[Pasado] Hasta luego
#1
7 de invierno del año 12, noche.
Reino de Sorbet, Sorbet del sur, residencia Áster

— Un capítulo más — Suplicó mentalmente, con el libro abierto entre las manos y una pequeña lámpara alumbrando la página. Leyó por encima, pero se detuvo a sí misma con la poca fuerza de voluntad que pudo reunir. Había “escapado” de su casa para leer un poco, pues, si su padre encontrase alguno de esos libros en su habitación… Su hermano le había ayudado a ocultarlos antes de irse de viaje, después del gran regaño que recibió cuando su padre los encontró. Reen tendría que volver a irse en cuanto amaneciese, así que debía volver a su habitación, pretender haber estado dormida y fingir despertarse temprano para ir a despedirlo.

Con el plan formulado en su cabeza y todo el pesar en su corazón por no poder leer un par de páginas más, escondió el libro de vuelta en su lugar, con sumo cuidado para no dañarlo. Volvió a casa con cuidado. Contaba con tiempo, por lo que esperaba a no estar en el radar de los sirvientes para colarse entre los pasillos. Llegó a su habitación con la misma facilidad de siempre, cerró la puerta tras de sí y caminó con especial sigilo hasta su cama. Fue mientras estaba sacando su pijama del escondite cuando la puerta de su habitación se abrió sin cuidado alguno. Dio un respingo del susto y sintió que la sangre se le congelaba del terror. Con una mano trató de alcanzar unos libros de texto que tenía apilados en su escritorio y, con la otra, devolver el pijama a su escondite, y todo eso mientras trataba de dar con una excusa con la que su padre no descubriese sus engaños. — Estaba estudiando, lo juro, lo siento. — Respondió apresuradamente. Escuchó cómo los libros se derrumbaban por sus torpes movimientos, sin siquiera permitirle agarrar uno para fingir. Su pijama estaba bajo su almohada, pero seguramente la habría visto esconderlo. — ¿Reen? — Sus hombros se destensaron en cuanto identificó a la figura que había irrumpido en su habitación, no como su padre, sino como su hermano mayor. — ¿Reen, qué haces aquí? — Preguntó, ahora un poco más tranquila.

Su hermano se acercó a ella, a la zona donde aún había una pequeña vela encendida y donde ella podía verle mejor. Tenía una gran sonrisa adornando sus labios, una que estaba segura de que nunca había visto en su rostro. En eso, ambos, su padre y su hermano, eran muy similares. Su hermano nunca había sonreído; siempre que lo veía, tenía esa expresión indescifrablemente sobria en su rostro. Y, en ese mismo instante, no solo estaba sonriendo, sus ojos estaban brillando de expectación, determinación y emoción.
Reen se puso de cuclillas junto a ella, incapaz de borrar su sonrisa y, para su sorpresa, la envolvió entre sus brazos. Se quedó sin palabras, pues en todo ese tiempo jamás había sido abrazada tan fuerte. Los pocos abrazos que alguna vez había recibido habían sido los suaves y dulces de su madrastra. Ese tipo de afecto tan… ¿explosivo, ansioso? Desconocía cómo describirlo y desconocía cómo reaccionar. Por lo que permaneció inmóvil. — ¿Reen? — Tartamudeó esta vez.

Él finalmente se separó de ella, y Aria se arrepintió al instante de no haberle abrazado con la misma intensidad. No estaba segura de por qué, pero lo veía en sus ojos: ese iba a ser el último.
— Ria, me voy. — Dijo él con una sonrisa.
— ¿No te ibas al amanecer? — No reconoció su voz, no una tan débil, tan asustada.
Él negó con la cabeza. Su sonrisa permaneció imborrable. — Me voy para siempre. — Aclaró.
— ¿Padre te lo ha ordenado? — Se asustó más cuando él volvió a negar. — Pero entonces él…
Reen no le permitió terminar. —Voy a irme. — Sentenció sin dudar mientras acariciaba su cabeza. — Siento dejarte sola.
—Entonces no te vayas.
—No puedo quedarme.
Aria no siguió suplicando. Comprendía por qué su hermano estaba desesperado por irse. Ella también desearía irse, pero no podía. Quería gritarle que no lo hiciera, que podría morir, que su padre iba a matarlo. Pero eso él ya lo sabía. Lo veía en sus ojos. No importaba lo que dijera, Reen había tomado una decisión y no iba a echarse para atrás. — Llévame contigo. — Sus palabras se quedaron atascadas en su garganta. Lo sabía. Era una cobarde. Ella no se atrevía a escapar. No podía. Sintió su vista nublada, pero se negó a aceptar que era por las lágrimas. — Llévame contigo. — Volvió a querer suplicar, pero no logró decirlo. — Es un suicidio — Decía una parte de sí misma. — No quiero quedarme sola... — Respondía la otra. Su madrastra la había abandonado. Lo único que le quedaban eran las visitas de Reen cada estación, y ahora hasta eso iba a desaparecer. 

Reen... ¿Reen la estaba abandonando?

Las manos de Reen envolvieron las suyas. La calidez de sus dedos contrastó con el frío que estaba sintiendo. Detestaba el frío. Sintió un peso en sus manos y vio que era el reloj dorado que él siempre había atesorado. Le miró a los ojos, confundida.
— Ahora es tuyo. Conmigo podría correr peligro.
— Tú podrías correr peligro. — Lo pensó, pero no lo dijo. Se limitó a apretar con fuerza el reloj. Y las manos cálidas de Reen dejaron las suyas. Ya no podía ver qué cara estaba poniendo él. Su visión estaba demasiado nublada.
— Lo siento, Ria. — Reen besó su frente y pudo vislumbrar cómo le sonreía. — Te prometo que esto no es una despedida, es solo un hasta luego. — Se levantó, con una pequeña bolsa colgada al hombro y una sonrisa que no supo descifrar. 
Y desapareció.
Se fue por la puerta que él mismo había abierto.

Al amanecer, todo lo que quedaba de Reen era el reloj que había dejado atrás.





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