[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 2)
#1
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Si caer insconsciente ante el Haoshoku Haki se había sentido como si el mundo mismo colapsara, despertar no resultó mucho más agradable. La realidad fue volviendo a todos los presentes en aquel lugar con lentitud, como si a sus cerebros les costase volver a poner todas las máquinas debidamente en funcionamiento, como si todo a su alrededor no tuviese más remedio que desvelarse poco a poco ante sus ojos, aún incapaces de enfocar correctamente. Lo surrealista de la situación, naturalmente, tampoco ayudaba. ¿Qué era aquel lugar?

Al mismo tiempo que recobraban la conciencia, todos se pudieron dar cuenta de lo más aterrador: de sus cuellos colgaban pesados collares de metal oscuro, ceñidos a su piel y reforzados con tornillos. Cada uno de ellos exhibía un número, tal vez algún tipo de código o identificación. A medida que los ojos de aquellos imprudentes aventureros se abrían y se acostumbraban a la escasa luz que se filtraba por algún lugar, se dieron cuenta de que sus corazones seguían latiendo con fuerza inusitada; en efecto, cuando uno pierde el conocimiento bajo aquellas circunstancias, el pavor no se disipa así como así. La adrenalina comenzaba a bombear por los sistemas de todos ellos, si es que había dejado de hacerlo en algún momento, y todos sus sistemas entraban, una vez más, en alerta, como si la fuente de aquel Haki monstruoso aún siguiese allí, esperándolos, acechando desde las sombras, y tal vez fuese mejor así.

El silencio era total. Estaban en casi completa penumbra, en algún tipo de estancia que, sin embargo, no parecía mucho más grande que el camarote de uno de los barcos en que habían llegado hasta aquel lugar. En uno de los lados, una enorme puerta acorazada y hermética, de frío metal, permanecía cerrada a cal y canto, como un muro más. Ninguno de ellos tenía ningún recuerdo de cómo habían llegado hasta allí, si es que todo aquello era, de hecho, real; le sensación, en cambio, era de pura pesadilla, como si aquel haki los hubiera sumido en un sueño angustioso.


Resumen

Información importante
#2
 
Atributos Personaje
 


Dolía… como si mi cuerpo recordara algo que mi mente aún no entendía, apenas rozaba la realidad, como saliendo de un lugar profundo donde todo pesa y hasta respirar cuesta, sintiendo ese límite tan cerca pero difícil de cruzar, porque avanzar era sofocante, como si la oscuridad no solo me rodeara sino que me mantuviera en una quietud de la que salir implicaba arrastrar mi cuerpo entumecido, adormecido, inactivo durante demasiado tiempo, mi cuerpo dolía, cada parte, los músculos, huesos, incluso todo lo de mi interior llegaba a presionarme con peso, mientras iba recuperando la conciencia una sola pregunta, borrosa pero insistente, comenzaba a tomar forma, ¿Qué demonios había pasado?

No recordaba nada…Lo último que lograba aferrar era la imagen del escenario que atormentaba el ferry, distorsionada, como si se deshiciera ante mis ojos, y después… vacío. Un corte brusco, sin transición, sin descanso. Caí en una oscuridad densa, pensada, que no se sentía como sueño, porque en ella no había calma ni abrigo, solo una ausencia inquietante, un silencio demasiado hondo. ¿Dormí? No… no era eso. Era más parecido a haber sido apagado de golpe, como si algo hubiera invadido mi conciencia y la hubiese derribado sin dejar rastro.

De cierta manera murmuré un quejido al intentar mover mi cuerpo, las piernas y los brazos me respondía con torpeza, como si no me pertenecieran del todo aun. Cada movimiento exigía un esfuerzo extraño porque quería desfallecer de nuevo pero mi voluntad me permitia querer intentarlo, pero mi vista era la que más me traicionaba en estos momentos, se negaban a enfocarse, difusos, inestables, mis párpados caían una y otra vez, pesaban, insisten en arrastrarme de vuelta a ese estado opresivo del que deseaba escapar. No entendía nada de lo que me rodeaba, aun así, con lentitud fui incorporándome, obligando a mi cuerpo a reaccionar hasta quedar sentada, erguida contra una superficie sólida… una pared.

Tosí con fuerza, mi garganta ardía, seca, áspera, como el aire mismo raspara al pasar. La molestia me arrancó un gesto instintivo y llevé mi mano al cuello… había algo ahí. Frío, inmóvil, era metal. El contacto me heló la piel, con un nudo en el pecho tanteé con cuidado, dejando que mis dedos recorrieran su forma a medida que el terror crecía, entonces lo comprendí, era un collar, rígido, ceñido, ajustado con una presión que no cedía por más que jalara. No había holgura, no había forma de retirarlo. — ¿Qué es esto…?

Mi ritmo cardíaco no se detenía, latía con fuerza, desbordándose en cada sentido, como si el pulso quisiera romper desde dentro. La presión se acumulaba en mis sienes, punzante, constante, y el dolor se extendía en oleadas mientras algo más, más profundo, se retorcía en mi estómago, un miedo crudo, desconocido, difícil de nombrar. Era el recuerdo difuso de haber rozado la muerte… solo para despertar en algo peor. Una pesadilla consciente, cerrándose a mi alrededor, sin una salida clara, sin una forma de escapar. O no estaba pensando claro por el miedo.

Con la poca luz de la habitación apenas pude distinguir las otras presencias, figuras ajenas, desconocidas, que no lograba en este momento procesar sus físicos, era como si mi mente no tuviera la capacidad de razonar más allá del miedo. Seguía invadida por esa inquietud sin explicación, así que bajé la mirada hacia lo más cercano a mí. A mi lado estaba el estuche de mi violín, y sin dudarlo, lo abrí con rapidez, casi con urgencia, buscando confirmar que Amphitrite estuviera intacta, y ahí estaba, en una sola pieza, como si nada hubiera ocurrido. El alivio fue breve, pero suficiente para calmar un poco mi respiración. Volví a cerrarlo con cuidado, asegurando la cuerda del estuche con firmeza en mi mano. También estaban mi arco y flechas… al menos eso seguía conmigo.

Las piernas me temblaban, y no solo ellas, todo mi cuerpo parecía responder con esa misma debilidad, aun así, hice un esfuerzo por ponerme en pie, apoyándome en la pared como único sostén, sintiendo la fricción fría contra mi espalda mientras recuperaba poco a poco el equilibrio. Desde esa posición, pude alzar la vista y observar lo que alcanzaba a distinguir entre las penumbras. Mis ojos, aún inestables, se enfocaron con dificultad en las siluetas que también comenzaban a reaccionar, a moverse, a volver en sí. Respiré hondo, intentando ordenar lo que veía… y conté en silencio…. —*Tres personas…*

—-- H-hola…. —- murmuré en voz baja, casi sin aire, sin saber muy bien cómo acercarme. No los conocía, y mi propio cuerpo parecía negarse a responder con normalidad, la voz me salía débil, fragmentada, como si no me perteneceria del todo. Sentía el miedo creciendo sin una causa clara, repitiéndose en mi mente una y otra vez… miedo, miedo miedo. No era algo común en mí, muy pocas cosas lograban asustarme. Aún así reuní lo poco que me quedaba de fuerza y volví a hablar, con cautela, tampoco era mi intención asustarlos, o ser una molestía —- ¿Están bien?, ¿N-necesitan ayuda?....

¿Cómo estarían mis compañeros? ¿Habrían logrado salir a salvo de esto? Y, sobre todo… ¿por qué tenía un collar?, No… mi inquietud apuntaba a algo más que eso, ¿qué iba a pasar con nosotros?. Mis ojos azulinos recorrieron lentamente las paredes, intentando encontrar algún detalle, alguna señal que diera sentido a aquel lugar. Encontrando una fuente de luz proveniente de una enorme puerta, se alzaba imponente, silenciosa, casi dominante pero impenetrable como si estuviera hecha para no abrirse tan fácilmente. Observé aquella puerta en silencio, evaluando sus bordes, sus posibles mecanismos, cualquier indicio de una salida alternativa. 

Cobrando los sentidos creo estar a unos seis metros de ella, la paredes de los laterales eran más cortas, entonces comprendí que era una habitación un tanto rectangular. No había indicios de alguna ventana cerca. De momento, me preocupaba el estado de las personas a mi alrededor.

Amphitrite toca la canción
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
#3
Atributos Personaje


La consciencia llegó poco a poco, sin pausa pero sin prisa. Lo primero fue el frío del suelo contra la mejilla. Frío de metal no de barco ni de tierra. Lo segundo fue el dolor sordo que recorría cada músculo desde los pies hasta el cuello, ese tipo de dolor que no viene de un golpe sino de algo que ha aplastado desde dentro como si algo hubiera sacudido su ser. Lo tercero fue la oscuridad que no era completa pero lo suficiente para que sus ojos tardaran varios segundos en decidir si merecía la pena abrirse del todo. Kazan los abrió.

El techo estaba a cuatro metros, demasiado cerca. La habitación entera era un puño cerrado, diez metros de largo por seis de ancho según lo que alcanzaba a calcular con la cabeza aún embotada, las paredes de metal frío, una puerta al fondo que pesaba lo suficiente para que ni la luz se filtrara bien por sus bordes. Sus quince toneladas llenaban el espacio de una manera atroz. Se apoyó en el codo izquierdo con un crujido que resonó en las paredes y se quedó a medio camino, inclinado sobre un costado como un barco escorado, la cabeza rozando casi la pared lateral. Entonces la mano derecha subió al cuello por instinto y se detuvo.

"..."

Sus dedos recorrieron el metal despacio, demasiado familiar aquello. Un número grabado en algún lugar que no veía pero que sentía bajo la yema del pulgar. Los dedos continuaron moviéndose porque el cerebro tardó en ordenarles que parasen y cuando lo hizo ya habían completado el recorrido completo dos veces. El collar de cuentas de madera seguía en su sitio. Notó ese detalle casi al mismo tiempo, los nudillos de la mano derecha rozando las cuentas conocidas antes de volver al metal extraño, y la comparación entre los dos objetos uno que había elegido cargar y otro que alguien había decidido ponerle sin pedirle permiso, tardó un momento demasiado largo en procesarse. La ira lo invadia.

"Veinticuatro años." Veinticuatro años desde la última vez. Sus dedos se cerraron alrededor del collar de metal hasta que los nudillos se pusieron blancos. No lo arrancó. La parte de él que aún funcionaba tácticamente lo sabía todo sobre collares de esclavos y sobre qué pasaba con quienes intentaban quitárselos sin las herramientas adecuadas.

Escuchó a alguien, una muchacha de pelo naranja que estaba de pie cerca de la puerta, a lo que calculó serían unos ocho metros de distancia, sujetando un estuche con la misma firmeza con que uno sujeta lo único que le queda. Había preguntado si estaban bien, al menos parecía amable. Kazan se quedó mirándola un momento desde su posición de costado, los ojos pequeños parpadeando una vez. Luego exhaló por la nariz un sonido largo y profundo y se recolocó apoyando la espalda contra la pared con el torso inclinado hacia adelante para que la cabeza no golpeara el techo. En esa postura parecía menos un guerrero que un gigante cansado al que hubieran metido en una caja demasiado pequeña, que era exactamente lo que era. -Por las profundidades... estoy despierto.- La voz salió más grave de lo normal. Buscó la pipa en los pliegues de la túnica amarilla con la mano izquierda, más por el gesto que por esperanza real y la encontró. La apretó entre los dedos de todas formas. -Tú también, al parecer.- La empezaría a llenar para seguidamente fumar.

Había otras formas en la penumbra que empezaban a moverse o que ya se habían movido sin que él lo hubiera procesado todavía.-¿Tienes el collar?- No era una pregunta amable. Era una comprobación táctica que sonó más brusca de lo que pretendía, y Kazan lo supo en cuanto salió, pero no la retiró. La información importaba más que el tono ahora mismo. "Respira. Piensa. El collar ya está puesto. No cambia nada que lo arranques."

Los dedos de la mano derecha seguían alrededor del metal.


[Imagen: Atos0LP.jpeg]
Resumen


Bélico
#4
Atributos Personaje


Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Poco a poco, lentamente, voy percatándome del único suave sonido que altera el silencio. Apenas soy consciente del movimiento de mis pestañas al abrirse. Espera, ¿las abrí? Parpadeo un par de veces, pero solo cuando abro por completo muy conscientemente los ojos me doy cuenta de que estoy en una habitación oscura que no reconozco.

Trato de incorporarme de inmediato, alarmada por todos los recuerdos que me trae de repente el corazón acelerado, pero apenas lo consigo. El brusco movimiento me hace darme cuenta de que todo el cuerpo me pesa como una losa al tiempo que un fuerte dolor de cabeza me nubla por un segundo los sentidos. Sin querer perder un instante en averiguar de si se trataba por el golpe de la caída o por otra cuestión, trato de apoyarme en los brazos para incorporarme con la espalda contra la fría pared, y es entonces cuando me doy cuenta de que estoy temblando.

Miro a mi alrededor, esperando ver en las otras figuras a los miembros de mi tripulación, pero la sangre se me hiela al reconocer los rostros de varios piratas. Un pensamiento se me viene de inmediato: el temor de que los piratas estuvieran aliados con los criminales de la isla Kutsukku. «¡¿Nos han atrapado?!».

Comienzo a hiperventilar, y es entonces cuando una fuerza metálica en el cuello no me permite hacerlo con normalidad. Mi mano viaja sola por instinto y toca un collar que inmediatamente me hace recordar a los que tanto me impactaron cuando los vi por primera vez en el cuello de un esclavo. «¡¿Nos han esclavizado?!».

Mil pensamientos me invaden a la vez, impidiéndome pensar con claridad. «Dimitri, Dimitri necesita las mentas, no puede estar en un lugar tan frío, eso no le hace bien». «Choi, ¿estará también sola? No tiene a Dravenia, no puedo dejar que se quede sola». «Shin y Kael discutieron en su última conversación importante, ¿y si no vuelven a verse? Y si… ¿no volvemos a vernos ninguno de nosotros?». Pero hay alguien más a quien temo no volver a ver.

«Ritsu». Mi maestro estuvo pagando hasta mis diez años una deuda que adquirió por recuperar los colgantes de mis padres tras su ejecución. Los mismos que tengo ahora mismo en el cuello, aferrándolos con los dedos. Eso es lo que siempre me contó, que la deuda se debía a los colgantes, pero no soy tonta. Eso sería caro, pero tal deuda no se adquiere solo por eso, y menos siendo que hasta entonces él había tenido bastante dinero. Jamás me lo confirmó, pero sé perfectamente que yo soy parte de esa deuda. Seguramente me compró porque quisieran venderme como esclava. ¿Qué otra cosa se iba a hacer con la hija de una pirata y un traidor de la Marina? Ritsu se moriría de la pena y la impotencia si pudiera verme ahora. Todos esos años de sacrificio, todos sus esfuerzos, para que la vida terminara colocándome en el lugar que debería de haber sido mi destino desde el principio.

«A ellos no, por favor...», se repite en mi mente como un mantra. «No importa si soy yo, pero ellos no, por favor...».

Mis músculos se tensan aún más al escuchar la primera voz, devolviéndome al presente.

Miyori… ¿está preguntando a los otros piratas si están bien? ¿También los han atacado? Solo entonces me fijo en que no soy la única que tiene el collar. ¡¿También ellos están atrapados?! Entonces, ¿quién…?

La voz de Kazan retumba en la sala. Dos piratas acaban de despertar y, en un momento de lucidez, me apresuro a desatarme el pañuelo que llevaba atado al cuello para intentar retrasar que me reconozcan como un miembro de la Marina, rezando para que ninguno de ellos lo haya notado antes en la oscuridad. Me lo meto rápidamente en el bolsillo derecho de la chaqueta, donde noto… ¡Carlos!

Saco alarmada mi Den Den Mushi, temiendo que pudiera haberse llevado algún golpe fatal, pero en cuanto lo veo y lo toco por todas partes suelto un inmenso suspiro de alivio. ¡Gracias a Dios! ¡Carlos está bien! ¡¿Eso significa que puedo contactar con los otros?!

¡Pero hay algo muy importante que debo hacer antes!

―No intentéis quitaros los collares ―advierto con el terror vibrando en la voz. Una voz que suena también algo ronca debido a todo el tiempo que había pasado en silencio. Toso un poco para tratar de arreglarlo, aunque lo primero sería imposible por el momento… Aún sigo temblando―. Parece que son collares de esclavos… Se utilizan para que no se escapen, así que no deberíamos intentar quitárnoslos a la fuerza o alejarnos demasiado. He oído que algunos han llegado a matar a gente… a veces incluso solamente porque al amo se le antojó. ―La voz se agravó al final de aquella frase al tiempo que mis puños se cerraron. Pocas cosas detestaba tanto como la esclavitud. ¿Cuántas personas no habrán sido torturadas, o peor, por culpa de instrumentos así y gente egoísta y cruel?

Siempre supe que vivir con algo así al cuello, sabiendo que un error o el capricho de otro podría llegar a matarte, era aterrador…, pero vivirlo es indescriptible. Mi mirada paseó entre la de mis compañeros de infortunio, y un pensamiento se me hizo inevitable: ellos debían de estar tan asustados como yo. Y, aun así, el primer pensamiento de Miyori fue preocuparse por los demás. «Ella también es una buena persona», igual que Kazan lo era, a juzgar por la opinión de Shin. Aún tendría que analizar a la otra gyojin, pero dos de tres ya sería más de lo que habría podido pedir… En cualquier caso, estoy segura de que todos tenemos seres queridos que nos esperan, con los que queremos regresar y a los que queremos averiguar si les ha ocurrido algo malo… Todos tenemos gente a la que queremos proteger.

―Chicos, hay una cosa rara… ―Tengo conmigo a Carlos, pero también la arma en la cintura. También siento la pequeña mochila en la que llevaba un aperitivo. Mientras me coloco trabajosamente en pie, apoyándome en la pared, continúo hablando―. No nos han desarmado ni nos han quitado nuestras cosas ―comento, por si no se hubieran dado cuenta―. Tengo mi katana, y también… ¡mi Den Den Mushi! ―anuncio con voz esperanzada, ignorando que me temblaban las piernas, sacándolo y colocándolo ante mí, sin estar muy segura de si ellos lo verían bien en la oscuridad―. Den Den Mushi, contacta con cualquiera de nuestros compañeros, por favor… ―Espero con el corazón latiéndome a mil por hora y un mantra infinito en mi interior: «por favor, por favor, por favor, por favor, por favor...». Ruido blanco―. ¡Inténtalo otra vez! ¡Inténtalo con otro!

La desesperación fue evidente, pero el caracol se limita a cerrar la boca y volver a abrirla durante varios segundos, una y otra vez. Ruido blanco… Ruido blanco… Ruido blanco… Ruido blanco… Finalmente suspiro, dándome por vencida.

―Está bien… Supongo que no tenía sentido que me lo dejaran si pudiera hacer su trabajo… Perdona por haberte hablado así, no era mi intención… ―me disculpo con mi Mushi Mushi antes de darle un besito en su concha y volver a guardármelo en el bolsillo con cariño y cuidado. Entonces, miro nuevamente a nuestros compañeros de prisión―. Si también nos han dejado las armas, es porque claramente no les importa que las tengamos… Quizás sean inútiles a lo que sea que nos enfrentamos… Aun así, por si se equivocan… ¿os importaría… comentar cuáles tenéis vosotros? ―Después de todo, yo ya había dicho la mía como muestra de buena voluntad, esperando que lo entendieran como un ofrecimiento de trabajo en equipo… En caso de que ya me hubieran reconocido como Marine, lógicamente tendría que ser yo la que diera los primeros pasos si pretendo ganarme su confianza como para que podamos trabajar juntos para salir de aquí…

Es en ese momento cuando, observándolos, me percato de algo en el collar de la pelirroja, que es la que está más cerca de mí.

―Espera… Creo que he visto algo en tu collar ―explico, acercándome un paso, inclinándome un poco hacia ella―. ¿Me permites…? ―Si me daba permiso, me acercaría un poco más, pero procuraría que fuera solamente lo imprescindible―. Parece… un número. Cero, cero, siete, uno, cinco… ¿Tenemos todos uno?

Me acerqué a los otros dos para decirles los suyos: el de Kazan era 00000, y el de Melly 00838. No sabía si podía ser importante, pero por las dudas…

―¿Puede alguien decirme el mío, por favor? ―Después de todo, es imposible que pueda ver mi propio collar...

Tic, tac, tic, tac…

Mientras nos concentrábamos para ver mejor los números, se hizo el silencio que permitió volver a escucharlo. «Entonces, ¡¿no lo he soñado?!».

―Esperad, esperad, ¿oís eso? ―Yo sí. Tic, tac, tic, tac… Muy bajito, pero cerca…―. Creo… Creo que viene… ¿del collar? ―Si la voz ya me vibraba hasta ese momento, ahora lo hace un poco más―. ¿Alguien más lo oye? ¿Me equivoco?

No, no me equivoco, pero me asustaría ser la única que lo escuchara, porque podrían pensar que estoy mintiendo. Sobre todo, por lo que puede implicar. ¡Esto no me gusta! ¡No me gusta nada de nada!

―
Vale, ¡tenemos que salir de aquí! ―insto mientras a paso ligero (todo lo ligero que me permiten unas piernas aún temblorosas) hasta la única entrada y salida que parece haber en la sala. Mientras lo hago, aprovecho para cerrar bien mi chaqueta, con los colgantes de mis padres bien ocultos y seguros debajo. «Qué frío...»―. Voy a ver si puedo ver algo por la rendija o si escucho algo al otro lado…

Y, efectivamente, eso hago. Cuando llego, me arrodillo ante la puerta, quedando paralela a ella, para intentar mirar por la fina rendija que hay debajo. De ese modo, también mi oreja queda casi pegada a la puerta, por lo que intentaría escuchar lo que sea que hubiera al otro lado.

Saldríamos de aquí. Todos juntos. Aunque me fuera la vida en ello.


Información importante
[Imagen: bskx3zy.jpeg]
#5
Atributos Personaje


Pensé que solo había sido una siesta, pero no. La escena volvió a mi mente como un golpe seco, como una ola que no avisa antes de romper, esa presencia esa presión absurda que me aplastó sin tocarme realmente. No fue sueño, no fue cansancio, fue algo más, algo que me hizo caer inconsciente sin darme siquiera la oportunidad de huir. Desperté de golpe, incorporándome con dificultad mientras el aire entraba a mis pulmones de forma torpe, mis ojos se movieron rápido, de un lado a otro, buscando algo familiar cualquier cosa, pero no había nada.

Y entonces lo sentí, llevé una mano a mi cuello, con un mal presentimiento trepándome por la espalda, y al palparlo lo confirmé, un collar de hierro puro, frío, pesado, incómodo, demasiado ajustado para ignorarlo, lo suficiente para recordarme con cada movimiento que ahora algo no estaba bien, mi bufanda roja había sido desplazada, relegada a un segundo plano, aunque aún cubría parcialmente la herida. Esa cicatriz molesta, esa que siempre escondo, como si al no verla pudiera fingir que no existe, tragué saliva despacio, esto no era un juego, miré alrededor otra vez, esta vez con más cuidado. Las caras que me rodeaban no eran las de mis compañeros. No estaba Tensui con su caos de metal, ni Sanemi con esa cara de pocos amigos, ni el capi con su presencia que lo llena todo sin esfuerzo.

No estaban conmigo y eso me inquietó más que el collar, pero había algo peor, bajé la mirada de inmediato, revisándome casi con desesperación contenida. Mis manos recorrieron mi cuerpo con rapidez, buscando, contando, asegurando, Neptune y Poseidon, gracias al cielo ambas seguían conmigo, mis queridas dagas. Solté el aire poco a poco, sintiendo cómo una parte de la tensión abandonaba mi cuerpo, aunque no del todo. Era extraño, muy extraño. ¿Me capturan, me colocan un maldito collar, me separan de mi gente y me dejan mis armas?

Ladeé apenas la cabeza, confundida. —Qué raro, glup —murmuré en voz baja. Una ladrona preocupada de que le roben. Mis dedos se cerraron con más firmeza alrededor de las empuñaduras, como si necesitara confirmar que seguían ahí, que no me las iban a quitar en el siguiente segundo, porque en un lugar como este lo único que realmente es tuyo, es lo que puedes defender y ahora mismo, no tenía claro ni siquiera dónde estaba.

Me acerqué a la mujer de la marina con cuidado, midiendo cada paso, cada mirada. Había estado hablando de los collares, de números y claro, ella no podía ver el suyo propio, pobrecita. Ese tipo de detalles siempre incomodan más de lo que deberían. Incliné un poco la cabeza, acercándome lo justo para no parecer una amenaza, pero sí lo suficiente para ver con claridad. —El tuyo es 00707 —le dije en voz baja, casi como si fuera un secreto compartido, me quedé un segundo más de la cuenta, observando el número, dejando que mi mente hiciera lo que mejor sabe hacer, inventar mentiras. —Ese número me recuerda muchas cosas —añadí, con una sonrisa suave que se fue formando sola —Cuando yo era dueña de un casino en Samba, hubo un hombre que ganó muchísimo dinero con ese número, ush ush ush, tanto dinero que tuve que cerrar mi casino. — Hice un pequeño gesto con la mano, como si aquello hubiera sido una tragedia lejana, casi graciosa ahora, claro que todo era mentira, pero es algo que simplemente no puedo evitar.

Las historias salen solas, se arman en mi lengua como si siempre hubieran estado ahí esperando su turno y lo peor es que a veces suenan tan bien que hasta yo misma quiero creerlas un poquito, la miré de reojo, intentando leer su reacción, mis ojos atentos a cualquier cambio en su expresión, en su postura, en su respiración. —Aunque bueno —murmuré bajito, encogiéndome de hombros — Los números tienen esa manía, ¿no? Aparecen, cambian cosas y luego desaparecen como si nada. — Ladeé la cabeza, dejando que mis tentáculos se movieran suavemente a mi alrededor. —Igual espero que ese no sea el caso esta vez, glup— Porque si ese número significaba algo, prefería saberlo antes de que algo me explotara en la cara.

Estanque de peces
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
#6
Apenas habían pasado unos instantes cuando el suelo comenzó a vibrar, acompañado de un sonido hidráulico, y un denso pero inocuo vapor comenzó a acumularse en la sala. Con visible pesadez, y de forma exasperantemente lenta, la enorme puerta frente al grupo comenzó a abrirse, ascendiendo. Por todas partes se oían sonidos de cadenas y engranajes, probablemente responsables de la apertura. A través del vapor se colaba una rendija de luz procedente del otro lado de la puerta, que, poco a poco, fue creciendo hasta iluminar la estancia al completo. Cuando el temblor cesó y el vapor comenzó a desvanecerse, la puerta había quedado completamente abierta. Al otro lado, nuestros protagonistas pudieron observar una nueva estancia. Había llegado el momento...

¿Lo sentís, verdad? Mientras la puerta se estaba moviendo se comenzaba a filtrar un aire helado e incómodo que generaba una leve sensación de malestar. Ahora que nada os impide el paso a la sala que os precede, un viento polar ha invadido por completo la estancia y os ataca sin piedad, filtrándose a través de la piel como dagas y alcanzando hasta los huesos. El frío en ineludible.
La idea de quedarse aquí, en la seguridad de una habitación (aparentemente) sin peligros, es la más sensata. Más aún cuando lo que provoca vuestro mal llega desde el otro lado. Pero la simple imagen mental de que esa puerta inexpugnable se vuelva a cerrar y os deje de por vida en la oscuridad y en el olvido, es lo suficientemente poderosa como para entender que hay que moverse y salir de aquí a como de lugar.

A medida que cambiáis de una habitación a otra, lo veis todo con mucha más claridad y entendéis el porqué de esta sensación de temperatura glacial. Os encontráis con una sala aún más grande que la anterior, un cajón completamente cubo de 14 metros de lado y alto. Todas las paredes son del mismo metal pesado que el de la salita oscura, pero estas tienen un recubrimiento de hielo sólido acumulado durante años, que con el juego de luces claras le dan a al lugar un tono blanquecino y celeste. Capaz y si ponéis la mano o la lengua, os quedáis enganchados para siempre. Lo que sí destacan son diferentes secciones con grandes zarpazos marcados con precisión en una pared que parece irrompible, como si este lugar hubiera sido diseñado para contener a una criatura más grande y letal que vosotros.
El piso no tiene ni un solo cristal de hielo. Lo que si, una cubierta de nieve polvo que actúa como arena fina, pero que se deshace al poco de tener contacto con esta. Por suerte, no resbala y permite un paso firme y estable. En el techo, a parte de las luces, cuelgan unos hilos largos que cruzan el sitio de un lado a otro, y en estos, un conjunto de banderas variopintas de todos los colores y facciones. Desde la reconocible bandera de la Marina y el Gobierno Mundial, a famosas Jolly Rogers de bandas pirata. Todas colocadas sin patrón aparente, pero muy llamativas. También veis, en cada esquina superior, un ventilador gigante a plena potencia. El ruido de estos es constante y notorio. Sois capaces de entender que el frío llega de forma artificial por algún sistema ajeno a la sala... En efecto, estáis atrapados dentro de una nevera gigante.
A vuestra derecha e izquierda, en las esquinas por donde habéis entrado, se encuentran dos enormes columnas de hielo de 3 metros de diámetro que alcanzan la totalidad de la altura posibles. Se separan de las paredes por 1 metro de cada esquina. Curiosas formaciones en un lugar tan peculiar, pero una posible cobertura en caso de peligro inminente. También resalta a sobremanera una especie de escalón superior frente a vosotros, más allá de la media sala desde vuestra entrada, a unos 12 metros. Tiene una elevación de 6 metros  y lo recorre lateralmente, dividiendo la sala a dos alturas escalonadas.

Cuando el último de vosotros termina de cruzar al otro lado, el mecanismo se vuelve a accionar y empieza a cerrar la puerta tras vosotros, siendo imposible de frenar o bloquear. Es el momento de centrarse en lo que viene y no en lo que fue o pudo ser... Dais vuestros primeros pasos por la sala y por mucho que os fijéis, no parece haber nadie más con vosotros. Todo está tranquilo. Quizás demasiado. Lo único que os acompaña es un frío polar intenso que cada vez se hace más notorio y difícil de soportar.
Cuando pasan unos segundos largos y antes de que alcancéis la mitad de la estancia, se oye una risa malévola desde las alturas. -¡¡Ñepepepe...!!- malévola... Pero ridícula. -¡¡Veo que mis nuevas presas acaban de llegar!!- resuelve una voz gangosa pero cargada de malas intenciones. Una bandera blanca se empieza a desplomar en la distancia, una que se mueve por el viento y se contonea de lado a lado hasta aterrizar en la distancia, en la elevación lejana. Y como si fuera un truco de magia, de la propia bandera se revela una figura que antes no estaba ahí. Un monstruo sacado de una pesadilla terrible, un ser decrépito y esmirriado con unas fracciones afiladas y predatorias. A pesar de su aspecto horroroso, viste con orgullo ropas de la Marina, aunque en un estado tan lamentable como el suyo.
El ser de pesadilla os encara y extiende sus brazos en alto, sintiéndose como un anfitrión frente a sus comensales. Y con esa voz de tipo enfermo y congestionado, os da la bienvenida:
- ¡Hola a todos... Ola de frío!-
-Bienenfriados seais a mí pequeño iglú, futuros cubitos de hielo.- hace una ligera reverencia , aunquea exagera de más con los brazos. -Mi nombre es Arnold Redflag III, legítimo heredero de la archiconocida familia real de las profundidades Redflag. Seré frío con vosotros, ñepepepe... Habéis venido aquí a morir congelados, a formar parte de un macabro espectáculo invernal y divertimento donde... ¿Sabéis quién es la estrella principal? ¡¡YO!! Sí, yo mismo...- se señala con el dedo pulgar con euforia.
-Pero soy benévolo y altruista. He pactado con el magnífico Landon Coates, mi jefe y la persona más cercana a ser el futuro Almirante de la Marina, para compartir el protagonismo con uno de vosotros.- mientras habla de su jefe, cambia su postura y tono de voz. Se nota demasiado la admiración y lealtad que me tiene a ese hombre  misterioso. Aún así, vuelve en sí con su discurso, más motivado que nunca. -Sois especímenes interesantes, así que podéis morir congelados aquí... ¡O mataros entre vosotros para liberar al único superviviente! La ley de las profundidades, la ley del más fuerte. La posibilidad de conocer al todopoderoso Landon... ¿Qué me decís?¿Váis a formar parte de este juego macabro o preferís pasar al olvido como carne congelada para reyes marinos?-

Frente a vosotros, Arnold Redflag, armado con una lengua viperina y atacando con una verdad impecable: la muerte se va a presentar en esta sala. Ahora es vuestro turno de decidir qué hacer, y sois responsables de vuestras propias acciones. ¡Que comience el espectáculo!

Narración

Próximo turno

Sala de Conservación Polar
#7
La espera se estaba haciendo eterna, es por ello que Kazan aprovecharía para fumar. Sin embargo todo cambiara de un momento a otro y un par de caladas bastaría para todo lo que estaba por venir. El frío entró antes de que sus ojos terminaran de adaptarse a la nueva sala. Sin embargo no era el frío del mar profundo, que Kazan conocía. Era frío artificial, frío de jaula un frio que en otras ocasiones ya habia sentido y que parecia estar provocado por dos enormes ventiladores que estaban en las esquinas cercanas y daban un ruido abismal. El vapor que había escupido la puerta al abrirse todavía se disolvía en el aire cuando sus pies de quince toneladas aplastaron la primera capa de nieve-polvo de la nueva estancia. Catorce metros de lado. Lo midió en un instante, el mismo instinto que lo había mantenido vivo en arenas mucho más pequeñas que esta. Las banderas colgaban del techo como trofeos de alguien que colecciona victorias o alguien suficientemente retorcido como para decorar aquella forma de forma tan tétrica. "...ya he estado aquí." No en esta sala, obviamente si no en el concepto de esta sala. En el olor de esta sala, que era el olor de la humillación, del espectáculo construido sobre el sufrimiento de otros. Sus dedos encontraron el collar de metal antes de que pudiera ordenarles que no lo hicieran, y el contacto con el fue como abrir una vieja herida. Veinticuatro años, veinticuatro años y el peso seguía siendo exactamente el mismo.

Al fondo se apareció una cosa, dirigiéndonos a eso de aquella manera porque era difícilmente identificable. La cosa del escalón habló, palabras de anfitrión, palabras del tipo de gente que lleva décadas pronunciándolas a gente que no tiene elección de escucharlas, mencionó a un jefe, alguien llamado Landon Coates. Y luego pronunció la propuesta que tantas veces Kazan habia escuchado. Mataos entre vosotros. El único superviviente gana. Lo que salió no fue risa fue algo mas seco, más quieto y más peligroso. Sus ojos pequeños, casi entrecerrados siempre, se abrieron del todo por primera vez en mucho tiempo. Se giró hacia las tres figuras a su espalda, tres personas con un collar en el cuello. -Subid. Ahora. Sin preguntas.- Y se agachó, diez metros de gigante azul doblándose hasta que una rodilla tocó la nieve polvo del suelo con un impacto que corrió por toda la sala, los cuernos casi rozando el nivel de sus cabezas, Kurogane depositado momentáneamente en el suelo a su derecha como un árbol caído. El gesto fue inequívoco, la espalda y los hombros de Kazan eran una plataforma, y una plataforma que aguantaba sin esfuerzo el peso combinado de las tres.

Tres metros hacia la derecha. Pesados, deliberados, la nieve aplastándose bajo sus pies en capas compactas que revelaban el metal frío debajo. Se detuvo calculado, cuatro metros de la esquina derecha, once de la esquina izquierda, los ventiladores rugiendo equidistantes en las alturas. El ser del escalón seguía hablando."Perfecto. Sigue." Alzó el brazo derecho y lo extendió horizontal hacia la esquina derecha, rígido como un puente, la palma vuelta hacia arriba.-Ese ventilador, tapadlo con las telas que agarréis. Id corriendo y agarrar lo que veáis de camino. Sea lo que sea que sale de aquel ventilador me esta enfriando demasiado- susurraría mientras dejaba a aquel individuo hablar estando atento al mismo.

Sin esperar respuesta alzó los ojos al techo. Los hilos con banderas cruzaban el espacio a catorce metros de altura. Kazan estiró Kurogane hacia arriba con la mano izquierda, el Kanabo subiendo en arco lento hasta que la cabeza de púas enganchó el primer hilo con un desgarro de tela que cruzó la sala. Tiró. Una gran cantidad de banderas se enredaría el en la punta del Kanaboo. Luego alzó el brazo izquierdo. Once metros horizontal, cuatro metros vertical de diferencia entre su cabeza y el ventilador izquierdo. La punta del kanabo envuelto en telas subió, subió, el brazo extendido hasta el último centímetro, los músculos del hombro izquierdo tensándose contra el límite real de su alcance y la cabeza cubierta de tela entró entre las aspas con un chirrido de metal contra metal que buscaría interrumpir el movimiento de las aspas al enredarse las banderas con las aspas de ese ventilador que giraría con las mismas hasta colapsar. Sin perder de vista a aquel individuo charlatan en todo momento.

"Circo de Sangre, arena de Baterilla, foso de Briss. Y ahora esto. Siempre la misma función. Siempre el mismo asiento de primera fila para el que lleva la llave." -Por las profundidades, eres la cosa más patética que he visto en cuarenta y cinco años.- La voz salió a un volumen que la sala no estaba preparada para contener. No gritó pero habló con la totalidad de su capacidad pulmonar, y en un espacio de catorce metros de lado el efecto fue el de un trueno en un cuarto cerrado. -Escucha bien, cosa pequeña. No hay juego. No hay espectáculo. No hay nadie que muera para entretenerte a ti ni a ese Landon Coates al que sirves como perro bien entrenado.- Hizo una pausa. -Landon Coates. El hombre más cercano a ser Almirante, dijiste. Ga-ha-ha-ha-ha.- La risa llegó esta vez completa, áspera y sin alegría. -Un hombre que manda a su subordinado a poner collares a individuos que se dirigen a un parque tematico y los mete en una nevera para ver quién sobrevive. Ese es tu todopoderoso. Ese es el futuro de la Marina. Un cobarde que no hace su propio trabajo sucio y manda a su mascota a hacerlo por él.- Su brazo derecho siguió extendido como rampa. -Estas tres personas están bajo mi protección, todas. No me importa lo que sean fuera de esta sala, aquí llevan tu collar en el cuello y eso es lo único que necesito saber para tomar partido.- Sus ojos no parpadearon. -Si quieres tu espectáculo, tendrás que ganártelo. Ven a por mí, Arnold Redflag el Tercero, heredero legítimo de lo que sea. Ven a por mí y veremos cuánto dura tu función.-

"Que venga. Que use lo que tenga. Necesito saber qué hace antes de que haga daño a alguien que no puede absorberlo. Si quiere guerra, guerra tendra."


Resumen


Bélico
#8
El primero en tomar la palabra fue el gigante de piel azul, cuya imagen en mi mente se remontaba al ferry, junto a Seraphine y otra chica Gyojin, esa imagen no lograba acomodar del todo, pero sí logré identificar a mi amiga de alas blancas cerca de él. — Sí, también tengo un collar. — respondí ante su pregunta, llevándome casi de forma instintiva a notar aquel objeto que aún llevaba puesto.

Observé como las demás personas comenzaban a incorporarse y a hablar entre nosotros, en aquella penumbra apenas perceptible. Entre ellas destacaba una mink de hermoso pelaje blanco, su actitud era enérgica, aunque en su voz la delataba el temor que sentía, como si, en el fondo, estuviera tan inquieta como yo. Tal vez todos compartimos esa misma sensación. También había otra chica con rasgos marinos, una gyojin de apariencia similar a una medusa, de estatura pequeña, pero igualmente hermosa.

La mink de orejas de zorro informó con evidente alarma proyectada, sobre los collares que no debíamos ni podíamos quitárnoslos, ya que contenían un mecanismo destructivo. Aquello bastó para que mi mente se agitara. No logré concentrarme en el resto de sus palabras, me sentía confundida y dominada por el miedo. Ahora que tenía esa información, no pude evitar temer por mi vida… aunque, en el fondo, lo que más me dolía era pensar que Alek y Cill pudieran estar pasando por la misma situación que yo. Cerré los ojos por un instante, enfocándome en esa sensación que oprimía mi pecho y en el latido acelerado de mi corazón, junté mis manos en un gesto silencioso, como una pequeña oración, una plegaria cargada de todo el cariño que sentía por ellos, en mi amor especial hacia Cill. —- *Por favor… que estén bien… que estén bien… porfavor, Dios… te lo suplico*

Fuí interrumpida al escuchar a la mujer de cabellos blancos acercarse para inspeccionar mi collar de esclavo. Asentí con la cabeza en señal de permiso, dejando que lo hiciera, parecía haber visto algo que nosotros no habíamos notado, quizás por incertidumbre. Pronto descubrió una serie de números grabados en cada uno de los metales que colgaban de nuestros cuellos. ¿Tendrían importancia? No lo sabía, pero la secuencia de números quedó grabada en mi mente.

Lo positivo era que, poco a poco, todos comenzábamos a razonar ante aquella situación imposible de cambiar, a cuestionar, a pensar. La mejor acción que pudo tomar la Mink fue inspeccionar la puerta con mayor detalle, parecía tener una sensibilidad especial para percibir sonidos y detalles casi imperceptibles, y eso resultó, sin duda, de gran ayuda.

Pero, claro, uno nunca sabe cuándo el infierno podría caer sobre nosotros… o, en este caso, abrirse. El suelo comenzó a vibrar, y aquella enorme puerta fue cediendo lentamente, acompañada de sonidos estridentes, metálicos e hidráulicos, mientras una capa de vapor se filtraba y se extendía por la parte baja de la habitación rectangular. Y entonces, tras aquel umbral, se reveló un escenario completamente blanco, tan brillante que parecía emitir su propia luz, volviendo irrelevante todo lo anterior. ¿Y ahora…qué pasaría?

Uno a uno, terminamos sucumbiendo a la curiosidad…aunque, en realidad, no había otra alternativa. Aquella era nuestra única opción, y ahora, con la habitación completamente iluminada, todo se percibía con mayor claridad y precisamente, no había otra lugar por donde irnos.

Una habitación peor que la anterior, si la primera había sido opresiva y pútrida, esta parecía un reino invernal con un frío tan intenso que se filtraba hasta los huesos. No pasó mucho tiempo antes de que mi piel comenzara a palidecer, volviéndose más blanco, toda mi piel se erizó por completo, y mis labios adquirieron un tono un tanto azul. Era… como si me estuviera congelando. El vapor que escapaba de nuestros alientos era la prueba evidente de aquella temperatura anormal en descenso. — *Vamos de mal en peor*

Miré los laterales de aquel cubo metálico, cuatro ventiladores, funcionando a toda potencia, generaban una ventisca helada y sofocante. Bajo nuestros pies, una fina capa de escarcha se formaba débilmente. A simple vista parecía inofensiva, pero era precisamente parte de lo que poco a poco nos afectaba los sentidos. Finalmente, apareció una figura, un hombre de aspecto extraño, cuya actitud dejaba entrever una intención clara de exhibir su burla. Irradiaba soberbia en cada gesto, no parecía una persona común, si no alguien, o algo, que se deleitaba con este tipo de juegos macabros. Sentí la necesidad de confrontar sus ideales, de exigir respuesta, no había tiempo para el diálogo, y no parecía que fuera a funcionar con él. ¿Ondear la bandera de paz no funcionaria?

Tras las indicaciones del gigante de piel azul, y al percibir su inclinación a nuestro favor, no dudé en subir sobre él, asegurándome al acomodarme sobre su hombro, casi pegada a su cuello, su collar de metal. Aquella fue una experiencia que, sin duda, jamás olvidaría.

—- Voy en seguida, solo permíteme tratar de levantar los ánimos y habilidades con algo de música.  —- Dije, ya acomodada y segura, mientras él, el gigante azul, continuaba trabajando con las telas, enrollándolas en su enorme mazo como arma, Arnold Redflag no dejaba de hablar, jactándose de ser lo mejor del mundo… o, más bien, de fanfarronear en nombre de su jefe. 

Con Amphitrite comencé a tocar una melodía animada y alegre como tranquila, quizás entre el temor que nos invadía y el frío que nos desorientaba, una pieza musical pudiera actuar como un pequeño conjuro, algo que ayudará a contrarrestar, aunque fuera momentáneo, aquellos efectos negativos. Solo necesitaba unos minutos… no una canción completa, la oratoria ensayada de Arnold me vino de maravilla.

Luego me incorporé con determinación, aún bajo los efectos de aquel terror mezclado con el frío que se había apoderado de nuestras pieles. Tomé mi arco, con dos flechas colocadas horizontalmente sobre la madera, y avancé por el puente que el gigante nos había brindado con su brazo derecho. Confiaba en sus palabras, aunque no lo conociera del todo, aunque no lo hubiera dicho explícitamente, sentía que era ciertas sus palabras y que no permitiría que ninguna de nosotras salieramos heridas, y lo mínimo que podíamos hacer era justamente eso, ayudarle.

Al situarme a unos dos metros frente al otro ventilador, el que estaba en dirección opuesta del que el señor azul enreda con las telas, fijé mi mirada azulina en el centro de las aspas, donde podría distinguir perfectamente el blanco central. Cuando tuve el objetivo preciso, disparé dos flechas, una tras otra, buscando impactar en el mismo punto y aumentar aún más el daño. Estoy segura que mis compañeras tampoco se quedarían de brazos cruzados, por ahora, esto era lo más que podía hacer para ayudar.

No conocía sus nombres, no conocía sus propósitos, ni tampoco sé si son buenas o malas personas, pero, si de algo estoy segura, al menos en mí caso, no optaría por la opción de matarnos entre nosotros, y creo que nuestro gigante amigo también decidió hacer lo mismo, confiarnos su vida, no me sorprende, después de todo, es amigo de Seraphine.

Amphitrite toca la canción
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 698 + 0 = 698
Energia: 813 - 258 = 555
Espiritu: 198 + 0 = 198
#9
La puerta de la habitación se abrió con un sonido seco, y de inmediato un vapor denso comenzó a colarse por la abertura, deslizándose por el suelo como si estuviera vivo, entrecerré los ojos, intentando ver más allá de esa cortina blanca y lo que apareció al otro lado no tenía nada que ver con donde estábamos antes, pero el frío me golpeó incluso antes de cruzar. Se volvió más intenso con cada centímetro que la puerta cedía, hasta que fue imposible ignorarlo. La habitación contigua parecía un enorme refrigerador, uno de esos que no están hechos para comida sino para conservar algo más grande.
 
Tragué saliva, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba al instante. Mi piel, mi maldito cuerpo gelatinoso se resintió de inmediato. No era dolor exactamente, pero sí una incomodidad que se extendía como agujas finas, tensando cada parte de mí que normalmente se mueve con fluidez. Entré igual, detrás del gigante, aunque cada paso se sentía más pesado que el anterior. —Genial —murmuré con una mueca apenas contenida —Seremos un helado en cuestión de nada. — Mis tentáculos se movieron más lento, menos vivos, como si el frío les estuviera robando la gracia poco a poco. Instintivamente llevé una mano a mi bufanda, ajustándola, aunque sabía que no serviría de mucho contra algo así.
 
Mis ojos comenzaron a buscar de donde provenía realmente el frio, era claro que las paredes parecían iglús pero tenia que haber un motivo y bastó solo con mirar un poco hacia arriba para percatarme de aquellos dos ventiladores, por suerte el gigante aparentemente tenia una idea similar, no me gusta relacionarme con la gente que desconozco, pero este hombre podría ser la única salida que tengo de morir congelada.
 
No pasó mucho tiempo antes de que apareciera un hombre y no uno cualquiera, Uno raro, más raro que la propia sala, y eso ya era decir bastante. Su presencia no encajaba, como si hubiera sido colocado ahí a propósito para incomodar, para romper cualquier intento de lógica, lo escuché y por un segundo pensé que había entendido mal, pero no, nos estaba pidiendo que nos matáramos entre nosotros, parpadeé despacio antes de comenzar a subir por el cuerpo del gigante hacia uno de los ventiladores y luego ladeé la cabeza esperando que terminara de hablar el magnánimo hijo de su fría madre.
 
—Por todos los arrecifes, nunca había visto un hombre tan feo —bromee — y qué propuesta tan directa, al menos invítanos un café caliente muchachón— Mis ojos recorrieron la sala, las personas, las distancias, no con pánico —Lo siento, pero ese tipo de juegos no son lo mío —añadí en voz baja, casi dulce, aunque mis dedos ya estaban inquietos, buscando opciones invisibles en el aire, estando suficientemente cerca de uno de los ventiladores gracias a la escalada por el cuerpo del gigante utilicé mi akuma no mi para ingresar mantequilla en las hélices del mismo que se congelarían rápidamente por la baja temperatura quedando como verdaderos bloques de piedra —Yo prefiero que la gente baje la guardia antes de hacerles daño, es más elegante, glup— Y mucho más útil, el frío, el collar, las caras desconocidas y ahora esto.
 
—Ahora si me disculpas eres un total FASTIDIO. — avancé con paso felino y tras un breve salto usando mis dos dagas en forma de tijera realice un corte dual hacia el ventilador, si ya estaba inmovilizado por mi mantequilla congelada el golpe al menos debería romper las hélices por la presión contenida de poder girar.

Estanque de peces
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 934 + 0 = 934
Energia: 828 - 179 = 649
Espiritu: 129 + 0 = 129
#10
Fue la gyojin quien se acercó para mirar mi collar, y mentiría si dijera que no tuve que hacer uso de mi voluntad para no colocar una mano sobre la empuñadura de la katana debido al sentimiento de miedo e inseguridad. De Kazan tenía una referencia, de la pelirroja había notado preocupación por el resto, pero de ella no sabía aún nada. Sin embargo, actuó de manera pacífica cuando dejé que se acercara para ver mi número, apartando ligeramente mi cabello para que pudiera ver mejor. 707. No sabía si significaría algo, pero mejor tenerlo en mente por si acaso…



Espera, ¿ese número le recuerda muchas cosas? Mis orejas se irguen por el interés, pensando que quizás habría algún tipo de relación entre sus recuerdos y nuestra situación, pero finalmente parece no ser el caso.


―Ah, ¿sí? ―inquiero sin estar realmente segura de sus palabras.


No era imposible que una pirata tuviera un casino (no uno ilegal, especialmente), pero ningún casino que se preciara se permitiría que alguien ganara tanto dinero como para tener que cerrar. Entonces, un pensamiento fugaz: ¿me habrá mentido con el número también? Por supuesto, no tengo forma de comprobarlo, y sólo puedo rezar para que el dato no sea verdaderamente importante como para que sea necesario averiguarlo…


―Bueno, espero que nos dé suerte a nosotros también entonces… ―comento para hacer ver que me creo su comentario. Ahora mismo, lo mejor es llevarse bien…


No mucho después, me encuentro me encuentro inspeccionando la puerta… hasta que el movimiento de abrirse suena casi como un golpe.
Por puro instinto salto hacia atrás, con el corazón latiéndome a mil por hora al tiempo que desenvaino la katana, apuntando a lo que sea que haya fuera mientras la hoja tiembla entre mis manos como si fuera de papel. Un viento níveo atraviesa la entrada. Frío. ¡¿Por qué frío?! ¡Siempre frío!


Conforme avanzo (porque pocas opciones son peores que quedarnos donde estamos y morir de inanición), dejo de poder distinguir si el temblor de mis músculos se deben a la temperatura o al terror.


Mis botas pisan una fina capa de nieve en polvo al tiempo que mi mirada barre de inmediato la estancia: paredes oscuras con desiguales destellos debido al hielo y banderas en el techo colgando como… ¿trofeos? Una columna a nuestra izquierda y otra a nuestra derecha; una plataforma al final. El gélido aire que nos envuelve no tiene una fuente, sino cuatro: unos enormes ventiladores en cada una de las cuatro esquinas superiores de la estancia.


Antes de darme cuenta, los inmensos pasos de Kazan lo hacen situarse ante nosotras, y no puedo evitar preguntarme si sería un gesto de protagonismo o protección. El ruido de la puerta vuelve a sobresaltarme, esta vez tras nosotros, y a duras penas puedo evitar mirar hacia atrás debido al miedo, pero sé que no debo hacerlo. Nuestra siguiente amenaza debe de estar aquí, en alguna parte… Esas marcas de garras en el hielo no se hacen solas, después de todo…


Una risa, ¡¿en el techo?! Mis pupilas buscan la fuente de inmediato, mientras el hecho de que nos llame “presas” acelera la carrera de mi corazón un poco más. Una bandera blanca se desprende y cae ondeando hacia el suelo. Sin dejar de tenerla delante, no me olvido de mirar alrededor, por temor a que sea una distracción y en realidad pretenda atacarnos desde otro lado, pero finalmente resulta no ser el caso.


«¡¿Qué es eso?! ¡¿Y cómo ha salido de ahí?!».



Horrorizada, observo cómo una criatura en aparente descomposición se alza ante nosotros, hablando, viva.


Mi instinto de supervivencia me insta a pensar de inmediato cómo salir de esa, pero Kazan es aún más rápido.


―Subid. Ahora. Sin preguntas.


Mi movimiento es instantáneo y, tras envainar, comienzo a trepar por su espalda ipso facto.


―Carlos ―llamo a mi Den Den Mushi por su nombre, el cuál conoce, mientras escalo las telas de la ropa. Rezo para que pueda oírme desde el bolsillo de mi chaqueta―. Intenta contactar otra vez con cualquiera de nuestros compañeros… ―Vaho salía de mi boca con cada palabra, mientras yo ascendía trabajosamente debido al temblor de mis músculos―. Aquí Carlos ―me presenté por el nombre de la criatura. Hasta entonces no había dado mi nombre por una razón, y no empezaría a hacerlo ahora; menos aún delante del tipo que parece un muerto. Ya alcanzo casi la mitad de la espalda del gigante azul―. Estamos en una sala helada… Somos cuatro… contra un gyojin marine muy, muy feo… ¿Me oís? ―No sé si el mensaje llegará esta vez, pero como hemos cambiado de sala, merece la pena probar…


Al casi alcanzar los hombros, el temblor de los músculos hizo que casi me resbalara, pero la adrenalina me hace lograr mantenerme clavando mis garras en la tela… «¡¿Garras?!».


Un único instante es lo que tardo en comprender lo que ocurre cuando me veo el brazo negro hasta el codo y una fina película de pelaje en mi piel. ¡Es una transformación híbrida! Si hay un momento perfecto para descubrir esto, sin duda es este.


Mientras el gigante habla, yo sigo por su cuerpo a mis compañeras, percatándome del nuevo tamaño del mío y detestando con todo mi ser a la criatura que ha sugerido matarnos entre nosotros para concedernos un “honor” que más suena a condena. Por suerte, nadie comete la imprudencia de confiar en sus palabras y seguimos moviéndonos unidos.


Mientras la medusa y yo corríamos por el brazo como si fuera una pasarela, la música de Miyori nos da fuerzas a nuestras espaldas. Melly es más rápida que yo y lanza un poderosísimo ataque al ventilador, no sin decir antes una frase que me aseguraría de recordar, pues podría significar que era realmente peligrosa. Y, teniendo en cuenta su fuerza, sin duda lo era.


Aun así, ahora es mi aliada, y pienso protegerla. Conforme desenvaino, doy aviso.


―¡Agáchate, chica azul!


Debido a mi nuevo tamaño, no es que tuviera que hacerlo mucho, pues ella tampoco es muy alta, pero decidí advertir por si acaso. Solamente cuando estoy segura de no darle alcance con mi ataque, salto hacia delante para ejecutar el mío con un giro circular. El frío (¿o el miedo?) me hacen no poder moverme con toda la destreza de la que siento que soy capaz, ¡pero con suerte, acabar con dos ventiladores podría ayudarnos con ese problema!



Información importante
[Imagen: bskx3zy.jpeg]


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