[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#81
Kiyoshi no es fanático de las selvas, esto es algo que ya pudimos explicar con lentitud en Little Garden. El solo hecho de imaginar tierra por doquier, césped que nadie cuida aparte de la naturaleza misma, bichos, animales… puaj. Básicamente, todo está muy sucio. En sus ojos, pues la mascarilla cubre parte de su rostro, se puede vislumbrar una expresión de desagrado. También por este motivo es que se mantiene por detrás de sus compañeros, siendo el último en la fila. Una cosa es cuidarles las espaldas; otra muy distinta es permitir que ellos se enfrenten a los peligros del bosque para él mantenerse a salvo. Y cuando digo peligros, digo suciedad. — No tocaré ni me acercaré a nada que ustedes no me aseguren que está limpio, Uker, Varo. — El primer mencionado es experto en alimentos o distintas especies que se pueden encontrar por el camino. El segundo, el as de la exploración, y un tipo bastante inteligente. Que su ternura y cobardía no los engañe, Varo siempre sale con una sorpresa que cautiva a grandes y chicos.

La caminata pudo ser tranquila si ignoramos todo lo anterior, pero no, un bicho más raro que los que ya se ha encontrado decide aparecer. Apenas escucha su nombre proveniente de una voz desconocida, se gira 180 grados para ver su espalda, a la vez que toma el rifle desde la retaguardia y busca apuntar a la fuente del sonido. — Atentos, tenemos tonta compañía. — En el momento en que Yuuki detiene el vuelo y se posiciona a quince metros de su posición, el rifle del médico apunta directamente a su rostro, amenazando con disparar al situar el dedo índice derecho en el gatillo. — ¿Por qué una tonta y sucia como tú conoce mi nombre? ¿Quién diablos eres? — Kiyoshi aparenta estar tranquilo, pero sus músculos se encuentran tensos. No pensó que estarían a solas en esta isla, aunque esperaba que pasase algo más de tiempo antes de toparse con otro individuo. Sin embargo, la historia le enseñará, al menos momentáneamente, que está viendo una cara enemiga.

— ¿Los Januanita qué? Eros, esa sucia quiere vernos la cara. Le volaré la cabeza. — Aquí, en este momento, es que trabaja la memoria eldética de Kiyoshi. El rostro de Yuuki está en su cerebro, aunque eso no le dice que puede bajar la guardia. — La vi en mis tiempos de médico profesional, pero muy lejos de aquí. No era peligrosa. De todos modos no bajemos la guardia. — Este aviso va también para él mismo, pues no deja de lucir amenazante con su rifle en ningún momento.

Agradece la información acerca de los marines que podrían estar aquí. ¿Entre ellos estarán aquellos que andan buscando desde hace varias islas? Esa podría ser una muy buena noticia. — ¿Qué dices, topo? No es que necesitemos aliarnos a alguien, pero si no nos atacarán y mantienen una distancia mínima, no tengo problema en dejar que nos sigan desde unos diez metros. — Porque sí, son ellos los que deben ir detrás y, por supuesto, llegar después a donde quiera que deban llegar con el paso de las horas.

Es cuestión de tiempo para que los compañeros de la pelirrosa aparezcan. Entre ellos, recuerda otro rostro. ¿Acaso tan fácil está siendo llegar hasta aquí? A los Sepultura les bastó mucho trabajo. Aunque en ningún momento Kiyoshi se sintió el centro del mundo. Seguramente todos los aquí presentes han sudado sangre para avanzar por este peligroso mar.

Pero ya no están en el mar, técnicamente, ¿no? ¿O sí? Todo sigue siendo bastante confuso para Kiyoshi.

Vuelve a tomar las palabras.

— Escuchen, tontos—, dirigiéndose a todos los Mahana, insultándolos de paso. — Desconozco qué reglas de higiene cumplen en su tripulación, así que no se atrevan a dar ni un paso más. — Procede a sostener el rifle únicamente con la mano derecha, liberando la zurda para meterla dentro de su saco y sacar de ahí un frasquito de jabón líquido. Solo con presionar la tapa, caerá del contenido para que se limpien. — Uker, ven aquí. — Le tiende el jabón. — Dáselos para que se limpien las manos. Solo así confiaré en que caminen cerca de nosotros. Y no te preocupes, al que intente hacerte algo, le dispararé. — Básicamente, todo este espectáculo se da solamente por la manía que tiene Kiyoshi con la limpieza.

Si alguno de ellos se niega a limpiar sus manos, probablemente haga un berrinche y los insulte de nuevo.

Dejando de lado este primer encuentro entre tripulaciones, la caminata continúa. Como ya se mencionó, son los Piratas de la Sepultura los que deben ir al frente. Kiyoshi muy seguido gira su cuello para mirar la retaguardia y ver qué hacen los desconocidos, pues no se fía del todo. Obviamente, los Mahana se percatarán de cada una de las miradas de desconfianza que les lanza el médico. Estas no pasan inadvertidas; Kiyoshi no tiene interés de que piensen bien de él. Además, colabora en elegir el camino en medio de tanta sombra, puesto que la flora oculta los rayos del inminente sol. El pelinegro posee una visión que le permite orientarse correctamente, ayudando de esta forma a sus compañeros.

Ambientación adaptada a Kiyoshi


Tres molestas horas son las que deben caminar. Alrededor de la mitad, ya todos los piratas pueden escuchar las quejas de nuestro peculiar amiguito. — Eros, ¿cuánto falta? — Y diez minutos después. — Varo, ¿cuánto falta? — Y veinte minutos después. — Uker, ¿aún no llegamos? — Cinco minutos después. — Eros, estoy cansado... — Por mucho que su condición haya mejorado el último tiempo, la actividad física sin descanso sigue siendo una debilidad que posee. En tres oportunidades ha tenido que aplicarse el inhalador que trae para controlar su asma.

Pero al fin, luego de atravesar el mismísimo infierno —literalmente una caminata—, dan con una civilización. Sí, aquí en el cielo. ¿Qué vendrá luego? ¿Que hay vida en otros planetas? Ya nada sorprenderá a Kiyoshi. — Bueno, parece que encontraremos un sitio para sentarnos y descansar. Aun así, necesitaré que me ayuden a revisar si está lo suficientemente limpio como para cumplir mis humildes exigencias. — Se dirige a sus compañeros con un tono de voz algo bajo, producto del cansancio. Reaccionaría con más sorpresa debido a lo que acaba de emerger frente a sus ojos, pero estar exhausto no afecta solo tu estado físico, sino también el mental. Seguramente cuando descanse y recupere sus energías, podrá dar una opinión más acorde. — Varo, tú eres el mejor investigador de nosotros. ¿Sabes qué es este tonto lugar? Confiaré en la información que me des. No te preocupes por los otros tontos, no nos han atacado en todo el camino, así que no hará daño que compartas lo que sabes.

Lávense las manos
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Hablo | Pienso
#82
No solo debía soportar el calor, sino también la selva que se encargó de rodearlos con tan solo adentrarse en ella unos metros.

No tenía una buena opinión de estos espacios, no luego de su estancia en Little Garden, pero sí que podía tolerarlos mejor que el resto de sus compañeros de tripulación. Según le habían comentado, el resto de los Sepultura habían sobrevivido en esa isla casi como si de un milagro se tratara, volviéndose más preparados para el trayecto que tenían delante solo por esa experiencia. Podría pensarse que lo mismo fue para el cocinero, pero, pese a cruzarse con un aparente final del camino, no fue la isla lo que lo marcó.

- Pues, diría que mejor no toques nada que tú mismo no reconozcas -. Advirtió Uker al médico, pues él también revisaba una y otra vez las plantas y hongos que se cruzaban por el camino. No los conocía a todos, a algunas cosas las había visto en libros, pero sus características eran suficientes para suponer que nada bueno pueden traer. - Cuidado a tu izquierda, Eros, esa planta es venenosa -. Dijo, aún mirando hacia el lado contrario, pero consciente de haber visto unos metros antes esa planta que el capitán iba a cruzarse en su camino. - No puedo estar seguro de toda la vegetación, pero al menos intenten no entrar en contacto con nada que… Mejor con nada -. Mejor prevenir que lamentar luego.

Una voz llegó desde atrás, atrayendo la atención del grupo de piratas y logrando que Kiyoshi se pusiera en guardia. El propio Rackham también hizo lo propio, pero sin mover de más su cuerpo. Su mano derecha fue a parar a una de las katanas a su costado, usando su pulgar para quitar levemente la hoja de la vaina. La extraña pedía “Parlay”, además parecía conocer a Kiyoshi, cosa que rápidamente fue acompañada por las palabras del Maeda. - ¿En los Blues? -. Lejos habían quedado los días donde no se habían lanzado al mar en busca de sus objetivos, por mucho que en verdad apenas hubieran transcurrido dos años desde que él mismo se cruzó con el amante de la limpieza. - Qué coincidencia, ¿no? -. Llegar a espaldas de un grupo pirata a oscuras y gritando, si no estaba pidiendo que le metieran un tiro entre ceja y ceja estaba cerca.

En cuanto habían asegurado que la recién llegada no era una amenaza, su atención fue a otra cosa, perdiéndose la presentación que la pelirosa hizo de su propia tripulación, así como las miradas atentas que le dio. Giró su rostro a la izquierda, podía notar los ojos vigilantes de un animal, le pareció curioso que no atacara de primeras. Sin más espera, el propio destino le contestó, pues aparecieron a su espalda el resto de tripulantes de los Mahana, por lo que supuso que ningún animal se atrevería a atacar a un grupo de 9 personas.

Una lastima, pues deseaba comprobar que tan buena era la carne en esta isla.

Observó a la tripulación contraria uno por uno. Recordaba a Ryota y Kitay, a quienes había visto en el South Blue, al hombre de unos kilos de más no lo reconocía, pero si al pelinegro restante.

Barald Kane. Si no recordaba mal, su Wanted era de 120 millones. Le había resultado curioso debido a que no se habló de alguien como él en los periódicos, pero si se dijo que Ryota era capitán de una tripulación. Así que formaba parte de la banda del pescador, al igual que Runin. Para él era una sorpresa, pues al conocerlos no se veían como gente capaces de salir al mar y enfrentar lo que les esperaba en la vida pirata. Aunque, seguramente ellos podrían pensar lo mismo de él.

Por suerte, estaba demasiado oscuro como para que Uker notara las vestimentas de los otros piratas, sobre todo la de la kuja.

Sin llegar a decirles nada, desvió su atención de nuevo, pues el camino seguía siendo largo hasta su aparente destino. Se maldijo a sí mismo por haber dejado su libreta en el barco, podría tomar notas de la vegetación que no parecía venenosa, o al menos dejar escrito sobre ella para informarse luego. Tendría que volver a este bosque una vez los juegos terminaran, los posibles ingredientes para recetas eran lo que más captaba la atención.

Tras tanta caminata, así como cientos de preguntas por parte del médico de los Sepultura sobre qué tan cerca estaban de llegar, la vegetación opresiva dio paso a una vista más acorde a una isla del cielo.

Una ciudad, civilización. Dejó que Varo hablara sobre lo que conocía mientras que se agachaba y dejaba una de sus rodillas en el suelo. - Una ciudad en el cielo. Y yo que pensé que solo eran cuentos para niños -. Nunca supo el nombre de esa metrópoli, para él nunca fue más que uno de los tantos relatos fantásticos que su madre le contaba para hacerlo dormir. Aún así, ver esto con sus propios ojos era aún más impresionante, sobre todo sabiendo el porqué los Sepultura estaban ahí. - Asumo que ahí es donde debemos ir -. Tras decir esto, apoyó su mano derecha en su rodilla y se ayudó de esto para levantarse de nuevo. - ¿Aún puedes caminar, Kiyoshi? No nos queda mucho trayecto -.

Libro de recetas
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#83
Al poco tiempo de comenzar a andar Eros ya se veía visiblemente fascinado por el panorama que se desenvolvía a sus alrededores. La selva le recordaba a su Baterilla natal, pues uno podía olvidarlo por su apariencia haciendo parecer que el muchacho se crio en un ambiente más fresco, pero el pálido Sepulturero proviene de una isla tropical y volcánica en el South Blue. Y aun así, la vegetación no era tan variopinta o frondosa como en ese lugar. Un par de veces al principio del sendero se intentó agachar a agarrar hongos que desde su perspectiva se veían bonitos, solo para que Uker le recordase que, efectivamente, eran plantas y hongos venenosos.

El rostro de fascinación de Eros rápidamente se volvió de decepción, Uker lo conoció lo suficientemente bien para resguardarlo de probar nada por accidente.

› Entendido, no tocar nada... Pero todo se ve salido de un cuento de fantasía ¿No? Se siente como si la jungla fuese a devorarnos, y eventualmente la luz no fuese más que un recuerdo. El camino por el que venimos incierto, y finalmente nos devoraría la vegetación... Que emocionante

Cerró ambos puños ante la idea, pues vaya aventura que se cerniría frente a ellos. Pero eso no fue el caso, en cambio escuchó algo que lo hizo parar en seco, reaccionar.

Quienes pudiesen pudiesen leer la presencia del capitán de los Piratas de la Sepultura una cadencia sucesiva de emociones de forma poco armoniosa. Primero sintió alerta, que inmediatamente se volvió una violencia furibunda y desmedida hacia la mujer que se presentó para con ellos buscándoles la espalda ¿Y cómo no sentirlo? Kiyoshi le había dicho que ella estaba intentando verles la cara.

¿Acaso era una alucinación producida por alguna de las plantas? ¡Esporas quizás! Se tapó la nariz tomando un paso al frente de su tripulación dispuesto a protegerlos de cualquier peligro. Quizás había una planta asesina jugándoles una mala pasada, u otro usuario de fruta del diablo.

› ¡Yo me encargo! ¡Detrás de mi, Uker cubre la retaguardia, Kiyoshi y Varo los laterales!

Pero para cuando estaba preparando las garras de su mano libre, escuchó que la situación era mucho más civilizada de lo que pensó llamándose a alivio. Ahora había quedado como un tonto reaccionario en frente de las dos tripulaciones, pero mejor eso a no ser él mismo ¿Verdad? Algo así decían. Rascó su nuca con nerviosismo, inspiró con profundidad y mantuvo la respiración por unos segundos pues estaba intentando ordenar las palabras. Con su coeficiente intelectual pudo desglosar las vocales, las palabras y la velocidad correcta para poder hacerlo. Podía lograr.

› Mi nombre es Eros Focalor, capitán de los piratas de la Sepultura. Respondo por la seguridad de todos mis.. Integrantes... Es un placer piratas de Juanita Mariana...

El discurso que estaba preparando se vio interrumpido cuando escuchó que uno de los ajenos que apenas podía percibir a la distancia por la mala iluminación que la vegetación proveía estaba exhausto.

› Oh, vaya... Bueno, si no planean hacer nada cuestionable o dudoso, no tengo problema con que nos sigan... Eso si, nada de rezagarse

Se convirtió en un topo. Un pequeño topo. Entonces, cuando el mundo fue completamente oscuro, pudo sentir con el olfato aquello que antes no podía ver. Efectivamente la sensación de antes no era su paranoia, ni ansiedad social, estaban siendo observados por distintos aromas. Su tacto no le habló de tamaños, vibraciones o movimiento más que de los pasos del grupo. Eran aproximadamente diez personas ¿No?

› Súbete a mi espalda si lo necesitas Kiyoshi, y denme a su compañero, yo me encargo. Nadie se va a quedar atrás. Hay depredadores por todas las direcciones, si alguien se queda atrás va a ser cena. Como en Little Garden con los dinosaurios. Cuidemos todos el ritmo y conservemos energías por favor, que esto no es una carrera aun.

El pequeño topo entonces mutó hasta medir casi tres metros y tomar su forma más humanoide, como una mezcla de topo y hombre se acercó a Tozco para levantarlo de la cintura con el permiso de su tripulación y cargarlo en brazos. Si bien era de contextura robusta, Eros era un tipo fornido. Y como tal, se dispuso a llevar al hombre como una princesa por el camino hacia la ciudad dorada.

No dijo más, estaba demasiado avergonzado en ese momento por cuanto estaba socializando en contra de su voluntad, pero la sola idea de que alguien se viese herido por su incapacidad de proteger. Quizás por eso es que no comentó cuan emocionado estaba por la idea de llegar a la mítica ciudad dorada que mencionaban.

Fue quien iba en el medio entre los Mahana y los Sepultura, quizás para estar a tiro en caso de que lo necesitasen, así que también fue uno de los últimos en toparse con esa ciudad dorada. Se quedo sin palabras, era majestuosa, flotante, dinástica, distinta. La arquitectura no parecía nada que sus capacidades como carpintero entendiesen, y así se limitó a prestar atención a quien más sabía de mitos y leyendas.

El maldito Varo Ganchin.

Ataud
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#84

No aparecía tener mucha relevancia el lugar, un camino bastante espacioso, suficientemente ancho y, afortunadamente, el sol no parecía ser una molestia demasiado grande. Sus ojos exploraban de vez en cuando los lados, contemplando con curiosidad aquel camino que se veía selvático. Aparentemente, no parecían haber más personas. ¿Quizás habría tomado el camino equivocado? ¿O tal vez la fortuna lo llevó a un atajo? Tampoco es que tuviera deseos de tener que encontrarse en ese instante con nadie. 

Tomó su ya característica cajita de metal, observándola calmadamente, abriéndola con su diestra, viendo la alineación de los cigarrillos y acomodando uno, apagado, entre sus labios. Cerró el mismo, ahora rebuscando en su bolsillo el mechero que tenía de repuesto, aquel que, tiempo atrás, había preferido no usar. No es que le restara importancia, más bien el anterior no le había dejado encender el mismo en el Jackpot. Todavía tenía preguntas por cómo diantres lo había logrado reparar, pero observarlo le recordaba a aquella deslumbrante sonrisa que le hacía seguir adelante y cumplir su misión y, especialmente, su sueño. Eso logró retrasar un poco más sus pasos, haciendo que alguien, quien fuera, a sus espaldas se le acercara. ¿Al final no iba a estar solo? Mientras no atacara, suponía que estaría bien, tampoco iba a socializar con nadie, a menos que fuera necesario para lo que se venía en esa isla sobre el cielo.

No, esos pasos se aceleraban, su sentido del oído, del que tanto confiaba, le gritaba que alguien, con pasos demasiado seguros, se le estaba acercando. El humo del cigarrillo se elevaba, perdiéndose en el cielo, a medida que se volteaba lentamente. ¿Un enemigo? ¿Quizás un ataque sorpresa? La distancia era suficiente para poder reaccionar a los pasos que cada vez se acercaban más y más a él. ¿A quién se le ocurriría correr de forma tan poco cuidadosa? Era como si quisiera llamar su atención a propósito... Y así lo había logrado, porque se estaba volteando lentamente, pero... De repente... 

“Esa voz...”

La voz que hacía tiempo no escuchaba en persona, lejos de, por supuesto, su Den-Den Mushi. ¿Quizás el cielo y el viaje le estaba haciendo alucinar? ¿O tal vez se topó con algún olor que no reconoció? Sus ojos cada vez veían de forma más nítida aquel cabello dorado, tan hermoso bajo la luz del día, más incluso que el propio oro, esos ojos azules tan preciosos con los que soñaba cada maldita noche desde hacía dos años, tanto que casi se le habían difuminado en su mente durante ese tiempo... Y esas gafas que cargaba consigo tan a menudo, ese tono anaranjado que encajaba tantísimo con su tez y su cabello. El cigarrillo comenzó a deslizarse de entre sus labios, perplejo, desencajado y sin palabras. Su voz parecía haberse quedado atascada en su propia garganta, pese a que quería pronunciar su nombre una y otra vez, quería abalanzarse a abrazarlo como no lo había hecho en muchísimo tiempo, demostrarle la añoranza que tanto había estado guardando en su interior. No había cambiado nada, era tan brillante como lo recordaba... Debió pedir un cuadro de él, como mínimo, para cargarla con él. Sus labios se entreabrieron, su pecho apretaba ahora más firme, fuerte, casi llegando a resultar doloroso. Trataba de asimilar aquella sorpresa completamente inesperada. Afortunadamente, fue él quien comenzó la conversación, pudiendo escuchar su voz un poco más. Maldita sea...

Cómo lo había extrañado...

El hombre por el que estuvo dispuesto a llegar lejos, el motivo por el que al fin se atrevió a dar un paso adelante se encontraba ahora mismo frente a él, con esa deslumbrante y preciosa sonrisa que tanto había extrañado. Lo único que fue capaz de responder, al menos físicamente por el momento, fue su mano elevándose hasta uno de sus flequillos, ligeramente más largo y ancho de lo que solía portar cuando estaba en los Blues, tironeando de uno de los mechones delgados que estaban frente a su propia cicatriz. —Bueno, yo me siento igual que siempre. — Respondió al fin, parecía que al fin podía asentar mejor sus pensamientos. Qué irónico que estuvo pensando en él precisamente en el instante que tenía aquel mechero que ese mismo hombre le había arreglado años atrás. Ciertamente él mismo no percibía la diferencia, pero como siempre, Tezca, el Gran Tezca Norova siempre sabía ver más allá de los detalles acerca de él mismo. Y... esa frase...

Esa maldita frase...

No pudo hacer más que sonreír de forma cálida y agradable. ¿Cómo olvidar la forma en la que se conocieron? No podía hacer más que acompañarlo en una risita, una sonrisa tan sincera como única como pocas personas existían en el mundo capaces de mostrárselas, acompañadas de una frase que le traía recuerdos del mismo modo.

—No estaría mal escuchar tu nombre directamente de tus labios...

Elevó su mano, quería tocarlo, acariciar su rostro, el tacto que tanto había anhelado y buscado en el cuerpo de otros y, sin embargo, ninguno como el suyo. Algo simple, aunque solo fuera una simple caricia en su mejilla, mover sus gafas y elevarlas sobre su cabeza para contemplar mejor su rostro... Lo que fuera. Igual que él, no existía picardía en sus palabras, por el contrario, una diversión que compartía junto a ese mismo recuerdo único que solo ellos dos podían comprender. De hecho también buscó acercarse a la vez que él, abrazarlo con fuerza, quería abrazarlo tan fuerte, acariciar su cabello, poder volver a...

¿Qué diantres...? Algo los interrumpió. Ni siquiera tuvo la oportunidad de poder acariciarlo, en absoluto, por el contrario, solo se volteó, a la vez que el propio Tezca para buscar de dónde provenía el sonido que había destruido su gran momento tan esperado por tanto tiempo. Y allí estaba, un ave de cinco metros de alto y ancho. Esa ave los observaba como si tuviera un serio juicio contra ellos. Su sonrisa había desaparecido, siendo sustituido por un rostro mezclado entre molestia con un tic en su ceja.


A diferencia del mismo Tezca, no existía timidez alguna en él, ni rubor alguno. Ni siquiera se apartó de él, observándolo ahora de vuelta, con la misma expresión confundida y en busca de una respuesta que, claramente, por el rostro que su amado le entregaba, no poseía. Lo único que hizo fue elevar sus hombros en señal de desconocimiento. La lejanía era esperable, pero aún así le molestó que ese condenado pollo interrumpiera su momento. ¿Lo bueno? Recordó el cigarrillo que apenas había encendido y se le había caído al suelo. Ya no servía para nada, por ello, con un pisotón, lo apagó allí mismo. —¿Siquiera vendrás con nosotros?

La pregunta fluyó, sin saber si aquel pájaro gordo iba a hablar, pero con esos cantos que parecían más bien intentos de ir al baño lo ponía en serias dudas. En fin, más adelante ya tendrían más tiempo de... Bueno, reencontrarse mejor. Supo que, de todos modos, su objetivo estaba enfocado en seguir con la misión por el momento. Por ello, decidió seguir por aquel ancho camino recto, que parecía ser de lo más seguro. Al menos, silenciosamente, agradecía a los astros aquel bendito reencuentro. Puede que hubiera uno o dos metros de diferencia ahora al andar, y no tuviera la opción de tomarlo de la mano ni similares, pero seguía cerca de él, caminando, ahora sin su cigarrillo. ¿Quién lo necesita cuando estás al lado de Tezca Norova? Claro... que aparentemente ese gordo y feo pájaro encima los estaba acompañando. No sabía por qué diantres los seguía, pero tampoco parecía atacarlos, lejos de esa cara de pocos amigos que parecía poseer. Quizás también venía a disfrutar de su tiempo, quién sabe.

—Creo que siendo recto no debería ser demasiado difícil perderse... Además... — Sus ojos se volvieron ahora hacia el pájaro que Tezca bautizó como Care’malo. —Imagino que tú deberías conocer el camino si vamos por mal camino, ¿verdad? — No es que pudiera confiar en ese ave a la ligera, pero nunca se sabe. Lo mejor era tratarlo con amabilidad, tal vez más adelante habría un silencioso agradecimiento. Por supuesto, conversaba con su amado, siguiéndole el ritmo también, con ambas manos en los bolsillos mientras sonreía de medio lado cada vez que lo observaba. —Curioso, curioso. No es que me haya parado a pensar mucho sobre nada que tenga que ver con hierbas.

Las horas se le pasaron demasiado rápido, mientras le hablaba de unas cosas y otras, siempre, por supuesto, procurando mantener lo profesional aparte. Eso por el momento era algo que debía guardar para sí mismo. Pudo contemplar, sin embargo, y después del largo camino, cómo frente a ellos se alzaba una civilización tan impresionante como curiosa. Los tonos dorados eran, cuanto menos, algo que no se esperaba en absoluto. ¿Serían ventajas de los que vivían aquí en el cielo? 

Escuchar a Tezca llamarlo de ese modo todavía se sentía extraño después de tanto tiempo. Hubo un tenue rojo en sus mejillas, mientras elevaba su mirada para contemplar mejor las estructuras... al menos lo que podía ver desde esa distancia.

—Sí que parece un tesoro, sin duda.

Pero nada iba a poder superar al propio Tezca (al menos para él). Además, la mención de su tripulación fue algo que despertó su interés. Recordaba aquellas notas que tomó, y lo último que había comentado sobre ellos. ¿Quién iba a negarlo o rechazarlo? Él desde luego no iba a hacerlo. —Sí, sigamos adelante... Que por cierto, ¿cómo diantres te separaste de ellos? ¿Cómo se atreven a dejarte atrás y solo? — Era algo que llevaba tiempo pensando y no quiso mencionar hasta que el propio Tezca no sacara la conversación. Más les valía tener un motivo de peso... Eso no lo frenó de sus pasos, pero al menos ahora podría decir que estaba cada vez más cerca, o eso esperaba...



Cajita de Tabaco
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#85
Si había algo que a Kael lo sacaba de su estrategia, de su forma de pensar, y por lo tanto, de todo lo que podía llegar a hacerle pensar de forma correcta hasta el momento, era sin duda la falta de formalidad clara y evidente de todos los aquí presentes. Estaba acostumbrado a los comportamientos enérgicos de sus compañeros de División, de las actuaciones que, ante cargos más elevados en la marina, casi podrían considerarse como insubordinación, pero...¿y el resto?

Bueno, ¿Qué podría un hombre como él pedir, cuando el de mayor rango entre todos ellos, alguien conocido como un dios en la tierra, iba prácticamente al desnudo en la tierra de los cielos?

Pero sus ojos no perdieron detalle.

Había alguien más que, como él, aparentemente parecía sorprendido por la actuación tan informal de absolutamente todos los presentes: el comandante Stroud Nanashi.

"Gracias por hacerme entender que no soy el único cuerdo en una jungla llena de..." Calló su propio pensamiento, como si temiese que alguien más pudiera llegar a escucharlo, o verle reflejada esa respuesta en sus propias facciones. Él, por supuesto, mantendría el protocolo establecido como si fuese partícipe de un examen en el que sólo él estaba siendo juzgado, comprobando a través de miradas discretas e imperceptibles que incluso en un ambiente de trabajo como aquel, podía seguir actuando como un marine modélico debía realizar. Nyra y Shin no podrían culparlo, pues al fin y al cabo, saben que él es así siempre...especialmente cuando hay una misión de campo.

Suspiró.

La marcha debía continuar.


Horas transcurridas entre compañeros, que parecían más dedicados a hablar como si fueran un grupo de senderismo en lugar de marines, andando faltos de la marcha militar, sin formación, sin estructura, y con la jerarquía establecida únicamente por los ya conocidos rangos de cada persona presente. Francamente, esperaba que las habilidades del Santo avalasen su posición en la marina, y no fuese un mero trámite condecorativo concedido por la condición de su linaje. Considera a los Dragones Celestiales eminencias, pero incluso entre ellos...debe de haber excepciones.

Aún así, debéis tener todos en cuenta algo bastante importante, y es que al final, se vean ahora mismo mejores o peores, el orgullo de este mundo, los verdaderos justicieros y aquellos que se encargarían de erradicar todo lo posible a los que se interpusieran como criminales en los cielos.

Eran ellos.

Al pedirle el contacto por Den Den Mushi a Juan Sebastián, sintió de primera mano la condición de su fuerza. Un Gyojin falto de formalismos...sin duda, era un espíritu que derrochaba alegría, alguien que podría llevarse bien con la morena de humor alicaído.

—Por supuesto, es solo la costumbre.—Respondió en su medida habitual.—Tantos años en la marina me han enseñado a mantener el comportamiento durante las misiones. Quizás cuando acabe nuestra misión.

Hablando con tecnicismos, es plenamente consciente de la ausencia de misión, al menos, hasta que los marines llegasen a la ciudad donde serían recibidos y los juegos del cielo realizados, pero eso, no restaba importancia a su sensación de mantener la guardia alta y la formalidad en regla. Ojos que observan en silencio, una mirada discreta pero analítica. Las tierras de Skypiea eran un mundo completamente desconocido para el azabache, y sus normas establecidas, algo que no había tomado el tiempo de estudiar para comprender adecuadamente, pero alguien como él no siempre necesita tener todo perfectamente informado para actuar correctamente. No buscaba quedarse en aquellas tierras más tiempo de lo necesario, por lo que le resultaba una pérdida de tiempo tratar de comprender más información que la ya estudiada para el día en el que todas las embarcaciones llegasen hasta el lugar.

La reacción de Kibai, a su vez, fue como si hubiese visto a Juan reflejado en un ser de otra raza. Dos hombres no humanos que distaban de la formalidad en su semblante, y trataban a los demás de una forma despreocupada y cargada de confianza. Siente que desentona en esa clase de ambientes comportándose de una forma tan recta, pero como ya dijo antes, eso no le haría cambiar su forma de ser en el lugar.

—Es también una historia extremadamente larga que podríamos compartir en ese ambiente junto a la hoguera, pero se resume en ser los miembros de una división que desbarató, junto con los compañeros de la división 80 aquí presentes, una organización ilegal de trata de esclavos en la Isla de Kutsukku, en el South Blue. Tengo entendido que sois también de allí, ¿no es cierto?—Quiere evitar, en la medida de lo que se le presenta posible, comentarios acerca de una división marine corrupta, formada por miembros que no tienen miedo alguno a cometer delitos con tal de conseguir sacar algo de dinero vendiendo esclavos. Se trata de algo repulsivo, pero no por ello menos vergonzoso al ser miembros de la marina.

Observa a cada uno de los nueve marines que junto a él, continúan el rumbo hasta la ciudad, asegurándose de que ninguno de los allí presentes se perdiera en el camino. Al parecer un grupo de exploración, intuía que alguno terminaría quedándose atrás si no se mantenía el ojo sobre todos, y no podía lamentar el sino perder más tiempo ahora que por fin había conseguido reunirse no solo con sus antiguos compañeros de Baterilla, sino también con los miembros de la división que habían aparecido en más de una ocasión en el periódico.

En alguno de los minutos que se sucedieron, se acercó hasta él directamente el comandante Nanashi, quizás entendido como una interacción algo de imprevisto, pero esperando así lo que quizás sería un comando para un hombre como él en particular. Afortunadamente se equivocó, y su único interés fue en hacerle entrega de una tarjeta con sus datos: nombre, cargo, y más importante para los actuales acontecimientos, su número de Den Den Mushi. El soldado de la 75 no tardó apenas unos segundos en registrar consigo los números de las tres personas que habían accedido a entregárselo, guardando el caracol para más tarde, enfocándose en seguir el camino...tratando de ignorar la vergüenza que le daba cierto soldado con extremo nivel de despreocupación. 

Y por fin, la gran ciudad...justo delante de ellos.

La ciudad perdida de Shandorah


Una ciudad hecha de oro, donde cualquier rastro de civilización humana queda opacada ante la vista de un monumento de complejidad tan magnánima, visiblemente inalterada por un uso eficiente, y simplemente entregada a los ojos de aquellos que, como los humanos y seres que proceden desde la tierra en el suelo, observan como un deleite, sencillamente para mostrar una superioridad ante el resto.

Ego.

Nada más que la visión ya dejaba en claro como serían los guardianes y regentes de esta isla flotante. No importaba lo que quisieran expresar, si mostraban benevolencia o si su mano firme era tan dura como la de un tirano; aquellos que conviven con un nivel de sociedad tan sofisticado y diferente como este tienen muchísimo orgullo propio, y como si se considerasen dioses a sí mismos, cualquier emoción les causa un mayor efecto que al resto.

Ofender a alguno de ellos podría llegar a ser una idea nefasta, más aún que a aquellos que portan altísimos cargos en la marina. 

Debe mantenerse firme, pasar desapercibido, y asegurarse que en el momento oportuno, su mejor amigo pasaba a ser el comandante ejemplar que le había prometido al resto de divisiones que podría llegar a ser. Ha puesto la mano en el fuego por él, y seguramente siempre lo haría, pero aquello no le quitan los nervios generados por las emociones que ese hombre casi incomprensible provoca.
Lo único que termina por separar a aquel batallón de marines de la ciudad es aquel rio de gran grosor, pero eso no parece presentar problema para la gran mayoría de los allí presentes. Todos parecen extremadamente capaces de saltar algo así, y los primeros en hacerlo dejan claro que posiblemente fuese él quién tenga menor capacidad de salto. Aún con eso, no quiere presentarse como un lastre, y ofrece un salto en línea recta para cubrir más allá de los diez metros que le separaban, llegando con ello hasta los quince para, con seguridad, poder dejar espacio para el resto y que nadie chocase, manteniendo incluso un par de metros de distancia con el resto de marines, meramente por regularse y cubrir un poco más de terreno.
Si alguno cayese al agua...bueno. No es él la persona más indicada como para tratar de rescatar a ese mal afortunado.
Continuar avanzando le permitiría al azabache observar a las gentes que habitan en ese lugar. Todos ellos compartían cierto rasgo. Alas que, para la mayoría de ellos les es imposible utilizar para alzar el vuelo, y que posiblemente sean la razón por la que los Lunarian gobernaban en esa isla. La capacidad de permanecer en los cielos era algo que supondrían como divino, superior, y que por ende los hacía dignos de tener ese poder.
Kael no juzga la historia, ni decide cambiarla. Se adapta a ella...para que el mundo pueda ver quién es.
marines en Shandorah
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#86
En los libros siempre hablan de que en el cielo se esconden maravillas inimaginables, ajenas a todo cuanto habita la tierra… y cuánta razón encerraban aquellos versos.

Por donde caminara, por cada trama que yo avanzaba, no dejaba de maravillarme ante su preciosa diversidad que se protagonizaba por una inmensa gama de colores y flores que parecían adornar el camino, era como contemplar una nueva Matsuri pero forjada en el mismísimo cielo.

Mi mente divagó, lo hizo tanto que incluso llegué a detener mi andar únicamente para apreciar con suma atención las formas y los aromas que me rodeaban, ¿y por qué no hacerlo?, se podría decir que era un privilegio estar viviendo algo como aquello, el poder observar la belleza de este mundo mágico, mi travesía me hizo escuchar un leve sonido inconfundible de un río siguiendo su caudal, acompasar mis pasos con ese canal de aguas tan cristalinas y puras que me permitían admirar su lecho sin problema, mientras caminaba a su lado pude distinguir incontables peces multicolores que ascendían curiosos hacia la superficie para observador a quien se asomaba a la orilla, eran como delicados pinceles deslizándose con absoluta libertad sobre un lienzo de cristal. Esto era un sueño, un pequeño edén suspendido en los cielos que regalaba a sus visitantes las frescas brisas sobre la piel, respirar se sentía relajante.

—- Es… precioso….

Mis dedos se aferraron con un poco más a la correa de mi estuche, aquel hermoso escenario despertaba en mí un inmenso deseo de tocar melodías irrepetibles, piezas que solo podían nacer en un lugar como ese, notas que sin darme cuenta comenzaban a tomar forma en mi mente, pronto me descubrí tarareando una sencilla escala menor de sonidos mientras avanzaba, y cada rincón parecía inspirar un acorde distinto, como si el propio cielo quisiera componer a través de mí su himno, sin embargo, aquel hechizo se desvaneció cuando a lo lejos distinguí a varias personas caminando por el mismo sendero que yo seguía, vestían atuendos muy similares al mío ¿Acaso aquellas prendas eran tradicionales de esta isla flotante?

A escasos metros de ellos, hice el conteo de dos mujeres y un hombre que conversaban entre sí sobre trivialidades que no lograba escuchar, no tenía intención de interrumpirlos ni de ser un mal clavo, pero mis ojos se abrieron de par en par al reconocer el rostro de una de ellas. Mi cuerpo se paralizó, si, era ella.

Muchos años atrás en Baterilla la había conocido en un palacio oculto en medio de aquel fangoso bosque, durante una estrepitosa tormenta, aquella noche en la que cobardemente tuve que dejarla atrás… esa noche en la que ella dio su vida para que yo pudiera librarme de las ataduras que la amarraban a ella.

Respiré profundo…. ahí estaba….
ese nombre apareció casi de inmediato… era ella….
era…

¡¡¡¡ KAAAAAAAAAASSSSAAAAAAANAAAAAAAAA !!!!

Grité con todas mis fuerzas hasta que mi garganta comenzó a arder por el esfuerzo con el que pronuncié su nombre, estaba segura de era ella, la recordaba perfectamente… jamás podría olvidar a una mujer tan hermosa y divina como aquella, lo recordé todo, la manera en como fue sometida. ¿Estaba prisionera ahora?, ¿Aquellas personas la habían sometido igual?, mi respiración se aceleró… ¿Qué hago?, ¿Qué se supone que debo hacer para ayudarla?

¡No volveré a abandonarla nunca más!

—- Por favor… ¡Aléjense de ella! — exclamé con firmeza hacia esas personas que la acompañaban, fue entonces que pude fijarme a detalle de sus apariencias. Una de las mujeres mantenía un fisico tenaz, su cuerpo no era especialmente musculoso pero bastaba un vistazo para comprender que poseía una condición física excepcional, todo su cuerpo estaba cubierto de varias cicatrices enmarcados en su piel como silenciosos recuerdos de batallas ganadas, pero nada de eso llamó tanto mi atención como su peculiar corte de cabello, ni siquiera había rastros de un cuero cabelludo naciente…. estaba calva.

Sí, completamente calva.

¿Estarían armados?, mi diestra ya descansaba sobre el arco, preparada para empuñarlo si la situación lo exigía, estaba lista para defenderla si era necesario como también dediqué una mirada de análisis a la otra persona que se sumaba al grupo hasta que toda la tensión que cargaban mis hombros se disipó de golpe…

Parpadeé, completamente desconcertada, no podía creer a quién estaba viendo ahora…

—- Ah… eres tú… — murmuré con debilidad, recordaba perfectamente su rostro, aunque tapado ahora con un fino velo en sus mandíbula, también reconocía el ámbar de sus ojos, recordé el lugar, las circunstancias y la razón por la que lo había conocido, aquel joven marinero al que por culpa de mi propia inconsciencias terminé debiéndole un favor que jamás reclamó. — El Marine rosa…

Mi cabeza era un completo caos, si él estaba con Kassandra… entonces significaba que ella estaba bien, ¿verdad?, pero… ¿qué ocurría con la mujer de labios negros?, ¿también era amiga de Kassandra?, ¿Acaso Kassandra era libre? Demasiadas preguntas se acumulaban en mi mente al mismo tiempo que me impedían tomar una decisión de lo que debía hacer.

Como si aquella maraña de incógnitas sin resolver no fuera suficiente… una quinta persona irrumpió en nuestro inesperado encuentro, complicando aún más una situación que ya de por sí resultaba abrumadora pero se unión con total naturalidad al grupo que era evidente que se conocían entre ellos, les habló con absoluta familiaridad y despreocupación, instintivamente di un pequeño paso hacia un lado, procurando mantener a todos dentro de mi campo de visión, no podía permitirme perder de vista a ninguno. El nuevo integrante era enorme, musculoso, demasiado alto que me dejaba en total desventaja.  ¿Cómo se supone que pueda escapar de allí junto a Kassandra?

“¡Maria, recuerdo que eras muy perezosa, si quieres puedo llevarte a caballito-don!” — Dijo aquel desconocido de pelo azabache mientras se acercaba a Kassandra con amplia sonrisa, y con toda confianza tomó a Kassandra como si no pesara nada y la puso sobre sus hombros como niña pequeña.

—- ¿María? —- dije ladeando un poco mi cabeza a un lado en señal de confusión absoluto, ¿Quién demonios era María?.



Al cabo de horas y horas caminando, conversando en un ambiente mucho más tranquilo pero aún algo incierto nuestro destino, frente a nuestros ojos apareció aquella construcción gigantesca de un palacio de oro elevado hacia el cielo. Permanecí inmóvil solo unos segundos, incapaz de apartar la mirada de aquel tesoro encontrado.

— ¿Eso… es una ciudad?, ¿verdad? — pregunté en tonalidad baja e incrédula de estar presenciando esa maravilla. No sé mucho del mundo, es más, aprender sobre navegación fue todo un descubrimiento para mí pero quizás esto era lo que los libros mencionaban encontrarse en Skypiea.

La ciudad dorada, Shandora.



Amphitrite Toca la Canción
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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#87
Se dio dos sacudidas, que no tres —eso ya se consideraba exceso de amor propio–, y regresó con el grupo antes de que lo dejasen atrás. Una miríada de marines había tomado ese sector de la playa, atraídos, quizá, por un simple capricho del destino, y, entre tanto uniforme, no quería perder de vista a su división. Aunque, siendo sinceros, era difícil dejar de ver al enorme gyojin rojo de tres metros; Akira tampoco hacía mucho por pasar desapercibido con esos lentes de sol; y Masami… ¿desde cuando llevaba un arco?

Enji suspiró y cerró los ojos por un segundo, la sonrisa amplia. Cuán orgulloso estaba de ese bizarro, irreverente e impredecible grupo de inadaptados, que incluso sumergido en un mar de chalecos blancos y pañuelos podía destacar.

Zip, zap, una luz apareció en escena. Veloz como nadie, el comandante y líder de la división 75, Shin Hasegawa, se presentó delante de su grupo y lo saludó particularmente. Se conocían. En una ocasión, mucho tiempo atrás, él y Shin habían tenido un pequeño enfrentamiento de prueba para testear las capacidades de su fruta del diablo. Después de eso, no volvió a saber de él hasta el incidente de Kutsukku y su posterior mención en el periódico mundial.

—Tú siempre con hormigas en el culo, eh, Shinchan. ¡Shihahaha! —Del mínimo espacio entre el elástico de sus boxers y su cintura, Enji sacó un cigarrillo rubio y lo sostuvo entre sus dedos al caminar—. ¡Espero que no seas tan veloz para todo!

Alcanzó a meter la puya poco después de que la atención de Shin volviera a virar en otra dirección, y su cuerpo, convertido en volutas de luz, desapareciera. Todo era muy fugaz siempre que se trataba de Shin.

Hechas las presentaciones, el grupo se enfiló al ancho sendero que aguardaba detrás de la antorcha. La formación militar que compartían se notó en el órden del avance, cada grupo encabezado por su capitán en una formación laxa y que propiciaba, en su solapamiento unas con otras, la mezcolanza de uniformados. Conversaciones triviales nacieron espontáneamente a lo largo del camino, curiosos todos de saber qué era de la vida de cada uno, cómo llevaban su estadía en la Grand Line, como se organizaban y hasta qué comían. Por primera vez en muchísimo tiempo, estaban rodeados de camaradas. Personas que compartían, en mayor o menor medida, su forma de vida, deberes y responsabilidades, así como una proyección dentro del brazo armado del Gobierno Mundial.

—¡No te quejes, Juancho! Hay familiares tuyos que no han conocido más que la playa de Baterilla.

Enji caminaba al frente y ligeramente a la izquierda de Juan. En su espalda, la palabra “Justicia” yacía tallada en el chaquetón de capitán. Después de una hora de caminata finalmente se había dignado a encender el cigarrillo que traía encima y paladear un poco de humo, pero seguía sin hablar demasiado. Cosa rara, claro, cuando tenías en cuenta su naturaleza parlanchina y ruidosa. ¿Estaría un poco agobiado, acaso? Demasiadas personas, demasiadas voces a las que prestar atención y dar una importancia que francamente no le apetecía. Observar en silencio también podía ser muy divertido.

—¿Ah? ¿Qué mierda habláis de Masami? ¿No ven que está ahí?

Señaló al muchacho de cabello largo y pelirrojo, perteneciente a la División 60. Enji lo miró fijamente durante unos segundos mientras tres puntos ( … ), hipotéticos, aparecían sobre su cabeza, y guardaba el más sepulcral de los silencios.

— (...)

Silencio.

—Ah… Ehm…

Se rascó el cuello, aguantó la mirada, meditó. ¿Masami tenía todo el cabello rojo o solamente las puntas? Hizo memoria, puso a trabajar su cerebro, y la respuesta se volvió clara después de un instante sumamente incómodo e interminable.

—¡SU PUTA MADRE! —Descubrimiento y frustración le siguieron, marcadas ambas en la vena inflada de su frente—. ¡Cinco minutos lo perdí de vista! —bufó—. ¡Llámale, Rubiales! Como no conteste tendremos que volver por él.

La oscuridad terminó de envolverlos poco después. El follaje del bosque, espeso como era, ahogó los rayos del sol hasta suprimirlos y entregar a la procesión marine un momento de nocturnidad. La penumbra los había abrazado por completo. Sentían los sonidos del bosque, la melodía de lo salvaje, acompañar su paso y acecharles. Curiosos, quizá, por estos nuevos visitantes que llegaban a la isla de los cielos. La cuestión estaba en cuánta de esa curiosidad iba conducida por su hambre.

Por lo que fuera a pasar, ya tenía sus guantes, los Jarngreipr, puestos y bien ajustados.

—¡El veneno me vale mieeeerda! Pero qué bien nos cuidas, Minino Número Uno —respondió a Kibai, sin voltear a verlo, mientras avanzaban en plena oscuridad—. Me siento bastante a salvo teniendo a dos gatos enormes cubriéndome la espalda. Un día tengo que presentarles a Ford. Él se quedó en el barco para que estos juegos tengan algo de misterio. Ya saben, darle dramatismo.

Extendió la mano derecha a un costado y la agitó, imitando un movimiento de jazz. Después, esa misma mano se apropió del cigarrillo que llevaba largo rato degustando, lo apartó de su boca, le dio dos toques precisos al filtro y se deshizo de la ceniza vieja. Ceniza que cayó sobre el camino, sobre tierra virgen.

—A todo esto: ¿alguno tiene la más pálida idea de en qué consisten estos “Juegos” de los que habla el periódico? ¿A qué juega la gente aquí arriba? ¿Escupir y atinarle a un pájaro que cruce por debajo de la isla? Shihaha… —Imaginarlo despertó su rotísimo sentido del humor—. Seguro que tú ganabas en eso, Rubiales. Aunque, Juancho, tú también te defiendes escupiendo. Mañana haremos una competencia para saber cuál de los tres puede llegar más lejos.

El capitán había hablado y la sentencia estaba hecha. Al caer la noche y desplegarse un nuevo amanecer, la GLORIOSA División 80 descubriría cuál de sus miembros podía proyectar una bala de saliva más lejos. Pero esa pequeña competencia improvisada se vio de pronto eclipsada cuando, mientras retaba a sus compañeros, el largo y oscuro pasillo se abrió de nuevo a la luz. El follaje llegaba a su fin y el sol volvía a brillar, alto e imponente desde su nueva perspectiva considerablemente más cercana. Frente a ellos, después de tres largas horas de caminata, se presentó un escenario de ensueño, una fotografía de ficción, más propia de la loca imaginación de algún cuentista vagabundo que de la vida real.

Frente a ellos estaba Shandora.

El palacio de oro le arrancó el aliento por un segundo. Enorme, pero ENORME en letras mayúsculas. Gigantesco. Su altura debía rivalizar con algunas montañas y, al erigirse en una isla que flotaba en el cielo, probablemente estaban parados frente a la estructura humana que más cerca se encontraba del sol. Un verdadero nido de dioses, una tierra de leyenda.

—Mierda…

Incluso un charlatán como él se quedó sin palabras ante el brillo dorado de Shandora.

—¡¿TODO ESO ES PUTÍSIMO ORO?!

Las pupilas se le llenaron del mismo brillo, y Enji, sobrecogido, sintió la emoción correr por todo su cuerpo. Tierras de leyenda, palacios dorados, escenarios enormes frente a multitudes aladas que ocuparían las gradas. ¿Eran eso los Juegos del Cielo? La adrenalina lo invadió, lo desbordó. Hervía dentro suyo con la intensidad del más letal de los ácidos.
Contenido Oculto

Enji empezó a correr.

—¡Shihahahaha! ¡El último en llegar al centro es un Comuna!

No preguntó, tampoco pidió permiso. Corrió hasta alcanzar el cauce del río y saltó, imprimiendo tanta fuerza en su despegue que la huella de sus botas quedó marcada en la tierra. Se convirtió en una saeta, en una flecha que cruzó a un lado de Juan, por encima de la cabeza de Akira, y siguió de largo en dirección al escenario que parecían haber montado en el epicentro de la civilización. Aterrizó, cayó, rodó por el suelo y se incorporó para seguir corriendo en dirección a lo que parecía ser la entrada de la arena. Su sonrisa, plena, reflejaba una ilusión particular, una que no había sentido en muchísimo tiempo. La ilusión que siente un artista cuando tiene frente a él un escenario único.

—¡Shihahaha!

Enji rió y disfrutó de la libertad de correr en el cielo.

off
#88
El nombre de una mujer gritado era todo lo que escucho, se puso en guardia, alzo su mente, su piel casi se volvió esmeralda. Su centro de gravedad bajo y como si le dispararan en el pecho puso a sus amigos detrás de si con la mano en sus espadas. —Quien eres tú!! No… no me alejo jamás de ella ni de él no más… nunca más… … … he?... Hyak… que sucede aquí?... quién diablos es ella… espero que la recuerdes… … … a quien engaño… seguro no tienes idea. — Guardo algo de distancia, pero abandono su ímpetu amenazante. —A ver niña, deja el arco de lado y acércate con cuidado… quien eres y de donde conoces a estos dos no me mientas... lo sabre?— Cuando parecía que todo se resolvía medianamente vio a un enorme hombre, le parecía conocido… Gi.. ganton? Si, era el enorme hombre que les había ayudado hace meses en Whisky pero su nombre?... no lo recordaba y no le importaba pues para ella ya era reconocible. Se agacho en las antorchas como queriendo reconocer alguna pista o rastro. —Hey… tu eres… ese hombre que nos ayudo cuando raptaron al atún no?— Menciono acariciándose la cabeza rapada, el calor comenzaba a ser intenso en la playa y ahora sentía que le quemaba más que nunca. Sep… esa carcajada sí que la recordaba. Maki se medio contagio de la risa excéntrica del hombre y quiso estallar en carcajadas. —Si, María… María Merlot… quizás la confundes… no se llama… … …  como sea que le llamaste. No soy buena recordando nombres, pero ella es mi navegante… o artista… da igual es mi pez— Dijo cuando alrededor vio más gente. Mucha.

Desde hace tiempo no se fiaba de nadie. Sobre todo, ahora que debía proteger a sus nakamas. Lo mas importante del mundo entero, pero este tipo sí que había sido uno desinteresado y había con su ayuda “Salvado” a la Mestiza. ¿Ahora portaba a colores diferentes? —Estas… ¿Estas en una tripulación?, no te habíamos preguntado la otra vez. Que despistadas somos. ¿Un Torneo?... no se de ningún torneo… solo queremos avanzar por Paraiso, llegar al final e ir más allá. Donde ninguna otra hubiera navegado— Dijo inspeccionado un poco la vestimenta del colosal hombretón. Pronto comenzó a ver a un montón de personas más. Un tipo que le parecía extremadamente familiar… como… como si fuera una versión tergiversada de ella misma. Pero obvio. Mas débil. También parecía portar dos inmensas armas como ella. Aunque seguro su arsenal era más variado.

También encontró a una chica enorme… que carajos era primera vez que veía a una mujer tan hermosa, tan grande y angelical, de piel de bronce esculpida seguramente por un dios enamorado. Y sin previo aviso y de pronto, sintió como su mano se encaminaba a ella… Maki le devolvió el saludo con una sonrisa nerviosa. Había aprendido con su mala memoria a responder los saludos de la gente que le llamaba por su nombre… a su lado… un… un… mierda un furro. No le gustaban para nada los hombres bestias pero este lucia fuerte. Se había enfrentado a pocos, ¿Podría derrotarlo?, y entrecerrando los ojos… —HEY!!! Les ha seguido un mono!! Chu chu mono de mierda!! No te robaras mi den den mushi!!!— Dijo tratando de ahuyentar a un pequeño primate que venía con los otros dos. pero después se rasco la nuca algo perdida por que al ver sus ropas descubrió que era compañera de los demás. Aunque había visto un sinfín de videos donde primates como estos robaban los caracoles de turistas desistidos no… no le robarían el suyo.

A pesar de todo comenzaron a caminar, no les quedaba otra. Un ave de hermosos colores salió disparada al vuelo con un hermoso y resonante piar y Maki junto sus labios como si alguna fuerza increíble le forzara… le respondió silbándole una melodía con una gran sonrisa.

Después de un tiempo tomo la delantera, no quería que sus aliados tuvieran problemas en él, ni que se perdieran. Podía ver un rio al costado derecho del camino y la selva se volvía tupida, pero sacando su espada comenzó a cortar poco a poco toda la vegetación que estorbaba —Mer… Hyak… y los demás… Si algo aprendí en Little Garden fue a no tocar flores, plantas o hiervas desconocidas que tengan colores inusuales… no las toquen. — Advirtió mientras se sobaba el brazo derecho con una cicatriz horrenda mientras recordaba aquella aventura donde fue rota. Abandonada y también su día más doloroso del mundo. Cuando descubrió que era una escoria que nadie quería. Pero.

Esperaba haber cambiado en este tiempo. El rio que recorrían era poco más de veinticinco o treinta metros, atenta a que no saliera alguna bestia como también vio en sus anteriores aventuras. Quiso tomar el extremo de este camino por la posibilidad de un ataque, pero poco a poco comenzó a relajarse, parecía mas un paseo. Un paseo por las nubes. Y de pronto la voz de la calva comenzó a elevarse a medida que se sentía más cómoda. Mirando cada cierto tiempo a su hermana Merlot disfrutando sobre el gigante paseando como una niña pequeña. A Hyak caminado bajo el sol, siendo el mas hermoso de todos los presentes. Casi tanto como Merlot.  Aunque cantase a todo pulmón, Maki sintió algo… dolor… miro sus manos, sus brazos se rozó el rostro y recordó el monstruo que era. Aquel que apenas podía ver en el espejo de la mañana, uno que reflejaba sus errores, sus pecados y sus marcas de traición. 

Era horrenda por dentro y por fuera, mezquina, malvada, desinteresada por la vida ajena y el bienestar de otros. No le importaba tomar vidas ajenas y ahora se daba cuenta que no encajaba en nada de esta belleza que se desplegaba ante ella. solo podía contarse como una asesina. Aunque a veces se consideraba artista se contaba más como un bufón, aquella de la que todos se burlaban, ya sea en secreto o de frente. No pertenecía a los Valar, seres endiosados, en sus cuentos estos eran dioses, hermosos, dotados de dones y con pocos o ningún defecto y ella… ella tenía un millar.

De pronto pensamientos oscuros y sombríos comenzaron a invadirle. Morir. Desaparecer. Quizás unirse a otros monstruos como ella y ser derrotada en algún campo de batalla o en algún lugar donde su muerte podría significar quizás algo. La pena y el dolor regresando a su mente comenzó a demacrar y herir su rostro. Pero cuando sus ojos se enfrentaron por un segundo con los de María Merlot. Decidió hacer todo para que no se diera cuenta de sus sombríos pensamientos. Se acerco a Hyak —Claramente tenemos un camino frente a nosotros... Crees que encontremos algún tesoro antes de llegar a ese que nos habló por las caracolas?— Dijo apagándose a él. —Y tú? ¿No habías pasado antes por aquí? He gigantón?— Apretó el trote un poco para adelantarles el paso a todos, aunque parecía que su animo había cambiado para bien por dentro comenzaba a hundirse más y más en su propia miseria. Como si en su interior la oscuridad se arremolinara intensamente y de manera inversamente proporcional a lo bello del paisaje. Necesitaba ayuda y nadie se daba cuenta.

Poco después de avanzar varios kilómetros aproximadamente tres horas llegan a la salida del bosque. Maki se adelanta como una niña pequeña y se agazapa en el mismo linde para inspeccionar el lugar, emergieron por el sur este de la ciudad lo que parecía una gran arena, un estadio parecido a una pista de atletismo. En el norte la pirámide… enorme dorada y más de cuatrocientos metros de alto. Muchas ventanas. Muchas… mierda… por más que intentaba no podía ver muchos más detalles, pero si podía ver muchas casas todas también doradas. Mierda era una ciudad que valía más que ciudades o islas completas? Los ojos codiciosos de Maki se abrieron de par en par. Oro… mucho oro. —Si? eso que es… que más ves gigantón? No tengo la vista tan aguda… … … ya veo… torneo— Menciono mientras ponía su palma sobre su frente para intentar ver mas lejos y mejor. Y al escuchar torneo. Quiso llevar su mano al cinto donde escondía una espada corta. Un tanto, le emocionaba mostrar su verdadero arte. El de la muerte.

Sus ojos se abrieron… la emoción, el brillo, todo volvió y Maki y su pecho se insuflaron de valor verdadero. ¿Podría quizás demostrar que este monstruo podría proteger, ser útil?... si… esa era la clave. Lo importante no es si se es un monstruo, sino un monstruo capaz de contener y proteger a este grupo de gente. Sus dedos se cerraron sobre el tanto hasta hacer crujir el cuero del mango al ver la posibilidad de demostrar que todo este sufrimiento que le marco la piel solo sirvió para curtir su temple y su alma para ser una guardiana de estos dioses.

Quizas…

Los Valar eran dioses.

Maki jamás podría ser uno de verdad.

Pero quizá…

Podría ser un demonio, uno dispuesto a ensuciarse las manos por ellos. Una sombra encadenada a sus sueños y anhelos. Ella podría serlo. Y darlo todo… todo por ellos. La ciudad… carajo sí que era hermosa, cada construcción, cada casa, parecía el conjunto de algo mucho mas grande, todo pensado con un objetivo, mirar un espectáculo, algo construido con un sentido, como artesana, como artista como forjadora del mañana sintió que esta ciudad estaba construida para las pruebas. No físicas, sino mentales. Construida para ser un reino poderoso. Un imperio en los cielos. Era… verdaderamente un proyecto magnifico y sublime, casi onírico.


Play Me!
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#89

Conforme los pasos de la tripulación avanzaban por aquel sendero próximo a la primera antorcha, la abundante vegetación fue propagándose cada vez más hasta que los rayos solares fueron eclipsados por los frondosos árboles tropicales. Dejando a nuestros protagonistas en una constante semi-penumbra, que, si bien no impedía la visibilidad al ciento por ciento, si que generaba una pequeña dificultad al recorrido.

Los ojos ambarinos del castaño, adaptados a la tenue visibilidad del mar por sus años como pescador, le permitieron mantener el rumbo junto con la señorita de cabellos azabaches. “La voz nos dijo que siguiéramos el camino… me pregunto si es un lugar peligroso, por favor, cuida de nosotros…” Creyó que seguía molesta por el pequeño malentendido en el barco. “Querida.” Por lo que mejor prefirió tratarle con melosidad durante el recorrido. No fuera a ser que la morena se vengara empujándolo intencionalmente contra alguna planta venenosa.

Runin era experta en esos entornos, por lo que confiaba ciegamente en las directrices que les diera. Ya fuera -aléjate de esa planta-, -ese insecto es venenoso. -, - No comas eso - , - no vas a domesticar ningún animal. - , – los elefantes guerreros psíquicos ancestrales no existen. - Ryota obedecería y asentiría sin el más mínimo pero.

Pese a ello, parecía que ese nuevo ambiente natural sobrepasaba los conocimientos de la morena, pues se veía bastante dubitativa al respecto, muy diferente de la seguridad que acostumbraba a demostrar en las islas de abajo. Al notarlo, Ryota tan solo mantuvo silencio y trató de guiar el camino usando sus ojos.

En un principio, al frente marchaban Runin, Ryota y Barald. Detrás de ellos, pero a muy poca distancia, iban Tocho Morocho y Cardan. Al final un poco más rezagados, estaba Yuuki junto con Tezca, a este último no había volteado a verlo tras haber identificado su cabellera entre el grupo de trabajadores. Seguro solo estaba cansado por el sol y como era la peli rosa de complaciente, le animaba a avanzar.

El trayecto se mantuvo de esa forma, con Ryota asegurándose a duras penas de que siguieran sin problemas, hasta pasada una hora y cuarenta minutos del recorrido.  En ese momento, Yuuki se adelantó al grupo tironeando de un obeso rubio para luego avanzar como una maldita loca entre los árboles.

“¡Hey espera!” gritó al ver a la peli rosa desplegando sus alas para adelantarse por sobre los árboles. Entonces, su mirada descendió para ver al hombre ahora frente a ellos. Rubio, gordo, con bigote y una horrible manera de vestir.



“¿Quién choto sos?”

No estaba visco para no reconocer lo obvio, ese sujeto viéndose por donde se viera… no podía ser… aunque si tenía un aire ¿no?… como que de cierto ángulo… con cierto tipo de luz…

La mente del castaño comenzó a debatir al respecto, acercándose al obeso para tomarlo del rostro regordete con la diestra y moverlo al lado izquierdo, luego al derecho. “¿Tezca? ¿Eres tú? Bro…” Preguntó confundido. “¿La presión atmosférica te trato tan mal?” No sabía mucho de frutas del diablo, menos de sus tipos, pero quizás las habilidades del rubio tan solo no eran compatibles con la altitud.



“Como sea… todos tenemos momentos humildes, bro, no te pongas triste, seguro te recuperarás.”

¿Quién era el para hablar sobre el físico de alguien usando sus poderes? Nadie, por eso, en su interior. El castaño sintió honesta empatía por la situación que atravesaba su ahora gordo y deformado amigo. “Vamos, bro, saldremos de esto juntos, pero primero alcancemos a Yuuki.” Comentó entre lágrimas de hombría, para tratar de alcanzar a su compañera junto con lo que había quedado de Tezca Norova.

Pasaron apenas unos cuantos minutos antes de que el grupo de los Hanu Mahana, al menos los delgados, consiguiera alcanzar a Yuuki esperando que la chica no se hubiera perdido entre la maleza del camino selvático. Por desgracia, en ese momento la mujer con alas se encontraba siendo apuntada con un arma al mismo tiempo que los presentaba como si de una banda de pop se tratara.

Lindo gesto, pésimo momento.



“¿Dónde choto vio marines y porque pinga le ofrece unir fuerza a esos randoms?”

Aun no había podido identificarlos, la razón del porque era sencilla, Ryota no perdió tiempo en hacerse atrás de Runin para agarrarla por la cintura con un fuerte abrazo. La conocía a la perfección para saber que, si le dejaba las negociaciones a ella, terminarían matando a la peli rosa y el lugar se transformaría en un terreno de combate. 



“Vamo a calmarno, ¿sí? Ella es mi nakama, por lo que nos pondríamos muy tristes si algo le pasa y no seria lindo para nadie.”

Exclamo de manera tranquila, analizando ahora sí los rostros de todos ellos y el ambiente que los rodeaba. Uno a uno los supo identificar por los periódicos, incluso a dos de ellos los había conocido con anterioridad, no eran simples don nadie y muy probablemente un cruce entre ambas bandas no sería la mejor estrategia, no considerando la posición de Yuuki, Tocho morocho junto a Cardan detrás suya y el deplorable estado de Tezca, quien aún no los alcanzaba. “Barald…” Musito en tono serio, como si estuviera pidiéndole que no desenvainara sus espadas.

En ese momento vino la intervención del hombre de cabellos púrpura. Ryota lo reconoció por su cartel de se busca y el nombre de su tripulación “Eros Focalor de los sepultura…”  Por sus palabras y acciones parecía colocarse a la defensiva, sin embargo, la sensación de urgencia se desvaneció al entender las peticiones del hombre armado. “¿Kiyoshi Meada? ¿Algo así no?” Se preguntó, habiendo visto su cartel de novato similar al propio.

Por lo que escuchó, Ryota pudo relajarse un poco. A pesar de actuar con aquella tranquilidad, lo cierto era que se preocupaba por cada uno de sus compañeros. “Okeeey… está bien… ni un paso…” comentó al ver cómo, a la distancia, el artillero sacaba una pequeña botella para pedirle a “Rackham Uker el marcado…” se las acercara para que se limpiaran.

Por su parte, el peli negro hizo caso omiso de la situación, observando a otro costado. Dejando un pequeño e incómodo silencio ante la tensa situación.



“kekeke terrible weon.”

No lo dijo, pero su expresión sí generaba lo obvio, se burlaba en su interior de Kiyoshi.

Fue entonces que la palabra fue tomada de nuevo por el capitán de aquella tempestuosa tripulación. Presentándose y ofreciendo un saludo ameno a los piratas, Juanita Mariana. “Chale, debe ser tontito y nos confundió con otros, pobrecito…” Pensó para sonreír como un gesto solidario por un problema con el que muchos piratas debían lidiar. “Es un pl…” antes de terminar sus palabras, fue cuando se cumplieron las dos horas del recorrido, momento en el que Tezca llegó recién desde la retaguardia, rindiéndose ante el constante caminar.

Apenas dio dos pasos más  en medio de ambos grupos y se desplomó de rodillas de forma trágica.

“—Yuuki, Ruunin, Ryo, Barald, os quiero…  —”



“Chale bro, eso me llegó al corazón…”

El hecho de que, en un momento de angustia, Tezca hubiera abierto su corazón enterneció al castaño. Quizás no era el momento ni el lugar, pero es verdad que tras ello la situación se calmó, permitiendole soltar a Runin para acercarse un poco más y ver cómo Eros se transformaba en un pequeño topo. “También tiene los poderes de una fruta como la mía… aunque dudo que lo odie como yo.” Aprecio al pequeño animalito sin sentir la euforia normal que poseía por los animales, quizás el saber que era un hombre mayor de 20s alejaba sus impulsos por hacerse su amigo.

Posterior a la transformación, la explicación del pequeño topito al entorno le sorprendió. Aun con su oído, los sonidos provenientes de la selva eran demasiados para saber con exactitud que en ese momento eran rodeados por depredadores. Aunque ahora, quien debería agarrar a Ryota para que no saltara a la selva para encontrar a esos “depredadores” sería Runin, de lo contrario, el capitán de los Hanu Mahana se perdería en la interperie.



“Eres un buen tipo Topo, me llamo Ryota.”

Elevo el tono de voz para que el problema cognitivo del topo ahora convertido en un híbrido de tres metros no le impidiera volver a confundir su nombre. El hecho de que se hubiera dispuesto a llevar a Tezca en sus brazos le daba confianza al castaño, al menos la suficiente para saber que no era un mal sujeto y aunque lo fuera, el único del que no debía preocuparse era el rubio, puesto que cargarlo era en sí un arma de doble filo si activaba sus poderes.

Y así, el nuevo grupo conformado por ambas tripulaciones avanzó durante la siguiente hora de camino entre las preguntas de Kiyoshi, la guía del explorador más calificado y divididos por el híbrido. Era una situación extraña, en la que ninguno de ellos confiaba del todo en los otros, pero no encontraban razones reales para haber desencadenado un conflicto. Al menos no por ahora.

Finalmente, la luz comenzó a filtrarse por entre los frondosos árboles tropicales, permitiendo al variopinto grupo salir de la espesa selva. Ryota escuchó de fondo cómo los miembros de la otra tripulación pidieron a uno de ellos que les diera información. “Varo Ganchiin…” suspiró, sabiendo entender sus probabilidades de haber tenido esa pelea, aunque no creía que fueran cero, pero no lo sabría al no haberlo intentado.

“Bueno, será para la próxima...” Se dijo a sí mismo sonriendo, llevando sus manos a su cabello para peinarlo mientras avanzaba con su tripulación hasta llegar al frente y poder ver lo que había al otro lado del sendero.

El hombre de orbes color miel no dio crédito a lo que estaba observando, aquello tan solo lo había llegado a imaginar en sus más ambiciosos y deslumbrantes sueños que dejaban un gran dolor en su corazón cada vez que la realidad lo reclamaba. Ryota, el más grande apostador que el south blue había engendrado, se encontraba en diagonal, alejado por quien sabe cuántos largos metros de distancia de una ciudad que reflejaba los rayos de la luz con un imponente tono dorado.



“KEKEKEKEKEKE KEKEKEKEKEKE KEKEKEKEKEKEKEKE”

Comenzó a reírse como un desquiciado, imaginándose a sí mismo nadando en una piscina de oro, apostando obscenas cantidades de oro en los mejores casinos y despilfarrando joyas  en las mejores fiestas que solo su sucia imaginación podía ofrecerle.

Ahora fue Ryota quien dio un amplio salto para continuar en una carrera por el único camino que conducía hasta la ciudad, completamente eufórico por el ostentoso recibimiento que esta le significaba. “¡Runin! ¡Barald! ¡Tezca! ¡Tocho Morcho! ¡Cardan! ¡Vamos!” Gritó siendo seguido por el galope del corcel negro.


INFO
[Imagen: ELRAliP.png]
#90
La caminata por el sendero derecho fue de esas que te machacan las articulaciones sin que te des cuenta. El camino medía como diez metros de ancho, espacio de sobra, pero la humedad y ese follaje asfixiante que tapaba el sol hacían que el aire pesara una tonelada. Moja marchaba un par de pasos por detrás de Stroud, manteniendo el ritmo marcial automático, con los ojos amarillos moviéndose de lado a lado en la penumbra.

A su alrededor, el resto de las divisiones eran un circo. El tal Juan Sebastián, el gyojin cangrejo, no paraba de quejarse de que quería comer lechuga cocida; luego se dieron cuenta de que se habían dejado atrás a un tal Masami y empezaron a gritar como locos en medio de la selva. El humano rubio, Akira, se le acercó en un momento dado, mirándolo de reojo con una curiosidad que a Moja le pareció bastante maleducada.

—Y vosotros chicos, los de la 60... ¿de qué corriente venís? —preguntó el rubio, buscando conversación mientras miraba fijamente las orejas felinas de Moja y Kibai—. Nos hubieran informado de que estabais por la zona...

Moja no giró la cabeza. Siguió mirando al frente, con la mandíbula apretada y la gorra bien encajada. Como no le estaban preguntando directamente a él con su nombre, se acogió a su estricta política de silencio. Dejó que Stroud respondiera con su habitual tono de mármol sobre Arabasta y la corriente Rakusei. El mink solo intervino cuando Kibai soltó el aviso sobre las plantas venenosas. Ahí, Moja simplemente estiró el brazo derecho y, con un toque seco de la palma, apartó a uno de los marines de la otra división que estaba a punto de rozar un hongo brillante con el codo.

Después de tres horas que parecieron seis, la jungla se abrió de golpe. Y lo que había al otro lado dejó a Moja helado.

Shandora. Una ciudad entera de oro puro que brillaba tanto bajo el sol que obligaba a entrecerrar los ojos. Un palacio gigantesco, de unos quinientos metros de alto, coronaba el óvalo de construcciones doradas. Había gradas, recintos de tierra y una multitud de personas con alas moviéndose de un lado a otro. Moja se quedó estático un segundo, asimilando el impacto visual de tanta riqueza junta. El desorden mental le duró poco, porque el capitán Enji ya estaba corriendo hacia el río gritando barbaridades sobre ser el último en llegar.

El río medía unos diez metros de ancho. Unos saltaron haciendo piruetas, otros como sacos de patatas. Moja se acercó a la orilla con calma, evaluando la distancia. No tenía necesidad de brincar como un salvaje.

Se concentró y, de su cuerpo, comenzaron a brotar unas tiras blanquecinas y flotantes con forma de punta de flecha: las bandas de la fruta Aro Aro. Manipulándolas de forma telequinética, extendió ocho de estas flechas vectoriales hacia adelante. Las tiras se entrelazaron en el aire, tensándose sobre el agua cristalina y formando un puente flotante, firme y geométrico, que conectaba ambas orillas del río.

Moja pisó la primera banda con sus botas militares. Caminó con total parsimonia por encima del agua, cruzando los diez metros sin que una sola gota salpicara su uniforme. Al llegar al otro lado, las flechas permanecieron suspendidas en el aire, vibrando levemente. El mink se giró hacia la orilla de la jungla, miró a los marines que quedaban atrás y, con un gesto seco de la cabeza y un movimiento de mano, les indicó que el puente estaba disponible si alguien no se atrevía a saltar. Se quedó allí quieto, esperando a que Stroud avanzara, listo para deshacer la estructura en cuanto terminaran de pasar, si finalmente alguno se decidía a usarla.

Información

*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3698 + 0 = 3698
Energia: 3920 - 4 = 3916
Espiritu: 742 + 0 = 742


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