Caelum Drift
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C. de Haki
C. de Akuma
30-04-2025, 10:51 PM
(Última modificación: 30-04-2025, 10:54 PM por Caelum Drift.
Razón: Error en el nombre del mar.
)
25 De Otoño, Año14
Capítulo 1
"Eran Jóvenes Como Yo"
Algunas cosas no empiezan. Solo siguen. Ecos errantes descamados y baldíos, ecos inertes. Como si vinieran de antes. Como si uno ya estuviera dentro de la historia antes de que se escribiera. No hay prólogo en ciertas tragedias: uno despierta en medio del acto, entre escombros y restos, y la función ya va por la mitad. Yo no recuerdo el instante exacto en que decidí no pertenecer del todo a este mundo. Pero sí recuerdo cuándo el mundo decidió no soltarme. Fue como un abrazo maldito, un abrazo que no abriga: ahoga. Aun siento el amargo pesar en mis labios, como si allí viviera todavía el beso de un demonio: hediondo, herido, y peor aún, persistente. Ese tipo de beso no sana con el tiempo. Solo cambia de forma, se hace parte de uno. Como una cicatriz que no muestra el cuerpo, sino el alma.
Fue en el West Blue. En una isla mediana, marcada por el frío, las lluvias persistentes y una niebla que parecía tener voluntad propia. La llamaban Toroa. Una ciudad lúgubre y hermosa a la vez, oculta entre un bosque de árboles secos y retorcidos, de madera oscura, como si el tiempo allí hubiera decidido envejecer sin morir. Las calles eran estrechas, de barro, y las casas altas se inclinaban unas sobre otras, como si quisieran protegerse del cielo siempre gris. Las farolas eran los únicos ojos encendidos cuando el sol, cobarde, no se atrevía a entrar. En el norte, sobre los montes, el Castillo Crepuscular alzaba sus torres como dedos de un dios dormido. Ya no era real: ahora lo habitaban artistas, pintores, escritores, músicos. Gente que creaba belleza en medio de la melancolía. Dicen que exportan vino y arte. Yo solo recuerdo el silencio.
Nos enviaron como escoba: barrer bandidos, recuperar lo robado, marcar presencia. Es decir, gritar con uniforme lo que no se puede decir con razones. Cuánto importaba que jóvenes apenas vividos se desvivan por la gaviota azul, por la gloria de ser un héroe. Cuánto importaba que la gloria se pareciera tanto al castigo. Yo era un razo más. No por vocación. Por ausencia de opciones. Uno no nace leal. Se hace leal por hambre, por orfandad, por miedo. Uno no muerde la mano que le da de comer. Aunque esa mano esté manchada de sangre, aunque tiemble, aunque estrangule.
La Marina tiene el olor de los lugares donde nadie ríe. Donde el silencio se mezcla con el sonido constante de botas, gritos y disparos. Uniformes apretados, horarios que se clavan como clavos, y órdenes que se repiten hasta que uno las sueña. Órdenes que dejan de ser palabras y se convierten en ecos que viven dentro del pecho. No había gloria. Solo el deber, envuelto en discursos tan gastados como los pasillos del cuartel. Lavados planificados de cerebros. El heroísmo como consigna. La obediencia como forma de amor. No podía nacer otra cosa más que el deber impuesto, la orden como motor, la sumisión como forma de pertenecer.
Yo conocía poco. No conocía al grupo hermoso que compartía conmigo aquella misión absurda. Pero ya los sentía cerca, como se siente a los hermanos en la trinchera, aunque uno no sepa sus nombres. En la guerra, la identidad es prescindible. Basta con saber que el otro está, que no estás solo en la línea que separa la vida de la muerte. Eran jóvenes también. Algunos creían en los ideales. Otros, como yo, simplemente estaban. Ser parte de algo, incluso algo roto, duele menos que ser parte de nada. A veces, eso basta para enrolarse, para obedecer, para callar.
Habíamos llegado con el sol pegado al cogote, con la piel ardiendo y las mochilas llenas de nada. Murkhold nos recibió como reciben los lugares donde el tiempo no pasa: con cansancio, con ruinas, con silencio. Nada se movía, salvo el viento y la llovizna. Pero sabíamos que estaban allí. Los bandidos. Esa palabra que sirve para todo. Para justificar balas, golpes, y muertos. Bandidos, decían. Como si ellos fueran la excepción, y no la regla. Como si no fueran producto del mismo sistema que los caza. La verdad es que nadie los había visto. Solo se hablaba de ellos como se habla de los fantasmas: con miedo, con morbo, con cierta esperanza de que aparezcan, solo para tener algo que destruir.
Nos internamos en el Bosque Umbrío como quien se interna en sí mismo. Con cuidado, con torpeza. El paisaje no ayudaba. Árboles secos, ramas como garras, barro traicionero. Como si todo lo habitaran ausencias. Como si el mundo, en esa parte del mundo, ya se hubiera cansado de existir. Caminábamos en formación. No por disciplina, sino por costumbre. Nadie hablaba. Nadie quería mirar al otro demasiado tiempo. En la Marina, mirar es peligroso. Uno puede ver más de la cuenta: la tristeza, la duda, la rabia. Cosas que el reglamento no permite. Yo caminaba atrás. Siempre me gustó ir atrás. No por cobarde, sino por observador. Desde atrás uno ve más. Ve cómo caminan los otros. Ve las espaldas, las armas, las inseguridades.
Éramos seis. Seis sombras caminando entre árboles tristes. Seis intentos de hombre formados a toda prisa, con más deber que deseo, con más rutina que propósito. Yo era el sexto, siempre el sexto, en la línea, en el pensamiento, en la voluntad. Delante de mí, cinco figuras con el mismo uniforme, con la misma carga a cuestas, pero cada uno distinto en su forma de soportarla. Y un séptimo, que no era como nosotros. Un sargento, un encargado de llevarnos rectos, de contar nuestros pasos, de velar por el cumplimiento de una orden que ni él mismo había elegido.
No los conocía bien. En la Marina no hay tiempo para conocer. Solo se comparte el sueño, el sudor, el frío. Eso basta. Los nombres se aprenden con las heridas. Pero los observaba. Yo siempre observaba. Había uno que caminaba con el cuello torcido, como si algo en el mundo siempre lo sorprendiera. Otro llevaba los brazos tensos, los nudillos apretados, como si esperara el combate en cada rama. Uno más, el más joven, apenas hablaba. Su mochila era más grande que su cuerpo, y aún así no se quejaba. Otro tenía la mirada hundida, no por miedo, sino por haber visto más de lo que le correspondía. Y el quinto… el quinto silbaba a veces, cuando creía que nadie lo oía. Un silbido bajo, casi un susurro, como si intentara no volverse loco con tanto silencio ajeno.
El sargento marchaba adelante. Era un hombre seco, de hombros anchos y ojos que parecían hechos de piedra. No hablaba más que lo necesario, y aun así cada palabra suya pesaba como una sentencia. Su uniforme tenía manchas que no eran de barro, y su paso era firme, sin vacilaciones. No lideraba: imponía. Su autoridad no venía del rango, sino del modo en que su presencia hacía temblar el aire. Se llamaba Rulden, creo, así se presento cuando nos presento. Aunque no estaba seguro de que ese fuera su verdadero nombre. En estos cuerpos así, los nombres se vuelven máscaras, y las máscaras, costumbre.
Yo miraba sus espaldas. Las cinco espaldas que avanzaban, tensas, confiadas, sin saber que estaban escritas por el mismo trazo que yo. Pensaba en qué los habría traído a esta isla de niebla y madera negra. Qué promesas vacías habrían creído. Qué soledades los habrían empujado a vestir ese uniforme como quien se pone un escudo sin saber usarlo. Ninguno hablaba de su casa. Ninguno hablaba de su madre. Nadie decía por qué estaba allí. Eso, en la Marina, es normal. Hablar del pasado es mal visto. Recordar es debilidad. Soñar es traición. Se marcha, se obedece, se sobrevive.
Y sin embargo, había algo hermoso en ellos. No por lo que eran, sino por lo que cargaban sin darse cuenta. Una especie de inocencia emparchada, una fe oxidada pero viva, una esperanza que aún no había sido del todo quebrada. Eran jóvenes, como yo. Jóvenes con el cuerpo lleno de órdenes y el corazón lleno de silencios. Pero en sus gestos, a veces, aparecía algo distinto. Una torpeza al levantar el fusil. Una sonrisa fugaz al pisar una hoja seca. Un parpadeo largo cuando el viento traía olor a vino fermentado y tierra mojada. Pequeños gestos que decían: aún no estamos perdidos del todo.
Luego de años en la Marina comprendería algo que en ese entonces no sabía poner en palabras: no todo estaba perdido. Incluso entre el metal y la orden, entre los castigos y las marchas, abundaban los gestos de vida. Pequeños, fugaces, casi clandestinos. Un hombro que se ofrecía sin pedirlo, una risa escondida en la penumbra del cuartel, una mirada que decía “a mí también me duele”. A pesar de todo, persistía la paz, el amor, como flores que crecían entre las grietas del uniforme. No lo sabíamos entonces, pero estábamos vivos. Y en esa vida rota, ya comenzaba a latir la historia.
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Capítulo 2
"La fruta"
Aquel día, como tantos otros, parecía no querer pasar. El sol colgaba inmóvil en el cielo, como si alguien lo hubiera atado con una cuerda invisible, negándose a avanzar. Las horas no fluían: se espesaban. El tiempo era una ciénaga donde los minutos se hundían sin dejar huella. No había viento. No había canto de pájaros. Solo un silencio denso, anticipado, de esos que no anuncian calma, sino tormenta. Aunque el cielo estuviera azul, ya estaba herido.
Entonces ocurrió. El primer disparo no se escuchó. No fue sonido, fue herida. Una punzada en el aire. Como un desgarrón que cruzó el pecho del mundo. Una sacudida muda, como si el universo se hubiese atragantado. Un arma había ladrado. Rugido. Era mi primera vez, y el cuerpo lo supo antes que la mente.Luego vinieron los gritos. El fuego. El humo. La confusión, espesa como brea. Todo se volvió una maraña sin narrador. Una pesadilla sin orden ni destino. El miedo no corría: reptaba.
La emboscada había sido un éxito. Para ellos. Todo estaba planeado, orquestado. Un teatro sin telón. Busqué con desesperación, a través de los huecos de mi máscara de gas, al Sargento. Jamás lo vi. Ni siquiera su sombra. Inútil. Ausente. Cómplice. Vi caer a uno. No recuerdo su nombre. Nunca supe su historia. Pero recuerdo sus ojos. Abiertos. Estallados de sorpresa. Como si aún no entendieran que el cuerpo ya no estaba. Como si no aceptaran que ya eran recuerdo. Miraban hacia algo que nosotros no podíamos ver. Hacia otro lugar. O tal vez hacia nada. Cayó como caen las palabras que no se llegan a decir. Como caen las promesas en boca de un moribundo. Un cuerpo cazado por el absurdo, por esa maldita misión suicida. Nunca sabíamos a qué nos enfrentábamos hasta que llegaban las heridas. Hasta que llegaba la muerte. Tiempo después supe la verdad que todos evitan: solo éramos carne de cañón. Números con botas. Siluetas sacrificables en mapas ajenos.
Quise gritar. Pero la garganta me era ajena. Cerrada por una mano que no era de carne, sino de sombra. Quise correr. Pero mis piernas estaban clavadas al suelo, como raíces de un árbol seco. La pluma se volvió plomo. Todo mi cuerpo pesaba como una culpa vieja. Y entonces lo vi.
A él. No tenía nombre. O quizás lo tenía, pero no importaba. Era “el bandido”. Aunque esa palabra le quedaba corta, como un traje que ya no entra en el cuerpo. No era un ladrón. Era una grieta que caminaba. Una cicatriz con voz. Una presencia que no se anunciaba: se imponía. En su mirada no había rabia. Había algo peor: una calma antigua. Una especie de aceptación violenta. No buscaba oro. Buscaba control. Y lo encontraba en el miedo.
Nuestros cuerpos jóvenes no entendían del todo. La situación nos superaba como una ola. Entonces gritó. Cortó los estruendos con su voz. El mundo clamó piedad. Y, por un instante, todo quedó mudo.
—Rulden.
Eso dijo. Más que un nombre, parecía una maldición. Lo vomitó desde una voz rota, terrible, como si naciera desde el fondo de la tierra. “Rulden”. Como un conjuro. Como una advertencia. Como si, al pronunciarlo, sellara un destino.
Y en su mano, brillaba algo. No un arma. No una joya. Una fruta. Pero no cualquier fruta. No tenía sentido que algo tan hermoso existiera allí, en medio del barro y la sangre. Espiralada, de un rojo extraño, vencido. Viva. Palpitante. Como si respirara en su palma. Era una Fruta del Diablo. La Hira Hira no Mi. Aunque yo aún no lo sabía. No sabia nada de aquellas maldiciones. La sostenían.
Mi cuerpo se desplomó. No fue una caída: fue una rendición. Mis rodillas volvieron a rezar en ese instante, no con palabras, sino con tierra. Y entonces, otro cuerpo, ajeno pero cercano, tan cercano como el espanto, se estrelló contra el barro. Un estallido sordo: carne contra mundo. Entre la polvareda, pude divisar una sonrisa. No mía. No suya. Una sonrisa ajena al dolor. La muerte, para algunos, era un escape. Para otros, una llegada.
Yo, todavía de rodillas, alcé las manos como quien exige respuesta al cielo. No quería morir así. No quería ser un número más en un parte sin alma. Tenía un propósito. O eso creía. Una llama pequeña, pero obstinada, me ardía en el pecho. Una razón, aunque aún no tuviera nombre. Entonces escuché una voz. Una voz conocida. No dulce, pero sí firme. No tibia, pero sí real. Me arrulló. Me sostuvo por un instante como lo hace un recuerdo. Era el Sargento. Mis manos descansaron al lado de mi tronco.
—Estúpido bandido
Escupió con desprecio.Por un momento pensé que había venido a salvarnos. A corregir la historia. A limpiar el desastre con fuego amigo. Pero no. No venía como héroe. Venía como traidor. Lo supe en el modo en que caminó entre los cadáveres. No los esquivó: los pisó. Uno de los nuestros, convertido en peldaño. En carne desechable. Su bota se hundió en el pecho de un brazo ya sin dueño. Y luego lo vi. Lo vi abrazarse con el demonio. Con ese hombre que nos había dejado a la intemperie del mundo. Entre el ruido, entre el caos, entendí lo que no quería entender. Eran hermanos. No por sangre. No por bandera. Por algo más oscuro. Más íntimo. Más pactado. Y ahí, en medio de la traición, el miedo y la fruta, algo en mí se quebró. Pero no se rompió: se transformó.
El combate me llegó como un puño que no se ve. Lo enfrenté. No con pericia. Con miedo. La bestia con la fruta aún en la mano despegó hacia mí, ya de pie. Rulden corrió tras el segundo sobreviviente. Éramos lo que le daría una cuartada: la misión fallida, el súper villano que triunfó y nuestros cuerpos, héroes de guerra, huérfanos de vida. Mi brazo se torció. Mi hombro crujió. Mis rodillas volvieron a rezar. Él no hablaba. No insultaba. Golpeaba como quien completa un ritual. No buscaba pelea: buscaba sentencia. Forcejeamos. Yo, apenas un cuerpo mal armado. Él, una sombra con músculos.Y en medio del forcejeo, la fruta cayó. Rodó. Abrió su secreto como se abre una herida. Estaban allí por ella. Mis compañeros cayeron por ella. El sargento nos traicionó por ella. El gigante tembló, por primera vez se lo vio humano: torpe, desesperado. Él la vio. Se lanzó.
Pero yo, medio ciego, medio loco, medio muerto… me adelanté. No por capaz, sino por distancia. No para vencerlo. Para que él no la tocara. Algo me decía que un marine debía hacerlo. Me tiré sobre ella. No con valentía. Con desesperación. Mis brazos, colgando como ramas rotas, no respondieron. Solo los dientes quedaban. La tomé con la boca. Y la mordí. La mordí torpemente luego de que el bandido golpeara mi nuca. El sabor fue una tragedia. Como masticar una carta que uno nunca quiso leer. Amargo. Áspero. Vivo. Y entonces… algo cambió. El mundo se volvió liviano. El aire, cómplice. Mi cuerpo dejó de pesar. Y yo… yo sentí que podía armarme.
Él gritó algo. Pero su voz se quebró contra el viento. Se lanzó hacia mí. Espada en mano. Nunca supe cuándo la desenfundó. Odio en los dientes. Mis piernas se doblaron. Pero en vez de caer… floté. Como una tela. Como un secreto. Mis dedos, por instinto, buscaron el bolsillo interior. Ahí, donde guardaba hojas. Papel. El origami no era un pasatiempo. Era mi refugio. Doblaba figuras para no pensar en la muerte. Hoy, me salvaron de ella. Una grulla. Una estrella. Una serpiente. Las solté. Y el viento, como si supiera su función, las elevó. Pero no solo volaron. Atacaron. Las figuras nublaron su vista. Lo detuvieron un instante. Y en ese hueco entre la furia y el asombro… llamé a Grau. Grau no brilla. No necesita hacerlo. Es una pluma endurecida por el dolor. Un pliegue largo de 76 centímetros. 1,3 kilos de silencio armado. Dos alas cortantes. No se lanza. Se deja ir. Como las cosas que entienden el duelo. Voló. Y en el aire, su sonido era muerto. No hubo impacto. Solo final. El enemigo cayó. No muerto. Pero rendido.Y Grau, como siempre… volvió.No por obediencia. Por memoria.El enemigo fue sorprendido. Y en ese bache, corrí. Aunque no tenía suelo. Aunque mis pies eran viento. Corrí.
No sabía qué le pasaba a mi cuerpo. No sé cuánto tiempo corrí. Me deslicé entre las ramas muertas hasta la orilla. Donde el agua aún no sabía mi nombre. Allí, caí.Por fin. No como derrota. Como exhalación. Y entonces apareció. Un superior con capa blanca y dorada. De esos que no hablan de más. De los que ven más de lo que dicen. No me preguntó nada. Solo entendió. Me cargó. Yo lloré. No de dolor. De alivio.
Pasaron días. Semanas. No sé. Solo sé que cuando desperté en la enfermería, ya no era el mismo. El espejo me mostraba un cuerpo distinto. No más fuerte. Más… móvil. Como si cada parte de mí estuviera hecha para doblarse. El viento me seguía. Y yo… lo dejaba. También las sombras de mis superiores.Desde ese día guardé juramento de silencio. Y gané espías. Propios marines que me seguían de cerca. Me controlaban. Supe entonces que la fruta tenía nombre. Hira Hira no Mi. La fruta del ondular. Del plegarse. Del viento con voluntad. Ya no era un soldado raso. Era algo más. Y algo menos, también.
Desde ese día, cada combate es una danza. Cada movimiento, un poema. Doblo el aire. Corto con sombra. Ataco con papel. Grau vuela como si estuviera triste. Y vuelve como si recordara algo. La fruta me cambió. Pero no me salvó. Solo me dio tiempo. Hay noches en las que despierto con la sensación de estar deshaciéndome. Como si mi cuerpo quisiera ser brisa. Y entonces escribo. Doblo. Papeles que no dicen nada, pero sienten mucho. Una vez, hice una figura y la dejé en el mar. La vi alejarse. Y sentí que también se llevaba una parte de mí. No me arrepiento. Porque lo hice por necesidad. Por el miedo de que él se volviera viento primero. Drift, me llaman. Pero a veces me olvido del nombre. Porque en el viento… no hay etiquetas. Solo historias. Y esta…es la mía.
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