06-09-2026, 04:10 PM
(Última modificación: 07-09-2026, 12:00 PM por Nostariel Eruriel.
Razón: Falta de fecha
)
Día 44 de verano, año 18.
La tarde caía en la isla Karate, derramando unos haces rojos de sol a través de los altos bambúes del bosque. La actividad del día comenzaba a dar paso a la vida nocturna, más animada en parte que los tediosos trabajos y estudios del día. También es la hora del día en la que los bajos fondos comienzan su mayor actividad amparados por la cada vez menor luz solar. El amparo de la noche da para otras muchas actividades, y esta era una de esas, una destinada a menguar las actividades delictivas. No solo las actividades aparentes, si no las que se podrían llegar a dar en el futuro. Y es que los piratas no eran la mayor amenaza para el orden, sino los revolucionarios. Ese grupo que pretendía defender la libertad de la gente del pueblo, haciéndole daño por el camino y sin saber si esa era la preferencia de ese pueblo. Lo había aprendido hace mucho y no lo olvidaría jamás, el orden actual, el proporcionado por el gobierno era el único que podía mantener la paz, sin aprisionar al pueblo en odios innecesarios y sin sufrimientos. Y por ello uno de mis objetivos era que no le pasara a ningún niño más lo que me había pasado a mi de joven.
El vestido rojo que me había puesto era todo lo espectacular que podía ser, debía ser la elegida por cualquier medio, y en este caso enseñar de más sería la actuación ideal, y más porque a mi me importaba poco hacerlo. Si hubiera sido otra, más recatada o lo que fuera, las cosas igual tenía que haberlas enfocado de otra forma, pero ¿para qué me iba a preocupar por eso ahora? Mi objetivo estaba claro, ser la elegida durante el baile para acompañar a aquel hombre, el hombre que pretendía liberar la isla. El hombre que ahora organizaba un concurso para buscarse una pareja nueva como cada fin de semana. Si solo fuera eso puede que tampoco fuera para tanto, pero es que esas chicas no volvían a aparecer, terminaban como si la tierra se las tragara. La selección se hacía en un bar vinculado con el ejército revolucionario a las afueras de la ciudad. Y para mi sorpresa había una buena cantidad de chicas esperando. Algunas compartían los ideales, otras no tenían otro sitio donde ir o querían dejar una vida de mierda atrás.
El local al que entré era un tugurio normalucho, sin nada que lo hiciera destacar sobre el resto de esa zona, hasta que comenzaron estos bailes, que lo hacían llenarse por curiosidad. Esta noche estaba realmente lleno y más de la mitad eran mujeres, me iba a tocar esforzarme mucho. O no, la verdad es que la cantidad era grande, pero la calidad no era para tanto. Y muchas ni se habían preparado para aquello con ropas normales o muy tapadas. No podía arriesgarme, de todas formas, así que invité a unas todas de más a las candidatas que me parecían ser las rivales más duras. Con ellas borrachas, y las otras de pobre apariencia cuando llegó la hora no fueron rivales. Mi baile no era el mejor de todos, pero, que al final terminara en ropa interior, preparada para llamar la atención, unido a la competencia borracha, y la menos agraciada, no tuve oposición alguna. De la trastienda salió un hombre alto y bastante ancho que tras dar un poco de expectación a la elección terminó por llamarme. Yo ni siquiera me había vuelto a vestir, cuando me encaminé hacía él. Se hizo a un lado cuando llegué y me indico que me dirigiera hacía la trastienda.
Atravesé la tela con gracia para encontrarme en una pequeña sala donde había una cocina y unas escaleras, a las cuales me guiaron. Sin exigencias, todo con mucha amabilidad, al menos hasta que bajamos las escaleras llegando a la bodega. Allí movieron un tonel que daba acceso a un túnel, ahí se terminó la amabilidad, hasta la conversación, dando lugar a una caminata seca y pesada. El túnel estaba bien construido, habían invertido bastante en él, puede que no solo para estos días sino como una ruta de escape, o puede que también como ruta de contrabando. Por el momento no parecía tener ramificaciones, así que supuse que solo tenía dos entradas, pero era posible que estuvieran ocultas como la de la taberna. Hubiera esperado que se mantuvieran un poco más las apariencias, pero ni siquiera me permitieron parar a ponerme el vestido cuando lo pedí porque tenía frío. Es más, ni siquiera articularon palabra, solo gruñeron y me empujaron para seguir. Tardamos casi una hora en llegar al otro extremo del túnel, que también tenía una entrada oculta. No llegamos a un sótano como había esperado, sino a una habitación a pie de calle que parecía un almacén.
Habíamos llegado casi a la otra punta, a la zona residencial, estábamos en una casa de buen tamaño con patio propio. Ahora ya todo iluminado con lámparas, hacía que el ambiente nocturno inundara todo. Me llevaron atravesando el patio hacia una habitación en el segundo piso. Las escaleras estaban en el mismo patio, no pude ver como era la primera planta, pero la habitación en la que me dejaron estaba vacía. Mejor para mí, así me podía preparar para lo que estaba por venir. Por suerte no habían revisado nada y mi daga seguía guardada en el vestido que me había quitado. No me dijeron cuanto tiempo, solo que debía de esperar allí. Con eso en mente comencé con los preparativos, llenando la habitación con mis esporas venenosas. No serían mortales, pero me darían margen de maniobra, tanto para el combate como para la negociación. Si podía atraparlos con vida sería lo mejor, puede que así el gobierno pudiera sacarle más información de la que yo podría. Eso sin duda sería lo mejor, con ello además seguro que mi reputación subiría más que si simplemente acabara con ellos.
La espera fue lo peor, al principio con curiosidad miré todo lo que había en la habitación, dentro del armario, los cajones, pero pronto lo nuevo acabó, solo me quedaba esperar mirando por la ventana. El vaivén de gente en el patio era poco, seguramente una patrulla. No sabía cuántos revolucionarios podía haber, puede que solo los dos guardias que me trajeron, los dos de patrulla y el jefe, o puede que más. Demasiados para poder con ellos a la vez, la mejor opción era pillar al líder y usarlo para que los otros se rindieran. O al menos debía funcionar si un grupo unido, si no, pues tocaría lidiar con todos, aunque al menos podría acabar con un par antes de tener que huir o caer.
A media noche, cuando ya apenas me conseguía mantener despierta, la puerta se abrió de golpe y entró un hombre tan alto como yo, ancho y con un olor a alcohol que parecía se iba a incendiar en cualquier momento. Era bastante feo, puede que ese fuera el motivo de no presentarse a las competiciones y montar todo ese espectáculo. Se acercó tambaleándose hacía donde estaba, con una morbosa sonrisa cada vez mayor según me iba pudiendo ver mejor al acercarse. Moví las manos haciendo que una ráfaga de esporas le impactara como quien tira purpurina, que lo dejó por instante descolocado. No sabía que había pasado, a fin de cuentas estaba tan borracho que pudo incluso entender que le abría los brazos.
Cuando llegó a mi lado ya se le caía hasta baba de la comisura de los labios y movía sus ojos por todo mi cuerpo de forma lasciva. Cuando se abalanzó finalmente con las manos extendidas no me fue difícil apartarme y hacer que terminara cayendo en la cama. El sonido hizo que un guardia se asomara por la puerta, luego volviera a ocultarse. Parece que ver a su jefe medio desnudo tirado en la cama no era plato de buen gusto. O que estuviera ya acostumbrado a verlo así y al verme tan inofensiva no se preocupara. A fin de cuentas, si estaba allí se suponía que era porque quería estarlo.
Un error de cálculo que le costaría todo. Cuando volvió a asomarse al no escuchar los ruidos que en teoría debía de escuchar su ojos se abrieron como platos. Me encontró a espaldas de su jefe, con la daga apuntando a su cuello y una gran sonrisa en la cara. Llamó a gritos al resto, otros seis revolucionarios. Alguno más de los que había imaginado, pero estaban donde yo quería. Les expliqué la situación con cuidado, haciendo hincapié en el veneno y en la daga en el cuello de su líder. Lo que más los asustó fue la parte del veneno, y aún más cuando notaron que era verdad. El veneno era débil aún y no los mataría, pero no lo sabían. La promesa del antídoto hizo que se rindieran y se ataran entre ellos.
Solo quedaba llamar al gobierno para que se encargaran de ellos, por suerte sabía dónde estaban los marines, al menos una de ellas, ya que vivía con ella. Me regaño en cuanto me vio, ya con el vestido puesto, pero se alegró mucho por la captura que se había logrado. No sería mi forma de entrar, pero seguían siendo méritos para mi futuro.
La tarde caía en la isla Karate, derramando unos haces rojos de sol a través de los altos bambúes del bosque. La actividad del día comenzaba a dar paso a la vida nocturna, más animada en parte que los tediosos trabajos y estudios del día. También es la hora del día en la que los bajos fondos comienzan su mayor actividad amparados por la cada vez menor luz solar. El amparo de la noche da para otras muchas actividades, y esta era una de esas, una destinada a menguar las actividades delictivas. No solo las actividades aparentes, si no las que se podrían llegar a dar en el futuro. Y es que los piratas no eran la mayor amenaza para el orden, sino los revolucionarios. Ese grupo que pretendía defender la libertad de la gente del pueblo, haciéndole daño por el camino y sin saber si esa era la preferencia de ese pueblo. Lo había aprendido hace mucho y no lo olvidaría jamás, el orden actual, el proporcionado por el gobierno era el único que podía mantener la paz, sin aprisionar al pueblo en odios innecesarios y sin sufrimientos. Y por ello uno de mis objetivos era que no le pasara a ningún niño más lo que me había pasado a mi de joven.
El vestido rojo que me había puesto era todo lo espectacular que podía ser, debía ser la elegida por cualquier medio, y en este caso enseñar de más sería la actuación ideal, y más porque a mi me importaba poco hacerlo. Si hubiera sido otra, más recatada o lo que fuera, las cosas igual tenía que haberlas enfocado de otra forma, pero ¿para qué me iba a preocupar por eso ahora? Mi objetivo estaba claro, ser la elegida durante el baile para acompañar a aquel hombre, el hombre que pretendía liberar la isla. El hombre que ahora organizaba un concurso para buscarse una pareja nueva como cada fin de semana. Si solo fuera eso puede que tampoco fuera para tanto, pero es que esas chicas no volvían a aparecer, terminaban como si la tierra se las tragara. La selección se hacía en un bar vinculado con el ejército revolucionario a las afueras de la ciudad. Y para mi sorpresa había una buena cantidad de chicas esperando. Algunas compartían los ideales, otras no tenían otro sitio donde ir o querían dejar una vida de mierda atrás.
El local al que entré era un tugurio normalucho, sin nada que lo hiciera destacar sobre el resto de esa zona, hasta que comenzaron estos bailes, que lo hacían llenarse por curiosidad. Esta noche estaba realmente lleno y más de la mitad eran mujeres, me iba a tocar esforzarme mucho. O no, la verdad es que la cantidad era grande, pero la calidad no era para tanto. Y muchas ni se habían preparado para aquello con ropas normales o muy tapadas. No podía arriesgarme, de todas formas, así que invité a unas todas de más a las candidatas que me parecían ser las rivales más duras. Con ellas borrachas, y las otras de pobre apariencia cuando llegó la hora no fueron rivales. Mi baile no era el mejor de todos, pero, que al final terminara en ropa interior, preparada para llamar la atención, unido a la competencia borracha, y la menos agraciada, no tuve oposición alguna. De la trastienda salió un hombre alto y bastante ancho que tras dar un poco de expectación a la elección terminó por llamarme. Yo ni siquiera me había vuelto a vestir, cuando me encaminé hacía él. Se hizo a un lado cuando llegué y me indico que me dirigiera hacía la trastienda.
Atravesé la tela con gracia para encontrarme en una pequeña sala donde había una cocina y unas escaleras, a las cuales me guiaron. Sin exigencias, todo con mucha amabilidad, al menos hasta que bajamos las escaleras llegando a la bodega. Allí movieron un tonel que daba acceso a un túnel, ahí se terminó la amabilidad, hasta la conversación, dando lugar a una caminata seca y pesada. El túnel estaba bien construido, habían invertido bastante en él, puede que no solo para estos días sino como una ruta de escape, o puede que también como ruta de contrabando. Por el momento no parecía tener ramificaciones, así que supuse que solo tenía dos entradas, pero era posible que estuvieran ocultas como la de la taberna. Hubiera esperado que se mantuvieran un poco más las apariencias, pero ni siquiera me permitieron parar a ponerme el vestido cuando lo pedí porque tenía frío. Es más, ni siquiera articularon palabra, solo gruñeron y me empujaron para seguir. Tardamos casi una hora en llegar al otro extremo del túnel, que también tenía una entrada oculta. No llegamos a un sótano como había esperado, sino a una habitación a pie de calle que parecía un almacén.
Habíamos llegado casi a la otra punta, a la zona residencial, estábamos en una casa de buen tamaño con patio propio. Ahora ya todo iluminado con lámparas, hacía que el ambiente nocturno inundara todo. Me llevaron atravesando el patio hacia una habitación en el segundo piso. Las escaleras estaban en el mismo patio, no pude ver como era la primera planta, pero la habitación en la que me dejaron estaba vacía. Mejor para mí, así me podía preparar para lo que estaba por venir. Por suerte no habían revisado nada y mi daga seguía guardada en el vestido que me había quitado. No me dijeron cuanto tiempo, solo que debía de esperar allí. Con eso en mente comencé con los preparativos, llenando la habitación con mis esporas venenosas. No serían mortales, pero me darían margen de maniobra, tanto para el combate como para la negociación. Si podía atraparlos con vida sería lo mejor, puede que así el gobierno pudiera sacarle más información de la que yo podría. Eso sin duda sería lo mejor, con ello además seguro que mi reputación subiría más que si simplemente acabara con ellos.
La espera fue lo peor, al principio con curiosidad miré todo lo que había en la habitación, dentro del armario, los cajones, pero pronto lo nuevo acabó, solo me quedaba esperar mirando por la ventana. El vaivén de gente en el patio era poco, seguramente una patrulla. No sabía cuántos revolucionarios podía haber, puede que solo los dos guardias que me trajeron, los dos de patrulla y el jefe, o puede que más. Demasiados para poder con ellos a la vez, la mejor opción era pillar al líder y usarlo para que los otros se rindieran. O al menos debía funcionar si un grupo unido, si no, pues tocaría lidiar con todos, aunque al menos podría acabar con un par antes de tener que huir o caer.
A media noche, cuando ya apenas me conseguía mantener despierta, la puerta se abrió de golpe y entró un hombre tan alto como yo, ancho y con un olor a alcohol que parecía se iba a incendiar en cualquier momento. Era bastante feo, puede que ese fuera el motivo de no presentarse a las competiciones y montar todo ese espectáculo. Se acercó tambaleándose hacía donde estaba, con una morbosa sonrisa cada vez mayor según me iba pudiendo ver mejor al acercarse. Moví las manos haciendo que una ráfaga de esporas le impactara como quien tira purpurina, que lo dejó por instante descolocado. No sabía que había pasado, a fin de cuentas estaba tan borracho que pudo incluso entender que le abría los brazos.
Cuando llegó a mi lado ya se le caía hasta baba de la comisura de los labios y movía sus ojos por todo mi cuerpo de forma lasciva. Cuando se abalanzó finalmente con las manos extendidas no me fue difícil apartarme y hacer que terminara cayendo en la cama. El sonido hizo que un guardia se asomara por la puerta, luego volviera a ocultarse. Parece que ver a su jefe medio desnudo tirado en la cama no era plato de buen gusto. O que estuviera ya acostumbrado a verlo así y al verme tan inofensiva no se preocupara. A fin de cuentas, si estaba allí se suponía que era porque quería estarlo.
Un error de cálculo que le costaría todo. Cuando volvió a asomarse al no escuchar los ruidos que en teoría debía de escuchar su ojos se abrieron como platos. Me encontró a espaldas de su jefe, con la daga apuntando a su cuello y una gran sonrisa en la cara. Llamó a gritos al resto, otros seis revolucionarios. Alguno más de los que había imaginado, pero estaban donde yo quería. Les expliqué la situación con cuidado, haciendo hincapié en el veneno y en la daga en el cuello de su líder. Lo que más los asustó fue la parte del veneno, y aún más cuando notaron que era verdad. El veneno era débil aún y no los mataría, pero no lo sabían. La promesa del antídoto hizo que se rindieran y se ataran entre ellos.
Solo quedaba llamar al gobierno para que se encargaran de ellos, por suerte sabía dónde estaban los marines, al menos una de ellas, ya que vivía con ella. Me regaño en cuanto me vio, ya con el vestido puesto, pero se alegró mucho por la captura que se había logrado. No sería mi forma de entrar, pero seguían siendo méritos para mi futuro.

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