FIC | Pasado de Rill| Saga de Ilsia
#1
La llegada de Rill al puerto de Akarui

El mercante dio un bufido hondo al atracar en el muelle de Akarui, como si el mismísimo barco estuviera cansado de la travesía. La mar, quieta de repente, brillaba como cristal rugoso contra los pilotes de madera. Rill bajó por la pasarela, que crujió bajo sus botas gastadas. Había pasado días apretujado en la bodega junto a su barcaza librera, un trasto lleno de libros que olían a polvo y sal. Al pisar el muelle, el aire le pegó en la cara: Ilisia apestaba a carbón mojado, a tinta vieja, y a algo que le recordó las mañanas frías de su infancia. Los mozos de cuerda lo miraron de reojo, con esa mezcla de respeto y alivio que se le da a alguien que parece capaz de cargar un mundo entero en los hombros. Rill alzó la mano, un gesto simple, y pidió con voz ronca un rincón en el tinglado para descargar. Mientras apilaban los fardos, una historia llegó sin que él la buscara: redes confiscadas por un “cupo mal declarado”, recibos que se perdían en la casa de aduanas de Akarui. Anotó nombres en un cartón viejo con un trozo de tiza que le prestaron, soltó una risa corta, casi como un tosido, y dejó claro que venía en son de paz, con su cuaderno bajo el brazo.

Cuando el sol empezó a caer, empujó la barcaza hasta un recodo de la ría de Akarui. La dejó allí, meciéndose bajo una lámpara que colgaba torcida de un poste. Se sentó en el muelle, el kanabō apoyado como un amigo viejo, recto junto a los pilotes. No pasó mucho hasta que un chico descalzo, con el pelo revuelto por el viento, se acercó con un sobre arrugado en la mano. «Es para alguien que no le tenga miedo a los sellos», dijo, señalando la casa de aduanas con un dedo mugriento. Rill le tendió un pedazo de pan con sal, de ese que siempre llevaba en el morral. El muchacho, que luego dijo llamarse Darío, masticó rápido mientras hablaba: su tía Sira estaba atrapada porque le habían retenido los papeles de la mar en la oficina de cupos. Sin esos timbres, no podrían zarpar al amanecer. Rill no se comprometió de más. «Mañana voy a preguntar», dijo, y añadió, como si se le ocurriera en el momento, «ningún papel se queda sin dueño, pequeño».

La primera bienvenida de verdad llegó en La Hembra del Cabo, una taberna con bancos que crujían y un suelo cubierto de escamas secas. Nerea, la dueña, servía una sopa de roca que olía a las cocinas de su madre, a leña y tiempo ido. Allí se topó con Mateo, un estibador que cargaba su pena como si fuera un fardo más, encorvado pero firme. Entre jarras de cerveza tibia y cucharadas de sopa, las charlas fueron tejiendo un mapa: una oficina nueva, la de “Recuento de Manos”, que cobraba tasas cuando nadie lo esperaba; inspectores que jugaban con los sellos como si fueran dados; un tal Brench, el administrador, que hablaba bajito y sonreía enseñando unos dientes pequeños, demasiado perfectos. Rill escuchaba, callado, dejando que las palabras se asentaran. Pidió ver los recibos y las notas de venta, no porque dudara, sino porque le gustaba tener las cosas claras. Nerea trajo un cajón con papeles húmedos, oliendo a moho y salitre. Él los extendió sobre la mesa, secándolos con cuidado, como si cada uno fuera una carta de alguien que ya no estaba. Las letras volvieron a su sitio, nítidas, como si quisieran contar su propia historia.

Cuando la taberna cerró, salió a tomar aire junto a la ría. El puerto de Akarui parecía dormir con un ojo abierto; solo se oía el roce de las cuerdas y el gemido de la madera vieja. Rill apoyó el kanabō en el hombro, notando el peso, y pensó en la promesa que se había hecho hace años: no dejaría que la memoria se quemara otra vez. La sal se le pegaba a la barba, la tinta le manchaba las uñas, y el cansancio le tiraba de los párpados, pero aun así se le escapó una sonrisa torcida. Mañana tocaría madrugar, hablar claro, preguntar sin rodeos. Si en la isla había cosas torcidas, no las arreglaría a golpes, sino poniendo los hechos en fila, con paciencia. Miró la lámpara de la barcaza, que bailaba como una estrella que se hubiera caído al agua, y se acordó de un verso que su madre le canturreaba: «Cada puerto guarda un rumor que no sabe nadar». Rill estaba listo para sacarlo a flote.

Al copiar en limpio esa noche en la barcaza de Akarui, Rill dejó un apunte al margen. Anotó que el puerto olía a sardina frita de un puesto sin nombre y que su risa espantó a dos gaviotas que dormitaban en la lámpara. Dudó un segundo con el nombre del muchacho (escribió "Dario" y luego volvió para poner la tilde, "Darío") y marcó con una cruz pequeña la mesa donde Nerea había secado los papeles. La tiza se deshizo con la humedad y manchó el borde de la hoja; no la limpió a propósito. Escribió también: "Preguntar por timbres en almacenes chicos. No fiarse de copias sin fecha". Ese tipo de notas, medio desordenadas, le servían más que un discurso bonito.
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#2
La patrulla de los cupos

Amaneció con una bruma baja que sabía a hierro y a pan recalentado. Rill ya estaba en el tinglado de Akarui cuando entró la patrulla de los cupos: cuatro casacas claras con botas sin barro y un sello colgado al cuello como si fuera un amuleto. Pidieron redes, contaron boyas, y cada vez que terminaban una fila aparecía un «faltan dos» que sonaba más a truco de feria que a conteo. Sira llegó chorreando agua, con el pelo pegado a la cara, y sostuvo su recibo con ambas manos, como si la hoja fuese una lámpara en medio del viento. El del sello estiró los dedos para arrancárselo. Rill plantó el kanabō junto a ambos y lo dejó vibrar contra la madera. No golpeó, solo levantó una barrera. «Ese recibo tiene nombre y fecha; se lee antes de tocar», dijo con voz de muelle. La vara del más ansioso se detuvo a mitad de aire (un hilo suelto en la manga lo delataba; Rill lo anotaría luego).

Sira respiró. Nerea apareció con un cajón y Mateo arrimó una tabla para hacer de mesa (la tabla cojeaba; Rill calzó una esquina con una cuña de corcho). «Papel a papel, que el mar no traga letras», murmuró él, y empezó a leer en voz alta, sin prisa: fechas, kilos, sellos. Donde faltaba tinta, pidió la historia; donde sobraba tasa, pidió el motivo. El del sello habló de reglamentos. «Cítelos por número», pidió Rill, sereno. El hombre abrió la boca, no salió nada. Entonces Eno, el viejo escribano, llegó con un libro de cuentas del mercado (forro gastado, páginas con olor a humedad) y apoyó el lomo con cariño. Entre sus hojas había timbres mellizos a los nuevos, pero con fechas que no casaban con mareas ni con fiestas. «Lea esto también», dijo Rill. No acusó; comparó. No gritó; señaló. Cada vez que encontraba dos marcas iguales en días imposibles, hacía una flecha corta con el lápiz graso. «Aquí cantan distinto», decía, y la gente asentía sin necesidad de discursos.

Cuando la patrulla quiso llevarse dos cajas "en garantía", Rill inclinó apenas el kanabō (el gesto con el que abría pasillos entre bultos; se notaba que prefería empujar antes que romper). «Esa caja tiene contratos dentro», dijo. «Si sale del muelle de Akarui, sale con copia y con firma». Uno de los casacas intentó imponer la voz: «Órdenes del Recuento». Rill respondió con calma de puerto: «Aquí las órdenes se leen con ojos de todos». Sira, que temblaba menos, colocó su recibo al centro. «Nadie se queda sin timbre», añadió Rill. Hubo un silencio que no era miedo; era gente contando hasta diez. El del sello reculó un paso y propuso "revisarlo en oficina. «En la plaza», corrigió Rill, «donde quepan las sillas». (Apuntó mentalmente: «Ordo… ¿Odriozola?»; lo escribiría luego con signo de pregunta.)

A media mañana el tinglado recuperó su ruido de siempre: poleas, risas breves, el quejido del metal que aguanta. Rill ayudó a cargar barriles y devolvió recibos con la ceremonia sencilla de quien devuelve un anillo. Un chasquido en la arena lo hizo agacharse: entre los granos había una pesa pequeña de balanza con marca oficial. Nerea juró no haberla visto antes. Rill la sostuvo al sol. El relieve coincidía con el dibujo que había visto en sellos "nuevos", salvo por una ranura ligeramente torcida. No dijo "prueba" (palabra grande que se desgasta si se usa mal); dijo "pieza". «Una pieza más para armar historia», murmuró. La guardó en un sobre grasoso, la tocó con la punta del lápiz para no mancharla y la dibujó en el margen del cartón (la elipse le salió rara; puso una flecha y escribió: «repetir dibujo cuando seque»).

Cuando la patrulla se fue con promesa de "volver con orden superior", la tensión bajó como marea. «Hoy comemos en paz», dijo Nerea, y repartió cuencos de sopa de roca. Rill probó, sonrió con la boca llena (la sopa calentaba como una manta vieja) y volvió a su oficio de ordenar. Pidió a cada uno que dejara su nombre junto a su papel. «Si faltan redes, veremos cuándo; si sobran tasas, de dónde salieron», dijo. Nadie habló de héroes. Se habló de fechas, de lluvia, de marejada. Un hombre recordó una vez que el puerto cerró por funeral y sin embargo el sello decía "actividad normal"; una mujer señaló dos cifras puestas con pulso distinto en una misma línea. Rill escuchó y fue anotando (no bonitos adornos, sino flechas, tics, signos de pregunta). «Lo que se cuenta bien, se sostiene solo», repitió, y la frase quedó flotando como un farol encendido.

Al terminar la jornada, se sentó en la barcaza con el cuaderno rígido de tapas azules y copió en limpio (a medias; la humedad hacía de las suyas). Apuntó: «manga con costura suelta, barniz reciente, olor fuerte»; escribió «Odriozola» y le puso al lado un signo de interrogación (quizá era otra cosa). Dibujó la pesa con su ranura torcida y, bajo el dibujo, puso «pieza, no prueba». Escribió también, entre paréntesis: (no olvidar calzar la mesa coja; buscar cuñas mejores). Añadió: «preguntar por timbres en almacenes chicos», «consultar a Eno por sellos viejos», «pedir a Sira nombres de los que revisan redes con demasiada prisa». Al final dejó una nota para sí mismo: «No discutir, leer; no empujar antes de abrir pasillo; reír cuando el aire se ponga duro». Y cerró el cuaderno con la satisfacción tranquila de haber dejado la marea escrita donde debía.
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#3
Barrio Barranca y la curandera

Barrio Barranca, en Akarui, era un escalón de piedra húmeda que trepaba desde el muelle hasta perderse entre chimeneas. Rill subió sin prisa, cuidando de no partir tablones con el peso (se notaba dónde cedían: madera gris con veta abierta). Sira iba un paso adelante, señalando con el mentón cuerdas de tender y barriles vacíos: «Ahí guardan recibos en latas de galletas; ahí, notas de la mar en frascos de vidrio». A Rill le gustaba ese orden pobre pero tozudo. Saludaba desde el dintel (no forzaba puertas bajas; era más alto que cualquier arco) y, cuando un perro ladró con desgano, dejó caer su risa para que supiera que no traía problema. El barrio olía a agua de lluvia, a cobre mojado y a pan rehecho. En un pasillo de piedra, dos niños jugaban a estampar un sello que habían tallado en patata; cada golpe dejaba un círculo cojo. «Mejor que aprendan a mirar ahora», pensó Rill, y siguió la pendiente con el kanabō en vertical, como si fuese un poste de amarre con patas.

Lise, la curandera, los recibió en un patio sin techo (un lugar que a Rill le sentaba bien) y les hizo sitio junto a una mesa de madera marcada por cuchillos (dos cortes viejos formaban una V). «Pasen, pero dejen las botas en seco», dijo, y extendió vendas limpias sobre un banco. Mostró muñecas con marcas finas y espaldas con surcos que no parecían de carga normal. «Dicen cantera», murmuró, «pero la cuerda de trabajo no deja este dibujo». Rill no afirmó ni negó; pidió permiso con calma: «¿Puedo anotar lo que veo y cómo lo cuentan?». Lise asintió. Él escribió descripciones sencillas, sin adornos: profundidad, dirección, color. Lise sacó entonces un paquete de formularios con casillas: fecha, nombre (a menudo una X), un apartado de "deuda previa" muy ancho para lo chico de los sueldos. Rill comparó firmas: en varios papeles, la misma curva dura repetida, como si hubieran usado plantilla. «Aquí cantan con la misma garganta», dijo. Lise señaló el sello: relieve nuevo, con una ranura que parecía morder el borde. «Es el sello de ahora», agregó. Rill dibujó el contorno (a la primera salió ladeado; a la segunda, mejor) y anotó materiales: "árnica" sin h, "aceite de hígado" (así, sin precisar pez), "cataplasma de sal y barro". (Escribió "árnica" sin h a propósito; al lado dejó una nota: (se escribe con h, pero conservar forma original del testimonio).

Al salir, una lluvia breve dejó la piedra como espejo sucio. Rill se detuvo a escuchar la música del barrio: cubos golpeando escalones, ventanas cerrándose despacio, voces que se conocen por el nombre. En la baranda de una escalera, un hombre mayor con un sello de lacre colgado al cuello alzó la mano: «Fui escribano, cuando todavía se estiraba bien la tinta». Se llamaba Eno. El temblor en la mano izquierda no le quitaba la precisión (en el papel, ese temblor dibujaba un rizo pequeño al final de cada firma). Abrió una caja con sellos viejos, de antes del "Recuento de Manos". «Estos eran claros», dijo, «no se confunden con la sombra». Rill comparó: el anillo exterior de los viejos era nítido; en los nuevos, la ranura estaba fuera de escuadra. «Llévese calcos», ofreció Eno. «Pero lea aquí primero». Rill tomó papel encerado, frotó con paciencia (a la primera, el calco se movió; dejó la mancha como aviso y probó de nuevo) y fue guardando tiras con números y bordes. «No saque conclusiones hoy», se dijo en voz baja. «Solo ponga en fila». Eno sonrió: «Eso es escribir de verdad: no apurar la marea». Dos vecinas se asomaron con latas de galletas; dentro, recibos enrollados con hilo de pescar. «Para leer en la plaza, si hace falta», dijeron. Rill inclinó la cabeza agradecido y pidió nombres completos (los deletreó, como hace quien respeta cada letra).

De regreso, Barrio Barranca parecía más alto (quizá por la carga de papeles en el cinturón; quizá por el peso de la confianza). En el rellano, Sira le habló al oído: «Dicen que Brench compró sellos nuevos en la isla vecina». Rill respondió sin tono: «Decir no basta; mañana preguntamos con los papeles abiertos». Le pidió a Lise que convocara a quienes quisieran mostrar marcas y recibos al sol («Que vengan con tiempo, y con agua»), y a Eno, que preparara un cuaderno foliado para actas (con hojas gruesas; no se llevan bien con la humedad, pero duran). Antes de bajar, se detuvo en una esquina donde el muro tenía cicatrices de golpes antiguos; apoyó allí el kanabō un segundo (no para asustar a nadie, solo para marcar el lugar en su memoria). «Cada barrio guarda su rumor», pensó, «y a veces el rumor vive en la piedra». Lloviznó otra vez y la tinta de una nota se corrió. (Rill sopló sin ganas; prefería ver las manchas. Le recordaban que la verdad también vive con bordes imperfectos.)

Al copiar en limpio esa tarde en la barcaza, Rill dejó un apunte de libreta. Escribió: "Patio de Lise sin techo (bien para mi altura); mesa con V de cuchillo; vendas limpias". Dibujó la ranura del sello (se torció a la izquierda; lo dejó así) y añadió: "firmas repetidas, ¿plantilla?"; "casilla “deuda previa” demasiado ancha". Notó: "Eno, temblor leve, precisión intacta"; "calcos: primera mancha (conservar)". Corrigió "Dario" a "Dario" por costumbre (otra vez se le fue la tilde; la puso después) y dudó con un apellido: "¿Garrín/Garrido?" (dejar espacio para confirmar). Añadió: "traer hilo fino para latas; pedir a Nerea cartón seco para secar recibos; preguntar por cuerdas de cáñamo vs. soga plástica (marcas distintas)". Cerró con una frase que le gustaba repetir cuando el día olía a papel mojado: "Lo que se cuenta sin apuro, aguanta el peso del muelle".
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#4
La noche de la libreta

La barcaza librera se mecía apenas en el puerto de Akarui, con esa respiración lenta que dejan las mareas cuando ceden. Rill encendió la lámpara de aceite y el vidrio ahumado volvió amarillas las páginas (tenía una esquina rota; la giró para que no cortara). Sobre la mesa colocó, de izquierda a derecha, los calcos de sellos, los formularios con firmas repetidas y un mapa casero que había ido dibujando con calles, patios y nombres. Se santiguó sin ceremonia con la tiza (costumbre vieja; no lo pensaba) y escribió fecha y hora. «Ilisia, Akarui: censo de manos y tasas de sal», murmuró, para oír su propia letra. Cuando dudaba de un detalle, salía a la borda, miraba la luz sobre el agua y repetía la escena en voz baja (así no inventaba nada por apuro). La madera olía a aceite; la tinta, a paciencia.

Empezó por lo fácil: nombres propios, recibos y timbres con números claros. Luego se atascó en un tal "Odrio…", y dejó un espacio (no quiso forzar la memoria; mejor confirmarlo en la mañana). Dibujó tres veces el sello nuevo: la ranura le quedó ladeada en la primera, muy recta en la segunda, aceptable en la tercera. Rodeó el dibujo con una anotación: (comparar con cuño viejo de Eno; revisar luz lateral). Acomodó también los recortes de papel encerado con improntas de lacre; uno tenía una burbuja (no la pinchó, la marcó con una cruz, por si decía algo del molde). Cuando pasó a los contratos, copió lo esencial: días trabajados, adelantos, "deuda previa". «Aquí ensanchan la casilla para que quepa la trampa», dijo en voz mínima, y la frase le quedó vibrando como un cabo flojo en el mástil. El kanabō descansaba cerca, apoyado en vertical como poste de amarre.

Se le escapó una risa corta al recordar la mesa coja de la mañana. Ajustó el recuerdo con una flecha: (buscar cuñas mejores; el corcho resbala). Después, sacó del morral el trozo de pesa hallado en la arena y lo dibujó despacio, con sombra. "Pieza; no prueba", escribió al pie. El olor a sopa de roca se le adelantó desde el tazón que Nerea le había enviado con Darío; comió dos cucharadas (se le cayó un grumo amarillo en la hoja) y dejó la mancha como estaba. "Sopa de roca (Nerea)", anotó, rodeándola con lápiz. Se limpió las manos en un trapo de vela y engrasó un anillo del kanabō que había olvidado atender al atardecer (el metal canta menos si duerme aceitado). Volvió al mapa: marcó con puntitos la casa de aduanas de Akarui, el tinglado, la plaza, Barrio Barranca y el astillero (los nombres, en letra de albañil; la belleza vendría otro día).

A ratos hablaba solo, como hacen los que ponen en fila cajones pesados. «No hablar de culpables; hablar de hechos», dijo, y lo pasó en limpio en el margen. «No discutir; leer», añadió, y subrayó dos veces (la segunda raya se le fue chueca; no la borró). Se detuvo en las marcas de cuerda que Lise le había mostrado, repasó la profundidad y la dirección con líneas cortas, y dejó un espacio en blanco para el tipo de soga (cáñamo o plástico; importaba por el dibujo en la piel). Abrió una bolsa con pequeñas cosas que guardaba por si acaso: un broche con iniciales, una pluma rota, una tira de lacre con huella. Las colocó como si fuesen peces en una batea y escribió al lado "cosas que hablan bajito". No era poesía: era contabilidad de la memoria (Rill decía que los objetos, si uno los deja, se presentan solos).

Ya con los párpados pesados, revisó la ortografía de dos nombres (había escrito "Dario" sin tilde, otra vez; lo corrigió con paciencia) y se dejó un recordatorio simple: "Traer agua a la plaza; el sol pega". Abrió el cuaderno de proverbios, el más viejo, y copió uno que le rondaba desde la tarde: "El papel que no se lee, se muere". Le buscó parentesco con algo más suyo y apuntó: "El muelle que no escucha, se pudre". Cerró el libro, escuchó la ría. El puerto de Akarui (con sus ruidos de cuerda y madera vieja) parecía decirle que estaba bien así: despacio, sin heroísmo de voz alta. «Mañana seguimos», murmuró, y la lámpara hizo un pequeño resuello, como si asentara.

Al copiar en limpio antes de dormir, Rill dejó el apunte de libreta: "Calcos: 3; uno torcido (conservar). Pesa: dibujo con sombra; escribir “pieza, no prueba”. Mapa: marcar casa de aduanas, tinglado, plaza, Barranca, astillero. Nombres: Darío (con tilde); “Odrio…?” (confirmar). Sello nuevo: ranura ladeada. Objetos: broche, pluma, tira de lacre (cosas que hablan bajito). Tareas: preguntar por soga (cáñamo/plástico), cuñas para mesa, agua para plaza".
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#5
La comisión del Recuento

La comisión del Recuento de Manos de Akarui llegó a media mañana, con paso de oficina y botas sin una pizca de barro. Traían capas claras, una caja de metal con cerradura y un libro de tapas negras atado con cordel (olía a tinta fuerte; Rill reconoció ese olor que se pega en la nariz). El que iba al centro sonreía con dientes pequeños, demasiado pulidos: Brench. «Material sensible», dijo. «Debe resguardarse». La plaza del mercado de Akarui, que llevaba una hora oyendo recibos leídos en voz alta, se quedó en silencio como mar en bajamar. Rill bajó el tono sin bajarlo del todo. «Estamos cotejando sellos, fechas y timbres», explicó; «cada papel vuelve a su dueño». El de la sonrisa pidió la mesa. «Y la caja», añadió, tocando el metal como quien reclama un trofeo.

Rill no discutió (recordó: "No discutir, leer"). Señaló la tabla donde tenían los papeles abiertos y dijo: «Si suben a esa caja, suben con acta y con copia». Brench alzó un papel timbrado. «Ventanilla», dijo, como si esa palabra fuera una solución. «Plaza», corrigió Rill. «Con sillas y testigos». Sira acercó su recibo; Nerea dejó a su lado un cuenco de sopa que todavía humeaba (no lo probó; la escena pedía tinta). «Cítenos el reglamento por número», añadió Rill, sereno. El sello del funcionario colgó un poco (la cinta estaba gastada; un hilo deshilachado bailaba en la punta). «Procedimientos», murmuró Brench, pero no hubo cifras ni artículos. Entonces apareció Eno, el exescribano, chaqueta limpia, pulso con temblor leve, y puso sobre la mesa un cuaderno foliado que había traído de su casa. «La ley no prohíbe papel ni firma», dijo. Rill le cedió el centro como quien abre paso en el muelle.

Se redactó un acta sencilla: día, hora, lugar, nombres y cargos presentes, lista de documentos que la comisión pretendía llevarse y oposición de la comunidad a que salieran sin copia. «Acta de lectura pública en plaza», tituló Eno (le quedó una letra temblona; no la arregló). Rill dictó los puntos sin alzar la voz; la gente repitió fechas y completó apellidos. Cuando tocó sellar, el auxiliar más joven acercó el lacre con manos nerviosas (tenía la oreja izquierda curtida; Rill lo había visto antes). «Firme aquí», pidió Eno a Brench. El administrador mojó la pluma (raspaba un poco; la tinta estaba muy espesa) y firmó con gesto de toalla dura. «Volveremos con orden superior», dijo, como si eso pudiera deshacer lo escrito. Rill asintió. «Aquí lo esperan los asientos», contestó. «Con sol y gente, no muerden».

A falta de espectáculo, la plaza ofreció constancia: Sira dejó su recibo bien estirado; Mateo abrió el libro viejo del mercado por la página marcada con cordel (dos sellos mellizos en días imposibles); Lise sostuvo tres formularios con "deuda previa" agrandada como boca de pez. «Esto se revisa donde la isla pueda mirar», dijo Rill. Brench probó otra vez: «En oficina es más rápido». «Más oscuro», respondió Rill sin alzar el volumen. El auxiliar joven bajó la vista. Se acercó a Rill en un descuido y, con voz de agua, dejó caer una noticia: «Traslados por excedente… a la cantera de la isleta negra». «¿Excedente de manos?», preguntó Rill. El muchacho asintió sin mirarlo (Rill anotó en su cabeza: "Camilo? Camilo."). «Escriba lo que sepa», pidió. Lo que recuerde. «Con pocas líneas alcanza».

El resto del día fue lectura y devolución. A cada papel que entraba en la caja de “por copiar”, Rill le hacía un dibujo mínimo en el margen para recordarlo luego (un anzuelo, una boya, una gaviota mal hecha). Nerea, con la paciencia de tabernera vieja, ordenaba turnos; Eno, encantado de volver a oficio, numeraba hojas y soplaba para que el lacre enfriara (se le pegó uno en la yema; lo apartó con una sonrisa terrosa). «Hoy comemos en paz», dijo Nerea al final, y los cuencos de sopa de roca pasaron de mano en mano como remos. Rill probó dos cucharadas. «Sal justa», comentó (no era halago de compromiso; la sal abría el pecho). Brench, viendo que ese día no ganaría, recogió su caja y prometió "volver con orden superior". Nadie le impidió irse. Nadie le dejó llevarse un papel sin copia.

Esa tarde, en la barcaza, Rill copió en limpio con la lámpara baja (el vidrio seguía ahumado; lo giró para que no hiciera sombra). Apunte de libreta: "Acta en plaza, firmada por Brench y Eno; lacre: 3 sellos (uno pegado al dedo de Eno; no quitar). Frase de B.: “ventanilla”, responder “plaza”. Aux. joven: oreja izquierda curtida; posible Camilo (confirmar). Traslado por “excedente” a isleta negra, pedir lista de embarque. Dibujos para recordar: anzuelo (recibo de Sira), boya (libro de mercado), gaviota chueca (formularios de Lise). Cuña para mesa, pedir madera a Mateo. Notar: cinta del sello de Brench deshilachada (detalle). Nota a mí: "No discutir, leer"; "Si hay acta, hay camino".
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