[Fic-pasado] El beso del demonio.
#1
25 de Otoño, Año 14
Capitulo 1
"Reliquias del Sol"


Un beso insoportable, urgente y desgarrador. Mis labios todavía sienten el perfume hediondo y marchito de las fauces perpetuas del demonio. Su sabor amargo quedó anclado en mi lengua, en mi alma; una herencia maldita, moribunda.

No quería pertenecer al mundo con tanta inmediatez, con tanta soledad, con tanta responsabilidad. Apenas era un joven en cacería del absurdo, dolido por los estragos del poder, de la piratería. ¿Por qué, en aquel apartado y lúgubre rincón del mundo, el mar me había quitado su gracia? Con la mayor hidalguía y honor actué. Con todo lo que mi corazón agrietado podía soportar, con la inmundicia de mi inmadurez y mi código intachable. Y aun así, el mar me dio la espalda. Ya no podía surcar sus crestas, no podía sumergirme y dejarme pensar. Solo mi papel doblado era capaz de acariciarlo, de tocarlo. La magnífica ofrenda que podía hacerle eran esas hojas geométricas que se perdían en su regazo. Por eso hoy cuento esta historia; el día que conocí las reliquias del sol.

Un mar que marcó el principio de mi aventura, de mi madurez, del hombre que soy ahora; West Blue. El día que enterré más sonrisas que enemigos. Surcábamos sin apuro las crestas del gran azul, con una misión práctica y conocida; barrer. Debíamos dar con una banda de no más de una docena de bandidos que atormentaban a los artistas locales, escondidos en el corazón de un bosque casi muerto. Por más heroico que pareciera aquel acto, no era más que una mera marca de presencia. Cobrábamos por cobertura, para poder pagar las provisiones de nuestra base.

Éramos todos cachorros de marines. En total treinta y siete reclutas en busca de experiencia, un puñado de siete soldados rasos, dos sargentos y el capitán, que hombre. El destino una isla no muy grande, más bien mediana. Su niebla viva devoraba la visión de cualquiera y a los nuevos podía llevar a despistarlos. Las lluvias y el frío eran persistentes. Nosotros teníamos el equipo necesario, los más experimentados del lugar conocían con lujo de detalle cada rincón. Uno de los nuestros, al tocar tierra, tomó un puñado de arena, rezó y dejó que el viento la arrebatara de su palma. Grano a grano, el rezo se fue con la brisa.

Caminamos formados, sin romper la geometría, buscando el bosque. Delante, los superiores inmediatos marcaban el camino entre la niebla. Detrás, el capitán y sus dos sargentos nos observaban, cuestionándonos a cada paso que dábamos. El destino era la arbolada que podíamos ver delante. Un lugar con vegetación en desuso, repleto de silencio, donde cada gesto vital humano se percibía como un eco macabro. Un escondite ideal para una banda de vándalos.

Entre las filas, nadie hablaba. Apenas se miraban. Ni un gesto, ni una duda marcaba la expresión. Marchábamos como máquinas. Y la verdad, de aquel grupo, ninguno tenía la experiencia suficiente. La Marina es ese lugar donde no hay espacio para una risa. Donde el eco de la respiración coordinada y las botas sobre el terreno se entrelazan en una sola melodía. Las órdenes se vuelven cuñas que calan el pecho y dejan de ser palabras. Algunos se construyen en base a ideales, a palabras madre. Y otros, como yo, simplemente estábamos ahí.

No conocía a ninguno de los que marchábamos. No conocía sus historias, de dónde venían, si tenían algún sueño. Entre el hedor a humedad y hojas en plena composta, apenas podía oler el cigarrillo que fumaban los de adelante; los superiores. En las batallas, la identidad es solo un agregado, una causa prescindible que apenas sirve para completar un legajo. Yo estaba tan equivocado. Apenas éramos jóvenes. Hoy me gustaría saber sus nombres, conocer el color de sus risas, el aroma de sus ojos bajo el sol. Todos éramos reliquias. Mi maestro, con el tiempo, nos llamaría "Reliquias del Sol".

La luna era la única testigo del movimiento sistemático de nuestro grupo. Y cortando el aire con un soplo imperceptible para el ambiente, pero no para nuestras orejas, uno de los rasos sentenció.

—De Bali hasta Tonkson, síganme.

No fue necesario que dijera más. De los treinta y siete, nueve sombras formaron tras dos rasos que se movieron por la izquierda del bosque.
Otro raso susurró.

—De Jailu a Bairen.

Otras nueve sombras marcharon tras dos rasos, esta vez hacia la derecha.
Otra vez, la misma secuencia.

—De Alag a Simerf.

Nueve entes se perdieron en la maleza con dos rasos que estaban delante. Quedábamos ocho.

—El resto, vengan conmigo.

Ya no importaban nuestros nombres. Yo era el último, siempre. Caminaba atrás del resto. Un detalle que no dejé escapar aunque los reclutas éramos ajenos a nuestras identidades, cada rango inmediato nos conocía lo suficiente para reconocer rostros con nombres. No éramos ajenos a la misión.

Con un giro de ciento ochenta grados, el raso nos guió en dirección contraria a la del bosque. Atravesamos al grupo del capitán y los sargentos. Antes de perdernos en la espesura de las ramas muertas, el capitán habló.

—Marco, cuida al grupo.

La mirada del capitán entró en el cuerpo del raso que nos guiaba. Con la vehemencia de su postura, erguido como un pilar, respondió.

—¡Sí, señor!

Bali, Tonkson, Jailu, Bairen, Alag y Simerf. Son los nombres que aquel recuerdo perpetuó en mi cabeza. La memoria de mis treinta y siete compañeros se sostiene de aquellos que fueron nombrados. Nadie habló. En la Marina, preguntar es un acto de debilidad, de duda, de carga.
Apenas nos mirábamos, buscando complicidad entre los reclutas. Marco aumentó el ritmo. Así lo llamó el capitán; Marco. Con el tiempo entendería que los nombres propios son señuelos, disfraces de identidad, para hacer más frío el camino y más exitosa la misión. Me mantuve atrás. No por miedo, sino para observar. Uno, desde el fondo, siempre ve más; espaldas, armas, el ritmo de la marcha. Para entender. Y en esa soledad de miradas, comencé a doblar papel de memoria, siguiendo patrones sin ver la hoja.

Entre el grupo iba un raso gigantesco, robusto, de apariencia delicada y gentil. No habló en ningún momento. El que le seguía en la fila era un recluta que no despegó la mirada del suelo; esquivaba ramas y hojas para hacer mudo su andar. Otro cargaba una mochila significativamente más grande de lo que debería, pero avanzaba sin queja. Uno gordo, otro flaco, con las caras llenas de miedo, casi pálidos. Otros albinos, como mis papeles. Los tres siguientes apenas podía verlos. Estaban tan cerca de mí que me era imposible leer sus emociones, sus historias. Cabello corto, azabache. Los tres parecían de la misma estatura. Como tizoncillos.

Éramos nueve entes formados a toda prisa, caminando, esquivando el miedo y las ramas. Y entre las copas de los árboles se alzaba un hilo de humo tan delgado que solo ojos expertos como los de Marco pudieron detectarlo. Nos hizo detenernos con un gesto de la mano. Sin decir palabra, nos señaló el final de la fogata recién apagada. Era la única señal de vida en aquel apartado mundo que parecía estar cansado de existir. Todo era soledad. Barro, ramas secas como espinas, colchones de hojas muertas sobre el fango. Ecos de nuestros pasos y nuestras torpezas. Esas pequeñas torpezas eran las que nos hacían parecer vivos. Una mirada fugaz al compañero, una mueca en forma de risa al pisar una rama seca, soltar los hombros rompiendo ese estado casi irreductible. Estábamos vivos. Años después, en la Marina, aprendería a poner en palabras lo que aquella noche no supe decir; “No todo está perdido.”

Marco rotó la cintura escapular, dejando en evidencia la extensión de sus hombros. Nos observó con una mirada pálida y seca. En su metro noventa y tanto, era un hombre que inspiraba seguridad. Caló una bocanada de aire espeso, lleno de niebla, y pensó durante minutos, mirándonos uno a uno a los ojos. Esos minutos se hicieron horas en el silencio. Y como si una idea le hubiera arrebatado la razón, dejó escapar una leve sonrisa. Suspiró. Se levantó del estado de cuclillas que había elegido para pensar y nos ordenó.

—Formen un círculo, cuidando sus espaldas. Iré a investigar. Si en diez minutos no vuelvo, regresen con el capitán. Esto es una orden y ni un simulacro. No teman. Nadie morirá.

Y Marco se perdió en la oscuridad, como si su cuerpo estuviera hecho de esa misma espesura. Formamos de inmediato. Su orden no era difícil de cumplir. Lo único que resonó en mi cabeza fue la palabra morir. ¿Acaso era tan peligrosa la misión que era una opción? Ocho pétalos, como la flor de un yuyo que crece entre las grietas del olvido. Ocho reclutas que comenzaban a latir la historia de sus vidas y el prólogo de su muerte. Ocho partes de un mismo círculo.
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#2
Capitulo 2
"La fruta"

Seguíamos improvisando, inmóviles, atentos, adiestrados, solos. Entonces ocurrió. Entre lo lúgubre, lo inhóspito del paisaje, un cadáver amigo empapó el suelo de muerte. El primer disparo surcó el aire, pero no retumbó en los oídos, sino en el pecho. El cuerpo fue el primer testigo de la emboscada. El compañero que tenía la mochila más grande descansó en el fango, con la mirada aún en la misión. Inmóvil, muerto. La primera baja. El primer joven. El ser que no vio que era el final.
¿Cuántas palabras sin decir? ¿Cuántos abrazos, besos, amores y desamores? La vida y su último suspiro fueron la resistencia. El instantáneo dolor de ser atravesado por un proyectil. No sabía qué hacer. Nadie sabía qué hacer. Dejar que el cuerpo nos llevara al suelo, buscando una excusa para refugiarnos, vimos caer al segundo. El gordinflón. Su cuerpo tembló, tembló el suelo, temblamos todos. Tembló la vida. En un estúpido momento de lucidez pude ver humo. Había fuego y gritos en todo el bosque. Y entonces, como si una película se rebobinase, comprendí que seguía vivo.
Y que había que luchar. Repté entre el fango. Me separé del grupo. Me refugié tras un arbusto, cansado de vivir, con el cuerpo en shock.

La emboscada había sido un éxito. Todo orquestado. Todo perfecto. Un banquete de marines. Estúpidos cazadores de maleantes. No lo sabía, pero los gritos no mermaban porque eran mis compañeros, uno tras otro, adornando el piso, el suelo, el terreno. El terreno cobraba vida como el cementerio que siempre fue. Me tomaron del brazo de un solo golpe. Mi cuerpo rezó por su vida.
Mi garganta me fue ajena. Hasta que escuché la calidez de una voz que me rezongaba.

—Drift, hay que pelear. Tomá tu fusil y luchá. Nos estaban esperando. Tus compañeros están cayendo.

Luego de la orden, se volvió a perder entre la espesura. Se fusionó con la noche. Y nuevamente quedé solo. La voz de Marco fue lo suficientemente clara y blanca para recuperar la compostura. Mi cuerpo, desencadenado, eufórico, práctico, útil, se calmó. Dejó de temblar, de pensar, de correr por dentro. Tomé a Grau. Él siempre vuelve sin decir nada. Era práctico, silencioso, preciso, obediente. Repleto de espesura, yo aún no lograba ver a los rivales. Necesitaba acercarme un poco más. Me acerqué lo suficiente para permanecer entre las ramas y ver donde anteriormente habíamos formado de manera circular. Siete cuerpos inmóviles sobre el fango. Todo mi grupo había caído luchando. Y yo solo pude escabullirme. Yo debería estar ahí también. Mudo. Apagado. Extinto. Y entonces los vi,mMis excompañeros, su carne se volvió bancos. Lugares de reposo para sus asesinos, que triunfantes se reunieron alrededor de la muerte. No eran bandidos, eran grietas. Seres tan oscuros que la noche era luz. En total, tres despiadados. Hombres de mundo, de mar. Experimentados y totalmente locos, asesinos. Eran capaces de usar los cuerpos de sus rivales para sentarse. Para seguir planeando, mientras sus conversaciones entraban en los oídos sordos de los cadáveres.

Dejé que Grau fuera libre, furioso, sin hacer ruido. Mudo. Mi objetivo era el que se encontraba más cerca de mi posición, para que al volver el búmeran no demorara tanto. El callaldo impactó e hizo caer a un desprevenido bandido. Los otros dos siguieron el rastro. La estela silenciosa del arma adiestrada que volvía obediente. Mi ubicación fue revelada mi decisión caprichosa de venganza no fue más que una estupidez. Un acto infantil que a posteriori me forjaría como guerrero. En ese momento solo pensé en huir. Mi cuerpo, de pie, pronto para perderse entre la maleza, se detuvo.
Vio un punto de esperanza. Los otros dos bandidos también estaban en el suelo. La brutal anatomía de Marco se erguía en el campo de batalla, victoriosa; seminal.Y sin dar lugar a dudas, ejecutó a los tres malhechores con el filo de un arma que poco pude distinguir entre la polvareda, el humo y las ramas.

—Drift, la próxima vez que intentes suicidarte, que sea sin el uniforme memorable de la Marina.

Los mató sin que se le entumeciera la conciencia. Mató a tres personas. ¿En nombre de quién? ¿De su propia concepción? ¿Por qué no los capturó? ¿Por qué los ejecutó? Convirtiéndome en cómplice del odio, en asesino también. Como si el humano no valiera nada. Vinimos a convertirnos en demonios. Ahora el campo de batalla recogía no solo los cuerpos de mis compañeros, sino también los de mis enemigos. Esto era la guerra. Arrebatando mi pensamiento, Marco me señaló la dirección donde se encontraba el capitán, y me dijo.

—Vete con el capitán e informa lo sucedido. Es una orden.

“Es una orden”. Gritó ante mi palidez, ante mis ganas desamoradas de irme corriendo a no sé dónde. A mi asombro por la muerte de mis colegas. Sus muertes parecían nada. Solo silencio, vacío; nada. ¿Cómo podía volver y dejarlos ahí? Carne de carroñeros, de insectos, de plantas, de musgo, de olvido. Comprendí entonces que no se puede parar a pensar. No se puede detener el tiempo y hacer romántico el fin de un hombre. Lo más bello de aquellos que habían caído era que yo estaba vivo. Esa era el arte final. No hubo misión, principados, órdenes. Solo fueron los primeros. Y es por eso que yo sigo vivo. Corrí por instinto. Avergonzado y loco, no recordaba el camino con exactitud en aquella hecatombe.

Sin querer, y sin quererlo, sin ver ya que corría como un caballo desbocado, choqué contra un muro, contra una inmensa presencia de carne y huesos. Mi golpe no fue ni siquiera una caricia para moverla, yo caí. Junto a mí, una bolsa de tela que tenía algo dentro. Apenas se dejaba ver un objeto de colores vivos, los vi aunque no quisiese. Entre la niebla y la penumbra, encandilaban con solo asomarse por el saco. Giré sobre mi cuerpo en el piso buscando el rostro de aquella masa de músculos. Para mi sorpresa, era una gigantesca bandida. Por su aspecto, curtida por el mundo, por el terror, era un demonio. Furioso, quejoso por perder aquel objeto. Sus fauces babeaban, mientras que sus ojos me devoraban con ira. Con unas ganas tremendas de arrebatarme la vida. Su espada ya estaba en viaje, era imposible detenerla. Tan vehemente, que el aire a mi alrededor era palpable.

A punto de ser partido a la mitad, otro filo apareció para hacer justicia. Para decirme y gritar al silbar cortando el aire que no estaba solo. Ambas armas chocaron. Mi brazo izquierdo fue parte del daño colateral. En él se abrió una herida menor, pero lo suficientemente dolorosa y carmesí como para recordarme que no había muerto. Luego del golpe, el sonido. Un campanazo que casi me deja sordo, dos filos chocando. Uno por venganza y el otro por justicia. Como si primero hubiese existido el impacto y luego, mucho más tarde, llegara el sonido. Marco, mi salvador, era zurdo. Lo suficiente para salvarme, pero no para oprimir a la bestia. Ella rugió. Un grito de desesperación aquella mujer no era humana. Y con el grito, motivó su sed de sangre. Marco no habló, no dijo nada, cargaba en su mano un sable. Y yo, en el suelo, estaba lleno de suerte. Marco no tembló ante el estruendo, ante la amenaza hecha sonido, hecha rugido. Un himno de hambre, de la carencia de todo. Ahora quería devorar, nutrirse, llenarse. Mi salvador, de reflejos limpios, cuidados, erectos, no tembló como yo temblé por dentro. Aquel siempre llegaba tarde, pero justo. Con un golpe cargado de fe, hizo retroceder a la bandida, que no sufrió el filo, solo lo amortiguó con el suyo. Y entonces, un nuevo campanazo de espada contra sable se escuchó.

—Atrás, Drift.

Dijo Marco sin mirarme, sin gritar demasiado. Con el tono justo para que entendiera que aquello no eran palabras de ayuda, sino una orden. Yo obedecí, siempre lo hago. Me arrastré, buscaba desaparecer de la vista de la bandida, encontré en un tronco muerto el escondite.

Marco era claramente más débil, más sutil, menos ruidoso. En cambio, su rival era un vendaval.Un ciclón a toda prisa que gritaba, jadeaba con cada golpe. Como si la guerra la excitara, la llenara de orgasmos. Aun así,Marco resistía, esquivaba y desviaba; era poesía.

Mientras mi lider la pateaba como si se tratara de una danza, de un ritual hermoso, la gigantesca bestia escupió litros de sangre y retrocedió unos metros. Mi mano temblaba, temblaba Grau en mi, sentía sus ganas de volar. Sabía que tenía que intervenir, ayudar. Y entonces volvió a caer el saco, con ese objeto tan colorido dentro. Nunca vi cuándo la bandida lo había tomado. Entendí que eso era su tesoro, sus ganas de luchar, su furia. La bandida se desesperó al ver nuevamente su bolsa en el piso. Pisó la tierra como un toro y rugió como un oso, con esa espada como zarpa. La fruta rodó fuera de la bolsa, el grito de se ex dueña la inspiro. Un fruto estúpidamente hermoso, Nunca había visto nada igual. ¿Acaso aquella furia provenía del hambre? El fruto brillaba, como si entendiera el contexto. Colorido, con vida propia. Mis ojos, en cacería de lo absurdo, lo encontraron. Yo, deseoso de ella, como si me estuviera llamando. Algo por dentro me motivó a buscarla, a tenerla. La fiera también la vio con la misma desesperación, y con un movimiento de sus músculos apartó a Marco lo suficiente para tirarse tras la fruta. Y entonces no pensé, tomé mi arma. El silencio de la orden de mi diestra hizo arrastrarse también al bumerán. Voló mudo a centímetros de la superficie, y fue más rápido que la señora, golpeó la fruta. Mi arma cargada de miedo por lo que se venía, volvió desesperada a mi mano. La fruta le llegó a Marco, y Marco ahora me llamó por mi nombre y me la devolvió. Tenía la fruta en mis manos. Podía sentirla latir, hervía vida, pero era oscura. No su cáscara, sino sus semillas. Las podía sentir, hedían una herencia maldita. El tiempo se quebró y la mordí. No fue una orden, no fue para esconderla, fue por hambre.

La carne se me despegaba del hueso. Mi geta estaba cubierta de desesperación. El gusto era inmundo, infernal. El beso de un demonio me abrazó y se quedó conmigo. Se quedaría conmigo para siempre. No podía componer el aliento mi estómago parecía cargado de ira; tenía ganas de salirse, de darme vuelta el cuerpo y tomar el control de mi voluntad. La bandida enloqueció supo que la fruta ya no era nada, que había sido mordida, había dejado de ser un tesoro.Antes de que ella llegara mi asesina, me caí. Mis piernas eran ajenas, inútiles, pero no estaban rotas; se plegaron.

Sentí un golpe tan fuerte que fue inútil plegarme, encogerme, doblarme. Un golpe tan certero que hizo estragos en mi sistema nervioso, me desmayé. El capitán, más molesto que sabio, furioso por haber mordido el fruto, acabó con mi conciencia de un golpe. Pero no me dejó solo. No fui el único que cayó cayó la bandida antes. Yo no la vi, luego lo supe. El capitán nos había salvado. A mí, a Marco, al resto de infelices que tendrían que cruzarse con aquella aterradora mujer. Pero no estaba contento. Estaba furioso. Como si esa batalla ganada trajera una derrota. Y entendí que lo que mordí fue una Akuma no mi. Un tesoro para los hombres de a pie, hombres de mundo; el sueño de cualquier guerrero. Tomó mi cuerpo apenas vivo, y con una voz que llegó a cada rincón de la isla, gritó.

—¡Nos vamos!

Nos fuimos. Me fui. No fui el mismo. No volvería a ser el mismo. El mar, mi enemigo. Mis compañeros eternos, ajenos. Mis superiores me miraban de cerca, buscando que fuera esa herramienta útil y obediente. Lo era. Podía plegarme. Plegar. Pero aún estaba roto. Y aunque ese día pude plegar el mundo, el mundo no podía juntarme. No podía sanarme.
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