Presente Relativo
Capítulo 1 – Las señoritas del bosque.
El hermoso escenario selvático se extendía a la vista en uno de los tantos caminos cercanos a la majestuosa ciudad de Shandora. Cientos eran los árboles, cuyas hojas bailaban movidas por el viento y servían como el hogar de pequeños animales que se alimentaban de los frutos de sus ramas.
Los ojos del pirata buscado, Miyamoto Ryota, se maravillaban con cada paso transitado por el sendero. Apreciando toda clase de aves, frutos silvestres y criaturas endémicas de la isla que rondaban por entre la espesa vegetación. “Cutututuuuu Cutuucututuuu” Intentaba llamar su atención como si se tratase de gatos, esperando que alguno de ellos se le acercara para poder disfrutar de su compañía. Por desgracia, ninguno pareció caer ante los encantos del castaño, a excepción de Tocho Morocho.
El confiable corcel negro lo acompañaba en su caminata, pues esa mañana lo atrapó escabulléndose del lugar donde se hospedaban junto con los demás y prefirió seguirlo para evitar que se metiera en problemas.
Los problemas eran un concepto que parecía perseguir al joven de cabellos castaños, quien pese a su aparente actitud descuidaba siempre demostraba tener una razón valida detrás de sus acciones.
“¡Qué hermoso lugar! Hace mucho que no pasábamos por una isla tan tropical, ¿no?” Preguntó desviando la atención al Caballo, que contestó con un fino relinchar. “No lo sabes, pero mi isla natal es algo parecida, algún día tenemos que ir…” Continuó, viajando a sus recuerdos mientras cerraba sus ojos al compás de su caminar. “Los aromas, el volcán, las costas para surfear, creo que te encantaría.” Recordar el pasado era algo que no solía hacer, mas la nostalgia llegaba de vez en cuando, obligándolo a preguntarse cómo se encontraría su madre, su padre o sus demás hermanos.
Por unos segundos, la sonrisa siempre plasmada en su rostro se desvaneció, dando paso a una expresión melancólica.
Al notarlo, el corcel se le acercó para morder sus cabellos y tirar de él. “¡Ahhh! Espera, espera, ¿qué haces?” Ryota se quejó, avanzando junto al caballo para que el dolor por la tensión se redujera. Era la forma de Tocho Morocho para decirle “Quita esa cara, no eres así.” Por lo que tras un par de pasos lo soltó, burlándose con un bufido de su nariz.
“Vale, vale, lo pillo. Tienes razón, seguro están todos bien.” Concluyó el capitán, al entender la forma en que su compañero le estaba animando.
Tocho Morocho le soltó de los cabellos, para que ambos continuaran su caminata. Sin embargo, un ahogado quejido de esfuerzo se escuchó entre los matorrales. No fue un sonido angustiante; era algo más parecido al quejido tímido de una señorita en necesidad.
Ryota y Tocho se observaron el uno al otro, ambos eran lo suficientemente malpensados como para malinterpretar el origen del sonido. “Kekeke, tienes razón, Tocho; si es una señorita en dificultades, no podemos dejarla sola, Kekeke” Ryota se aprovechó de la situación. Sus mejillas sonrojadas dejaban en evidencia que el supuesto aire de samaritano preocupado no era más que una excusa para sacar provecho de la situación y acercarse sin reparo a la posibilidad de encontrar a una hermosa señorita disfrutando de los placeres de la vida en medio de la naturaleza.
El corcel actuó de la misma forma, riéndose con genuinos relinchos de complicidad para seguir hasta la muerte a su capitán.
“Señoritaaa, señorita, ¿se encuentra bieennn? Solo somos dos buenos samaritanos que intentamos ayudarla. Disculpe si vemos algo que no deberíamos ver...” Con un tono meloso, Ryota alzaba la voz, esperando alguna respuesta.
Lo que en principio fue un solo gemido se convirtió en tres, luego en cuatro, cinco; eso ocasionó que ya no solo las mejillas, sino las caras de ambos se tornaran rojas y comenzaran a forcejear el uno con el otro en su avance por ver quién era el primero en llegar.
Empujones, mordiscos y zancadillas protagonizaron el recorrido mientras los geminos iban en crescendo más allá de un gran arbusto, el cual pensaron que sería el último escalón para encontrar por fin su ansiada recompensa.
Los dos lo atravesaron casi al mismo tiempo, imaginando un gran harén de doncellas al otro lado… pero lo único que encontraron fueron musculosos, fornidos y sudorosos hombres lunarians haciendo ejercicio con gigantescas calabazas en medio de un gran claro en la selva.
“¿Uh ?” Uno de ellos pareció fijarse en los recién llegados. “Hermanos, parece que tenemos visitas.” Indico a los demás, que detuvieron sus ejercicios dejando las calabazas a los costados para acercarse a Ryota y Tocho morocho, quienes estaban en posición fetal sobre el suelo tan deprimidos que un aura oscura se cernía sobre sus cuerpos.
“No engañaron… mintieron… jugaron con nuestros sentimientos…” Con un tono afligido y reducido, Ryota repetía constantemente esas palabras, sin importarle que los cinco morenos de cuatro metros los hubiesen rodeado y estuvieran observando.
“¡Porque tienen que gemir de esa maneraaaa! ¡No ven que pueden engañar a pobres viajeros como yo que tan solo quieren ayudar a señoritas indefensasssss!” Se levantó de golpe junto a Tocho morocho, ambos con expresiones de enojo en sus rostros, como quienes acaban de ser estafados por una red piramidal y tan solo quieren recibir su dinero. “Briiii, briiii, Hiiii, Briiii” Lo acompañaba el caballo con el mismo enojo que su compañero de viaje.
“Hyehyehyehyehyehye” grande fue la carcajada que los cuatro Lunarians liberaron ante los sinsentidos cómicos de la pareja. “Disculpa, habitante del mar azul Hyehyehyehyehye, no queríamos confundirte con nuestro entrenamiento Hyehyehyehyehye.” Su amabilidad fue evidente; pese a reírse, no parecían haberse molestado en lo más mínimo por lo ocurrido.
Los cinco Lunarias parecían hermanos; sus facciones eran similares, con apenas pequeñas diferencias, ojos azules, cabelleras largas ondeantes al viento, finos pantalones de seda de distintos colores y carentes de calzado. La ausencia de ropa podría deberse al entrenamiento, pues el sudor que adornaba sus torsos parecía ser suficiente para dejar camisas o chalecos inservibles.
Las quejas de Ryota y Tocho Morocho cesaron con las disculpas del quinteto, recuperándose rápidamente ante la buena actitud mostrada por los lunarians.
“Está bien, sin resentimientos. ¿Pero por qué hacen esos gemidos? ¿Tan pesadas son las calabazas?” Preguntó el joven de cabellos castaños, que aún no podía entender por qué hombres tan fornidos hacían sonidos como esos.
“Hyehyehyehyehyehye lo son.” Contesto uno de ellos, dando un pequeño empujón con su diestra a la espalda de Ryota para hacerlo avanzar. “Vamos, intenta levantar una sola de esas calabazas.” Le invitaron a tratar.
Ryota pudo entonces apreciar mejor el entorno cuando los lunarians se hicieron a un costado para permitirle avanzar hasta las calabazas. El claro estaba compuesto por unos cuarenta metros cuadrados de prado con algunas zonas de tierra, eso podría deberse al desgaste natural por el entrenamiento de aquellos hombres. “Vale, veamos si es tan pesado como dicen.” No pudo evitar sentirse desafiado por el grupo de cinco, así que decidió seguirles el juego y acercarse a una de las calabazas. Estas poseían una forma de pera, similares a las que solían usarse como cantimploras en los grandes desiertos. Sin embargo, la mayor diferencia con aquellas, es que las de skypiea median dos metros y medio de alto.
“No se como pase de querer espiar chicas a esto, pero quizás sea un buen entrenamiento…” Pensó antes de agacharse frente a la calabaza y abrazarla. El tacto fue frío, sintiendo en ese momento una extraña vibración en su interior. “¿Agua?” Los ojos se abrieron en sorpresa, pero si solo era líquido, podría alzarlo sin problemas o al menos ese fue su pensamiento antes de usar su fuerza y sentirse como si estuviera tratando de levantar una montaña. “¿Qué… carajos…?” El chico de ojos ambarinos no daba crédito a lo que estaba sintiendo, pues no podía siquiera despegar el recipiente del suelo.
“Hyehyehyehyehyehyehye” Rieeron los lunarians a su espalda. “Descuida, habitante del mar azul, es normal la primera vez. Son cantimploras especiales; están diseñadas para ser muy pesadas, pesan un poco más de cuatro toneladas.” Lejos de escucharse como gym bros arrogantes, los lunarians tan solo se percibían como compañeros de entrenamiento, tratando de explicarle algo al pirata. “Nuestro maestro nos pidió entrenar con ellas para avanzar en el aprendizaje del Haki” reveló uno de ellos, tras parar de reír.
“¿Haki?” Ryota lo había escuchado antes, justo cuando Runin enfrentaba su combate en la arena, el capitán de los Sepultura se refirió a ello como el poder para hacer trampa. “Espera, ¿hablan del poder para hacer trampa?” Sus brazos continuaban aferrados a la calabaza; aún no abandonaba el intento por levantarla, pero no podía ignorar una mención tan importante.
“¿El poder para hacer trampa? Hyehyehyehyehye no, no nada de eso, es un poder antiguo y místico que se enseña en esta isla solo a los más aptos.” Dijo uno de los Lunarians, con una voz más tosca. “El maestro nos dijo que debíamos ser capaces de completar una rigurosa serie con esas calabazas si deseábamos aprender el uso básico de ese poder.” Informó otro, con una voz más aguda. “Hemos estado entrenando desde hace semanas, así que no te preocupes si no lo logras, habitante del mar azul.” Los cinco parecían compenetrarse tanto que Ryota sintió como si hablara con una sola persona.
“Entiendo, en ese caso, ¿qué les parece si hacemos una apuesta?” Apretó los dientes con esfuerzo a cada palabra. “Si logro completar esa serie, ustedes me llevarán con su maestro para que me enseñe Haki” La sonrisa forzada del castaño hacía evidente su dificultad para levantar la calabaza, por lo que pudo imaginarse la reacción de los lunarians, los cuales comenzarán a reír de nuevo. “Vamos, bros, acepten que esto está bastante pesado…” Insistió con esfuerzo, sintiendo cómo la calabaza ni siquiera se inmutaba por su fuerza.
“Hyehyehyehyehyehye deacuerdo, habitante del mar azul, si consigues completar la serie, te llevaremos con la maestra.” Las palabras confiadas y risas de los quintillizos dejaban en evidencia sus pensamientos. Ellos creían que era imposible para un hombre con la complexión del castaño conseguir una proeza física como la de levantar algo de ese peso, no obstante, sus ojos pasaron de entrecerrados por la risa a una tenue sorpresa que fue evolucionando hasta una mirada de completo escepticismo.
“¡¿Lo está consiguiendo?!” Gritaron los cinco hermanos al unísono cuando notaron que las venas comenzaban a marcarse en los músculos de Ryota y la gran cantimplora de casi cuatro toneladas se despegaba del suelo poco a poco. “En serio, ese habitante del mar azul lo está consiguiendo…” Ninguno podía creerlo, pero estaban a punto de quedar todavía más impresionados con lo que sucedería a continuación.
“¡SLAM PARTYYYYY!” El grito de Ryota desató una increíble transformación en su cuerpo. Dos nuevos pares de brazos de color oscuro salieron por debajo y arriba de los originales sujetándose con fuerza a la cantimplora.
“¡QUUUUUEEEEEEEEE!” Los ojos y lenguas de los lunarians, incluidos los de Tocho Morocho salieron de sus órbitas cuando vieron cómo el pirata levantó la calabaza del suelo con mayor facilidad.
“Ahhhh, así está mejor, de esta forma es más fácil sujetarla.” Sonrío girando a ver a las lunarinas con la calabaza encima de su cabeza, sostenida por solo cuatro de sus brazos. “¿Entonces? ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Cuál es esa serie del infierno? kekeke” Ryota cruzaba los otros dos restantes frente a él con una sonrisa.
“¡Esooo es increíble, habitante del mar Azul!” Le alabaron, el chico consiguió impresionarlos tanto que se acercaron para ver los nuevos brazos del Castaño. “Bien, lo hiciste, pero esta es la parte más fácil, prepárate para sudar.” Afirmó uno de los hermanos, el que parecía ser el líder de los demás.
Las siguientes dos horas, Ryota, junto a los cinco lunarians, protagonizó una sesión de arduo entrenamiento con las cantimploras: primero, press de banca, press militar, press Arnold, push press, leg press y para finalizar, pequeñas carreras de alta intensidad con la calabaza a espaldas. Todos los lunarians quedaron exhaustos al terminar, mientras Ryota sonreía tomando algo de agua de la calabaza para refrescarse.
El entrenamiento que vivió a manos de su maestra en la isla Karate había acostumbrado su cuerpo a ese rigor, por lo que sabía mantener una reserva de energía. ”Qué agotador… ya puedo entender por qué hacen esos sonidos tan raros, kekeke, pero bueno, gané la apuesta, así que llévenme con su maestro.” Indicó cuando terminó de refrescarse viendo en dirección a los apaleados Lunarians.
Capítulo 2 - El Dojo y el maestro Kaelith
Después de un ameno descanso, los cinco lunarias tuvieron las fuerzas necesarias para emprender la marcha en dirección a Shandora. Grande fue la sorpresa de Tocho Morocho y Ryota cuando los vieron volar con soltura por el cielo, utilizando sus poderosas alas negras para hacer toda clase de acrobacias. “¡Hey esperen! ¡Nosotros no pode…! WOOOOOOHHHHHHHH” Un fuerte tirón interrumpió las palabras del castaño cuando un extraño agarre lo sujetó en la zona arriba de sus codos por los dos brazos y su cuerpo comenzó a elevarse del suelo. Lo mismo ocurrió con Tocho Morocho, que en cuanto levantó la mirada, pudo notar cómo quien lo había agarrado era uno de los lunarians. “Así es como viajamos habitante del mar Azul Hyehyehyehyehye” gritó el que sostenía a Ryota en medio de las corrientes de viento que hacían difícil escucharlo.
Un sonoro grito del pirata de orbes ámbarinos hizo sonreír a todos los demás. Se le podía ver disfrutar la sensación del viento en todo el cuerpo. “¡Esto es genial! ¡Kekekekeke que maldita envidiaaaaa!” Reía conforme el Lunarian que lo sostenía realizaba toda clase de diferentes giros y espirales para exaltar aún más la experiencia del vuelo.
Pronto el hermoso paisaje verde de la jungla cambió a uno más rural, protagonizado por las casas locales, las cuales se encontraban más alejadas del centro de Shandora. Lo que en un principio le costó al pirata una larga caminata; los Lunarians lo habrían recorrido en cuestión de pocos minutos gracias a su envidiable don natural.
“¡Prepárense para el aterrizaje!” Exclamaron los cinco lunarians que viajaban en conjunto con ellos. Del mismo modo en que fueron alzados hacia el cielo, sintieron cómo sus estómagos se recogían ante el vértigo del descenso esperando lo peor. No obstante, sus pies tocarían el suelo de la calle con sumo cuidado y el agarre en sus extremidades desapareció.
“Hiiii hiiii hihiii” Ahora suelto, el caballo negro se acostó sobre el suelo de forma dramática besando la tierra con sumo aprecio. Como buen animal terrestre, parecía no haber disfrutado mucho la experiencia y las lágrimas de felicidad en sus ojos reflejaban el hecho.
“Kekeke, vamos, Tocho, no estuvo tan mal.” Comentó el castaño mientras arreglaba sus cabellos revueltos por el poderoso viento en las alturas.
“Lo prometido es deuda, habitante del mar azul, este es nuestro dojo.” Indico uno de los lunarians señalando con su brazo al pequeño edificio que tenía detrás de él.
Ryota observó con interés la arquitectura del lugar, similar a las demás construcciones en la ciudad, pero, de considerable espacio, el dojo se extendía a sus ojos como un escenario donde varios integrantes de las diferentes razas que llenaban la isla podrían acercarse a formar sus cuerpos. “Es bastante bonito, nada que envidiar a Karate Island.” Dijo Ryota con enorme agrado, para hacer hincapié en algo que estaba comenzando a molestarle. “No nos hemos presentado. Mi nombre es Ryota, chicos, y si no tienen problema, me gustaría también saber el de ustedes.” La pregunta pareció sorprender a los Lunarians, quienes alcanzaron a sentir una clara vergüenza plasmada en sus rostros por haber sido tan groseros.
“Disculpa, Ryota, siempre nos centramos tanto en el entrenamiento que olvidamos la buena educación. Mi nombre es Kwame el mayor.” Respondió el Lunarian con pantalón de seda azul. “Yo soy Zola, un placer”, continuó el que estaba junto a él con pantalón rojo. “Amani.” Musito el de pantalón verde elevando la diestra con una V formada por los dedos índice y medio. “Nio, pero mis amigos me pueden llamar Nie.” Comentó otro con una actitud mas animada y pantalón amarillo. “Y yo soy Kofi, el menor de todos.” Culmino con la presentación él de pantalón negro.
“Ah, y este de aquí es Tocho Morocho, mi amigo.” El castaño señaló al caballo negro que ya había dejado de besar el suelo para posarse a su lado como quien no quiere la cosa.
Finalizadas las presentaciones, el grupo avanzó por la entrada principal del dojo hasta el interior, en donde se encontraron con un hermoso jardín lleno de varios discípulos entrenando. El lugar descrito daba acceso a un gran salón con dos enormes puertas abiertas que permitían ver el interior desde afuera. Kwame, alertó a Ryota antes de que pusiera un solo pie en el suelo del salón con una seña antes de que este último ensuciara el suelo sagrado con sus zapatos.
El castaño agradeció la indicación, retirándose los zapatos para poder avanzar; no obstante, tuvo que dejar allí a Tocho Morocho, pues si el animal avanzaba por ese lugar, lo más probable es que maltratara la madera con sus herraduras.
Desde el momento en que ingresó, Ryota se percató que al otro extremo del salón, de no más de cincuenta metros cuadrados, se encontraba un hombre de aspecto intimidante.
En apariencia general, este individuo poseía los mismos rasgos que presentaban todos los lunarias, piel oscura, cabello blanco y grandes alas negras a su espalda. Sin embargo, los anteojos en su rostro, facciones, forma de vestir y un magistral estoque apoyado en el suelo, lo hacían verse como alguien mucho más recatado, serio y elegante.
Cuando el grupo de cinco se posó a dos metros de la figura autoritaria, Kwame, Zola, Amani, Kofi y Nia adoptaron una posición de seiza frente a quien Ryota creía que era el maestro de los cinco. Siguiendo a los Lunarians, Ryota imitó la misma postura manteniendo un semblante respetuoso hacia el dueño del dojo.
“Maestro.” Dijo Kwame agachando la mirada y deteniendo sus palabras, como si esperara el permiso para continuar.
“Kwame, ¿puedo saber por qué tus hermanos y tú traéis a alguien del mar azul a mi dojo?” Preguntó tajante el Lunarian de lentes, que se encontraba sentado sobre un zabuton con sus piernas cruzadas en posición de loto. La mirada del maestro se posó sobre Ryota, mas el brillo de sus lentes impedía que cualquiera de los presentes se diera cuenta de ello.
“Maestro Kaelith, este chico nos ha impresionado enormemente; él ha conseguido realizar el entrenamiento con las calabazas en su primer intento.” La voz del mayor de los hermanos fue seguida por un incómodo silencio.
Kaelith no dijo nada; se mantuvo sin habla, llevando al interior de su abrigo la diestra para sacar de allí un cilindro con cigarrillos de tabaco, tomó uno con los labios y prosiguió guardando el recipiente. “¿Ah sí? ” Musito con aparente desinterés, sacando un mechero con la otra mano para encender el cigarrillo. “¿Entonces creen que ese es un mérito para que yo lo entrene? No me hagan reír, yo pude hacer ese mismo entrenamiento con tan solo 7 años…” La mano con el mechero se aproximó al cigarrillo en sus labios para encenderlo y otorgar una profunda calada.
“¿En serio ha conseguido levantar ese peso a tan temprana edad? Este tipo debe ser mucho más fuerte que todos los participantes del torneo…” Fue el pensamiento que cruzó por la cabeza de Ryota al escucharlo, viéndose ampliamente sorprendido por ese dato.
“No, maestro, no es eso, tan solo creemos que…” Trató de retomar la conversación, sin embargo, fue interrumpido en el acto.
“Silencio.” Demandó Kaelith con autoridad. “Su entrenamiento era permanecer en ese claro hasta que pudieran dominar el peso de las calabazas, no traer aquí a un habitante del mar azul si conseguía sorprenderlos, entonces…” Los ojos tras el brillo de los anteojos aparecieron, mostrando un profundo color azul que hizo helar la sangre de los hermanos al mismo tiempo. “¡Qué creen que hacen frente a mí en lugar de estar entrenando!” Gritó con un tono molesto.
Los cinco hermanos agacharon aún más la cabeza al sentir que habían conseguido hacerlo enfadar. “¡Maestro, lo sentimos muchísimo! ¡Pero lo trajimos aquí por nuestro honor; le dimos nuestra palabra a Ryota de que si conseguía completar el entrenamiento lo traeríamos con usted!” Zola fue quien decidió contestar al regaño, exponiendo sus argumentos para calmar la ira del maestro. A este último se le unió Amani sin dejar de agachar su cabeza en señal de respeto. “¡No queremos parecer insubordinados, Maestro Kaelith pero al menos hágale una prueba!” Los cinco parecían insistir en sus palabras. El maestro notó la determinación de todos ellos; sin embargo, las cosas siempre se habían hecho como él quería desde que tenía consciencia y en esta ocasión no sería la excepción.
“¡Tienen tres segundos para salir de aquí todos ustedes!” Gritó dando la orden y en el acto, los Lunarias se levantaron para escapar de allí. “¡Menos tu habitante del mar azul, quédate ahí!” La orden de Kaelith detuvo en el acto el cuerpo de Ryota, que imitó a una estatua al quedarse completamente inmóvil mientras algunas plumas de sus recién conocidos se esparcían por el lugar.
Los hermanos desearon toda la buena suerte a Ryota desde el fondo de sus corazones en medio de su escape, no querían dejarlo allí solo, pero no serían tan tontos como para seguir desobedeciendo las órdenes de su maestro.
El pirata de cabellos castaños se quedó a solas frente al ogro dictatorial que parecía ser Kaelith. “Ay no… en que me meti…” Pensó en el chico de orbes ámbarinos cuando las gotas de sudor comenzaron a descender desde su frente, originadas por los constantes nervios que lo consumían.
“Ryota, ¿verdad?” El humo del tabaco salió de los pulmones del Lunarian, dejando una pequeña estela de humo en frente suya. “¿Por qué debería enseñarte los principios del Haki?” La diestra del hombre retiró el cigarrillo para depositar la ceniza en un hermoso recipiente de oro a su costado.
En un principio, el castaño no supo qué responder, guardando silencio por algunos segundos hasta que finalmente suspiró y pudo relajarse un poco. “Fuuuu, todo se reduce a que quiero aprender.” Exclamo más sereno, ya con su media sonrisa habitual. “Para serle honesto, no sé bien qué es el Haki, tan solo escuché que se trata del poder para hacer trampa y cuando los quintillizos me dijeron que usted lo enseñaba, deseé venir para aprender a usarlo.” Hablo con honestidad, levantando la cabeza y sosteniendo la mirada con Kaelith.
“¿Un poder para hacer trampa?” Preguntó el lunarian con cierto grado de estupefacción. “Qué cómico, porque no hay poder más honesto que el Haki.” Volvió a llevar el cigarrillo hasta sus labios, esta vez con lo más cercano a una sonrisa quizás dada por la estupidez que acababa de escuchar.
“En ese caso, por favor, explíqueme qué es el Haki Maestro Kaelith” Ryota agachó la cabeza en una media venia tras su petición. Ya fuera un poder para hacer trampa o un poder honesto, no importaba; lo único que le interesaba era conseguir esa fuerza desconocida que parecía ser la herramienta principal de un hombre capaz de hacer salir volando del miedo a Lunarians tan fuertes como los quintillizos.
Kaelith lo observó detenidamente, dando otra calada a su cigarro para mantener el humo en sus pulmones y dejarlo salir con un ligero soplido. “Veo que sabes tratar a las personas, chico; también es agradable ver que no estás mintiendo… así que te lo explicaré.” Esas palabras sorprendieron a Ryota, ¿como podria saber con tal seguridad que él no mentia? ¿aquello podria ser el Haki?
“Para dejarlo en palabras simples, el haki es una fuerza latente que se encuentra en cada ser viviente de este mundo.” Explico con seriedad, observando al pirata a la cara. “Sin embargo, la mayoría de las personas viven toda su vida sin notarlo en absoluto; puede que incluso nunca logren despertarlo, ya sea porque no son afines o no lo necesitan.” Las palabras evidenciaban un hecho que elo la sangre de Ryota, ¿podría llegar a tener la mala suerte de ser alguien no afín a ese poder?
“Sé lo que estás pensando, pero no, no es tan exclusivo como nacer con un don.” Agrego Kaelith, volviendo a dejar algo de la ceniza de su tabaco en el cenicero. “Todos nacemos con la capacidad de desarrollar nuestro Haki, solo que algunos no llegan a entrenarlo nunca.” Concluyó Kaelith, notando al final de su diálogo cómo en el rostro de Ryota aparecía un semblante más relajado.
“Esta fuerza latente, llamada Haki, se divide en dos ramas, el Bushuoshoku haki y el Kenbunshoku haki.” Volvió a llevar su cigarro a los labios para arremangarse ligeramente la manga. “El primero te permitirá usar tu espíritu en combate. Su uso más básico te permite golpear a usuarios de frutas del diablo.” Aseguró el Lunarian, despertando mediante sus palabras la curiosidad del castaño.
“Espere, ¿a qué se refiere con golpear a los usuarios? Es decir ya pue…” De forma repentina, la mano libre del lunarian tomó la guarda de su estoque para darle un golpe al pirata sobre la cabeza. “¡Auuch!…” Expreso el castaño por el daño.
“No me interrumpas cuando hable, chico.” Exigió con una mirada severa, que obligó a Ryota a callarse mientras llevaba sus manos a la cabeza tras el golpe. “Algunos usuarios de fruta poseen poderes que pueden llegar a convertirlos en elementos muy difíciles de dañar; sin el Haki, no podrías hacerles nada usando métodos convencionales.” Esas palabras le hicieron recordar a Ryota cuando el novio de Tezca luchó en la semifinal, convirtiéndose en una especie de lodo tras ser aplastado por el moreno. ¿Kaelith se estaba refiriendo a eso?
Pese a querer preguntar, no tuvo ganas de volver a ser golpeado, así que tan solo guardó silencio y asintió con la cabeza.
“Inteligente, me agrada eso. Pero debido a tu impertinencia, voy a reservarme el explicarte la otra rama del Haki.” Sentenció Kelith con una expresión altiva.
A continuación, apagó su cigarrillo en el cenicero para luego ponerse de pie, sosteniendo su estoque. “Ryota, ¿pudiste completar la prueba de las calabazas, ¿no?” Preguntó al pequeño humano que aún continuaba en posición de seiza frente a él.
“Ah, sí, pude hacerlo. ¿Porque?” Respondió el castaño para luego ver cómo el lunarian pasaba a su lado, avanzando con calma hasta la entrada del gran dojo.
“Bien, eso me dice que has conseguido entrenar tu cuerpo lo suficiente como para aprender a usar tu Haki. Pero, no sería justo con mis demás estudiantes que pierda el tiempo enseñándotelo solo así… así que te pondré a prueba para ver si realmente estás listo.” Una sonrisa siniestra apareció junto a la comisura de los labios del Lunarian, colocando su estoque sobre su hombro, observando a los demás miembros del dojo que entrenaban en el jardín.
“¡Eh! ¡¿Quién quiere entrenar junto a este habitante inferior del mar azul?! ¡Si uno de ustedes consigue superarlo, le enseñaré a dominar su Haki!” Tras esos vocablos, los demás aprendices reaccionaron de inmediato pidiendo ser elegidos para la prueba. En poco tiempo se acercaron con rapidez y en un parpadeo, diez de ellos ya estaban frente a la puerta del dojo realizando una reverencia de noventa grados e implorando para ser elegidos.
“Chale… esto va a ser más difícil de lo que pensé…” Ryota forzó una sonrisa viendo la escena; aún permanecía sentado con la mirada en dirección a la puerta. “Kekeke, espero que este tal Haki sea lo suficientemente útil para hacerme pasar por tanto, no, si Kaelith tiene razon... es algo que necesito.” Concluyó para ponerse de pie y esperar a que Kaelith dictara las normas de ese próximo paso.
Capítulo 3 - Tu cuerpo y tu espíritu.
Habían transcurrido aproximadamente ciento setenta minutos desde la llegada de Ryota al dojo de Kaelith.
Ahora, lo que antes fue bullicio tras la solicitud del maestro a sus aprendices se convirtió en un constante murmullo mientras el sonido de los golpes inundaba el hermoso dojo donde se encontraban.
“¡Haia!”
“¡Hug!…”
“¡Siguiente!”
“¡Hia!”
“¡Uhgg!…”[/b]
El sonido del esfuerzo, los impactos y el dolor se mezclaban junto a las indicaciones de Kaelith, que había regresado a su posición inicial. Sentado en su zabuton, observando detenidamente el entrenamiento de sus pupilos.
Una larga fila se originaba en el centro del dojo y finalizaba en la puerta. Allí se habían formado a petición del maestro todos los lunarians que se presentaron ante la oportunidad.
Frente a ellos, se encontraba el capitán de los Hanu Mahana, sosteniendo una de las enormes cantimploras llenas de agua que medían casi el doble de su tamaño. Ryota mantenía los brazos arriba de su cabeza sosteniendo la cantimplora mientras cada lunarian que lograba avanzar hasta el inicio de la fila le golpeaba con fuerza sobre el abdomen. “¡Kug…!” se quejó con la llegada de otro golpe, sintiendo cómo el aliento le abandonaba y sus piernas flaqueaban; sin embargo, se negaba a dejar caer la calabaza, reafirmando su agarre y levantando la cabeza con una sonrisa en los labios pese al dolor que gritaba en su interior.
“¿Crees que esto es difícil? ¿Quieres rendirte?” Exclamo Kaelith, atento a cada expresión que mostraba el chico de cabellos castaños.
“Kekeke claro que si…” Río para sí mismo. “Pero lo que piense o quiera en este momento no importa…” Mantuvo el brillo en su mirada, asintiendo al próximo lunarian que avanzó en la fila, haciéndole saber que estaba listo. “Vine a aprender a usar el Haki y no pienso irme sin conseguirlo…”
La respuesta pareció dibujar por un imperceptible instante la sonrisa en los labios del estricto instructor. Kaelith estaba poniendo a prueba la resistencia de Ryota; sentía que debía calificarlo para enseñarle a utilizar su espíritu, pues cada vez eran más los habitantes del mundo inferior los que llegaban a las puertas de su dojo a entrenarse. ¿Merecía la pena entrenarlos? ¿Eran solo ineptos con algo de suerte para llegar hasta ahí? En comparación con él, muy probablemente sí, pero prefería reservarse el derecho de admisión y si el chico de cabellos rebeldes en realidad deseaba aprender, haría que le costara lo suficiente.
“¡Siguiente!” Dio la orden para permitir a otro avanzar. “¡¿En serio es lo mejor que pueden hacer?! ¡Golpeenlo con todo!” La orden hizo que los ojos del próximo Lunarian se tornaran más agresivos.
Ryota supo lo que vendría con solo verlo e inhaló fuerte, apretó el abdomen, y sintió en carne propia cómo un misil aterrizó en su vientre. “¡KUGGG…!” Los ojos del chico se abrieron de par en par al mismo tiempo que sintió todos los músculos de su cuerpo acalambrarse por el impacto. Kaelith creyó que había llegado al límite, tan solo esperó el sonido del cuerpo caer, alejando la vista para vaciar la ceniza de su nuevo cigarrillo en el cenicero.
Aunque Ryota no se rindió, pese a que sintió su consciencia desvanecerse por un instante, se aferró a mantenerse en su lugar, recuperando con un gran sobreesfuerzo la voluntad de seguir. “Cof… cof… mierda… ese dolio…” Se quejó, sorprendiendo a toda la hilera de Lunarians, quienes no podían dejar de preguntarse: ¿por qué aguantaba una prueba como esa?
Los ojos de Kaelith volvieron a alzarse sobre el joven de cabellos castaños; sus piernas y brazos temblaban, pero al sentir sus emociones con su haki, fue claro que el pirata no se rendiría hasta que muriera. “Eres un habido mentiroso pirata…” dijo dando una nueva calada a su cigarro. “Actúas de esa forma despreocupada, pero las emociones que te invaden siempre tienen un propósito… no maldices este entrenamiento, o a mí por colocarte en una situación así, solo lo toleras sin ninguna razón más allá del poder que puedes obtener de mí… ¿Acaso morirías solo para hacerte más fuerte? ¿Por qué?” El pirata había logrado despertar la curiosidad del ente de cabellos blancos, que en ese momento se guardó la orden para que el entrenamiento continuara.
La respuesta de Ryota fue tan solo una media sonrisa; sus emociones eran claras como un profundo lago en medio de la selva. “Es sencillo… si no me hago más fuerte cada vez que pueda, mi diversión, mi viaje terminarán… así que vamos… podemos continuar cuando quiera, maestro...” Indico sin ninguna queja, reafirmando su agarre en la cantimplora y tensando los músculos del abdomen para un nuevo impacto.
Kaelith ocultó su mirada por debajo del reflejo de sus lentes. “Tu viaje, eh… bien, puedo vivir con eso. Aprobaste; te enseñaré a dominar el primer fundamento del Busuoshoku Haki.” Sentenció usando un tono más relajado y solemne, diferente al que mantenía minutos antes. Ryota había logrado causarle una buena impresión, al menos lo suficiente para hacerlo su aprendiz, porque si era capaz de hacer tanto por algo tan básico como su “diversión”, tenía una pequeña posibilidad de llegar lo bastante lejos para ser alguien digno de sus enseñanzas.
“Ayúdenlo con la calabaza y tú.“ Se refirió a Ryota. “Aprovecha para descansar un poco. El verdadero entrenamiento no será tan sencillo.” Tras la orden, los demás lunarians, conmovidos por la tenacidad del pirata, avanzaron para ayudarle con la cantimplora. Cuatro de ellos pudieron sentir por sí mismos el abrumador peso de la calabaza, creyendo que era ridículo que un solo individuo estuviera cargando eso por casi tres horas.
Ryota quedó aún más perplejo que todos ellos. “Ah, ¿qué? gracias…” Fue lo único que pudo decir, antes de sentir el inmenso alivio que significó para su cuerpo dejar de cargar el gran objeto. Sus brazos entumecidos se sintieron como dos enormes peñazcos cuando los dejó caer junto con todo su cuerpo, para acostarse sobre la madera del dojo. “Ahhhhhhh, eso en serio dolió mucho…” Se quejó con un tono despreocupado, sintiendo en el momento un prolongado alivio por no tener que continuar con ello.
“Brrrrr Hiiii hiiiiii” alentaba Tocho Morocho desde la entrada, pisando fuerte en el suelo. Como si dijera “Ese es mi capitán.”
“Gracias por las porras, amigo…” Le expreso a Ryota desde la lejanía, recordando el momento en que sostuvo la calabaza y notó cómo Tocho Morocho estuvo a punto de entrar tumbando a todos para ayudarle; sin embargo, aseveró la mirada para que el animal entendiera que era algo que tenía que hacer por sí mismo.
Treinta minutos transcurrieron en los que los demás aprendices llevaron algo de agua y alimentos a Ryota. Este bebió y comió con agrado, compartiendo parte de sus alimentos con el corcel en el jardín, para luego volver al interior del dojo adoptando una posición de seiza frente a su nuevo maestro.
Kaelith parecía no abandonar su semblante habitual, serio y distante; se encontraba sentado con el tabaco en los labios. Apenas se había movido de su posición desde el receso y entonces llamó a algunos aprendices para darles órdenes. Pese a los agudos oídos que poseía, Ryota no pudo escuchar lo que solicitó el de tez morena, teniendo que ver cómo los estudiantes que vestían atuendos similares a los de los quintillizos abandonaban el recinto tras escucharlo.
Todos los demás lunarians que antes habían estado golpeando su abdomen, ya se encontraban con sus respectivas rutinas en el jardín para algún día ser dignos de aprender las enseñanzas de Kaelith. Ryota no lo sabía, pero había logrado inspirarlos para seguir esforzándose.
“Eh, chico, ¿recuerdas lo que era el Busuoshoku haki?” Preguntó Kaelith rompiendo el silencio de repente.
“Ah, sí, permite usar el espíritu para golpear a usuarios de frutas del diablo.” Contestó con un semblante sorprendido al no haber esperado la pregunta.
“Bien, no tuve que golpearte. Ese es tan solo el uso básico de este Haki; tendrás que continuar entrenándolo conforme avances en tu viaje, para poder fortalecerlo como se debe, ya que al igual que cualquier conocimiento marcial, el Haki debe ser entrenado. Mira atentamente mi mano izquierda.” Indico elevando la siniestra frente al castaño. “¿Puedes ver algo diferente en ella?” Preguntó Kaelith.
“Pues, no…” Contestó Ryota con profunda honestidad.
“Tú no lo ves, pero ahora mismo estoy rodeando con Haki la mano entera.” Entonces el puño de Kelith se cerró. Más allá del fino guante que portaba; Ryota no podía sentir nada raro o impresionante… “En este momento una fina capa invisible de mi propio espíritu rodea mi puño y me permitiría golpear sin problema a usuarios de fruta como el tipo lodoso del torneo o el que perdió la cabeza, de otro modo sería imposible dañarlos.” Las palabras de Kaelith sorprendieron a Ryota. Tanto que tuvo ganas de interrumpirlo para preguntarle por qué lo trató como un desconocido si lo había visto en el torneo; no obstante, recordó el golpe en su cabeza, obligándose a mantener silencio para no despertar la ira del estricto maestro.
“Normalmente, un tercer lugar como tú necesitaría mucho entrenamiento para dominar este simple poder. Sin embargo, tienes la suerte de tenerme como maestro, así que debes recordar estos principios.” Kaelith movió su mano tras insultar al castaño y con la misma siniestra, apuntó a la boca de su estómago. “Espiritu…” Volvió a mover la izquierda, esta vez dibujando el recorrido de su estómago hasta su puño derecho. “Fluir…” Y extendió la mano derecha. “Poder” terminó, volviendo a acomodar sus manos, para tomar el cigarrillo que dejó previo a iniciar la explicación en el cenicero.
“Ese es el proceso que debes grabar en tu cuerpo para utilizarlo, aunque tardarás mucho tiempo haciéndolo con repetición y práctica.” Una siniestra sonrisa apareció en los labios del maestro, logrando asustar ligeramente a Ryota, que pasó de una pequeña molestia por haber sido insultado a un genuino miedo por lo que pudiera sucederle.
Fue en ese momento que la madera a sus pies comenzó a crujir. El sonido de un pequeño lloro de Tocho Morocho resonó, obligándolo a desviar la mirada en dirección a la puerta del dojo, viendo de primera mano cómo el lunarian más alto, musculoso y bruto que nunca antes había visto, caminaba hacia el interior del dojo con una expresión de pocos amigos. “Maestro, ¿me hizo llamar?” Una voz aún más grave que su rostro emergió desde las profundidades de su colosal cuerpo.
El lunarian a la espalda de Ryota, medía aproximadamente seis metros, poseía una composición muscular fornida con grandes cantidades de grasa acumulada en su torso, piernas y brazos que lo hacían ver aún más grande, un rostro con expresiones toscas, cabello corto de tono blanco, ojos pequeños ocultos por dos grandes cejas y vestía solo gi de karate blanco con un cinturón negro.
“Sí, Motombo, por fin te conseguí un compañero de sparring…” Ryota pudo entender en ese momento el porqué de la sonrisa maquiavélica. “No te dije, pero hay dos formas de dominar este principio, la primera es con repetición y práctica, algo aburrido si me lo preguntas y la segunda, es con una experiencia al límite de la muerte.” Explicó Kaelith sin abandonar la macabra sonrisa que emulaba maldad pura.
Capítulo 4 - La prueba
No hicieron falta explicaciones para que ambos estudiantes se miraran el uno al otro y entendieran la idea de su maestro. Motombo, incluso dibujó una sonrisa burlona en su rostro al entender que un escualido habitante del mar azul sería su oponente. Y por su parte, el castaño tan solo se levantó de un brinco al saber de antemano que si Kaelith lo había decidido, no existiría nada que él pudiera decir o hacer para ir en contra de su enseñanza.
“Bien, veo que ambos lo entienden, así que vayan al centro del dojo y a mi señal combatan. ” Indicó el hombre de melena alargada, viendo cómo ambos contrincantes de alturas y pesos tan diferentes se colocaban uno frente al otro con tan solo cinco metros de separación.
Ryota observó detenidamente a Motombo mientras elevaba sus manos a la altura de su mentón en una posición ortodoxa de boxeo. En su interior, esperaba poder utilizar su agilidad para tomar por sorpresa al gigante; era la única forma en la que tendría una chance de ganar a alguien que aparentemente tendría la resistencia y voluntad capaces de soportar cualquiera de sus técnicas.
“Será un combate dividido en cuatro rounds de una hora; al final de cada round tendrán un pequeño periodo de diez minutos para descansar. No hay reglas más allá de esas, por lo que pueden disponer de todo el dojo para luchar, eso sí, si rompen algo, los mato.” La voz fría de Kaelith retumbó en el interior del dojo cambiando por completo el análisis que Ryota se había hecho antes de empezar.
“Espera, ¿todo el dojo? ¿Cuatro rounds de una hora?” Fue sagaz al dar con la respuesta. “Esto no es un combate, es una prueba de desgaste…” Y ni bien lo entendió, la orden de Kaelith fue dada.
De inmediato, la mole de seis metros se abalanzó sobre Ryota elevándose con el poder de sus alas y disparando un poderoso puñetazo con un diámetro que cubría la mitad de su cuerpo. “Mier…” Ryota no lo subestimo, tan solo nunca imagino que el maldito gigante fuera tan rapido.
El impacto sobre su cuerpo fue certero, sacudiendo su mundo y obligándolo a retroceder algunos metros. “¡Kug!” mascullo resistiéndose al golpe mientras la sangre comenzó a brotar de sus labios y los ojos se abrieron de par en par viendo cómo ahora había dos lunarians gigantes enfrente de él.
“¡TERMINARÉ CON ESTO RÁPIDO!” Grito Motombo, quien, batiendo de nuevo sus poderosas alas, avanzó para impactar a Ryota una rápida patada lateral en el lado izquierdo de su cuerpo. “¡intentalo! ¡Porque ahora es en serio!” Contesto Ryota.
El rostro del lunarian reveló su furia al verse envuelto en un enfrentamiento contra alguien a quien consideraba muy por debajo de él. Aunque dicha emoción cambió a asombro cuando su ataque cortó el aire, notando en ese instante que su oponente se encontraba en dirección a la puerta del dojo. “¿Que? ¿Cuando?” Se detuvo en el aire, batiendo sus alas, viendo hacia la entrada del dojo. Una araña gigante de medio metro se encontraba allí, sin poder dejar de temblar. “Así que un usuario… ¡VOY A TERMINAR CONTIGO!” Bramo el titán, volviendo a dispararse en dirección al arácnido; no obstante, su ofensiva volvió a perder ante la agilidad del artrópodo, que lo superaba evadiendo el ataque para alejarse por el jardín.
“Kekeke, ¡vamos! ¡¿Es todo lo que tienes, gordito?!” Rió la araña en medio de fallas gramaticales dadas por los temblores de su cuerpo. “¡Tendrás que sudar más si quieres atraparme!” Dijo el arácnido, escabuyéndose por el jardín mientras el gran lunarian lo perseguía usando su vuelo.
La carrera por la supervivencia entre ambos luchadores dio inicio y pronto los estudiantes del lugar comenzaron a observar a la distancia cómo cada uno de los ataques de Motombo era evadido por Ryota en su forma animal, escapando de todos ellos para evitar repetir los daños del primer cruce de fuerzas. “¡Detente de una vez y pelea!” Rugio el gigante, permitiendo que con cada intento fallido su frustración se apoderara de él.
Así transcurrieron los dos primeros rounds de una hora, con Ryota escapando del gigante lo mejor que podía y evitando volver a sentir otro de sus agónicos impactos, pues sentía que de recibir otro golpe de esos, no podría volver a abrir los ojos. Además, pese a ser más rápido, estaba gastando mucha más energía que el coloso al estar al borde del peligro en cada momento.
Incluso en ese momento, mientras descansaba y Tocho Morocho le ofrecía agua en cantimplora, el castaño buscaba mantener el aliento para los siguientes dos rounds que vendrían. “Estoy cansado, amigo… este tipo tiene un tanque interminable…” confesaba al caballo, que parecía tratar de darle un masaje en la espalda como si fuera un coach. “Descuida, no tienes por qué preocuparte, tengo un plan para ganar… aunque el fin de esto no es ganar ¿verdad?, debo aprender a materializar ese espiritu…” Se mostró pensativo, bebiendo de la cantimplora mientras observaba su mano al empuñarla varias veces. Entonces, el llamado volvió a dar inicio a la pelea. “Déseme suerte, Tocho, ahora es cuando comienza mi ofensiva.” Sonrió al preocupado corcel, que lo vio alejarse, tan solo para retomar la forma arácnida y continuar escapando.
Por suerte, el estado de Motombo reflejaba aún su ira, no bebía o descansaba bien, tan solo se lanzaba al ataque cada vez podia mostrando una desconeccion con la logica del encuentro. Gracias a ello, no se dio cuenta cuando entro por propia voluntad en medio de los angostos pasillos del interior del dojo.
Justo en ese momento, adentrados por el pasillo con una anchura de no más de tres metros, Ryota cambió su dirección para abalanzarse rápidamente en dirección a Motombo, convirtiéndose a sí mismo en un proyectil.“¡Buto!” Gritó el nombre de su técnica al impactar de lleno sobre el abdomen del gigante, que vio cortadas sus acciones con la fuerza del híbrido araña que ahora se encontraba chocando contra su cuerpo.
La colisión causó que Motombo se alejara un par de metros, resistiéndose al dolor generado tras el impacto. “¡Tks! ¡Pelea de una vez como hombre!” Exclamo frustrado por la situación y el dolor, sorprendiéndose de inmediato al ver que Ryota mantenía una pose de combate en ese lugar.
“Tranqui bro, es de chill.” Sonrió el hombre de ahora cuatro ojos, colocando dos de sus seis puños a la altura de su boca, imitando el estilo peek-a-boo mientras se odenaba de lado a lado esperando a su oponente.
Habiéndolo visto preparado para una verdadera contienda, Motbombo se sintió victorioso y batió sus alas sin esperarse que las mismas, debido a su gran tamaño, chocaran contra las paredes del pasillo interrumpiendo su movimiento. Fue allí cuando lo entendio, el bastardo de ojos color miel, se encargó de buscar un entorno que le permitiera sellar sus alas para escapar de la velocidad de sus ataques aéreos.
“Bastardo…” El gigante frunció el ceño, levantando sus puños para prepararse para una pelea de tú a tú.
“Kekeke veo que lo entendiste; no eres solo un gigante con fuerza después de todo.” Dijo Ryota con una amplia sonrisa para dispararse nuevamente en una carrera en línea recta sobre su oponente. Ahora que las alas del Lunarian se encontraban selladas, su velocidad sorprendió por mucho a la del Lunarian. “¡Ya no es de Chill!” Grito propinando un poderoso golpe de tirabuzón en el rostro del gigante, desviando con violencia la cara del lunarian a un costado.
La sangre de mtombo salpico el suelo, pero inmediatamente este ultimo regreso el rostro observando a Ryota como un maldito psicopata.
“Carajo, enserio eres un monstruo…” Ryota sonrió del mismo modo y ambos contrincantes se sembraron en la mitad del pasillo, comenzando a desatar una lluvia de golpes el uno con el otro. Los seis brazos del híbrido araña bloqueaban y lanzaban ataques al mismo tiempo que el coloso ofrecía un verdadero despliegue de ofensiva que hacía retumbar los cimientos del entorno interino.
Los gritos de ambos se escuchaban al unísono mientras Kaelith permanecía sentado en el interior del gran dojo sin siquiera poder verlos. “Qué tontos… si se dejan llevar y rompen mi dojo, los voy a matar.” Suspiró revelando una media sonrisa, pues aun sabiendo que ninguno de sus estudiantes siquiera estaba a su par, sabía apreciar el talento de cada uno. Ante sus ojos, eran pequeñas gemas en bruto dignas de ser pulidas para convertirse en brillantes diamantes el día de mañana.
El tiempo transcurrió entre la caótica escena, dando como resultado dos luchadores que salieron mermados del tercer round y al inicio del cuarto, ni siquiera buscaron buenas posiciones o batir las alas, tan solo comenzaron a luchar en el interior del dojo.
Motombo y Ryota se encontraban bastante mermados por los golpes. La estamina que poseían era apenas la suficiente para mantenerse en pie. Tocho Morocho relinchaba desde la distancia, y el combate volvia a desencadenarse en el interior del dojo frente a Kaelith. Ninguno de ellos poseía fuerza para usar sus habilidades al ciento por ciento, pero sus cuerpos se negaban a ceder lanzando ataques sin peso el uno contra el otro.
Todo el cuerpo le dolía a Ryota; sus ojos se encontraban inflamados por los golpes, pero se negaban a perder su brillo y lo único en lo que podía pensar era en las palabras del lunarian más talentoso. “Espiritu, fluir, poder…” Se repetía una y otra vez, mientras luchaba por mantenerse en pie. “Espíritu, vamos… tengo espíritu, ¿no? mierda… ¡sal maldito espiritu!” maldecia a sus adentros sin poder sentir ninguna fuerza especial en sus puños, que comenzaban a perder terreno contra el peso de su oponente.
La mente de Ryota se desconectó entonces de su cuerpo y el dolor se transformó en relajación como si el cerebro segregara las endorfinas suficientes para mantenerlo con vida. Se sintió bien, tanto que se hizo tentadora la idea de caer de espaldas para terminar con el duelo, pero aun así se negó a rendirse, no porque quisiera ganar un combate contra un rival más que formidable, sino por el simple hecho de necesitar despertar ese nuevo poder para continuar su viaje.
Cada vez más serían los oponentes que aparecieran frente a su tripulación para arrebatarles su libertad y si llegasen a ser usuarios de fruta, lo mínimo que necesitaría para que cada uno de sus golpes conectara sería eso: el haki, el poder del espíritu; por lo tanto, era imposible pensar en rendirse antes de despertarlo, no por el, si no por los suyos… ¿como negarse a una habilidad que podria darle la chance de navegar un dia mas?
La voz de Kaelith lo hizo reaccionar, volvió a entrar en si, viendo su mano… el peso de esta era diferente, un aura imperceptible pero real, tandem real que sentia como envolvió su mano con una extraña sensación.
Ryota no pudo evitar sorprenderse, deteniendo cualquier intento de ofensiva que el coloso Motombo ya habría abandonado sin caer. “¿Esto es?” Preguntó el castaño, completamente atónito de lo que sentía.
“Si, chico, eso es el primer paso para llegar más lejos.” Respondió Kaelith, pudiendo ver cómo Ryota se tumbó de espaldas sobre el suelo con una sonrisa en los labios. Lo habia conseguido, pese al dolor que sentia su cuerpo, logro despertar su primer haki.
