19-08-2026, 08:26 PM
Año 18
Primavera
Día 3
Primavera
Día 3
El sol de Shandora no avisaba al salir. Simplemente aparecía de golpe tras los cúmulos de nubes blancas, lanzando un fogonazo de luz dorada que atravesaba las cortinas de la casa de madera que los Custodios le habían asignado a la Marina. Moja se despertó solo, exactamente diez minutos antes de la hora a la que solía tocar corneta en el cuartel.
Se quedó unos segundos tumbado de espaldas en el jergón, con los ojos amarillos fijos en las vigas del techo. La cama del cielo era demasiado blanda para su gusto. Le recordaba a las colchonetas de paja vieja de la academia, esas que se hundían por el centro y te dejaban los riñones hechos un cisco al día siguiente. Se incorporó despacio, escuchando cómo le crujían los nudillos de las manos y las vértebras del cuello. A su alrededor, la casa estaba en completo silencio. Ni rastro de los ronquidos de Juan, ni de las tonterías de Enji, ni de la charla de Kibai. Todos los demás habían salido temprano para asistir al funeral de los caídos en la Knock Up Stream o andaban desperdigados por el pueblo buscando comida gratis.
A él no le apetecía ver a nadie. Mucho menos a piratas o a compañeros con ganas de cháchara.
Se levantó, se calzó las botas militares bien abrochadas, ajustó los hebillajes de la pechera de su uniforme blanco y tomó su gorra. Antes de ponérsela, se frotó el pelaje oscuro de la nuca para quitarse un resto de pelusa del jergón. Salió por la puerta trasera sin hacer un solo ruido con la suela, esquivando la calle principal donde ya se empezaba a arremolinar la gente para las ceremonias de la mañana.
El aire en la parte alta de la ciudad olocía a humedad fresca, a musgo y a un tipo de resina dulce que salía de los troncos de los árboles gigantescos que atravesaban las ruinas. Moja echó a andar por un sendero de tierra y vearth que se alejaba del centro urbano, metiéndose de lleno en una zona donde las piedras antiguas de la antigua Shandora estaban medio devoradas por las raíces gruesas y las enredaderas de hojas anchas.
No tenía un plan. Solo quería caminar hasta que las piernas le entraran en calor y se le borrara del todo la pesadez que arrastró durante los juegos de la jornada anterior.
A los veinte minutos de marcha, el sendero empezó a volverse más estrecho y empinado. El terreno de vearth, la tierra firme tan codiciada por los nativos del cielo, dejaba paso a tramos de nube sólida que crujían levemente bajo el peso de sus botas. Moja caminaba a paso constante, rítmico, manteniendo los brazos sueltos a los lados del cuerpo y las orejas tiesas, captando el crujido de las ramas altas y el silbido del viento entre las piedras.
De repente, una pequeña sombra cruzó el camino a unos diez metros de él.
Moja se frenó en seco. Levantó levemente la visera de la gorra con un dedo de la mano izquierda, achicando los ojos amarillos. No era un soldado alado ni un pirata. Era un muchacho pileb, un crío de no más de ocho o nueve años, con unas alitas blancas diminutas en la espalda que apenas le servían para dar saltitos. El crío vestía una túnica de tela basta, deshilachada en el bajo, y llevaba a las espaldas una cesta de mimbre bastante más grande que él, llena hasta arriba de unas frutas ovoides de color azul oscuro.
El chaval no se había dado cuenta de la presencia del mink. Estaba agachado junto a un matojo de vegetación celestial, intentando alcanzar una fruta que se le había escapado de la cesta y que había ido a parar justo al borde de una grieta en el suelo de nube.
Moja se quedó mirándolo en completo silencio. No se movió. No carraspeó. No hizo la menor intención de acercarse ni de asustar al crío.
El muchacho estiró el brazo todo lo que pudo, rozando la fruta azul con la yema de los dedos, pero la pendiente de la nube era traicionera. La tierra suelta cedió bajo su sandalia y el crío soltó un chillido agudo mientras resbalaba medio metro hacia la brecha. La cesta voló por los aires y las dos docenas de frutas azules salieron rebotando en todas direcciones, desperdigándose por la ladera de vearth y perdiéndose entre los matorrales.
El crío logró agarrarse a una raíz gruesa con las dos manos, quedando colgado a medio camino del agujero, con las piernas pataleando en el aire y la cara descompuesta por el susto.
-¡Aaaah! ¡Socorro!- chilló el pequeño pileb, mirando hacia arriba con los ojos llenos de lágrimas.
Moja no dudó. No soltó ningún grito de ánimos ni se puso a dar órdenes. Simplemente dio tres zancadas largas y pesadas, acortando la distancia en un segundo. Se plantó en el borde de la grieta, dobló las rodillas para bajar el centro de gravedad, estiró el brazo derecho y agarró al muchacho por la tela dura de la espalda de su túnica. Con un tirón seco y preciso, levantó los veinte kilos del chaval a pulso como si fuera una bolsa de patatas y lo depositó sobre el vearth firme, a tres metros de la grieta.
El crío cayó de culo sobre la tierra batida, hiperventilando, con las alas temblando como hojas secas. Se pasó las manos por los ojos para quitarse las lágrimas y levantó la vista, encontrándose de frente con la mole del mink pantera: un militar alto, de pelaje negro, gorra blanca calada y ojos amarillos que le devolvían una mirada completamente inexpresiva.
El chaval se tragó el sollozo de golpe, asustado ahora por el aspecto del soldado de la Marina.
-G-gracias... señor...- balbuceó el crío, encogiéndose de hombros y mirando la cesta vacía que yacía tirada a pocos metros. -Mis frutas... Se han caído todas.-
Moja no respondió. Ni un asentimiento, ni una palabra. Se limitó a girar el cuello hacia la vegetación donde habían ido a parar las frutas azules. Se agachó, recogió la cesta de mimbre que estaba boca abajo en la tierra y empezó a caminar despacio entre los matorrales, buscando los frutos desperdigados.
El muchacho pileb se quedó quieto un momento, parpadeando con incredulidad, viendo cómo el enorme gato negro en uniforme blanco se agachaba con paciencia a coger una por una las frutas azules de entre las espinas. Al cabo de un minuto, el crío se armó de valor, se levantó limpiándose el polvo de la túnica y empezó a ayudarle a buscar por el otro lado del camino.
Durante los siguientes diez minutos, el único sonido en ese rincón de la isla fue el crujido de las botas de Moja contra las ramas secas y el golpe sordo de las frutas al ser depositadas dentro del mimbre.
Moja trabajaba con método. Apartaba las hojas grandes con la garra izquierda, localizaba el fruto, lo soplaba para quitarle la tierra suelta y lo colocaba en el fondo de la cesta sin aplastar los de abajo. Encontró catorce. El crío encontró seis más.
Cuando terminaron de rastrear la ladera, Moja levantó la cesta cargada y se la tendió al chaval.
El muchacho la tomó por las asas de cuerda, haciendo un poco de fuerza para aguantar el peso. Miró a Moja de abajo a arriba, sorprendido de que aquel soldado tan serio no le hubiera soltado una bronca por andar jugando cerca de las grietas.
preguntó el niño, ladeando la cabeza con curiosidad.
Moja lo miró fijamente. Se ajustó la visera de la gorra con un toque seco.
-Sí- soltó Moja, con esa voz grave, seca y rasposa que usaba siempre que se veía obligado a articular palabra.
El crío pareció animarse al ver que el gigante de pelaje negro sí que hablaba, aunque fuera poco.
-Yo no pude ir a la arena a verlos... Mi padre dijo que había demasiado jaleo y que nosotros teníamos que recoger las syl-bayas antes de que se sequen con el sol del mediodía. ¿Usted peleó abajo?-
Moja mantuvo las manos metidas en las aberturas de la pechera, con los codos ligeramente abiertos. Miró hacia las copas de los árboles gigantescos por un segundo antes de volver a clavar sus pupilas en el chaval.
-No. Corrí.-
El niño arrugó el ceño, intentando procesar la respuesta tan corta.
-¿Corrió? ¿Y ganó? Mi hermano dice que los del Mar Azul son todos muy rápidos y que tienen poderes raros.-
-Quedé cuarto- respondió Moja, sin cambiar el tono neutro ni añadir un solo detalle sobre los skylómetros o el Electro.
El crío soltó una pequeña risa nasal, perdiendo del todo el miedo al mink.
-Bueno, quinto no está mal... A mí se me da mal correr porque estas alas son muy pequeñas y me pesan los pies. Por eso resbalé antes. La grieta esa no estaba aquí la semana pasada. Apareció tras la tormenta de viento del mes pasado.-
Moja echó un vistazo a la brecha. No era una grieta natural por erosión de nubes. El Veart de esa zona estaba asentado sobre una estructura de piedra antigua que se había ido desplazando por el peso de las raíces. Se agachó junto al borde, metió los dedos en la tierra batida y sacó un pedazo de ladrillo blanco pulido, bastante similar a los que había visto en las ruinas del templo central de Shandora.
El crío se acercó un paso, mirando con curiosidad el pedazo de piedra que Moja sostenía en la garra.
-Hay muchas piedras de esas por todo el bosque. Mi padre dice que antes esto era una ciudad enorme llena de oro, pero que ya no queda nada porque los reyes de antes se lo llevaron todo. ¿Es verdad que en el Mar Azul hay tierra por todas partes y no se flota sobre las nubes?-
Moja tiró el pedazo de piedra al fondo de la grieta, escuchando cómo golpeaba contra el fondo al cabo de tres segundos. Se puso en pie despacio, limpiándose la tierra de los dedos contra el muslo del pantalón.
-Sí. Hay tierra.-
El niño suspiró, mirando al horizonte donde las nubes blancas se juntaban con el azul del cielo.
-A mí me gustaría ver el Mar Azul algún día... Pero mi padre dice que la Knock Up Stream es peligrosa y que la gente se muere al subir. Ayer dijeron en la plaza que murieron casi cincuenta hombres intentando llegar. ¿Usted vio a los que se cayeron?-
Moja se reajustó la pechera del uniforme. El recuerdo de los barrancos y de los barcos destrozados que vieron durante el ascenso se le pasó por la cabeza un instante, pero no era plan de ponérselo a contar a un crío de ocho años.
-No los vi.-
El chaval acomodó la cesta de mimbre en el suelo, ajustándose las correas que le cruzaban el pecho. Parecía que la brevedad de las respuestas de Moja no le molestaba en absoluto; al contrario, le transmitía una tranquilidad rara, muy distinta a los chillidos y los discursos exagerados que solían soltar los mercaderes del pueblo.
-¿Hacia dónde va ahora, señor marine? El camino de arriba está cortado por las raíces del árbol viejo. Si sigue por ahí va a dar a los acantilados del este, donde no hay nada más que viento y pavorreales alados.-
Moja miró la senda que subía serpenteando entre los troncos.
-Iba arriba.-
-Pues no se puede pasar por ahí. Ayer se cayó un tronco enorme y bloqueó la bajada del agua. Si quiere volver a la ciudad, es mejor ir por el sendero de las piedras rojas. Yo voy para allá a llevarle las bayas a mi madre. ¿Quiere probar una? Están muy dulces.-
El crío metió la mano en la cesta, sacó una de las frutas azules del tamaño de una ciruela, la limpió un poco contra su túnica y se la tendió a Moja con una sonrisa amplia.
Moja miró la pequeña fruta azul en la palma del crío. La verdad era que no había desayunado nada antes de salir de la casa y el estómago empezaba a pedirle algo de combustible tras la caminata. Agarró el fruto con la punta de dos garras, cuidando de no pellizcar al crío, y se lo llevó a la boca.
La mordió. Era ácida al principio, pero luego soltaba un jugo espeso y bastante dulce que le quitó la sequedad de la garganta de golpe.
-Está buena- dijo Moja, masticando despacio y tragando.
El niño se puso contento, como si haber conseguido el aprobado del soldado gigante fuera un gran logro.
-Se llaman syl-bayas. Mi madre hace una mermelada con ellas que se vende muy bien en el mercado de la tarde. Si quiere, le digo que le guarde un frasco para cuando vuelva a la ciudad.-
Moja negó con la cabeza levemente.
-No hace falta.-
El pequeño pileb se echó la cesta a las espaldas de nuevo, haciendo un pequeño esfuerzo con los hombros para ajustar las correas sobre las alitas. Empezó a caminar a paso ligero por el sendero lateral, el de las piedras rojas, volviéndose cada tres pasos para comprobar si el mink le seguía.
Moja no tenía mejor sitio al que ir. Echó a andar a un par de metros detrás del muchacho, manteniendo el paso lento para no dejarlo atrás.
El camino lateral era bastante más llano y discurría por debajo de una bóveda de ramas gigantescas que filtraban la luz del sol en haces dorados y verdosos. El crío no paraba de hablar mientras caminaba, haciendo preguntas sobre cualquier cosa que se le pasaba por la cabeza y respondiéndose a sí mismo la mitad de las veces cuando Moja tardaba en decir nada.
-¿En el Mar Azul hay gatos gigantes como usted?- preguntó el niño sin darse la vuelta.
-Soy un mink pantera- corrigió Moja con tono tranquilo desde atrás.
-Ah... Mink. Nunca había visto uno. Ayer vi a un tipo que era un perro con sombrero y a una mujer que tenía alas de pájaro gigante pero no era de Shandora. Aquí todo el mundo dice que los del Mar Azul son raros. Mi tío dice que algunos tienen frutas que los convierten en monstruos de fuego y de luz. ¿Usted tiene alguna fruta de esas?-
Moja miró su muñeca derecha, de donde normalmente salían la flechas de su fruta Aro-Aro.
-Tengo una.-
-¿Y de qué es? ¿Lanza fuego? ¿Se convierte en un animal como el señor del concurso que era un topo?-
-Lanza flechas.-
El crío se frenó en seco, girándose sobre los talones con los ojos abiertos como platos.
-¿Flechas? ¡Ené, qué pasada! ¿Me enseña una? ¡Por favor! Solo una pequeña para ver cómo funciona.-
Moja suspiró por la nariz, dejando salir una pequeña bocanada de vaho. No le gustaba andar haciendo exhibiciones de sus poderes como si fuera un titiritero de feria, bastante había tenido ya con el numerito del barro y el veneno de la tarde anterior, pero mirar la cara de expectación del chaval le hizo aflojar un poco la disciplina.
Levantó el brazo derecho, flexionó la muñeca e hizo brotar de la piel una tira elástica blanquecina de unos veinte centímetros, con la punta biselada en forma de flecha vectorial. La tira flotó un segundo en el aire, emitiendo una pequeña vibración antes de encogerse de vuelta y desaparecer bajo la manga de su uniforme blanco.
El niño se quedó mudo dos segundos, con la boca abierta.
-¡Aaaala! ¡Ha salido de su piel! ¿No le duele?-
-No- respondió Moja, volviendo a andar para que el crío no se quedara atascado en mitad del camino.
-Eso serviría genial para coger las bayas de las ramas altas sin tener que subirme a las piedras... A mí siempre me da miedo ponerme de pie en las rocas húmedas porque resbalan mucho.-
Caminaron unos diez minutos más hasta que la vegetación densa empezó a abrirse, dejando ver al fondo los tejados de madera y las plazas de piedra de la zona periférica de Shandora. El ruido del mercado y el murmullo de la gente volviendo de las ceremonias matutinas empezaban a llegar hasta allí en un eco lejano.
En la entrada del sendero, junto a una choza pequeña de paredes de vearth y techo de paja celestial, una mujer pileb con alas medianas y un delantal sucio de jugo azul estaba de pie, mirando hacia el bosque con cara de preocupación.
En cuanto vio aparecer al niño con la cesta a las espaldas, la mujer dejó salir un suspiro de alivio y caminó rápido hacia él.
-¡Aris! ¿Dónde te habías metido? Llevo media hora buscándote. Te dije que no te alejaras tanto hacia la zona de las ruinas viejas.-
El niño corrió los últimos metros, dejando la cesta de mimbre en el suelo junto a los pies de su madre.
-¡Es que se me cayeron las bayas cerca de la grieta grande, mamá! Pero este señor marine me ayudó a cogerlas todas y me sacó del agujero cuando resbalé.-
La mujer levantó la vista, sorprendida, encontrándose con la figura alta y sobria de Moja, que se había detenido a unos cinco metros de la choza, con los brazos cruzados y la gorra blanca bien puesta.
La madre se puso visiblemente nerviosa al ver el uniforme de la Marina del Mar Azul. Se ajustó el delantal con manos temblorosas y le hizo una pequeña reverencia de respeto.
-M-muchas gracias, señor oficial... Este niño no tiene cuidado cuando anda por el bosque. Le estoy muy agradecida. ¿Desea pasar a tomar un poco de agua o comer algo? No tenemos mucho, pero...-
Moja dio un paso atrás, negando con la cabeza levemente.
-No hace falta. Cumplía con el deber.-
La mujer parpadeó, un poco descolocada por la frialdad y la brevedad del militar, pero le volvió a hacer un gesto de agradecimiento con la cabeza.
El niño, Aris, saludó con la mano desde la puerta de la choza.
-¡Adiós, señor mink! ¡Gracias por la flecha!-
Moja no dijo nada. Se limitó a llevarse dos dedos a la visera de la gorra en un saludo militar seco y preciso, dio media vuelta sobre sus botas y tomó el camino que llevaba de vuelta al centro de la ciudad.
El sol de mediodía pegaba ahora con fuerza sobre los tejados dorados de Shandora. A medida que se acercaba a las calles principales, el ambiente se iba volviendo más ruidoso. Vio a lo lejos a un grupo de piratas de los Sepultura discutiendo acaloradamente junto a un puesto de carne asada, y más allá vislumbró la silueta del Comandante Stroud caminando con paso firme junto a un par de marines de la División Ochenta.
Moja apretó el paso, desviándose por un callejón lateral para no cruzar miradas con nadie.
Llegó a la casa de madera que les habían asignado, abrió la puerta trasera sin hacer ruido y entró. La casa seguía vacía. Se quitó la gorra, la dejó sobre la mesa de madera limpia y se sentó en la silla junto a la ventana que daba al patio interior. Sacó de su bolsillo un pequeño paño de tela dura que siempre llevaba encima y se puso a limpiar concienzudamente el cuero de sus botas, quitando los restos de vearth y polvo rojo que se le habían pegado durante la caminata.
No había ganado ningún trofeo en los juegos, ni saldría en las noticias del imperio celestial, ni recibiría los favores del Emperador. Pero la bota izquierda ya estaba limpia, el aire de la tarde entraba fresco por la ventana y la jornada, al menos para él, ya había cumplido su propósito.
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
