[Presente Absoluto] T1 Auto narrada. El mapa en la servilleta.
#1
Día 54 de Otoño, Año 15
El mapa en la servilleta. 

La mañana era magnífica, llena de vida. El sol estaba glorioso, radiante, pero sutil. La brisa acompañaba mi paso solitario y mudo por las adoquinadas calles del reino. Mi misión era sencilla. Ayudar a una anciana local que se encontraba desequilibrada; tal vez estaba un poco descompensada por el aumento de temperatura a esa hora del día. Era habitual que los jóvenes marines, que estábamos únicamente como presencia, actuáramos ante problemas cotidianos. No como una respuesta real e inmediata, sino para controlar y militarizar la vida diaria. Lo que se nos enseñó como acto de bondad, en realidad tenía un trasfondo perverso y espeso, poco pulcro, pero suficientemente bien visto. Está claro que nunca hablé de esto con nadie. Era un pensamiento más, de los tantos que tenía, de esos que aparecen para preguntarme. ¿Qué mierda haces en la Marina? Estoy porque una mano me sacó de mi infierno. Quiero proteger esa mano tendida, y este lugar es el instrumento. Continué caminando hasta el final de la calle. Su casa estaba allí, era la última, gigante, antigua, opaca. Entré por el umbral de madera, gigantesco. La puerta entreabierta me invitó a no golpear. El lugar era una isla solitaria, donde el polvo y la poca luz destrozaban mis intentos de encontrar a la señora, donde el eco de mis botas sobre el suelo quejoso de madera habitaba más el espacio que los escasos muebles y adornos. Sombras de aves que entraban entre los ventanales daban el único toque vivo al lugar.

El aire olía a madera húmeda y polvo. El ambiente era denso, como si al cruzar por la puerta estuviera ingresando a otra realidad, una más absurda. Me cuestioné por un momento si era una misión real o solo un intento de asustar a un raso, al rango más bajo de los soldados del mar.
Era algo habitual por parte de los bravucones que se suponía teníamos de compañeros. Conmigo fueron terribles mientras era recluta. Mi rostro hermoso, oculto por la máscara de gas, los hacía creer que podían dejarme solo, entre bromas, discriminación y risas burlonas.

Continué caminando por la gigantesca extensión del espacio. Intenté buscar a la señora. Podría haber dicho algo, emitir algún sonido, pero entendí que mis botas en el suelo eran suficiente presentación. Desde una de las habitaciones se podía ver la luz del sol; el resto de las ventanas apenas dejaban pasar los abrazos del astro, que se perdían entre el caótico orden. Esa habitación estaba llena de muebles, apilados en cajas y contra la pared, como si toda la casa estuviera en ese lugar, en esos inexactos tres por tres, en ese rincón donde los muebles parecían esconderse de las penumbras que habitaban el resto de la morada.

Salí de aquella habitación buscando a la anciana. Primero era la misión, no cuestionar esas dudosas maneras de vivir que, por cierto, el deterioro del ambiente marcaba con claridad una soledad evidente en la señora mayor. Tomé el pasillo que me sugería el instinto y, al final, la vi parada entre la sombra, con un atuendo tan colorido y lleno de vida que parecía que el resto estaba en blanco y negro. Ella, a los ojos de mi mortalidad, parecía frágil. Su postura era encorvada y sostenía en una mano una aguja de tejer. Estaba inmóvil, mirándome. Nos miramos algunos segundos, los suficientes como para preocuparme por su bienestar. No buscaba asustarla, pero tampoco quería dejarla sola. Me acerqué un poco más ágil, lo que provocó que mis suelas hicieran gritar aún más el suelo, que ahora chillaba buscando quebrarse. A medida que me acercaba, surgió una sonrisa en su rostro. En sus ojos vi el infierno de mil soles, como si estuviera en un estúpido e irracional júbilo. Feliz. La chispa de una locura encantadora. Y antes de que me acercara lo suficiente, rompió el silencio que nos apresaba.

- Bienvenido, bienaventurado, a la isla. La isla del misterio y la acción, donde los más cuerdos se pierden en el interior de la oscuridad.

Me lo dijo con la voz de mil batallas con el alcohol, amarga, casi escupida, salida de un garguero curtido. La voz tenía su identidad, su presencia. Una voz que hacía que las palabras ridículas de un ser inofensivo parecieran sentencia, declaraciones de guerra.

—Soy la Capitana, y tú eres el marinero que me ayudará a encontrar mi tesoro. Jub jub jub jub.

La situación cada vez era más loca. La señora estaba completamente perdida, delirante. Tal vez se quedó atrapada en algún shock postraumático e intentaba liberarse de él en este delirio. Me parecía graciosa, pero no desde la burla, sino desde la calidez; desde la mirada de alguien que no buscó dañar a otro para salvarse, y eso la dejó perdida en su imaginación. Una mueca en mis labios, una risa que nadie vio. Mi máscara era una aliada para permanecer insulso, como una grieta sin sentimientos. Aun así, no parecía que yo le generara miedo ni rechazo, como si el maldito karma de ser horrendo no penetrara en su estúpida manera de ver la realidad. Aun en todo aquel alboroto de su voz y sus colores, no dije nada y continué acercándome, esta vez más tranquilo, más pasivo.

Con la diestra me tendió una servilleta arrugada, con dibujos que, en el viaje hacia mi mano, no pude deducir de qué se trataban. Cuando abrí el papel manchado, noté enseguida que había algunos trazos inseguros pero cargados de significado. Era un plano de aquella mansión. En el papel, la casa parecía aún más gigantesca de lo que se veía. Ese dibujo hacía que el lugar pareciera una gran isla desierta de humanidad. Había un sector que, en el papel, estaba representado con garabatos de árboles y parecía un bosque; otro era un gran cauce de agua, y uno más, el más alejado, estaba marcado con una cruz en rojo. Cada segmento estaba nombrado, inventado con palabras que no eran de este dialecto. El objetivo del mapa era llegar a esa gran cruz, Gairfiil.

De golpe, su dedo golpeó el destino. Me miró y sonrió, como si mi presencia allí la llenara de esperanza, de luz, de vida. Por un momento, olvide que estaba en un lugar tan lúgubre y apagado.

-No sé cómo has llegado hasta aquí, pero comparto contigo esta información. Ahora eres mi tripulante. Este es el mapa de la isla en la que me encuentro.

Me lo explicaba mientras movía los labios con los dientes, un gesto preciso de su estado senil.

-La niebla lo ha cubierto todo, de norte a sur, de este a oeste. El tesoro está oculto... no recuerdo dónde lo enterré. Jub jub jub jub.

Se veía en sus ojos la intención inexplicable de buscar por toda su casa aquel tesoro que ya no recordaba dónde estaba. Incluso parecía no saber quién era ella misma, dónde estaba realmente; solo sabía que era la capitana de aquella aventura. Iba vestida prácticamente como una bucanera, como si toda su vida hubiera estado esperando el momento de salir en la cacería de ese tesoro. Sus ropas eran las de una aventurera extravagante, con una gran capa hecha de retazos de tejidos, y en su semblante se mantenía inmóvil un gorro de cotillón, un gorro que hacía más épicas sus fachas. Comenzó a desplazarse sin que yo dijera nada, surcando los pasillos como si fueran bosques espesos llenos de maleza, donde colgaban antiguas telas que decoraban las paredes. Con su aguja de tejer en la mano, me habló al verme hacer del mapa un gorro de papel para acompañarla.

- Ese es un lugar estupendo para dejar el mapa, solo si pierdes la cabeza perderás el mapa. Jub jub jub jub. Joven, no me dijo su nombre, y mi madre me enseñó que no debo hablar con extraños. Yo soy la capitana Muriel, ¿y tú eres?

Me habló con su imponente voz entre risas, pero con la mirada desafiante, buscando complicidad y averiguar con quién trataba. Me apuntaba con su aguja de tejer; buscaba de mí la eficiencia de un fiel tripulante. Le seguí el juego, no por compasión, sino para protegerla de su soledad.

- Caelum. Con esta figura ofrezco mi lealtad, capitana Muriel.

Le dije mientras sacaba de mi bolsillo una grulla que rápidamente le ofrecí. Esta grulla era un doblez que había hecho con un papel hermoso, lleno de colores. Era la publicidad de una casa de golosinas. Esa gama de colores hacía del pájaro un regalo propio para una gloriosa guerrera del mar.

- Caelum, ¿eh? El nombre de un terrible tirador de los mares. Jub jub jub jub.

Y no sé cómo lo supo, pero lo supo. Seguimos avanzando y me habló de sus hazañas de piratería, tan reales como fantasiosas, tan ciertas que por un momento dudé si todo aquello seguía siendo un teatro. Era una locura tan dulce, olvidé que estaba al servicio de la Marina. No era la terrible ladrona y criminal; era una pirata que buscaba liberar, que ayudaba a los de abajo, del lado del mundo del que yo vengo.

Por momentos, parecía volver a la realidad y me miraba con ojos de espanto, como si fuera una persona nueva en cada instante. Pero volvía, una y otra vez, a esa fantasía. Sentí en su mirada de pena la fragilidad de su mundo cotidiano, como si buscara firmemente aferrarse a la identidad de esa pirata que perseguía un ejemplar botín.

Continué a su lado, no atrás ni adelante, al costado, como un fiel tripulante. No rompí aquella magia. No solo por ella, sino por mí. Me estaba divirtiendo. Me sentía parte necesaria de algo por primera vez desde que ingresé a la Marina.

-Naveguemos, capitana Muriel.

Pasaron algunas horas en las que ninguno de los dos seguía una ruta definida por aquel gigante que era su casa. Ella, por su parte, se sentía acompañada. Me bromeaba y se reía con aquella risa tan particular. Yo solo la acompañaba, estaba a su costado, escuchando y doblando papel. A cada figura que le entregaba parecía encontrarle un lugar en las distintas habitaciones de la casa. En su delirio, no se despegaba del todo de la realidad con esos gestos de sensatez. Y como si supiera con exactitud lo que quería, abrió la puerta de una habitación en la que nunca habíamos estado antes. Era un comedor gigante, que se mantenía como si sus muebles nunca hubieran existido. Había una lámpara sobre la mesa, sin sillas.

Se acercó a la luz y, entre sus ropajes, sacó un frasco repleto de galletas. Haciendo más aterradoramente crudo el momento, me dijo.

-¡Caelum!

Decía mi nombre como si la hubiera acompañado durante décadas.

- Este es mi tesoro

Murmuró. Yo no comprendí del todo lo que quería decir con "este es mi tesoro". ¿No lo estábamos buscando por la casa?

-Lo escondí para protegerlo, pero ahora la niebla me impide encontrarlo.

La miré. Miré el contenedor lleno de galletas, y entendí que no era solo un frasco, no era un objeto que encontrar. Era todo su dulzura, su seguridad auténtica convertida en bizcochos. Los guardaba de la tormenta implacable de esa niebla que se devoraba sus memorias. Me retiré el sombrero y lo volví a convertir en mapa. La cruz estaba exactamente en el lugar en el que nos encontrábamos.

-Capitana, hemos encontrado el tesoro.

Su sonrisa destruyó la fantasía. Fue un puente que unió el presente de aquella espesa niebla con el pasado de memorias famélicas, entre su soledad y la compañía. Y ahora, con una voz repuesta y llena de conciencia, me dijo.

-¿Quieres un poco de té y una de mis galletas?

Su pregunta era la oferta de una dulce abuela, de alguien que protegió toda su vida a las nuevas generaciones. ¿Cómo podía decirle que no? ¿Cómo podía un marine, un representante del Gobierno, rechazar el ofrecimiento de una abuela?

Acepté. Ya no éramos piratas, ya no éramos gritos entre la niebla. Éramos luz, compartiendo un poco de té. Que, por cierto, estaba caliente, en una tetera como si nos estuviera esperando desde el principio. Ella convirtió una cortina en mantel, y nos llenamos de energía, de aquel sol alocado que se quedó con nosotros.

Bebía aquel té con sorbos cortos, para hacer esa situación fraterna eterna, también estaba solo y necesitaba ese momento. Estaba roto, cargado de niebla. Mordía la galleta como si cada bocado me llenara de algo que jamás fui a buscar, pero que me estaba salvando la vida. Y fue allí, por primera vez como militar, que entendí que no eran necesarias las órdenes, sino instantes de ternura. Aquello era nuestro refugio compartido, en la paciencia con la que navegamos por mares invisibles.

De pronto, alguien irrumpió en el lugar con gritos desorganizados y cuestionadores, con palabras ajenas a la libertad, que arrastraban de los pelos la niebla nuevamente. Ella me miró y no unió rostros con nombres. Enloqueció. Me miraba como si mis ojos fueran ajenos, distantes, como si aquel instante de aventura hubiera tenido la vida de una mariposa nocturna.

El que llegó era su hijo. Quedé lo suficientemente preocupado como para interrogarlo en un momento entre los dos. En ese instante, la niebla estaba aquí y más allá. La vieja no paraba de mirarme, de mirar a su hijo, aterrada, como si ambos fuéramos de otra dimensión. Su hijo me gritó.

-¡Vete de aquí, engendro! ¡Asustas a mi madre!

Me iba por el umbral de una puerta que jamás volví a recorrer , que jamás visité, pero que tanto me dejó.


Caelum no lo vio, pero tal vez lo sintió. Sintió la vibra del alma desesperada que había sido salvada de una niebla cotidiana y llena de olvido. Con sus manos de piel de papel, de huesos de barro valiente, se repuso en la mesa del comedor, tomó el mapa manchado de mil aventuras y tachó Gairfiil con un trazo inútil, que parecía más un subrayado que un final. Y debajo de la cruz del tesoro escribió Caelum, no con conciencia, sino devorada por la niebla.
Ese nombre la dejaba al abismo de su pasado, al velatorio constante de sus memorias suicidas y erráticas. Caelum era el sol tibio que entraba por el comedor, bebiendo junto a ella un poco de té.


Off
#2
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
Cita:Obtienes:
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