El tiempo es limitado. Para ti | Fic
#1
Alejado del bullicio, de la gente, de los dilemas mundanos que pudieran presentar, en solitario, sin mas compañía que el y sus propios pensamientos. En una pequeña colina llena de pasto verde se encontraba descansando entre la sombra de varios arboles un hombre, sentado en el pasto y su espalda recargada en uno de estos frondosos arboles. Miraba, asimilaba, respiraba todo ese aire puro y la tranquilidad de la naturaleza misma. Después de semanas sin estar en un clima agradable por fin estaba en la isla numero dos de la corriente Akai. La manera en que llego fue un tanto fortuita logrando colarse junto con Melly en un barco mercante, no sin tener que sobornar a uno de los tripulantes, el mismo que después fue robado por su nakama, claramente sin que este se diera cuenta. Para Dharma era bastante usual las cosas que realizaba su navegante mas extravagante, navegante sin navío, capitán sin tripulación. 

| Mierda... este buen clima y esta isla... impulsan a querer jubilarse de esta vida tan forzada...  En que momento elegí ser quien debía ser... en que momento... | No eran preguntas solo anotaciones. | Hablando solo por que nunca me he llevado bien con nadie que pueda hilar palabras adecuadamente, bueno... ahora esta Melly... ella es agradable y rara a una manera que puedo entender y que además no me incomoda... pero perder tanto y apenas ganar poco... maldita ruta.... maldito Grand Line... sobre ti descargare todo mi pesar, mi desidia y mi inconformidad... sobre ti y sobre todo lo que se interponga en mi camino... Jahjahjah... |

Su risa hacia eco entra la soledad de la naturaleza, sus pensamientos extraños vociferados sin detenimiento alguno, eran muestra de su total confianza.  | Pero por lo menos hoy, solo seré un tonto más... solo hoy aquí | En eso comenzó a cerrar los ojos lentamente, mientras observaba la variedad de flores y colores que tenia a varios cientos de metros de el, un paisaje excepcional, el viento corría refrescando con una brisa especial. El ambiente de la isla era de mucho comercio y cordialidad. Tanta paz era extraña y le agradaba, no estaba demente. Aun no caía en esa locura ni en esos traumas de buscar aniquilar todo lo que no fuera útil. Pero quizá un día todo esa búsqueda de paz se transformaría en la búsqueda del caos. En su interior lentamente se agitaba y se alzaba un universo de conflictos, una oscuridad endemoniada. Nadie podría detener lo que se estaba forjando en el interior de la mente y el espíritu de Dharma. Nadie, solo él, quizá. 

A su mente venían filosofías extrañas, pensamientos cruentos y violentos, ideas de poder y de la oscuridad misma, divinidades de lo maligno. Pero al mismo tiempo que se dejaba poseer por las ideas mas extrañas y oscuras, su mente las absorbía como propias. La paz, la calma eran de lo mas agradables, pero aburrían, pero dejaban todo intacto, dejaban todo al natural, como si esa utopía pudiera ser real y además la única. Sabiendo que hay mas seres, repugnantes, tontos, inútiles y soberbios merodeando por ahí, pensando que lo tienen todo controlado, pensando que nadie puede reventarles el corazón, pensando que Dharma no aplastara sus ilusiones y seguridades. Ese es mi propósito. 

|Yo soy lo que tú serás.|
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#2
El eco de sus propias palabras flotó en el aire, denso y cargado de una promesa silenciosa que solo el viento de la isla pareció registrar. Aquella última frase no era un reto hacia un enemigo invisible, sino un decreto grabado en las paredes de su propia mente. Abrió los ojos apenas un milímetro, lo suficiente para ver cómo las hojas de los árboles danzaban con pereza, ajenas a la tormenta que se gestaba bajo su piel. Qué fácil era para la naturaleza ser hermosa; qué estúpido resultaba el esfuerzo de los hombres por imitar esa armonía en sus patéticas vidas cotidianas allá abajo, en el puerto mercante. Fijó la mirada en el horizonte, donde el azul del cielo se fundía con el mar infinito del Grand Line, esa masa de agua traicionera que devoraba hombres y escupía barcos rotos. Desde la altura de la colina, la perspectiva cambiaba las proporciones de las cosas. Los grandes navíos de carga, aquellos monstruos de madera y velas que en los muelles resultaban imponentes, aquí arriba parecían meros juguetes de madera flotando en un estanque. La perspectiva lo era todo. Aquellos que se consideraban poderosos allá abajo, capitanes de comercio con trajes finos y marineros con cicatrices de taberna, no eran más que hormigas moviéndose bajo un orden preestablecido, un orden que Dharma sabía que podía quebrar en cualquier instante si se lo proponía.

Una ráfaga de viento más fuerte sacudió la copa del árbol en el que se apoyaba, desprendiendo un par de hojas secas que cayeron sobre su regazo. Las tomó entre sus dedos, observando las nervaduras marchitas con una atención casi clínica. La vida y la muerte coexistiendo en el mismo pedazo de tierra. Esa era la única verdad universal que respetaba. El pasto verde que pisaba hoy sería el abono del mañana, y los hombres que hoy sonreían en los mercados de la isla número dos terminarían formando parte del mismo ciclo, despojados de sus orgullos y sus pequeñas fortunas acumuladas.

| Qué frágil es la seguridad de los ignorantes... se duermen pensando en el oro del mañana sin saber si su corazón latirá esta noche... | Murmuró para sí mismo, dejando que la hoja seca se desintegrara bajo la presión de su pulgar. | Demasiadas ilusiones y demasiada debilidad habita tambien... |

El contraste entre la belleza del paisaje y la crudeza de su mente generaba una fricción extraña, una chispa que alimentaba esa oscuridad latente. A unos cientos de metros, el manto de flores multicolores vibraba bajo el sol. Había rojos intensos que recordaban a la sangre fresca, amarillos tan brillantes que lastimaban la vista y violetas profundos que semejaban los hematomas de una batalla bien librada. Era un espectáculo hermoso, innegablemente, pero para Dharma esa belleza radicaba en su naturaleza efímera. Las flores marchitarían, el clima agradable de la corriente Akai daría paso a una tormenta impredecible y la cordialidad de los habitantes de la isla se transformaría en pánico al primer cañonazo. La paz no era un estado permanente; era solo el intervalo aburrido entre dos catástrofes.

Apoyó la nuca contra la corteza rugosa, sintiendo la textura áspera y firme del árbol. Ese contacto con algo sólido le permitía mantener los pies en la tierra mientras su mente vagaba por conceptos abstractos. Se preguntó cuántos hombres habrían pasado por esa misma colina buscando lo mismo que él: un respiro, un momento de desconexión. Probablemente muchos. Pero la diferencia radicaba en que los demás regresaban a sus vidas ordinarias sintiéndose renovados, listos para integrarse de nuevo en el engranaje del mundo. Él no. Él solo usaba este breve descanso para afilar los bordes de su voluntad, para recordar por qué despreciaba tanto la normalidad. La figura de Melly cruzó fugazmente por sus pensamientos, no como una interrupción, sino como una excepción a su regla de aislamiento. Recordar la soltura con la que ella se movía entre el caos, robando al mismo tripulante que acababan de sobornar, le provocó una leve distensión en el rostro. 

Era una rareza que encajaba en su propia lógica distorsionada. El mundo estaba lleno de idiotas que seguían las leyes al pie de la letra, pero aquellos que sabían romperlas con elegancia merecían una categoría aparte. Sin embargo, incluso esa complicidad involuntaria quedaba en segundo plano cuando se enfrentaba a la inmensidad de sus propias ambiciones. El sol comenzó su lento descenso en el horizonte, tiñendo las nubes periféricas de un tono anaranjado y purpúreo. La luz dorada se filtraba entre las ramas, proyectando sombras alargadas sobre el pasto que semejaban garras oscuras estirándose desde el bosque. Dharma observó el fenómeno con fascinación silenciosa. La oscuridad siempre encontraba una forma de reclamar su terreno, ocultando los colores vivos y sumergiendo el paisaje en la penumbra donde las verdaderas intenciones cobran vida. Así era su espíritu: una noche perpetua que devoraba lentamente los últimos vestigios de la calidez mundana.

| Tengo tanto por hacer... pero así sera. | Las palabras salieron densas, casi arrastradas, perdiéndose en el susurro de la maleza. | Tengo que... jahjahjah |

Se enderezó un poco, cruzando los brazos sobre el pecho mientras mantenía las piernas estiradas sobre el manto verde. El aire puro de la isla Akai comenzaba a enfriarse, trayendo consigo el olor característico de las mareas nocturnas, una mezcla de sal, algas y misterio. Sabía que su tiempo de contemplación estaba llegando a su fin. No porque el entorno lo obligara, sino porque su propia naturaleza inquieta rechazaba la inmovilidad prolongada. La comodidad entumecía los músculos y ablandaba el espíritu; pasar demasiadas horas disfrutando del buen clima era un lujo peligroso para alguien que pretendía quebrar el orden establecido.A lo lejos, las luces del puerto empezaron a encenderse una a una, como estrellas artificiales caídas en la costa. Desde su posición, el movimiento de la gente parecía el de un hormiguero mecánico, todos corriendo de un lado a otro con propósitos absurdos. El comercio, las monedas, las promesas de una vida mejor al otro lado del océano. Todo aquello le parecía una farsa monumental.

Dharma respiró hondo por última vez, llenando sus pulmones con esa brisa especial que la isla le regalaba, saboreando el contraste entre la pureza del oxígeno y la podredumbre de sus intenciones futuras. La oscuridad endemoniada que se agitaba en su interior volvió a calmarse, pero no por debilidad, sino por saciedad. Había alimentado sus pensamientos con la dosis necesaria de desprecio y filosofía cruenta para los días venideros. Miró sus propias manos, las palmas marcadas por el esfuerzo y el destino que él mismo había elegido arrancar de las garras del azar. No había vuelta atrás. En el momento en que decidió adentrarse en la ruta maldita, aceptó que su camino no estaría pavimentado con la cordialidad de las islas comerciales, sino con las cenizas de las ilusiones ajenas. Con una lentitud calculada, Dharma comenzó a prepararse mentalmente para abandonar la sombra bienhechora del árbol. El tonto que había decidido ser por un día estaba desapareciendo, dejando paso una vez más al individuo que no dudaría en aplastar los corazones de los soberbios. Se quedó inmóvil unos instantes más, permitiendo que la última luz del crepúsculo golpeara su rostro antes de entregarse por completo a la noche que ya gobernaba la colina.
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#3
La oscuridad iba rodeando la isla, el cielo nocturno hacia su aparición, la noche nunca había representado algo temible o malo para el oriundo de Wano, mas bien era algo de lo mas agradable, se sentía cómodo en la oscuridad, sabia estar en ella, desde su época como monje hinduista aprendió a reconocer que cualquier situación de la naturaleza, podría ser favorable, pues todo era parte del todo. No le podía temer al cielo o al agua, a la selva o al desierto, a los hombres o las bestias, todo tenia un inicio y todo tenia un final, nada es eterno, al menos en este momento nada lo es, pero si que hay cosas que pueden durar, que persisten y que se mantienen casi eternas o dan esa apariencia. Así entonces Dharma ajustando sus ropajes, comenzó a descender de la colina arbórea donde había pasado la tarde meditando, el sol ya había desaparecido en su totalidad y ahora la luna se alzaba como otra lumbrera en tonos blanquecinos.  Aun la oscuridad también tenia competencia en su propia habitad.

— No tengo dudas del camino que he de tomar — Decía hablando consigo mismo, como si en su mente habitaran más pensamientos que solo el propio— Quien no haya llegado hasta aquí es solo un recordatorio de que no todos tienen la convicción ni la disciplina, ni la fortaleza, ni el deseo —  Mientras avanzaba hablando en su tono invariable pero lo suficientemente sonoro en aquella soledad nocturna, mientras recorría las veredas de aquella colina, hasta perderse dentro del bosque siguiendo el camino en dirección al poblado, que iluminado servía de punto de referencia. — Al final aquellas cargas que necesitaba llevar, se han vuelto mas ligeras que el viento y han desaparecido en el fondo del mar...— 


Tras sus ultimas palabras, se podía observar una mirada seria y fría en el rostro del espadachín, no juzgaba a sus compañeros como un juez, pero si describía sus acciones que los habían llevado a perecer y no poder acceder al siguiente mundo, ahora en el Gran Line, tenia que continuar superando sus propios limites, pues no hay nadie en esos mares que pueda detener su alza, su potencial y eso era lo que más le emocionaba, llegar al limite máximo o destruirlo. Si bien por ahora no tenia tripulación como tal, ni una embarcación, eso era solo detalles mínimos, pues las formas de moverse a lo largo de estos mares, seguían siendo múltiples, la naturaleza existía también, para ser domada por los poderosos, así es como se crearon los mitos y las leyendas. 

— Seguir a los dioses egoístas y traicioneros... o Buda... bro... demasiado gentil —
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