El primer día del resto de tu vida. PR
#1
Día 2, Año 18.
Primavera.
En algún lugar de la conciencia de un mink leopardo.


Kibai corría sin cesar, saltando de rama en rama por una jungla que no parecía tener final, orientándose casi por instinto en una noche sin luna negra como la boca de un lobo, en la cual solamente gracias a su prodigiosa vista era capaz de distinguir dónde se apoyaban sus pies.

A su espalda un enorme estruendo le perseguía, mientras una roca gigante rodaba tras él, destrozando árboles gruesos como mástiles con la misma facilidad con la que uno rompería una ramita seca. El mink trataba de desviarse a un lado o al otro para tratar de evitar morir aplastado, pero sus pies parecían incapaces de abandonar el sendero pedregoso en el que se encontraba.

Jadeando sin cesar, echó la vista atrás, con los ojos abiertos y las pupilas contraídas hasta convertirse en meras rendijas negras en un fondo verde debido a una sensación de pánico que no parecía ni siquiera propia de él. Y la visión que contempó bastó para helarle la sangre:

La roca no era una roca al uso, sino un enorme ovillo de lana, de gruesa lana rosa clara, entretejida con hebras celestes, que avanzaba sin parar hacia él. Pero lo peor no era eso, sino lo que llevaba encima. Impulsando al ovillo con los pies, mientras se reía con carcajadas histéricas que rozaban la locura y que se clavaban en el cerebro de Kibai como dardos de cristal, María Merlot hacía rodar el ovillo de lana hacia él, mientras extraía kiwis gigantes de una bolsa que llevaba a su costado, y que usaba a modo de proyectiles para tratar de hacerle tropezar.

— Vamos gatito, ven a jugar!! Prometiste que jugarías conmigo!! Ven, tengo comida para tí, mira!

Aquellas palabras iban acompañadas de nuevos lanzamientos de frutas, las cuales se estrellaron delante de Kibai, empapando las piedras del sendero a sus pies con un líquido verde que le hizo resbalar. Sin poder mantener el equilibrio, el mink dio con sus huesos en el suelo, notando como el ovillo a sus espaldas hacía crujir las ramas justo a su espalda.
— No corras más Kiwiii!! Ya te he atrapadooo.

Incapaz de ponerse en pie a tiempo, Kibai solo pudo encogerse en el suelo y extender las manos hacia delante, tratando de detener la enorme bolsa rosa que se abalanzaba sobre él.



La Caja de Pandora


El mink se quedó paralizado, aguardando a que sus huesos crujiesen bajo el peso arrollador de la bola de lana rosa, pero el impacto no llegaba. Confundido abrió los ojos, y descubrió que se había hecho de día. El ovillo seguía ahí aunque María Merlot había desaparecido. En su lugar, una figura alta se alzaba delante de él, con una mano apoyada en el ovillo. Sus pies apenas se habían hundido en el suelo por el peso, aunque su brazo se notaba hinchado por el esfuerzo de sostener el peso de aquella enorme esfera. Una gran capa blanca adornaba su espalda, con la palabra JUSTICIA escrita en brillantes caracteres negros a lo largo de toda la tela.

—  Desde luego, que tenga que venir yo a salvarte chico... No te da vergüenza?

Aquella voz, rasposa y con un punto sarcástico, despertó en el mink una nostalgia que logró hacerle encajar un nudo en la garganta. Con trabajosidad, se levantó del suelo, quitándose la suciedad de los pantalones rojos (espera, no eran azules?) y ajustandose el cinturón negro del que tanto Raimei como Arashi habían desaparecido.

—  Lo siento mucho, capitán Seijuru. Supongo que aún me falta mucho por aprender.

Porque por supuesto que era él. El hombre que lo había sacado del agua hacía tanto tiempo, cuando cometío la estupidez de lanzarse a por un pájaro demasiado alejado de su alcance y se precipitó al mar cerca de Zou. El capitán soltó una sonora carcajada, a la vez que echaba el brazo izquierdo hacia atrás y lanzaba un fuerte puñetazo contra el ovillo de lana, el cual salio despedido al aire hasta perderse en el horizonte. Sacuediéndose el polvo de las manos, se giró de nuevo hacia Kibai.

— Venga, vámonos ya de aquí. Ha llegado hasta mis oídos que te has vuelto un cocinero medio decente desde que el oficial de cubierta se dedicaba a castigarte a pelar patatas. Veamos en lo que te has convertido...

Extrañado, Kibai fue a aducir que no tenía un lugar para cocinar, cuando un fuerte olor a carbón llegó a us nariz. Girándose, vio que entre los árboles el sendero iba a dar a un pequeño claro, dónde un pequeño puesto de comida callejera había decidido ser instalado por su dueño. No obstante, este parecía haberse evaporado, aunque el fogón que tenía en su parte inferior se veía encendido.

— Vamos, bola de pelo, tengo hambre!! — le gritó el capitán Seijuru mientras se encaminaba hacia allí y se sentaba en uno de los taburetes frente a la tabla de madera que servía de mostrador y mesa al mismo tiempo. Kibai negó con la cabeza, pensando que su antiguo superior y salvador nunca cambiaría, entrando al claro y colocándose por la parte interior del puesto de comida. Para su sorpresa, estaba suficientemente bien provisto para realizara casi cualquier plato sencillo, incluyendo varios tarros de especies, comida deshidratada ya preparada para cocinar en botes borrosos por el calor del agua hirviente, y cajones de verduras frescas listas para ser cortadas e incoradas, amén de una buena provisión de carbón para seguir alimentando los fogones de la cocina.

La Caja de Pandora
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#2
Con la precisión de quien había hecho aquel mismo proceso cientos de veces, Kibai abrió la portezuela del fogón, soportando la bocanada de aire candente que el fuego del interior le arrojó, antes de introducir en su interior otros cuantos trozos con la ayuda de una paleta de hierro forjado. Una vez hubo cerrado de nuevo el fogón, empleó el fuelle compuesto de una barra de madera transversal a un tubo hueco de hierro para insuflar aire hacia el interior, lo que hizo que las llamas, subitamente alimentadas, prendiesen los nuevos trozos de carbón y enviasen una oleada de fuego hacia el exterior de los dos respiraderos tras el mostrador, iluminando los rostros del capitán Seijuru y el suyo propio con un resplandor rojo anaranjado.

El hombre rio con ganas, dando una palmada en la mesa a la vez que señalaba una botella de sake que colgaba de una redecilla en uno de los postes del carromato.

—  Me dijeron que una vez rompiste una de esas peleándote contra un Tontatta.

Kibai negó con la cabeza, mientras se remangaba la camisa y sacaba la botella de la redecilla, poniendole un trago al capitán.

—  Si, aunque esa es una larga historia, una que no me apetece recordar, ha pasado mucho desde entonces, y dudo que vuelva a ver a Fillo o a Josh...

—  Demonios, chico, así nunca serás un buen dependiente, con esa cara de morros al menos!! —  dijo el capián vaciendo de un trago el cueco que el mink había empleado para servirle el saque y depositándolo de nuevo delante de de él. —  Y bien, hay algo que sí quieras contarme?

Kibai vertió un chorretón generoso de aceite a uno de los woks, antes de arrojar un puñado de setas ya rehidratadas, junto con un puñado de cerbolletas tiernas, rábano en cubos y tres huevos enteros, antes de emplear una enorme espumadera para girar vigorosamente todo el contenido del wok, evitando que se quemase por el intenso calor de las llamas que lamían continuamente el acero y amenazaban con prender el contenido.

—  Pues por si le interesa, capitán, ya he averiguado como hacía usted ese condenado truco de saber quien era antes de que siquiera hubiese llamado a la puerta de su camarote. Un Lunarian enorme lo llamó Haki.

—  Vaaaaya, mira por dónde, el gato se ha hecho un listillo! — respondió Seijuru dando un trago al sake de nuevo. —  Así es chico, así es. Te espera un duro entrenamiento por delante chico, muy duro... Pero por algo te saqué del mar, no? Eres más que capaz de lograrlo, o no soy capitán de la Marina. Ahora atiende a ese wok, o saldremos hechos cenizas!

Con una sonrisa de suficiencia, Kibai dió una vigorosa sacudida al cazo de acero, lanzando todo su contenido al aire, a la vez que  dejaba caer debajo un cazo de arroz blanco (también misteriosamente dispuesto a un lateral de los pequeños cubículos del puesto) que inmediatamente se integró con los ingredientes formando una amalgama de color dorado con pequeños toques de verde y blanco por las verduras. El mink coronó el arroz frito con un chorro de salsa de soja y otro de sake que prendió inclinando ligeramente el wok sobre las llamas. Con todo el plato listo, lo dejó a un lado sobre la madera, que siseó al contacto con el acero candente, antes de sacar el arroz de dentro con la misma espumadera y depositarlo en un plato frente al capitán Seijuru.

—  Que le aproveche, señor.

—  Y pon dos más, el mío con extra de todo! —  soltó una vocecilla aguda a su espalda.

Con los ojos como platos, Kibai se volvió. Al otro lado del claro estaba un joven humano con uniforme de marine apoyado en su rifle, y sobre su hombro, un hombrecillo provisto de una cola casi tan grande como él y una nariz fina y afilada.

—  Filo! Josh! Chicos... qué...? —  dijo el mink casi sin poder articular palabra.

—  Hemos venido a saludarte, compañero —  dijo Josh mientras se acercaba y tomaba asiento en el puesto, y Filo saltaba de su hombro directo a por la botella de sake. —  No pensarías en serio que ibas a poder largarte sin más...

La Caja de Pandora
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#3
— No no no, aguarda un poco que aún hay más. Estamos ahí subidos, en pleno ascenso hacia la cima de la montaña, al final de la carrera anual, y Kibai se tropieza y nos arrastra a todos montaña abajo!!

Las carcajadas inundaron el claro, mientras el mink trataba de acertar a Filo con el canto de la espumadera, salpicando el mostrador de restos de arroz frito.

— Pero serás embustero, pedazo de roña en miniatura!! Te recuerdo que fuiste tú el que decidió tratar de usarnos como escalones humanos porque no podías ni saltar de grieta a grieta!

Para su desgracia, el intento de golpear a Filo solo dio en el aire, y aquello ocasionó una nueva serie de risas, protagonizadas principalmente por el capitán Seijuru, el cual tenía el rostro pegado contra el mostrador de madera, conteniendo las lágrimas mientras golpeaba la madera ennegrecida por el humo y el fuego proveniente de los respiraderos.

— Y lo mejor, caemos todos por la pendiente, acabamos hechos un embrollo en el suelo, y con solamente una botella entera en el medio. Así que claro, todos pensamos que es la nuestra, y saltamos como locos a por ella. Una pelea épica, si me lo preguntas, especialemente con este granujilla mordiendo la cola de Kibai para hacer que soltase el asa de la bolsa. — añadió Josh dandole con la palma en la cabeza a Filo.

— Aún tengo pelos guardados, y puedo mostrarlos como prueba!! — contestó el Tontatta hinchando el pecho.

— Hyaaahahahaha. Desde luego chico, me alegro que hayas conocido a gente tran divertida en Roshwan. — dijo el capitán Seijuru secándose las lágrimas de las comisuras de los ojos.

— Si capitán, si, yo también... — dijo el mink con los antebrazos apoyados en el mostrador del puesto de comida. — Aunque... realmente no estáis aquí, no? O sea, sé que el capitán está en algún lugar del Grand Line, y vosotros estáis en Roshwan, Josh en la base y Filo en el Golden Lion, entreteniendo a todo el mundo haciendo malabarismos con la bandeja. Todo esto solamente está pasando dentro de mi cabeza.

Para su asombro, los tres rieron de nuevo con fuerza.

— Ahh Kibai Kibai, pues claro que esto está pasando solamente dentro de tu cabeza. — le dijo Filo pegando un salto y dádndole un puñetazo en miniatura en el hombro

— Pero pregúntate una cosa... — continuó Josh. — Desde cuando eso hace que algo no sea real?

Una suave brisa de viento barrió el claro, y de pronto Kibai se vio de nuevo vestido con su uniforme de marine, de pie ante el Capitán Seijuru. Josh, Filo, y el carromato de comida habían deaparecido, y el propio oficial de la marina empezaba a desdibujarse en el aire.

— Ha sido un enorme placer verte, muchacho, aguardo con ilusión el poder abrazarte de nuevo en el Grand Line. No tardes demasiado...

Antes de que que pudiese alcanzarlo, la silueta del capitán se deshizo del todo, con una última frase flotando en el aire.

— Sigue el sendero hacia el acantilado Kibai, aún queda una persona más a la que debes ver...

La Caja de Pandora
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#4
El sendero de piedras continuaba tras el claro, ahora claramente iluminado por el sol, aunque este estaba descendiendo rápidamente. Aunque esta vez, a Kibai no le importó. Por fin reconocía dónde estaba, aquella jungla le era cada vez más familiar, hasta que por fin pasó por un árbol, el cual tenía cuatro arañazos de garras cruzadas entre si. Aquello era la firma que él solia dejar en los árboles que tenían mejores ramas para dormir la siesta, de vuelta cuando era un crío en la isla de Zou.

Tragando saliva, el mink fue muy consciente de a donde se estaba dirigiendo, pues los árboles se fueron abriendo cada vez más hasta llegar a una zona despejada, completamente vacía de árboles, a excepción de un viejo tronco, sostenido apenas por un manojo de raíces viejas y medio salidas de la tierra. El mismo tronco en el que hacía años, un joven Kibai se había apoyado para cazar a un pájaro que estaba más lejos del borde de lo que sería aconsejable. Un error de juventud que le había conducido de vuelta hasta el lugar dónde estaba.

La luna, sorprendentemente rauda, había acabado de salir por el horizonte, y brillaba en el cielo, llena como un disco de plata en el cielo. El viento le envolvió, insuflándole una profunda sensación de paz y...

Los ojos de Kibai se abrieron de golpe, al mismo tiempo que sus fosas nasales se dilataban con fuerza. Aquella brisa traía un aroma muy particular: un azúcar quemado, similar al del caramelo al fundirse. El mink bajó la cabeza sin girarse, riendo suavemente.

— Así que eras tú a quien se refería el capitán... Nunca lo hubiese sospechado.

— ¿Y qué habrías sospechado?

Una voz femenina le respondió, cálida y familiar, acompañada por una pequeña risa que parecía confundirse con el murmullo de las hojas. Cuando Kibai se volvió, vio una enorme figura alada que se encontraba sentada sobre el borde del risco, con una melena de cabellos plateados cubriendole ambos lados del rostro. La joven lo contempló con sus ojos color aguamarina, y alzó entonces una mano hacia él, invitándolo a acercarse.

Sonriendo, Kibai se acercó hacia la roca, sintiendose de nuevo empequeñecido por los casi cinco metros de aquella última visita.

— Asherah, yo...

La joven Lunarian no le dejó terminar, pues inclinó su cabeza hacia él, acariciando el lado derecho de su rostro con delicadeza

— Has cambiado, Kibai... Desde que te marchaste de Kárate, todo lo que has vivido, todo lo que has perdido y cada caída que has tenido que soportar te ha hecho más fuerte, aunque todavía no seas capaz de verlo.


El mink bajó la mirada, fijándose en el collar con la piedra verde que le había regalado en su momento.

— Bueno, digamos que he tenido que apañármelas como pude. Te he echado de menos, sabes? Aquí en Skypiea hay mucha gente como tú, te habría gustado verlo.

Los dedos de la otra mano de Ashera se entrelazaron con los suyos, llegando hasta casi la mitad de su brazo.

— Está bien mirar hacia atrás de vez en cuando, Kibai — murmuró la joven Lunarian con un tono apagado. — Está bien conservar aquello que amaste y agradecer lo que te convirtió en quien eres, porque incluso los momentos que dolieron forman parte del camino que te trajo hasta aquí, pero no puedes quedarte en los recuerdos, y olvidarte de vivir.

El rostro de Asherah se desvió hacia la luna llena, y Kibai recordó con un punto de amargura como le había contado lo que le sucedía por aquel entonces, cuando no era capaz de controlar el Sulong. Sin embargo, aquel instante de pausa duró poco, pues la joven se levantó y lo acompañó tirandole levemente de la mano al borde del risco.

— Esta vez no voy a llevarte, Kibai... — susurró, acariciando una última vez su mejilla e inclinándose para pegar su frente con la del mink — Solo voy a darte el aventón, el camino que sigue es solo tuyo. Mucha suerte.


Antes de que Kibai pudiese decir nada, la joven calló sus protestas con un suave beso, y apoyando ambas manos sobre su pecho le dio un empujón que lo precipitó por el acantilado. El rostro de Asherah se hizo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en una negrura que lo envolvió por completo mientras las aguas heladas lo recibian con su abrazo...

Imagen proporcionada para mayor comprensión


Y entonces, Kibai despertó, tumbado en una cama dentro de una vivienda con paredes doradas. Resollando aún por la pesadilla, miró a su alrededor, buscando tanto sus espadas Raimei y Arashi, como a Moja y a Nyra, que eran las últimas personas que recordaba tener junto a él ante de que Pawurs le golpease con su técnica. Un dolor instantáneo le recorrió, y cuando echó atrás las sábanas, vio que tenía una gran cicatriz en el vientre con forma de huella, en el lugar dónde el gyojin barracuda le había golpeado.

— Hola, Moja? Nyra? Tengo hambre!!


La Caja de Pandora
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#5
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TEMA: CERRADO

STAFF DE NAKAMA NO MI
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