13-09-2025, 03:46 AM
Día 57, Año 16, Verano
Atributos Personaje
Volví a caminar por el bosque de Dawn en uno de mis paseos de siempre. El suelo crujía bajo mis botas, y el olor a hojas húmedas me seguía. Iba concentrado en mis notas, pensando en la daga y la espada, cuando me encontré con algo que no esperaba: un jabalí muerto tirado entre los arbustos. No tenía mordiscos ni cortes de zarpas. Su cuerpo estaba entero; no le faltaba carne. Solo tenía agujeros pequeños, limpios.
Me acerqué despacio. Revisé los agujeros y encontré restos: pequeñas piezas de metal. Saqué la lupa que siempre llevaba y miré con cuidado —balas—, no dudo. No eran balas toscas; brillaban un poco y tenían acabado fino. Eso me dijo algo en seguida: esto no venía de Terminal Grey. Allí no podían conseguir munición así. Si alguien tenía balas de buena calidad, era gente del Reino de Goa, o alguien con acceso a armas decentes.
—¿Qué hacen aquí? —me dije en voz baja— ¿Por qué matar así, sin comerse nada? —
Seguí el rastro de pisadas, manchas de sangre pequeñas, y trozos de flora aplastada. Avancé con cuidado, buscando huellas que me llevaran a quien había hecho esto. No pasó mucho tiempo hasta que los vi; tres jóvenes caminaban sin prisa, riendo entre ellos, y detrás marchaban dos hombres más grandes que parecían sus guardaespaldas. El joven del medio llevaba una pistola a la vista. Los otros dos no mostraban arma visible, pero los hombres grandes sí tenían pistolas en las cartucheras.
Me escondí tras un tronco, pegando la espalda a la corteza. Intenté escuchar sin que me notaran. Los jóvenes hablaban en voz alta, orgullosos, como si hubieran hecho algo divertido.
—La última vez fue un búho, ¿recuerdas? —dijo uno, riendo— Esta noche encontramos algo más gordo. —
—Ese jabalí fue fácil —contestó el del medio— A nadie le importa lo que hacemos aquí. Somos de Goa, ¿quién nos va a buscar? —
—Solo hay pobres y bandidos —añadió el tercero— Podemos hacer lo que queramos. —
Mi estómago se tensó con sus palabras. Sentí la rabia subir desde el pecho, como calor que no puedo controlar. Quise acercarme más para oír detalles, pero pisé una rama seca sin darme cuenta. La rama se quebró con un chasquido seco.
Los guardaespaldas giraron al instante y apuntaron con sus pistolas hacia el bosque.
—¿Quién está ahí? —gritó uno. Su voz era dura.
Me tensé y me pegué más al tronco, el corazón a punto de salirse. Si salía corriendo, podían dispararme. Si me quedaba, podrían venir a buscarme. Retrocedí con cuidado y me escondí entre las sombras. Aguanté la respiración hasta que volvieron a reanudar la marcha, riéndose y hablando. No me atrevía a moverme.
Les seguí en silencio cuando comenzaron a caminar de nuevo. Los seguí con cuidado, manteniéndome fuera de su vista. Iba aprendiendo sus pasos y las pausas que hacían. Los hombres grandes hablaban por si acaso; los jóvenes solo se reían. Avanzaron hacia una parte más profunda del bosque, donde yo no había estado antes.
Al doblar una curva, vi algo que me heló la sangre: una cría de lobo tirada en el suelo, temblando y apenas consciente. Estaba malnutrida y cubierta de golpes. Al lado había pequeñas piedras manchadas de sangre. La cría tenía el ojo derecho arrancado, o al menos la cuenca vacía y cerrada por sangre seca. Había marcas de algún objeto afilado en la piel, como si alguien le hubiera sacado el ojo con una navaja.
Mi mente se quedó en blanco por un segundo. Luego la rabia explotó.
—¡No! —salió de mi boca sin pensar.
Vi al joven del medio desenfundar la pistola y alzarla, listo para disparar contra algo que estaba más lejos. Fue un instinto: corrí desde mi escondite y me lancé contra él. No pensé en nada más. Sentí la adrenalina, un frío en las venas y la respiración rápida.
Corté con la espada el brazo que sostenía la pistola. El metal chocó y la pistola cayó al suelo. El joven gritó de sorpresa y dolor. Pisé la pistola con el pie hasta romperla bajo mi peso y me solté hacia la cría. La cogí como pude, con las manos temblando, porque había sangre en mi cara y en mi brazo.
—Cálmate. —le dije a la cría mientras la colocaba en mi pecho— No te dejaré aquí. —
Un disparo sonó a mi izquierda. Una bala pasó cerca y dejó un agujero en un tronco, a centímetros de donde habría estado mi cabeza si no me hubiera movido. Era la mano de uno de los guardaespaldas que había disparado desde lejos. Noté la sensación de que algo me rozó en la pierna; no era profundo, pero ardía y manaba sangre. Miré abajo y vi una herida que empezaba a empapar mi bota.
Corrí. No podía quedarme parado. Los jóvenes gritaban y uno de los guardaespaldas salió persiguiéndome, apuntando y disparando. La otra pareja se quedó arreglando al joven herido. Sentía el calor de la sangre en mi pierna, pero no lo pensé; empujé mi cuerpo para ir más rápido.
Busqué ventaja. Sabía el bosque mejor que ellos. Me escabullí entre arbustos, salté troncos, y finalmente entré por el sendero que conducía al hábitat de los lobos. El guardaespaldas me seguía, gritando y disparando. Una de las balas me rozó la pierna y empezó a sangrar más. La sangre en mi bota me pesaba. Sabía que si me alcanzaba en un punto vital, mi vida corría riesgo. Así que calculé: debía llevarlo hacia donde los lobos vivían. No era una buena idea en absoluto, pero el riesgo de quedarme en terreno abierto era mayor.
Salí del sendero y vi la entrada a la cueva donde la manada descansaba. El guardaespaldas me seguía enardecido, confiado.
—Ya estás muerto. Aquí nadie puede ayudarte. Te cogeremos y el noble te hará pagar por esto. —decía con burla.
Entré en la cueva con la cría en brazos. El guardaespaldas me siguió, seguro de sí mismo, y cuando creyó que todo era suyo, la cosa cambió en un segundo.
El alfa salió de la oscuridad. Su figura era grande, imponente. Al ver la cría herida y verme a mí lastimado, soltó un aullido que subió por las paredes de la cueva. Con ese solo sonido, el resto de la manada se lanzó contra el. El guardaespaldas intentó disparar, pero los lobos fueron más rápidos, aparecieron como sombras entre la roca, mordieron y tiraron. El hombre gritó al caer, y en instantes estaba en el suelo, cubierto por la manada. Cuando logré mirar, el guardaespaldas había sido reducido. No vi más movimiento de él.
No me quedé a mirar la pelea. Corrí de vuelta hacia donde los nobles y el otro guardaespaldas habían quedado, escondido entre los troncos. Vi al noble al que le había cortado el brazo, todavía vivo, con la herida vendada a trompicones por el otro guardaespaldas. Los jóvenes estaban blancos, temblando. Habían perdido la arrogancia en cuanto vieron a las bestias.
Yo salí de mi escondite y, sin dudar, me lancé contra ellos. El guardaespaldas restante todavía intentó disparar, pero no tuve tiempo de pensar: usé la técnica que había estado practicando, el Colmillo de Lobo descendente (Ōkami Kiba Kudari).
Colmillo de Lobo descendente (Ōkami Kiba Kudari)
Propio
2
Información
Kuro, con su espada, propina un tajo vertical descendente destinado a realizar un corte que dañe severamente a su objetivo.
Código: okamikiba001
Bajé la espada con fuerza justa y le di un tajo en el pecho. No lo maté; lo dejé inconsciente. Cayó en la hojarasca, respirando con dificultad.
Caminé despacio hacia los tres nobles. Tenía la espada en la mano derecha, todavía con la sangre del guardaespaldas, y la daga en la izquierda. Los jóvenes no podían moverse; estaban paralizados entre los gritos y las lágrimas. Empezaron a suplicar, con palabras llenas de miedo:
—¡Por favor! ¡Por favor perdón! ¡Somos nobles, tenemos contactos! —balbuceó uno.
—¡Te mataremos, lo juramos! —dijo otro, intentando sonar feroz, pero su voz se rompió.
—¡Alguien nos ayudará! —gritó el tercero.
No me importó. Me acerqué a cada uno con calma. Con un movimiento rápido y frío, hice lo que debía hacer: corté fuera los ojos de cada uno. Fue rápido. No dije nada mientras lo hacía; las lágrimas y los sollozos se escuchaban, pero no mis palabras. Fue justicia dura, simple y directa por la cría.
Cuando terminé, los tres intentaron arrastrarse, pero sus piernas no respondían.
—No vuelvan jamás al bosque. Si os veo otra vez aquí, acabaré lo que empecé. Llevad con vida a vuestro guardaespaldas y marchad. Y que esto os sirva de lección. —les dije en voz fría y sin piedad.
Se pusieron en pie como pudieron, tomaron al guardaespaldas inconsciente y huyeron entre los árboles, corriendo sin mirar atrás. Sus gritos se fueron perdiendo entre los matorrales.
Más tarde, en Villa Foosha, la noticia se corrió rápido. Yo regresé con la cría en brazos, la llevé a casa y la curé lo mejor que pude. Cuando los nobles hablaron entre sí, decían que alguien los atacó en el bosque pero que no podían recordar su rostro, solo un hombre con el ojo izquierdo morado, una cicatriz en cruz y el ojo derecho color naranja. La gente de la villa me conocía lo suficiente como para no interrogarme; sabían que no atacaría sin razón. El rumor quedó en la calle, pero nadie vino a buscarme.
Me tumbé en un lugar tranquilo de la villa, cansado, con la pierna sangrando y las manos empapadas de barro y sangre. Apoyé la cabeza en el suelo, cerré los ojos y dejé que el silencio me envolviera. Había hecho lo que tenía que hacer. Aquí terminaba el día.
