La noche se extendía sobre nosotros como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilaban con una calma que contrastaba completamente con la energía que me recorría el cuerpo. Era imposible dormir. Mi cabeza estaba demasiado ocupada, mi corazón latía con fuerza y mis músculos todavía vibraban con la adrenalina del entrenamiento. Así que, en vez de revolverme en la cama sin encontrar descanso, había salido al exterior y me había dejado caer en el suelo, con las manos detrás de la cabeza y los ojos clavados en el firmamento. Había algo especial en las noches tranquilas como esta, en la forma en la que todo parecía quedarse en silencio, como si el mundo entero esperara pacientemente el siguiente gran movimiento.
Mi mente trabajaba a toda velocidad, repasando cada intento, cada error, cada detalle de la técnica que estaba tratando de desarrollar. Sabía que estaba cerca de lograrlo. Podía sentirlo en mis huesos, en cada fibra de mi cuerpo. Solo necesitaba ajustar algo, encontrar ese pequeño detalle que hiciera la diferencia entre un intento fallido y una técnica completa. Respiré hondo, sintiendo el aire fresco llenar mis pulmones. Mis ojos recorrieron el cielo, buscando inspiración en las estrellas, en la inmensidad del universo. Si ellas podían brillar con tanta intensidad en medio de la oscuridad, yo también podía encontrar mi propio destello.
El aire nocturno acarició mi piel en cuanto me quité la camiseta, dejando que el fresco me ayudara a despejar la mente. No podía quedarme ahí tirado, dándole vueltas sin sentido a la técnica. Mi cuerpo pedía acción, necesitaba moverme, sentir el ardor en los músculos, empujarme más allá del límite hasta que no pudiera pensar en otra cosa que no fuera el esfuerzo del momento. Me agaché de golpe y apoyé las palmas en el suelo. Flexiones primero. Bajé y subí con un ritmo constante, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mis brazos y pecho. Uno, dos, tres… diez… veinte… treinta. No contaba realmente, solo seguía hasta que mi cuerpo comenzaba a quejarse.
Cuando sentí el primer temblor en los brazos, pasé a los abdominales. Me tumbé en la tierra, entrelazando las manos detrás de la cabeza, y subí con fuerza, llevando mis codos hacia las rodillas. Cada repetición quemaba, pero eso significaba que estaba funcionando. No podía detenerme. Después, me puse de pie de un salto y empecé con sentadillas explosivas, bajando hasta casi tocar el suelo antes de impulsarme con toda la energía posible. Mis piernas ardían, pero no me detuve. Con cada salto, imaginaba mi cuerpo más fuerte, más rápido, más preciso. Por último, terminé con sombras de pelea. Golpes rápidos, movimientos de esquiva, patadas al aire. Sentía el sudor resbalando por mi espalda, mi respiración agitada, pero también una satisfacción creciente. Este era el único camino.
Mi respiración era pesada, mi cuerpo ardía por el esfuerzo y las gotas de sudor resbalaban por mi piel. Había logrado cansarme, justo como quería. Me quedé quieto un momento, con las manos en las caderas, dejando que mi corazón recuperara su ritmo normal. El viento nocturno era una bendición, fresco y calmante, como si la propia noche quisiera recompensarme por el trabajo duro. Y entonces, la vi. Una estrella fugaz cruzó el cielo en un destello efímero, una línea de luz atravesando la inmensidad oscura. Mi cuerpo se quedó inmóvil por completo, mi mente en blanco por unos segundos. Era hermosa. Algo tan rápido, tan impredecible, pero tan impresionante… Me quedé mirándola hasta que desapareció, dejando tras de sí solo el rastro imaginario en mis pensamientos.
No pude evitar sonreír. ¿Cuántas veces se veía algo así? Quizá era una tontería, pero en ese momento sentí que significaba algo. Un presagio de lo que vendría. Como si el universo me estuviera diciendo que mi esfuerzo no era en vano, que estaba en el camino correcto. Me dejé caer al suelo con una risa ligera, mirando el cielo aún iluminado por las estrellas. Todo se sentía bien.
Alas Negras
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Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.
El día no había resultado especialmente productivo, aunque sí que había aprovechado para descansar, además de realizar los entrenamientos matutinos que estaba llevando a cabo desde que habíamos llegado a la isla. Desde hacía mucho, antes incluso de haberme unido a los Alas Negras, había seguido una rutina estricta de entrenamiento, pero, sobre todo, nunca me había impuesto una hora determinada para ir a cualquier bar a descansar. Aquel día había decidido ir sobre las cinco de la tarde. A esa hora tan solo había unos cuantos desesperados o gente agotada tras acabar su jornada laboral. Era un buen sitio para personas como yo, que no queríamos llamar demasiado la atención paseándonos por todas las calles. Estaba segura de que algunas personas nos tendrían que haber reconocido, pero aquella zona estaba repleta de piratas y maleantes que trataban de no destacar demasiado. Imaginaba que por eso la Marina quería reforzar el número de sus efectivos en Sabaody. Pero mientras no fuésemos destrozando todo y atacando la gente, no les mandarían por el momento, al menos a nuestro número concreto de Manglar.
Todavía no era excesivamente tarde, pero la noche ya había caído y yo llevaba varias horas en aquel bar de mala muerte, así que ya era hora de ir volviendo. Caminé despacio por las calles casi vacías sin ningún tipo de prisa. Sabía que nadie me esperaba en el hostal donde nos hospedábamos. Además, me gustaba disfrutar de los paseos nocturnos. Hacía algo de frío, pero lo prefería al calor. Recoloqué mi chaqueta para que me cubriese bien en los hombros y que el aire gélido de la noche no se colase por ningún hueco de mi ropa. Metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar mi caja de puros junto a un encendedor. Aquel chisme me parecía una burla para mí desde que me había comido la maldita fruta del diablo. Cada vez que tocaba a alguien no podía evitar quemarle. Había tenido que tener mucho cuidado estos días para no abrasar a la gente por la calle de forma accidental. Sin embargo, no era un poder que pudiese controlar a voluntad, así que no había sido capaz de emitir ni una triste llamita para encenderme un puro.
Me llevé el puro a la boca y lo encendí cubriendo el encendedor con la mano libre para evitar que la llama se apagase con el viento. En la calle solo se escuchaba el sonido de mis tacones golpeando la acera con cada paso. Era un día bastante tranquilo. Exhale la primera bocanada de humo de mi puro con satisfacción, sabiendo que, un día más, cuando habíamos conseguido sobrevivir a aquella locura de vida a la que nos habíamos lanzado sin pensar. Sin embargo, seguía preocupándome la situación de Yamamura. No sabíamos nada de él, ni cuando podríamos volver a reunirnos, si es que ese día llegaba. Lo que sí sabía era que no podíamos continuar lamentándonos. Nos quedaba todavía un largo camino por delante y Mucho trabajo para hacer para cumplir nuestros propios objetivos y, en general, la gran idea de Yamamura. Estuviese presente o no, su mensaje había calado en nosotros. Además, no iba a oponerme a nada que tuviese que ver con fastidiar a los marines.
Ya casi me encontraba en el hostal cuando vi una silueta que me resultó familiar. Al principio creía que era un borracho o un mendigo tirado en el suelo, pero el prestar un poco más de atención enseguida me di cuenta de que se trataba de Kenzo. Me acerqué a él con curiosidad. No me parecía descabellado, en comparación con lo que había visto estos meses, que hubiese decidido tumbarse en el suelo en lugar de en la cama que estábamos pagando, pero quería comprobar por mí misma si se encontraba bien. Al fin y al cabo, era el más joven y el que peor se había tomado la desaparición de nuestro capitán. Al encontrarme más cerca pude apreciar que estaba bañado en sudor, imaginaba que porque había estado entrenando, como siempre. Volví a darle una calada al puro de pie junto a él antes de preguntarle.
—¿Se puede saber qué estás haciendo ahí tirado y con este frío? Te vas a poner malo.
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Con cada movimiento de mis espadas, escribo mi leyenda en las páginas del tiempo, cada paso que doy es un trueno en el estruendo de la batalla. Aparta de mi camino, o lo lamentarás.
El aire nocturno era fresco, con una brisa ligera que acariciaba mi piel sudorosa tras el entrenamiento. Mis músculos aún ardían, pero de una manera agradable, como si cada fibra de mi cuerpo recordara el esfuerzo y lo agradeciera. Tumbado en la cubierta del barco, con los brazos bajo la cabeza, dejé que mi respiración se calmara mientras observaba el cielo infinito. Las estrellas titilaban como pequeños fuegos lejanos, cada una con su propia historia, su propia travesía a través del firmamento.
Fue entonces cuando escuché su voz. Giré la cabeza y vi a Triana, nuestra capitana en funciones, observándome con esa mezcla de autoridad y curiosidad que la caracterizaba. Le dediqué una amplia sonrisa, sin apresurarme en levantarme. -¿Pues qué voy a hacer, Triana?- Respondí con naturalidad, estirando los brazos como si aquello fuera lo más obvio del mundo. -Estaba entrenando, pero me he tomado un pequeño descanso para contemplar la belleza del cielo.- Me incorporé un poco, apoyando los codos en el frío cesped, sin perder mi expresión soñadora. -¡He visto una estrella fugaz!- Exclamé con entusiasmo, señalando al cielo con el dedo. -Dicen que si pides un deseo justo cuando la ves, se cumple.- Hice una pausa y sonreí de lado. -Le he pedido que venga Yojimbo cuanto antes. Se le echa de menos por aquì, ¿Verdad? ¡Shajajajajajajaja!- El viento sopló con suavidad, agitando mi cabello, despeinandolo aún más.
A la luz de la luna, la expresión de Triana expresión era indescifrable, aunque la forma en que entrecerraba los ojos al mirarme me decía que estaba analizándome, tal vez buscando una respuesta más profunda de la que yo había ofrecido. Sin moverme del suelo, aún con la espalda apoyada contra el cesped, giré el rostro hacia ella. -¿Y tú qué haces aquí a estas horas? ¿Necesitabas fumar?- Pregunté con un tono burlón, esbozando una sonrisa al notar su puro encendido. Sin esperar a que me respondiera, tomé un suspiro y me incorporé con agilidad, estirando los brazos antes de ponerme en marcha. -Si me disculpas, tengo que seguir entrenando. Tengo que sorprender a Yojimbo cuando aparezca y enseñarle que soy mucho más fuerte.- Y tras aquel comentario, me coloqué en posición y comencé a elevar las rodillas hasta el pecho en el mismo sitio.
El aire entraba y salía de mis pulmones con fuerza, mi pecho elevándose y descendiendo con cada respiración acelerada. El sudor resbalaba por mi frente, pegando algunos mechones de cabello a mi piel, pero no me importaba. Mi cuerpo ardía con la calidez del esfuerzo, con la satisfacción de estar superando mis propios límites. Sin embargo, algo me hizo detenerme. Triana seguía ahí. No se había marchado, no había hecho el amago de irse ni de desviar la mirada. Se mantenía en el mismo sitio, con su puro a medio consumir entre los labios, observándome con esa calma estudiada que siempre la rodeaba. Su presencia pesaba en el aire, no como una amenaza, sino como un enigma. Fruncí el ceño, sacudiendo los brazos para liberar la tensión, antes de mirarla fijamente. -¿Quieres que hablemos de algo, Triana?- Pregunté, sin rodeos.Luego la miré con una sonrisa desafiante. -Tal vez deberías hacerme compañía en el entrenamiento, vicecapitana. Seguro que te vendría bien moverte un poco. ¡Shajajajajajajaja!-
Alas Negras
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No sabía si era porque el tiempo había pasado más rápido de lo que me había permitido darme cuenta o por las circunstancias adversas que habíamos tenido que vivir desde la desaparición de Yamamura, pero notaba a Kenzo más serio y taciturno y menos crío que pasaba las tardes cazando bichos y con las neuronas justas para no acabar comiéndoselos. Imaginaba que sería lo normal. Yo era la hermana pequeña de mi familia, así que no estaba acostumbrada a ver crecer a alguien. Ya me había acostumbrado a su temperamento y al de Sasha, pero ahora tenía que aceptar que ambos eran los que más podrían cambiar su actitud debido a su edad, sobre todo él, que era más joven. Por una parte me alegraba, no era muy fan de los niños y no me he caracterizado por tener demasiada paciencia, pero Por otra parte lo iba a echar de menos ahora que me había acostumbrado a tener que lidiar con sus tonterías.
Me dijo que acababa de entrenar, así que eso explicaba más o menos que estuviese tan sudoroso y tirado en medio del suelo. Después de su entrenamiento se había quedado mirando el cielo nocturno. Yo misma había hecho eso innumerables noches. A veces resultaba irresistible evadirse contemplando la belleza del universo, pero los problemas nunca desaparecían, siempre seguían ahí y la prueba era que, a pesar de encontrarse relajado bajo el manto estrellado y haber tenido la oportunidad de ver una estrella fugaz, lo primero que se le había venido a la mente era nuestro capitán. Sonreí al escuchar su peculiar forma de reír, a la que también me había acabado acostumbrado. —Seguro que vuelve pronto.
No iba a ser yo quien le quitase la ilusión. No sabía cuántas probabilidades habría de volver a encontrarnos con Yamamura, pero si había dejado esa nota significaba que se había ido voluntariamente, así que estaba segura de que cuando quisiera volver lo haría. Me había estado convenciendo de esta idea durante los días anteriores, por lo que realmente era optimista. No le mentí con mi afirmación, estaba segura de ello. Conocía a Yamamura y su cabezonería. Si quería encontrarnos, aunque estuviese en la otra punta del mundo, vendría volando si hacía falta. Y si había ocurrido algo grave y no podía volver, seríamos nosotros los que iríamos en su busca. Al fin y al cabo, era el capitán de los Alas Negras, no podía pasar fácilmente desapercibido, así que no nos resultaría complicado encontrarle.
Kenzo me preguntó por qué estaba allí aquella noche. Aunque sí que quería fumar, no era por eso por lo que había salido, pero tampoco importaba el motivo. Tan solo quería que me diese el aire. No espero a mi respuesta para informarme de que quería continuar entrenando. Se estaba tomando muy en serio eso de fortalecerse para sorprender a Yamamura. Me gustaba ver que, a pesar de sus excentricidades, tenía un objetivo claro y era disciplinado al intentar conseguirlo. Pero yo misma sabía que tanto entrenamiento podía pasar factura. Había que dedicar tiempo a fortalecerse, pero también a descansar. Se lo habría dicho sin tapujos, pero conociéndole no serviría de nada. Al menos me quedaría un rato con él para hacerle compañía y vigilar que no se sobrepasase, aunque tal vez ya era tarde para eso. A saber desde cuándo llevaba entrenando ahí fuera.
—¿No me estarás llamando vieja? —gruñí al escuchar su comentario sobre que me vendría bien moverme. Di una calada más a mi puro y me senté en el suelo con las piernas cruzadas sin que me importase demasiado mi aspecto. Por lo menos Kenzo no era Garnet y no iba a tener que estar fijándome en cómo sentarme. —Yo ya he entrenado suficiente esta mañana y ahora me toca descansar. Tú deberías hacer lo mismo para continuar mañana con las energías renovadas, pero haz lo que quieras —justo al pronunciar esas palabras se me vino a la mente la idea de que no era su madre para decirle qué podía o debía hacer y eso me recordó a una duda que tenía sobre él desde que se había unido a nosotros. Había mencionado en varias ocasiones a su maestro, pero nunca había dicho nada de sus padres, al menos a mí. No quería preguntarle porque, tal vez, no tuviese, pero me preocupaba la idea de haber secuestrado a un niño y haberle separado de sus padres, su familia o lo que tuviese. Ahora ya no tenía más remedio, era un pirata y se vendría con nosotros, pero qué menos que escribir una carta de vez en cuando a alguien que se preocupase por él.
—Pero sí que quiero hablar de algo. Me dijiste que te había criado tu maestro, pero, ¿no tienes más familia? Padres, tíos… No pasa nada si no es así, nosotros tampoco tenemos a nadie. Como si no lo tuviéramos. Creo que solo Jolyne tiene una buena relación con su familia.
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Una sonrisa enorme se dibujó en mi rostro, tan espontánea como luminosa, al escuchar las palabras de Triana. Había algo en su voz, una mezcla perfecta de certeza y calma, que me atravesó como una ola cálida en medio de un mar turbulento. Dijo que pronto volvería nuestro capitán, y sinceramente, no hacía falta que dijera más. Esas palabras llevaban todo lo que necesitaba escuchar: fe, esperanza y una certeza que no se construía sobre ilusiones, sino sobre vivencias compartidas, sobre todo lo que habíamos enfrentado y superado. Saber que ella también confiaba me dio una seguridad que no sentía desde hacía días, y por un instante, todo dentro de mí pareció alinearse. Mi pecho se relajó, mis pensamientos dejaron de correr en círculos y el ruido del mundo, incluso el más sutil, se desvaneció.
Volví a enfocarme en mis movimientos, lanzando puñetazos al aire con fuerza controlada, con intención. Hacer sombra era más que una rutina física. Era un acto de enfoque, una manera de vaciar mi mente de dudas y llenarla de intención. Cada golpe, cada paso, era una afirmación silenciosa de que seguía aquí, de que estaba listo para lo que viniera. Podía sentir el ritmo de mi respiración acompasándose con el de mis latidos, como una coreografía secreta que me mantenía en equilibrio. Triana no decía nada más, y yo tampoco necesitaba hablar. El silencio que se tejió entre nosotros no era incómodo ni tenso. Era denso y sólido, como un puente invisible que nos conectaba. No hacía falta llenar el aire de palabras.
Me detuve un momento, dejando que mis brazos colgaran a los lados mientras el sudor me recorría la frente. Giré la cabeza hacia Triana con una sonrisa tan ancha que sentí cómo se me tensaban las mejillas. Había algo divertido en picarla, en probar los límites de su paciencia con esa mezcla de descaro y camaradería que se había forjado con los años. -No te he llamado vieja.- Dije con voz traviesa, sabiendo perfectamente que estaba tocando una fibra sensible. -Pero si crees que lo insinuaba… probablemente lo seas.- Solté la frase como quien lanza una piedrita al agua, esperando ver hasta dónde llegarían las ondas de su reacción. Me dijo que ella había entrenado y que estaba descansando, y que ahora me tocaba descansar a mí. Y entonces, como si el aire mismo me diera combustible, respondí con una carcajada estruendosa, sin filtros ni reservas, la clase de risa que nace del estómago y retumba en el pecho. -¡Ya descansaré cuando esté muerto! ¡Shajajajajajajajajajaja!- Mi voz rebotó por el lugar como si quisiera sacudir las sombras, como si el eco mismo necesitara reírse también. Y no era solo una broma. Había verdad en mis palabras, una verdad que no decía con solemnidad porque no era mi estilo, pero que ardía con fuerza dentro de mí. No podía darme el lujo de frenar, no ahora, no mientras quedaran batallas por pelear, amigos por proteger y sueños por cumplir. Mi descanso, si es que llegaba, sería el cierre de una historia bien vivida. Hasta entonces, solo había una opción: seguir adelante, con fuerza, con risas, y con fuego en el corazón.
Después de las risas, me silencié en apenas un segundo, no por nada más que por lo que acababa de oír. La voz de Triana, usualmente firme y templada, tenía un matiz de curiosidad genuina, casi vulnerable. Le miré a los ojos y me llevé las manos a la cintura, ensanchando el pecho, adoptando una postura que a veces imitaba a los héroes de los viejos carteles piratas, pero que en este caso era más para encontrar equilibrio que para presumir. -Pues mira...- Empecé con tono ligero, sin una pizca de incomodidad. -No conocí a mi padre. Ni una sola pista. Mi madre… bueno, ella murió cuando era un chiquillo, muy pequeño. No la recuerdo del todo bien, aunque a veces me vienen sus canciones, su risa, su olor a leche y barro. Cosas así.- Hice una pausa, no para dramatizar, sino para respirar con honestidad. -Estuve vagando por mi isla natal como un bicho más. Dormía donde podía, comía lo que encontraba. Me volvía invisible para que no me pisaran, literal y figuradamente.- Mis labios se curvaron en una sonrisa más nostálgica que alegre, aunque enseguida la transformé en otra carcajada explosiva. -Hasta que el viejo Kumatetsu me salvó. Un toro de hombre, más grande que la vida misma. Me entrenó, me hizo fuerte, me enseñó a no pedir permiso ni perdón. Me enseñó a ser un guerrero letal. ¡Shajajajajajajaja!- Mi risa rugió como un trueno. Pero cuando se desvaneció, bajé un poco la voz y la miré de frente. -¿Y tú? ¿Tienes familia?- Lo pregunté con suavidad, con ese extraño respeto que sólo uno que ha perdido algo entiende al preguntar si otro aún lo conserva.
Alas Negras
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Por la expresión en su rostro, las palabras que dije sobre Yamamura para animarle, que fueron bastante escuetas, sirvieron para en su rostro aflorase una sonrisa de satisfacción y se tranquilizase. Aunque realmente lo creía, que había también la posibilidad de que hubiese pasado algo terrible o, simplemente que las circunstancias se complicasen y nuestros caminos tardasen en cruzarse de nuevo. Ojalá no fuese el caso, pero era imposible saber que nos depararía el futuro, así que no estaba satisfecha con haber contribuido a crearle, ilusiones o falsas esperanzas. Sin embargo, en estos momentos de incertidumbre la esperanza podía ser un valioso salvavidas. Más adelante, cuando obtuviésemos la suficiente información, ya podríamos organizarnos y pensar de manera realista en este problema. Por el momento, solo podíamos esperar.
Kenzo no tomó en cuenta mi sugerencia de descansar y continuó lanzando puñetazos al aire. No parecía especialmente exhausto, pero por el sudor de su cuerpo se podría apreciar que llevaba un buen rato entrenando que podría no tardar en agotarse, aunque parecía imposible y que su energía era infinita. No recordaba si con su edad. Yo era tan enérgica. Recordaba perfectamente en mis tardes de entrenamiento, mis mañanas de clases y estudio y, en general, todo el tiempo dedicado a fortalecer cuerpo y mente, pero no creía recordar que me lo tomase tan en serio como él. Si seguía así, pronto tendríamos un integrante en la banda al que nuestros rivales temerían. No insistí más en el tema. Si quería entrenar hasta caer rendido en el suelo que lo hiciese. No había nadie mejor que él mismo para llevar su cuerpo al límite y explorar su tope, hasta dónde era capaz de llegar.
Ignoré que volvió a llamarme vieja escuchar su breve pero triste historia. Tal y como imaginaba, no tenía familia. Ni siquiera recordaba a su madre y era una lástima, porque parecía una de las buenas, no como la mía. Por lo visto, después de vivir como un niño huérfano en las calles de su isla natal, un hombre se apiadó de él y le cuidó y entrenó. Con la cantidad de personas desalmadas que había en el mundo, existía la posibilidad de que alguien hubiese querido aprovecharse de él o explotarle, pero no parecía ser el caso. Por su carácter enérgico y alegre y, sobre todo, por las palabras que le dedicó a ese tal viejo Kumatetsu, parecía que se había encargado bien de él. Inmediatamente después de reír al recordar a este hombre, me preguntó por mi familia. Había hablado de ello con Sasha y Garnet, pero no con Kenzo. No lo consideraba importante, pero tampoco me importaba hablar de ello. —Claro que tengo familia, pero mejor si no nos cruzamos con ellos. ¡AAARRAARRAAAHA! —reí al imaginarme la escena. Seguramente si eso llegase a suceder acabaríamos todos muy mal parados. —No tengo padre, pero mi madre es marine y mi hermano un pirata. Ambos son temibles y no me tienen mucho aprecio, así que si nos cruzamos con ellos más nos vale estar preparados para darles una paliza. Por cómo estás entrenando imagino que dentro de poco podrás hacerles frente y protegerme si vienen a por mí —dije para animarle a continuar entrenando. Realmente no necesitaba a nadie para cuidarme y tampoco quería implicarles en mis problemas, pero esperaba que estas palabras sirviesen para que no dejase de esforzarse. —Oye, ¿y qué pasó con Kumatetsu? ¿Sabe en el lío en el que te has metido?
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Seguí lanzando puñetazos al aire, uno tras otro, sintiendo cómo los músculos de mis hombros ardían con esa calidez familiar que anuncia progreso, mientras las raíces gigantes del manglar se retorcían sobre mi cabeza como columnas vivas sosteniendo la noche de Sabaody. Las burbujas flotaban a nuestro alrededor, explotando en silencios diminutos, y el olor salado del mar se mezclaba con la humedad espesa que hacía que cada respiración pesara un poco más. Entonces Triana habló de su familia. Su madre, marine. Su hermano, pirata. Temibles, dijo. Me detuve en seco. El último golpe quedó suspendido en el aire, el puño temblando antes de bajarlo despacio. La miré con los ojos muy abiertos, sintiendo esa chispa eléctrica que me recorre cuando algo huele a historia grande. -¿De verdad que son temibles? ¿Cómo se llama tu hermano? ¿Es fuerte? ¿Tiene tripulación? ¿Es capitán? ¿Cuánto tiene de wanted?- Las preguntas se me escaparon atropelladas, casi infantiles, pero no podía evitarlo; los piratas son como insectos rarísimos para mí, cada uno con colores y comportamientos distintos, dignos de estudio en mi futura enciclopedia. Me sequé el sudor con el antebrazo y sonreí, incapaz de ocultar la emoción. Pensar que la Vicecapitana de los Alas Negras tiene sangre dividida entre la justicia oficial y la libertad del mar… eso explica tantas cosas. Tal vez esa tensión sea lo que la hace tan firme, tan peligrosa, tan ella. Sentí una punzada de curiosidad casi científica: ¿Qué clase de carácter forja una familia así? Mis nudillos crujieron cuando los cerré otra vez. Si su hermano es fuerte, quiero saberlo. Si es capitán, quiero enfrentarlo algún día.
Mientras aún sentía el cosquilleo de la curiosidad en el pecho, algo se ajustó en mi interior. La vi a ella. No como la Vicecapitana temible de los Alas Negras, no como la estratega fría que puede leer un campo de batalla con un solo vistazo… sino como Triana. Una mujer hablando de su madre y de su hermano bajo la luz nocturna de Sabaody. Me quedé quieto. El manglar crujía suavemente con la brisa, y mi respiración, antes agitada por los golpes, empezó a acompasarse con un ritmo más consciente. ¿Y si había sido imprudente? Yo veía “marine” y “pirata” y mis ojos brillaban. Pero para ella podían ser heridas, decisiones imposibles, despedidas que no se cuentan. Di un paso hacia atrás, clavé los pies en la tierra húmeda y flexioné el torso en una media reverencia torpe, sincera. -Perdón, Triana. No sé si te duele hablar de tu familia. Pero… ¡es que me encantan los piratas!- Levanté la cabeza con una sonrisa que intentaba ser ligera, aunque por dentro me sentía como un niño que ha tocado algo frágil sin darse cuenta. Mi pasión a veces es un incendio que no mide lo que quema. Apreté los puños otra vez, esta vez no para golpear, sino para afirmar algo que llevaba mucho más peso que mis preguntas. -¡Y por supuesto que podré protegerte! ¡A ti y a toda la tripulación!- Lo dije con una convicción que me atravesó como un rayo. No era arrogancia. Era promesa. Cada flexión, cada entrenamiento en la oscuridad, cada gota de sudor bajo estos manglares… todo tiene ese propósito.
La pregunta de Triana sobre Kumatetsu me golpeó con más fuerza que cualquiera de mis propios puñetazos. Bajé los brazos, dejando que el sudor resbalara por mis antebrazos mientras miraba un punto perdido entre las raíces iluminadas por las burbujas. -Pues, lo único que sé es que escapó de la Marina, y le dijo a un vecino que me dijera que lo buscara en el Grand Line.- Respondí, encogiéndome de hombros con una naturalidad que no era del todo real. Decirlo en voz alta siempre lo hace sonar más simple de lo que fue. Una fuga. Un mensaje indirecto. Un “búscame”. Nada más. Y, sin embargo, ese “nada más” ha sido el motor de media vida. -Pero seguro que está bien. Y él sabe que estoy bien. Me entrenó él mismo. Somos fuertes. Él más que yo, muuuucho más que yo, así que estará bien.- Intenté sonreír. La imagen de Kumatetsu entrenándome hasta que los huesos me dolían apareció nítida: su voz áspera, sus golpes certeros, su manera brutal de demostrar afecto. Si el mundo es una selva, él me enseñó a ser depredador y no presa. Aun así… suspiré. -Aunque siempre me pregunto dónde demonios estará.- La noche parecía escucharme. Me dejé caer de culo sobre el césped húmedo, notando el frío filtrarse a través del pantalón. Miré el cielo entre las ramas retorcidas. El Grand Line es inmenso. Absurdamente inmenso. Pensar en buscar a alguien allí es como intentar localizar una hormiga específica en una tormenta. Y, sin embargo, lo haré. Luego fruncí el ceño, apoyando los codos en las rodillas. -También te digo que ahora mi preocupación es Yamamura. ¿Por qué es tan idiota y no nos ha dicho nada de donde está?- Sentí una punzada de frustración más amarga que la nostalgia. El silencio de un enemigo se soporta. El silencio de un aliado… ese duele distinto.
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Al conocer un poco más de mi familia comenzó a soltar preguntas sin parar, en concreto sobre mi hermano. Era evidente que sentía una fijación por los piratas y por los capitanes pirata. Él mismo parecía ser consciente de ello. Seguramente por eso estuviese tan obsesionado con Yamamura y era lo que le había impulsado a unirse a nosotros. No me importaba que me me preguntase, mi familia me daba exactamente lo mismo. Por mí, como si eran aplastados por una gran roca gigante. Ahora lo único que me importaba era mi banda, mis compañeros, mi nueva familia. Por eso mismo me preocupaba Kenzo. Por un momento creí que podríamos encontrar a su familia, hacerles saber que estaba bien, pero por lo que contó no iba a ser posible. El tal Kumatetsu casi había sido apresado por los marines y le había pedido que le buscase en el Grand Line. ¿Sería sinvergüenza el viejo? ¿Cómo se le ocurría mandar un niño en su busca a un lugar tan peligroso? La verdad Era que Kenzo tenía bastantes aptitudes para el combate, pero seguía siendo un crío. Las decisiones que tomaban no eran las mejores y, si había llegado hasta aquí, era por pura suerte. Si en lugar de con nosotros se hubiese cruzado con cualquier otra banda a saber lo que habría podido ser de él. Tal vez ese viejo tuviese demasiada fe en él. La verdad era que, ahora que lo conocía yo también, no dudaba de que pudiese salir airoso de muchas situaciones peligrosas. Era más fuerte que cualquier otro niño de su edad y bastante valiente, pero aún así era arriesgado un viaje como aquel, incluso para cualquier adulto lo era.
No podía evitar que su historia me recordase a la mía, aunque con sus diferencias. Él parecía bastante centrado en encontrar a su maestro, yo no tenía tanta prisa ni era mi principal objetivo, pero no podía quitármelo de la cabeza desde que había emprendido este viaje. Al final, ambos buscábamos a un viejo pirata que había sido nuestro mentor y, en cierta forma, Se podría decir que hasta nuestra figura paterna. Sin embargo, a pesar de todas sus preocupaciones, seguía pensando en Yamamura y en por qué se había largado sin dar más explicaciones que esa extraña nota que nadie entendía. —Tampoco sé demasiado de mi hermano. No tengo ni idea de en qué banda está ni si es el capitán, pero conociéndole es bastante probable. La última vez que vi su wanted tenía unos 400.000.000, Pero seguro que no se ha quedado quieto todo este tiempo y es posible que haya aumentado. Theodor Tempesta… Si le ves no te cortes, puedes pegarle y todos los puñetazos que quieras, si es que eres capaz —apunté con una sonrisa para darle un reto al que enfrentarse en su mente y distraerle un poco. Sabía que el pequeñajo entrenaba duramente, pero creía que era simplemente por fortalecerse. Ahora veía todo lo que pasaba por su mente. Su preocupación por Kumatetsu y por Yamamura, la auto exigencia de tener que ser más fuerte para cumplir sus objetivos.
—Por tu maestro no te preocupes. Si tu estás bien y él es que te ha enseñado todo lo que sabes, él también estará bien. Vamos a pasar por un montón de islas y siempre estamos pendientes de los periódicos, es cuestión de tiempo que demos con él. Y por Yamamura tampoco te tienes que preocupar. Es un tipo extraño, a saber cuáles son sus intenciones, pero seguro que también está bien. Solo tiene que mantenerse con vida, mientras sea así, siempre podemos ir en su ayuda. Tal vez tenía alguna cuenta pendiente o se fue a por coles y se perdió. De cualquier manera, es el tipo más obstinado y con más suerte que he visto nunca. No hay ninguna posibilidad de que nos haya dejado tirados, así que ya volverá cuando acabe lo que tenga que hacer o ya iremos nosotros a por él. De momento céntrate en seguir entrenando para hacerte cada vez más fuerte y sorprenderle cuando vuelva y también a tu maestro cuando lo encontremos, pero tampoco te obsesiones, hay que descansar. Ya que estamos, ¿por qué no me cuentas por qué te gustan tanto los piratas? Le gente suele odiarnos o tenernos miedo.
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Con cada movimiento de mis espadas, escribo mi leyenda en las páginas del tiempo, cada paso que doy es un trueno en el estruendo de la batalla. Aparta de mi camino, o lo lamentarás.
Me quedé sentado en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos colgando entre ellas, sintiendo todavía el calor del entrenamiento vibrándome en los músculos. La noche en el manglar era densa y húmeda, las raíces gigantes dibujaban sombras caprichosas sobre el césped y pequeñas burbujas ascendían en silencio, como si el aire mismo estuviera soñando. Entonces Triana soltó la cifra. Cuatrocientos millones de berries. Durante un segundo pensé que había oído mal. Parpadeé. No. 400.000.000. Sentí que se me escapaba una risa incrédula por la nariz antes de abrir bien los ojos. -Wow, Triana. Eso es mucho dinero.- No era solo dinero. Era peligro. Era fama. Era poder. Era historia escrita a cañonazos en los mares del Grand Line. Mi corazón dio un pequeño salto eléctrico. -Algún día tendré esa recompensa. O incluso más que Theodor Tempesta. ¡Shajajajajajajaja!- Solté la carcajada, breve pero sincera, imaginando mi propio cartel ondeando en cada puerto. No por vanidad vacía, sino porque una recompensa alta significa que estás dejando huella. Que el mundo te teme lo suficiente como para ponerte precio. Y si el mundo me teme, entonces estoy avanzando. Pero no dejé pasar lo otro que dijo. Que no dudara en golpear a su hermano si podía. La miré con una media sonrisa desafiante. -¡Pues claro que podré! ¡Soy mucho más fuerte de lo que parece!- Sentí cómo el orgullo me inflamaba el pecho, juvenil y ardiente. -¡Estoy seguro de que podría ganarte a un pulso a ti o a cualquiera que se me presente!-
Asentí despacio mientras Triana hablaba de Kumatetsu, y algo dentro de mi pecho, que llevaba un rato tenso como cuerda de arco, empezó a aflojarse. La luz tenue de las burbujas flotando entre las raíces del manglar dibujaba reflejos suaves en su rostro, y sus palabras tenían ese tono firme que no deja espacio para el pánico. Dijo que estaría bien. Que lo encontraríamos. Que el mar es inmenso, sí, pero nosotros también cruzamos islas sin detenernos, que el mar no es infinito si uno tiene rumbo. Me quedé mirándola unos segundos más de lo normal, sintiendo cómo la seguridad que proyectaba se me contagiaba como el calor después de entrenar. Incliné el torso desde donde estaba, sentado aún en la hierba húmeda, y le ofrecí una pequeña reverencia sincera. No exagerada. No teatral. Solo agradecida. Que alguien más confíe en tu promesa cuando tú mismo dudas en silencio… eso es un regalo extraño y poderoso. Luego habló de Yojimbo. Dijo que seguro estaría bien, que no nos había abandonado, que probablemente se habría perdido buscando coles para cenar o distraído con alguna de sus estupideces habituales. Durante un segundo intenté mantener la compostura, pero la imagen mental fue demasiado clara: Yojimbo persiguiendo una col rodando colina abajo con expresión heroica. La risa me explotó en el pecho. -¡Shajajajajajajaja! ¡Sí que es verdad! ¡Es lo típico que le pasaría a Yojimbo! ¡Menudo idiota! ¡Shajajajaja!- Me llevé una mano al estómago mientras reía, notando cómo la preocupación se transformaba en algo más ligero. A veces el miedo se combate con fuerza. Otras veces, con una carcajada compartida bajo un cielo extraño.
Cuando Triana me lanzó esa pregunta, no respondí de inmediato. Me llevé la mano al mentón, aún caliente por el ejercicio, y fruncí ligeramente el ceño mientras observaba cómo una burbuja ascendía lentamente hasta estallar en silencio sobre nuestras cabezas. ¿Por qué me gustan los piratas? Parece una pregunta sencilla, pero no lo es. -Es una buena pregunta. Miedo nunca tuve por ellos. Mi admiración supongo que sale por todas las aventuras que me contaban de ellos.- Mi voz salió más tranquila, menos impulsiva que antes. Me dejé caer hacia atrás hasta que mi espalda tocó el césped húmedo, sintiendo el frescor atravesar la tela y pegarse a mi piel sudada. Miré el cielo fragmentado entre las raíces gigantes del manglar, ese techo extraño que hace que Sabaody parezca un mundo al revés. Recordé historias escuchadas de niño: barcos desafiando tormentas imposibles, capitanes riendo frente a la muerte, tripulaciones que eran familias elegidas y no impuestas. -Quizás esa sensación de libertad, de hacer lo que quieran, de todo eso… Quizás es lo que me gustaba de ellos.- No era solo violencia ni fama. Era la idea de no pertenecer a jaulas invisibles. De elegir tu propio rumbo aunque el mar intente devorarte. Giré la cabeza hacia ella, con una media sonrisa que no podía evitar. -Y mírame. Ahora soy uno de los que admiraba.- Sentí un cosquilleo extraño en el pecho, una mezcla de orgullo y vértigo. Convertirse en lo que antes era mito tiene algo de peligroso; significa que ya no observas la historia, la escribes. -Y quién sabe a dónde podemos llegar… ¡Shajajajajaja!- Mi risa rompió la quietud nocturna, ligera pero cargada de ambición. El horizonte del Grand Line es incierto, salvaje, absurdo. Precisamente por eso quiero recorrerlo entero.
Alas Negras
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Se como el insecto, amigo mío. Si te hallas entre las flores, revolotea como una mariposa. Si te encuentras entre las ramas, avanza como un saltamontes. El insecto puede fluir con gracia o defenderse con fuerza.