[FIC] La palabra que no conocia
#1
La palabra que no conocia
Birka y Shandora, Skypiea


Algunas veces la vida da giros tan inesperados que nos dejan todo de cabeza… Y tal vez era por los tragos que había tomado hacía un par de días en las gradas, o por aquella noche entera que estuvo en el cielo girando para dominar un poco más del Hasshoken, pero lo que era seguro era que se encontraba agotado. Un cansancio viejo, de los que no se quitan durmiendo.

Su respiración se agitó por un instante, y aquello hizo que Silencio, quien dormía sobre su regazo, protestara al aire por el simple hecho de ser levantado, como exigiéndole al burro que aún no podían levantarse. Zhang movió la mano con delicadeza y acarició a su pequeño amigo, que lo había acompañado en Birka a entrenar toda la noche y que ahora se cobraba el sueño perdido.

Antes de abrir el ojo, ya estaba escuchando. Lo hacía siempre, desde hacía tantos años que ni siquiera recordaba haberlo decidido; primero el mundo, después la vista. Escuchó las aves en el cielo, y aunque aquel sonido no era muy diferente al de abajo, agradeció la simpleza del momento.

La luz se colaba por la ventana de aquella vivienda que les habían otorgado para pasar la semana, y al igual que al burro, parecía que todos estaban aprovechando la estadía en el lugar, pues pese a haber pasado ya la hora del almuerzo, nadie parecía estar en casa.

¿Era eso su casa? Recordó por un instante el Wu Wei, y pensó que, de ser posible, tenía que acercarse a verlo con sus propios ojos, para prevenir o repararlo en caso de ser necesario. Un barco al que nadie visita se estropea más rápido que uno que navega, y aquel velero llevaba demasiados días amarrado. ¿Aquello era su hogar? Últimamente las definiciones se mezclaban en su cabeza de burro, pero como siempre, la respuesta parecía algo más sencilla de lo que él la estaba haciendo.

Esperó un poco mientras Silencio terminaba de desperezarse, para dar por empezado el día. El sol ya había perdido lo peor de su fuerza, y pronto comenzaría a dormir. En aquellas alturas, la noche parecía el lugar adecuado para él, fuera de las banalidades de la vida que a veces nos retrasan.

Decidió estirar un poco el cuerpo, y aquello fue un concierto entero: el cuello, la espalda y las rodillas eran todo un desastre, y cada articulación parecía tener su propia queja que presentar. Pero la vida seguía, y no podía convertirse en un viejo perezoso.

Respiró hondo un par de veces, intentando despejar la mente. En el cielo el aire era más fino que abajo, y para llenarse el pecho había que ir a buscarlo más adentro, desde el vientre; una molestia a la que aún no se acostumbraba del todo. Y aunque el cuerpo le dolía con cada movimiento, el haber logrado aprender algo nuevo le dotaba la mañana de una alegría tonta. ¿Qué más podría depararle aquella isla sobre las nubes?

Se arregló de inmediato y, tras un baño rápido para limpiar el cuerpo, optó por comer algunas de las sobras que habían quedado de la noche anterior; total, era algo comestible, y en aquella tripulación todo se aprovechaba. Silencio, por su parte, optó por un par de bananas de Mahou, robadas con una discreción que no engañaba a nadie, para empezar el día de la mejor forma posible.

Aquel fue el inicio del tercer día en la isla, marcado por el cansancio del cuerpo y por el anhelo de conocer algo nuevo. Llevaba días pensando en buscar algunas provisiones antes de marcharse del lugar, ya que, según palabras de aquel shichibukai, no tendrían mucho tiempo, y por esto necesitaba empaparse un poco de sus conocimientos.

Por eso se encontraba andando con su habitual paso lento, con su pequeño compañero sobre el hombro, camino a Shandora; pues de acuerdo con las malas lenguas, allí encontraría algunas medicinas que serían buenas para incluir en su botiquín. Y por qué no, tal vez encontraría también algunas plantas para el invernadero, y aumentaría así la variedad de especies que había en él.

Mientras caminaba por aquellas calles, las personas, el oro, las plantas, todo se movía con la cotidianidad de una ciudad, y tal vez lamentó haber tenido algún tipo de expectativa diferente. Al final era un pueblo, y pese a estar sobre las nubes, era algo del día a día; aunque eso sí, algunas cosas nunca se encontrarían en el mar. Movió las orejas, alerta al bullicio de los hombres.

Los problemas de los ángeles también eran mundanos. Una deuda que alguien no pensaba pagar, un padre regañando a un hijo por lo mismo de siempre, dos mujeres discutiendo el precio de una tela. Zhang se alegró entonces por su vida de pirata, pues al final nunca terminaba por aburrirse ni por caer en los problemas de otros; y sin quererlo, compró una bolsa de maní. Aquella mujer parecía cansada por los años, y su burro interior le decía que le ayudase.

Una persona en la acera, una mala palabra, o el chisme de la esquina. Zhang se encontraba acostumbrado a depender de su oído, tanto que a veces cerraba el ojo para dejarse invadir por él, pero no era el momento adecuado. Lo abrió mientras paraba en seco, y algunas personas pasaron corriendo con objetos entre los brazos. Allí, en la plaza de Shandora, todo parecía sumamente caótico.

Tras observar su lista por un instante, entendió que aún le faltaban otros materiales para irse, por lo que, dándose la vuelta, comenzó a recorrer el lugar desde otro ángulo. Otro callejón. Seguro que allí podría encontrar todo lo que necesitaba.

Y fue mientras caminaba cuando algo le apretó el pecho. No fue un ruido, ni una voz, ni nada que pudiera nombrar; simplemente levantó la cabeza hacia un punto del cielo donde todavía no pasaba nada, y un instante después empezaron los gritos. Una persona volaba sobre ellos con demasiadas cosas entre las manos, y una de las cajas se le fue.

Incluso allí, en las nubes, había gente capaz de armar un alboroto sin proponérselo. Pero justo antes de que aquella caja lastimara a un par de viejitas que vendían sus cosas, el burro se acercó a gran velocidad para interponerse, y tras evitar el golpe, ayudó al muchacho a terminar de llevar su encargo.

Qué difícil era a veces ser un burro volador de nieve, pensó Zhang mientras se alejaba del centro de la plaza. ¿Tal vez debería haber dejado que aplastaran a las viejitas? Y pensándolo solo por un instante, soltó una risita corta, de esas que le salían por la nariz como un relincho contenido, por lo que acababa de pasarle por la cabeza.

Llegaron a un local que quedaba varios metros por encima de los demás y que, aunque parecía algo elegante y costoso, Zhang comenzó a ojear entero llevado por su curiosidad innata. Y allí fue donde escuchó por primera vez la palabra que marcaría su trayectoria por las nubes: Haki.

El joven al que había ayudado comenzó a hablar en una lengua extraña, sin tener idea de que aquel burro chismoso había escuchado tantas lenguas a lo largo de su vida que ahora le resultaba difícil no entenderle a nadie. Era algo innato en él; sabía leer y escuchar a las personas, o al menos esa era la excusa que se contaba a sí mismo cuando, pese a estar en otro idioma, lograba entenderlo todo.

—Este burro del mar azul me ayudó, te lo juro, pa. Casi mato a la viejita. De no ser porque este men tiene Juaki de ese del que todo lo ve, te lo juro, pa, era igual que el de Kaelith.

Decía. Y motivado por las palabras del chico, decidió acercarse para conversar, pero ellos no le entendieron; y aunque intentó realmente comunicarse, no logró sacar mucho más, o quizá los pequeños lo habían ignorado sin más. Y aunque se marchó de allí sin comenzar ningún tipo de debate, algo en el pecho le apretaba cada vez que recordaba las palabras del alado.

"Que este men tiene Juaki de ese del que todo lo ve, te lo juro, pa, era igual que el de Kaelith."

Dos palabras que no conocía. Y la sensación, muy vieja y muy suya, de que ya sabía la respuesta antes de haber hecho la pregunta. ¿Por qué le daba tanta curiosidad?

El camino de vuelta a Birka se le hizo más corto de lo que era. Zhang subía despacio, como subía siempre, pero la cabeza se le había quedado allá abajo, entre el ruido de la plaza. Dos palabras. Una era el nombre de alguien y la otra no era nada que él supiera nombrar.

Y mientras caminaba, sin proponérselo, empezó a mirar hacia atrás. Aquella tarde había levantado la cabeza hacia un pedazo de cielo donde todavía no pasaba nada, y la caja había caído después. No lo había pensado. Simplemente miró.

Zhang se detuvo en mitad del sendero. Soltó un rebuzno corto, y golpeó el suelo con su pezuña una vez. Silencio, en el hombro, ni se inmutó; llevaba años oyéndolo hacer eso.

—Hmmm… —fue todo lo que dijo el viejo burro, y siguió andando.

Porque no sabía qué era aquello, pero por primera vez en cincuenta y tantos años sabía que era algo. Algo que tenía nombre, que otra gente entrenaba en patios abiertos, y que él llevaba media vida usando a ciegas mientras lo llamaba suerte.

Cuando llegó a la vivienda ya era de noche. Bai y Mahou no estaban, aunque se notaba que habían pasado por allí: un morral abierto, una taza sin recoger, y la mitad de las bananas que Silencio no había alcanzado por la mañana. Zhang no las esperó despierto. 

Mañana bajaría otra vez a Shandora. Y preguntaría por ese tal Kaelith.
Zhang Guolao
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#2
Shandora era una exageración. Había oro en las puertas, en la ropa y hasta en los dientes de la gente; brillaba tanto que a Zhang le fastidiaba la vista. Caminó despacio, como siempre, mirando la piedra vieja del piso mientras avanzaba, para no encandilarse.

Preguntó por Kaelith tres veces en la calle y las tres le respondieron igual: una mirada de reojo, un gesto con la cabeza hacia la parte alta de la ciudad… y esa voz bajita que usa la gente cuando habla de un tipo peligroso.

A Zhang le basto con eso y empezó a subir. Le costó bastante; aunque no quisiera admitirlo, la humedad lo tenía jodido de las rodillas, y esta ciudad estaba hecha para tipos con alas, no para viejos que caminan.

Dio con el lugar por el olor a tabaco negro que apestaba el aire. Entró a un patio destapado donde unos doce muchachos alados entrenaban golpes al mismo tiempo, sincronizados de una forma que daba grima. Y justo en medio, el tipo. Cuatro metros y medio de lunarian, alas negras y guantes blancos. Un gigante que, sin duda, ocupaba más espacio del que debía.

Zhang se quedó a una distancia prudente para no interrumpir la clase. Pero no tuvo ni que hablar…

—Cargas el peso a la izquierda, y llevas así un buen rato —Le murmuro Kaelith, mientras le echaba humo—. Y traes un mono encima que lleva tres intentos de robar algo desde que pisaste el patio.

Silencio, por supuesto, se quedó quieto de golpe, como si entendiera las palabras de aquel hombre alado que estaba frente a ellos, Zhang por su parte, tragó saliva.

—Hmmm… ¿Cómo lo supo? —preguntó el mink, con su voz rasposa.

Kaelith se giró por fin. Lo escaneó de arriba abajo y se detuvo un segundo en su ojo ciego.

—Kenbunshoku —soltó de golpe, directo al grano—. Haki de observación. No se ve, no se oye y no se toca. Se siente la voluntad de las cosas mucho antes de que hagan algo. Media isla entrena esta mierda. Que no lo sepas dice mucho de ti.

El viejo burro se quedó callado. Aquello le sonaba… le sonaba a algo, aunque todavía no sabía a qué.

—Y no te lo voy a enseñar —siguió el lunarian, tan fresco como si diera la hora—. Tu oído es una simple muleta. Llevas media vida usándolo para escuchar el ruido, y por eso nunca vas a oír la verdadera voz de las cosas. Tienes medio siglo de vida,  y más, un solo ojo. Yo entreno a gente que sirve para algo, no pierdo mi tiempo con vagabundos de sombrero de paja.

Zhang pensó que, tal vez por primera vez en años, alguien estaba a nada de sacarlo de sus casillas. Pero recordó que el jefe de la isla les había dado siete días con una condición muy clara. Armar un pleito aquí arriba dejaría a Bai y a Mahou durmiendo en la calle. Así que se tragó el orgullo, pues al final no podía pelear y tampoco quería.

—Hmmm… Le agradezco, señor Kaelith —dijo, haciendo una reverencia que le dolió en la espalda—. Llevaba cincuenta años usando esta muleta sin saber cómo se llamaba. Por lo menos ya sé por qué preguntar. Y lo decía en serio, aunque su voz se cortaba un poco de la rabia.

Eso descolocó a Kaelith... Aquel gigante se quedó con el cigarro entre los labios, y aunque intentaba buscar alguna forma de seguir burlándose del burro, al final no logro forma de hacerlo... Un hombre sabe qué hacer si le ruegan o le pelean, pero que le den las gracias después de aquellas palabras, era algo que realmente no entendía, era otra historia.

Zhang dio media vuelta y empezó a bajar, mientras Silencio no hacía un solo ruido en todo el camino.

A mitad de la loma, el viejo burro se detuvo, soltó un rebuzno y golpeó el piso con su pezuña, haciendo que un poco de tierra flotara del suelo. Le ardía el orgullo, sí, un poco… Pero ya tenía una palabra nueva, y antes de irse de aquella isla pensaba averiguar qué significaba.
Zhang Guolao
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