[FIC - Pasado] Segando el trigo
#1
El día después de la Gran Carrera amaneció con un sol frío, pálido, como si también él estuviera descansando de los excesos de la noche anterior. La ciudad de Roshwan seguía oliendo a sake, nieve pisada y humo de chimenea; rastros de una celebración que, según los veteranos, siempre duraba unas cuantas horas más de lo razonable. Para Kibai, sin embargo, la mañana había sido tranquila. Una ducha caliente, un desayuno consistente, unos estiramientos para soltar las piernas doloridas por la caída en la montaña… y otra reprimenda del sargento de guardia por “conducta no reglamentaria en día festivo”. Nada grave o nada que él no esperase. Nada que arruinara la sonrisa que aún le hormigueaba tras haber compartido sake con sus nuevos… amigos.

Para cuando cayó la tarde, el cielo se tornó de un naranja apagado que se filtraba entre las chimeneas y velas de los barcos. La nieve comenzaba a endurecerse con el frío a medida que el sol iniciaba su descenso. El mink se disponía a volver a sus barracones cuando recibió un mensaje de parte de uno de los cadetes: Le habían asignado una patrulla doble al distrito comercial, él y Joss.

Joss llegó al punto de reunión con su habitual bufanda roja y una expresión alegre.

“Vaya, vaya…” dijo al verlo. “Si este no es el héroe de anoche.”

Kibai gruñó con suavidad.

“No gané la carrera, ¿recuerdas?”

“No hace falta. Viste a media ciudad más borracha que un gyojin pez globo y aun así te las arreglaste para caerles bien a todos. Créeme, eso tiene más mérito.”

Kibai fingió estirarse para disimular que se le erizaba la cola.

“Venga, vamos. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos, no quisiera que la noche se nos echase encima de ser posible.”

“Creía que tú habías vivido de noche mucho tiempo.”

“Precisamente, no quiero que me de más nostalgia de la necesaria, y tu eres un topo en la oscuridad, no necesito hacerte de lazarillo.”

La nieve crujió bajo sus pisadas mientras avanzaban por las calles principales, envueltas en una mezcla agradable de actividad vespertina. Los comerciantes guardaban sus productos, un montón de niños correteaba entre los montones de nieve apilados en cada esquina, y algunos transeúntes aún comentaban los acontecimientos. Y, para sorpresa del mink, lo reconocían.

“¡Eh, el del salto de los tejados!” le gritó un hombre con una risa franca.

“¡Mira, mamá, es él! ¡El gato grande de la posada!” apuntó una niña pequeña desde los brazos de su madre, señalándolo sin vergüenza.

Otros simplemente sonreían, levantaban la mano o le ofrecían un “buen trabajo, muchacho”.

Joss disfrutaba cada segundo.

“¿Lo ves?” dijo inclinándose hacia él, entre divertido y satisfecho. “Tardaste un poco, pero ya empiezas a encajar. La gente te mira como a uno de los nuestros.”

Kibai agachó las orejas, aunque no pudo evitar mostrar una sonrisa pequeña, sincera.

“Supongo que no está mal…”

“¿No está mal? ¡Anda ya! En Zou debíais de ser igual: cuando haces el tonto con otros, te vuelves parte del grupo.”

La mención a su hogar le provocó a Kibai una ligera presión en el pecho, una mezcla de nostalgia y frío. Pero respiró, dejando que los rostros humanos que lo saludaban lo anclaran al presente.La patrulla continuó; cruzaron la zona residencial, luego la plaza sur, y finalmente llegaron a la parte viva de la tarde: el distrito comercial junto a los muelles. Tiendas pequeñas, puestos de comida, empaquetadores que preparaban mercancías que saldrían con la próxima marea... El olor a pescado fresco, madera mojada y alcohol fermentado se mezclaba con el bullicio de los estibadores.

Pero algo distaba mucho de ser normal.

Una alarma sonó en el extremo sur del distrito: un silbato agudo, repetido tres veces. Alguien gritó:

“¡Auxilio, guardias! ¡Los ladrones han atacado los puestos de recaudación!”

Joss y Kibai intercambiaron una mirada que no necesitó de palabras antes de salir corriendo hacia la zona sur.
 
Los dos marines llegaron justo cuando los comerciantes se agrupaban frente a tres puestos levantados a medias, con mercancías tiradas por el suelo y cajas destrozadas. Las huellas en la nieve eran un caos reciente: varias figuras embozadas en ropas oscuras salían corriendo en dirección a los callejones.

“¡Vamos!” ordenó Joss, sin esperar confirmación.Kibai lo siguió, sacudiendo las orejas para concentrarse.

Los ladrones conocían perfectamente el área. Tomaban cada giro antes de que los dos reclutas pudieran reaccionar. Se escurrían entre callejones, pasaban bajo cuerdas colgantes o trepaban escaleras improvisadas tratando por todos los medios de dejar atrás a sus perseguidores. Joss y Kibai hicieron lo posible: esquivaron barriles, saltaron cajas, se deslizaron entre puertas entreabiertas… pero al cabo de dos minutos, las huellas se dispersaron en distintas direcciones.Se habían desvanecido.

Joss apoyó las manos en las rodillas, jadeando vapor.

“Maldita sea… otra vez no. Estos tipos… estos tipos siempre se escurren igual.”

Kibai, sin embargo, permaneció muy quieto. Su nariz vibró al captar algo: un olor metálico y salado que conocía muy bien.

Sangre. Fresca. Muy reciente.

Giró la cabeza hacia una caja rota. Uno de los clavos sobresalía y la punta estaba teñida de color rojo oscuro, que iba goteando lentamente hacia el suelo, destacando notoriamente contra el blanco de la nieve.

“Uno de ellos está herido” dijo Kibai con un tono entre alerta y satisfacción. “Parece ser que no fueron tan cuidadosos como creían.”

Joss levantó la mirada.

“¿Y qué vamos a hacer, crees que puedes seguir el rastro solamente a partir de eso?

“Si es tan reciente como creo… sí.”

Pero antes de marcharse, una voz suave los detuvo.

“No deberíais molestaros en hacer eso, solamente causaréis más problemas”.

Una joven se les acercó. Tendría unos veinte años, vestía un grueso abrigo de lana, con el pelo recogido en un moño bajo y ojeras profundas de agotamiento. Kibai recordaba haberla visto en uno de los puestos asaltados. Sus dedos aún temblaban por el susto.

“Mi nombre es Makino, soy la ayudante de uno de los comerciantes del puerto.” dijo, inclinando ligeramente la cabeza. “Y antes de que corráis tras esos hombres… escuchadme. Lo ocurrido hoy no será la última vez que pase.”

Joss frunció el ceño.

“¿Qué quieres decir?”

Ella suspiró.

“Que esto ha ocurrido porque mi jefe no ha podido pagar esta la “protección”. Igual que todos los demás. Cada mes uno tiene que comprar algunos suministros en la tienda de un hombre llamado Garruk el Triguero. Si no compras… pasan estas cosas. Y si compras, por muy caros que ponga los precios, tus ingresos y tu negocio estarán a salvo.”

Kibai tensó la mandíbula.

“O sea, básicamente es un sistema de extorsión.”

“Llámalo como quieras” respondió Makino con una mueca amarga. “Pero si preguntáis en la base, os dirán que no hay pruebas. Nadie puede acusarlo directamente. No usa matones con su insignia, ni deja mensajes. Solo “coincidencias”. Y si te atreves a señalarlo… bueno, tu tienda “sufre mala suerte”.”

Joss se frotó la cara con frustración.

“Esto es una locura… ¡No podemos permitir algo así en nuestra ciudad!”

Kibai seguía examinando la mancha de sangre con los ojos brillantes.

“Quizá hayan sido cuidadosos… pero alguien ha sangrado. Y ese olor no desaparece tan rápido.”

Joss dio un paso hacia él.

“¿Puedes seguirlo de verdad?”

Kibai se enderezó.

“Puedo intentarlo. Y será mejor que me sigas de cerca.” Girándose hacia Makino, le dirigió una mirada tranquilizadora. “Esté tranquila, señorita, nos aseguraremos de que esto no vuelva a ocurrir.”
 
El rastro no era directo, ni mucho menos claro; estaba mezclado con nieve, huellas de botas, olor a pescado, aceite de máquinas… pero la sangre sobresalía como un hilo fino y persistente que serpenteaba entre los callejones.

Kibai descendió por una rampa estrecha entre dos almacenes.

“Están moviéndose hacia la zona industrial“ murmuró.

“¿Hacia las destilerías?” preguntó Joss, sorprendido. “No tiene sentido… ahí apenas vive gente.”

“Quizás por eso mismo se están dirigiendo hacia allí” respondió el mink.

Continuaron. Pasaron junto a varias de las fábricas, edificios de madera y piedra coronados con chimeneas humeantes, tuberías calientes cubiertas de escarcha y paredes ennegrecidas por el vapor. El olor al cereal fermentado se intensificó; la zona industrial estaba preparando la producción de cerveza para la siguiente temporada.
El rastro los condujo hasta un callejón cerrado entre dos grandes plantas de procesado. El único edificio iluminado era un local de madera reforzada, con ventanas tapiadas y una puerta pesada. Y delante de la entrada, dos hombres robustos montaban guardia con los brazos cruzados, y bultos muy sospechosos bajo sus abrigos denotaban que iban armados. No llevaban distintivos, pero parecían profesionales.

Joss tragó saliva.

“Bueno… no sé tú compañero, pero esto no tiene pinta de ser precisamente un club de lectura.”

Kibai entrecerró los ojos. Su cola bajó lentamente mientras se acuclillaba para captar mejor el olor.

“Aquí termina el rastro.”

“Entonces…” Joss dejó la frase en el aire.

Kibai no necesitaba más pruebas.

“Sí. Los ladrones han entrado ahí.”

Los guardias los miraron fijamente, y sus manos se deslizaron lentamente hacia el interior de sus abrigos. El viento agitó la nieve a su alrededor. La luna, medio oculta entre nubes, comenzaba a emerger.

Y justo antes de que cualquiera hablara, Kibai se giró con calma hacia su compañero.

“Joss… avisa al cuartel. Esto es más grande de lo que pensábamos. Es factible que necesitemos refuerzos.”

El joven se volvió hacia él.

“Estás loco si piensas que voy a dejarte aquí solo.”

“Alguien tiene que ir al cuartel a avisar, y alguien tiene que quedarse. No nos han proporcionado un Den Den Mushi todavía así que dependemos de tus piernas. Si voy yo, el rastro podría enfriarse. Así que no te lo pienses más. Vete.”

El humano abrió la boca para protestar, pero algo en la expresión del mink, esa mezcla de determinación y peligro, pareció acabar por converse.

“Está bien. Solo…Ten cuidado, Kibai, ¿quieres?. No cometas ninguna estupidez.”

Kibai asintió levemente, pero no apartó la vista de los dos hombres mientras su compañero emprendía el regreso a la carrera hacia la colina del cuartel.

El aire olía a humo, a la cebada tostada y a la sal proveniente del mar, un aroma tan propio que ya lo reconocía como el olor de fondo de Roshwan. El mink permanecía inmóvil en la boca del estrecho callejón, mirando fijamente la puerta del almacén iluminado tenuemente por faroles colgados de cadenas. El rastro de sangre que había seguido, apenas perceptible para cualquier humano, se percibía tan claramente para él como una flecha en un mapa, señalando directamente a los tablones de madera.

Kibai respiró hondo antes de comenzar a caminar hacia los dos hombres que custodiaban la entrada del almacén. Ambos individuos se tensaron, y uno de ellos se adelantó un par de pasos extrayendo la empuñadura de un puñal del interior de su grueso abrigo de fieltro.

“Vaya, vaya…“ dijo el hombre, mostrando una sonrisa torcida. “Mira lo que tenemos aquí. Otro de esos animales listos que se creen héroes del barrio.”

“Lo conozco, estaba en la carrera de ayer. Creo que te has perdido, chico.” añadió el otro, ladeando la cabeza. “Aquí no hay puestos de sake ni chicas gritando tu nombre por la carrera. Será mucho mejor para ti que te vayas por donde has venido.”

Kibai apretó levemente las mandíbulas, aunque se obligó a mantener un tono sereno.

“Estoy persiguiendo a un ladrón que ha causado daños en el distrito del puerto” dijo pasando la mirada de uno de los guardias al otro. “Un hombre herido ha entrado en este establecimiento. Necesito verlo.”

Los dos matones se miraron durante un segundo y estallaron en carcajadas.

“¿Ladrón?” se burló el de la derecha. “Aquí no hay más ladrones que los que vienen buscando bronca.”

“Última advertencia, recluta.” añadió el otro, ya sacando el cuchillo del abrigo y apuntando con la hoja hacia Kibai. “Lárgate, si sabes lo que te conviene.”

Kibai apoyó suavemente la mano sobre la empuñadura de Raimei.

“Deponed las armas y apartaos a un lado. Nadie tiene por qué salir herido.”

La sonrisa de ambos se volvió casi caricaturesca.

“Míralo, hasta habla como un soldadito…” susurró uno.

“Creo que está claro que vamos a tener que enseñarte a no meter la nariz donde no te llaman” añadió el que tenía el cuchillo desenvainado, lanzándose hacia él dirigiendo una puñalada contra el pecho de Kibai.

Pero antes de que pudiese alcanzar a su objetivo, Raimei apareció entre medias con un sonoro clang. Kibai giró su muñeca, desviando el cuchillo hacia su derecha, y en el mismo movimiento golpeó con el pomo de la espada la sien del agresor. El hombre se desplomó en la nieve como un fardo, inconsciente incluso antes de tocar el suelo.
El segundo matón dio un paso atrás, sacando el cuchillo a su vez, aunque su posición parecía más defensiva que animosa para atacar.

Kibai apuntó la hoja de Raimei hacia él, .

“Dile a tu jefe que sus labores de protección se han terminado” ordenó con voz firme. “A partir de hoy, de eso se encarga la Marina.”

El matón abrió la boca, cerró la boca, tragó saliva y retrocedió lentamente hasta tocar la puerta con la espalda.

“E-Espera aquí.” balbuceó.

Acto seguido, desapareció dentro del almacén, cerrando la puerta tras de sí.

Kibai respiró hondo, aguardando pacientemente apartando de vez en cuando la nieve que continuaba cayendo sobre sus hombros, con el oído atento por si escuchaba alguna otra puerta abrirse que indicase alguna fuga.
Segundos después, la puerta se abrió y el matón asomó la cabeza, ya más calmado.

“El Triguero quiere verte.”

Kibai envainó la espada, y sin pensarlo dos veces, entró.

El interior era una gran nave de la misma madera oscura del exterior, iluminada por antorchas y lucernas. Había enormes cubas de cerveza apiladas contra una pared, montones de sacos de trigo y maquinaria rudimentaria para mover los granos. Un almacén disfrazado de destilería. A ambos lados, alrededor de una docena de individuos de mal porte y peor pinta le clavaban los ojos.

Y en el centro, justo delante de él, sentado en un enorme butacón subido a una tarima compuesta de cajas y tablones se encontraba un hombre gigantesco, con una panza prominente, barba espesa y manos como palas. Sus ojos eran pequeños y astutos. A su lado, apoyado sobre un lateral del asiento, descansaba un kanabō negro de hierro puro, lleno de puntas romas. Un arma diseñada para aplastar cuerpos hasta convertirlos en pulpas sangrantes.

“Así que tú eres el gatito nuevo que está molestando a mis chicos” dijo con voz profunda y ronca. “El mismo que estuvo corriendo ayer como un idiota por los tejados de mi ciudad. Confieso que te reconocí por las orejas.”

Kibai mantuvo la compostura, aunque la mano que se apoyaba en el pomo de Raimei se tensó, dejando ver un par de centímetros de las garras.

“Estoy investigando un robo que ha ocurrido hoy en el mercado del puerto.”

“¿Robo?” Garruk se rió con fuerza, sonando casi como un motor en marcha, haciendo que su vientre se bambolease arriba y abajo. “Aquí no ha habido ningún robo. Solo mala suerte de la gente que no sabe hacer negocios. Si no pagan… otros pagan por ellos.”

Los hombres a su alrededor rieron a su vez. Kibai controló su posición a ambos lados, antes de aferrar la empuñadura de su espada.

“Exigir pagos por protección es un delito.”

“¿Ah, sí? No me digas…” El Triguero ladeó la cabeza, sonriendo con sorna. “¿Y quién lo dice? ¿Tú? ¿Un recluta recién bajado del barco? ¿Tienes pruebas? ¿Testigos? ¿Documentos? ¿Alguien que vaya a declarar?”

Kibai, sin alterar el tono, cerró los ojos para localizar la posición exacta de lo que estaba buscando y señaló hacia su derecha.

“Le tengo a él”

Uno de los rufianes, sentado en un banco con un trapo sucio en la mano, se levantó de un salto escondiendo la extremidad detrás de su espalda. El corte que el improvisado vendaje tapaba todavía sangraba, con la misma fragancia metálica que había guiado a Kibai hasta allí.

El Triguero dejó de sonreír.

“Tu chico cometió un error” dijo el mink. “Y ese error lo vincula directamente al hurto del mercado. Esta vez hay pruebas. Se te acabó el negocio, Garruk.”

Los matones a su alrededor comenzaron a murmurar. Algunos apretaron los dientes. Otros miraron a su jefe, inseguros.
El hombretón se levantó despacio, haciendo crujir las maderas de la tarima bajo su peso. Levantó él kanabō, apoyándolo en su hombro.

“Desde luego, eres valiente, mink… eso,o eres un tremendo idiota. No sé cuál de las dos. Pero una cosa sí sé: no pienso dejar que un extranjero peludo me diga cómo manejar mi ciudad. Esta base y estos oficiales son todos clientes míos. ¿O crees que estoy aquí porque sí?

Pero entonces una voz irrumpió desde la entrada. Uno de los miembros llegó a la carrera, deteniéndose medio segundo a recuperar el aliento antes de dirigirse hacia Garruk.

“¡Jefe! ¡Jefe! ¡La Marina está viniendo! ¡¡Alguien los ha avisado!! Las patrullas están rodeando la zona industrial… ¡y vienen hacia aquí!”

El rostro del Triguero cambió de su mueca de sorna a una máscara de furia fría.

“Matadlo” ordenó, señalando a Kibai con el kanabō. “Partidle cada hueso del cuerpo, después incendiad esto y desapareced.”

Luego se giró, pateó una mesa para abrirse paso, y huyó hacia una puerta trasera.

Kibai intentó perseguirlo, pero tres de los matones se interpusieron, mientras el resto amenazaba con rodearlo por todos lados. Sabiendo que antes o después una daga se le colaría entre las costillas, Kibai desenvainó a Raimei y dio un gran salto, asestando dos cortes hacia los oponentes que tenía enfrente y usando al tercero como plataforma de apoyo para lanzarse contra una ventana del piso superior.

El aire nocturno le recibió entre una marea de astillas y cristales rotos. Kibai usó ambos brazos para proteger su rostro, mientras giraba el cuerpo para amortiguar la caída con una voltereta. Mientras algunos fragmentos aún seguían cayendo, el mink observó la calle al otro lado del almacén, agradeciendo una vez más su vista nocturna. El Triguero ya corría calle abajo, de vuelta hacia los muelles. Su olor era inconfundible: una mezcla nauseabunda de cebada fermentada y sudor ácido que se dibujaba para Kibai como una gigantesca señal que apuntaba a su objetivo.

Kibai agarró rápidamente un madero y atrancó la puerta por la que el hombretón acababa de salir para evitar que otros hombres lo persiguiesen, antes de iniciar a su vez una carrera frenética hacia los muelles. Aquel malnacido no iba a escapar a su destino.

El muelle del extremo sur se extendía silencioso bajo la luz de la luna creciente. Desde su posición, Kibai podía oír el choque del oleaje contra los maderos de los cascos y el crujido de las cuadernas de las velas, como un murmullo constante y familiar. El olor a sal, brea y metal húmedo impregnaba cada rincón, envolviendo el aire en una mezcla punzante que se adhería al paladar.

Kibai emergió del último callejón de la zona industrial. Su respiración escapaba en nubes blancas que se deshacían entre sus colmillos. 

El Triguero estaba de espaldas, hablando con uno de sus hombres junto a un amarre privado. El barco frente a ellos parecía estar listo para partir: un mercante pequeño, pero bien cargado; la madera crujía bajo el peso y el viento parecía ansioso por hinchar las velas, casi como si tuviera más prisa que su dueño.

El hombretón se dio la vuelta apenas percibió la presencia del mink. La luz temblorosa de los farolillos dibujó su silueta y reflejó destello en el kanabō de hierro, cubierto de golpes, marcas y abolladuras. 

“Así que has venido hasta aquí…” gruñó.

Kibai avanzó sin dudar. La mano se deslizó hacia la empuñadura de Raimei y la hoja salió con un murmullo frío que se mezcló con la brisa marina. A través del frío, sentía cómo la madera de la empuñadura se calentaba por la tensión de su agarre. No pensaba dejar que aquel hombre se escapara, no después de todo lo que había visto en el distrito y de las amenazas que llevaba oyendo desde que lo había encontrado.

“No vas a ir a ninguna parte.” dijo, sin despegar la mirada del rival. “Garruk, por los delitos de crimen organizado, extorsión, robo y daños a la propiedad, quedas arrestado”

El Triguero soltó una carcajada ronca, cargada de desprecio.

“¿Tú? ¿Un recluta mojado? Niño, yo mando en estos muelles desde antes de que tus patas aprendieran a correr.”

Kibai no contestó. Solo bajó el centro de gravedad, fijando sus pies con las garras en la madera del muelle, escuchando cómo esta respondía a su peso. Cada fibra de su cuerpo se tensó como un resorte preparado.

“Pues se te ha acabado la legislatura.”

El Triguero cargó primero.

El rugido del kanabō al cortar el aire precedió al impacto. Kibai alzó a Raimei en un ángulo defensivo justo a tiempo. El choque fue brutal. Sintió un latigazo en todo el brazo y las vibraciones recorrieron su columna. El golpe lo desplazó varios metros hacia atrás; sus garras rasparon la madera dejando surcos hasta que logró detenerse. El corazón retumbaba dentro del pecho.

El hombretón se rió, satisfecho.

“¡Eso es! ¡Maúlla bien fuerte mientras te aplasto, gatito, que se enteren tus dueños de la base de lo que pasa con su mascota!”

Kibai no se molestó en responder a las provocaciones de su rival. Inspiró hondo y se lanzó hacia adelante, movido por un instinto que rugía bajo la piel. Raimei describió un arco plateado buscando la muñeca del Triguero. El hombre giró el kanabō y desvió la hoja con habilidad sorprendente para su tamaño, retrocediendo solo medio paso. Pero ese pequeño retroceso era suficiente para él.

Rodó a un lado y atacó con una patada lateral usando sus garras traseras. Sintió la resistencia al rozar el abrigo grueso del rival y luego la piel, arrancándole un jadeo y dibujando tres líneas sangrantes que se extendieron en su costado.

“¡Maldita sea, vas a pagar por esa chaqueta, bastardo. Vale más que el sueldo de tu batallón entero!” bufó el Triguero, irritado.

Su respuesta llegó en forma de un golpe horizontal. Kibai sintió el aire desgarrarle la oreja cuando se inclinó hacia abajo para evitar que la cabeza le estallase como un melón. El arma impactó contra un poste del muelle, partiéndolo en dos. Las astillas volaron por todas partes, obligando al mink a cubrirse para evitar que alguna de las afiladas puntas de madera se le clavase en el rostro.

No obstante, aquel golpetazo había desequilibrado al Triguero, así que Kibai lo aprovechó: contraatacó con un tajo ascendente que alcanzó el antebrazo de su adversario. La sangre brotó, y el hombre retrocedió con un siseo de dolor.

“Vaya, parece que pegas más fuerte de lo que parece…”

Sin darle tiempo a recomponerse, el Triguero cambió de estrategia. Embistió con todo su peso, como un buey desbocado. Kibai trató de interponer la espada, pero el impacto lo sacudió por entero. Salió despedido y rodó por el muelle hasta estrellarse contra unos barriles. La madera cedió y sintió un pinchazo en el costado. Sangría tibia bajaba por su camisa, tiñendo de rojo la tela y el cinturón. 

Apretando los dientes para no gritar, se sacudió la cabeza para despejar la visión.Su rival ya estaba encima de él, enarbolando el kanabo con ambas manos, listo para descargarlo sobre su cabeza.

“¡Muere, maldito animal!”

Kibai rodó a un lado justo cuando el arma descendió, aplastando los barriles. La cerveza salió disparada en un estallido que empapó el aire de aroma agrio. El mink aprovechó la apertura para impulsarse y saltar. Sus garras se clavaron en el brazo del rival y usó ese punto de apoyo para girar sobre sí mismo, cortando la parte trasera del hombro del Triguero de un nuevo tajo al caer.

El hombre soltó un rugido ronco, entre dolor e ira, apoyandose en el kanabo para recuperar el aliento.

“Impertinente… ¿Crees que vas a conseguir detenerme con estos arañazos?"

Con los músculos hinchandose por el esfuerzo, el Triguero se giró , en un movimiento de barrido amplio, describiendo un arco devastador, y Kibai sintió el viento levantarse antes incluso de que el arma estuviera cerca. Clavó las manos en las tablas, flexionó las piernas y dio una voltereta hacia atrás. El kanabō pasó por debajo, tan cerca que casi sintió la vibración del hierro en su espalda y como su cola se elevaba casi por reflejo para no recibir el impacto. Aterrizó sobre sus pies, deslizándose un par de metros hacia atrás por la humedad del muelle. Su rival, ya erguido, lo miraba con una sonrisa que destilaba pura crueldad.

“No entiendes cómo funciona esta isla.” gruñó. “Cuando todo esto se calme, me aseguraré de que cada bastardo que se atrevió a darte una pista termine con las piernas rotas. Y las chicas del puerto…” rió con los dientes manchados de sangre “Ellas aprenderán a no abrir la boca. “Creo que las venderé como esclavas si hace falta. Los humanos se pagan bastante bien, y no suelen dar problemas”

El estómago de Kibai se contrajo como si hubiera tragado hielo. Algo en su interior se encendió de golpe. Notó como las orejas se le plegaban hacia atrás sobre su cabeza y la cola se erizaba. Su respiración cambió a una exhalación profunda y pesada, con los colmillos sobresaliendo de las mandíbulas.

“Tché…Que mala suerte has tenido, Triguero.” bufó.

El mink se arrancó la capa y la dejó caer sobre las tablas, sin apartar la mirada de su adversario. La luna creciente brillaba sobre el mar, inundando el muelle con tanta luz que para Kibai era como si fuese pleno mediodía. La hoja de Raimei destelleaba, teñida a medias con la sangre de aquel bruto.

“Yo no soy humano” susurró.

Se acuclilló ligeramente, bajando su centro de gravedad. Con un gesto de la muñeca, giró a Raimei en un agarre invertido con la hoja apuntando hacia atrás. Era una postura hecha para aprovechar la agilidad de su cuerpo, no la fuerza bruta. La había practicado cientos de veces, pero nunca la había usado en combate real.

El Triguero lo observaba, confundido.

Kibai inspiró profundamente. Casi podía sentir cómo el aire frío le limpiaba la mente, cómo su pulso se estabilizaba pese a la adrenalina. Arqueó los pies sobre la madera del muelle, preparando cada tendón y cada músculo.

Y entonces rugió con toda la fuerza de sus pulmones, como exigía su propio estilo:

¡¡GEKKŌ NO ISSEN!!

El grito lo impulsó hacia adelante. Se movió con toda la velocidad que su cuerpo le permitía, manteniendo los ojos fijos en su adversario. El Triguero intentó reaccionar. Levantó el kanabō, pero lo hizo un segundo tarde. Kibai se deslizó por debajo de su guardia, casi agachado a cuatro patas, giró la cintura y descargó un corte preciso y diagonal. Sintió la resistencia del abrigo, luego la piel, luego músculo. La sangre tiñó por completo el filo de Raimei, y el olor de la sangre inundó los pulmones del mink.

El impacto hizo que el Triguero soltara un jadeo ronco. Su cuerpo quedó rígido durante un instante y luego cayó de rodillas, tambaleándose. La respiración del gigante se convirtió en un gemido húmedo mientras intentaba sostenerse. Finalmente, colapsó hacia adelante, golpeando las tablas con un crujido pesado.

Kibai quedó detrás de él, estabilizando su respiración mientras apoyaba la punta de Raimei en el suelo. No tuvo ni que volver la vista hacia el cuerpo para estar seguro de que no volvería a levantarse.

Solo entonces murmuró, con un cansancio profundo:

“Se acabó.”

El eco de su voz se mezcló con el romper de las olas. Poco después, los gritos de Joss y de los marines llenaron el muelle. Su compañero llegó jadeando, se quedó boquiabierto ante la escena y apenas logró articular palabra antes de soltar una carcajada incrédula.

“Kibai… ¡por todos los cielos! ¡Lo has hecho pedazos!”

El mink se limitó a envainar a Raimei y limpió la sangre de su costado. Parecía que iba a necesitar unos cuantos puntos..

“Tan solo hice mi trabajo” respondió.

Joss lo golpeó suavemente en el hombro, sonriendo con orgullo.

“No, compañero. Hoy has ayudado a medio distrito. Créeme, te lo van a agradecer más de lo que piensas.”

Kibai alzó la vista hacia la luna, que seguía brillando tranquila como si nada hubiera ocurrido.

“Tché… Ni que yo fuese humano.”

Pero Joss ya estaba riendo mientras lo acompañaba a la enfermería. Aquello sin duda sería algo digno de recordar.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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#2
El regreso al Golden Lion le produjo a Kibai la misma sensación extraña de volver a casa después de un día demasiado largo. Las calles olían a pescado recién descargado, al aceite quemado de los talleres y el cereal fermentado, todo unido a la humedad propia de la noche, mientras un viento extenso barría el puerto como si quisiera borrar los rastros de lo ocurrido en la zona industrial.

Kibai caminaba en silencio. Joss, en cambio, llevaba esa energía inquieta que siempre le brotaba después de un buen susto: hablaba rápido, gesticulaba todavía más rápido y, cada dos pasos, lanzaba miradas de reojo hacia su compañero, como si quisiera asegurarse de que el mink no se desplomara de puro agotamiento. Kibai, como era habitual, no daba ninguna señal clara de cansancio, pero aun así sentía los músculos pesados y una punzada rítmica bajo las costillas, recuerdo del golpe del kanabō. Aunque le habían parcheado, aquello le dolería un par de días.

Cuando cruzaron el umbral del Golden Lion, el murmullo de voces y el olor a guiso de pescado les envolvieron como una manta cálida. La iluminación amable del local contrastaba con el frío cada vez más intenso del exterior. Y, en una esquina del salón, una bandeja flotaba de un lado a otro entre las mesas, inclinándose con un equilibrio imposible para esquivar codos, jarras y taburetes.

¡No me lo creo, Fitto! llamó Joss, alzando una mano.

La bandeja dio un pequeño temblor, como un saludo, y después descendió suavemente. El diminuto Tontatta se asomó por un costado del plato más cercano, con sus habituales ojos brillantes y su sonrisa de quien nunca pierde la disposición de alegrarse por ver a un amigo.

¡Kibai! ¡Joss! dijo el pequeño, saltando a la mesa para quedar a su altura. ¡Por fin volvéis! ¿Cómo fue vuestro día? ¡Yo ya soy empleado oficial! El jefe dice que aumento las ventas solo con existir.

Una carcajada general se elevó desde la mesa contigua; alguien levantó la jarra y brindó por la “bandeja viviente”.

Kibai notó, por primera vez en toda la tarde, cómo la tensión se le aflojaba del pecho. A pesar del cansancio y de la sangre seca bajo las uñas, el ambiente del lugar tenía algo tranquilizador, algo que lo anclaba a tierra firme.

Pero no tuvo tiempo de disfrutarlo.

Porque Joss inhaló profundamente, abrió los brazos y gritó, como solo él sabía hacerlo:

¡¡OID, EL MINK SE HA CARGADO AL TRIGUERO ÉL SOLOOO!!

Media taberna se volvió hacia ellos. Un silencio de impacto cayó sobre el salón, seguido de un murmullo que se extendió como fuego entre la clientela.

Kibai sintió que la piel bajo el pelaje se le encendía. El impulso inmediato fue esconder la cabeza bajo la gorra, pero no la llevaba consigo. El segundo impulso fue marcharse por la puerta. Tampoco era opción. Así que lo único que pudo hacer fue quedarse allí, con las orejas rígidas, la cola hinchada como un pincel y una expresión que combinaba irritación con un deseo desesperado de que el suelo lo tragara.

Fitto abrió los ojos de par en par.

¿Cómo que… “se lo ha cargado”?  preguntó con voz bajita pero elocuente.

Joss dio una palmada, encantado con la atención.

¡Pues tal cual y como lo oyes! ¡El Triguero, el mafioso de los muelles! ¡El tipo que tenía medio barrio pagando protecciones para no perder sus negocios! ¡Kibai lo dejó seco en el muelle sur! ¡Plas! ¡PUM! ¡De un golpe de esos raros suyos!

Los parroquianos comenzaron a acercarse. Algunos con respeto, otros con curiosidad, unos pocos con esa mezcla imperfecta de temor y admiración que nunca gustaba a Kibai.

Fitto, sin embargo, se giró hacia él con una sonrisa enorme y sincera.

Estoy orgulloso de ti dijo, dandole un golpe en el brazo con su puño diminuto. Eso sí que es ayudar a esta ciudad.

Las orejas de Kibai descendieron apenas un poco, relajándose. Era extraño: podía enfrentarse a hombres armados con un kanabō sin pestañear, pero no sabía qué hacer con un cumplido honesto.

Solo hice mi trabajo repitió, con la esperanza de que nadie añadiera nada más.

Por supuesto, fue una esperanza inútil.

Un hombre desde el fondo levantó su jarra.

¡Por el mink que plantó cara al usurero de los muelles!

¡Y por los marines que aún hacen algo por esta ciudad! añadió otro.

En cuestión de segundos, todo el local estaba brindando. Incluso el dueño, desde detrás de la barra, levantó una copa en su dirección.

Joss le dio un codazo a Kibai, risueño hasta la médula.

¿Ves? Te dije que te estabas integrando.

Kibai suspiró, resignado, mientras Fitto escalaba su brazo para situarse a la altura de su hombro.

Tché, ni que fuese humano… murmuró.

Pero esta vez, en el fondo de ese bufido, había un matiz distinto. Algo que, aunque él nunca lo admitiría, se parecía peligrosamente a satisfacción.
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#3
La mañana siguiente al arresto de Garruk el Triguero no trajo consigo la paz que Kibai esperaba. El sol de Roshwan, siempre pálido y distante, se filtraba por las altas ventanas de los barracones de la Marina, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire frío. Kibai estaba sentado en su litera, con el torso al descubierto. El pelaje de leopardo de su costado estaba apelmazado por el ungüento medicinal, y una serie de puntos de sutura, dados con una precisión quirúrgica que le recordaba a las garras de un médico de Zou, cerraban la herida que el barril astillado le había provocado.

Cada vez que respiraba hondo, un pinchazo de dolor le recorría las costillas. Gruñó por lo bajo, un sonido gutural que hizo que un recluta que pasaba por allí acelerara el paso.

"No deberías moverte tanto, compañero" dijo Joss, entrando en la habitación con dos bandejas de metal que humeaban. "El médico dijo que si se te saltan los puntos, te los daría sin anestesia la próxima vez. Y ese hombre tiene cara de cumplir sus promesas."

Joss dejó una de las bandejas frente a Kibai: gachas de avena, un par de manzanas y una jarra de leche caliente. Kibai miró la comida con escepticismo, pero su estómago, que parecía haber olvidado que ayer solo cenó gloria y sake, rugió en señal de protesta.

"¿Qué se comenta en el patio?" preguntó el mink, empezando a pelar una manzana con una de sus garras.

Joss se sentó en la litera de enfrente, con una expresión que bailaba entre el orgullo y la preocupación.

"Que qué se dice? Se dice de todo. Algunos de los veteranos están impresionados; dicen que no habían visto a un recluta tumbar a un tipo del tamaño de Garruk en bastante tiempo. Aunque hay otros que dicen que no era para tanto. Pero…" 

Joss bajó la voz, mirando hacia la puerta. 

"También he oído que en las oficinas no están tan contentos. He oído que los contables están hechos una furia. Parece que Garruk no solo extorsionaba al puerto, sino que también era el principal contratista de suministros para la base. Ahora hay un montón de papeles sin firmar y barcos que no saben si descargar o no."

Kibai dejó la manzana a medio pelar. Sus orejas se plegaron hacia atrás.

"¿Me estás diciendo que la Marina está molesta porque he detenido a un criminal que les facilitaba la logística?"

"Te estoy diciendo que la Justicia a veces tiene demasiada burocracia, Kibai."

En ese momento, la puerta del barracón se abrió, dando paso a uno de los alguaciles.

"Recluta Kibai, preséntese a la mayor brevedad en las oficinas de comandancia."

"Creo que sea cual sea la circunstancia, lo descubriremos pronto" dijo Kibai incorporandose. 

"Suerte, compañero. Con lo que sea, ven a verme"

Una hora después, Kibai se encontraba frente a la puerta de madera reforzada de la oficina del Comandante de la base. Se había puesto el uniforme de gala, aunque la chaqueta le apretaba incómodamente sobre el vendaje. Raimei colgaba de su cinturón, confortándole con su familiar peso contra la cadera.

"Adelante" dijo una voz seca desde el interior.

El Comandante de la base de Roshwan era un hombre que parecía haber sido tallado en el mismo granito que las montañas de la isla. Tenía el pelo canoso cortado al cepillo y unos ojos grises que analizaban todo como si estuvieran buscando una debilidad estructural. Sobre su escritorio, un informe detallado con el sello de "Incidente en el muelle sur".

Kibai se puso firme y saludó. El hombre no le devolvió el saludo de inmediato; se limitó a observarlo durante lo que parecieron minutos.

"Recluta Kibai" dijo finalmente. "Has causado un problema considerable."

"Señor, el sujeto estaba extorsionando a la población civil y admitió crímenes de tráfico humano" respondió Kibai, manteniendo la vista al frente.

"Lo sé. He leído tu informe y el del recluta Joss. También he recibido a tres comerciantes del puerto esta mañana que un poco más y querían erigir una estatua en tu honor." El comandante suspiró, una exhalación pesada que olía a tabaco frío. "Pero también he recibido llamadas de la Intendencia del Sector. Garruk tenía contratos firmados. Ahora, esos contratos son nulos y la base se enfrenta a una escasez de suministros de invierno."

El comandante se levantó y caminó hacia la ventana.

"En la Marina, la Justicia no es solo derrotar al mal, Kibai. Es asegurarse de que el vacío que deja ese mal no lo llene algo peor, o el hambre. Actuaste sin órdenes, sin un plan de contingencia y sin apoyo oficial."

Kibai sintió que la sangre le hervía bajo el pelaje.

"Lo siento, señor, si un depredador ataca el rebaño, no esperamos a un plan de contingencia. Mordemos."

El hombre se giró bruscamente. Su mirada era firme, taladrando  Kibai como un hierro candente.

"Esto no es Zou. Esto es la Marina. Y aquí, el morder sin que te lo ordenen te convierte en un peligro para la unidad."

El silencio que siguió fue tenso. Kibai pensó por un momento que le ordenarían entregar sus galones y limpiar los establos durante un mes. Sin embargo, el comandante volvió a sentarse.

"Sin embargo… los resultados son innegables. Has limpiado los muelles y has devuelto la fe en el uniforme a una ciudad que la estaba perdiendo. Por eso, no te voy a arrestar. Pero vas a limpiar tu propio desastre."

El Comandante le lanzó una carpeta azul.

"Garruk no operaba solo. Alguien en esta base, o en el gobierno local, le daba el visto bueno a sus contratos a pesar de su reputación. Investiga quién era su contacto. Tienes libertad de movimiento en el distrito comercial, pero si vuelves a sacar esa espada sin una orden directa, me encargaré personalmente de que tu próxima patrulla sea en Impel Down. Con el uniforme de preso. ¿Entendido?"

"Sí, Comandante." respondió Kibai, agarrando la carpeta.


Al salir de la oficina, Kibai se encontró con Joss, que lo esperaba apoyado en una columna, mordisqueando un palillo.

"¿Y bien? ¿Te someten a un consejo de guerra, o te dan una condecoración?"

"Ni una ni la otra. Una investigación" gruñó Kibai, mostrándole la carpeta. "Tenemos que encontrar quién ayudaba a Garruk desde dentro."

"¡Eh, pero si eso es una buena noticia!" exclamó Joss, dándole una palmada en el hombro, que Kibai esquivó por poco. "Eso significa que el Viejo confía en nosotros para el trabajo sucio. Vamos, pasemos por el Golden Lion. Si hay secretos en esta isla, Fitto los habrá oído flotando entre las mesas."

El camino hacia el Golden Lion fue diferente esta vez. Los ciudadanos ya no bajaban la cabeza al verlos pasar. Un pescador le regaló un pequeño amuleto de madera tallada; una anciana le ofreció una bolsa de galletas de jengibre. Kibai aceptaba los regalos con una torpeza casi cómica, sin saber muy bien dónde meter tantas muestras de afecto.

Cuando llegaron a la taberna, el ambiente era vibrante. Fitto estaba en su salsa, saltando de hombro en hombro para tomar pedidos con una velocidad asombrosa. Al ver a Kibai, el Tontatta se lanzó desde una jarra de cerveza y aterrizó con gracia sobre la cabeza del mink.

"¡El gran Kibai ha llegado!" anunció Fitto a gritos. "¡Hagan paso para el brazo peludo de la ley!"

"Bájate ya, Fitto." murmuró Kibai, aunque no hizo ningún movimiento para quitarlo de allí. "Necesitamos información. ¿Quién era el mejor amigo de Garruk aparte de su propio kanabō?"

Fitto se rascó la barbilla, pensativo.

"Garruk siempre hablaba de un tal "Escarcha Oscura", pero eso suena muy dramático, ¿verdad? Lo que sí sé es que cada dos semanas, un carruaje con el sello de la Administración de Aduanas venía a su almacén. No descargaban comida, Kibai. Cargaban cajas pesadas que olían raro, como a…" Fitto arrugó la nariz "…a metal dulce. Como el aceite que usan para las armas."

Kibai y Joss intercambiaron una mirada.

"Contrabando de armas" dijo Joss, perdiendo su habitual tono bromista. "Eso explicaría por qué los contratos de comida eran tan importantes. Eran la tapadera perfecta para mover material militar."

"Si las armas salían de la base, el contacto tiene que ser alguien con acceso al arsenal" concluyó Kibai.

"Deberíamos ir a echar un ojo al almacén de dónde provenían esas cajas, solo por si acaso."

"Coincido."

Tras depositar un par de berries en la barra y rematar sus jarras, ambos marines se despidieron de Fitto el cual negó con la cabeza. 

"No, no, no. Estás tú que me pierdo otra."

Dando un salto, el Tontatta se introdujo en el bolsillo de la chaqueta de Kibai.

"Fitto, no eres un Marine, no puedes..."

"Y quien me va a decir nada, eh? Para eso tendrían que verme primero... Además, corro más que vosotros y quepo por huecos pequeños. Voy y punto."

Decidieron investigar el edificio de Aduanas esa misma noche. La nieve había vuelto a caer, cubriendo Roshwan con un manto de silencio sepulcral. Se movieron como sombras: Kibai aprovechando su agilidad natural y Joss intentando, con más o menos éxito, no hacer ruido con sus botas de marine. Llegaron a los almacenes de la zona este, cerca de donde Garruk solía operar. Kibai se detuvo en seco. Sus orejas se agitaron en la brisa nocturna, captando ruidos sordos más adelante.

"Espera, Joss. Oigo algo. Pisadas metálicas. Más de dos personas."

Se ocultaron tras unas cajas de suministros médicos. Desde allí, vieron a un grupo de hombres con capas oscuras cargando cajas en un pequeño barco velero. No eran matones comunes; se movían con disciplina militar. Entre ellos, un hombre con el uniforme de oficial de la Marina, un Sargento, por las insignias, supervisaba la operación.

"Eh, lo conozco. Es el Teniente Vane." susurró Joss, atónito. "Es el responsable del inventario de la base."

Kibai sintió una punzada de rabia. Mientras él y Joss se jugaban el pellejo patrullando con frío, alguien desde dentro estaba vendiendo la seguridad de la isla.

"Tenemos que detenerlos." dijo Kibai, llevando la mano al mango de Raimei.

"Espera." Joss le sujetó el brazo. "Son demasiados y estos no son maleantes de poca monta a los que puedas atravesar como un cuchillo la mantequilla, son soldados entrenados. Si atacamos ahora, nos acusarán de insubordinación. Necesitamos una prueba física de lo que hay en esas cajas."

Kibai miró a Fitto, que asomaba la cabeza desde el bolsillo de su chaqueta. El pequeño Tontatta asintió, entendiendo la misión sin palabras. Con una agilidad que dejaría en evidencia a cualquier espía, Fitto se deslizó por el suelo nevado, convirtiéndose en una mancha invisible. Trepó por el casco del barco y, en menos de un minuto, regresó con un pequeño albarán que había arrancado de una de las cajas abiertas.

Kibai leyó el papel bajo la luz de la luna. Sus ojos se abrieron de par en par.

"Esto no son solo armas comunes, Joss. Son rifles del Gobierno Mundial. Marcados para ser destruidos por defectuosos, pero están operativos. Se los están vendiendo a los traficantes de armas que operan en el South Blue.

"¡Malditos bastardos!" siseó Joss.

Pero antes de que pudieran retirarse para informar, el sonido de una rama rompiéndose bajo la bota de Joss rompió el silencio.

"¿Quién está ahí?" gritó el Teniente Vane, desenvainando su sable. "Parad la carga y enceded los candiles ¡Registrad la zona!"


"Tenemos que largarnos de aquí, o nos matarán a todos." dijo Kibai.

"Estoy de acuerdo. Tenemos las pruebas necesarias. Lo único que tenemos que hacer ahora es asegurarnos de que lleguen a quien tienen que llegar."

"Pues vámonos, Fitto, adentro." dijo Kibai abriéndose la chaqueta.

Pero el Tontatta negó con la cabeza, haciendo estiramientos con sus brazos.

"Os conseguiré tiempo. A mi no me esperan, y puedo desaparecer facilmente en cualquier esquina. Largaos."

"Ni de broma, amigo" protestó Joss, pero Fitto ya no estaba allí.

Al poco rato, ambos empezaron a escuchar gritos en los almacenes, con Fitto burlándose de los Marines con una voz intencionadamente aflautada a ratos, y cómicamente grave a otros.

"Vámonos, ese canijo sabe lo que hace, y nosotros tenemos un papel que entregar" dijo Joss palmeando el hombro de Kibai. "Sabrá arreglárselas."

El mink negó con la cabeza y salió corriendo de vuelta a la base de la Marina.
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#4
Al cabo de dos días desde su incidente en los almacenes, Kibai aún no había tenido noticias de que se hubiesen tomado medidas contra el teniente Vane. Por suerte, Fitto había aparecido al cabo de unas cuantas horas, cuando los soldados se habían cansado de buscarle por todos los recodos del alamcén mientras el Tontatta aguardaba tranquilamente escondido sobre una viga. Kibai volvía de su patrulla diaria cuando uno de los oficiales le comunicó que al día siguiente el Triguero sería trasladado para su internamiento definitivo, cosa que alegró sobremanera al mink, al recibir al menos una buena noticia. Tras algo de insistencia, consiguió que lo asignasen a la escolta que trasladaría al criminal hasta su destino definitivo.

La mañana del traslado de Garruk el Triguero amaneció con un aroma a tormenta inminente. El cielo sobre Roshwan se había teñido de un gris plomizo, y el viento soplaba con una saña que hacía crujir los mástiles de los barcos en el puerto. En el patio central de la base, un carruaje de transporte blindado, reforzado con planchas de acero y barrotes de gran grosor, esperaba con las puertas abiertas a su ocupante. La marina no había reparado en gastos para asegurar que el Triguero llegase a su destino.

Kibai se ajustó la vaina de Raimei al cinturón con un semblante sombrío. A su lado, Joss revisaba su fusil estándar con una expresión inusualmente seria. El grupo de escolta estaba compuesto por doce marines, bajo el mando del sargento de guardia.

—"Bien muchachos, ya sabéis lo que hay, mantened los ojos abiertos." —ordenó el sargento—. "Este bastardo todavía tiene amigos con deudas de gratitud y bolsillos llenos de su oro. No quiero sorpresas hasta que ese pedazo de escoria esté en el barco prisión."

Garruk fue sacado de las celdas encadenado de pies y manos. Al pasar frente a Kibai, el gigante se detuvo. Sus ojos pequeños y astutos brillaron con un odio visceral.

—¿Crees que esto se ha acabado, gatito? —susurró con una voz que parecía el crujir de piedras—. Solo me habéis dado un descanso.

Kibai no parpadeó mientras le sostenía la mirada. Sus orejas se plegaron levemente sobre su cabezacomo único signo de respuesta.

—Sube al carro, Garruk. Tu siguiente descanso será en una celda sin ventanas. No querrás llegar tarde...

El convoy se puso en marcha. Kibai y Joss flanqueaban el carro cada uno por un lado con otros dos marines, mientras el resto de la patrulla se distribuía delante y detrás. El camino hacia el puerto secundario, donde esperaba el barco prisión de la Marina, cruzaba un desfiladero estrecho de altas paredes de granito. Era una ruta lógica por seguridad, pero Kibai sentía una que algo no iba del todo bien. Haciendo un gesto a uno de sus compañeros del otro lado del carro, cambió posiciones con él para acercarse a Joss.

—Oye, compañero—murmuró Kibai, bajando el tono de voz para que el Triguero, que lo mieraba con una expresión de socarronería, no los oyese—. Hay algo aquí que no me gusta. Esto está demasiado silencioso.

—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Joss, aferrando el arma.

—Un poco de tranquilidad está bien. Esto, esto es demasiado.

Justo cuando el carruaje blindado alcanzó el punto más estrecho del paso, un silbido agudo rasgó el aire. Un sonido que Kibai reconoció al instante, ayudado también por el súbito aroma a pólvora que le invadió. No era un pájaro. Era el sonido de una mecha encendida.

—CUIDADO! —rugió el mink.

¡BOOM!

Una explosión masiva de dinamita, colocada estratégicamente en la cima de la pared rocosa, hizo que una lluvia de escombros cayera sobre la vanguardia. El estallido principal obligó a los marines a detener el convoy para evitar la mayor parte del derrumbe pero aquello había sido una mera distracción. Al mismo tiempo, una segunda carga, oculta bajo la nieve del camino, detonó justo debajo de los ejes del carruaje.

El pesado vehículo saltó por los aires, volcando de costado con un estruendo metálico que hizo eco en todo el cañón. Los caballos relincharon de terror y el humo negro de la pólvora cegó a los escoltas.

—¡Posiciones defensivas! —gritó el sargento, pero su voz fue ahogada por una descarga de fusilería.

Desde los salientes de las rocas, una veintena de hombres armados, algunos de los cuales Kibai reconoció de su ataque al alamcén como los restos de la banda del Triguero, junto con otros cuantos que no conocía, abrieron fuego. Los marines se replegaron a trompicones, buscando cobertura tras las rocas o el carro volcado.

Kibai saltó detrás de una roca justo antes de que una bala le atravesara un lateral de la capa. Sus ojos se dilataron, buscando entre el humo. Fue entonces cuando la vio.

En lo alto de una roca prominente, una mujer de cabello verde corto y ojos del mismo color observaba el caos con una calma aterradora. Vestía un uniforme de cuero ajustado y portaba dos pistolas de cañón largo con filigranas de plata.

—Vaya, vaya —dijo la atacante. Curiosamente, su voz clara y melodiosa se escuchaba perfectametne incluso sobre el estruendo del combate—. Así que ese es el famoso Mink que detuvo al Triguero. No te voy a mentir, esperaba a alguien... más grande.

Kibai arrugó el entrecejo, extrañado. A su alrededor, los marines ya se posicionaban. Joss, arrastrándose para no perder la cobertura, se parapetó cerca de Kibai.

— Conozco a esta mujer. Su nombre es Emerald. Es una mercenaria, y no de las baratas. Nuestro amigo ha debido decidir tirar la casa por la ventana con tal de salvar el pellejo — le dijo Joss al mink mientras comprobaba su monición.

Emerald no esperó respuesta. Saltó desde la roca, girando en el aire. En pleno descenso, sus pistolas escupieron fuego. Cada disparo fue un prodigio de precisión: inutilizó las cerraduras de las cadenas de Garruk que aún colgaban del carro y abatió a dos marines que intentaban reagruparse cerca de la puerta trasera.

—¡Emerald! —rugió Garruk, emergiendo de los restos del carruaje, ensangrentado pero libre—. ¡Has tardado demasiado!

—Menos quejas y más correr, Triguero. No me pagas lo suficiente como para aguantar tus berrinches. Agradece que te estoy sacando de aquí —respondió ella, recargando sus armas con un movimiento de muñecas tan rápido que Kibai apenas pudo seguirlo con la vista.

El mink no pudo aguantar más y cargó hacia ella, desenvainando a Raimei.

—¡Tú! ¡Detente!

Emerald le dedicó una sonrisa gélida. Levantó una de sus pistolas y disparó tres veces. Kibai saltó a un lado, esquivando dos de los proyecyiles e interpuso el filo de la espada ante el tercero, desviándolo contra la pared rocosa, aunque sintió el impacto de la energía cinética en su brazo.

—Eres rápido, marine, te lo concedo. —dijo Emerald mientras enfundaba una de las armas y sacaba una esfera de cerámica provista de una mecha corta. Con un solo gesto, arrancó una lluvia de chispas con el cañón de su otra pistola y lanzó la granada a los pies de Kibai—. Pero hoy no eres mi objetivo.

Cuando la granada impactó, una gran cortina de humo negro y denso envolvió al mink. Cuando Kibai logró disiparlo con un tajo de viento de su espada, el lugar estaba desierto. Los mercenarios habían usado cuerdas y poleas preparadas de antemano para izar a Garruk por la pared del desfiladero.

—¡Se lo llevan! —gritó Joss, que tenía un rasguño en la frente pero seguía en pie.

Los marines restantes dispararon hacia las alturas, pero los hombres de Garruk ya estaban desapareciendo por los senderos ocultos de la montaña, protegidos por el fuego de cobertura de Emerald, quien, desde la cima, lanzó un último disparo que impactó en el fusil de Joss, inutilizándolo sin tocarle un dedo. Sonriendo con suficiencia, la mujer guardó sus armas y desapareció del filo del risco.

El sargento de guardia estaba furioso, atendiendo a los heridos mientras maldecía a los cuatro vientos a través de su Den Den Muchi. El carruaje era un amasijo de hierro humeante.

—Malditos sean esos bandidos y el oro que los ha contratado. Han conseguido escapar. —dijo el sargento, golpeando el metal—. Esa gente conoce bien estos parajes. Para cuando traigamos refuerzos, estarán en el otro lado de la isla o en un barco pirata.

Kibai caminó hasta el centro del cráter de la explosión. Se arrodilló, ignorando el olor a azufre. Sus fosas nasales vibraron. Debajo del olor a pólvora y sangre, había algo más. El aroma rancio de la cebada de Garruk, el sudor de los mercenarios y... un rastro sutil, casi imperceptible, de perfume de jazmín y aceite de armas de alta calidad. Emerald.

—No han escapado, señor. —dijo Kibai, levantándose. Sus ojos brillaban con una intensidad decidida. Su instinto, esa sensación de euforia que se le despertaba cada vez que tenia una presa al alcance, estaba dando palmas.—. No sé si exactamente, pero creo que puedo discernir por dónde se han ido.

Joss se acercó, limpiándose la sangre de la cara.

—Kibai, el sargento dice que debemos esperar a los refuerzos. Es una veintena contra nosotros. Y sin contar a esa mercenaria.

Kibai miró hacia las cumbres nevadas. Su cola se movía con una impaciencia peligrosa.

—Si esperamos, Garruk desaparecerá. Esa mujer, Emerald... no es una simple matona. Es profesional. Si queremos atraparlos, tenemos que movernos ahora que el rastro está fresco.

Joss suspiró, pero una sonrisa resignada apareció en su rostro. Recogió un sable del suelo, ya que su fusil era chatarra.

—Tché... odio cuando tienes razón. Además, esa pistolera me debe un arma nueva.

Kibai asintió y se volvió hacia el sargento.

—Señor, quédese con los heridos y asegure el perímetro. Joss y yo iremos tras ellos.

—¿Estáis locos? —exclamó el sargento—. ¡Es un suicidio!

—No. Los seguiremos e informaremos de su posición. Si los mantenemos a la vista, podremos darles alcance en cuanto los refuerzos estén listos. —respondió Kibai, empezando a correr hacia la pared de roca. Dando un salto, extendió las garras, calvandolas en las pequeñas grietas de la pared trepando con la facilidad de un depredador. Por el rabillo del ojo, vio como Joss lanzaba una cuerda con un garfio y la aseguraba antes de emepzar a trepar a su vez—. Además, más que un suicidio, esto es una cacería.


El rastro los llevó por senderos que no aparecían en los mapas de la Marina. Kibai corría a cuatro patas por tramos, ganando una velocidad que obligaba a Joss a esforzarse al máximo para no quedarse atrás.

A medida que ascendían, el olor se hacía más nítido. Garruk era pesado y dejaba huellas profundas en la nieve blanda, aunque había zonas donde el sol, auqnue débil, había derretido la nieve del camino hasta convertirlo en una masa grisácea. Su rastro era ahí más difícil de seguir, pero para el olfato de Kibai, la mazcla del aroma del Triguero y el jazmín de Emerald eran como una línea de fuego en la oscuridad.

—Creo que se dirigen hacia las minas abandonadas de la zona norte de la isla —murmuró Kibai, deteniéndose en un saliente—. Es posible que tengan plaenado ocultarse allí, o reabastecerse antes de continuar.

—Si llegan a las minas, estaremos en desventaja —dijo Joss, jadeando—. Es un laberinto ahí abajo.

Kibai cerró los ojos, concentrándose. Podía oír el eco lejano de risas y el choque de cadenas. Estaban cerca. Pero también detectó algo más: el olor a jazmín se había separado del resto, y provenía de una ladera a su derecha. Mirando hacia aquella dirección, el brillo del sol invernal hizo reflejar su luz en algo brillante.

—¡Joss, Abajo! —gritó Kibai, empujando a su compañero tras una roca.

Un proyectil de alta precisión impactó en el lugar donde estaba la cabeza de Joss un segundo antes, pulverizando el granito.

A lo lejos, sobre un puente de madera natural que conectaba dos picos, Emerald los observaba a través de la mira de un rifle de largo alcance. Saludó con dos dedos en la sien, una burla silenciosa, antes de desaparecer tras una entrada de la mina.

Kibai enseñó los colmillos, sintiendo cómo las garras de sus manos salían afuera en un acto reflejo.

—Esa mujer sin duda está empezando a irritarme —dijo el mink.

—Bienvenido al club —respondió Joss, levantándose—. Establezcamos una posición segura y avisemos a la Base. Si conseguimos refuerzos podremos internarnos en las minas y detenerlos de una vez.
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#5
El rastro de jazmín y aceite de armas se disipó al cruzar el umbral de las minas de la cresta norte, reemplazado por el olor pesado del salitre, la humedad estancada y el hierro oxidado. La oscuridad allí dentro era absoluta, una boca de lobo que habría detenido a cualquier escuadrón ordinario, pero para Kibai, el mundo simplemente cambió de color a un espectro de grises nítidos y vibraciones térmicas.
—Cuidado donde pisas —susurró Kibai, sujetando a Joss por el hombro antes de que su bota hiciera crujir una vagoneta podrida—. El eco aquí dentro es un delator.
Avanzaron por el túnel principal. El olfato del mink trabajaba a pleno rendimiento, filtrando el aire viciado. Garruk no era sutil; su rastro era una mezcla de sudor ácido y el rastro metálico de sus cadenas rozando la piedra. Pero Emerald... ella era el peligro real. Su rastro era intermitente, como si supiera exactamente dónde pisar para no dejar huella, moviéndose por las vigas de madera del techo o los salientes superiores.
—Se han separado —dijo Kibai, deteniéndose en una bifurcación donde las vías se dividían en tres direcciones—. El grupo grande con el Triguero ha bajado al nivel tres. Pero ella... ella se ha quedado atrás.
—Nos está cazando —concluyó Joss, desenfundando su sable con un movimiento lento—. Quiere que nos centremos en el ruido de Garruk para darnos caza en los túneles laterales.
Un destello metálico fue la única advertencia.
¡CLANG!
Kibai reaccionó por puro instinto, interponiendo a Raimei para desviar un proyectil que buscaba su garganta. No fue una bala, sino un cuchillo arrojadizo de acero oscuro. Antes de que pudieran localizar el origen, la risa de Emerald resonó, rebotando en las paredes de piedra y haciendo imposible determinar su posición exacta.
—Sois persistentes, lo admito —la voz de la mercenaria parecía venir de todas partes—. Pero las minas son el reino de los que saben moverse en las sombras. Y vuestro pequeño faro peludo brilla demasiado.
—¡Sal de ahí, cobarde! —gritó Joss, pero Kibai le hizo una señal para que guardara silencio.
Kibai cerró los ojos. Sus orejas rotaron de forma independiente, captando el sutil roce del cuero contra la piedra y el latido rítmico de un corazón humano a unos veinte metros por encima de ellos, en una galería de ventilación.
El mink se agachó, acumulando tensión en sus piernas. El Electro empezó a chisporrotear en sus almohadillas, iluminando brevemente las paredes con destellos azulados.
—Joss, cuando salte, corre hacia el túnel de la derecha. Garruk está intentando llegar a los montacargas del sector sur. Yo me encargaré de la pistolera.
—Kibai, no puedes...
—¡Vete! —rugió el mink.
Sin esperar respuesta, Kibai se impulsó hacia arriba con una fuerza explosiva. Sus garras se clavaron en la roca mientras ascendía por la pared vertical como si la gravedad no existiera. Emerald, sorprendida por la velocidad del asalto, disparó sus dos pistolas en un arco descendente. Las balas silbaron junto a las orejas de Kibai, pero él ya estaba sobre ella.
La mercenaria rodó hacia atrás en la estrecha pasarela de madera, guardando sus pistolas y desenvainando un par de dagas cortas. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de diversión y ferocidad.
—Parece que el gato tiene uñas —dijo, poniéndose en guardia—. Veamos si tu acero es tan rápido como tu nariz.
Abajo, Joss aprovechó la distracción para salir corriendo hacia las profundidades de la mina, siguiendo las instrucciones de su compañero. Kibai y Emerald quedaron solos en la penumbra de la galería superior, dos depredadores de diferentes mundos midiéndose bajo el goteo constante del agua filtrada.
—Tu técnica es buena —admitió Kibai, bajando el centro de gravedad mientras Raimei empezaba a zumbar con energía estática—. Pero cometiste un error: has dejado que un Mink te huela. Y una vez que tengo tu rastro, no hay sombra donde puedas esconderte.
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#6
El choque del acero contra el acero se convirtió en el único sonido dentro de la galería superior, una cadencia frenética que hacía saltar chispas azuladas cada vez que Raimei encontraba el camino hacia las dagas de Emerald. La mercenaria se movía con una elasticidad asombrosa, aprovechando la estrechez de la pasarela para forzar a Kibai a realizar movimientos contenidos. Aunque Emerald intentaba mantener una distancia de seguridad usando tajos rápidos y puñaladas precisas dirigidas a las articulaciones de Kibai, la realidad de la distancia corta empezó a volverse una losa pesada sobre sus hombros; la fuerza bruta de los bloqueos de Kibai le entumecía las muñecas y el mayor taamño de la hoja de la espada contra las dagas de la joven empezaba a notarse en sus propios dedos, obligándola a aflojar el agarre de forma involuntaria.

Emerald retrocedió tres pasos, rozando el borde de la madera podrida con sus botas de cuero, y por un instante la diversión en sus ojos verdes fue reemplazada por una evaluación fría y puramente profesional. Comprendió que, a pesar de su renombre en el South Blue, enfrentarse cuerpo a cuerpo a un Mink en un entorno cerrado era una invitación formal a la derrota, especialmente cuando ese Mink cargaba con el peso emocional de las minas de Roshwan en su espalda. Con una agilidad que desafiaba la fatiga, lanzó una de sus dagas hacia el rostro de Kibai para obligarlo a desviarla, ganando el segundo necesario para llevarse la mano libre a la parte posterior de su cinturón.

— Lo reconozco, marine, me has dado muchos más problemas de los que esperaría tener en un asunto sencillo como este, pero mi trabajo aquí nunca fue derrotarte en un duelo de honor —comentó ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos mientras sacaba un pequeño cilindro metálico—. Garruk ya ha tenido el tiempo que necesitaba para organizar su "comité de bienvenida" y yo ya he cumplido mi parte del contrato.

Antes de que Kibai pudiera lanzarse hacia ella, Emerald golpeó el cilindro contra el suelo y una detonación sorda fue seguida de inmediato por una explosión de cegadora luz blanca, que inundó la galería con un destello cegador. Para un ser con los sentidos tan agudizados como Kibai, el destello fue como un martillazo directo en el cerebro, obligándolo a cerrar los ojos mientras un humo denso y acre, diseñado específicamente para saturar el olfato, llenaba sus fosas nasales con un olor a azufre y productos químicos que anuló momentáneamente el rastro de jazmín. Cuando el pitido en sus oídos remitió y sus pupilas lograron ajustarse de nuevo a la penumbra, la pasarela estaba vacía; solo quedaba el eco lejano de una carcajada y el suave balanceo de un gancho de anclaje que Emerald había usado para desaparecer por uno de los pozos de ventilación laterales.

Kibai apretó los dientes, sintiendo la frustración quemar en su pecho, e hizo el amago de saltar tras ella antes de detenerse en seco. El viento que subía desde las profundidades trajo consigo algo que ningún humo químico podía ocultar del todo: el olor a pólvora de los mosquetes de la Marina y el inconfundible aroma del sudor de Joss mezclado con el miedo de los reclutas. Ignorar a Emerald era un trago amargo, pero dejar que sus compañeros fueran masacrados por el Triguero en la oscuridad del nivel tres era una opción que no podía permitirse. Envainó a Raimei con un movimiento seco y se lanzó por el túnel principal, transformándose en una sombra blanca que devoraba metros con una zancada depredadora, siguiendo la pendiente descendente que conducía hacia el corazón mismo de la montaña.

El aire se volvió más pesado, cargado con una humedad salina que indicaba la proximidad del mar, y el sonido de los disparos se hizo tan nítido que Kibai pensó que podría distinguir el calibre de las armas. Tras deslizarse por una rampa de escombros y atravesar una última mampara de hierro retorcido, el mink desembocó en una gruta colosal que servía como puerto clandestino. La vista era sobrecogedora: el agua del mar golpeaba contra un muelle de piedra donde un balandro de casco oscuro permanecía atracado, con sus velas medio desplegadas y los cañones ligeros de cubierta escupiendo fuego hacia la orilla.

Allí, atrincherados tras una montaña de cajas de suministros y barriles de mineral, Joss y un puñado de Marines de la base de Roshwan mantenían una posición desesperada. El intercambio de disparos era constante, y la situación se veía agravada por varios hombres de Garruk que, parapetados tras los baluartes del barco, tenían un ángulo de tiro superior que mantenía a los soldados de la Marina inmovilizados. Joss, con el uniforme desgarrado y una mancha de sangre en el muslo, intentaba organizar una línea de fuego mientras gritaba órdenes que se perdían entre los estallidos de la artillería ligera del balandro.

Kibai se mantuvo un segundo en la sombra de la entrada, observando el campo de batalla, tratando de discernir cual sería la mejor estrategia para intervenir. Garruk no parecía estar por ninguna parte de la cubierta, probablemente estaría asegurando la carga en las bodegas del barco, pero sus hombres estaban haciendo un trabajo excelente manteniendo a raya a los soldados de la marina. 

Desenvainó a Raimei una vez más, Kibai dejó caer su capa tras de sí con un leve gesto del la mano libre. No era momento de acrobacias ni de juegos de sombras; era el momento de poner fin a la pesadilla de las minas y de demostrarle a Garruk que auqella marina a la que tanto despreciaban era en realidad la tormenta que iba a hundir sus planes. Con un salto que lo proyectó por encima de las barricadas de sus propios compañeros, Kibai se lanzó hacia el muelle, decidido a que el acero de Raimei fuera lo último que los mercenarios vieran antes de que la oscuridad de Roshwan los reclamara para siempre.
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#7
El mink se lanzó al vacío atravesando el vacío del acaverna como una flecha. Según sus pies tocaron el suelo, se propulsó de un salto contra la cobertura, girando su cuerpo para chocar de espaldas contra una caja de madera. Joss se sobresaltó al notar la presencia del mink a su lado. El joven mantenía su rifle apoyado sobre un barril de mineral de hierro. Auqnue parecía bastate ileso, a Kibai no se le escapó el aroma a sangre que despedía el uniforme desgarrado del humano.

—Ya era hora, Kibai, maldita sea... ¿Y Emerald, te has encargado de ella? —preguntó Joss mientras disparaba de nuevo por encima de su hombro derecho.

—Emerald era una joya preciosa, pero ha perdido su brillo y se ha marchado —respondió con un tono seco.

Joss parpadeó con una expresión de total incredulidad, mientras trataba de digerir si las palabras de su compañero iban en serio.

—Se ha escapado por los conductos superiores. No le han pagado para que muera aquí, solo para que nos retrasase y ese desgraciado llegase hasta el barco. —aclaró el mink para terminar con la duda.

Joss suspiró y golpeó el cargador de su arma contra la palma de la mano.

—Esos malditos tiradores nos tienen inmovilizados en este muelle. Si seguimos así, se las arreglarán para dejarnos sin munición y escapar tan tranquilos... —explicó el marine con frustración.

Varios mercenarios disparaban desde la borda del balandro sin parar. Sus proyectiles impedían que los marines avanzaran hacia las pasarelas de embarque. Kibai observó la estructura del casco que se mecía en el agua negra. Algunas cuerdas gruesas colgaban desde la cubierta hasta la línea de flotación.

—Podría tratar de realizar un movimiento de flanqueo —propuso.

Joss asintió mientras observaba el rostro decidido de su compañero.

— Si lo consigues, podríamos tomar la cubeirta y dejar a Garruk sin escapatoria esta vez. Hazlo. Mantendremos un fuego intenso para cubrir tu avance —prometió el soldado.

El plan exigía una coordinación perfecta entre el grupo y el mink. Kibai debía alcanzar el lateral del barco sin ser detectado por los vigías. La distracción de los disparos facilitaría su infiltración solitaria.

Ni corto ni perezso, el mink se desplazó entre las sombras de las cajas apiladas. Las balas silbaban sobre sus orejas con un sonido agudo. Al llegar al borde del muelle de piedra, se deshizo de su capa para lanzarse al agua. Manteniendose bajo la sperficie en la medida de lo posible, nadó hacia el costado de la nave, evitando la luz de las antorchas que colgaban de los mástiles. Al llegar al casco, Kibai clavó sus garras en las ranuras de las tablas con firmeza. ascendiendo hasta alcanzar una de las cuerdas que colgaban del borde de la cubierta.

Al dejarse caer sobre los tablones, sus orejas captaron al momento las voces roncas de los hombres de Garruk. Los tiradores celebraban su dominio sobre los soldados atrapados en tierra, animándose entre ellos a seguir disparando. No sospechaban que una amenaza se encontraba a pocos centímetros de sus espaldas. Kibai saltó sobre el primer guardia sin una sola palabra que delatase su posición. Raimei cortó el aire con una velocidad aterradora. El hombre cayó sobre las tablas sin proferir un solo lamento. El segundo enemigo intentó girar su cuerpo hacia la izquierda. pero el filo de la espada de Kibai resultó más rapido que sus reflejos. El tercer tirador soltó su arma debido al pánico repentino. Un tajo preciso lo neutralizó antes de que pudiera pedir ayuda.

Kibai recuperó el aliento mientras observaba el desorden de la nave. El barco estaba repleto de mercancía. Grandes cajas cuadradas parte del espacio central, y el olor a aceite y pólvora proveniente de la bodega hacía obvio que aquella nave no trasnportaba pescado, precisamente. Tras hacer una seña a sus compañeros, el mink caminó hacia la popa con cautela, descubriendo un Den Den Mushi descolgado. Temeroso de que refuerzos estuviesen en camino desde alguna parte, Kibai utilizó su espada para cortar las cuerdas de las velas mayores. El lienzo pesado cayó sobre la cubierta con un estruendo sordo, privando al balandro de su capacidad de maniobra.

Un estruendo violento sacudió la estructura entera del barco. El sonido provenía de la sentina que se encontraba bajo sus pies. Las tablas del suelo saltaron por los aires en una explosión de astillas. Una figura masiva emergió desde la oscuridad del casco. Garruk el Triguero apareció ante Kibai como una tormenta a punto de estallar. El gigantón respiraba de forma agitada , y sus ojos inyectados en sangre buscaban al responsable de haber destruido gran parte de lo que había organizado en aquella isla. Empuñaba de nuevo su kanabo de hierro negro, tan oscuro que parecía absorber la luz.

—Maldito gato de las narices! —rugió Garruk con una voz profunda.

—Pienso usar tu piel de mink para forrar mi próxima silla —continuó el gigante, soltando una carcajada ronca. — Te arrancaré esas orejas ridículas y las usaré como amuletos para avisar al próximo marine que se ponga ante mi. Tu estirpe entera es un error de la naturaleza, un desperdicio de carne que solo sirve para ser cazada y troceada. Qué se siente al saber que tu último aliento olerá a madera podrida y a mi victoria, maldito despojo?

Kibai se giró con una calma glacial hacia el criminal de Roshwan.

—Ya te detuve una vez antes, Garruk —recordó el mink con un tono gélido.

El gigante soltó una carcajada ronca que retumbó en la caverna.

— Esta vez no habrá cadenas que puedan contener mi fuerza —respondió el Triguero.

Kibai realizó un gesto formal de saludo con su espada Raimei. Su mirada era penetrante y no mostraba ningún signo de temor. Una sonrisa leve apareció en el rostro del mink, y a su pesar, notó como sus colmillos asomaban entre sus labios.

— Garruk el Triguero, queda usted bajo arresto formal en nombre de la Marina —anunció Kibai con el tono más formal al que pudo acudir. — Se le acusa de piratería, contrabando de mineral y resistencia violenta a la autoridad. 

Una sonrisa leve, casi imperceptible, curvó los labios del mink, dejando que la punta de sus colmillos asomara bajo la luz de la luna que se filtraba por las grietas superiores. Era la sonrisa de un depredador que finalmente había encontrado a una presa digna de su esfuerzo.

—Le conmino formalmente a que se entregue y no oponga resistencia al arresto —añadió Kibai. — Sería una lástima que este hermoso barco terminara convertido en su ataúd de madera debido a su cabezonería.

Garruk respondió con un rugido de rabia pura que silenció cualquier otro sonido en la gruta. El gigante levantó su kanabo de bandas metálicas por encima de su cabeza, preparándose para una carga demoledora. Kibai flexionó sus rodillas, bajando su centro de gravedad mientras sus sentidos se expandían por toda la cubierta.

Era la hora de acabar con aquella disputa de una vez por todas.
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#8
Kibai no perdió el tiempo y se lazó hacia delante, desdibujándose por el movimiento. Sus zarpas traseras golpearon las maderas del balandro con un ritmo frenético, buscando cerrar la distancia para que la longitud de Raimei pudiera encontrar un resquicio en la guardia del gigante. Sin embargo, la ofensiva inicial del mink chocó contra un muro de acero. Garruk, a pesar de su volumen, movía el kanabo con una precisión más que notable, trazando arcos amplios y pesados que obligaban a Kibai a frenar en seco o a realizar acrobacias desesperadas para no ser convertido en pulpa como una fruta madura. El aire silbaba con cada movimiento del arma del Triguero, una masa de hierro que parecía devorar el espacio vital del mink.

Tras los primeros choques, una punzada de preocupación recorrió la espina dorsal de Kibai. Cada vez que Raimei bloqueaba un envite, la vibración del impacto subía por sus brazos, entumeciéndole los hombros. No era solo la fuerza bruta; era la inercia. El peso del kanabo, sumado a la potencia física de Garruk, estaba diseñado para desgastar al oponente. El mink se dio cuenta de que, a este ritmo, sus articulaciones cederían mucho antes de que el gigante se cansara. Lo que más le inquietaba era la vitalidad del criminal; en su anterior encuentro en el puerto, Garruk parecía una sombra de lo que era ahora. Sus movimientos eran más fluidos, sus ojos estaban más claros y su resistencia parecía inagotable.

Aprovechando un barrido horizontal que astilló un barril de suministros cercano, Kibai dio un salto prodigioso hacia atrás, aterrizando sobre una de las cajas de mineral con la respiración entrecortada.

— Lo reconozco, parece que te mueves mejor que la última vez, Triguero — comentó Kibai, sin bajar la guardia, observando cómo el gigante recuperaba su posición sin rastro de fatiga—. En el puerto parecías bastante más lento.

Garruk soltó una carcajada ronca y cargada de desprecio. Se tomó un segundo para escupir a un lado, una mezcla de flema y sangre que manchó la cubierta.

— ¿En el puerto? — Garruk mostró sus dientes amarillentos en una sonrisa feroz. — Aquel día, maldita bestia peluda, estaba celebrando la "recolecta de tributos" de mis muchachos en el puerto. Llevaba encima más alcohol del que tú has visto en toda tu vida de perro faldero de la Marina. Estaba prácticamente inconsciente de pie.

El gigante apuntó el extremo reforzado de su kanabo directamente al pecho de Kibai. El hierro negro brilló con un matiz aceitoso bajo la luz de las antorchas.

— Pero hoy no hay alcohol, ni celebraciones que valgan — declaró Garruk con una voz que retumbó en las cuadernas del barco. — Estoy al cien por cien de mis capacidades. Y por eso, soldadito de pacotilla, no saldrás vivo de esta mina. ¡Tu cabeza será el trofeo que adorne la pared de mi próximo establecimiento!

Con un rugido que sacudió los pulmones de los marines que aún se atrincheraban en el muelle, Garruk se lanzó al ataque. Kibai, con una sombría determinación grabada en el rostro, aceptó el desafío. Sabía que no podía permitirse más errores. Intentó flanquearlo, usando su velocidad para atacar desde los ángulos, pero el Triguero parecía haber anticipado cada uno de sus movimientos. En un giro inesperado, Garruk soltó una mano del kanabo para ganar velocidad y, aprovechando que Kibai estaba en pleno salto, descargó un golpe lateral con la base del arma.

El impacto fue brutal. Kibai no tuvo tiempo de bloquear completamente y el golpe le dio de lleno en el costado. El aire abandonó sus pulmones en un quejido ahogado mientras su cuerpo era proyectado varios metros hacia atrás. Atravesó el espacio como un fardo de ropa vieja hasta estrellarse violentamente contra la barandilla de madera de la popa. El impacto fue tan fuerte que la madera se astilló, dejando a Kibai colgando peligrosamente sobre el agua negra del puerto.

Levemente aturdido, con la vista nublada por puntos de luz y un dolor punzante en las costillas, Kibai intentó reincorporarse. Su instinto le gritaba que se moviera, pero sus músculos no respondían con la rapidez habitual. Garruk ya estaba sobre él, alzando el kanabo con ambas manos para un golpe de gracia que aplastaría al mink contra el muelle.

—¡Y ahra, muere! — gritó el gigante.

Justo cuando el hierro comenzaba su descenso, dos detonaciones secas rasgaron el aire. El primer disparo de rifle impactó directamente en el cabezal del kanabo, desviando la trayectoria del golpe lo suficiente para que la maza se hundiera en la cubierta a centímetros de la cabeza de Kibai. El segundo disparo fue más preciso: la bala de plomo encontró su camino hacia el hombro derecho de Garruk. El gigante soltó un alarido de rabia y dolor, retrocediendo dos pasos mientras se llevaba la mano a la herida que empezaba a sangrar profusamente.

Kibai giró la cabeza hacia atrás, con la mandíbula apretada. En el muelle, parapetado tras un montón de escombros, Joss estaba recargando su rifle con una calma profesional. Introdujo una nueva bala en la recámara y cerró el cerrojo con un chasquido metálico.

—¡Ponte las pilas de una vez, Kibai! — le gritó el joven, con la voz ronca por todo el combat que habían sostenido previamente con los hombres del Triguero. — ¡No hemos venido hasta aquí para recoger tus restos! ¡Detén a ese malnacido antes de que lleguen sus refuerzos y nos superen!

Aquellas palabras actuaron como un jarro de agua fría sobre el mink. La adrenalina volvió a fluir por sus venas, barriendo el aturdimiento. Kibai se puso en pie, apoyándose en Raimei. Sus ojos se fijaron en Garruk, quien ahora bufaba como un toro herido, ignorando la sangre que corría por su brazo.

El combate se reanudó, pero esta vez, el mink había cambiado su estrategia. Kibai ya no intentaba chocar frontalmente contra el kanabo. Había aprendido los patrones de ataque de su rival: los tiempos de recuperación, el peso muerto del arma tras cada golpe fallido y la forma en que Garruk compensaba su herida en el hombro. Aprovecahdno su mayor movilidada, así como la gran variedad de superficies y puntos de apoyo existentes en cubeirta, Kibai se volvivó un borrón difuso. Corrió por las paredes verticales de la cabina de mando, ganando altura para caer sobre Garruk desde puntos ciegos. Se lanzó hacia las jarcias, balanceándose por encima de la cabeza del gigante como una sombra, asestando cortes rápidos y precisos sobre el cuerpo del criminal.

El balandro se convirtió en un laberinto para el Triguero. Cada vez que intentaba golpear, Kibai ya no estaba allí; solo quedaba la madera destrozada y el soplido del viento donde antes estaba el cuerpo dle mink Los cortes de Raimei empezaron a acumularse: en los muslos, en los costados, en los antebrazos. Garruk estaba perdiendo fuerza, su respiración se volvía un silbido agónico y su kanabo parecía pesarle una tonelada.

Desesperado y sintiendo que su vida se le escapaba entre los dedos, el Triguero soltó un alarido gutural que pareció detener el tiempo. Haciendo un movimeinto de barrido circular,demolió una parte de la cabina prinicpla, dejando a Kibai atrapado en la zona delatnera de la nave. Agarrando su arma con ambas manos, concentrando toda la fuerza que le quedaba en un último y definitivo ataque.

¡BLOODY SMASH! 

Kibai no retrocedió. Sus ojos brillaron con una luz gélida y concentrada.

¡GEKKO NO ISSEN! 

En lugar de saltar hacia atrás, Kibai se lanzó hacia adelante, casi rozando el suelo. Se coló por debajo de la trayectoria del kanabo de Garruk en el último isntante posible. El aire desplazado por la maza le despeinó el pelaje, pero el mink ya había iniciado su movimiento. Raimei trazó un arco vertical ascendente, una línea de acero que pareció capturar la escasa luz de la gruta. El filo abrió el pecho de Garruk en un corte limpio y profundo, desde el ombligo hasta el hombro izquierdo, atravesando cuero y carne con una facilidad aterradora.

El Triguero se quedó petrificado. Sus ojos se pusieron en blanco mientras el kanabo se le resbalaba de las manos, cayendo con un golpe sordo contra las tablas. El gigante vaciló un instante, como una torre cuya base ha sido demolida, antes de desplomarse hacia atrás. El impacto de su cuerpo contra la cubierta hizo que el balandro se tambaleara.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía el crepitar de las antorchas y el jadeo pesado de Kibai, que permanecía en posición de guardia, con la punta de Raimei goteando sangre.

Pocos minutos después, los marines de la base comenzaron a abordar el barco. Joss fue el primero en subir, con el rifle al hombro y el uniforme cubierto de hollín. Caminó por la cubierta, observando los destrozos: barandillas rotas, barriles astillados y el cuerpo inerte del Triguero en el centro de aquel caos. Los soldados empezaron a asegurar la zona, comprobando las bodegas y desarmando a los pocos mercenarios que quedaban con vida.

Joss se acercó a Kibai y le dio una palmada en el hombro, no sin cierta admiración en la mirada.

—Menuda carnicería, compañero — comentó el oficial, mirando el pecho abierto de Garruk. — Los mandos van a estar encantado. Con esto, seguramente te asciendan. Te lo has ganado.

Kibai bajó la vista hacia el cuerpo de Garruk. No sentía el triunfo que Joss esperaba. Limpió la hoja de Raimei con un trozo de tela antes de envainarla con un chasquido seco.

— No quiero ningún ascenso por esto, Joss — respondió Kibai. — El Triguero debería haber respondido ante la justicia de forma legítima. Debería haber pasado el resto de su vida en una celda, viendo cómo el mundo que intentó destruir prosperaba sin él. O haber sido condenado a muerte por un tribunal, no acabar así, como un animal sacrificado en la cubierta de un barco de contrabando.


Joss lo observó en silencio durante un momento.

—Bueno, el mundo no siempre es un lugar justo, Kibai. Pero al menos esta noche hay un monstruo menos en el Grand Line. Vamos, cuando terminemos de asegurar esta chatarra y la llevemos a la base, podremos darnos el gusto de tomarnos unas cervezas bien frías donde Filo. Invito yo.

Kibai asintió levemente, permitiéndose una pequeña sonrisa cansada.

—Eso... eso no suena mal — admitió.

Joss se giró hacia el resto de los marines, recuperando su tono de mando.

—¡Venga chicos, movimiento! — gritó. — Asegurad la carga y preparad los cabos. ¡Vamos a sacar este balandro de esta maldita cueva y a llevarlo a casa!

Mientras los marines se movían con eficiencia por la cubierta, Kibai se quedó un momento mirando hacia la salida de la gruta, donde el mar empezaba a clarear con la luz. Aunque Emerald había escapado, al menos las gentes del South Blue se habían librado de una gran amenaza, aunque la forma no acababa de convencerle demasiado, quizás aveces un buen resultado positivo compensaba el no haber logrado seguir totalmente los protocolos de la Marina.
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#9
El viento invernal azotaba las costas de Roshwan mientras el balandro requisado por la Marina navegaba de camino a casa. Kibai apostado sobre una de las vergas del foque, oteaba el horizonte con un punto de intranquilidad. No le gustaba nada que Emerald siguiese suelta, era del tipo de mercenarios que se precia de cumplir siemrpe con su objetivo, y el Trigero estaba ahora en la bodega, capturado y listo para ser entregado a las autoridades para que la Justicia cumpliese con su cometido.

Por desgracia para el mink, su instinto resultó no estar equivocado...

De pronto una deflagración de color verdoso inundó toda la parte trasera de la nave. Kibai escuchó los gritos de los marines varios metros bajo sus pies, y no tardó en llegar a sus fosas nasales el olor de la carne quemada. Desenvainado a Raimei con un siseo agudo, el mink dio un paso hacia delante, dejándose caer desde el palo del foque y aterrizando pesadamente sobre la cubierta.

A pocos metros de él, jugueteando con un tarro de esteatita lanzándolo unos cuantos centímetros en el aire para volverlo a atrapar después, Emerald sonreía juguetonamente, como si todo aquello fuese una simple broma.

— Vaya vaya... No esperaba volver a encontrarte aquí. Pensé que te habría dado esquinazo en las minas, pero te empeñas en volver a cruzarte en mi camino. Eso suele ser una muy, pero que muy mala idea.

Kibai notó como las garras se le desplegaban por acto reflejo. Una cosa era tratar de liberar a un criminal, algo perseguible y con lo que podía hasta empatizar (al fin y al cabo, era un trabajo) pero matar a sus compañeros? Esa línea estaba marcada en rojo. En un rojo muy similar al de la sangre.

Desdibujandose por la rapidez de su movimiento, Kibai se abalanzó sobre Emerald, que le lanzó el tarro de esteatita, moviendo el brazo tan rápido como una serpiente al morder. El mink vio volar hacia su rostro el recipiente, esquivándolo en el último momento, pero cuando se giró de nuevo hacia la humana peliverde, esta ya tenía sus dos armas apuntando hacia él.

El doble disparo resonó en toda la cubierta, y sendos impactos acertaron en Kibai, uno en el hombro derecho y otro rozándole la cadera izquierda. El mink soltó un gruñido de dolor, deteniendo su avance, a la vez que Emerald dejaba caer sus pistolas, renunciando a recargarlas, y extraía sus hojas cortas de las vainas que llevaba en la parte trasera del cinturón.

— Ahora estamos empatados marine, tu estás herido y yo... Bah para que miento, estás jodido, y vas a morir.

Apretando los dientes, Kibai recuperó su postura, listo para iniciar el combate.
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