Alquitrán [Autonarrada T1] [P.A]
#1
30 de Verano, Año 17

El Reino de Briss emergía del horizonte como una lágrima oscura suspendida sobre el mar. Desde cubierta, Kael observaba la silueta peculiar de la isla, esa forma de gota que se estrechaba hacia el sur hasta culminar en el inmenso foso de extracción. El contraste era evidente incluso desde la distancia: al norte, una llanura abierta de hierbas salvajes agitadas por el viento y enormes rocas graníticas que parecían haber brotado del suelo como columnas naturales; al centro, la ciudad de Briss, compacta y geométrica; y al sur, la herida profunda en la tierra de donde se extraía el alquitrán que había dado identidad y riqueza a este reino tan malamente conectado. Hasta la fecha, el marine jamás había tenido la oportunidad de llegar a este lugar de formas convencionales. Si no es por un crucero pagando una cantidad de dinero equivalente al que ahora es un tercio de su sueldo estacional, jamás podría ir a este sitio. Ahora, con su tripulación, su esfuerzo, el sudor gastado y un navegante en prácticas -lo siento Dimitri, pero aún estás muy verde- finalmente pudieron llegar a este lugar sin pagar nada.


Cuando el barco de la Marina atracó, la primera impresión fue el color. Todo estaba revestido de una tonalidad gris negruzca que absorbía la luz casi en su totalidad. Los edificios, construidos con bloques de granito perfectamente ensamblados, estaban cubiertos por una capa uniforme de alquitrán tratado que los hacía parecer eternos, impermeables al paso del tiempo y las lluvias. 


Kael descendió sin hablar demasiado, como suele ser habitual en el líder actual de la setenta y cinco. Su misión era clara: investigar las discrepancias en los envíos oficiales de alquitrán, nada nuevo en el horizonte. Las cifras no coincidían con la capacidad de extracción declarada. No había informes de rebelión ni actividad pirata directa. Solo números que no encajaban.


Y los números, cuando no encajan, suelen ocultar una estructura compleja muy bien trabajada. El de cabello azabache comenzó a considerar una vida en el banco, pero eso es solo porque no conoce la verdad que se oculta tras esas paredes.


Un pequeño representante del reino lo recibió con una hospitalidad estudiada. Vestía ropas sobrias, oscuras, acordes al entorno, y sonreía con una serenidad casi pétrea. Habló de tradición, de eficiencia, de la importancia estratégica del alquitrán como material de sellado naval y recurso industrial. Kael escuchaba mientras sus ojos recorrían la sala de audiencias del pueblo: paredes revestidas con la misma mezcla brillante, ventanas estrechas, columnas de granito que sostenían el techo con firmeza inamovible. En ese reino comenzó a echar de menos la madera, pues por lo que parece, todo en Briss estaba hecho para durar.


Pero la duración no implica honestidad en su sistema.


Tras revisar los registros oficiales, Kael solicitó acceso directo al foso del sur. El descenso fue lento y progresivo tras un par de horas de viaje. Una estructura de plataformas y pasarelas descendía en espiral hacia una profundidad que parecía no tener fin. El olor era pesado, muy denso, como si el aire mismo estuviera impregnado de esa sustancia pegajosa y negra.


Abajo, enormes pozas burbujeaban con una viscosidad inquietante. Los trabajadores extraían el material en cubas metálicas que eran izadas por poleas hasta la superficie. El proceso parecía impecable. Demasiado impecable.


No necesitaba correr ni interrogar a gritos. Observó ritmos. Contó intervalos. Calculó tiempos de subida y bajada. Analizó trayectorias. Hizo apuntes para tener por escrito todos y cada uno de sus pensamientos, pero esta vez en sucio. Anotaciones de los datos que extraía para sí mismo teniendo en cuenta que, en un lugar como este, posiblemente terminaría perdiéndolos con facilidad. 


Y lo vio, tan solo después de volver a alzar la mirada sobre sus hojas.


Algunas cubas no seguían la ruta principal hacia los almacenes oficiales. En determinados turnos, giraban hacia una pasarela secundaria y desaparecían tras una compuerta lateral reforzada.


Cuando preguntó, le respondieron que eran conductos de mantenimiento.


Kael simplemente asintió. Claramente, no le iban a dar la clave del problema por tan solo preguntar; ya lo ha vivido bastantes veces a lo largo del Blue.


Esa noche, como muchas otras, regresaría solo. Prefiere la tranquilidad de su sola compañía por encima de otras para poder pensar con calma, y hasta la fecha, jamás ha encontrado ningún peligro al que no pueda anteponerse por sí mismo. Es precisamente por eso, que decidió ralentizar su paso, hasta quedar sin nadie a su alrededor cerca de aquel lugar.


El silencio en el foso era más inquietante sin el bullicio de los trabajadores. La compuerta lateral estaba cerrada con un candado grueso, pero desgastado por el tiempo, irónico en un lugar donde todo parece irrompible. Kael lo sujetó con la mano derecha e hizo acopio de toda su fuerza, esperando que cediera. La fuerza natural no serviría contra el metal, incluso si estaba desgastado, pero cuenta con una habilidad sobrenatural que, gracias a ello, la densidad de sus dedos le haría aumentar desde dentro, como si gruesos muros se alzaran bajo la piel. No necesitaba fuerza bruta descontrolada, sino simple presión estructural. Al final, el metal cedió con un chasquido seco, rompiéndose en el proceso; un trabajo mal realizado, dejando pistas de su paso en la investigación.


El pasadizo descendía aún más, estrecho y oscuro, hasta una sala oculta. Una instalación secundaria, oculta bajo la ciudad. Contenedores sellados de alquitrán refinado. Moldes metálicos alineados con precisión industrial. Barriles reforzados diseñados para soportar presión interna. Si tenía que adivinar, parecía tener una rapidísima respuesta: producción armamentística.


¿Sería este suministro una cadena más que lo uniría a lo ya encontrado en Baterilla? En ese momento, Kael prefiere pensar que lo que tiene frente a sus ojos no pertenece a un complot de tráfico mucho más grande de lo que cree. Casos aislados, es lo único que lo mantiene firme.


Barriles de proyección de alquitrán líquido, preparados para ser encendidos y lanzados mediante sistemas de compresión. Armas de asedio. Material capaz de cubrir murallas, puertos, calles enteras, y convertirlas en trampas inflamables.


Un ruido a su espalda lo interrumpió. No estaba solo. Maldición.


Cinco hombres emergieron de las sombras, vestidos con uniformes sin insignias oficiales. No eran mineros. Sus posturas eran demasiado firmes. Sus manos demasiado cerca de las armas.


—Marine —dijo uno de ellos—. Este sector está restringido. 


Omuyaga no respondió, pues ya era demasiado tarde. Analizó distancias. Dos a la izquierda, uno centrado, dos ligeramente retrasados. Espacio reducido. Techo bajo.


El primero disparó sin previo aviso.


Kael concentró la densidad en su torso. La bala impactó contra su pecho con el sonido opaco de metal contra piedra. La vibración recorrió su interior, pero resistió. Dio un paso adelante.


El segundo atacante intentó flanquearlo. Esta vez expandió ligeramente el volumen de su hombro izquierdo, empujando al hombre contra la pared.


El espacio reducido jugaba a su favor. Es un luchador de corto rango, y ellos parecen depender de las armas de fuego, algo que en este lugar podría terminar saliéndoles caro.


Uno de los hombres lanzó un cuchillo buscando el cuello. Kael endureció el antebrazo en el instante exacto del impacto. El filo rebotó. Con el mismo brazo, golpeó hacia adelante, un gancho duro como el mismo mármol de este país. El atacante cayó inconsciente.


Los otros retrocedieron. Entendieron que no estaban enfrentando a un simple marine.


Pero entonces uno de ellos sonrió.


Desde el fondo del pasillo, una válvula fue girada. El suelo comenzó a brillar. Una fina capa de alquitrán líquido se deslizaba por una pendiente invisible, extendiéndose por el pasadizo.


Una trampa.


El olor a combustible se intensificó. Habían preparado el túnel para convertirse en horno en caso de intrusión. Un disparo, una chispa, y el fuego recorrería el pasadizo hasta sellarlo.


No podía retroceder. No había tiempo suficiente antes de que el alquitrán bloqueara la salida.


Se lanzó hacia adelante, casi sin pensarlo. Un disparo sonó con más fuerza, rebotando el sonido contras las paredes haciéndose eco en todo el lugar.


La bala impactó en su hombro reforzado y cayó al suelo sin generar chispa suficiente, gracias al impacto con su cuerpo. El líder de la división avanzó entre los hombres, empujándolos contra las paredes como un ariete contra una puerta reforzada.


Pero el alquitrán seguía fluyendo. No podía simplemente derrotarlos. Tenía que detener el flujo.


Localizó la válvula principal al fondo del pasadizo. Dos hombres intentaron bloquearle el paso. Endureció ambas piernas y avanzó con un impulso firme. Uno fue derribado por el impacto directo del antebrazo convertido en sólido rocoso. El otro intentó encender una mecha. Estaban dispuestos a sacrificarse si era necesario. Noble, y demasiado estúpido para el de cabello azabache.


Concentró toda la densidad en su brazo derecho y lo expandió apenas lo suficiente para cubrir la mecha antes de que prendiera. El fuego lamió la superficie endurecida sin penetrar. El calor atravesó la capa exterior, pero resistió el segundo necesario para aplastar la llama contra el suelo.


Cada segundo que pasaba sentía como las fuerzas comenzaban a fallarle. Está abusando demasiado de su capacidad, incluso para alguien como él, que define su voluntad como norma y ley por encima de todo. Un mantra en su entrenamiento


Giró la válvula con respiración pesada, hasta que finalmente, con gran esfuerzo el flujo se detuvo.


El pasadizo quedó cubierto de una capa viscosa pero no inflamable.


El combate terminó en minutos.


Varias horas transcurrieron hasta que finalmente, guardias reales locales encontraron a Kael de pie en medio del túnel oscuro, respirando con calma contenida. Su uniforme estaba manchado de negro y lleno de agujeros de bala que no habían penetrado en su piel, muy seguramente insalvable. Sus costillas dolían bajo la presión acumulada de los impactos absorbidos, como si un chaleco antibalas hubiese recibido toda la carga.


Los prisioneros fueron interrogados.


La verdad emergió con rapidez: aquellos hombres estaban desviando parte del alquitrán para fabricar armamento destinado a una facción privada que planeaba tomar el control de rutas marítimas mediante sabotajes incendiarios.


En la superficie, la ciudad seguía luciendo impecable, elegante, eterna bajo su capa negruzca oculta en la oscuridad de la noche, pero ahora Kael veía algo más. Cada vez que continúa investigando, que llega a un nuevo reino, país o isla, descubre que la Marina tiene muchísimo trabajo por hacer, que no llegan a tantos lugares como deberían, y que frente a sus ojos, por más orgullo que deseen mostrar, se les escapan demasiadas cosas. Una red gigantesca de tráfico y armamento se cuece delante de sus narices, y parece que solo él está haciendo algo por detenerlos.


Todo esto, sin duda alguna, tiene que terminar tarde o temprano, y si nadie más lo apoya...entonces será él quién los detenga en solitario.

Off
#2
✓
Aventura Autonarrada: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 15

— Berries: 10.000

STAFF DE NAKAMA NO MI


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)