Jean D´Orlanais
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C. de Haki
C. de Akuma
10-03-2025, 08:14 PM
(Última modificación: 10-03-2025, 08:40 PM por Jean D´Orlanais.)
Día 30 de Primavera, Año 15
Base G-19 de la Marina. Reino de Ilisia, West Blue
Jean apenas había logrado conciliar el sueño aquella noche. El proceso de inscripción en la Marina, gracias al nombre de su familia en la isla, había sido mucho más sencillo de lo que había esperado, aunque había hecho levantar más de una ceja de todos aquellos con los que había tenido que hablar. Sin embargo, su nombre había pasado todos los tramites necesarios con una velocidad y eficiencia que la joven rubia no supo decir si eran muy habituales. Si que le hicieron una pruebas físicas que, gracias a sus entrenamientos de baile y atletismo, pasó sin el mayor problema. Una vez con todos los papeles firmados, le habían hecho entrega de su uniforme y la habían ubicado en uno de los edificios de habitaciones con el resto de reclutas.
Debería haber podido respirar tranquila, pero nada más lejos. Era cierto, había esperado mucho más reparo por parte de las autoridades de la isla a su enrolamiento. O, al menos, que este se retrasase un día o dos por temas burocráticos. No habría tenido donde dormir. Había huido de casa únicamente con la espada familiar envuelta en una manta y ni siquiera tenía dinero encima. Temía que llamaran a sus padres para confirmar que, efectivamente, su hija se quería alistar en la Marina. Temía que algún alto mando de la isla, al enterarse, los avisara. Apenas unos pocos kilómetros la separaban de lo que hacía un día escaso era su hogar, donde todavía vivían su hermano, su madre y, por supuesto, su padre. Se los podía cruzar en cualquier momento, podían presentarse en los barracones en los que se encontraba y sacarla de los pelos para devolverla a la habitación de donde nunca deberían haber dejado que saliera.
Dio una vuelta más en aquella cama, tan dura y pequeña en comparación a la que tenía en su casa, mientras los rayos del sol comenzaban a iluminar toda la isla. El edificio donde se encontraba se dividía en habitaciones grandes con varias literas donde todos compartían espacio. Agarró más fuerte su almohada y dio un suspiro largo y controlado. Llevaba un tiempo sin poder llenar los pulmones del todo y no lograba quitarse aquel peso de la boca del estomago. No había dormido, pero tenía los ojos como platos y no sentía nada de cansancio.
- Es ansiedad. - dijo una voz que venía de arriba. Jean alzó la vista, algo inquieta, y vio que por la litera de encima asomaba una cara redonda, enmarcada por un pelo rizado, rebelde, de un hermoso color rubí. Unas pocas pecas salpicaban un rostro algo somnoliento - Siempre pasa los primeros días. A todos, independientemente de donde procedan. Es por empezar una nueva vida.
Jean se quedó mirando a aquella joven, valorando si era real o estaba teniendo una alucinación, sintoma de que quizá estaba más cansada de lo que creía.
- Mmm... ¿Hola? No quería asustarte, pero me ha parecido que no ibas a conciliar el sueño si no te decía que es normal estar así el primer día. - explicó mientras se retorcía sobre su cama, dejando caer medio cuerpo y ambos brazos hacía la cama de Jean, quedandose colgada boca abajo - Me llamo Mel. Espero que estes tan callada porque mi belleza natural de recien levantada te quite el habla. - se quedó callada de repente, con la mano extendida ofreciéndosela a Jean - Si resultas ser muda ese comentario va a envejecer regular.
Jean reaccionó al fin, extendiendo su mano y estrechando la de Mel con una tímida sonrisa.
- No, yo... disculpa, supongo que estoy algo abrumada. Me llamo Jean. Un placer.
Mel sonrió de oreja a oreja y se descolgó de su cama hacía la de Jean, que se incorporó para dejar espacio a la joven que se sentó frente a ella cruzando las piernas.
- ¡Encantada, Jean! Es un nombre precioso. ¿Sabes? Me das buenas vibras. Creo que nos llevaremos bien. - dijo la joven de muy buen humor. Procedió a estirar los brazos hacía arriba mientras bostezaba - Descuida, me encargaré de enseñarte esto. Los primeros días siempre son duros, y viene bien tener a alguien que te guíe.
Antes de que Jean pudiera responder, un estridente sonido de trompetas inundó el edificio, provocando ligeros gemidos de disgusto por todas las habitaciones. Mel sonrió.
- ¿Preparada?
Jean D´Orlanais
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11-03-2025, 08:56 PM
(Última modificación: 11-03-2025, 08:56 PM por Jean D´Orlanais.)
Las dos marines no tardaron en vestirse y salir al exterior. Un largo pasillo comenzaba a ser inundado por una marea blanca de jóvenes moviéndose de manera perezosa y algo apresurada. Jean y Mel se arrojaron en aquel mar que parecía moverse con vida propia, y tras un pequeño transito y algún que otro empujón lograron salir al exterior, que los recibió con los cálidos rayos del sol bañando sus pieles y los sonidos de las gaviotas sobrevolándoles por encima, trazando círculos irregulares en el aire.
El edificio de habitaciones daba a un pequeño terreno yermo que se utilizaba como zona de entrenamiento. Nada más salir, todos los reclutas comenzaron a moverse de manera más o menos coordinada, colocándose unos junto a otros en una línea recta frente al campo que tenían en frente. Jean y Mel, nada más salir del edificio, se fijaron y se pusieron una al lado de la otra, imitando a sus compañeros. Parecían estar esperando a algo, pero el campo frente a ellas estaba vacío.
Unos metros más allá, sin embargo, a la sombra de una esquina de otro de los edificios que daban al árido campo de entrenamiento una alta y esbelta figura observaba en silencio a los nuevos reclutas.
- Madre mía... - murmuró la figura dando una larga calada a su cigarro y apagándolo contra la pared para después tirarlo al suelo.
Avanzó unos pasos, dejando que la luz del sol la iluminase y haciendo que todas las miradas de los nuevos reclutas se centrasen en ella. Era una mujer alta, fuerte, de tez morena y una larga cabellera azabache que le caía hasta la mitad de la espalda. Vestía un uniforme de la Marina extremadamente sencillo con una capa oscura por encima. Tras ella, un chico menudo y encogido recogía el cigarro mientras se ajustaba unas gruesas gafas circulares.
- Señora, le han dicho un millón de veces que no tire las colillas al suelo, por favor, acabarán echándonos... - murmuró en voz muy baja con una nube negra sobre los hombros.
- Por eso te llevo siempre cerca. - dijo con una sonrisa satisfecha la mujer.
Dio unas pocas zancadas hacía delante, hasta colocarse frente a la pequeña tropa de nuevos reclutas. Se quedó en silencio, mirándolos a todos detenidamente, de uno en uno, sin ninguna prisa. Su ayudante se plantó junto a ella con una pequeña libreta y un bolígrafo preparados. El tiempo curvó, haciéndose interminable. Solamente una pequeña brisa que levantó algo de polvo alrededor de la misteriosa mujer y los sonidos de las gaviotas cercanas rompían el silencio. Tras un tiempo que a Jean le parecieron varias horas, la mujer asintió con una mueca.
- Soy la Sargento Amren. Voy a ser vuestra instructora durante los próximos días, semanas, meses o años, dependerá de como evolucionéis y de lo razonablemente bien que piense que podéis sobrevivir si os lanzamos al mar. - saludó con un tono de voz serio y firme - Quiero comenzar diciendo que debeis ser realistas. No todo el mundo vale para este trabajo. Ser Marine es duro, sacrificado, y las más de las veces, desagradecido. En el momento en el que vea que alguno de vosotros no tiene lo que se debe tener, será expulsado. Ni la Marina acepta la mediocridad, ni vamos a lanzar a pobres diablos a morir como si fueseis carne de cañón. El entrenamiento comenzará ahora. ¿Alguna pregunta?
Esta vez ni las gaviotas ni el mismo viento osaron romper el silencio que se generó. Jean, al igual que muchos otros reclutas, tragó saliva. Aquella mujer imponía. Y lo sabía. Sonreía satisfecha ante el silencio de sus nuevos pupilos.
- Bien, comencemos...
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C. de Haki
C. de Akuma
El primer entrenamiento a manos de la Sargento Amren fue devastador para la pequeña tropa de nuevos jóvenes reclutas. Tras una serie de ejercicios que combinaban sentadillas, flexiones y series de abdominales, les habían hecho ponerse a correr a un buen ritmo alrededor del campo de entrenamiento. Habían perdido la cuenta del número de vueltas que llevaban cuando el acompañante de la Sargento hizo sonar un pito. Inmediatamente todos los reclutas cayeron al suelo, luchando por recuperar el aire. Jean no fue menos. Había entrenado atletismo desde pequeña, pero incluso con ello le había costado horrores no caer desfallecida a mitad de carrera.
- Creo... que... me muero... - lograba decir Mel, tirada en el suelo boca arriba y con los brazos extendidos a los lados.
Jean, a su lado y en la misma posición, mantenía los ojos cerrados y se concentraba en intentar respirar.
- Creo que el corazón me va a explotar… - alcanzó a decir a duras penas.
La escena era extensible al resto del pelotón. Amren se paseo entre ellos en silencio, mirando a cada uno de ellos detenidamente, con mirada crítica y rostro no demasiado sorprendido. Su acompañante iba tomando notas en una libreta sin que ella le comentase nada, aparentemente consciente de los datos que tenía que recoger.
- Reconozco que estoy impresionada. - dijo con un tono irónicamente contrariado - Esperaba que al menos la mitad de los presentes cayerais antes de finalizar el calentamiento. Que no lo hayáis hecho demuestra que o bien este grupo tiene una forma física extraordinaria, o bien que tenéis agallas.
- ¿Ha dicho... "calentamiento"...? - murmuró Jean en voz baja incorporándose lentamente.
- Ah, tu también lo has oído, creía que estaba delirando... - se quejó Mel haciendo su mejor esfuerzo por imitar a Jean.
Quejas similares se pudieron oír en pequeños comentarios dichos entre susurros. La Sargento los escuchó, por supuesto, pero lejos de reprenderles lograron sacarle una genuina sonrisa de satisfacción.
- Vamos ¡arriba! Ahora nos toca evaluar vuestra destreza en combate. - indicó paseando entre Marines que comenzaban poco a poco a incorporarse entre lamentos y quejidos varios - ¿Hay alguien que no haya cogido un arma nunca?
Jean tragó saliva. Ayudó a Mel a terminar de incorporarse y observó al resto de reclutas con el corazón en un puño. Las pruebas físicas no le habían incomodado. Aunque había sido duro, confiaba en su forma y sabía que se podía defender. Pero ahora les iban a hacer pelear... Y ahí si que no tenía ninguna destreza. Nunca había empuñado un arma, nunca se había peleado. Siguió mirando a los demás reclutas y el corazón comenzó a acelerarse a menudo que veía como nadie alzaba una mano. Miró a Mel de reojo, que mantenía sus manos apoyadas en las rodillas, recuperando el aliento todavía pero sin dar mayor importancia a aquella pregunta por parte de la Sargento.
Suspiró amargamente. No iba a comenzar su andar en la Marina mintiendo. En especial con algo que iba a quedar de manifiesto más pronto que tarde. Volvió a mirar a su alrededor.
- Nadie... Solo yo... ¿Cómo puedo ser la única? - pensó mordiéndose el labio inferior.
Si Jean hubiese necesitado una prueba de que había vivido toda su vida en una burbuja, sobreprotegida de lo que era el mundo real, era esa. Con los ojos cerrados, la cabeza gacha y el brazo levantado, dijo su nombre en voz alta. La Sargento Amren se giró hacía ella, entornando los ojos ligeramente, asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y no dijo nada. Continuó paseando entre los Marines mientras estos se ponía en fila frente al campo de nuevo. Jean tragó saliva y con la cabeza gacha se apartó un poco del grupo, comprendiendo que no iba a tener cabida en esa prueba.
De repente, alguien más levanto la mano y dijo su nombre. Un Marine alto, moreno y bronceado, prototipo de chico dado a la belicosidad. Tras él, un par más hicieron lo propio. Y tras ellos, otro pequeño grupo más. En total, aproximadamente el treinta por cierto de los presentes no sabía combatir. Sin necesidad de ningún tipo de indicación se habían unido a Jean, formando un grupo separado del otro. La Sargento Amren esperó un tiempo prudencial en el que nadie más tuvo nada que decir. Se dispuso entre los dos grupos mientras su ayudante escribía frenéticamente en su libreta. Amren le lanzó una rápida mirada, y cuando pareció que este aminoraba el ritmo, se aclaró la voz.
- Tu, rubita. Un paso al frente. - dijo señalándola con la barbilla.
A Jean no le costó darse cuenta de que se dirigía a ella, pero si que le costó un segundo de más dar al frente un torpe paso. Aquellos pocos centímetros que la separaban de la homogénea linea que conformaban sus compañeros la hicieron sentir expuesta. Y con razón, pues todas las miradas se centraron en ella. Amren dio un par de pasos hacía ella, la miró a los ojos y se dio nuevamente la vuelta, dirigiéndose al resto de reclutas.
- Responsabilidad. Por encima del Valor, la Lealtad, la Disciplina o el Sacrificio, lo que de verdad representa a un Marine que defienda la Justicia de este mundo es su capacidad de Responsabilidad. No sois mejores por tapar vuestros defectos. No le hacéis un favor a nadie mintiendo sobre vuestras capacidades. Ninguno podéis hacerlo todo. Hablad entre vosotros. Identificar vuestros puntos fuertes para ayudar a los demás y confiar en que vuestros compañeros cubrirán vuestros defectos. Sed un equipo. Eso es lo que marcará las diferencias.
El ayudante de la Sargento Amren, con una sonrisa de orgullo y lagrimas en los ojos, comenzó a aplaudir efusivamente, lo que hizo que el resto de reclutas se unieran. Rápidamente los aplausos se convirtieron en gritos y el ambiente se relajo. La sargento permitió que los reclutas se relajan un poco, aprovechando para acercarse al pequeño grupo liderado por Jean.
- No os preocupéis ninguno, os enseñaremos a pelear. Que no hayáis tocado nunca un arma implica que no tenéis malos vicios, así que quienes se esfuercen mejoraran rápido. - dijo con tono firme, haciendo que todos asintieran convencidos. Luego posó la mano sobre el hombro de Jean y la apartó un poco del grupo. - Aún no se si eres una pusilánime o alguien con talento para liderar. En cualquier caso, bien hecho. Ser la primera siempre es lo más difícil.
- Yo... Gracias... - alcanzó a decir la joven con un nudo en la garganta.
Amren se separó de ella y volvió al centro del campo de entrenamiento, donde su ayudante había colocado un barril lleno de espadas de madera.
- Bien, ¡en formación! Si os pensabais que habíamos terminado, os vais a llevar una sorpresa...
Mostró una sonrisa de loba que ha olido la sangre.
Jean D´Orlanais
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El dolor era absoluto. Jean notaba como cada una de las fibras de sus músculos gritaban, clamando por venganza. Aquel primer día a cargo de la Sargento Amren había sido brutal. Por una parte, había sido una prueba. Por la otra, una demostración de que no iba a admitir menos del máximo que todos los allí presentes pudieran dar. Dura, pero justa. Pese a todo, ninguno de los reclutas había sido rechazado. Ni siquiera aquellos que no sabían combatir, que nunca habían tenido un arma entre las manos. "Todo se puede aprender y todo se puede entrenar. Mientras tengáis espíritu, está bien" les había dicho. Espíritu. ¿Realmente era lo único que hacía falta?
- Yo tampoco tengo energías ni para comer... - sonó a su lado la agotada voz de Mel, que descansaba su cabeza sobre la mesa, al lado de un nutrido plato de pasta del que salía un espagueti directo a la boca de su amiga, del que iba sorbiendo cada pocos segundos.
Jean intentó aguantar la risa, pero la imagen de Mel totalmente derrotada y comiendo aún así le hizo estallar en carcajadas. La risa pronto se extendió por su mesa y por el resto. La pelirroja se incorporó de mala gana, con algo de coloretes en los pómulos.
- Pues yo no le veo la gracia... - replicó arrugando los labios.
La rubia miró a su amiga con ternura. Después giró la vista hacía todos los demás reclutas. Estaban agotados, pero todos sentían esa misma calidez en el pecho. Se miraban con una camaradería que les unía a todos. Hacía pocos días pocos se conocían entre ellos, muchos ni siquiera se habrían visto en la vida. Sin embargo, aquella noche, mientras cenaban todos juntos, daba la sensación de que se conocían desde hacía años.
- No me puedo dormir...
- Ya, me pasa lo mismo...
La cabeza de Mel apareció sobre la cama de Jean de forma lenta y perezosa.
- Nunca he estado tan cansada. Creo que me duelen tanto los músculos que mi cuerpo es incapaz de dormirse...
- Suena a una explicación innecesariamente racional para alguien que apenas puede cerrar los ojos sin que le duelan las agujetas de los parpados. - dijo con la mirada perdida hacia el suelo - ¿Siempre haces eso?
- ¿El que?
Mel se quedó un momento en silencio, pensando.
- No se explicarlo. Hablas poco, pero cuando lo haces suele ser dando un punto de vista objetivo y racional sobre algo. - murmuró, entornando los ojos. - Me gusta. Pareces una guapa detective de libro. Pero también me apena. Parece que nunca sueltas el freno de mano.
- Yo... - se detuvo Jean. No sabía que decir. Mel podía tener razón. No. La tenía. Era obvio que la tenía. Jean temía demasiado el juicio ajeno, fruto de tantos años sometida a una estricta presión donde cada acto debía ser perfecto.
- No hace falta que digas nada. - dijo Mel con un tono melancólico mientras su cabeza desaparecía y volvía a su propia almohada. Sus siguientes palabras llegaron mientras se aguantaba la risa. - Se como se cura. Mañana, si seguimos vivas, saldremos y ¡te emborracharé! Quizá conozcamos a algún atractivo chavalín que...
Una almohada apareció por el lateral de la cama de Mel, golpeándola ligeramente, ante lo que la joven comenzó a reír. Jean, desde abajo, bajó la almohada y se la volvió a colocar bajo la cabeza, totalmente roja. Ambas suspiraron a la vez, mirando al techo. Cerraron los ojos al mismo tiempo.
- Buenas noches Jean.
- Buenas noches Mel.
No le costó coger el sueño. A falta de unas pocas horas, Jean sentía que acababa de vivir el primer día del resto de su vida.
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