[Entrenamiento] Golden | Privado [Pasado]
#1
Día 20, Invierno. Año 16.

Ah, los hechos inesperados, ¡que tortuosos resultaban! Especialmente cuando vienen acompañados de cruentas ironías de carácter imbatible, capaces de doblegar inclusive a las mentes más egocéntricas o bien armadas de autoestima, como lo es la del marine albino. Su sonrisa tenue entre las incesantes gotas de lluvia no se mantenía por una suerte de buen humor o mera alegría, más allá del gesto existen cruzadas personales de remordimientos e idealizaciones del "¿qué pudo haber pasado?" en un mundo del que supo escapar vivo, envuelto en manchas de sangre y una soledad creciente que jamás iba a poder rellenar con nada.

¿Y qué proeza ocupó el destino para hacerlo sentir así? Nada demasiado destacable, sólo poner una fruta especial en su camino que comió por accidente. Si al accidente lo llamamos morirse de hambre y ser una rata que, aunque los tuviese, no quería gastar berries para comprarse algo de comer, tragándose lo que creyó comida en el suelo. De haber sabido que aquello cayó de un cargamento particular, ni se habría acercado a la aún más particular fruta que terminó ingiriendo, por azares del destino o quizás, mera suerte.

Lo claro, es que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados desde ese punto.

Lo primero que descubrió, es su reciente incapacidad para nadar, incluso si era algo que siempre se le dio bien. Luego, en el bar, intentando ahogar penas, cuando quisieron tocarlo tras dar una propina, mágicamente se hizo luz, y desde ahí inició una cruenta batalla en donde intentó controlar la intangibilidad de la que fue dotado, entendiendo a la fuerza que quizás había consumido una de las míticas akuma no mi.

Quedó perplejo. Aún en Isla Karate, bajo designio de su sede en Roshwan (desde donde lo ubicaron cuando aún vivía en Sorbet) decidió comunicarse con la marina y explicar su situación, y fue así como el encuentro con un compañero se pactó, en pos de, desde la sutileza por lo sensible del asunto, entrenarlo en las bases de lo que puede hacer la pika pika no mi, la fruta que le otorgó aquellos poderes.

Así se presentó al encuentro, en una tarde lluviosa, donde el fresco hacía mella inclusive por sobre el haori blanco que buscaba abrigarlo. Ingresó a uno de los tantos dojos que se reservó para el enfrentamiento por orden de los superiores de ambos, y al verle ahí, a otro albino, se acercó enérgicamente. Como siempre, Hasegawa llegó tarde.

—¡Yō! ¿Qué tal está mi queridísima camarada? —se colocó frente a él, elevando la diestra y saludando con una energía considerablemente alta. —Lamento que te hayan tenido que molestar para esto, pero verás... Es un desastre, mi cuerpo cambió de una manera surrealista. ¡Como cuando cumples quince y salen pelos donde no sabías que podían salir! Solamente que en este caso los pelos son... luz. —empezó a desvariar, con su humor tan particular y ruidoso.

Se acomodó las gafas que ocultan las iris cerúleas, y continuó hablando —Al menos ya no me hago intangible al tacto, así que supongo que podemos trabajar. ¿Cómo es tu nombre? Yo soy Hasegawa Shin. —se señala al decirlo, ampliando la sonrisa de sus labios y ahora sí, tras abrumar con sus palabras, dejando espacio para la réplica.

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#2
Día 20 de Invierno, año 16. Isla del Karate.

La lluvia arrecia por la tarde.

En la serenidad del dojo, templo de la doctrina marcial que permeaba la isla entera, dos sonidos irrumpieron. El primero fue el murmullo de la tormenta. En los techos de madera y tejas, el agua golpeaba con fuerza, azotada por vientos crecientes y gélidos que provenían del sur. Las malas lenguas decían que con ellos llegaba el núcleo del invierno. La peor época, donde el frío calaba en los huesos y ningún abrigo parecía ser suficiente. Las plantas morían, las articulaciones dolían y los animales dormían, si eran afortunados. Algunos para no despertar jamás.

El otro sonido era... mucho menos armonioso, y para nada natural.

—Uh, dame ese pudin… yo lo ví primero, hijo de…

Estirado cuan largo era sobre un viejo y gastado tatami, Enji dormía. Estaba ataviado en su uniforme de marine, que consistía en un chaleco blanco con detalles en azul, sin mangas, y un pantalón ancho fajado al abdomen. Un hilo de baba corría por su mejilla derecha desde la comisura de sus labios y su cuerpo, desordenado, se había hecho un nudo. Una pierna se cruzaba sobre la otra y un brazo se había quedado atrapado entre su estómago y el tatami, mientras el otro se extendía al lado opuesto. Todo un desastre.

Dormido se relamió los labios y arrugó la nariz, lo que causó un retumbar gutural en su garganta. Un ronquido grave que se fundió con la llegada del trueno y solo por ello pasó desapercibido. Sin embargo, el vibrar del suelo, consecuente a la caída del rayo en los alrededores, logró hacer explotar la burbuja que se había inflado desde su nariz y ese estrépito lo arrancó súbitamente de la ensoñación.

—¿Eh? Ah… —Somnoliento, Enji miró a su alrededor y luego se incorporó. Tomó asiento en el tatami—. Carajo, me dormí. ¿Ford?

Su brazo dormido izquierdo caía, totalmente inerte y faltó de sensación. Enji se giró y la extremidad se agitó como una bandera flameando al viento. Buscó a Ford, su pequeño gato, en la sala, pero todo lo que encontró fue una puerta de papel que se movía sola.

O no sola, precisamente. Detrás de ella apareció alguien.

Enji se encaró al recién llegado y cruzó las piernas en posición de indio. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en sus rodillas —uno, porque el otro no reaccionaba todavía—, y miró a Shin de arriba abajo, pues se le hacía extrañamente familiar.

—Así que tú eres el tarado por el que estoy aquí metido, eh —dijo, y, tras agitar la cabeza, dejó salir un largo bostezo—. Parece que los dos tenemos poderes extraños ahora. Bien. Será entretenido.

Todavía sentado en el centro del salón, estiró el brazo derecho hacia adelante y después hacia arriba, cerrando la mano en un puño apretado. Sus dedos crujieron y en su boca se formó una sonrisa, larga y afilada.

—Soy el sargento Enji, héroe de los mares del este. —La mentira sonaba dulce en su voz, apropiada. Inventaba con la soltura de quién lee un guión cuidadosamente planeado y escrito—. ¿Qué mierda puedes hacer, recluta? Sorprendeme.

Y esperó, a escasos cinco metros del otro recluta, por algo que realmente lo maravillara.

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#3
Un tipo de lo más peculiar, si le preguntaban, pero por supuesto que eso no iba a amedrentarlo considerando que Hasegawa era así, o inclusive mantenía trazos de rareza más profundos en otros sentidos. Los locos suelen entenderse bien y esa norma lo ha perseguido durante toda su vida, esperaba que no comenzase a fallar ahora porque Enji le había sacado una sonrisa genuina, haciéndole gracia su desinterés aparente y el modo en que se presentó.

Asintió repetidas veces cuando le preguntó si era él quien resultaba culpable del encuentro y evitó interrumpirlo, observándolo a la misma distancia de cinco metros inicial. No fue hasta la breve conclusión, en donde le lanza el reto, que se dispone a responder, sin ignorar por supuesto la curiosa presentación a sus títulos y honores en los mares del Este, aunque siendo sincero, dudaba bastante de haber escuchado su nombre en alguna otra ocasión pasada.

—¡Muy bien, Enji! ¡Rey de los siete mares del norte! —satirizó, no por querer faltarle el respeto directamente, sino, a modo de indicar que esas cosas le dan bastante igual, y su instinto payaso e irreverente estaría presente en absolutamente todas las situaciones que se le presentasen. —Pero estaría bien que te pongas de pie para ello, es un poco incómodo luchar con alguien sentado. —se cruza de brazos, inflando las mejillas infantilmente.

Nadie que no conozca sus nuevas habilidades apostaría una sola berrie por el marine de cabello corto, hasta podía llegar a considerarse una estrategia rastrera el hecho de que tomase aquella actitud en presencia de Enji, sin embargo la susodicha lógica estaba bastante lejos de la verdad. Hasegawa jugaba, sin más. Quizás porque estaba de buen humor. Quizás, porque el hombre frente a él hacía ademán de su renombre y eso le incitaba a mostrarse desobediente por naturaleza.

Cosas de ser medio mimado y rebelde.

Se haya levantado o no, Shin actuaría en consecuencia, anunciando, obvio, lo que haría. —Buen caballero, esté listo o no, le mostraré lo que me pidió. —se preguntaba qué tipo de poder extraño habría conseguido en comparación con él, aunque teniendo la primera ofensiva no iba a escatimar en gastos, iría a por todo, literalmente, mostrándole su máxima capacidad desde el segundo uno.

En medio del dojo y su iluminación tenue, un brillo dorado emergió desde las piernas del marine, amplificando su sonrisa repleta de confianza y sirviendo de antesala a lo que ocurriría a continuación. Ni siquiera se colocó en pose de pelea, sencillamente ocurrió. De un momento a otro, lo único apreciable por parte de Hasegawa fue una estela que resultó visible durante milisegundos antes de que el contrario pudiese darse cuenta de en dónde se encontraba.

Shin recortó las distancias a una velocidad insana, trazó una trayectoria en diagonal y a último momento, ascendente, quedando por detrás del contrario, levemente suspendido en el aire y con el torso boca abajo en horizontal, haciendo descender una patada con su pierna derecha en dirección a la cabeza de su compañero con su máxima velocidad desplegada, haciéndola tangible a último momento, sin guardarse nada y utilizando el mejor truco en su baraja desde el segundo uno. El destello de su cuerpo es absoluto, inclusive haciendo daño a la vista. No sabía el nivel de experiencia del contrario, pero sí que el mundo es muy basto y que en cualquier momento o esquina siempre podía aparecer alguien nuevo capaz de superar la fuerza propia en un parpadeo. Por ello acudió al shock inicial para intentar ganar algo de ventaja, en el mejor de los casos bastaría para ejercer su poderío, en el peor...

Bueno, la pasaría mal durante lo que durase el entrenamiento.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 678 + 0 = 678
Energia: 662 - 25 = 637
Espiritu: 96 + 0 = 96
#4
Enji bostezó mientras se hurgaba en la oreja. Después se miró el dedo con el que se había rascado, lo acercó a su nariz, lo olió, hizo una mueca de asco y terminó limpiándose en el suelo.

—¿Incómodo? Diría que es más fácil. Te estoy haciendo un favor —dijo, confiado, pero acabó haciendo caso a su petición y se puso en pie.

Al hacerlo, recogió del suelo, a su espalda, un par de guanteletes negros que empezó a colocarse. Las placas de metal incrustadas en el armazón de goma tintineaban con su movimiento.

—Me vas a hacer dormir de nuevo, Shinchan. Apresúrate y… —Por hablar encima suyo y no prestar atención a su advertencia, ocupado ajustando sus guantes, Enji no vio el momento en que Hasegawa se convirtió en luz. Por el rabillo del ojo percibió el fogonazo, levantó la mirada y lo buscó, pero ya no estaba allí. En un parpadeo, había desaparecido—. ¿Que…?

El fogonazo regresó convertido en una nova. La luz, cegadora, quedó grabada en su retina como una mancha blanca e insorteable. Su pupila se retrajo cuánto pudo para filtrar tantísima luz, lo que protegió sus ojos de una lesión permanente más no impidió que Enji terminase prácticamente ciego. Distinguía formas y colores, pero su mundo había perdido las líneas sólidas y los detalles.

Un primer reflejo lo llevó a taparse con una mano y en esta postura es que el golpe llegó.

TONG.

La cabeza de Enji salió disparada hacia atrás por el empujón de un pie impactando en su rostro. Los músculos de su cuello se tensaron, apretó la mandíbula y se le inflaron las venas a medida que su cabeza iba más y más atrás. Después, como el rebote de una bandita de goma, su cabeza volvió hacia adelante, y luego tras, y luego adelante de nuevo hasta que la energía del impacto finalmente se disipó.

Un moretón negro apareció en su mejilla y una vena roja palpitó en su frente cuando pudo abrir los ojos.

—¡Ja! ¡Eso no está nada mal, Shinchancito! ¡Me gusta, sí! —rugió, sonriente. Un pequeño hilo de sangre cayó de su nariz. Lo sorbió de regreso—. ¡Deja que te devuelva el favor!

Se dió la vuelta en un parpadeo, menos de lo que dura un suspiró, sorprendiendo al mismo aire. Giró como un trompo con los brazos extendidos y se lanzó contra Shin, a quien podía ver, pese a su brillo, como la única silueta distinta dentro de la habitación. La única que se movía, a diferencia de muebles, puertas y ventanas. Saltó hacia él a toda velocidad y disparó desde la cintura un puñetazo recto, seco, contra el estómago del recluta. Vio a camara lenta como sus nudillos encontraban al recluta

Pero algo raro pasó.

—¿Cómo…? —masculló cuando su puño no encontró estructura sólida contra la que incrustarse. Tampoco recibió el freno natural del cuerpo impactado, lo que provocó que siguiese de largo en su envión y terminase de regreso en el suelo, trastabillando hacia adelante unos metros hasta que recuperó el equilibrio. Logró detenerse antes de dar contra la pared—¿Qué mierda eres?

Enji se dió la vuelta y, ahora sí, Shin tenía toda su atención e interés. Lo que se notaba en la sonrisa amplia y depredadora que formaron sus labios.

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#5
No fue el cálculo más limpio ni su idea mejor ejecutada, digamos que Hasegawa actuó desde un instinto bastante natural, sin mediar el uso de su espada o derivados. Lo cierto es que tras el pasar de los días, intentó con todas sus fuerzas entrenar el uso de su fruta del diablo, pues se había comenzado a frustrar del tedioso proceso en el que todo le traspasaba sin control alguno. Repentinamente se volvía luz, y su velocidad de movimiento crecía una barbaridad, adaptarse a ello le hizo perder años de progreso en el arte de la espada.

Motivos le sobraban para comenzar a pensar estratégicamente desde la fruta, y no mediante sus habilidades más típicas, algo que seguramente habría sentado como el mayor de los pecados de cara al clan Hasegawa, que tanto tiempo invirtieron en el arte de la katana para el llamado hijo pródigo dadas sus altas capacidades. Un talento natural, lo llamaban, abandonando su "don" por una bendición aún más grande.

Y desde luego, ver que su patada sólo generó un muy pequeño vaivén llegó a sorprenderlo. Acostumbrado a sentirse poderoso, notar un efecto tan pobre cuando creía que podía llegar a ganar de un golpe resultó... curioso. Su ego no bajó, al contrario, conocer a personas fuertes le subía el gen competitivo, y el sólo hecho de haber conseguido impresionar a una persona de ese calibre ya representaba un pequeño logro personal del cual partir.

De lo siguiente, ni tan siquiera pudo responder o reaccionar, porque si bien pudo percibir un giro del cuerpo contrario, fue tan rápido que cuando el impacto finalizó, ya lo estaba atravesando, dejando el ataque sin éxito, pero mostrándole que aquel sujeto poseía de manera natural algo que él mantenía gracias a su fruta del diablo. La diferencia se hizo aún más notoria si cabía la posibilidad, dejando con los ojos bien abiertos a Hasegawa y al mismo tiempo, manteniendo su sonrisa llena de confianza y soberbia.

Al darse la vuelta, casi al mismo tiempo que su contraparte albina, por fin reaccionó a la pregunta, y con un desdén típico en su forma de vivir la vida se llevó ambas manos detrás de la cervical, cerrando los ojos —¿Quieres saber la verdad? —cuestionó, dando un breve bailecito que movía su cuerpo de un lateral al otro —¿De verdad, de verdad, de verdad? —incrementó la tensión, alargando el brindar la información ante la pregunta de Enji, y finalmente...

—Pues no tengo ni idea. —lo soltó, extendiendo el brazo derecho con el símbolo típico de la paz y el amor. —Sólo recuerdo haber agarrado una fruta rara del suelo ¡y pam! Ya no puedo nadar en el mar, y todo me traspasa. ¿Sabes lo difíciles que fueron las primeras semanas? Hasta llegué a pensar que estaba enfermo... —comentó, en sus habladurías y ganas intensas de charlar que siempre le dan.

—Por lo que veo, no podemos hacernos daño realmente, aunque tú... eres bastante fuerte. —si se hubiese enfrentado a Enji en otras circunstancias, habría perdido únicamente con ese primer impacto, y reconocerlo era parte de la fortaleza de uno, y de las más importantes, la mental.

—Salvo que tengas algún truco guardado... en ese caso, esto será más breve de lo que imaginé. Pero quiero probar algo distinto, con tu permiso, Rey de los diecisiete mares del Oeste... —advirtió, y esta vez, si es que su compañero mantenía la vista fija en él, activaría la fruta a un ritmo en el que Enji pudiese vislumbrar como buenamente podía el brillo dorado en su cuerpo, más concretamente desde las piernas, justo como antes.

De un momento a otro, el escenario de antes volvería a repetirse, con Hasegawa recortando las distancias de 3 metros hasta recolocarse detrás del marine, a 50 centímetros de él, teniendo la pared a unos pocos 50 centímetros adicionales. La diferencia puntual en este caso es que al materializarse en su posición, su torso estaría más bajo de lo habitual y su mano derecha se colocaría en la empuñadura de su katana, desenvainando en un movimiento conciso y buscando golpear a Enji con el suficiente cuidado como para no utilizar la parte del filo contra su cuerpo, más específicamente la zona costillar izquierda, intentando hacerle un daño considerado en lo que se presentaba como un entrenamiento amistoso. Que funcionase o no, dependía meramente de las capacidades del marine contrario.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 678 + 0 = 678
Energia: 637 - 46 = 591
Espiritu: 96 + 0 = 96
#6
El puño había atravesado a Hasegawa, limpio, sin percibir en ningún momento el toque de su carne ni el calor de sus entrañas. Lo traspasó como si estuviera hecho de aire… No. No, el aire ofrecía una mínima resistencia. Esto era algo incluso más ligero que el aire. Insustancial hasta rozar el absurdo, algo que, de no haber tenido los ojos abiertos en el momento de atacar, hubiera achacado a los reflejos del albino y su inhumana velocidad. Resultaba más sencillo pensar que Shin lo había esquivado en lugar de plantarse en la situación en la que estaba, frente a poderes que no comprendía y que superaban con mucho la rareza de sus propias habilidades.

Sintió un deja-vu sucediendo en su cabeza. La fruta rara, la pérdida de la capacidad de flotar y los extraños poderes apareciendo. Compartían un patrón. Por supuesto, con sus pequeñas variantes: Shin había sufrido de la incapacidad de controlar la tangibilidad de su propio cuerpo, cosa que Enji para nada debió experimentar. Su peor susto al respecto fue el día que creyó estar orinando morado.

—¿Solo “bastante”? Te quedas un poco corto, Shinchan —musitó, plenamente en guardia. ¿Qué tan cierto era lo que acababa de decir? ¿Ninguno podía dañar al otro? Enji lo meditó, y una idea apareció en su cabeza. Espontánea, sorpresiva, cómo la cabeza de una gallina asomando fuera del corral.

La sonrisa apareció en su rostro momentos antes de que la pelea se reanudara, emocionado por el intercambio venidero. El tiempo a su alrededor se quería combar hacia adentro, ejerciendo fuerza y presión, forzando la fricción con el espacio para ralentizar los movimientos instantáneos del otro marine. Esforzarse, sin embargo, era inútil. La velocidad de Shin excedía demasiado sus capacidades de reacción. Tenía que hacer algo distinto y, para ello, una única certeza se susurró en su oído: estaba por ser atacado. Antes o después, el golpe llegaría.

Y no iba a quedarse de brazos cruzados mientras el otro lo usaba de bolsa de boxeo, no.

—Estoy que ardo… —musitó por lo bajo en el instante que Shin desapareció. En ese preciso momento las palabras resbalaron sobre su lengua y el veneno brotó de los poros de todo su cuerpo, siguiendo la pronunciación de la primera letra. ¿Rápido? Sí, pero la velocidad a la que podía supurar el toxico brebaje palidecía al lado de la velocidad con la que Shin lograba colocarse a su espalda. Sin embargo, hubo un instante perdido en el medio, entre el teletransporte y el espadazo. Una mínima ventana de tiempo que la última vez no había existido. En esa franja, el veneno empapó rápidamente todo su cuerpo, brotando como si se tratase de sudor.

Cuando la katana de Shin llegó a su costado, lo activó. El impacto causó una reacción violenta del líquido, que saltó en forma de nube contra Shin de la misma manera en que se rocia un atomizador contra un gato.

—¡Tch! Eso duele, hijo de… —masculló, dando unos pasos al costado mientras se giraba para encarar a Shin.

El veneno mostraría tener la clave para acceder a esa figura de energía, alcanzando y dañando al usuario de logia. Su idea, nacida de la explicación de Shin y sus familiaridades a la hora de consumir la fruta, era sencilla y efectiva: combatir fuego con fuego. Una cosa bizarra tenía que poder afectar a otra, ¿no? Después de todo, venían de la misma bizarra madre de los poderes

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1497 + 0 = 1497
Energia: 1338 - 176 = 1162
Espiritu: 240 + 0 = 240
#7
Bajo su punto de vista extremadamente ególatra, aquel ataque debería haber bastado para dejarle algún moretón de esos horribles a su compañero marine, causarle un dolor digno de que se arrodille y suplique una rendición pacífica y lo reconociera como el albino más fuerte de entre los dos, sin embargo, ocurrió algo que no esperaba, incluso si se mantenía transformado en forma logia.

Tras el espadazo a la zona costillar, se activó un contraataque prácticamente inmediato. Hasegawa no lo vio venir y aquel gas de apariencia letal se expulsó directamente contra su piel y sistema respiratorio, dejándolo atontado en un principio y luego comenzando a quemar como nunca. Intentó convertir esas partes del cuerpo en luz pero no valió de nada, seguía doliendo y el efecto parecía dispersarse al resto de su cuerpo, generándole pequeñas marcas violáceas en el cuello de manera parcial y como efecto colateral del impacto, sinónimo de que aquella sustancia se mantendría en su sistema.

Shin soltó su espada y cayo de prepo al suelo, sentado y con ambas manos apoyándose en el susodicho. Su expresión enmarcaba sorpresa ante el hecho inequívoco de que fue derrotado por aquel hombre, y a pesar de que su sonrisa soberbia no se había borrado ni emitió sonidos que pudiesen dejarlo en una posición de debilidad, por dentro le tocaba reconocer que no estaba ni cerca del nivel expuesto por Enji, pues sólo le bastó un movimiento para tumbarlo.

—¿Qué demonios...? —cuestionó, más una pregunta para sí mismo que en dirección a su contraparte, porque no entendía en dónde fue que falló la intangibilidad que hasta la fecha no le había causado problemas, y empezó a hacer el repaso de la escena. Por supuesto, la línea de pensamientos se vio interrumpida por una súbita tos que volvía a denotar los efectos del veneno en su cuerpo, y como un hombre de honor, reconoció los hechos.

—Tú ganas. —remarcó, sus brazos temblando por el daño recibido. Era sorprendente ver que la sonrisa del marine no se había borrado, manteniendo su ego intacto y la voluntad de luchar contra los más fuertes, a medida que reconocía un respeto hacia Enji siguiendo su filosofía. —He enfrentado otras de estas llamadas frutas del diablo y no pasó nada similar a esto... —refunfuñó, aún en el suelo. Entendió que quizás era mejor luchar a distancia con la velocidad de su luz y lo que era capaz de recorrer, y el concepto de que sustancias parecidas a la de esa nube rociadora podían tocarlo abría una rueda de opciones interesante.

—Pero que no se te suba a la cabeza, ¡esta es la primera y única vez que vas a vencerme! —desde su posición, aún en el suelo, lo señaló, poco antes de... caer del todo, apoyando la cabeza y llevándose ambas manos al rostro. Susurraba cosas sin sentido y en algún punto tuvo toda la apariencia de estar drogado.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 678 - 353 = 325
Energia: 591 + 0 = 591
Espiritu: 96 + 0 = 96


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