hacer! - Se levantó de un ágil salto y se acercó al tocón que usaba como mesa de comedor. Una vez llegó allí se apoyó con algo de nerviosismo, como si se le hubiese venido a la mente la idea del siglo, algo totalmente original. Iba a tener que andar con ojo de que nadie le robase la patente. Se retiró los guantes, dejando ver sus manos llenas de cicatrices, ennegrecidas por los golpes y la sangre coagulada en varias zonas, y miró con más detenimiento los guantes, palpando allí donde en su interior se encontraban los refuerzos de metal, revisando cada costura. - Lo puedo hacer, tiene que ser sencillo, pero necesito un poco de acero, o metal, o hierro... - Podía conseguirlo, lo podía comprar. Sin más miramiento se volvió a enfundar el guante que se había retirado y se acercó a un pequeño saco que tenía cerca de su cama, le dio un par de palmadas como si fuera una sandía y las monedas tintinearon. - Fondo de reserva para emergencias. Esto es una emergencia - Desató el nudo que lo mantenía cerrado y metió la mano para coger un buen puñado de berries y llevárselo al bolsillo.
Un cuarto de hora después, tras escabullirse de su escondida cueva y llegar a uno de los caminos principales, se plantaría en el centro, donde los comercios se arremolinaban en torno a un punto, la plaza de la ciudad, aquella donde se podría pegar con otro gigantón que conociese, ya iban dos. Buscó una herrería rápidamente y entró sin vergüenza alguna. - ¡Viejales! ¡Necesito mucho acero! ¡Es cuestión de vida o muerte! - El dueño y herrero supremo que regentaba el local se quedó sorprendido deteniendo el martilleo de su acero al rojo vivo, pensativo, en silencio, mirando extrañado y escuchando las palabras del joven que acababa de invadir su local. - Qu- Mira chaval, aquí no vendemos material. Vendemos el servicio única y exclusivamente. Si quieres que te hagamos algo, trae tú mismo el material. Y si tienes poca pasta lo puedes hacer tu mismo, por un precio - Tras sus palabras volvió a martillear con un ritmo monótono pero hipnotizante. - ¿Dónde? - Contestó abruptamente. - ¿Dónde qué? - Detuvo su faena una vez más. - ¡Que donde consigo acero! - El herrero rodó sus ojos ante la falta de educación del joven y suspiró, aunando la paciencia que tenía por un instante para no mandarlo a freír espárragos, y es que el dinero era el dinero y en un sitio donde se usaban más las manos que el acero, era necesario ganar más que perder, aunque tuviese que aguantar un niñato insolente. - A los pies de la ladera oeste de la ciudad hay varios montones de chatarra, nadie las aprovecha apenas porque no lo necesitan, aquí usan más las... - Kai buscó con la mirada la sala, buscando la puerta y en su recorrido vio un pico apoyado en la pared, a su lado, por lo que lo tomaría y saldría por la puerta como una exhalación. - ¡EH! - Se escucharía el grito ahogado por la lejanía que ya los separaba al uno del otro.
Llegó al pie de la ladera en cuestión de minutos, sudando, habiendo corrido toda la distancia que lo separaba, como si de verdad hubiese prisa alguna en realizar la creación que tenía en mente. En ocasiones era así de impulsivo y obsesionado con las cosas y debía realizarlas cuantos antes o si no perdía el hiper foco. - Aquí es - Se echó el pico al hombro y se acercó hasta los montones de chatarra, tocándolos, ensuciando su guante al palpar toda la mierda, hasta que, tras varios minutos de búsqueda, dar con una plancha poco roída por el óxido. - ¡Esto es! - Dio un paso atrás, flexionó las rodillas y, tomando el pico con ambas manos, descargó la punta de la herramientas directamente contra la plancha. Tras castigar hombros, codos, muñecas y al propio metal durante algo más de una hora, había conseguido deshacer en pequeños trozos aquello que tanto necesitaba. - No sé ni para qué necesito esto. ¿No será mejor apilar y moverlas? - Definitivamente, en su mente aquello iba a ser como ir a una mina, pero algo bastante lejos de lo que realmente era en aquella isla. Su ropa estaba completamente sucia, llena de mierda, polvo y óxido. Empezó a rebuscar entre varios montones de chatarra, empezando a desmigajar aquellas montañas de reluciente basura. - Yo creo que con esto me da - Aseguró apilando varias planchas irregulares que tendría que aplanar como pudiese con la herramienta que llevaba encima.
Una vez terminó se enganchó el pico por dentro del cuello de la camisa dejándolo en una postura totalmente recta y después de ello se agachó, como se suponía que uno debía hacerlo cuando levantaba peso, y cargó todas las plancha que pudo sobre su cabeza, con ambas manos, gracias a su increíble fuerza, pudiendo levantar casi una tonelada. Aunque imposible recoger tanto entre dos brazos, por lo que tuvo que dar varios viajes hasta la forja.
- Ya.. ya está aquí... viejales.... ya lo he traído todo... fu-fúndelo... - Masticaba las palabras mientras recuperaba el resuello. El peliblanco sacó unos cuantos berries que dejó sobre el mostrador, podía intuir que no salía gratis. - No es mucho, te puedes quedar con lo que no voy a usar - Aseguró con confianza.
Tras devolver el brillo a los ojos del luchador, aquel hombre enseguida comenzaría el proceso de fundición y enmoldado. A medida que se iban volviendo manejables, aunque aun seguían ardientes y al rojo vivo, el más joven se acercaba enfundado en protección de guantes sobre guantes, camiseta de tirantes por el calor y unas gafas de culo de botella que estaban oscurecidas, y comenzaba a tallar, a esculpir, aquellos trozos de metal. Primero utilizaba algo muy parecido a un cuchillo de untar mantequita con lo que marcaba el centro de los cilindros de acero al rojo vivo y luego una rara espiral en su contorno. Después, con la ayuda de unas pinzas metálicas las tomaba y las colocaba sobre el yunque, sobre el que después terminaba de martillear con una calma inusitada, y es que mientras se entretenía en realizar el trabajo manual que se había propuesto, no había abierto la boca ni por un solo instante. Aquellos cilindros habían terminado por tener una forma cónica en cuya base había una extensión de metal tallada y lista para solo tener que enroscar.
Una vez más había terminado desnudando sus manos, revelando el maltrato en ellas, para comenzar a descoser el cuero por sus uniones, revelando el interior del guante y sus refuerzos metálicos. Sin retirar ni uno solo de su unión con el chasis del guante comenzó a perforar en el centro de los pequeños refuerzos metálicos, haciendo pequeños orificios donde podía enroscar las púas. Después de eso solo tuvo que marcar con un punzón sobre la capa superior e inferior del cuero, realizar agujeros a través de los cuales pudiese introducir la unión de aquellas púas cónicas que había modificado a través del martilleo continuo.
¿El verdadero forjador donde había estado todo este tiempo? Todo el tiempo se mantuvo cerca, pululando alrededor del peliblanco, observándolo, hablándole, aconsejándolo y ayudando, pero el joven estaba tan concentrado en lo que estaba haciendo que ni siquiera le había prestado un mínimo de atención, tan solo aceptando un ente que estaba ahí. Estaba demasiado concentrado en lo que estaba haciendo que su presencia había desaparecido por completo.
El callejero se limpió el sudor de la frente cuando terminó de coser de nuevo el cuero y asegurando que el guante volvería a estar entero y con la resistencia que debería. - ¡Lo logré bro, lo logré! - Tomó la creación entre cicatrices y dedos, alzándola para que todo el mundo en aquel establecimiento, el herrero únicamente, la admirasen. - Es un buen trabajo chaval, pero habría salido mejor si me hubieses esc... - Las palabras del herrero serían interrumpidas por el manoteo al aire del de pelo blanco. - Si si, toma tus berries... - Sacó del bolsillo de su pantalón un par de berries más que dejó en el mostrador de camino a la puerta. - Son espectaculares, voy a meter cañonazos ahora - Dijo saliendo por la puerta y vistiendo los guantes nuevamente, sintiendo el peso aumentado tras ser modificados.
Sonrió y se largó perdiéndose entre las calles, ahora lo que necesitaba era una maldita ducha, porque olía a forja cerrada.
Con el tiempo, en su estadía en la isla, se daría cuenta de una cosa, y es que el muy cabeza de chorlito podría usar las dos cosas. No era tan complicado combinar lo mejor de ambos mundos y, si le dejaban cancha por la que correr, lo mejor de los tres mundos de forma simultánea. ¿Qué mejor que usar una espada? Una espada con una pequeña batería que la electrifique. ¿Y qué mejor que tener una espada electrificada? Poder venderla a base de regateos a cualquier tonto que pasase por ahí y vendérsela inflada de precio. Si el mundo podía especular con trozos de cartón y cabezas de piratas, por qué el callejero no iba a poder hacerlo con sus propias modificaciones. ¡Vaya que si!
Es por eso que sumido en la oscuridad de su guarida de pirata pobre improvisada, otra cueva, se quedó pensando, comiendo techo una vez más, de vez en cuando transmitía sus pensamientos en voz alta, porque sentía que iba a perder la voz de estar solo tanto tiempo. Estaba tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, dándole algo mullido a su nuca a falta de almohada, sin éxito, pues aquellos guantes estaban reforzados en el interior con puro metal. Retiró las manos y dejó que su cabeza reposase sobre el conglomerado de hojas secas dentro de una bolsa, a lo que llamaba almohada. En realidad si que tenía dinero, pero usarlo para comprar cosas para estar cómodo no era algo que podía entrar dentro de una lógica racional. ''Total, me voy a largar dentro de poco cien por cien'' se repetía en la mente, una y otra vez.
Alzó sus guantes en el aire. - Esto es demasiado incómodo, es como si me estuviese clavando *burp* estacas en la cabeza... - Los miró con más detenimiento y entonces algo cruzó por su cabeza. - Estacas... - ¿Y si podía apuñalar con sus guantes y no solo repartir leña con ellos? - Estacas... - Volvió a repetir en la soledad de su cueva mientras se incorporaba. - ¿Y si le meto estacas? Espera un momento... ¡Eso es lo que quería hacer! - Se levantó de un ágil salto y se acercó al tocón que usaba como mesa de comedor. Una vez llegó allí se apoyó con algo de nerviosismo, como si se le hubiese venido a la mente la idea del siglo, algo totalmente original. Iba a tener que andar con ojo de que nadie le robase la patente. Se retiró los guantes, dejando ver sus manos llenas de cicatrices, ennegrecidas por los golpes y la sangre coagulada en varias zonas, y miró con más detenimiento los guantes, palpando allí donde en su interior se encontraban los refuerzos de metal, revisando cada costura. - Lo puedo hacer, tiene que ser sencillo, pero necesito un poco de acero, o metal, o hierro... - Podía conseguirlo, lo podía comprar. Sin más miramiento se volvió a enfundar el guante que se había retirado y se acercó a un pequeño saco que tenía cerca de su cama, le dio un par de palmadas como si fuera una sandía y las monedas tintinearon. - Fondo de reserva para emergencias. Esto es una emergencia - Desató el nudo que lo mantenía cerrado y metió la mano para coger un buen puñado de berries y llevárselo al bolsillo.
Un cuarto de hora después, tras escabullirse de su escondida cueva y llegar a uno de los caminos principales, se plantaría en el centro, donde los comercios se arremolinaban en torno a un punto, la plaza de la ciudad, aquella donde se podría pegar con otro gigantón que conociese, ya iban dos. Buscó una herrería rápidamente y entró sin vergüenza alguna. - ¡Viejales! ¡Necesito mucho acero! ¡Es cuestión de vida o muerte! - El dueño y herrero supremo que regentaba el local se quedó sorprendido deteniendo el martilleo de su acero al rojo vivo, pensativo, en silencio, mirando extrañado y escuchando las palabras del joven que acababa de invadir su local. - Qu- Mira chaval, aquí no vendemos material. Vendemos el servicio única y exclusivamente. Si quieres que te hagamos algo, trae tú mismo el material. Y si tienes poca pasta lo puedes hacer tu mismo, por un precio - Tras sus palabras volvió a martillear con un ritmo monótono pero hipnotizante. - ¿Dónde? - Contestó abruptamente. - ¿Dónde qué? - Detuvo su faena una vez más. - ¡Que donde consigo acero! - El herrero rodó sus ojos ante la falta de educación del joven y suspiró, aunando la paciencia que tenía por un instante para no mandarlo a freír espárragos, y es que el dinero era el dinero y en un sitio donde se usaban más las manos que el acero, era necesario ganar más que perder, aunque tuviese que aguantar un niñato insolente. - A los pies de la ladera oeste de la ciudad hay varios montones de chatarra, nadie las aprovecha apenas porque no lo necesitan, aquí usan más las... - Kai buscó con la mirada la sala, buscando la puerta y en su recorrido vio un pico apoyado en la pared, a su lado, por lo que lo tomaría y saldría por la puerta como una exhalación. - ¡EH! - Se escucharía el grito ahogado por la lejanía que ya los separaba al uno del otro.
Llegó al pie de la ladera en cuestión de minutos, sudando, habiendo corrido toda la distancia que lo separaba, como si de verdad hubiese prisa alguna en realizar la creación que tenía en mente. En ocasiones era así de impulsivo y obsesionado con las cosas y debía realizarlas cuantos antes o si no perdía el hiper foco. - Aquí es - Se echó el pico al hombro y se acercó hasta los montones de chatarra, tocándolos, ensuciando su guante al palpar toda la mierda, hasta que, tras varios minutos de búsqueda, dar con una plancha poco roída por el óxido. - ¡Esto es! - Dio un paso atrás, flexionó las rodillas y, tomando el pico con ambas manos, descargó la punta de la herramientas directamente contra la plancha. Tras castigar hombros, codos, muñecas y al propio metal durante algo más de una hora, había conseguido deshacer en pequeños trozos aquello que tanto necesitaba. - No sé ni para qué necesito esto. ¿No será mejor apilar y moverlas? - Definitivamente, en su mente aquello iba a ser como ir a una mina, pero algo bastante lejos de lo que realmente era en aquella isla. Su ropa estaba completamente sucia, llena de mierda, polvo y óxido. Empezó a rebuscar entre varios montones de chatarra, empezando a desmigajar aquellas montañas de reluciente basura. - Yo creo que con esto me da - Aseguró apilando varias planchas irregulares que tendría que aplanar como pudiese con la herramienta que llevaba encima.
Una vez terminó se enganchó el pico por dentro del cuello de la camisa dejándolo en una postura totalmente recta y después de ello se agachó, como se suponía que uno debía hacerlo cuando levantaba peso, y cargó todas las plancha que pudo sobre su cabeza, con ambas manos, gracias a su increíble fuerza, pudiendo levantar casi una tonelada. Aunque imposible recoger tanto entre dos brazos, por lo que tuvo que dar varios viajes hasta la forja.
- Ya.. ya está aquí... viejales.... ya lo he traído todo... fu-fúndelo... - Masticaba las palabras mientras recuperaba el resuello. El peliblanco sacó unos cuantos berries que dejó sobre el mostrador, podía intuir que no salía gratis. - No es mucho, te puedes quedar con lo que no voy a usar - Aseguró con confianza.
Tras devolver el brillo a los ojos del luchador, aquel hombre enseguida comenzaría el proceso de fundición y enmoldado. A medida que se iban volviendo manejables, aunque aun seguían ardientes y al rojo vivo, el más joven se acercaba enfundado en protección de guantes sobre guantes, camiseta de tirantes por el calor y unas gafas de culo de botella que estaban oscurecidas, y comenzaba a tallar, a esculpir, aquellos trozos de metal. Primero utilizaba algo muy parecido a un cuchillo de untar mantequita con lo que marcaba el centro de los cilindros de acero al rojo vivo y luego una rara espiral en su contorno. Después, con la ayuda de unas pinzas metálicas las tomaba y las colocaba sobre el yunque, sobre el que después terminaba de martillear con una calma inusitada, y es que mientras se entretenía en realizar el trabajo manual que se había propuesto, no había abierto la boca ni por un solo instante. Aquellos cilindros habían terminado por tener una forma cónica en cuya base había una extensión de metal tallada y lista para solo tener que enroscar.
Una vez más había terminado desnudando sus manos, revelando el maltrato en ellas, para comenzar a descoser el cuero por sus uniones, revelando el interior del guante y sus refuerzos metálicos. Sin retirar ni uno solo de su unión con el chasis del guante comenzó a perforar en el centro de los pequeños refuerzos metálicos, haciendo pequeños orificios donde podía enroscar las púas. Después de eso solo tuvo que marcar con un punzón sobre la capa superior e inferior del cuero, realizar agujeros a través de los cuales pudiese introducir la unión de aquellas púas cónicas que había modificado a través del martilleo continuo.
¿El verdadero forjador donde había estado todo este tiempo? Todo el tiempo se mantuvo cerca, pululando alrededor del peliblanco, observándolo, hablándole, aconsejándolo y ayudando, pero el joven estaba tan concentrado en lo que estaba haciendo que ni siquiera le había prestado un mínimo de atención, tan solo aceptando un ente que estaba ahí. Estaba demasiado concentrado en lo que estaba haciendo que su presencia había desaparecido por completo.
El callejero se limpió el sudor de la frente cuando terminó de coser de nuevo el cuero y asegurando que el guante volvería a estar entero y con la resistencia que debería. - ¡Lo logré bro, lo logré! - Tomó la creación entre cicatrices y dedos, alzándola para que todo el mundo en aquel establecimiento, el herrero únicamente, la admirasen. - Es un buen trabajo chaval, pero habría salido mejor si me hubieses esc... - Las palabras del herrero serían interrumpidas por el manoteo al aire del de pelo blanco. - Si si, toma tus berries... - Sacó del bolsillo de su pantalón un par de berries más que dejó en el mostrador de camino a la puerta. - Son espectaculares, voy a meter cañonazos ahora - Dijo saliendo por la puerta y vistiendo los guantes nuevamente, sintiendo el peso aumentado tras ser modificados.
Sonrió y se largó perdiéndose entre las calles, ahora lo que necesitaba era una maldita ducha, porque olía a forja cerrada.
off
Leyenda de una Leyenda
- Pienso -
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja -
- *FWRA* Pedo Pesado -
- Narro -
- Hablo -
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja -
- *FWRA* Pedo Pesado -
![[Imagen: Chat-GPT-Image-2-ago-2026-17-55-55.png]](https://i.ibb.co/QFgm7LkF/Chat-GPT-Image-2-ago-2026-17-55-55.png)
