Sintonía [PA|Fic | II]
#1
Día 3, Año 18.
Primavera.
En algún lugar de Skypiea.


De pronto, el dolor físico pareció alejarse, volviéndose distante y dando paso a un embriagamiento que apenas conocía. Era la ira inundándole las venas. Sin embargo, no era un enfado ciego lo que sentía, sino la menis de la que tanto su padre le había hablado.

«Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males».

Con la fuerza de una epifanía, aquellos versos grabados en algún recóndito lugar de su memoria aparecieron en su mente tan pronto como el sufrimiento terminó por volverse ajeno; por fin aquella palabra cobraba el verdadero sentido físico que su lógica siempre había anulado. Y es que la menis nunca había sido solo un gesto de indignación. Pensar eso había sido una falacia de categoría —pues, ¿cómo ella, una amante del conocimiento, había sido tan estúpida como para considerar que la ira solo podía ser algo mundano?—. Y es que, por culpa de ese error, aunado a su gélida racionalidad, el desprecio hacia la visceralidad de la emoción la había apartado del respeto hacia esta misma. Consecuentemente, al negarse ese respeto, se había negado también el espacio y la distancia necesaria para permitir que la fuerza antigua de la  menis —la misma que habitaba en los cantos de los primeros héroes— animara y vivificara los miembros dormidos de un guerrero tan nefasto como ella misma se consideraba. 

Sin embargo, al entender que el error no estaba en sentir la ira, sino en la forma en que había intentado controlarla, justo en ese momento, igual que un torrente de energía pura, un diminuto acto espiritual precedió al despertar absoluto de un gesto heroico.

Si bien el dolor de los impactos había sido una señal de que su cuerpo se estaba rompiendo, tras la revelación del verdadero significado de la ira, todo había cambiado. El sufrimiento, aun siendo un maestro severo, le acababa de enseñar que podía integrarla en un nexo estable entre el entorno y su intelecto. Aun así, para lograrlo, antes debía dejar de luchar contra los golpes y abandonar una racionalidad inútil que solo la tensionaba; tenía que empezar a usar su mente de otra forma.

«...y al momento se retiró de los suyos llorando, y se sentó lejos, a la orilla del espumoso mar, mirando al violento ponto».

La venda de sus ojos empezaba a humedecerse por las lágrimas ocultas tras ella; en medio de la más absoluta oscuridad, al igual que el héroe del cantar, Bai buscaba desesperadamente replegarse en su interior y encontrar la soberanía del silencio más absoluto. Sin embargo, su mente no dejaba de gritar. Todo porque su cabeza procesaba muchísimo más rápido de lo que ella misma podía imponerse al pensamiento. Por eso, aunque su voluntad de cambio era fuerte, seguía sintiéndose atrapada en una tormenta de ideas, asfixiada por un mecanismo obsesionado con proyectar límites y estructuras lógicas sobre un cuerpo mortal que solo sabía sangrar

Respiró hondo.

La brutalidad de los golpes, ese primitivo y vasto contacto con la realidad que ocurría bajo el yugo de sus sentidos más pueriles, estaba imprimiendo su huella en la carne. Aquello obligaba a su mente a transformarse en un mero epifenómeno —un destello secundario— de la actividad de sus propios sistemas físicos.
Se sentía exactamente igual que el humo de una locomotora de vapor: un subproducto flotante del carbón y el agua hirviendo que simplemente está ahí, suspendido. Y como este, no importaba cuánto intentara hacerse notar ni cuánto gritase su engranaje pensante; tal y como le estaba enseñando su maestra, en aquel momento solo era una existencia aislada incapaz de mover la maquinaria.

Por sus mejillas rodaban ahora sucias perlas a las que cualquiera llamaría lágrimas.

Recién ahora se daba cuenta de la verdadera importancia de que el receptor pasivo —el sentir interior— fuera capaz de encontrarse con lo externo a fin de estructurar la experiencia física que recibía. Siempre había intentado dominar el mundo comprendiendo cada una de sus partes, como si de un inmenso rompecabezas se tratara; había ahondado en el intríngulis más complejo de la mente del ser pensante, había valorado cada gesto, cada mirada, cada milímetro del organismo vivo en el que habitaba. Sin embargo, nunca había comprendido aquello que hacía posible comprenderlo.

La mente y la razón se habían convertido en esclavas de sí mismas, atrapadas en una tautología desmedida donde intentaban explicarse a sí mismas utilizando únicamente las herramientas que ellas mismas habían creado.

Ella nunca había estado separada del orden que intentaba comprender. Y ahora, con el despertar, se daba cuenta de que no debía imponerlo desde fuera, sino reconocerlo, darle forma y permitir que se manifestara a través de ella. Pues ya no se trataba de pensar el espacio, sino de fundirse en él.

Para ello, concluyó que primero necesitaba eliminar todo ruido y hacer callar el entorno de golpe. Ya que solo así podría sobreponerse a las ondas del espacio y afirmar su propia soberanía.

Sin embargo, mientras pensaba cómo hacerlo, el puño de Jalindra le enterró la boca del estómago haciendo que cualquier clase de pensamiento se desvaneciera. A su vez,el aire escapó de sus pulmones y todo se redujo a una arcada seca seguida de la asfixiante desesperación por volver a respirar. Sí, el impacto le había arrancado el aire de los pulmones pero lo peor no era sino el ardor de su pecho que se expandía hacia sus extremidades con una violencia insoportable. En ese instante, sintiéndose asfixiada, Bai trató de respirar por la garganta pero esta se le había cerrado  en un espasmo. Mientras tanto un zumbido grave ascendió desde sus entrañas hasta envolverlo todo y su diafragma se contrajo —una y otra vez— en un intento desesperado por recuperar un aliento que parecía negarse  a regresar.

Sin embargo, para los que se encontraban observando, su cuerpo permaneció en pie. Inamovible. Manteniendo la misma posición que había adoptado segundos atrás aún cuando por dentro cada fibra de su ser luchaba por recuperar el control.

Jadeó. ¿Acaso debía llevar su cuerpo hasta ese extremo para acallar la mente? ¿Tan desesperada era su necesidad de someter el mundo exterior? Pareciera que sí pues, solo cuando cada fibra de su ser luchaba por el siguiente aliento, el pensamiento dejaba de existir.

De pronto, un nuevo zumbido la inundó. Un estallido agudo y vibrante, de esos que son capaces de sacudirte la estructura ósea con una violencia casi telúrica, y que parecía retumbar desde el exterior hacia sus entrañas.

Y, por primera vez en mucho tiempo, le fue rotundamente imposible disgregar el conocimiento de la propia carne; aquel zumbido no había sido una mera percepción sensorial, sino una impronta violenta en el alma, la detonación de una revelación que llevaba tiempo ebullendo en las profundidades de su ser. Un estallido que adoptó la forma de una certeza aplastante, a saber, que en su afán de control, había degradado el universo a la categoría de un objeto inerte, convirtiéndose a sí misma en una espectadora apátrida, dolorosamente ajena a su propia existencia.

—Mgh —. El aire volvió a abrirse paso lentamente hacia sus pulmones, quemando y raspando a través de una garganta que había comenzado a desinflamar.

El dolor le había recordado una sencilla verdad a la que debía escuchar, a saber, que ningún ser pensante, por muy lógico o analítico que pretenda ser, no puede situarse fuera del orden sagrado que contempla. Resultando en que, cualquier pensamiento que pretendiera abarcar la realidad, también se volviera en una manifestación de esta misma.

—¿Bai? —A la vibración le siguió la llamada insistente del exterior y, de inmediato, el choque térmico de una mano tibia posándose sobre sus brazos, anclaron de golpe su mente errante a la realidad de la carne.

Mas fue precisamente ese contraste lo que hizo colapsar el último bastión de su intelecto rebelándose así que su mente, la que siempre que intentaba medir el espacio, estaba en realidad hecha de la mismísima esencia que intentaba medir. No había, ni había habido nunca, una frontera real entre quien percibía y aquello que era percibido. Descubriendo, por pura casualidad, que la división que tan celosamente guardada había sido únicamente una ilusión; una falacia nacida de su necesidad enfermiza de clasificar, de separar, de imponer nombres y estructuras lógicas sobre aquello que jamás había dejado de pertenecerle.

—¿Estás bien? —la pregunta reverberó en las paredes de la sala antes de que la masa de estática que le nublaba el cerebro empezara a disolverse. —¿Bai? ¿Estás...?

Las pupilas, dilatadas al límite por el shock físico y el colapso sensorial, sufrieron un espasmo violento antes de comenzar a contraerse agudamente contra la luz. El diafragma se le desbloqueó de golpe en una sacudida visceral, obligando a su pecho a elevarse en una bocanada de aire áspero que le quemó de nuevo la garganta y le supo a hierro y bilis. Y aún así, el aire no entró con calma; golpeó sus pulmones como una descarga eléctrica, haciendo que su corazón bombeara un torrente de sangre fría a través de sus arterias, retumbando en sus tímpanos como un martillazo que apenas dejaba espacio a la voz de Jalindra.

La abstracción había muerto.

La carne, en toda su cruda y doliente animalidad, reclamaba de nuevo su puesto haciendo que su esencia, su alma y consciencia, se elevara al siguiente estado de completud.

—Bai... —articuló la alada de Ohara en una exhalación rasposa mientras se bajaba la venda de los ojos y estos rastreaban el espacio en busca de su maestra—. Bien... —reafirmó, ahogando la palabra en una sacudida de toses secas que le desgarraron la garganta.

Bai levantó el pulgar tratando de afianzar sus palabras ininteligibles, al tiempo que, con la otra mano, se acariciaba el plexo solar donde le habían atizado el puñetazo; la zona ardía de sangre extravasada en un rojo vivo y febril, tan tumefacta como sus brazos tratando de sostener los golpes de su maestra, y tan magullada como el mosaico de hematomas oscuros que ya florecía a lo largo de sus costillas y caderas.

En ese momento, Jalindra torció el gesto, como si quisiera asegurarse de que lo que sugería la alada era verdad. Y Bai, firme en sus palabras, asintió con la cabeza un par de veces con fuerza.

Así, con un pesado suspiro y una sonrisa cansada, Jalindra retiró sus dedos de Mudan y colocó ambas manos sobre las caderas, posicionándose en jarras. Después, soltando una breve carcajada, negó con la cabeza ante la terquedad inquebrantable de la mujer que tenía enfrente. Se dio la vuelta, caminó unos pasos hacia atrás y gritó:

—¡Empecemos de nuevo!

Pivotando sobre su propio eje, le hizo el gesto que simulaba una reanudación para indicarle que iba a reanudar la lucha.

—Otra vez — murmuró Bai dejando escapar una leve sonrisa para después inclinar la cabeza hacia un lado hasta sentir el chasquido seco de las vértebras cervicales liberando la tensión.

A continuación, cerró los ojos y repitió el gesto hacia el opuesto; luego, para asegurarse de que descansaba correctamente la espalda, rotó los hombros, extendiendo y contrayendo sus brazos sintiendo cada fibra muscular responder al estímulo. Ahora sí que estaba preparada. O, al menos, tan preparada como la fatiga y el dolor le permitían estarlo.

Pero antes de que el dolor, la sangre y el agotamiento la condujeran hasta aquel instante, había existido otro principio. Uno mucho más sencillo y mucho más absurdo.

Shandora la había impresionado con su resplandeciente belleza la primera vez que sus ojos se posaron sobre ella. La había sumido en un estado febril, presa de una fascinación casi irracional al descubrir que los mitos y las leyendas narrados en los libros eran, en efecto, reales. Sin embargo, poco o nada había podido disfrutar de aquel hallazgo pues, tan pronto como había llegado, sus pasos habían sido dirigidos hacia el rincón menos agraciado del lugar: un estadio. Lugar donde únicamente había experimentado el amargo sabor de una competición insípida que nada apelaba a su atributo más cultivado, a saber, su propio intelecto.

Y aun así, para su propia sorpresa, se había descubierto disfrutándola. Gozando de los placeres del cuerpo a través del vino. Aunque, quizás, demasiado tarde; tan sumamente tarde que, para cuando quiso ser consciente de ello, el cansancio la había arrastrado a un extraño letargo del que jamás conservaría un recuerdo claro. Una bendición a decir verdad pues, al quedar despojada de la memoria de esa amalgama de sucesos, fue precisamente la falta de recuerdos lo que le causó curiosidad y espoleó su mente en un intento por recordar los hechos.

Tanto había cavilado en un intento por recordar, que su propio cuerpo, en un esfuerzo instintivo por equilibrar la balanza entre la mente y la carne, la había obligado a echar a andar.

Y, con esta simpleza, había empezado todo.

El sol ya había rebasado su cénit cuando Bai comenzó a adentrarse en las sinuosas calles de la ciudad. El calor abrasaba y, aunque avanzaba flanqueada por las edificaciones de la ciudad, estas resultaban tan bajas para su estatura que apenas alcanzaban a proyectar una sombra donde cobijarse. Sin embargo, aquello no le impedía deleitarse con el bullir de unas avenidas repletas de habitantes afines a su propia fisonomía. Seres que, de no ser por la escala de sus cuerpos, habría podido creer ser  originaria de allí. Además, tampoco ensombrecía el placer de la brisa cálida que, paradójicamente, le brindaba un respiro a la piel. Y aun así, aunque cualquier observador hubiera jurado que ella pertenecía a esa tierra, la realidad dictaba una brecha abismal entre su persona y la gente del lugar: una distancia tan vasta y callada que se erigía entre ambos como una barrera invisible haciéndole sentirse ajena a sus orígenes.

Bai avanzaba llevándose la siniestra a la frente, usándola a modo de visera para resguardar los ojos mientras dejaba que su mirada se extraviara en la magnificencia arquitectónica que la rodeaba. Sin embargo, al encontrarse tan embelesada por la ciudad, tendía a tropezar de forma recurrente con los transeúntes, ofreciendo disculpas con una solemnidad tan ajena que más de uno, desconcertado al darse cuenta de que no era de allí, ni siquiera se atrevía a articular respuesta.

Y no era para menos pues, el reino de Skypea, parecía haber sido concebida para hacer que cualquier foráneo deseara quedarse ahí.

Quizás fueran por las maravillosas construcciones arquitectónicas que estaban construidas a lado y lado de la calle, alzándose en piedra y limitándose a través de muros  cuya complejidad conseguía mantener ocupada la mirada de Bai o, quizás por los destellos dorados, por el oro, por la luminosidad procedente de la manera en que la ciudad había sido construida para recibir al astro rey. O quizás simplemente fuera por el hermoso orden que inundaba la ciudad.

Fuera lo que fuere, Bai no podía evitar mirar. Y eso era un problema. Lo era porque su mirada saltaba de una construcción a otra con la misma rapidez con la que su mente trataba de almacenar cada detalle. Y, esto a su vez, provocaba que en ocasiones redujera el paso sin darse cuenta hasta detenerse y entorpecer el paso.

Una y otra y otra vez…

Fue entonces, en medio de uno de esos gestos, cuando al golpearse con alguien, este, divertido por sus gestos, intentó hablar con ella y explicarle que las cosas, allí, no se hacían así. Pero ella no lo entendió.
El hombre, sin embargo, parecía haber captado mucho más de ella en aquella breve conversación. Quizás por la toga, quizás por la forma en que observaba la ciudad o, quizás, sencillamente, por aquella extraña manera de pedir perdón.
Y es que el gesto con el que hablaba Bai era siempre el mismo. Primero, posicionaba el puño por delante, después lo cubría con la palma opuesta y, ejecutando una leve inclinación, musitaba la palabra «perdón» en su lengua natal para, acto seguido, reanudar la marcha.

Gesto que el desconocido la había visto ejecutar un par de veces más con los que estaban en derredor. Por eso la observó durante unos instantes, dándole tiempo a que hiciera lo que tuviera que hacer y, luego, la señaló a ella y después las calles que las rodeaban.

—¿Pérdida?

Bai ladeó la cabeza ante la pregunta, mostrando que seguía sin entender nada. El hombre insistió, señalando una dirección cualquiera, y después a Bai. Dejó un espacio y volvió a señalar otra dirección y volvió a hacer un gesto interrogativo.

—Eh... —Murmuró mientras se rascaba la nuca.

—¿Per-di-da?

La birkiniana achicó los ojos tratando de pensar mejor, tomándose unos segundos para comprender qué le estaba preguntando. Camino, Bai, Camino... ¿Acaso le estaba preguntando si venía de alguno de esos caminos? ¿O le estaba diciendo que tuviera cuidado por allí? Bai giró la cabeza hacia su espalda, observando una calle tranquila. Entonces, al girarse hacia el desconocido, volvió a rascarse la nuca esperando algo más de contexto.

El hombre negó con la cabeza.

Aquello parecía una conversación de besugos. Pero no iba a darse por vencido. Así que intentó explicárselo mediante señas, señalándose a sí mismo, luego a un edificio y decir: —Casa.

Bai parpadeó.

El hombre señaló a muchas casas, como si quisiera señalar a la ciudad, hizo un gesto con el índice dibujando una circunferencia en el aire y añadió: –Skypiea, Shandora, ciudad, casa.
Para ese entonces, Bai había captado una única palabra: Casa. Y eso, aunado a que había estado señalando diversas calles, le hizo pensar que quizás le preguntaba si estaba yendo a casa. Eso o que se fuera a su casa. Y por lo que había visto en los juegos, lo segundo parecía improbable.

—No —digo negando con la cabeza—. No k'sa.

El hombre, que la observaba, entendió perfectamente lo que le acababa de decir. O eso creyó, pues lo tradujo como: No sé dónde está mi casa.

—No casa... —Repitió el hombre frunciendo el ceño. —Bien, ¿recuerdas cómo ir a casa? —preguntó señalando las calles en un intento por hacerle una nueva pregunta.

Pero Bai no la comprendió; él volvió a intentarlo. Nada. Y, al final, la comunicación murió allí mismo, arrancándole al hombre un suspiro.

—Ven —dijo mirando a Bai y haciéndole un gesto para que lo siguiera.

Y Bai, que tras darle un par de vueltas más había entendido que quería mostrarle la ciudad, avanzó a su lado sin poner demasiada objeción al ligero paseo.

Poco a poco, las calles más concurridas fueron quedando atrás junto a los puestos, las voces y el movimiento constante hasta diluirse a medida que se internaban en una zona más despejada. Un lugar donde, aun cuando las grandes construcciones seguían dominando el paisaje, las calles se habían ampliado y habían empezado a aparecer espacios entre las casas.
—Ya casi hemos llegado —informó el hombre, haciéndole sospechar a Bai que aquello no era un simple paseo por la dirección en la que le había señalado—. Es aquí, doblando la esquina —añadió haciendo un gesto con la mano.

Y, al doblar, desembocaron en un lugar que le trajo el vago recuerdo del campo de entrenamiento de su hogar.
Frente a ella, un espacio se abría formando una gran explanada rodeada por una única construcción de piedra que hacía de muro. El suelo estaba despejado y, en diferentes puntos, varios personajes practicaban ejercicios físicos de todo tipo. Ante aquella vista, Bai volteó a mirar a su nuevo amigo interrogativamente. Sin embargo, este, con una sonrisa perenne, le hizo un gesto para que le siguiera al interior.

Una vez dentro, se fijó en que la explanada no estaba del todo desierta, sino que había dummies, troncos, ruedas, armas y una especie de construcción-local. El hombre carraspeó y Bai volvió a mirarlo en lo que se avanzaba, saludando a la gente y preguntando a viva voz algo que no entendió, pero que logró que aquellos que estaban a su alrededor parasen lentamente de hacer lo que estaban haciendo y, limpiándose el sudor, se miraran entre ellos para intercambiar escuetas palabras. Al parecer, estaban buscando a alguien.

Bai permaneció en silencio.

Después, el nuevo conocido hizo un par de gestos señalándola a ella, haciendo que, finalmente, comprendiera que el motivo del revuelo tenía algo que ver con ella. Abrió la boca para decirle algo a su acompañante, pero, justo cuando iba a hablar, uno de ellos señaló hacia el otro extremo del campo al tiempo que un hombre comenzaba a acercarse.

Era enorme.

No solo por su altura, sino por la proporción de su cuerpo. Bai cerró la boca al momento, observando sus hombros desmesuradamente anchos, el cuello grueso y poderoso y el torso compacto, recorrido por una musculatura tan desarrollada que parecía haber sido tallada sobre mármol. Notó un golpe en las costillas, unas cuantas palabras de su nuevo amigo y, sin poder dejar de mirar aquellos voluminosos brazos, asintió.

—Soy León —se presentó el musculoso hombre cuya mandíbula era ancha y cuadrada, cubierta parcialmente por una barba oscura y espesa.

Los ojos de Bai se abrieron con sorpresa —no tanto por el hecho de que hablara su idioma, sino por el que se dirigiera a ella— y, en cuanto se recuperó, habló.

—Bai —dijo secamente para luego intentar entablar con él una pequeña conversación.

Pues, a diferencia del que le había llevado hasta allí, León sí la entendía. Y quizás no lo hiciera a la perfección, pues su acento era curioso, pero sí que era lo suficientemente bueno como para comunicarse con ella.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él.

Bai respondió.

Mientras tanto, el hombre no hacía más que afirmar con la cabeza o soltar suaves sonidos de aprobación y, para cuando terminó su historia, con el ceño ligeramente fruncido, informó a los presentes de que todo estaba bien. Sin embargo, mientras estaba hablando, Bai no podía dejar de mirar al fondo.

Allí había dos personas que ni siquiera parecían haber reparado en ellos.

Una mujer rubia, de piel morena y grandes ojos verdes, con unas pequeñas alas semejantes a las propias de Bai, que se enfrentaba a un mink que intentaba seguirle el ritmo y este, aunque parecía ágil, no podía.

Incluso por un momento tuvo la sensación de que había algo raro en su forma de moverse, algo que no se trataba de memoria muscular ni reflejos, sino mucho más sutil. En realidad, era como si pudiera predecir las intenciones y prepararse incluso antes de recibir el golpe.

—Bonito, ¿verdad? —dijo León cruzándose de brazos—. Jalindra tiene un don para eso.

Bai parpadeó, tardando unos segundos en responder.

—Sí, es... Es una forma rara de pelear. Bueno, más bien de no hacerlo —contestó ella.

—¿Peleas? —preguntó él mirándola de arriba abajo.

—No con el cuerpo —reflexionó por un instante sobre lo que acababa de decir y añadió:— Quiero decir, soy más de espadas.
El hombre asintió al escuchar aquello y, al ver a Bai tan concentrada, le explicó lo que estaban haciendo.

—Así que eso es el haki...

–Haki de Observación, para ser exactos.

La mirada de Bai se intensificó sobre los gestos de la joven al tiempo que León señalaba a Jalindra.

—Eso es lo que está usando para enseñarle cómo funciona. No se trata simplemente de ver —explicó León—. Se trata de percibir aquello que los sentidos normales no alcanzan, como la presencia de alguien, su intención o los movimientos antes de que terminen de ocurrir.

Bai guardó silencio, atenta a la explicación.

—Por eso parece que sabe dónde va a estar el golpe antes de que llegue —continuó—. No está reaccionando únicamente a lo que hace.

Aquella explicación consiguió que algo se removiera dentro de Bai hasta el punto de incomodarla.

—¿Cómo? —En los ojos de Bai se podía observar una chispa de verdadera curiosidad. La misma que surgía cada vez que investigaba algún artefacto o aprendía algo nuevo.

León se cruzó de brazos.

—Eso ya es más difícil... Quizás deberías pedirle que te lo explique ella misma —respondió, sembrando una semillita en Bai.

Pero Bai, que estaba observando la posición de los pies de la muchacha, ya había dejado de escuchar desde hacía un rato.

—¿Qué está realmente haciendo? —Volvió a repetir a la espera de que esta vez sí le contestara.

Pero el hombre se quedó sin saber qué responder.

—¿Ella?

—Sí, ella.

—Lo entrena —soltó con cierta sencillez restándole importancia.

—Eso ya lo sé, pero, ¿qué está haciendo?

León guardó silencio durante unos instantes sin saber qué responder ante la profundidad de la pregunta. Abrió la boca, hizo el gesto de hablar y, justo entonces, Jalindra, tras decirle algo al mink, comenzó a acercarse.

—¿Pasa algo, León? —preguntó la muchacha limpiándose el sudor de la frente con el brazo.
León le respondió en el idioma común y, tras unos segundos de cierta meditación, dijo: — Traduce esto, por favor: Si quieres saber qué estoy haciendo, tendrás que descubrirlo por ti misma.


Una gota de sudor, nacida en la base de su nuca, recorrió su espalda lentamente, filtrándose bajo la ropa a lo largo de su columna. Descendía acariciando la piel húmeda, pero, con cada centímetro, la perla salada menguaba, volviéndose cada vez más pequeña; perdiéndose en los poros o siendo absorbida por la tela hasta que, al alcanzar la zona lumbar, simplemente dejó de existir.

La atención de sus sentidos debía replicar ese mismo trayecto. Debía fluir de forma constante, despojándose de la pesadez de la carne hasta replegarse sobre sí misma e integrarse por completo con la estructura del entorno.

Y vaya si lo estaba logrando. Quizás, en parte, gracias al extenuante agotamiento físico que al fin comenzaba a adormecer la hiperactividad de su masa gris siempre propensa a transformarse en un hervidero incontrolable de ideas.

Resopló, tomándose un momento para para sentir el verdadero peso de su cuerpo en lo que Jalindra le concedía un breve tiempo de descanso.

A continuación, movió los hombros trazando pequeños círculos en el aire, acompañados por un brusco crujido de las articulaciones y una breve mueca de molestia. Después  hizo lo mismo la cabeza, salvo que la movió de lado a lado, obligándola a resonar como el chasquido seco de una rama a punto de quebrarse. Y, finalmente, hizo lo propio con el torso, obligando a su columna vertebral a reventar en varias partes como una traca que acaba de empezar.

Estaba hecha mierda. Pero mientras sus piernas pudieran sostenerla, y su testarudez no disminuyera, continuaría intentándolo.

Tan solo debía relajar su cuerpo, al menos lo suficiente como para encarar un tercer asalto; pues el segundo había concluido de forma abrupta tras recibir el impacto directo de un puñetazo en la caja torácica que llegó a hundirse más de lo normal. Sin embargo, y aunque tenía el costado dominado por una inflamación febril, siendo, de hecho, que la violencia del golpe las había obligado a detenerse para que fuera ella misma quien explorara la magnitud del daño, tras una minuciosa palpación a lo largo de los arcos costales, verificar la ausencia de daño en el hueso y descartar cualquier daño pulmonar al constatar la simetría en su respiración, concluyó que solo se trataba de una aguda contusión... Nada que le impidiera continuar un poco más.

—Deberíamos parar —la voz de Jalindra reverberó en la zona durante un breve instante, rompiendo el tenue silencio que se había instaurado entre ambas—. Si seguimos así...

Pero Bai no le dio tiempo a terminar. No cuando había llegado tan lejos.

«Crack, crack».

Y es que, con una sonrisa agotada en medio de su bruñida tez, la birkiniana volvió a hacer sonar su columna tan pronto como su cuerpo regresó a una posición defensiva. Después, sin apartar la mirada del frente, alzó los brazos en un gesto firme y lleno de confianza, encajó los codos contra los flancos para resguardar su costado herido como queriendo decir: «Tranquila, puedo cuidarme un poco más». Cerró los puños, los cuales, yacían a la altura de los pómulos para proteger la mandíbula y hundió el mentón contra el esternón.

«Solo un poco más...», pensó adoptando una guardia que redujera el área expuesta de su torso. «Por favor».

Y es que ahora, aun cuando su cuerpo permanecía en un estado de  alerta animal ante la inminencia de los posibles ataques, mientras su mente luchaba torpemente por acallar la marea física y la cascada de imágenes que la asaltaban, sabía que más pronto que temprano ocurriría el milagro. Así pues, igual que el eco de aquella gota disolviéndose en el tejido de su piel, su cabeza comenzó el nuevo asalto cargada de pensamientos. Sin embargo, en un intento de enmudecer sistemáticamente el tumulto de la carne, las percepciones del espacio, el entorno inmediato y su propio raciocinio, trató de centrarse en el escalón intermedio entre el cuerpo y la mente: la intuición.

Así, poco a poco, su cuerpo empezó a oír en vez de escuchar. Un proceso durante el cual peleó férreamente por retraer la concentración de los movimientos exteriores buscando la regla armónica que precede a toda clase de movimiento.

Y en medio de todo eso, en su intento por intuir la frecuencia con la que Jalindra alteraba el espacio,  poco a poco, solo quedó la voz desnuda de su alma buscando el punto exacto donde la consciencia logra enmudecerse a sí misma, pasándose en silencio sin pensar en sí. De esta forma, durante un instante, no sintió absolutamente nada. Solo reinó el silencio, seguido de una diáfana cascada de números y entendimiento absoluto. Y después, el mundo se abalanzó sobre ella de nuevo.

El dolor agudo, el olor a sudor y óxido, la asincronía de sus propios jadeos...

Volvía a estar en la casilla de salida, prisionera de la fisicalidad, de los estímulos del entorno y del incesante ruido de su propia cabeza. No obstante, aunque hubiese durado apenas una fracción de segundo, acababa de rozar algo inédito: la perfecta aquiescencia de la armonía.

Bai no titubeó ante aquella conclusión. Al fin y al cabo, el exterior —el mundo fenoménico en su totalidad— siempre se había traducido para ella en números. Variables reducibles, escalables y exponenciales que le permitían parcelar la realidad y categorizar cada elemento orgánico en su estricta tabla de eficiencia.

Mientras tanto, fuera del claustro de su mente, el cambio fue casi imperceptible. Apenas un espasmo reflejo en los antebrazos, una violenta contracción de las fibras musculares que endureció su guardia en la milésima de segundo exacta en que el puño de Jalindra volvió a impactar contra ella.

Desde hacía ya un rato que Jalindra había cambiado de estrategia para enseñarle, limitándose a golpear sobre una defensa casi inexistente para no infligirle más castigo del estrictamente necesario. Por eso, tras haber desechado la venda tras su primera revelación, y aún cuandoB ai permanecía con los ojos cerrados, que en medio de la más absoluta penumbra voluntaria, aconteció el milagro de percibir la hostilidad que precedía a su puño —no mediante los sentidos, sino a través de un puro chispazo intuitivo—, y su cuerpo reaccionó.

Sin embargo, para la próxima vez Bai no pensaba esperar a que la brutalidad de un golpe le arrancase el aire de los pulmones para volver a experimentar aquel vacío; aspiraba a adueñarse de él mediante un acto soberano de la voluntad. Pretendía domesticar ese brevísimo intervalo que mediaba entre el impulso ajeno y su propia acción, convirtiendo su intelecto en un receptor puro. Una intención tan absoluta que la distorsión del pensamiento analítico no hallara fisura alguna por la que entrometerse.

Ya no le importaba en absoluto que la carne y el mundo físico poseyeran un ritmo mucho más despiadado, cruel y frenético que el de la mera especulación filosófica.


Jalindra saltaba sobre las puntas de los pies, alejándose ligeramente de la oharanense para luego volverse a acercar enseguida como si estuviera abriendo espacio a algo que Bai ni siquiera sabía que debía pasar. Y mientras tanto, la mujer del mar azul simplemente estaba ahí, tratando de no malgastar sus escasas energías mientras sentía cómo su cuerpo le empezaba a pesar.

Jalindra volvió a atacar, moviéndose con pies ligeros y deslizándose como una ardilla al saltar, y de nuevo volvió a pasar. Lo sintió justo cuando su derechazo quedó a escasos centímetros de su piel, dándole un par de segundos para que su cuerpo reaccionara. Y vaya que sí reaccionó. Su deslumbrante carne bruñida y sus fatigados músculos volvieron a tensarse tras percibir la hostilidad como si se tratara de algún tipo de movimiento defensivo.

Tras ello, hubo otro aluvión. Uno de golpes rápidos y hábiles, pero no peligrosos, que Bai soportó con paciencia.

La habilidad no parecía querer manifestarse, ni tampoco sus músculos se alzaron como defensas de nuevo. Así que, Jalindra, paró.

¿Estaría perdiendo fogosidad?

Al principio creyó que sí; sin embargo, al haberle dado tiempo para recuperarse, percibió y comprendió que no había sido así.

De repente, el diluvio se convirtió en algo lento y metódico, en un único golpe furibundo y directo a la cadera; el pecho de Bai empezó a subir y bajar en profundas aspiraciones, su ritmo cardíaco descendió, sintió el sonido del mundo y todo se volvió a convertir en números.

Su percepción se había expandido apenas veinte centímetros más allá de ella, una nimiedad teniendo en cuenta la fuerza del golpe y su imposibilidad de reaccionar con rapidez. Pero eso también formaba parte de su improvisado plan de ahorro. Estaba exhausta; esta era la última oportunidad que la mujer le daba y el menor movimiento innecesario tenía una gran importancia. Además, debía tener en cuenta que ella no era tan ágil como para abrir los ojos, cambiar de posición y desviar su puño o apartarse del golpe. Así que, simplemente lo encajó rotando su torno para que no le dañara ningún hueso.

Por un momento, Jalindra se quedó con su puño clavado en su piel, que se había hundido lo suficiente hasta rozar la parte alta de la pelvis. Miró hacia arriba, observando el rostro de Bai que empezaba a estar desencajado por el esfuerzo, y se retiró de nuevo a su posición habitual.

—Creo que ya lo tiene…

La voz de Jalindra cortó de pronto el silencio que había entre ambas y Bai, que hasta entonces no se había atrevido a mirar, bajó la guardia buscando ver qué pasaba.

—Toma un poco de agua. —Jalindra le entregó un pequeño cuenco del que beber.

Bai, que hasta entonces no se había mirado, observó su reflejo en la temblorosa superficie; su mejilla se hallaba partida como una flor y su carne expuesta se vencía hacia fuera como una pequeña bulbosidad rosada. La sangre había estado cayendo, brotando como lágrimas carmesíes que ahora se habían secado en forma de ruta hacia su cabello. Y luego estaba su sien derecha, ligeramente inflamada por el golpe que había recibido en la cabeza cuando, como un rayo, Jalindra le había lanzado una patada reforzada por todo el peso del cuerpo.

Bai bebió y el líquido refrescó su boca sin saliva.

Cuando hubo terminado, la oharanense le mostró el cuenco vacío y pidió un poco más con un gesto torpe. Jalindra le volvió a servir y, esta vez, la médico lo usó para tirárselo por encima y rebajar un poco el calor de su cuerpo.

—Vamos, Bai —dijo la rubia volviéndose a colocar en posición—. Demuéstrame que ya lo tienes, que he visto bien.
Sin embargo, llevando ya demasiado rato golpeando al saco de carne en el que Mudan se había convertido, Jalindra empezaba a sentir que las fuerzas le abandonaban. Ya no había ardor en sus golpes, ni se trataban de aluviones o verdaderos mazazos en los que Bai ni siquiera quería pensar.

Ahora ambas parecían querer economizar fuerzas.

Hubo un resoplido, seguido de un largo silencio en el que ninguna de las dos se movió. Y, entonces, saltando sobre la punta de sus pies, Jalindra se adelantó para asestarle un sonoro derechazo mientras Bai todavía observaba el exterior.
Los que estaban alrededor, observando cómo su maestra enseñaba a base de golpes y situaciones límite, aguantaron la respiración al considerar aquello como un rudo castigo a una postura tan abierta como la que había adoptado Bai, pero los pocos expertos que llevaban allí entrenando meses con ella percibieron el hábil movimiento de la mano derecha de Bai que tocó el bíceps de Jalindra en el momento en que este lanzaba el potentísimo derechazo.

Jalindra sonrió.

Bai había logrado expandir su haki un poco más, ya casi llegando al metro. Y percibiendo la hostilidad incluso antes de que la golpeara, aunado al hecho de que ya había descubierto el patrón de movimientos como para saber hacia dónde mirar, uso sus reflejos y agilidad para crear aquella sutil defenda. Pero no quería quedarse ahí y repitió una y otra, y otra vez el mismo golpe, siempre llegando a su destino, pero nunca con eficacia debido al minúsculo contragolpe de la otra birkiniana que todavía gozaba a sus treinta y dos años de una lozana musculatura.

Para ese momento, a Bai solo le quedaba la voluntad de mantenerse en pie. Apenas le quedaba fuerza y, el último golpe, uno directo a la cara, aun cuando no había sido decisivo, le hizo sentir un negro velo de inconsciencia extendiéndose sobre su mente. Y, aunque fue solo un instante, durante ese brevísimo tiempo el telón de fondo formado por los demás aprendices se sintió como un sueño borroso del que no estaba segura de si iba a regresar.

De pronto, el sonido y los colores volvieron. También lo hizo la nitidez. Y aunque se encontraba con las rodillas dobladas, inmediatamente, Bai se recuperó y ocultó su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo.
¿Por qué le estaba golpeando ahora ahí?, se preguntó, siendo consciente de que hasta entonces el blanco de sus puños había sido todo su cuerpo y no solo su cabeza.

De nuevo, Jalindra volvió a separarse; de hecho, se retiró más de lo que Bai hubiera podido imaginar. Mas no era por capricho, sino porque sus nudillos, bajo la delgada capa de vendas que llevaba, habían comenzado a sangrar profundamente.

—Llega hasta aquí... —Murmuró Jalindra sacudiéndose las manos.

La joven atacante volvió a saltar, a bambolearse de un lado a otro, pero ya no parecía una ardilla vigorosa. Entre ambas la distancia ahora era de dos metros, nada excesivamente ambicioso. Así que inició su ataque rotando los hombros para descargar tensión mientras ganaba impulso con cada salto.

De pronto, Jalindra fintó haciendo un amago de avance. Bai no se movió, lo cual, a estas alturas era excelente.
Jalindra volvió a atacar.

Por un momento, Bai sintió la hostilidad a la lejanía. Pero su cuerpo no estaba en condiciones para reaccionar aún. Sus venas estaban hinchadas y su corazón fatigado apenas le permitían recuperar fuerzas en los pequeños descansos. Bai sentía las piernas pesadas, gemelos que amenazaban con calambres... En cambio, Jalindra parecía que podía continuar durante un rato más.

El golpe estaba por llegar; lo había notado germinar desde el mismísimo instante en el que aquel poder recién despertado se lo había indicado en forma de intuición, pero aún no podía gastar fuerzas en balde. Tenía que demostrarle que podía hacer mucho más. Así que, cuando la muchacha lanzó un uppercut contra su cara, Bai ya estaba bailando para tirarse hacia atrás y hacer que el puño goteante ni siquiera rozara su mentón.

Lo había logrado, había calculado perfectamente el tiempo como para iniciar sus lentos movimientos al tiempo que notaba la intención de agresión para así esquivarla.

Y lo mejor era que no solo había logrado el despertarlo, sino también expandirlo a voluntad.
Ese era el principio de su esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Su única oportunidad de demostrar que, incluso con el enjambre de pensamientos en su mente, ella podía también pelear como Jalindra.
Aprovechando el momento de euforia e insensatez, Bai retrocedió dando un traspié, siendo perseguida por Jalindra. Su cuerpo gritaba, le exigía que parase y el dolor, deteniéndose por cada una de sus fibras, en cada centímetro de carne torturada, le sirvió para saber que pronto todo llegaría a su final. Solo tenía que arrastrar por la terrosa superficie un poco más sus piernas, que parecían hechas de plomo.

Un ligero polvo se desprendió del suelo, reptando por sus pies y evitando que los presentes vieran el baile en el que ambas se habían enzarzado.

Sintiendo que sus músculos ya no le obedecían, Bai lanzó un último truco. Todavía había una parte de ella que no se había movido y que estaba fresca: sus alas. Que, aprovechando la distancia, Bai se impulsó hacia un lateral. Sin embargo, tal era su debilidad que casi cayó al intentar frenarse.

—Ya lo tienes... ¿Lo has tenido desde hace rato, verdad? —La sonrisa de Jalindra estaba rota y llena de cansancio—. Solo estabas viendo cómo lo debías usar.

Bai no respondió nada porque ni siquiera sabía lo que estaba diciendo. Pero, en realidad, la mujer tenía razón. Desde el primer instante que había utilizado ese método para prolongar al máximo su entrenamiento, aprendiendo no solo a entrar en el estado de conexión con el mundo —lo cual a posteriori le permitió desarrollar su Haki—, sino también a contraerlo y expandirlo a voluntad.

De pronto, en medio de la masa sanguinolenta que amenazaba con convertirse, Bai pasmó a Jalindra rompiendo la guardia con un movimiento rápido y flexible; en el estrecho espacio que había entre sus cuerpos, la venida del mar azul, levantó la derecha desde la altura de su cintura hacia la barbilla de su oponente. Y aunque ciertamente no llegó a darle, aquel movimiento reflejo le informó a la nativa de Skypiea que Bai había logrado adelantarse a sus intenciones tan pronto como ella misma había iniciado el movimiento para hacerle besar el suelo.

Su intención había sido simple: derribarla definitivamente con un derechazo y un zurdazo en el plexo solar y la mandíbula para que Bai se decidiera a dejarlo ya. O, al menos, por el momento. Sin embargo, siendo traicionada por su necesidad de ver hasta dónde podían llegar sus alumnos, Jalindra ofreció una pequeña obertura al retrasar sus movimientos, permitiéndole a Bai contraatacar a tiempo e introduciéndole un golpe con todas sus fuerzas.

Y eso es lo que había ocurrido, pues, por primera vez en todo el entrenamiento, Bai se había zafado extendiendo un escaso metro esa especie de intuición premonitoria que le estaba enseñando.

A continuación, cuando el brazo de Bai llegó a su cénit, su rostro quedó expuesto por un momento, mostrando un labio partido y unas encías, en medio de una retorcida sonrisa, que no dejaban de sangrar.

—Para, para, para —la voz de Jalindra reverberó por toda la zona al ver que Bai volvía a acosarla con un zurdazo.

Bai no la entendía, pero, por un momento, al ver cómo bailaba sobre el suelo, incluso antes de que el golpe llegara, sintió que debía dejar de intentar castigarla. Y era verdad, pues ni Jalidra ni ella estaban allí para enzarzarse en una pelea; Bai, por un momento, había perdido su sangre fría y se había dejado llevar por el más apasionado de sus deseos, nublando su conciencia por culpa de su Eros y omitiendo deliberadamente lo que su nueva habilidad le estaba intentando gritar, a saber, que ahora Jalindra estaba tranquila y que no le iba a acatar.. Pero era imposible no sentirse así cuando, habiendo pasado por mil fervores, tu cerebro se inquieta diciéndote que lo estás logrando.

–No tienes que continuar...

El brazo izquierdo quedó en el aire; el de Bai quedó en el aire por un momento, suspendido por la gutural orden y, de repente, su cuerpo cedió. El cansancio le llegó de golpe, sus piernas temblaron y, antes de que cayera al suelo, la joven birkiniana la atrapó para no caer.

—Está agotada...

Bai intentó mantenerse en pie aun cuando se inclinaba sobre la otra y se doblaba por el propio peso de la gravedad. Sin embargo, cuando sus manos cayeron de golpe, impotentes a medida que sentía que se tambaleaba bajo su propio peso, terminó apoyándose en los hombros de Jalindra buscando mantener el equilibrio por un rato más.

—Ya está bien, Bai —la voz de León se interpuso entre ambas mujeres—. Ya has descubierto cómo despertarlo. Para.
Pero esta vez, sintiendo peligrar su entrenamiento, al saber que querían atraparla, aumentó un poco más su rango de percepción de forma inconsciente. Claro, ella no sabía qué estaba pasando más allá de que le pedían parar. Desconocía el estado de su cuerpo amoratado, del rostro hinchado o la sangre que se pegaba a su cráneo. Para ella, fuera lo que fuera que querían hacer, la amenaza estaba ahí mismo, muy cerca de ella.

De esta forma, para cuando León quiso atraparla, ella ya se estaba tambaleando para intentar esquivar los brazos del hombre, haciéndose a un lado. Y todo porque se había sentido amenazada, había mirado y había visto esa especie de abrazo hacia ella. Bai retrocedió un poco más y comenzó a cercarlos, sabiendo que en cualquier momento la iban a inmovilizar. Pero ella quería demostrar algo más. Quería demostrar que ya podía expandirlo.

Sin embargo, su rostro oscilaba envuelto en el vértigo de la náusea y el dolor. Las rodillas le temblaban; el pecho se le convulsionaba en jadeos irregulares y cada músculo de su cuerpo parecía haber olvidado cómo sostenerla. Aun así, cuando las piernas finalmente cedieron, algo dentro de ella volvió a expandirse. Y todo había sucedido tal y como debía, sin pensamiento ni intención de hacerlo. Solo por pura supervivencia, primitiva y necesaria.

Entonces, aquella extraña sensación de fundición con el propio espacio la inundó. Paralelamente, sintió los músculos tensos de los gemelos de León, la respiración acelerada de Jalindra, el primer soplo de aire que pronto se convertiría en gritos, el inicio de unos pasos precipitándose hacia ella… Después, su cabeza comprendió lo que estaba ocurriendo y, lejos de dejarse caer, se quedó en pie mientras todo se volvía negro.

***

El sol descendía sobre la bella ciudad del cielo, desplegando su fulgor en un último rasguño de luz. Y es que, tras haber acariciado tejados y senderos, comenzaba al fin a despedirse acariciando ahora el campo de entrenamiento donde Bai se hallaba. A su vez, el aire había comenzado a refrescar, acariciando su bruñida piel y alivianando el palpitar que sentía sobre su piel magullada.

Bai suspiró.

Y es que, a medida que la tibieza del sol abandonaba sus hombros, el peso del entrenamiento la volvía a azotar. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo desconocía, sin embargo, no le hacía falta buscar un reloj para saber la hora que era. La sombra alargada y esmirriada que bailaba a sus pies, calcando cada uno de sus gestos, le advertía de que faltaba muy poco para que sus compañeros empezaran a preguntarse dónde demonios se había metido.
En consecuencia, poco a poco apretó el paso y recogió sus cosas tan rápido como su cuerpo se lo permitía. Sobre todo porque, a cada movimiento, le dolía hasta el último aliento.

Lo curioso de esto es que no era un dolor en concreto, era, más bien, una cartografía entera de pequeños errores extendiéndose por su cuerpo. Sobretodo porque, cada músculo parecía haber sido sustituido por una masa compacta y palpitante de carne dolorida; sus costillas protestaban en todo momento haciendo que su nariz soltara un suave sonido con cada respiración, los brazos, en cambio, le pesaban como si fuera de plomo y las piernas apenas parecían recordar cómo sostenerla. Incluso cerrar los dedos alrededor de la venda para apretarla le exigía un esfuerzo y voluntad que, en cualquier otra circunstancia, habría considerado absurda.

Y, sin embargo, sonreía.

Sí, cargaba con el rostro inflamado, hinchado, los labios partidos por diferentes zonas y, además, una fina costra de sangre seca se adhería a su piel. Sí, también el sudor se le había enfriado sobre el cuerpo, dejando una película pegajosa que amalgamaba el polvo del ambiente con los vestigios de combate. Y sí, respirar le arrancaba un dolor punzante desde el fondo del plexo solar, pero, a estas alturas, poco le importaba.

Todo porque, por primera vez, había dejado de pensar.

Al menos no con esa claridad analítica e implacable que siempre le acompañaba. Pues, por una vez, no había necesidad de desarmar lo ocurrido ni ir más allá del instinto animal.

Y aquello era sumamente anómalo en ella. Una extrañeza que, sin embargo, la envolvía en una serenidad insólitamente profunda.

Con esa parsimonia tibia que ahora la inundaba, Bai continuó ajustándose el vendaje durante un rato más, aprovechando la ráfaga de aire primaveral que acababa de levantarse.

Al terminar, alzó la cabeza hacia el cielo anaranjado que tiñó el firmamento; un crepúsculo que, aunque filtrado por la bruma de su afección ocular, le pareció inusualmente vivo, más hermoso y destellante que de costumbre. Entornó los párpados, inspirando el delicado efluvio que llegaba desde las viviendas cercanas, donde las familias comenzaban a encender los fogones para la cena.

Así permaneció unos instantes, suspendida en la nada con la mirada entrecerrada, imaginando el pulso invisible de la vida en aquel rincón del mundo.

De pronto, la calma se fracturó. Sus ojos se abrieron de golpe al percibir un matiz anómalo en el ambiente: una presencia cargada de una intención que su mente gastada aún no lograba descifrar, pero insalvablemente real. Giró el rostro para escudriñar quién más demoraba su partida y su mirada chocó con León.

Bai parpadeó, confusa. Por un segundo atribuyó el hallazgo a los estragos del cansancio, dudando si había sido su vista o la expansión involuntaria de su habilidad la que le había advertido de su llegada.

—¿Estás?

Bai asintió en silencio con la cabeza y, León, le hizo un gesto para acompañarla hasta donde su compañero la había encontrado.

Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
#2
✓
Entrenamiento: Completado
COSTE:

— Kenbunshoku Haki (Base)

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