20-12-2024, 07:43 PM
60 de Verano, Año 14
Parabellum, Isla Chisi, Corriente Daiya, 7:49 a.m.
Parabellum, Isla Chisi, Corriente Daiya, 7:49 a.m.
Ya hacía bastante tiempo que habitábamos la isla.
El invierno, lento y pesado, había dado paso a la primavera, y esta, a su vez, al verano, que trajo consigo largos y tediosos días, únicamente rellenados por el entrenamiento diario y la preparación para la siguiente isla. Mis compañeros, o al menos aquellos que habían conservado el entusiasmo inicial y seguían a bordo, parecían tan hastiados como yo de nuestra estancia aquí. La única tarea diaria de revisión, mantenimiento y recolección de suministros se volvía casi un castigo, especialmente cuando cada día se convertía en una copia idéntica del de ayer.
Era temprano, y últimamente había conseguido conciliar el sueño con algo más de calma. Seguía sin poder descansar completamente durante la noche, sin pesadillas o voces que me despertaran bruscamente, pero al menos podía dormir lo suficiente como para mantener mi rendimiento constante durante el día. Ya hacía tiempo que revisaba mis espadas, pensando siempre en mantener el perfeccionamiento de mis técnicas y habilidades con ellas. Sin embargo, con la reciente adquisición de la espada del revolucionario, quizá esta era una buena oportunidad para incrementar mis estilos y habilidades. Decidí que era el momento de entrenar y desarrollar nuevas estrategias de combate ante los peligros inminentes del Nuevo Mundo. El día era caluroso y, a través de mi ventana, podía observar cómo el cielo, ya iluminado por el sol, permanecía totalmente despejado. No parecía moverse ni una mísera brisa. Me levanté de la cama, me puse simplemente la camisa sin mangas y enfundé en mi cinturón las tres espadas que siempre me acompañaban: mi predilecta, Shimei Kaeru, la espada de hoja negra; mi creación, Saba, la hoja inmaculada; y, finalmente, la hoja negra del revolucionario, que le había arrebatado tras nuestro combate. Seguramente, en manos de su dueño original, la hoja tendría un nombre propio que simbolizaba algo significativo para él. En mis manos, sin embargo, era un simple trozo de metal afilado, aunque había algo en ella que sentía relacionado con mis propias armas. O simplemente era una percepción mía, una razón más para intentar integrarla a mi estilo.
Seguramente, el jefe todavía estuviera durmiendo, y Shoto, como de costumbre, estaría encerrado en su habitación, concentrado en algún invento. Por lo tanto, me tomé la libertad de aprovechar la cubierta para entrenar sin molestar a nadie. En la cubierta, el calor del verano se sentía como una presión constante, y el ambiente permanecía en un silencio casi opresivo. A pesar de ello, no había lugar para el descanso. Mi objetivo era claro: incorporar la tercera espada a mi estilo de pelea y perfeccionar su uso. Había estado pensando en esto varias veces, y mis ideas estaban plasmadas en un cuaderno que llevaba siempre conmigo. Saqué el cuaderno y lo abrí por la página indicada, dejándolo sobre una de las mesas que utilizábamos habitualmente para desayunar en la cubierta. Las páginas abiertas mostraban una serie de anotaciones que detallaban diferentes posibilidades para un estilo de combate basado en tres armas sostenidas simultáneamente. Mi intención era probar estas opciones y determinar cuáles serían viables en un combate real, tanto en mi estado transformado como en mi forma humana. — Veamos… — murmuré mientras revisaba las notas. — La primera opción sería sostener dos espadas con una sola mano… —
Con un gesto firme, desenvainé las dos espadas de hoja negra. Me aseguré de apretar el cinturón con fuerza y me preparé para poner a prueba las ideas que había estado planeando. Llevando con la zurda a Yamigiri y con la diestra a Shimei Kaeru, traté de en un intento vago por asir ambas armas con la diestra, sujetar sus mangos fuertemente. Primero probé con ambos filos en un mismo sentido, haciendo que por consiguiente las tsubas o guardias chocaran entre sí y se dispersaran los filos, siendo así poco efectivo y difícil de manejar. No parecía una manera óptima de hacerlo. Probé cambiando el orden de los factores y coloqué las espadas en forma inversa, siendo Shimei Kaeru la que permanecía con el filo orientado hacia mi índice y Yamigiri hacia el meñique. Si bien esta opción parecía ofrecer un agarre más firme, no tardé más que unos minutos en darme cuenta de que no era la solución que estaba buscando. Con la zurda libre, traté de realizar diversos movimientos y fintas a mi alrededor como si de una kata se tratase. Esta configuración se asemejaba más a un bastón con doble hoja que al uso de una katana tal y como yo lo conocía por lo que me sentía torpe. A eso se le sumaba el hecho de que un mal golpe sobre un filo, podría abrir mi mano y hacer caer ambas armas al suelo, cosa que me desarmaría y dejaría en una circunstancia la mar de peliaguda. – Esta no es la idea que tenía en mente… – murmuré entre dientes mientras devolvía ambas espadas a sus fundas y me acercaba de nuevo al cuaderno. – Siguiente opción: transformarme. – dije mientras daba un salto atrás y con un chasquido de dedos cambiaba entre mi forma humana y la forma híbrida del lobo blanco. – La pregunta es… – dije hablando conmigo mismo en voz alta mientras desenvainaba a Saba y la clavaba levemente sobre la cubierta del Parabellum. – ¿Podré sostenerla con la cola? – parecía descabellado pero, tenía cierto sentido. Si era capaz de usar mi cola como una extensión prensil de mi cuerpo, podría usar una espada extra en un punto ciego que además me otorgaría un rango extra de ataque. Procedí a mover levemente mi peluda cola blanca sobre el mango de Saba intentando retorcerla sobre este. Notaba que no era capaz de apretar su tsuka con firmeza. El pelaje casi etéreo de mi cola no era lo suficientemente poderoso como para ello. Intentaba tirar girando y pivotando mi cuerpo con tesón para intentar blandir la blanca espada pero lo único que conseguí, después de unos minutos de esfuerzo sobre humano que bien podría verse como un número cómico desde fuera, fue hacer que esta cayera al suelo del barco. – Pues… tachamos otra más de la lista. – dije desactivando mi transformación y agachándome para coger a Saba con la diestra.
Las opciones se agotaban. Con Saba sobre mi diestra, una idea rondó mi mente. Miré la tsuka de esta y pensé en morderla. Sujetarla tan fuertemente con mis fauces que funcionara como una extensión de mis colmillos. — ¿Morder mi espada? — susurré con evidente descontento — ¿Qué soy? ¿Un bárbaro? ¡Pff! — farfullé con molestia mientras enfundaba la espada y me sentaba en una silla al lado de la mesa para coger el libro y reclinarme profundamente hacia atrás buscando entre sus páginas. ¿Sería posible que no hubiera una manera completamente viable de hacer esto que tenía en mente? Quizá no se trataba tanto del número de filos que podía sostener en mis manos, sino de cómo realmente se utilizaban con precisión. Quizá buscar en la simpleza, la destreza y la habilidad refinada era mucho más factible y efectivo que intentar confiar en meros y simples números para satisfacer el ego de un guerrero obstinado que siempre quiere ser más fuerte. O quizás simplemente estaba sobre pensando demasiado el asunto, como solía hacer. Quién sabe. Estaba comenzando a frustrarme cada vez más, por lo que subí los pies al barril cercano y me recliné aún más, quedando peligrosamente al borde del equilibrio sobre las patas traseras de la silla. El libro permaneció abierto delante de mi cara, mientras usaba mis dedos de ambas manos para llevarlos a mi tripa en una posición más cómoda y relajada. El sol, ya alto, bañaba mi cuerpo con su cálida y reconfortante energía, produciendo una sensación de satisfacción momentánea y una comodidad que me otorgaba una paz casi inconmensurable. No tardé demasiado en dejarme llevar por esa paz y caer profundamente dormido. Una vez de vuelta en el mundo onírico, aparecí en un lugar al que no acudía desde hacía demasiado tiempo en mis sueños. Una especie de salón enorme, situado en un castillo que parecía sumamente ornamentado y majestuoso. El suelo, compuesto por losas verdes y blancas, se entrelazaba en patrones intrincados, mezclándose como si formaran un mármol infinito y eterno. Las paredes, construidas con madera y piedra, estaban talladas a mano con cuidado meticuloso, creando múltiples recovecos ornamentados, mientras eran alumbradas tenuemente por antorchas colocadas sobre estantes hechos de plata y acero pulido. Las ventanas, cuyas vidrieras en la vida real permitirían entrar una tenue luz desde el exterior, aquí parecían selladas, no permitiendo el acceso de energía lumínica desde ningún sitio. Si intentabas mirar a través de ellas, solo encontrabas la nada infinita. Era como si este lugar estuviera en ningún sitio, pero a la vez existiera en todos. Un rincón de mi mente: mi propio salón de entrenamiento. En este lugar peculiar, las paredes estaban llenas de armas distribuidas sobre alargados estantes que sostenían katanas y espadas de distintos tipos, tamaños y filos pulidos. No había viajado en sueños a este lugar desde mi adolescencia, quizá incluso antes, cuando la realidad era demasiado pesada y encontraba consuelo aquí. En aquellos días, huía en sueños de mi hogar, buscando refugiarme en lo único que realmente me apasionaba: empuñar un arma y practicar con ella hasta quedar completamente exhausto. En este salón, donde otros quizá hubieran bailado con una pareja al compás de una melodía, yo me dedicaba, en cambio, a practicar movimientos y técnicas que luego replicaba con precisión en la vida real. Aquí dominé mis primeras combinaciones, desarrollé las bases de mi estilo de combate y comencé a perfeccionarlo lentamente, transformándolo en algo propio. Ahora, como si algo en mí lo hubiera llamado de vuelta, el sitio abría de nuevo sus puertas para recibirme. Una sensación de paz y calma absoluta me invadió, tan intensa que casi parecía tangible, y decidí acercarme hacia la pared más cercana para buscar entre los filos aquel que se ajustara perfectamente a mi mano.
Tras elegir una espada, volví al centro del salón. Me posicioné sobre la intersección de las losetas blancas y verdes, que formaban un intrincado entramado geométrico, y sostuve mi arma firmemente frente a mí, adoptando la posición inicial de guardia. Volví a rememorar viejas técnicas y me dediqué a practicar antiguas combinaciones de ataques, descargando cada golpe sobre el aire mientras me movía con fluidez y gracilidad. Apenas hacía ruido al desplazarme por la sala, y el único sonido perceptible era el del filo cortando limpiamente el aire en cada movimiento preciso. Había perdido la cuenta y la noción del tiempo que pasé practicando. Ya era bastante difícil mantener un registro exacto con la peculiar sensación de distorsión que reinaba en el mundo onírico, y más aún cuando me ensimismaba por completo con una espada en la mano. Los giros y movimientos, que bien podrían parecer simples ejercicios, casi se percibían como el propio y constante pasar de las agujas de un reloj invisible. Fue después de un largo rato, quizás más del que habría querido admitir, cuando comencé a percibir que no estaba solo en ese vasto y extenso salón de entrenamiento particular. Allá, justo al fondo, donde la luz apenas alcanzaba desde las antorchas estratégicamente ubicadas en las paredes de piedra y madera, distinguí una figura. Esta practicaba de manera metódica, replicando movimientos que se asemejaban mucho a los míos. Detuve mis movimientos poco a poco, bajando mi arma con cautela, mientras me acercaba paso a paso, observando con atención a mi silencioso acompañante. Quizás mi vista, por lo general aguda, no era tan confiable en este lugar extraño, o quizás simplemente mi mente no quería mostrarme claramente a la persona que entrenaba con una disciplina igual de férrea al fondo de la habitación. La figura parecía portar un bastón con hojas afiladas en cada extremo, y lo movía con sorprendente habilidad. Cada giro y cada salto que ejecutaba mostraban una agilidad impecable, adornada con tirabuzones y movimientos laterales fluidos. Sus golpes, asestados con precisión casi milimétrica, transmitían una mezcla de tensión contenida y control absoluto. Finalmente, pude identificarla por su esbelta figura: era una mujer. Pero, aunque la reconocí por sus proporciones, parecía no haberse percatado de mi presencia en absoluto, ignorando por completo mi proximidad. — ¿Hola? —pregunté con cautela, casi iluso, pensando que tal vez sería posible establecer contacto con esta imagen, o quizás con lo que asumí como una proyección de mi propia mente. Sin embargo, la mujer no se inmutó en lo más mínimo. Continuó con su rutina, ajena a mi voz. Fue solo en el instante en que desvié la mirada, perdiéndola brevemente de vista, que desapareció por completo, como si nunca hubiera estado allí. Me detuve en seco, confuso y sin saber qué acababa de ocurrir. Por alguna extraña razón, sentía que la conocía. Había algo en su presencia que me resultaba familiar, casi íntimo, aunque no podía precisar qué era. ¿Sería ella la mujer que me llamaba en mis sueños? ¿Podría ser la dueña de la voz que resonaba incansable en mi mente desde que bajamos de la isla del cielo? Estas preguntas comenzaron a rondar mi mente, separándome gradualmente de la sala y devolviéndome, paso a paso, a la cruel realidad.
Finalmente, abrí los ojos con lentitud, sintiendo la torpeza inherente al olvido de dónde había quedado dormido. Sin equilibrio y desorientado, la silla en la que reposaba terminó por volcarse hacia atrás, haciéndome caer de espaldas y golpeándome contra el suelo. El impacto, aunque no fue particularmente doloroso, sí resultó bastante estúpido de mi parte. Me levanté con calma, tratando de mantener lo poco que quedaba de mi dignidad. Sacudí los pantalones y la camiseta como si intentara deshacerme de todo el polvo del mundo, aunque sabía que no había nada allí realmente. Finalmente, recogí el libro que había caído al suelo y lo cerré con un movimiento lento, dejándolo sobre el barril donde todo había comenzado. Devolví mi mirada hacia las espadas que descansaban junto a mí. Casi con un desánimo palpable, me acerqué hacia Yamigiri, la hoja negra que había arrebatado en combate. La tomé con cuidado, desenfundándola lentamente mientras caminaba de nuevo hacia el centro de la cubierta del Parabellum. Levanté la hoja hasta situarla frente a mi rostro, inspeccionando su filo desde la base hasta la punta con detenimiento. Finalmente, y como si esperara una respuesta que sabía imposible, me dirigí a ella. — ¿Tú tampoco me dirás tu nombre? — pregunté, sin esperanza, aunque en ese instante parecía natural pensar que la espada pudiera comprenderme. Acto seguido, comencé a replicar los movimientos de mi entrenamiento en el salón, esta vez con Yamigiri en mis manos y en la vida real. Cada movimiento, cada giro y desplazamiento fue reproducido al detalle, con una precisión que hacía honor a los años de práctica. Sin embargo, algo era distinto, y no tardé en notarlo. La sensación en mis manos no era en absoluto idéntica a la que había experimentado en el sueño. El peso de la espada, la resistencia al moverla, incluso la forma en que respondía a mis gestos, todo parecía extraño, casi hostil. Era como si la propia espada rechazara la idea de que yo la empuñara. Cada movimiento parecía impregnado de una resistencia sutil, como si tuviera una voluntad propia, oculta y tozuda, que se negaba a aceptarme como su portador. La hoja, en mis manos, se sentía ajena, distante, como si anhelara regresar a su verdadero dueño. Quizá todo esto era un sinsentido, el producto de una imaginación desbordada. Quizá no lo era. Suspiré y volví a practicar.
Inventario

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