25-08-2025, 01:20 AM
[Aventura autonarrada T1: Justicia en Pushkin, P. A.]
Pushkin, Reino de Roshwan, día 18 de Verano del año 16
Cita:Nada más llegar a Pushkin, su primer destino tras graduarse como Marine, Stroud Redgrave se enfrenta a un pequeño caso de corrupción en el muelle de la ciudad.
El orgulloso Marine y soldado raso Stroud caminaba por las calles nevadas, permanentemente heladas bajo el manto blanco, de la ciudad de Pushkin, en el Reino de Roshwan. Iba sin apenas abrigar, de la misma forma que hubiera ido en prácticamente cualquier otro lugar, para espanto de los locales. Exhalaba vapor entre los dientes, en una columna que se perdía en el cielo nublado de la ciudad. Allí, la bruma del mar se mezclaba casi en extraña homogeneidad con el humo de las chimeneas que calentaban aquel invierno perenne. Empezaba a darse cuenta de que Roshwan, o al menos aquella ciudad, le recordaba un poco a su Spider Miles natal. Eso no era, sin embargo, nada bueno, pero era consciente de que no debía prestarle atención. En semanas o meses lo destinarían a algún lugar nuevo. Hasta entonces, no era Stroud, sino el Marine Redgrave, una de las mil encarnaciones de la Justicia que debía traer equilibrio a los mares.
El sonido del puerto de Pushkin, sin embargo, era bien distinto al de Spider Miles, por una razón muy elemental: el crujir del hielo. Enormes lascas de hielo flotaban aquí y allá, mecidas por el oleaje, golpeando ocasionalmente entre sí, agrietándose con los cambios súbitos de las corrientes y sus temperaturas, reformándose durante las gélidas noches. Durante su ronda, Stroud se detuvo, apoyándose sobre uno de los humildes bancos de madera que uno podía encontrar en las calles aledañas al puerto, suspirando. Bajo la visera de la gorra, sus ojos oscuros y suspicaces se deslizaban por la multitud que lo rodeaba: mercaderes en sus quehaceres diarios, carromatos, marineros, algún que otro Marine de camino al cuartel... Su oído, sin embargo, decidió posarse en la indiscreta conversación que dos marineros sostenían junto a la puerta de una de las tabernas, tal vez más ebrios de lo recomendable cuando uno trataba temas delicados: "... Hoy sale el cargamento. El teniente ya nos ha dicho que no va a venir nadie a meter las narices", alcanzó a escuchar decir a uno de los marineros. El otro, sin embargo, más prudente y tal vez menos afectado por el grog, le hizo un ademán para que bajase la voz, probablemente reparando en la presencia de Stroud. El Marine resaltaba en aquel lugar como una cerilla, vestido de pulcrísimo blanco entre toda la mugre que rodeaba aquel distrito, imbuido en olor a licor barato perceptible incluso desde el exterior. Estaba acostumbrado ya a escuchar conversaciones como aquella, y ninguna le resultaba muy chocante. Desde su infancia en Spider Miles, no era ajeno al día a día de contrabandistas y maleantes. La mención de un teniente, sin embargo, encendió todas sus alarmas.
Aquella misma noche, Stroud se dirigió al muelle, naturalmente. Caminaba entre las sombras del lugar, entrecerrando los ojos, todos sus sentidos puestos en la situación. No detectó nada fuera de lo habitual: un marinero borracho que se echaba a dormir en su bote, al borde del coma; un grupo de muchachos que pasaba por allí de camino a casa; un mercader que llevaba una carretilla con frutas y verduras a su humilde navío, listo para zarpar al despuntar el alba. El crujido del hielo, el rumor del agua chocando contra su superficie, tranquilidad. Su oído se agudizó, temiendo lo peor. ¿Le habían tendido una trampa? Y más importante: ¿había caído como un imbécil?
Sus dudas, sin embargo, se esfumaron en un instante, infundadas. En la penumbra, distinguió a Marine vestido de su habitual blanco brillante. Alzó una ceja. ¿Qué hacía allí? Aquella duda también se disipó al poco: no tardó en darse cuenta de que el soldado ayudaba a dos contrabandistas a descargar varias cajas y algunos barriles de uno de los barcos, entre risas y comentarios, rodeados del humo del tabaco. Sirviéndose de la penumbra y de las escasas luces provistas por los faroles, se aproximó al grupo en absoluto silencio. Logró acercarse a la caja más lejana de los contrabandistas, y, con sumo cuidado, la abrió, asegurándose de que sus bisagras no chirriasen en el proceso, una habilidad que le había salvado más de una vez durante sus años en Spider Miles. El contenido, sin embargo, no fue como nada que hubiese visto antes en una de estas operaciones: cadenas, esposas, vendas sucias... Aquellos tipos no hacían contrabando, sino que saqueaban vidas. No eran hombres, sino bestias. Y con bestias no se negociaba.
Stroud evaluó la situación; lo ideal era pedir refuerzos, claro, pero no sabía hasta qué punto podía haber Marines comprometidos, por lo que había escuchado en la conversación. Y, por otro lado, la Justicia no necesitaba refuerzos: la Justicia actuaba. En cuestión de milisegundos, la decisión estaba tomada. Retiró los guantes de su cinturón, ciñéndoselos a las manos, y se lanzó al ataque, aprovechándose de la sorpresa. El primero debía ser el Marine, naturalmente; un Marine corrupto era infinitamente peor que cualquier traficante. Si la Marina se involucraba en asuntos de los bajos fondos, solo podía ser con el fin último de la Justicia; mancharse las manos debía ser un medio por el cual alcanzar un bien mayor, jamás un fin lucrativo. Stroud emergió de la penumbra, y el Marine reaccionó con más rapidez de la que había previsto, dejando caer la caja de sus manos y deslizando un cuchillo de su cinturón. Stroud, sin embargo, fue más rápido, y logró recibirlo con un certero puñetazo en la boca. El sonido de lo que parecieron ser dientes cayendo al suelo helado retumbó en el ambiente. El Marine no cayó inmediatamente, sin embargo, e hizo un intento de rajar el brazo de Stroud. El joven Redgrave agarró con firmeza su muñeca antes de que pudiese atinar, y, desplazándolo hacia abajo, agarró el codo del Marine corrupto, forzándolo... Un crujido seco, una rotura rápida, y el Marine cayó al suelo, aullando de dolor. Los dos contrabandistas, sin formación militar formal pero suficiente experiencia callejera, se habían puesto en guardia, uno de ellos desenvainando lo que parecía un sable reglamentario Marine robado. Ambos se lanzaron contra él al mismo tiempo. Stroud apenas tuvo un segundo para reaccionar. Su mente funcionaba a toda máquina, alimentada por cantidades ingentes de adrenalina, en las que el instinto de combate más primitivo y la estrategia aprendida durante su formación se salían al encuentro mutuamente. Tenía que jugársela.
La hoja, en mal estado y poco afilada, golpeó a Stroud, pero justo donde había calculado: las placas de metal que recubrían su guante lo protegieron del peor aspecto del golpe, aunque notó cómo cada hueso y tendón de su brazo se resentía ante el impacto. Al mismo tiempo, con el más peligroso bajo control, Stroud golpeó con su rodilla izquierda, alzándola hasta la mandíbula del segundo contrabandista y haciéndolo retroceder varios pasos, conmocionado. El contrabandista del sable, sin embargo, le propinó un fuerte golpe con el lateral del brazo en la cara, desorientándolo por un segundo. Aunque no lo pareciese, estaba saliendo exactamente como quería. El golpe del sable, que lo podría haber dejado fuera de juego fácilmente, había sido desactivado, de momento. El contrabandista cuerpo a cuerpo se resentía del rodillazo a unos metros, no era una amenaza inmediata; el golpe en la cabeza que se había llevado era solo el precio a pagar, el mejor de los resultados. La situación seguía bajo control. Escupiendo unos hilillos de sangre, Stroud sujetó el sable del contrabandista justo cuando este se disponía a golpear de nuevo, algo que el malhechor no se había visto venir. El estado de la hoja, sumado a los guantes de Stroud y a su agarre firme, sin deslizar por el borde de la hoja, le permitieron sujetarla sin cortarse. Inmovilizado el sable, Stroud hizo un movimiento seco, empujando su lado romo bruscamente contra la cara del contrabandista. Pese a no estar afilado, lo hizo con la suficiente fuerza como para que se oyese el crujido de su nariz, partiéndose en mil pedazos. El contrabandista cayó al suelo, en un charco rojo. Sin dar tregua, el joven Redgrave se enzarzó en una trifulca con el último que quedaba en pie. Recibió un golpe sucio en la espinilla, y, a continuación, lo sorprendió un directo a la mandíbula. Stroud retrocedió por un momento, dolorido, pero volvió a la carga, sirviéndose de su mayor altura para abrumar al oponente y aplastarlo contra la pared, inmovilizándolo parcialmente, justo antes de golpear su cabeza contra el muro repetidamente. Una vez, otra, otra, otra, otra.
Solo tuvieron que pasar unos segundos. El marine y los dos contrabandistas yacían en el suelo, en diferentes grados de consciencia. Stroud se incorporó, apoyándose por un momento en el muro, jadeando profundamente, mientras se le pasaba el subidón de adrenalina. Se recolocó la nariz con un ruido sordo que no le hizo ninguna gracia, crec. Permaneció allí durante varios segundos más, recuperando la respiración, limpiándose la sangre de la cara como pudo, justo antes de tomar los grilletes que había encontrado en una de las cajas y darles uso, encadenando a los tres criminales entre sí. Cojeaba, pero no importaba. La Justicia prevalecía.
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