14-09-2026, 08:06 PM
(Última modificación: 14-09-2026, 08:13 PM por Finn Ikitado.)
60 de verano, año 18
Baterilla siempre fue una isla relativamente tranquila, nunca estuve muy al corriente de las cosas que pasaban, pero nunca me enteraba de grandes rumores tampoco, además tampoco es que le prestara mucha atención a ello. El día soleado era propicio para no hacer nada, aunque muchos me tildaran de vago, o callejero… A mí me daba igual. Estaba a mi ritmo, disfrutando el no hacer nada acostado de espaldas en un pastizal con las manos entrelazadas detrás de la nuca, Jake estaba durmiendo sobre mi pecho después de un largo y merecido paseo que dimos toda la mañana hasta encontrar un buen lugar para descansar un rato mirando al cielo.
En algún punto, incluso me dormí con el Jake y todo era placer hasta que sucedió lo peor que puede suceder… El estómago me rugió como un león. Fue un rugido tan grande que hasta Hake se despertó y me miraba confundido como quien se pregunta si había sido yo o nos iríamos a morir... Bostecé, me estiré un poco, parpadeé despacio bajo el sol del mediodía y me senté ahí en el lugar con una amplia sonrisa que dibujaba la mitad de mi cara.
—Saapeee— dije aún despertando mientras rascaba mi nuca con la diestra —Deberíamos comer algo ¿No, Jake?— le pregunté a mi canino compañero acariciando detrás de sus orejas mientras este respondía entusiasmado moviendo la cola.
A unos pocos kilómetros más delante estaba el pueblo Coralito, un pintorezco pueblito, pequeño, con casas de madera y coloridas. El pueblo era aburrido, no había nada de especial en él, no obstante, allí había algo que no podía ignorar… Unas noches atrás había ido a jugar dados a una taberna bastante random y olvidable, donde un borracjo andaba jurando por su madre que allí había una taberna de un viejo algo holgazan y algo cascarrabias que preparaba la “Sopa del siglo”, lo que no se cansaba de repetir que era un plato legendario que preparaba ese viejo y solo abría cuando le venía en ganas y te preparaba el plato solo si se le apetecía. A decir verdad no parecía la gran cosa pero no podía ignorar que me llamaba la atención lo que decía y se veía un viejo divertido al parecer, si era cierto que solo hacía lo que quería cuando quería… El borracho seguía intenso, jurando y jurando que esa sopa era milagrosa y que con una cucharada, cualquiera podía sentir felicidad, alegría y experimentar la mayor riqueza en cuanto a sabor refiere… Suficiente para mí, mi hambre y curiosidad, de convencerme de querer probar la sopa del siglo.
Sin pensarlo mucho más le hice caso a la tripa y me levanté, volví a estirar un poco mientras rascaba mi nuca, saqué una goma de mascar del bolsillo que empecé a masticar y cargué a Jake en la mochila y eché a andar. En cuestión de un rato llegaríamos a Coralito… El hambre estaba, había que ver si la sopa del siglo también… Iba tranquilo, con mis botas de cuero, la bermuda de jean, y mi camisa de siempre con la capucha con orejas puesta, dejando que caigan algunos mechones rubios de flequillo sobre mi frente. La mochila en mi espalda con Jake, siempre, y el boken y la espada amarradas también en la espalda debajo de la mochila. Íbamos tranquilos, caminando sin prisa ni preocupación, mientras masticaba el chicle, sonriendo y con las manos en el bolsillo mientras la brisa de mediodía de verano apenas podía refrescarnos…
Sin embargo, el pueblo Coralito estaba más que desierto… No había comerciantes gritando precios, ni niños corriendo, ni gentes paseando. Las puertas de las casas estaban trabadas con barras de madera y las ventanas tenían las cortinas echadas. El pueblo parecía un cementerio abandonado donde ni animales andaban siquiera.
Hice una mueca de desentendimiento y miré hacia todos lados, pero no por miedo sino por pura curiosidad. Seguí el rastro del humo que salía de una chimenea al fondo del pueblo. El olor a caldo hirviendo, ajo tostado y especias de fuego se hacía cada vez más denso aunque yo no podía olerlo casi prácticamente, pero el entusiasmo de Jake me era la prueba necesaria para saber que allí se estaba cocinando algo genial…
A mitad de la calle principal, una sombra enorme se cruzó en mi camino mientras yo iba como si nada… Eran unos veinte hombres más o menos. Tenían botas de cuero pesado, hachas oxidadas y banderas con el emblema de una guadaña cruzada por un cráneo sangriento. Al frente iba un tipo alto como un arbol limonero, con los brazos llenos de cicatrices y una masa de hierro llena de púas apoyada sobre el hombro.
—¡Hey, tú!— exclamó el hombre del mazaso, tapándome el paso. —¿Acaso estás sordo, chiquillo? Dijimos que nadie sale de sus casas hasta que el alcalde entregue el cofre de berries y los suministros para la Tripulación de la Guadaña Roja.— dijo en un tono gruñón con algo de alardeo…
Ni siquiera me detuve. Pasé justo por el lado del tipo, rozándole el hombro sin mirarlo a los ojos, con la vista clavada en un letrero de madera con forma de pez que colgaba al final de la calle.
—Disculpa, viejo— le dije de forma tranquila levantando apenas la mano y desestimando la situación que me planteaba. —¿Sabes si ahí es donde venden la sopa del siglo? Es que venimos viajando de hace un rato y tenemos hambre sapeee— comenté calmo entre una suave risa mientras rascaba mi nuca…
El silencio que siguió fue absoluto. Los piratas se miraron entre sí, incrédulos. El capitán de la Guadaña Roja cerró el puño, apretando la madera de su arma hasta que le crujiaron los nudillos.
—¿Te estás burlando de mí?— rugió el capitán, dándose la vuelta. —¡Soy Kaz, el Picador de Carne! Mi recompensa es de cinco millones de berries. ¡Esta isla nos pertenece!— exclamó enojado.
Me detuve un segundo, incluso de mascar el chicle, me rasqué la nuca entornando los ojos como si intentara recordar algo importante y luego solté una carcajada limpia y contagiosa alegremente.
—Cinco millones… Saaape… Se debe comer bien rico con eso— dije volviéndome con una sonrisa inocente. —Escucha viejo me da igual quien manda aquí realmente, solo quiero comer la sopa del siglo, si no vas a comer ¿Te puedes correr a un lado? Tenemos hambre…— le dije un poco fastidiado por el hambre y queriendo llegar al local del letrero de pez…
—¡Maten a este idiota!— ordenó el capitán echando espuma por la boca.
Tres piratas se abalanzaron sobre mí blandiendo machetes. Saqué las manos de los bolsillos y rasqué mi nuca mientras suspiraba y sonreí algo emocionado al igual que Jake que lanzó un pequeño ladrido de aprobación. Cuando el primer corte cayó en diagonal buscando mi cuello, simplemente di un medio paso hacia atrás, dejando que la hoja cortara el aire a unos centímetros de mi nariz. El impulso del mugriento lo llevó hacia adelante, puse el pie derecho con astucia en su camino y el sujeto salió volando de cabeza contra un barril de manzanas.
El segundo pirata lanzó una estocada directa a mi pecho. Giré sobre mi propio eje con la gracia de un bailarín, esquivé el metal y le di un toque suave con el talón a su tobillo. El hombre perdió el equilibrio y terminó chocando de lleno contra su compañero.
—Vamos, viejo— dije mientras continué esquivando algunos hachazos entre giros e inclinaciones y avanzaba hacia la puerta del restaurante. —Es mediodía, a esta hora la gente deberíacomer y beber, no jugando con armas oxidadas… sapeee— comenté entre risas.
Di un salto hacia atrás usando mi boken para trabar las piernas de uno de los que me perseguía y me descolgué por la puerta batiente del local, dejando a los hombres tropezando entre ellos en la calle.
Por dentro, la taberna era oscura y olía a un glorioso guiso que a pesar de mi casi nulo olfato, podía sentirse, inundaba el ambiente. Detrás de la barra, un anciano con un parche en el ojo y una cicatriz que le atravesaba los labios revolvía un caldero gigantesco con una cuchara de madera del tamaño de un remo. Tenía un cuchillo de cocina enorme clavado en la tabla de cortar y ni siquiera parpadeó cuando entré.
—No hay servicio— gritó el viejo sin mirarme. —Los piratas bloquearon el puerto. Vete si aprecias tus dientes.— bramó el anciano.
—Un plato de sopa por favor— dije sentandome de un salto en un banco alto y apoyando mis codos en la barra con una mirada brillante. —Pagaré con trabajo si hace falta, o buenas historias— finalicé sonriente mientras tragaba mi goma de mascar y rascaba mi nuca.
El viejo se detuvo, miró mis manos, vio mi postura completamente relajada pese al caos de afuera, y suspiró.
—Es el último caldo de la temporada— rezongó el anciano. —Si los de afuera entran, se lo van a llevar todo.—
En ese instante, la puerta de madera saltó en mil pedazos. Kaz entró a la taberna derribando mesas a su paso. Su rostro estaba desencajado por la rabia. Detrás de él, diez de sus hombres rodearon el lugar, tapando las salidas.
—Se acabó el juego, mocoso— dijo Kaz, avanzando con el mazo en alto. —Te voy a destrozar aquí mismo. Y tú, viejo, entrega la despensa antes de que queme este antro.— pronunció un molesto y alterado grandulón.
Kaz levantó su enorme mazo de hierro y para demostrar autoridad, lo dejó caer con violencia contra la mesa donde descansaba el caldero principal. La madera se astilló y la gran olla de bronce tambaleó, derramando un chorro de caldo hirviendo sobre las brasas, levantando una nube de vapor denso y sofocante.
El vapor cubrió la escena por un segundo.
Cuando el aire se limpió, el ambiente en la taberna había cambiado por completo.
La atmósfera relajada de hace un segundo se evaporó. Yo ya no estaba sentado en el taburete. Aparecí de pie justo al lado de la caldera, sosteniendo la base de bronce con una sola mano para evitar que terminara de volcarse. Mi cara seguía siendo la misma, pero mis ojos... mis ojos celestes ya no tenían esa mirada perdida y risueña. Estaban fijos en Kaz con una claridad fría y peligrosa.
—Eso…— le dije en un tono bajo, cargado de molestia cortando el silencio en el lugar. —Era la comida— finalicé enojado dejando el caldero a salvo sin que se termine de desperdiciar del todo.
—¿Y a mí qué carajo me importa?— gritó Kaz, lanzando un martillazo horizontal directamente a mi cabeza.
Mi movimiento fue preciso, rápido y directo. No hubo pánico, no hubo tensión en mis músculos. Me agaché en el ángulo muerto del ataque, dejando que el mazo destruyera el mostrador a mis espaldas, y me deslicé por el suelo como un pez en el agua. En un abrir y cerrar de ojos, estuve de pie justo dentro de la guardia de Kaz.
El capitán pirata intentó retroceder, pero se dio cuenta de que ni siquiera podía ver mis movimientos. Yo no peleaba con rabia; peleaba con la precisión matemática de quien conoce cada centímetro del espacio a su alrededor.
Con un movimiento fluido, atrapé la muñeca pesada de Kaz, giré sobre mis caderas y usé la propia fuerza bruta del pirata para estamparlo de cara contra el suelo de madera. El impacto fue tan fuerte que las vigas del techo crujieron.
—¡A él! ¡Mátenlo! —gritaron los piratas restantes, lanzándose al mismo tiempo con lanzas y sables.
Ni me inmuté. La sombra de una sonrisa volvió a cruzar mi rostro, pero esta vez era una sonrisa de combate, la expresión de alguien que disfruta el ritmo de la danza.
Me moví entre las armas blancas como si el tiempo se hubiera desacelerado. Esquivaba un sablazo rozando la hoja con la tela de mi camisa; desviaba una lanza con el reverso de la mano y usaba el impulso para propinar una patada corta y seca al estómago del siguiente agresor. Cada uno de mis golpes era limpio, exacto, destinado a desarmar y derribar sin malgastar una sola gota de energía. No había posturas dramáticas ni gritos de guerra. Solo la eficacia absoluta de un peleador nato envuelto en un aura de calma imperturbable.
En menos de dos minutos, ocho piratas yacían inconscientes sobre los escombros de las mesas.
Kaz se levantó como pudo, sangrando por la nariz y sujetándose el brazo lesionado. Me miró con pánico. Yo estaba parado en medio del caos, sin una sola gota de sudor en la frente, con la camisa acomodada y las manos de nuevo en los bolsillos.
—¿Quién... quién demonios eres?— balbuceó el capitán pirata, retrocediendo hacia la salida destruida. —¿Eres un marino? ¿Un cazador de recompensas?— cuestionó incrédulo.
Ladeé la cabeza, confundido por la pregunta mientras rascaba mi nuca un instante.
—¿Marina? No viejo, que pereza— contesté asombrado echando a reír. —Solo soy un pirata con hambre y al parecer, ustedes arruinaron el almuerzo de todos— le dije volviendo a recordar lo molesto que resultaron.
Kaz intentó levantar el mazo por última vez con el brazo que le quedaba sano, dando un grito desesperado. No esperé. Di un paso explosivo hacia adelante, acortando la distancia en una fracción de segundo. Mi boken impactó de lleno en el mentón del gigante con la fuerza de un martillazo en un espadazo lateral. El impacto levantó un sonido seco y fuerte en la habitación. Kaz salió disparado hacia atrás, atravesó la pared de madera del restaurante, voló por encima de la calle principal y cayó con un estruendo brutal directamente en esta.
Los pocos piratas que quedaban en pie afuera miraron a su capitán noqueado, miraron la pared destruida de la taberna y salieron corriendo a toda prisa, arrastrando a los caídos y para huir al puerto a toda velocidad.
El silencio volvió a adueñarse del pueblo Coralito. Poco a poco, las ventanas de las casas empezaron a abrirse. Los aldeanos asomaban la cabeza, incrédulos al ver a la peligrosa Tripulación de la Guadaña Roja huyendo a toda prisa de un solo hombre.
Dentro del local, el polvo comenzaba a asentarse. Miré a mi alrededor, vi el desastre de madera rota y luego me volví hacia el viejo cocinero, que seguía de pie junto al caldero con la cuchara de madera en la mano, con la boca ligeramente abierta.
—Saapeee— dije echando a reír y esbocé mi típica sonrisa relajada y despreocupada, rascándome la nuca con algo de vergüenza. —Oiga viejo…— le dije señalando el tazón que estaba sobre la barra intacto por esas casualidades. —Creo que en la olla queda algo de sopa aún… ¿Será que pueda probar la sopa del siglo? Todavía puedo trabajar para pagar la comida y la pared que se rompió con el gordo— le dije inocentemente con una amplia sonrisa mientras rascaba mi nuca.
El anciano miró el boquete en su pared, me miró a mí nuevamente, al joven pirata que no pedía recompensas, ni agradecimientos, ni buscaba hacerse el héroe ante la multitud que ya empezaba a agolparse en la calle para vitorearme. Solo era un sujeto libre, guiado por mi propio instinto y mi amor por las cosas simples de la vida y una buena sopita.
El cocinero soltó una carcajada rasposa, la primera en diez años, y dejó caer la gran cuchara dentro del caldo.
—Si me ayudas a limpiar esta mugre, te sirves todo el caldero— dijo el viejo, sirviéndome un tazón humeante y denso que olía a gloria marina. —Y más te vale que te guste, mocoso.— espetó finalmente. Me senté en el único taburete que había quedado en pie, agarré las cucharas con una alegría infantil y lancé un grito de victoria antes de dar el primer bocado.
Afuera, el sol del brillaba con fuerza y la brisa marina traía consigo el olor a sal y a libertad. Para mí, el día apenas comenzaba, y el mar todavía tenía miles de islas, peleas divertidas y platillos increíbles esperándome en el horizonte.
Finn y Jake
Karmas
![[Imagen: 4ZOZ7IA.jpeg]](https://i.imgur.com/4ZOZ7IA.jpeg)
~Pensamiento~—Hablar—
![[Imagen: PuthOpc.gif]](https://i.imgur.com/PuthOpc.gif)
