[Pasado] Danza
#1
Pese a encontrarse lejos de su hogar, el reloj natural de Kouka hizo que esa mañana, como muchas otras, amaneciera temprano. Desde pequeña había trabajado su disciplina, al punto que levantarse para atender las necesidades del santuario se sentía como algo natural y hasta necesario ¿El problema? Pues no había un santuario que cuidar. No uno que le perteneciera, o que rindiera tributo a los dioses que conocía.

Sabía, de manera instintiva, que no era la única en despertar. Con múltiples dojos a lo largo de la montaña, no sería sorpresa que hubiese discipulos trabajando ya su mente y su cuerpo. Quizás hasta Kouka fuese alguien cuya agenda era tardía en comparación. La Humink dibujó una sonrisa tranquila, pero satisfecha, como si el darse cuenta de aquello le hubiese brindado una pizca de felicidad.

Desenfundaría su espada con calma y cuidado, aquella que alguna vez había sido poco más que un ornamento de ceremonias, y hoy podía sostenerla como un arma que debía ser usada para el bien. No pensaba atacar a nadie con ella. Como acababamos de decir, esa no era su función. Tampoco pensaba luchar contra su propia sombra o practicar movimientos de una escuela de arte de espada en especifico.

Sus pies se movieron con gracia, pero sobretodo con certeza, a la par que su caminar se transformaba en un baile al aire libre. Y en esa danza su katana sería simplemente una extensión de su cuerpo. Sus labios dejaron escapar palabras inaudibles, plegarias a los dioses que en lo alto observaban.

No necesitaba un santuario para llevar a cabo su trabajo, su vocación. Mientras tuviese uso de razón, seguiría atravezando el sendero que había decidido caminar desde el momento que había abandonado su isla natal.
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#2
La luz de la mañana se filtraba entre los árboles, pintando el sendero con un mosaico de sombras danzantes. Kouka, con sus pies descalzos sobre la tierra húmeda, todavía se movía con la gracia de una bailarina. Había encontrado un pequeño claro en la montaña, un lugar tan puro y sereno que le recordaba a los jardines de su santuario. Los sonidos de la vida salvaje, el suave murmullo de un arroyo cercano, eran una música que solo ella parecía escuchar.

De manera instintiva, se arrodilló, con sus manos unidas en un gesto de reverencia. Sus labios se movieron en silencio, recitando una antigua plegaria que sus padres le habían enseñado. No necesitaba un altar de piedra o un templo majestuoso para honrar a los dioses. El santuario era una sensación, algo que llevaba en su corazón, en su alma, en el suave balanceo de su cola. Cada respiración, cada paso, era un acto de fe.

No estaba sola. Los grillos chirriaban en los arbustos, un pequeño pájaro cantaba una melodía alegre en la rama de un árbol. Era una sinfonía de la vida que ella podía sentir, un eco de la conexión que existía entre todas las cosas. Cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación. En ese momento, no era una fugitiva, ni una extraña. Solo era Kouka, una doncella de santuario en un mundo que necesitaba sanación.

Una mariposa azul se posó en su rodilla. Era una criatura simple, delicada y hermosa, que le recordaba la fragilidad de la vida. Kouka sonrió y, sin mover un músculo, la observó por un momento. La mariposa agitó sus alas y se fue, dejando a Kouka con una sensación de paz que no había sentido en mucho tiempo.
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