[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1]
#51
Podía sentir el embate de los ataques de sus aliados, parecía que toda una guerra se estaba librando en el cuerpo de éste ser que pecó de vanidoso subestimando a los pequeños, las mujeres y los mortales más olvidando que él mismo era uno de ellos.

Eros mantuvo sus ojos ciegos en la nada misma con su cuerpo firmemente aferrado al cuello del rival. Las manos del enemigo alrededor suyo parecían no tener fuerza para librarse en vano. El verdugo era un pequeño animal de no más de 30 centímetros, mientras podía sentir el aroma del ser, el aroma de su sangre, el tacto que contra su cuerpo se iba sintiendo: Sus latidos, el aire que no podía llegar, cómo su cuerpo reaccionaba ante ello. Esperaba que tuviese una fe, algo en lo que creer pues ya estaba llegando su hora y solo en ese momento, en que esta criatura era consciente de ello, es que Eros terminaría de hundir sus garras en el cuello con un movimiento lento y parsimonioso sin dejar ir el agarre de aquel que ahora no sería más que un cuerpo inconsciente.

Sus zarpas se mantuvieron firmes tras su última agresión, fueron poco clementes pues él mismo se consideraba inclemente y uno ha de morir como ha vivido: Aquellos rodeados por sus seres amados, esperaba, hubiesen amado en vida pero éste ser moriría rodeado de gente que solo buscaba eso: Observar el preciso instante en que su alma se escapase de sus ojos, y su último aliento brotase como una elegía para los caídos. Quizás se encontraría con sus hermanos en el más allá, o eso esperaba Eros.

Acompañaría la caída del cuerpo inerte hasta su final, pues Eros no lo dejaría ir. Era el instinto del cazador, o de la presa defendiéndose con todo ahínco buscando escapar de un final predestinado. Eros no era alguien que dejase cabos sueltos, y como tal, mantenía su firme agarre al cuello con sus garras clavadas en la yugular de la bestia.

OFF ROL
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 392 + 3 = 395
Energia: 483 - 4 = 479
Espiritu: 87 + 0 = 87
#52
Atributos Personaje

Finalmente, el enemigo muestra signos de quiebre. Los últimos golpes dejaron a Uosan sin esa sonrisa burlona, el dolor se le nota en la respiración, y hasta su voz se quiebra cuando admite haber sentido aquel disparo. Luego de subestimarlos por tanto tiempo, era momento de que pagara por su propio error.

El mono topo, el mono leopardo, la mona Oni, el mono pájaro y el doctor mono combinan sus fuerzas en una cadena de ataques que obligó a Uosan a clavar la rodilla derecha en el suelo. Mahou los observa desde la distancia, con los puños apretados y la mandíbula tensa. No siente compasión, sino rabia. Rabia por haber esperado tanto sin poder participar como quería, por haberse quedado sin la oportunidad de probarse en combate cuando más lo necesitaba. Uosan está a punto de caer, y eso la enfurece más que cualquier insulto.

- ¡Ni se te ocurra caer todavía, mono cabeza de berenjena-uki! - rompe su silencio con un grito cargado de frustración, porque desde el primer momento declaró que él sería su objetivo, y no tiene intención de abandonar esa idea ahora. No le importa si está herido de gravedad, su intención no es matarlo por necesidad, sino demostrarle que su orgullo y su soberbia fueron los errores que sentenciaron su derrota. Si logra recuperarse y mantener su postura de superioridad, que lo haga sabiendo que Mahou quiso hacerle frente, y que fue él quien perdió la oportunidad de acabar con ella luego de tantas provocaciones. 

Ya no le importa la teatralidad. No le importa si está adolorida, ni si apenas tiene fuerzas para sostener el martillo únicamente con su cola, solo piensa en acercarse. No quiere quedarse al margen, mirando cómo otros terminan lo que ella había prometido hacer. Quizás sea un impulso orgulloso, pero daba igual. Está cada vez más cerca, aunque aún no lo suficiente como para entrar en su alcance. Ella suelta un gruñido, un sonido gutural de pura rabia contenida, porque terminar todo sin haberlo tocado siquiera sería una humillación que no olvidaría jamás.

Esta vez el salto es más desesperado, impulsado por esas ganas de pelear que tanto ardieron en el pecho desde que se separó de su barco, usa hasta la última de sus fuerzas para intentarlo. Sabe que no lo alcanzará, pero no importa, porque tampoco piensa detenerse.

resumen

bélico

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Mahou Chikao
¡DIVERSIÓN Y ÁNIMO!
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#53
La sonrisa de Kibai se amplió aún más cuando vio como la rodilla del ser tocaba el suelo rocoso de aquel cubo. Se pasó la lengua por los colmillos, mientras observaba como su sangre, la misma que manchaba el filo de su espada, empezaba a formar una mancha en el suelo. Parecía que al fin, tras todos los ataques recibidos, su rival había ya no tenía nada más que decir.

Sin embargo, aquel monstruo seguía aún respirando y mientras el mink tomaba aliento para su próximo ataque, una duda, como un pequeño nubarrón de color grisáceo que iba haciéndose poco a poco cada vez más grande se instaló en su cabeza.

¿Debían acabar con su rival, aquí y ahora, o proceder a su detención?

Kibai apretó los dientes debido a la frustración. Todo su instinto le pedía hundir a Raimei en la entrañas del gyojin hasta que éste dejase de respirar de una maldita vez, de hacerle pagar  por el daño que les había causado, por las burlas que le había dedicado, y por demostrar al artífice o artífices de toda aquella locura que no eran meras presas.

“No…” se dijo a sí mismo. “Este engendro no merece tener el privilegio ver al Sol alzarse en el horizonte ni una sola vez más. Su historia acaba aquí, esta misma noche.”

Con un último resoplido, Kibai se lanzó de nuevo hacia delante, y dando un salto lo más alto que pudo, se elevó en el aire nocturno. Su fino olfato captó todas las sangres derramadas en aquel lugar, el aroma salado de la del gyojin, uno con un toque terroso del pequeño topillo y el exótico y particular olor de la sangre de la joven oni. Al llegar al punto más alto de su salto, y al notar como la gravedad hacía su efecto y comenzaba a tirar de él hacia el suelo, sujetó a Raimei con la punta hacia abajo y se preparó para dejarse caer sobre su presa aunando a la fuerza de la estocada todo el peso de su cuerpo y la inercia de la caída. Aquella lucha por fin había terminado.

A medida que el aire alrededor de sus orejas silbaba aceleraba en su descenso sobre el gyojin, Kibai apretó los colmillos, alineando la punta de la espada con el centro de los omóplatos de su enemigo. Sin embargo, un destello de blancura captó su atención, y cuando lo enfocó con la mirada, el mundo pareció detenerse. Desde el centro de aquella improvisada arena de combate, la capa que había dejado caer para moverse con más libertad se agitaba débilmente por una ligera brisa, y la palabra Justicia grabada en ella destacaba sobre la blanca tela. No obstante, no era una imagen de orgullo, sino que los caracteres plasmados en un negro reluciente, ahora arrugados y manchados del polvo del suelo, parecían dirigirle una triste mirada de decepción.

Al mismo tiempo, la imagen del Capitán Senjuro se le fijó en la mente, mientras este le entregaba su querida espada y lo despedía con el resto de la tripulación. La última promesa que el mink le había hecho, hace lo que parecía una eternidad, al bajar del barco en el reino de Roshwan para alistarse en la Marina, resonó en su mente, tan claramente que casi parecía estar recitándola de nuevo.

“La próxima vez que nos veamos, capitán, estará orgulloso de mí”

Kibai cerró los ojos, notando como un salvaje rugido, a medias de frustración y de rabia salía de su garganta mientras alzaba un poco más la espada para aumentar el impulso del golpe. Sin embargo, cuando finalmente impactó contra la espalda de su rival, la hoja de Raimei estaba hundida en su lado izquierdo, tan profunda que había incluso perforado parte del suelo, pero había evitado, puede que por mero instinto, los órganos vitales del gyojin.

Aún así, el golpe pareció ser más que suficiente para neutralizar aquel ser, que ya yacía sobre su pecho sin más ánimo de resistirse. Kibai soltó el aliento contenido, a la vez que soltaba con una mano su cinturón.

“Como ya te he dicho hace buen un rato, maldito monstruo, por la potestad que me ha conferido la Marina, quedas arrestado por la agresión a civiles inocentes y por atentar contra una figura de la autoridad!”

Dirigiendo una mirada a su alrededor hacia sus improvisados aliados, el humano y el birkaniano que seguían apuntandolos con sus rifles, la humana con cola que olía como un mink que se seguía dirigiendo a la carrera hacia ellos y a la joven Oni cuya cara seguía constreñida en una mueca de furia. Levantado una mano mientras la otra seguía sujetando firmemente el sable, el mink tomó aliento (asegurándose de hacerlo por la boca para que la sangre no inflamase aún más su instinto) antes de hablar, elevando su tono para que todos, incluso los tiradores que estaban a cierta distancia, lo oyeran.

“Escuchadme, sé que todos estáis furiosos, confundidos, o incluso asustados. Pero está claro que a este ser lo han metido aquí con nosotros a sabiendas. No sé vosotros pero yo de momento no tengo ni idea de como salir de este maldito cubo, ni quien ha sido el que ha ideado esta trampa, así que por mi parte pienso reducirlo e interrogarlo a fondo para averiguar exactamente qué sabe que nosotros no. Y según lo que me diga, dejaremos que la Justicia haga su papel aquí y ahora, o que se decida su destino de la manera apropiada. Nuestra prioridad debe de ser lograr salir de aquí y reunirnos con los nuestros, no derramar sangre porque si. Esa…”  concluyó señalando con la cabeza hacia su ahora cautivo.
“era su tarea, no la convirtáis en la vuestra.”

Extendiendo su mano lentamente hacia el pequeño topo que seguía enroscado firmemente alrededor del cuello del gyojin, Kibai procuró suavizar su tono, pues el fragor del combate en el que él mismo se había sumido seguramente también lo habría afectado a él.
“Amigo, ya puedes soltarlo, lo tengo bien clavado al suelo, no va a hacer daño a nadie, y lo necesitamos vivo para que hable”


RESUMEN


BÉLICO

Stats con debuff
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 466 + 0 = 466
Energia: 381 + 4 = 385
Espiritu: 126 + 0 = 126
#54
Atributos Personaje


El ruido del combate todavía me zumba en los oídos, como si el aire se negara a soltarme. Cierro los ojos un momento y dejo que el cansancio me pese encima. Estoy agotada… más de lo que me gustaría admitir. Lo siento en cada músculo, en cada respiración que raspa al salir. Pero sigo de pie. Porque no sé hacer otra cosa.

Me río bajito, con esa risa aguda que tanto les molesta a los enemigos. Si supieran que incluso así, con la piel marcada y los brazos temblando, sigo disfrutando del juego… ah, se les borraría la sonrisa enseguida.

Pero esta vez hay algo distinto. Detrás del orgullo, detrás de la rabia, hay una punzada que no puedo ignorar. Pienso en ellos. En mis nakamas. En sus voces, en sus risas, en cómo decían mi nombre con esa confianza  que siempre me hacía sonreir, los extraño. Más de lo que creía posible.

Quiero volver. No al campo de batalla, sino a casa, a ese lugar donde el aire no huele a hierro, donde el ruido no me sigue a todas partes. Quiero volver a verlos, comprobar que siguen riendo, que siguen vivos.

Siento que falta poco. No sé si para la victoria, o simplemente para el final de todo esto. Pero lo presiento, como un trueno acercándose, inevitable.

Así que sí, estoy cansada. Pero no pienso caer aquí. Todavía no.
Respiro hondo, dejo que el fuego vuelva a encenderse por dentro, y sonrío, aunque duela.

—Solo un poco más… y todo habrá valido la pena.


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  Belico


estadisticas- 5%
#55
La puerta que define la supervivencia del grupo parece abrirse al fin. En un comienzo, todos se vieron encerrados sin luz alguna que alumbre sus esperanzas junto a un depredador que solo los veía como una cena que, además de llenar su apetito, le serviría para divertirse y pasar el rato. Al parecer, nadie le enseñó que es de mala educación jugar la comida.

Luego, la valentía de los presentes le hizo saber que no eran simples aperitivos con los que podía ir preparando su plato de fondo. Y ahora, la agresividad que cada superviviente enseñó es lo que tiene al monstruo entre la espada y la pared. El agarre del topo fue crucial para impedir que deje de saltar de un lado a otro golpeando a diestra y siniestra —aunque Kiyoshi se ha mantenido totalmente limpio y a salvo—, mientras que la ofensiva de Kibai ha sido un antes y un después para hacerle caer.

Recordemos que el disparo anterior de Kiyoshi fue efectuado justo cuando Kibai terminaba su movimiento. Y es que este segundo tiro, el que resuena totalmente de la nada ya que puede ser considerado impredecible para el resto —impresión de Kiyoshi— ya que se puede creer que no es necesario más ataques, apunta directamente a la rodilla de aquellas pierna que no se apoya en el suelo, con la intención de que ahora quede totalmente de rodillas y a merced de este grupo improvisado de luchadores.

— Ey, no debiste cortarlo tanto, tonto. Ahora está ensuciando demasiado el piso. — Lo que puede parecer un reclamo de su parte hacia el integrante de la marina, en realidad es la evidencia de que el médico ha vuelto a ser el mismo de siempre, producto de que el nerviosismo y temor por perder la vida tan pronto se está desvaneciendo. La sangre y las heridas de Uosan quizás son más evidentes en su efecto para un médico que para el resto, por lo que tiene cierta confianza en que el asunto está medianamente solucionado. Eso sí, el bicho ha demostrado ser una bestia de temer, por lo que aun con el panorama aparentemente controlado, decide no reducir la distancia y mantenerse en su sitio, aún a 15 metros.

Incluso mantiene el rifle en alto, dedo en el gatillo. No se fía ni siquiera de los seres vivos que han combatido junto a él hasta ahora. Kiyoshi no es el tipo más confiado del mundo, por lo que sigue teniendo en la mira tanto a Eros como a Kibai, pues los ha tachado como las amenazas más peligrosas en caso de que deba jugarse nuevamente la vida dentro de este encierro.

— ¿Realmente crees que nos dirá algo? Parece tener más ocupado ese cerebro suyo en los posibles aderezos que le echaría a nuestra carne antes de darnos la respuesta del escape. — Además, ya intentó dialogar con él antes y no obtuvo un resultado satisfactorio. ¿Cambiará ahora que ha sido derrotado? Puede ser, pero Kiyoshi duda que así sea.

En todo caso, tampoco es que tenga demasiada intención de interponerse en el medio del procedimiento de Kibai. El pelinegro nunca ha sido el tipo de hombre que se meta en problemas con la ley, a pesar de ser considerado un pirata actualmente. Simplemente las circunstancias lo han puesto en esta posición.

— Si puedes garantizarme que saldré de aquí con vida, confiaré en tus palabras, oficial. De lo contrario, no bajaré mi arma en ningún momento. Espero que no sea una tonta afrenta contra usted.

Kiyoshi no es el tipo de persona que se calla lo que piensa. Es obvio que sigue apuntando y que no parece tener intenciones de bajar el arma. Ocultar el motivo de esto no tiene mucho sentido, al menos para alguien tan sincero como él. — En el peor de los casos, puedo ayudarle a sanar alguna herida y así pueda hablar mejor. — En caso de que alguna herida actual se lo vaya a impedir, cosa que no cree. Al menos ofrece algo de cooperación, no le pidan más.

OFF ROL
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Hablo | Pienso
#56
Dos cortes fueron los que impactaron de lleno al gyojin, tan poderosos y tajantes que penetraron su dura piel como si de mantequilla se tratase, el impacto le fue tan brutal que le obligo a caer sobre una de sus piernas, pero no fue solo su cuerpo el que recibió el impacto, aquella criatura que nos había estado cazando como si de miseras ratas se tratase, ahora llacia con un temblor evidente en su cuerpo y un claro temor en su mirada, la confianza que había presumido todo este tiempo cayo pesadamente por subestimar a sus adversarios.

-Para autoproclamarte un cazador olvidas lo mas importante a la hora de cazar. Nunca subestimes a tu presa- Fueron las palabras que pronuncie al aire sin esperar realmente que fueran escuchadas, mas bien era un recordatorio para mi mismo.

Un segundo ataque departe de la oni y un tercero departe del tirador humano, impactaron contra el gyojin ya mal herido, añádele eso a la pequeña criatura que lo seguía atacando desde su cuello, era claro que estaba en las ultimas, pero aun así se reusaba a caer, era como si algo lo empujara a seguir peleando sin razón.

Fue en ese momento que el leopardo se abalanzo de nuevo contra el gyojin dispuesto a acabar con esto de una vez por todas, lo observe con atención, al fin y al cabo era un marino lo cual lo convertía en un adversario, aun así, no podía evitar admirarlo, poseía una fuerza y espíritu de la que yo carecía completamente, observe como caía con su espada en dirección a la criatura y de un tajo era clavada en la sien izquierda del gyojin, terminando por fin con este combate.

Luego del ataque el mink recobro la compostura y poniendo en alza su autoridad como marino proclamo el arresto del gyojin.

Aun con eso, yo seguía con la guardia alta, que un enemigo haya caído no quiere decir que no haya mas,  además, no podía confiar que ninguno de los demás en esta sala fuera también un enemigo. Con todo y eso el mink nos dirigió la mirada y dando un breve discurso intento calmar a todos los presentes.

~Tiene razón, antes que nada tengo que encontrar una forma de salir de aquí, no me importa mucho lo que le pase a esa cosa, pero no puedo bajar la guardia~ Fueron los pensamientos que cruzaron por mi mente aun con el rifle entre mis manos.

El chico pelinegro se dirigió al mink aun amenazante e inseguro de la situación, de lo cual no lo culpaba pues pensaba lo mismo. Aun con eso en mente algo en mi me empujaba a confiar en su palabra, talvez era esta tenue admiración que nació en mi después de este combate.

Note de repente, como mi cuerpo me empezaba a pesar y la cabeza me daba vuelta, baje mi mirada en dirección a mi rifle para percatarme como este se había teñido de un rojo intenso, separando por un momento mi mano del cañón toque mi frente, esta seguía sangrando por el ataque anterior, la adrenalina del combate camuflaba el dolor de mi cien. 

Con el cuerpo pesándome cada vez mas, decidí sentarme en el suelo con el cuerpo encorvado y sosteniéndome la cabeza con mi mano izquierda, dejando mi rifle recargado en mi hombro. 

Separe mi mano de mi frente para comprobar una vez mas mi frente, la observe por un momento antes de soltar un suspiro de cansancio.

~Soy demasiado débil~ Ese pensamiento retumbo en mi mente como si de una sentencia se tratase, un sentimiento de impotencia surgió en mi interior mientras apretaba el puño con la sangre y rechinaba los dientes.

Retomando la compostura aparte la mirada del puño y la dirigí hacia el resto, en especial al mink que ahora se encontraba sosteniendo a la pequeña criatura.

-Estoy de acuerdo, con el chico humano, no creo que nos diga nada, aun así no tengo ganas de discutir ahora mismo sobre eso, prefiero cooperar para tratar de salir de este lugar- Hable en tono fuerte pero tranquilo para que me escucharan a esa distancia.

Dirigí una mirada fugaz al mink y luego volviéndome a pronunciar dije:

-Por cierto, perdón por haberlo lanzado al centro, no creí que terminaría atacando a alguien- Luego dirigiendo la mirada a la chica oni le pregunte 

-¿Esta bien señorita?- Una pregunta tonta viendo que probablemente yo estaba en peor estado, sin embargo, ese momento de pánico cuando la criatura se proponía a atacarla me había traído unos cuantos recuerdos.

Resumen
#57
Aquel pequeño bicho… si es que hasta pensarlo me encendía la sangre. Era ridículo, absolutamente ridículo, que una cosa tan escuálida, tan insignificante, tan… minúscula, tuviera aquella fuerza que ahora me estaba aplastando el cuello como si fuera una red de pesca vieja. Lo sentía enroscado alrededor de mí, su cuerpo apretando con una determinación que no tenía nada de animalito adorable; era una trampa viva, una cuerda maldita que se cerraba más y más cada vez que intentaba liberarme. Mis manos, esas manos que tantas veces habían arrancado tablones, que habían partido maderos, que podían dejar sin dientes a cualquier humano de un manotazo… estaban temblando. Temblando de verdad. Notaba el sudor mezclándose con la humedad de mi propia piel marina, resbalándome entre los dedos mientras trataba de meterlos entre su agarre para arrancarlo de mi cuello, pero cada vez que lo hacía, el bicho reaccionaba como si entendiera mi intención, apretando con más rabia, como si quisiera arrancarme la tráquea de un tirón. La sensación era asfixiante, desesperante, como si un anillo de hierro ardiente me cerrara la garganta y me impidiera meter siquiera una bocanada de aire. Intentaba respirar. Intentaba. Pero el aire entraba a sorbos diminutos, como agujas que apenas bastaban para mantenerme consciente. Mi visión empezaba a oscurecerse en los bordes, un hormigueo me recorría la cabeza y el pecho, y sentía que el pulso me golpeaba detrás de los ojos con cada latido acelerado. La gema en mi frente palpitaba de manera tenue, como si se hundiera también en ese pozo de ahogo. La panza se me contraía sola, intentando forzar una inhalación que nunca llegaba. Cada segundo que pasaba me robaba fuerzas. Y lo peor, lo que más me humillaba, era esa sensación punzante de impotencia. Yo, un gyojin, un Sakana, sometido por un pequeño parásito de tierra. Mi voz aguda salió quebrada, casi inaudible. -Suéltame… ya…-uo…- Pero ni eso.

Intentaba inflar mis pulmones, pero cada intento era como empujar una pared que retrocedía conmigo, burlándose, negándose a ceder ni un milímetro. No había aire. Nada. Solo un vacío áspero que quemaba por dentro, un vacío que cada vez pesaba más, como si mis propios órganos se hundieran hacia abajo. Mi garganta ya no sabía si dolía o si simplemente estaba entumecida del esfuerzo inútil. El mundo empezó a desmoronarse por los bordes. Primero se volvió borroso, después vibrante, después espeso, como si alguien estuviera pintando de negro cada rincón de mi vista, cubriéndolo todo con una manta fría. La oscuridad avanzó sin prisa, pero con la inevitabilidad de una marea profunda, y yo, tonto de mí, seguía luchando, abriendo la boca como un pez fuera del agua, esperando algo que no iba a llegar. Las piernas se me aflojaron y sentí cómo la fuerza me abandonaba sin pedir permiso, dejándome caer completamente de rodillas antes de que mi cuerpo se venciera del todo y golpeara el suelo con un sonido que ni siquiera escuché bien. Y entonces, justo cuando creí que iba a perderme del todo, cuando la sombra ya estaba subiéndome por los ojos, llegaron las imágenes. No las pedí, pero allí estaban, claras, vivas, como proyecciones grabadas en mi cabeza desde que era un renacuajo. Mis hermanos. Uoichi golpeándome en la coronilla porque decía que mi gema brillaba demasiado. Uoni tirándome agua helada mientras dormía. Uoyon colgándome de una cuerda del muelle diciendo que así aprendería a balancear el peso. Uogo enseñándome a intimidar a los humanos aunque yo lo hacía fatal. Uoroku burlándose de mi sonrisa rara. Todos riéndose. Todos empujándome. Todos molestándome. Y yo, siempre ahí, soportando, tragando, obedeciendo, como el pequeño tonto que había aprendido a ser para ellos. Pero esas imágenes… esas risas. No eran crueles. Eran nuestras. Eran las que me habían hecho fuerte. Las que me habían enseñado que caer está permitido, pero quedarse tirado no. Y allí estaba yo… tirado. Derrotado por mi propio ego, por creerme demasiado grande, demasiado invencible, demasiado gyojin como para temer a alguien. Los había fallado. Los estaba fallando. Dejándome vencer por un bicho y por mi soberbia. Y mientras ese pensamiento me atravesaba, la oscuridad terminó de devorar mi vista, dejándome suspendido en un silencio que dolía más que la falta de aire.

Sentí los golpes como si fueran ecos lejanos golpeando una puerta cerrada, débiles, lentos, casi tímidos. Ahora, en cambio, todo era silencio por dentro, un silencio ancho, suave, como el mar cuando decide no moverse. Ese contraste me inquietó y me tranquilizó a la vez, una mezcla rara, espesa, que me envolvía mientras mi cuerpo seguía recibiendo castigo. Pero ya nada dolía, nada tenía filo, nada tenía sombra. Solo esa calma extraña, como si una manta de agua tibia me cubriera la cabeza y me invitara a cerrar los ojos lentamente, sin prisas y sin miedo, y eso era curioso porque nunca me había gustado quedarme quieto, nunca me había gustado rendirme, y sin embargo allí estaba, dejando que todo se apagara, dejando que aquella serenidad imposible me tragara entera. Me di cuenta de que no podía mover los dedos, ni la cola, ni siquiera el músculo que sostenía mi sonrisa tonta y perturbadora, esa que siempre asustaba a los críos y desesperaba a los adultos; era como si mi cuerpo entero se hubiera convertido en una pintura a medio borrar. Intenté hablar, decir cualquier cosa, un chiste borde, un insulto infantil, un rugido colérico que demostrara que aún quedaba algo de mí, pero la voz aguda que siempre me acompañaba no salió, atrapada en alguna parte entre mis cuernos inútiles y mi pecho hundido. Finalmente lo entendí, lo sentí más que pensarlo, como si la gema celeste incrustada en mi frente hubiese brillado un instante para explicármelo todo: mi conciencia estaba aflojando el nudo que me ataba al cuerpo. Era una sensación extraña, como si me deslizara hacia atrás, como si flotara sobre mí mismo, dejando atrás mis ojos rojos, mis protuberancias inútiles, mi piel azul claro cubierta de heridas recientes, y en ese deslizamiento suave pensé en mis hermanos, en lo fastidiosos que eran, en lo mucho que me hacían rabiar, en lo obediente que terminaba siendo frente a ellos pese a mi orgullo ridículo, en lo que daría por gritarles una última vez que no lloraran, que el mediano seguía aquí, que el bueno de Uosan Sakana no se perdería tan fácil. Pero mi conciencia se fue, llevándose mi vida con ella.

RESUMEN


BÉLICO


SIGUIENTE TURNO
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 93 - 217 = -124
Energia: 617 + 0 = 617
Espiritu: 150 + 0 = 150
#58
Como todas las tormentas despues de los azotes en el mar hay calma, el cielo tiende a ponerse blanco y él aun no entendía por qué pero asumía que se trataba de algo relacionado a las almas de los difuntos que ascendían al firmamento. Quizás el cielo ahora era blanco, pero él era lo suficientemente ciego para poder apreciarlo. Lo que si podía apreciar es que finalmente sus brazos podían relajarse del agarre dejando ir el cuello comprimido del gyojin derrotado una vez el marine le hubiese hablado con naturalidad.

— Primero que nada no lo conozco, no soy su amigo. Mi nombre es Eros Focalor, ya lo dije en voz alta previamente. Segundo, no está vivo. Es un cadáver —Aclaró dejando ir el cuerpo sin vida del mismo para comenzar entonces a cavar una fosa lo suficientemente grande para que el cuerpo del mismo pudiese caber. No tenía madera, ni un ataúd para poder darle una sepultura mejor pero el guardián de las criptas no podía dejar sus hábitos.

Sin dificultad levantó el cadáver del ser colocándolo cuidadosamente con los brazos cruzados por sobre su pecho y boca arriba, caminó por encima del difunto para poder llegar a cerrar sus párpados y finalmente salió andando de la fosa que él mismo había cavado usando sus garras para sentarse sobre sus patas traseras contemplativo, aunque sea simbólicamente, del cuerpo que frente a él yacía.

Aclaró su garganta aun en forma de topo, e inspiró. — El momento de la retribución llega para todos, son nuestras acciones quienes nos hacen seguir con vida una vez que nos hemos marchado. Así no hayas espetado respeto para con nosotros, te entregaste a los brazos de la muerte así como has vivido... Cazando, y en tu ley. Quizás el respeto no sea algo a lo que hayamos llegado, pero hoy ante los ojos de todos los que te enfrentamos con uñas y dientes, sangre, sudor y lagrimas te entrego la eterna sepultura para que, finalmente, puedas descansar en paz —Una elegía para el caído, usando sus patas para comenzar a lanzar la tierra sobre el mismo de forma que su paso por la vida de lo terrenal culminase ceremoniosamente.

OFF ROL
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 395 + 10 = 405
Energia: 479 - 1 = 478
Espiritu: 87 + 0 = 87
#59
Y finalmente, se acabó. Ver a Uosan dejar de luchar y deslomarse debería hacerla sentir victoriosa, o al menos aliviada, porque significaba que el peligro había pasado. Pero en su lugar, Mahou siente como si la ira que la sostuvo hasta ahora se hubiera desvanecido de golpe, dejando un vacío pesado en su pecho. No haber sido capaz de cumplir su palabra la hace sentirse inútil, como una carga más dentro del equipo. Le resulta injusto que ella haya salido ilesa mientras la gran mayoría de sus compañeros sufrieron parte de la furia de Uosan, o al menos contribuyeron a derrotarlo. Ella, en cambio no hizo nada.

No porque no quisiera, sino porque su cuerpo no se lo permitió, o quizá porque sobreestimó sus propias capacidades al intentar luchar contra alguien muy por encima de su nivel. Y esa certeza la consume, siente que todo el recorrido hasta este punto no sirvió para nada, no es que menosprecie el esfuerzo de su equipo, menosprecia el suyo. Luego ve cómo el hombre topo comienza a enterrar el cuerpo del enemigo. Con eso, Mahou comprende que su oportunidad se perdió por completo.  - ¡Maldición! ¡¡Esto no se ha terminado!! ¡Que vengan sus hermanos, porque no les tengo miedo-uki! - golpea sus puños contra el suelo por la herida de su orgullo. 

Para despejar la mente, tras un bufido decide desconectarse del momento. Recuerda lo que dijo el mono leopardo, y tiene razón, aún necesitan encontrar la salida de esas paredes, pero ella ya había comprobado que eran imposibles de escalar en un inicio. Se acerca al muro donde la mayoría estaba reunido junto a la tumba de Uosan, apoya su mano en la superficie rocosa, y observa a sus compañeros. - ¡Ya intenté trepar las paredes, pero es muy dificil-uki! - apenas lo dice, cambia su rostro y abre los ojos como si una idea le hubiera caído en la mente.

Entonces, en ese momento se le escapa una pequeña risa. - Ukikikiki... ¡Mono pájaro! ¿No crees poder llevarnos de regreso a nuestro barco-uki? - dice mientras mira a Einarr, a quien todavía sigue confundiendo con su camarada alado.

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karmas
Mahou Chikao
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#60
El oído agudo de Kibai captó con total claridad el instante exacto en que el corazón del gyojin finalmente se detuvo. Fue un sonido tenue, casi imperceptible, pero para el fino oído del mink resultó tan evidente como si se tratara de un trueno. Durante un segundo, el mundo pareció quedar suspendido en un silencio denso, roto únicamente por la respiración agitada de todos los presentes y el leve borboteo del charco de sangre que seguía extendiéndose bajo el cuerpo del pez-hombre. Kibai bajó la mirada y examinó el tamaño cada vez mayor de la mancha de sangre, oscura y espesa que manaba de los cortes que le había propinado con Raimei, especialmente la estocada final que hbaía atravesado su cuerpo de parte a parte.

No necesitó más para confirmar lo inevitable. El gyojin finalmente había muerto. A Kibai se le escapó un rugido bajo y gutural, cargado de frustración. No era un grito de rabia ni una muestra de duelo, sino una mezcla amarga de insatisfacción y resignación. 

“Tanto esfuerzo para nada”, pensó, chasqueando la lengua con fastidio. Todo apuntaba a que el gyojin tenía información valiosa, ya fuesen nombres o algo a mayores que pudiese justificar el que los hubiesen encerrado en aquel extraño cubo de roca, pero ahora su boca sería eternamente muda. Por muy fuerte que hubiese sido el combate, la sensación de haber perdido una oportunidad crucial le escocía casi tanto como la brecha de su frente.

Con un movimiento fluido, elegante pese al cansancio acumulado y las extremidades adoloridas, Kibai se incorporó. Sintió el tirón de los músculos tensos y la punzada sorda en la frente, pero procuró ignorarlo en la medida de lo posible. Sus dedos,  se cerraron alrededor del mango de Raimei, aún incrustada en el cuerpo sin vida de su enemigo. Apretando su agarre, el mink dio un tirón con firmeza: el sonido seco del metal deslizándose entre carne, escamas y hueso lo acompañó, seguido de una pequeña salpicadura. La espada emergió cubierta de sangre a lo largo de todo el filo, como un recordatorio del peligro que habían sorteado.

Sin perder tiempo, Kibai limpió la hoja con movimientos metódicos. Una vez satisfecho con el brillo metálico del filo, guardó a Raimei en su vaina con un leve clic que reverberó en el aire húmedo. Notando un leve aguijonazo, el mink se llevó una mano a su frente. La brecha que había recibido no parecía demasiado profunda, aunque la sangre seca había comenzado a endurecerse y le picaba un poco. Con la uña retiró los restos coagulados, arrugando el hocico con un gesto de ligera molestia. “He tenido peores”, se dijo, aunque sabía que, de haberse distraído un segundo más, las consecuencias podrían haber sido mucho peores.

Alzando la cabeza, Kibai observó su entorno con atención. El olor a sal, sangre y sudor impregnaba el aire tras la batalla, mezclándose con la tensión que aún vibraba entre los integrantes del grupo. Entre todos los presentes, el que parecía en peores condiciones era, sin duda, el birkaniano. Su respiración era irregular, y su postura daba fe del impacto inicial que había sufrido al ser sorprendido por el gyojin.

El humano, por el contrario, estaba ileso. Había participado, sí, pero su táctica de disparar a distnaica había sido más prudente, o quizás simplemente había tenido mejor suerte de que el gyojin no hubiese decidido elegirlo como su presa. Permanecía alerta, aún con la adrenalina corriendo por sus venas, pero sin un rasguño que lo comprometiera. Más cerca, aún corriendo hacia ellos, la extraña mink humanoide, cuya presencia seguía siendo un enigma para Kibai, ya que parecía una mink mono, se comportaba como una mink mono y era tan irritante como una mink mono, pero no olía como una mink mono, al menos no del todo. La joven avanzaba a brincos despreocupados hacia ellos. Su expresión era difícil de leer, pero sujetaba el gran martillo que llevaba despreocupadamente con su cola, mientras mascullaba improperios contra su enemifo ya caído.

Tampoco la muchacha oni había salido indemne, aunque sus heridas parecían más superficiales que otra cosa. Tenía algunos rasguños producto de la caída que el ataque de su adversario le había provocado, y a buen seguro le saldría un moratón importante, pensó Kibai, pero nada que pareciera poner en riesgo su movilidad o su participación en futuras batallas.

El pequeño topo, por su parte, quien había realizado una labor tan importante en la derrota de su adversario, también monstraba unos cuantos rasguños, recordatorios de su osadía al enfrentarse a un oponente tan grande. Pese a ello, seguía pareciendo tener energía de sobra, como si quisiera demostrar que aún era capaz de seguir luchando.

En cuanto a Kibai, reconocía que tampoco había salido del todo ileso, aunque la mayor parte de sus heridas se limitaban a la brecha que el cabezazo que el gyojin le había propinado al ser impulsado por el dial de viento del birkaniano. Para él, acostumbrado al rigor del combate, aquello no era más que parte del día a día. Un precio mínimo por sobrevivir a una pelea como aquella.

En general, concluyó, el grupo había salido sorprendentemente bien librado. El combate había sido duro, sí, y el enemigo no era alguien que pudiera subestimarse. La fuerza y la agilidad del gyojin había sido brutal, desproporcionada incluso, y si no hubiesen reaccionado con coordinación, aunque fuese improvisada entre absolutos desconocidos, probablemente alguno no estaría en pie. No obstante, todos seguían allí. Respirando. De pie. Y eso, en el fondo, era motivo suficiente para sentirse satisfecho.

Aun así, el vacío que dejaba la falta de información le pesaba más que el cansancio físico. Habían ganado, pero ¿a qué costo? Eso estaría por verse.

Mientras caminaba hacia el centro de aquel cubo a recoger su capa, Kibai observó extrañado como el pequeño topo se ponía a cavar y guardó en su mente, con cierta gracia cómica, la imagen del pequeño animal pornunciando una solemne elegía funeraria mientras colocaba el cadaver en la improvisada fosa. Desde luego, el Gran Line parecía un sitio muy prometedor.

Tras desempolvar la blanca tela de su capa, Kibai extrajo el pequeño caracol Den Den Mushi del bolsillo interno y trató de establecer de nuevo comunicación con sus compañeros, recibiendo solamente silencio del otro lado. Asumiendo que le tocaba apañárselas con lo que tenía, se colocó la capa de nuevo sobre los hombros, en un solo movimiento que había ensayado decenas de veces hasta perfeccionarlo, antes de examinar de nuevo el cubo de roca donde se encontraban y a todos los que se encontraban en él. 

"Creo que ninguno me conocéis, así que me presentaré. Mi nombre es Kibai, miembro de la División 84 de la Marina, en ruta hacia el Grand Line. Está claro que todos los barcos en los que íbamos han sufrido grandes daños o se han hundido. Si queremos salir de aquí, nuestra mejor opción, ya que nuestra única fuente de información está muerta, es colaborar en la medida de lo posible los unos con los otros. Si lo hacemos así, es muy probable que todos nos reunamos con los nuestros más pronto que tarde."

 Sin embargo, en su fuero interno, ni el propio mink se creía de todo estas palabras. Si, de momento se habían salvado, ¿pero qué más dificultades los esperaban hasta lograr salir de aquella maldita situación?


resumen


gastos
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 466 + 0 = 466
Energia: 385 + 8 = 393
Espiritu: 126 + 0 = 126


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