[FIC] Chatarra, vapor y secretos. ¡El enorme Sapo de Humo!
#1
65 de Otoño, año 13.
Me sentía raro. Un poco triste, sí, pero no de esa tristeza que uno puede soltar con lágrimas o con un buen grito. Era algo más denso, más profundo. Como si se hubiera instalado en el pecho, silencioso, presionando desde dentro. Caminaba solo, arrastrando los pies sin darme cuenta, mientras mi mente volvía una y otra vez a los recuerdos recientes. Me dolía admitirlo, pero me sentí un completo debilucho ante aquel marine de rostro perruno y modales bastante caballeroso. Nos fundió a Aspros y a mí sin esfuerzo, sin sudar siquiera. Yo, que me creía listo para enfrentar el mundo, para mirar al peligro a los ojos y devolverle la mirada… y no fui más que un saco de golpes. Un muñeco. Y si salimos con vida fue por pura suerte, o quizás por la voluntad caprichosa de ese tipo, que decidió largarse sin razón aparente. Aún me pregunto por qué. ¿Nos subestimó? ¿Se aburrió? ¿O simplemente le dimos lástima?

Pero lo que más me pesaba, lo que realmente me estrujaba el corazón, era la partida de Aspros. Mi camarada. Mi amigo. Él se quedó atrás en el Reino Kamabakka, decidido a convertirse en el dueño y señor de aquellas tierras coloridas y ruidosas. Y aunque me alegraba por él , y de verdad que lo hacía, no podía evitar sentirme… incompleto. Como si una parte de mi viaje se hubiese detenido allí, anclada en ese lugar que ya no era mío. Así era la vida, supongo. Las personas llegan, comparten un tramo del camino contigo, y luego toman su propia ruta. Pero duele. Dolía más de lo que quería admitir. No podía hacer nada, lo sabía. Solo seguir adelante, con esta mezcla de orgullo por él y este nudo amargo que me hacía bajar la mirada cuando nadie me veía.

Habían pasado dos días desde que habíamos llegado a esa nueva isla, con un nombre que, aunque corto, me dejó pensando. Su nombre era Chika. No sabía si significaba algo, si era una palabra del idioma local o simplemente un apodo casual, pero tenía un sonido simpático. Chika. Ligero, como si la propia isla quisiera hacerme sonreír. Aquel día me levanté con el cuerpo un poco menos adolorido y las piernas llenas de ganas de moverme, así que decidí ir a explorar sin rumbo fijo. Algo en mí necesitaba perderse un rato, no por huir, sino por encontrar algo que me devolviera la chispa. Caminé por callejones estrechos que serpenteaban como intestinos entre casas de metal oxidado y raíces gigantescas, hasta que un olor extraño, mezcla de óxido, tierra húmeda y algo dulzón, me guió hacia una compuerta metálica abierta hacia abajo. Una escalera de madera mal clavada me llevó a lo que solo podía describir como un mercado subterráneo salido de un sueño bizarro.

Lo primero que me golpeó fue la luz: no era artificial, tampoco natural. Eran hongos, cientos, miles de ellos, adheridos a las paredes y techos, brillando en tonos azulados, verdes, violáceos. La chatarra estaba por todas partes, pero no era basura; cada puesto parecía un pequeño altar de invención y reciclaje. Vi una guitarra hecha con tubos de escape, una máscara de gas reconvertida en jarrón, y un dron diminuto volando en círculos con hélices hechas de cucharas. -¡Qué pasada…!- Murmuré sin darme cuenta, sonriendo como un niño en una tienda de juguetes. Aunque me fascinaban todos aquellos objetos, seguí caminando, guiado por una extraña necesidad de descubrir más, de ver qué otras locuras escondía ese lugar enterrado bajo la piel de Chika.

Aunque el bullicio del mercado subterráneo llenaba el aire con risas, voces y ruidos mecánicos, no tardé en notar algo que me hizo fruncir el ceño. Había una calma extraña flotando por encima de todo, como si esa vitalidad fuera una capa fina cubriendo algo más profundo… algo más viejo. No sabría decir exactamente qué era, quizá la manera en que algunas luces parpadeaban como si estuvieran a punto de extinguirse, o cómo algunas personas hablaban en susurros, sin mirar a los ojos, pero sentí una especie de abandono silencioso. Como si ese lugar, por muy vivo que pareciera, ya hubiese sido olvidado por el mundo. Caminé más despacio, con los sentidos agudizados, atento a cada detalle. Pasé junto a un puesto de relojes rotos que no marcaban la hora, y otro donde un hombre dormía con la cabeza apoyada sobre una caja llena de dientes de oro.

Fue entonces cuando la vi. Una anciana sentada en un taburete hecho de engranajes oxidados y cuero trenzado. Su piel era del color del café tostado, arrugada como corteza vieja, y su mirada… su mirada me atravesó como una lanza. Me sonrió sin mostrar los dientes y me hizo un gesto para que me acercara. -¿Tienes hambre de otra realidad, niño?- Me preguntó con una voz grave, casi cantarina, mientras alzaba una cazuela de la que salía un vapor violeta. Dijo que se llamaba Noba, y que ese estofado tenía la capacidad de abrir puertas invisibles, de mostrar caminos que solo existen si uno los mira con el estómago lleno de magia. Dudé solo un segundo. Quizá era la atmósfera extraña, o simplemente que yo, en el fondo, siempre había querido creer en cosas así. Le dediqué una sonrisa amplia, me senté frente a ella, cogí el cuenco caliente entre mis manos y, sin pensarlo más, lo vacié hasta la última cucharada.

Noba
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#2
Apenas terminé la última cucharada de aquel estofado extraño, una somnolencia espesa comenzó a envolverme como una manta caliente en invierno. Fue repentino, casi como si el cansancio me hubiera estado acechando desde hacía horas y por fin hubiese encontrado la rendija para colarse dentro de mí. Parpadeé con pesadez, sintiendo cómo mis párpados se volvían cada vez más difíciles de mantener abiertos. Todo a mi alrededor comenzó a desdibujarse, como si los contornos del mercado se derritieran suavemente, fundiéndose con las luces púrpuras de los hongos bioluminiscentes y el murmullo de los compradores. Noba, que me había estado observando sin apartar la vista ni un segundo, ladeó la cabeza y me hizo una seña con la mano huesuda, indicando que la siguiera. -Vamos, no luches contra eso. El sueño forma parte del viaje- Murmuró con una sonrisa tranquila.

La seguí como si mis piernas caminaran por inercia, tambaleante, cruzando una cortina hecha con hilos de cobre trenzados y pequeños cascabeles que tintineaban en una melodía extraña. El interior de su tienda era minúsculo, más parecido a una madriguera que a un hogar, pero tenía una calidez inesperada. Había frascos de vidrio con líquidos de colores, máscaras de animales colgadas del techo, y un incienso que olía a canela y madera quemada. En una esquina, casi oculta por un tapiz lleno de ojos bordados, había un catre sencillo cubierto con mantas raídas pero limpias. No dudé en dejarme caer sobre él. Apenas apoyé la cabeza en la almohada, sentí cómo todo mi cuerpo se hundía, como si me absorbiera la tierra misma. La voz de Noba resonó por última vez antes de que me entregara al sueño. -Lo importante no es lo que sueñas, sino cómo regresas. Espero que vengas con visión.- Y entonces, como si alguien apagara una lámpara en mi interior, me quedé dormido.

El sueño me atrapó como una marea tibia y silenciosa que se lo traga todo sin esfuerzo. En cuestión de segundos, mi cuerpo dejó de pesar, y mi mente comenzó a flotar en un espacio donde el tiempo se deshacía como papel mojado. Sentí un cosquilleo en la punta de los dedos, luego en los pies, como si mi piel se encogiera y se replegara sobre sí misma. Fue una sensación extraña, casi placentera, pero imposible de controlar. Me hacía cada vez más pequeño, como si mi existencia se comprimiera, reduciéndome hasta que el mundo entero se volvía gigantesco. El suelo se alzaba como una selva de raíces y rocas, y las hojas eran enormes techos verdes que filtraban la luz del sol en haces dorados. Me miré las manos, eran diminutas, pero seguían siendo mías. Me encontraba del tamaño de los insectos. O quizá aún más pequeño.

De pronto, sentí un leve zumbido, como un susurro de alas batiéndose al unísono. A mi alrededor comenzaron a aparecer criaturas que conocía mejor que a muchas personas. Una libélula azul metálico, de alas cristalinas y ojos multifacéticos que parecían mirar dentro de mi alma, aterrizó suavemente frente a mí. Era un Anax imperator, majestuosa, firme, su cuerpo brillaba como si estuviera hecho de joyas vivas. A su lado, un escarabajo rinoceronte, robusto y brillante como obsidiana, alzó su cuerno en señal de respeto. También apareció una mantis verde, elegante y precisa, que inclinó su cuerpo con una gracia casi ceremoniosa. Cada uno de ellos me reconocía, y su mirada transmitía admiración, como si siempre me hubiesen estado esperando. Entonces, como si una señal invisible los hubiera guiado, comenzaron a corear al unísono con sus voces vibrantes y reverentes. -¡Que viva Kenzo! ¡Que viva el rey de los bichos!- Me sentí envuelto por una mezcla de asombro, alegría y pertenencia. Era como si, en ese diminuto mundo escondido, yo hubiera encontrado un hogar donde por fin era comprendido, celebrado y amado.

Me sentía hinchado de orgullo, como si mi pecho pudiera explotar de pura gratitud. Aquel coro de insectos, con sus diminutas voces vibrando como una melodía que sólo yo podía entender, me había tocado una parte del corazón que ni sabía que existía. Me reí bajito, nervioso, y les devolví las reverencias con torpeza pero con toda la sinceridad del mundo. Incliné la cabeza y doblé ligeramente las rodillas, imitando sus gestos ceremoniosos. -Gracias, gracias a todos...- Susurré, sintiéndome por primera vez en mucho tiempo verdaderamente visto, verdaderamente aceptado. El aire olía a tierra húmeda y savia, y la luz que atravesaba las hojas gigantes dibujaba formas extrañas sobre el suelo, como si el mundo me estuviera dando la bienvenida a una dimensión secreta y mágica.

Fue entonces cuando lo vi. De entre las sombras de un tronco caído, caminando con solemnidad, emergió un bicho palo. Medía casi lo mismo que yo en ese estado, pero su silueta era delgada, casi frágil, como un palillo vestido de sabio. Llevaba una capa tejida con pétalos secos y telarañas, y se apoyaba en una ramita como si fuera un bastón. Se detuvo frente a mí, con los ojos vidriosos llenos de una súplica urgente. -Gran Kenzo, gracias por acudir a nuestra llamada. Noba es nuestra amiga.- Dijo con una voz grave y áspera. -Necesitamos tu ayuda. El sapo de humo... ha vuelto.- Me quedé helado por un instante. -¿Sapo de humo?- Repetí, medio en voz alta, medio para mí. -Sí, gran Kenzo.- Continuó el insecto con un temblor apenas disimulado. -Una criatura oscura y fétida que exhala niebla tóxica y aplasta todo a su paso. Nos persigue. Nos caza y no nos deja vivir.- A pesar de la preocupación que flotaba en el aire, mis ojos se encendieron de emoción. -¿Un sapo? ¿Aquí? ¿De humo? ¡Shajajajajajajajaja!- Aquello me resultaba fascinante. Siempre me gustaron los bichos y los animales raros, y uno hecho de humo sonaba como algo salido de un cuento. -No os preocupéis, ¡Yo me encargo de él!- Dije alzando la voz, con una sonrisa en los labios. Y en mi interior, una chispa de aventura empezaba a arder con fuerza.
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#3
El tacto áspero de la tierra bajo mi cuerpo fue lo primero que noté al despertar. No había lona que me cubriera ni paredes de tela a mi alrededor. Solo el cielo, inmenso y despejado, extendiéndose como un océano de luz sobre mí. Fruncí el ceño con una mezcla de confusión y somnolencia. Ladeé la cabeza, pestañeando un par de veces, todavía atrapado en ese instante borroso entre el sueño y la realidad. ¿Dónde estaba la tienda? ¿Por qué estaba durmiendo directamente sobre el suelo? El cuerpo me pesaba menos que de costumbre, sin tensión en los músculos ni restos de fatiga. Era extraño, pero reconfortante. Me senté despacio, apoyando las manos sobre la tierra seca, notando el calor acumulado del sol sobre la superficie. El polvo se me pegaba a las palmas, pero no me importó. Respiré hondo y sentí cómo el aire limpio me llenaba el pecho. Mi mente se despejaba lentamente, como si la neblina de los sueños se deshiciera poco a poco con cada bocanada. A pesar de lo raro del despertar, me encontraba… bien. Mejor que bien, en realidad. Ligero. Despreocupado. Como si toda la tensión que había cargado hasta entonces se hubiera disuelto en aquella siesta repentina y profunda. Moví los brazos, estirándome con un leve crujido en los hombros, y dejé escapar un suspiro largo, satisfecho. Me pasé una mano por el cabello, intentando ordenar los mechones desordenados por el descanso, y barrí con la mirada el lugar donde me encontraba. Todo parecía en calma, y aunque no recordaba en qué momento exacto me había tumbado, tampoco sentía alarma ni incomodidad. Era como si la tierra misma me hubiese invitado a descansar, como si el mundo me hubiese dado permiso para una pausa. Por un momento, no quise preocuparme por nada más. Simplemente, disfruté de esa paz efímera y extraña, preguntándome si algo en mi interior había cambiado mientras dormía.

Me incorporé casi por instinto, todavía con los músculos algo entumecidos por haber dormido en el suelo. El cuerpo me obedecía sin quejarse, lo cual me sorprendió, considerando todo lo que habíamos pasado últimamente. Me llevé una mano a la nuca, frotándola con desgana, como quien busca despejarse de la somnolencia. Fue entonces cuando lo noté: algo áspero y crujiente, enganchado entre el cabello y la piel. Fruncí el ceño. No era una ramita ni una hoja seca. Con cuidado, lo deslicé entre mis dedos y lo saqué. Una nota. Me quedé mirando aquel trozo de papel amarillento, ligeramente arrugado por la humedad, con una sensación extraña en el estómago. No recordaba que nadie me hubiera dejado nada, ni tampoco cómo habría llegado ahí. ¿Quién había estado tan cerca mientras dormía sin que yo me diera cuenta? El pensamiento me puso la piel de gallina, pero lo ignoré y desdoblé el papel. Las palabras estaban escritas con trazos firmes, oscuros, como si hubieran sido grabadas con decisión. "Si deseas encontrar al Sapo de Humo, tendrás que adentrarte hasta lo más profundo de la isla. Supera los obstáculos. Derrumba tus creencias." Me quedé un momento en silencio, leyendo y releyendo las mismas líneas. El Sapo de Humo. Era aquel sapo que los insectos me pidieron que destrozara. Era una nueva aventura. Mis dedos apretaron el papel, sintiendo cómo se arrugaba ligeramente bajo la tensión. Mi corazón latía con más fuerza, no de miedo, sino de anticipación.

Sin pensarlo dos veces, impulsado por una mezcla de determinación y ese cosquilleo inquieto que siempre me recorría cuando la aventura llamaba, abandoné la cueva. Aquel lugar que apenas unas horas antes rebosaba vida y color, con tenderetes improvisados, aromas exóticos y voces cruzándose en un bullicio caótico, ahora yacía completamente vacío. Las paredes, que recordaba cubiertas de telas colgantes, faroles improvisados y cachivaches extraños, se mostraban desnudas, húmedas y silenciosas, como si nunca hubiese habido nada allí. Ni un solo rastro. Como si el mercadillo hubiese sido un sueño compartido, una alucinación colectiva, una ilusión envuelta en humo que se deshizo con el amanecer. Pero no me preocupó. No sentí miedo ni sospecha. A decir verdad, me encogí de hombros mientras caminaba hacia la salida, como si simplemente aceptara que en esta isla las cosas aparecían y desaparecían como les daba la gana. “Me quedé dormido y se fueron” Pensé con naturalidad, como quien encuentra lógico que el sol salga por el este. Lo que realmente importaba era otra cosa. Lo que ardía en mi pecho ahora no era la curiosidad por aquel mercadillo, sino un deseo más grande, más profundo y más mío que nada: encontrar al Sapo de Humo. Apreté la nota en mi puño como si fuera un mapa sagrado, una promesa escrita en papel. Si ese sapo existía —y ahora estaba convencido de que sí—, yo lo encontraría. Y no solo eso. Lo domaría, lo entendería, me convertiría en algo más que un simple amante de los insectos. Sería su soberano. El monarca absoluto de todo bicho, de toda criatura con patas, alas, caparazones o aguijones. Reinaría entre zumbidos, croares y crujidos. Y el primer paso era claro: adentrarme en lo más profundo de la isla. Allí, entre lo desconocido, comenzaría la verdadera metamorfosis.
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#4
La humedad se pegaba en la piel como una segunda capa, fría y persistente, mientras mis botas crujían sobre el suelo irregular del túnel. Cada paso resonaba como un eco contenido, atrapado en las tripas mismas de aquella isla olvidada. Había algo en el aire, una mezcla entre óxido viejo, tierra podrida y un leve matiz a metal quemado. No era un lugar para turistas. Ni siquiera para aventureros comunes. Esto era territorio para aventureros. Y, sin embargo, allí estaba yo, caminando con una sonrisa torcida en la cara, los dedos de una mano tamborileando ansiosos contra el cuero raído del cinturón. Me sentía excitado. Sí, esa era la palabra. No por el peligro, sino por la promesa de encontrarme con aquel Sapo de Humo. El muy cabrón se me había presentado en sueños, entre susurros de bichos que me hablaban en lenguas que no conocía y que, por algún motivo, comprendía. Era raro, pero ya me había acostumbrado a esas cosas desde que estuve con aquella anciana. Mis pasos me llevaron a un pasillo donde las paredes se abrían en grietas profundas, como bocas abiertas esperando devorarme si pisaba mal. A los lados, restos de mecanismos viejos sobresalían como huesos oxidados. Poleas partidas, engranajes colgando, cables como tripas resecas. Todo hablaba de un tiempo en el que ese lugar había sido algo más: una mina, una base, tal vez un refugio. Ahora solo era un cadáver gigante. Me relamí los labios, tragando saliva con dificultad. Una gota de sudor frío resbaló por mi cuello. La emoción estaba ahí, latiendo, pero mezclada con el nerviosismo pegajoso de no saber qué me iba a saltar de entre esas sombras. Pero seguí caminando. No por valentía, sino porque si me quedaba quieto, me volvía loco. Y porque los insectos no suelen mentirme.

Finalmente, después de andar lo que me parecieron horas, acabé llegando a un sitio distinto, un lugar donde el silencio pesaba más que mis propias pisadas. Lo noté primero por el aire, olía diferente, cargado no solo de humedad, sino de algo estancado, como el perfume rancio de un cadáver que alguien intentó esconder bajo las tablas. Era evidente que, en algún momento, ese sitio había tenido vida. Lo sentías en los restos, paredes con azulejos desportillados que todavía conservaban dibujos a mano, tal vez símbolos, tal vez letras. Viejos postes de luz caídos, algunos aún chisporroteando débilmente con descargas esporádicas, como si se negaran a morir del todo. Un par de bancos herrumbrosos, como los que pondrías en una estación o en una plaza. Todo eso me decía que aquí, en otro tiempo, la gente había vivido, respirado, trabajado… o huido. Pero lo que me heló el estómago fue la fauna. No tardé en ver el primer bicho raro: una rata, pero no una rata normal. Era grande, como un gato flaco, con la piel parcialmente desgarrada y parches donde el pelo parecía quemado. Pero lo peor era su brillo. Tenía zonas del cuerpo que parecían fluorescentes, como si un químico raro le estuviese recorriendo las venas. Parpadeaba en la oscuridad, no con luz, sino con una especie de fosforescencia enfermiza, como si el animal estuviera siendo consumido desde dentro. Y no estaba sola. Un par de murciélagos colgaban de una viga rota, pero sus alas eran de un color verde ácido, con vetas anaranjadas recorriéndolas como venas abiertas. Cuando uno de ellos abrió los ojos, brillaron como faros diminutos, lanzándome un destello que casi me hizo tropezar. No era solo la muerte lo que habitaba allí. Era algo peor, la mutación. La toxicidad había transformado todo lo que alguna vez fue natural en parodias grotescas de sí mismas. Y me pregunté, por un segundo, si el aire que estaba respirando no me haría lo mismo por dentro.

No tardaron en llegar los primeros ataques. Algunas de esas ratas fluorescentes, moviéndose en manada, salieron disparadas desde una rendija de las paredes, como si hubieran olido el sudor o la carne fresca. Chillaban con un sonido agudo, metálico, como si hubieran tragado clavos oxidados. Pero no me puse nervioso. Dejé que se acercaran, sentí la adrenalina cosquilleándome los dedos, y entonces me lancé. No necesitaba armas. Mis puños bastaban. La primera cayó con un solo golpe en el cráneo, un estallido húmedo que me salpicó la mano de una sustancia pegajosa y tibia. La segunda intentó morderme el tobillo, pero levanté la pierna y la pateé contra un muro, oyendo cómo se le quebraban los huesos por dentro. Movimientos rápidos, certeros. No era una pelea justa. Era una masacre. Para mí, casi un calentamiento. Una carcajada se me escapó de la garganta, sin poder evitarlo. Algo dentro de mí disfrutaba de esa brutalidad; no por maldad, sino por la sensación de estar vivo, de sentir que el cuerpo respondía con la fuerza justa en el momento exacto. Pero fue entonces cuando escuché aquel sonido distinto. Un arrastre, húmedo, pesado, como carne deslizándose sobre vidrio. Desde una abertura del techo, cayendo con la torpeza de algo antinatural, apareció la cosa. Una babosa. Pero no cualquier babosa. Era gigantesca, del tamaño de un toro joven, con un caparazón duro cubriéndole el lomo. No era un caparazón normal: estaba hecho de fragmentos de metal y huesos encajados como si alguien, o algo, lo hubiese armado a propósito. El brillo pútrido que salía de sus ojos me hizo apretar los dientes. El combate fue otra historia. Mis golpes rebotaban en su coraza con un sonido seco, frustrante. Una vez me lanzó un chorro de baba espesa y corrosiva que me obligó a rodar por el suelo, rasgándome el codo contra el metal oxidado. El sabor a óxido me llenó la boca, pero no paré. Salté encima de su lomo, buscando las uniones débiles entre placa y placa, y con mis nudillos golpeé hasta que sentí romper algo blando debajo. Con un chillido insoportable, la criatura se agitó, escupiendo un vómito ácido antes de derrumbarse sobre sí misma. Me quedé allí, jadeando, el puño ensangrentado, el cuerpo temblando entre euforia y asco. Y sonreí. Porque, al final, era yo el que seguía en pie.
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#5
Tras vencer a aquella cosa, ese monstruo baboso cubierto de metal y podredumbre, avancé por el pasillo como si mis propios pasos pesaran el doble. Todavía sentía el ardor en los nudillos, la piel despellejada, los músculos vibrando con ese temblor involuntario que llega después de una pelea en la que tu cuerpo da más de lo que tiene. Pero no me detuve. El túnel comenzó a ensancharse, como si estuviera entrando en las fauces abiertas de un titán olvidado, y cuando alcancé la siguiente sala, casi me quedé sin aliento. Allí dentro, la oscuridad era un velo tenue, iluminado por decenas, tal vez cientos de piedras brillantes que sobresalían de las paredes como cristales atrapados en una herida vieja. No eran iguales. Algunas despedían un resplandor azul pálido, otras un rojo casi cálido, y las más extrañas centelleaban con destellos intermitentes, como si respiraran. Había un rumor constante en el ambiente, un zumbido apenas audible, como si la propia cueva estuviera viva. Pero lo que más me golpeó fue el olor. No sabría describirlo con precisión: dulce, empalagoso, pero también ácido, con un deje a fruta podrida mezclada con algún químico extraño. A cada bocanada que inhalaba, sentía que el mundo me daba vueltas, como si el suelo se inclinara hacia los costados y mis rodillas amenazaran con doblarse. Me llevé el antebrazo a la boca, intentando filtrar el aire, pero era inútil. Todo el ambiente estaba saturado. Empecé a tambalearme, con los latidos golpeando mis sienes, cuando una sombra se deslizó junto a mí. Apenas pude reaccionar. Fue un destello de color: trenzas largas, gruesas, de un tono rosa encendido. El chico apareció casi como un espejismo, con movimientos rápidos y precisos. Sin decir palabra, me encajó un respirador en la cara, un artilugio rudimentario hecho con tubos, filtros y cinta. El aire filtrado entró como un río frío en mis pulmones, y sentí el vértigo retroceder poco a poco. Fue entonces cuando lo escuché por fin. Su voz, aguda pero tranquila, rompiendo la tensión como quien apaga una vela. -Me llamo Dailos- Dijo, ladeando la cabeza con curiosidad. -¿Y tú qué diablos haces por aquí?-

IMAGEN DE DAILOS


Le respondí con la verdad, sin adornos ni medias tintas, tal como suelo hacer cuando el instinto me dice que puedo confiar. -Estoy buscando al Gran Sapo de Humo- Solté con la voz algo pastosa aún por el mareo, aunque mis ojos ya estaban más firmes. -Dicen que vive en lo más profundo de esta isla, que es el responsable de todas estas cosas raras… y quiero vencerlo-. Lo dije sin fanfarronear, sin la sonrisa de siempre. Era un objetivo claro en mi cabeza, algo que había nacido del sueño que tuve con los insectos, pero también se había ido convirtiendo en una especie de obsesión. Sentía que derrotarlo iba a probar algo. Tal vez a mí mismo. Tal vez a otros. Aún no lo tenía del todo claro, pero lo necesitaba. Dailos abrió mucho los ojos. No sé si por la osadía de lo que acababa de decir o por el nombre del enemigo en sí, pero de inmediato vi cómo su expresión cambiaba. Pasó de la sorpresa al desconcierto, y luego a un gesto más contenido, como si estuviera guardándose algo. -Mi hermano…- Murmuró, bajando la mirada un instante antes de clavarla en las piedras brillantes del suelo. -Él también vino buscando al Sapo de Humo… y nunca volvió. Fue hace dos años. Todos pensaron que había muerto o escapado, pero yo… yo supe que algo no encajaba.- Sus palabras no eran teatrales. Había un dolor real allí, esa mezcla amarga de esperanza persistente y duelo no resuelto. Sentí un cosquilleo en el pecho, como si esa historia, de algún modo, me tocara más de lo que esperaba. -Entonces estamos los dos buscando al mismo monstruo...- Dije, esbozando una sonrisa ladeada mientras me acomodaba el respirador. -Y si vamos juntos, tenemos más posibilidades de encontrarlo… y de salir enteros, ¿no crees?-. Dailos tardó unos segundos, pero asintió con determinación. Fue un gesto pequeño, pero en su mirada pude ver cómo la duda se convertía en decisión. En ese momento supe que no iba a continuar la travesía solo, y eso, en un sitio tan olvidado como aquel… era un verdadero alivio.

La noche fue corta y pesada, aunque el cansancio era de esos que se clavan profundo en los huesos. Dormimos apoyados contra unas formaciones rocosas que brillaban levemente con un fulgor verdoso, casi fantasmal, como si la propia caverna respirara en silencio. Entre sueños entrecortados y el eco lejano de gotas cayendo desde algún rincón escondido, mi mente no dejaba de vagar, repasando una y otra vez lo que se venía por delante. No era solo el desafío de encontrar a ese maldito Sapo de Humo, sino lo que representaba. Era enfrentar un símbolo de desapariciones, un rumor convertido en amenaza real. No eran cuentos. No eran habladurías. Si ese bicho era responsable de llevarse a la gente, entonces alguien debía ponerle fin. Y si ese alguien era yo, pues mejor. Ya estaba metido hasta el cuello. Cuando abrí los ojos, sentí la rigidez del cuello y los músculos cargados, pero también algo más: determinación. Esa que nace del estómago y se te sube por el pecho como una llama pequeña pero inapagable. Dailos ya estaba despierto también, sentándose a mi lado mientras ajustaba el respirador a su cara. Sus trenzas rosas estaban algo revueltas, y por un segundo parecía un crío normal, sin tragedias ni monstruos de por medio. Pero cuando me miró, vi esa misma chispa que yo sentía dentro. Ambos estábamos decididos. -Hoy va a ser el día- Murmuré mientras me ponía en pie, sacudiendo el polvo de mis botas. Mi voz sonaba segura, pero no era por valentía pura. Era terquedad. Un orgullo estúpido o tal vez una promesa callada a todos esos chicos que nunca regresaron. Dailos asintió sin decir palabra, y juntos comenzamos a recoger nuestras cosas: un par de linternas, algo de cuerda, pequeñas provisiones. Ninguno de los dos dijo lo que pensábamos realmente, pero lo sentí en el aire: sabíamos que no estábamos yendo solo a cazar un animal extraño. Íbamos a pelear contra el miedo mismo de aquel lugar. Íbamos a enfrentarnos a algo que llevaba años devorando a la gente en silencio. Íbamos a hacer ruido. Mucho ruido.
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