07-11-2025, 08:53 PM
El sol de la tarde caía sobre el horizonte y teñía el cielo de una gama de colores cálidos. Entre anaranjados, rosas y rojos nadaban nubes pasajeras, pequeñas y esporádicas, moviéndose hacia el norte. La brisa las acompañaba. Fresco, pero no frío. Otoñal. La luna se podía apreciar, prematura en su aparición, como una silueta compañera y no antagonista del astro que partía. Tomaba la vara, el recado, y se hacía cargo de la llegada de la noche.
Sonó la campana.
—¡Se acabó el turno!
El mensaje se hizo eco a lo largo y ancho de los amplios campos de arroz, pasado de boca en boca. Hombres y mujeres levantaron la cabeza, suspiraron al unísono y se irguieron, los cuerpos doloridos. Se les notaba el cansancio en la mirada. Había sido una larga jornada trabajando en el campo. Los huesos se quejaban de la mala postura, obligatoria para la cosecha manual, y sus pies, helados, pedían a gritos por el calor del hogar. Las gruesas botas envueltas en bolsas los aislaban del agua, pero no del frío.
—¡Recojan todo, amigos! La noche está al caer. ¡Tengan cuidado con las serpientes, eh! Ayer mordieron a dos y no podemos tener más bajas. —El jefe del grupo, Ekhman Garlo, se paseó por los límites del terreno inundado. Vigilaba que todos los trabajadores estuvieran a salvo. Las plagas de roedores y anfibios, típicas de la zona en épocas de cosecha, atraían a las serpientes, y las serpientes atraían problemas—. ¡Eh! —llamó Garlo, vislumbrando entre los brotes más bajos una silueta en el suelo—. ¡Traigan a un médico, tenemos un…!
El sonido de un ronquido lo detuvo en seco. Consternado, se giró de nuevo hacia la misteriosa figura y decidió acercarse. Sumergió sus botas en el agua y caminó cuidadosamente entre los brotes, achicando la distancia paso a paso hasta que lo vio.
—¿Qué carajos…? ¡EH! ¿QUÉ HACES DURMIENDO AQUÍ?
—¡¿AH?!
Enji saltó en el lugar, hundiendo las manos en el suelo para impulsarse y ponerse de pie. Se irguió cuan largo era, destacando sobre los brotes de arroz con su cabellera blanca y ojos rojos, difíciles de ignorar al reflejar la luz de los últimos rayos del sol. Desorientado, miró a su alrededor con los puños arriba y luego se fijó en Garlo, que lo tenía entre ceja y ceja.
—¡¿Por qué mierdas me despiertas así, cara de sapo?! ¡Estaba bien dormido! —El marine vio la vena de su frente hinchada a causa del fastidio—. ¿Sabes lo que cuesta quedarse dormido en el agua? ¡Estuve una hora buscando la postura ideal!
—¿Por qué estás durmiendo en el agua? ¡Te puedes ahogar, imbécil! ¡Y ni hablar de las enfermedades que te pueden dar! ¡Hay serpientes aquí! —replicó Garlo, severo, pero también sorprendido. Se había topado con ladrones en los campos, con plagas, pero nunca con un sujeto durmiendo la siesta. Estaba desencajado.
—Meh, ¿qué clase imbécil se deja morder por una serpiente? —dijo Enji mientras, haciendo todo un escándalo con sus pasos largos y lodosos, se dirigía fuera del campo inundando. Estaba en cueros, como es costumbre, usando únicamente un boxer azul.
Garlo tuvo que contener la risa al ver la mitad trasera de su cuerpo totalmente arrugada por el prolongado contacto con el agua.
—A ver, dónde está mi ropa…
Enji se sujetó el mentón con la mano diestra mientras revisaba los límites del camino elevado, donde empezaba la depresión del terreno. Allí, tras remover unas malezas de encima, encontró su ropa. Su uniforme.
Se quitó el boxer de encima.
—¡Eh, cabrón! ¡No puedes desnudarte así nada más! —reclamó Garlo, que venía siguiendo sus pasos, mientras le daba la espalda y cubría su desnudez del grupo de trabajadores que se alejaba del campo.
—¡Necesito unos boxers secos! —dijo Enji.
Entre su ropa tenía unos, así que los tomó, se los colocó y luego acompañó de pantalones cortos, blancos, aunque manchados por la tierra. Seguido de eso se calzó el chaleco y la gorra.
—¿Eres marine?
Garlo alzó una ceja. No se lo creía.
—Soy muchas cosas, amigo. Rescatista, médico de marsupiales, corredor de maratones… —Las mentiras brotaban del marine como las flores en primavera. Le salía tan natural que, a veces, temía creerse sus propias artimañas.
Enji sacó un cigarrillo del bolsillo de su chaleco y luego el mechero pertinente para darle fuego.
—Puedes decirme “Capitán Enji”. El Colmillo Blanco.
Bebió una bocanada profunda de humo. Se llenó los pulmones, lo saboreó y luego, en un suspiro, exhaló una nube densa que se disipó con el viento.
—Pero, ¿ese uniforme no es de recluta? —señaló Garlo.
Enji pasó saliva.
—Sí, bueno, el otro estaba lavándose. ¡En fin! Que tarde se hace. ¡Nos vemos, viejito!
Saludó con la mano y rápido se giró y empezó a caminar.
—Ah, ¡espera! ¿Dijiste algo de “médico”? ¿Sabes sanar?
Enji caminó más rápido.
—¡Sólo animales, lo sientoooo!
—¡Espera! ¡Es por mi gata!
Enji se detuvo.
«Me encantaría que tengamos una mascota, ¿no sería genial? ¡Ahora que tienes tu casa, mamá no puede decirnos nada de sus alergias!»
«¿Y qué mascota te gustaría, enano?»
«¡Un gatito!»
Echó una mirada al cielo. Las primeras estrellas aparecían, brillantes en el lejano firmamento, y en su luz vio reflejada el recuerdo. Un recuerdo doloroso, pero que cobijaba entre sus brazos con sumo cuidado, pues nada dolía más que el calor de una memoria que jamás podrá repetirse.
—Amigo, lo siento, pero no soy médico de gatos. Llévalo al pueblo —musitó Enji. Su tono apagado por primera vez denotaba seriedad.
—Es que ya lo llevamos. Nos dijeron que está vieja.
—¡Pues estará vieja! No le des más vueltas. —Bufó—. ¿Qué quieres que haga? ¿Contarle cuentos hasta que cierre los ojos?
—Bueno, aunque no seas médico eres de la marina, ¿cierto? —Garlo aguzó la mirada, parecía tener algo en mente y eso a Enji no le gustaba—. Ocupo tu ayuda. ¿Vas a irte de todas formas?
—Hijo de…
Enji dio una pitada a su cigarrillo, se lo sacó de la boca y luego exhaló, golpeteando con la punta del pie en el suelo.
—¿Qué quieres?
El camino a la casa del sembrador fue largo, tedioso y aburrido. Todo lo que vio fueron campos de arroz. Campos de arroz a su izquierda, campos de arroz a su derecha, campos de arroz atrás y campos de arroz adelante. El hogar del sujeto, que Enji se enteró en el camino, se llamaba Garlo, estaba ubicado en medio de los amplios campos de plantación. Era un trabajador veterano de las plantaciones de arroz, un experto y un apasionado en su vocación.
O un tipo al que simplemente le gustaba demasiado hablar sobre el arroz.
Enji caminaba con las manos atrás de la nuca, la mirada al frente pero sin mirar, preguntándose para sus adentros qué demonios hacía allí. ¿Qué clase de beneficio le traería ayudar a ese pobre diablo con su gato? En mitad de la nada, rodeados de kilómetros y kilómetros de plantaciones de arroz.
—Llegamos —dijo Garlo.
Enji volvió a tierra, se enfocó y pudo apreciar, al final del camino, una casa. Una pequeña cabaña de madera. Rústica, con una pequeña galería techada al frente y techo de chapa. Una mujer se asomó fuera para recibir al hombre. Llevaba en brazos un bebé.
Garlo se acercó y Enji se quedó atrás, a una distancia prudente. Odiaba conocer personas. En especial cuando esas personas eran una familia tipo. Atestiguó todo el encuentro, los abrazos, y terminó girándose para mirar el campo. No lo toleró.
—”Capitán Enji”, venga. Le voy a mostrar en lo que necesito ayuda.
—A buenas horas, viejo. Bastante tiempo me has retenido —dijo Enji.
El hombre lo guió dentro de su casa, a través del recibidoy hasta la que sería la habitación del bebé. Allí, en una esquina, reposaba una vieja gata. Su color era blanco con toques anaranjados y estaba gorda, muy gorda. Verla recostada era como ver un almohadón peludo tirado en el suelo. Tenía las patas extendidas y la cabeza inclinada a un costado, mirándose la panza.
De pronto, su panza se movió.
—¡Mierda! —exclamó Enji—. Tiene parásitos.
—Ahh… no. Ya se los quitamos —dijo Garlo.
La panza de la gata se siguió moviendo bajo el pelaje. Enji se rascó el cuello e hizo una mueca de asco, pero, tras unos segundos, notó en ese movimiento… ¿una pata?
—Oh, no me digas…
—Llévate uno y tu deuda por dejarte dormir en el campo estará saldada.
Las protuberancias en la tripa del animal resultaron no ser protuberancias, sino crías: pequeños gatitos que se confundían con el pelaje de la madre mientras se prendían a ella para comer, aunque, por su tamaño, pronto soltarían la teta en favor de algo sólido.
—Yo no te debo nada, viejo.
Pero Garlo ya se había acuclillado junto a la gata y, sin molestarla, había tomado a uno de los más pequeños. Blanco en su totalidad.
—Chico, si vas a dormir en el campo, no te vendrá nada mal un pequeño cazador de ratas. Y por tus pintas supongo que no sueles tener mucha compañía. —Garlo, pese a sus gestos de rechazo, le dejó al gatito sobre el hombro y Enji no pudo hacer más que quedarse quieto, con expresión derrotada, para que no se cayera—. Se supone que la marina ayuda y protege al pueblo. Bueno, sería de gran ayuda poder encontrarle un buen hogar a ese enano. Es terrible. Siempre lo encontramos en alguna habitación de la casa donde no debería estar.
—Sólo te quieres sacar de encima a las crías, cabrón.
—En parte, y en parte tengo que hacerlo. No estamos en casa todo el día y los gatos son muy pequeños como para cuidarse solos una vez ella… bueno, decida que fue suficiente. ¿Y dónde estará más a salvo que con un marine?
—En cualquier otro lado, quizá —respondió Enji, mientras, completamente ajeno a lo que sucedía, el gato caía dentro del bolsillo de su chaleco. Enji lo miró, tan pequeño y con ojos tan grandes, y suspiró—. Hijo de perra…
A la mañana siguiente, en los alrededores de los campos de arroz se oyó hablar de un marine, alto y de cabello blanco, que cargaba una caja a cuestas y si te lo cruzabas, te encajaba un gato al que cuidar. No te lo preguntaba, tampoco trataba de convencerte, sino que te obligaba a aceptar. En menos de un día, todas las crías de la gata del viejo arrocero tenían un hogar nuevo. Todas excepto una, claro, que no tendría un hogar fijo mas sí un asiento en primera clase para despedirse de sus hermanos cada vez que Enji regalaba uno, metido en el bolsillo de su chaleco.
—Y ese es el último… —musitó Enji mientras se alejaba la nueva madre del gatito restante. La caja estaba vacía—. Supongo que tú te quedas conmigo. Hmm... —Dejó caer la caja y sacó a la cría de gato de su bolsillo. La sostuvo frente a sus ojos mientras el animalito lo miraba y maullaba—. Te vas a llamar... Ford.
Sonó la campana.
—¡Se acabó el turno!
El mensaje se hizo eco a lo largo y ancho de los amplios campos de arroz, pasado de boca en boca. Hombres y mujeres levantaron la cabeza, suspiraron al unísono y se irguieron, los cuerpos doloridos. Se les notaba el cansancio en la mirada. Había sido una larga jornada trabajando en el campo. Los huesos se quejaban de la mala postura, obligatoria para la cosecha manual, y sus pies, helados, pedían a gritos por el calor del hogar. Las gruesas botas envueltas en bolsas los aislaban del agua, pero no del frío.
—¡Recojan todo, amigos! La noche está al caer. ¡Tengan cuidado con las serpientes, eh! Ayer mordieron a dos y no podemos tener más bajas. —El jefe del grupo, Ekhman Garlo, se paseó por los límites del terreno inundado. Vigilaba que todos los trabajadores estuvieran a salvo. Las plagas de roedores y anfibios, típicas de la zona en épocas de cosecha, atraían a las serpientes, y las serpientes atraían problemas—. ¡Eh! —llamó Garlo, vislumbrando entre los brotes más bajos una silueta en el suelo—. ¡Traigan a un médico, tenemos un…!
El sonido de un ronquido lo detuvo en seco. Consternado, se giró de nuevo hacia la misteriosa figura y decidió acercarse. Sumergió sus botas en el agua y caminó cuidadosamente entre los brotes, achicando la distancia paso a paso hasta que lo vio.
—¿Qué carajos…? ¡EH! ¿QUÉ HACES DURMIENDO AQUÍ?
—¡¿AH?!
Enji saltó en el lugar, hundiendo las manos en el suelo para impulsarse y ponerse de pie. Se irguió cuan largo era, destacando sobre los brotes de arroz con su cabellera blanca y ojos rojos, difíciles de ignorar al reflejar la luz de los últimos rayos del sol. Desorientado, miró a su alrededor con los puños arriba y luego se fijó en Garlo, que lo tenía entre ceja y ceja.
—¡¿Por qué mierdas me despiertas así, cara de sapo?! ¡Estaba bien dormido! —El marine vio la vena de su frente hinchada a causa del fastidio—. ¿Sabes lo que cuesta quedarse dormido en el agua? ¡Estuve una hora buscando la postura ideal!
—¿Por qué estás durmiendo en el agua? ¡Te puedes ahogar, imbécil! ¡Y ni hablar de las enfermedades que te pueden dar! ¡Hay serpientes aquí! —replicó Garlo, severo, pero también sorprendido. Se había topado con ladrones en los campos, con plagas, pero nunca con un sujeto durmiendo la siesta. Estaba desencajado.
—Meh, ¿qué clase imbécil se deja morder por una serpiente? —dijo Enji mientras, haciendo todo un escándalo con sus pasos largos y lodosos, se dirigía fuera del campo inundando. Estaba en cueros, como es costumbre, usando únicamente un boxer azul.
Garlo tuvo que contener la risa al ver la mitad trasera de su cuerpo totalmente arrugada por el prolongado contacto con el agua.
—A ver, dónde está mi ropa…
Enji se sujetó el mentón con la mano diestra mientras revisaba los límites del camino elevado, donde empezaba la depresión del terreno. Allí, tras remover unas malezas de encima, encontró su ropa. Su uniforme.
Se quitó el boxer de encima.
—¡Eh, cabrón! ¡No puedes desnudarte así nada más! —reclamó Garlo, que venía siguiendo sus pasos, mientras le daba la espalda y cubría su desnudez del grupo de trabajadores que se alejaba del campo.
—¡Necesito unos boxers secos! —dijo Enji.
Entre su ropa tenía unos, así que los tomó, se los colocó y luego acompañó de pantalones cortos, blancos, aunque manchados por la tierra. Seguido de eso se calzó el chaleco y la gorra.
—¿Eres marine?
Garlo alzó una ceja. No se lo creía.
—Soy muchas cosas, amigo. Rescatista, médico de marsupiales, corredor de maratones… —Las mentiras brotaban del marine como las flores en primavera. Le salía tan natural que, a veces, temía creerse sus propias artimañas.
Enji sacó un cigarrillo del bolsillo de su chaleco y luego el mechero pertinente para darle fuego.
—Puedes decirme “Capitán Enji”. El Colmillo Blanco.
Bebió una bocanada profunda de humo. Se llenó los pulmones, lo saboreó y luego, en un suspiro, exhaló una nube densa que se disipó con el viento.
—Pero, ¿ese uniforme no es de recluta? —señaló Garlo.
Enji pasó saliva.
—Sí, bueno, el otro estaba lavándose. ¡En fin! Que tarde se hace. ¡Nos vemos, viejito!
Saludó con la mano y rápido se giró y empezó a caminar.
—Ah, ¡espera! ¿Dijiste algo de “médico”? ¿Sabes sanar?
Enji caminó más rápido.
—¡Sólo animales, lo sientoooo!
—¡Espera! ¡Es por mi gata!
Enji se detuvo.
«Me encantaría que tengamos una mascota, ¿no sería genial? ¡Ahora que tienes tu casa, mamá no puede decirnos nada de sus alergias!»
«¿Y qué mascota te gustaría, enano?»
«¡Un gatito!»
Echó una mirada al cielo. Las primeras estrellas aparecían, brillantes en el lejano firmamento, y en su luz vio reflejada el recuerdo. Un recuerdo doloroso, pero que cobijaba entre sus brazos con sumo cuidado, pues nada dolía más que el calor de una memoria que jamás podrá repetirse.
—Amigo, lo siento, pero no soy médico de gatos. Llévalo al pueblo —musitó Enji. Su tono apagado por primera vez denotaba seriedad.
—Es que ya lo llevamos. Nos dijeron que está vieja.
—¡Pues estará vieja! No le des más vueltas. —Bufó—. ¿Qué quieres que haga? ¿Contarle cuentos hasta que cierre los ojos?
—Bueno, aunque no seas médico eres de la marina, ¿cierto? —Garlo aguzó la mirada, parecía tener algo en mente y eso a Enji no le gustaba—. Ocupo tu ayuda. ¿Vas a irte de todas formas?
—Hijo de…
Enji dio una pitada a su cigarrillo, se lo sacó de la boca y luego exhaló, golpeteando con la punta del pie en el suelo.
—¿Qué quieres?
El camino a la casa del sembrador fue largo, tedioso y aburrido. Todo lo que vio fueron campos de arroz. Campos de arroz a su izquierda, campos de arroz a su derecha, campos de arroz atrás y campos de arroz adelante. El hogar del sujeto, que Enji se enteró en el camino, se llamaba Garlo, estaba ubicado en medio de los amplios campos de plantación. Era un trabajador veterano de las plantaciones de arroz, un experto y un apasionado en su vocación.
O un tipo al que simplemente le gustaba demasiado hablar sobre el arroz.
Enji caminaba con las manos atrás de la nuca, la mirada al frente pero sin mirar, preguntándose para sus adentros qué demonios hacía allí. ¿Qué clase de beneficio le traería ayudar a ese pobre diablo con su gato? En mitad de la nada, rodeados de kilómetros y kilómetros de plantaciones de arroz.
—Llegamos —dijo Garlo.
Enji volvió a tierra, se enfocó y pudo apreciar, al final del camino, una casa. Una pequeña cabaña de madera. Rústica, con una pequeña galería techada al frente y techo de chapa. Una mujer se asomó fuera para recibir al hombre. Llevaba en brazos un bebé.
Garlo se acercó y Enji se quedó atrás, a una distancia prudente. Odiaba conocer personas. En especial cuando esas personas eran una familia tipo. Atestiguó todo el encuentro, los abrazos, y terminó girándose para mirar el campo. No lo toleró.
—”Capitán Enji”, venga. Le voy a mostrar en lo que necesito ayuda.
—A buenas horas, viejo. Bastante tiempo me has retenido —dijo Enji.
El hombre lo guió dentro de su casa, a través del recibidoy hasta la que sería la habitación del bebé. Allí, en una esquina, reposaba una vieja gata. Su color era blanco con toques anaranjados y estaba gorda, muy gorda. Verla recostada era como ver un almohadón peludo tirado en el suelo. Tenía las patas extendidas y la cabeza inclinada a un costado, mirándose la panza.
De pronto, su panza se movió.
—¡Mierda! —exclamó Enji—. Tiene parásitos.
—Ahh… no. Ya se los quitamos —dijo Garlo.
La panza de la gata se siguió moviendo bajo el pelaje. Enji se rascó el cuello e hizo una mueca de asco, pero, tras unos segundos, notó en ese movimiento… ¿una pata?
—Oh, no me digas…
—Llévate uno y tu deuda por dejarte dormir en el campo estará saldada.
Las protuberancias en la tripa del animal resultaron no ser protuberancias, sino crías: pequeños gatitos que se confundían con el pelaje de la madre mientras se prendían a ella para comer, aunque, por su tamaño, pronto soltarían la teta en favor de algo sólido.
—Yo no te debo nada, viejo.
Pero Garlo ya se había acuclillado junto a la gata y, sin molestarla, había tomado a uno de los más pequeños. Blanco en su totalidad.
—Chico, si vas a dormir en el campo, no te vendrá nada mal un pequeño cazador de ratas. Y por tus pintas supongo que no sueles tener mucha compañía. —Garlo, pese a sus gestos de rechazo, le dejó al gatito sobre el hombro y Enji no pudo hacer más que quedarse quieto, con expresión derrotada, para que no se cayera—. Se supone que la marina ayuda y protege al pueblo. Bueno, sería de gran ayuda poder encontrarle un buen hogar a ese enano. Es terrible. Siempre lo encontramos en alguna habitación de la casa donde no debería estar.
—Sólo te quieres sacar de encima a las crías, cabrón.
—En parte, y en parte tengo que hacerlo. No estamos en casa todo el día y los gatos son muy pequeños como para cuidarse solos una vez ella… bueno, decida que fue suficiente. ¿Y dónde estará más a salvo que con un marine?
—En cualquier otro lado, quizá —respondió Enji, mientras, completamente ajeno a lo que sucedía, el gato caía dentro del bolsillo de su chaleco. Enji lo miró, tan pequeño y con ojos tan grandes, y suspiró—. Hijo de perra…
A la mañana siguiente, en los alrededores de los campos de arroz se oyó hablar de un marine, alto y de cabello blanco, que cargaba una caja a cuestas y si te lo cruzabas, te encajaba un gato al que cuidar. No te lo preguntaba, tampoco trataba de convencerte, sino que te obligaba a aceptar. En menos de un día, todas las crías de la gata del viejo arrocero tenían un hogar nuevo. Todas excepto una, claro, que no tendría un hogar fijo mas sí un asiento en primera clase para despedirse de sus hermanos cada vez que Enji regalaba uno, metido en el bolsillo de su chaleco.
—Y ese es el último… —musitó Enji mientras se alejaba la nueva madre del gatito restante. La caja estaba vacía—. Supongo que tú te quedas conmigo. Hmm... —Dejó caer la caja y sacó a la cría de gato de su bolsillo. La sostuvo frente a sus ojos mientras el animalito lo miraba y maullaba—. Te vas a llamar... Ford.
