Max D. Bambú
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C. de Haki
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Día 3 / Año 11 / Primavera
Hora: 12:03
A la luz del mediodía, en el linde entre Villa Foosha y el Gran Bosque de Dawn, una enorme criatura descansaba en la base de un árbol con un libro sobre la cara. Un leve ronquido delataba su condición de dormido. El libro, ligeramente descolorido y con una portada prácticamente ilegible tenía por título, lo único que sí se podía descifrar, "As cancións do mudo". Nadie recordaría el nombre del autor a no ser que ya lo hubiese leído antes de que el libro llegase a aquel estado tan deplorable. Don Bambú ya hacía tiempo que lo había olvidado, pero le gustaba cómo escribía aquel señor. Juntaba en sus expresiones tanto lo campechano como lo culto. Se leían en la obra insultos demoledores, vulgares, pero elocuentemente expresados. Deliciosa era la sátira de la obra, que cargaba contra el sistema monárquico en particular de tal forma que el libro estaría prohibido en muchas islas, incluida aquella en la que estaba el panda, si no fuera porque estaba escrito en un idioma no tan extendido de un pequeño pueblo en una isla del North Blue, donde las nieblas y las montañas forman gran parte del paisaje. Con la intención de ponerse más cómodo, Don Bambú giró su enorme cuerpo para quedarse tumbado de lado y el libro cayó al suelo, quedando cerrado a su lado sobre la hierba. Detrás de Don Bambú había una bolsa con varios libros colocados de cualquier manera, como si lo importante fuera tenerlos y no tenerlos bien puestos. Cualquier librero o bibliotecario que viese aquella bolsa tomaría al oso por un absoluto salvaje sin derecho de entrada a ninguna biblioteca. Qué sorpresa se llevarían al averiguar que el panda formaba parte del gremio y que había trabajado años en una biblioteca. En su trabajo tenía más cuidado, claro, pero siempre cabía la posibilidad de encontrarse algún libro mal colocado o incluso boca abajo. Las tardes de su juventud estaban llenas de broncas de su madre que rompían el silencio de la biblioteca al ver los estropicios de los que era capaz su propio hijo.
Buenos tiempos, sin lugar a dudas.
De forma newtoniana, una manzana decidió que era el momento de precipitarse al vacío e impactar sobre la sien del mink, que se encontraba soñando con las noches de luna llena. El panda se acercaba en sueños a la orilla de un lago para mirar su reflejo, pues se notaba más grande y fuerte que en otras ocasiones, pero justo antes de poder verse, abrió los ojos y sintió dolor de cabeza. Se irguió inmediatamente, mirando a todas partes, pero lo único que encontró fue la manzana en el suelo. Con un encogimiento de hombros, la agarró y le pegó un mordisco. Estaba ligeramente verde, como le gustaban. Su boca se inundó de un sabor ligeramente ácido, agarró el libro del suelo y lo abrió por donde lo había dejado.
Derya Tyhr
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— ¡Toma esto! — Las risas y el juego inundaban el ambiente. Derya llevaba toda la mañana entreteniendo a los pequeños de la aldea. Empezaron jugando con la pelota, y siguiéndola y siguiéndola, acabaron encontrando un riachuelo cercano, a los límites del bosque. Los niños enseguida quisieron darse un remojón, a lo que una gyojin como ella nunca diría que no, y rápidamente convirtieron aquella corriente de agua en una batalla campal, salpicándose unos a otros. A veces entre ellos, pero muchas de las veces se ponían de acuerdo para ir a por ella. Derya jugaba su papel a la perfección, persiguiéndoles, haciéndoles cosquillas, alzándolos en el aire y remojándolos en el agua mientras los otros la agarraban de la cola y le tiraban más agua. La verdad es que a Derya se le daban bien los niños, por algún motivo estos siempre se acercaban a ella, y cuando se daban cuenta de que la gyojin era igual de energíca que ellos o más, enseguida sabían que podían contar con ella para jugar en cualquier momento.
A todo esto, una de las niñas se alejó un poco, buscando la pelota que había salido disparada a causa del caos. Al final la alcanzó, y fijándose a su alrededor, pudo ver a unos cuantos metros, la figura de un panda sentado en la base de un árbol. La niña le reconoció enseguida, al final era uno de los salvadores de su pueblo, y lo que hizo fue correr de nuevo hacia Derya. — ¡Dera, Dera! — No sabía pronunciar muy bien su nombre, pero no importaba. La gyojin se giró hacia ella, ignorando a los dos niños que buscaban atrapar su cola entre el agua. — ¿Qué pasa, cielo? — Era muy pequeñita, así que se puso en cuclillas para hablar con ella. — He vito al hombre panda por ahí. — Señaló con el brazo entero la dirección por donde había venido. — ¿Podemos juga con él? — Al momento el resto de los niños empezaron a gritar que sí. También les había caído en gracia Don Bambú. En general, la impresión de los cuatro era buena sobre esos niños, y claro, al ser tan diferentes les llamaban mucho la atención. Derya puso cara pensativa por un momento. — Se me ocurre algo mejor. Venid. —
Con sorprendente sigilo, Derya, acompañada de un grupo de siete niños de diferentes tamaños y edades, empezaron a acercarse a Don Bambú por la espalda. Derya les había dicho que se tumbasen en el suelo cuando ya estaban algo cerca y empezasen a reptar como serpientitas. Pero cuanto más se acercaban al panda, menos silencio había, porque los niños empezaban a contagiarse de una risa nerviosa, además les divertía mucho ir arrastrándose por la hierba. Así que al final estaba casi segura de que les estaban escuchando, pero Derya dejó que continuasen con el plan. Cuando estuvieron a unos cinco metros más o menos, todos se levantaron y empezaron a correr y a gritar, buscando darle un susto. — ¡AAAAAAAAAAA!— Algunos de ellos tocaron la espalda de Don Bambú, intentando sobresaltarlo, y luego se fueron corriendo presas de la emoción. Pero sobre todo reían, llevaban riéndose todo el camino. Y Derya como si fuera una más de ellos, le tocó en la espalda con la palma de la mano y salió corriendo por los alrededores. En el fondo tenía unas ganas enormes de echarse sobre la hierba y descansar un poco, porque llevaba jugando con ellos desde las nueve de la mañana. Menos mal que ya mismo tendrían que irse a comer y podrían darle un poco de paz.
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Estando completamente centrado en la lectura como estaba, no notó la presencia de los niños al momento. Ellos serpenteaban por el suelo como si de culebras se tratasen, pero las constantes carcajadas que emitían, aunque tratasen de disimularlas, eran demasiado evidentes. Don Bambú no hizo ningún movimiento que delatase su conocimiento de la situación, salvo tal vez un leve movimiento en la oreja derecha, como si de un gato alertado se tratase. Tanto se concentraba en el movimiento de los infantes, que había dejado de pasar páginas del libro, aunque ya le quedaban más bien pocas. De repente, un mar de manos le tocaron en la espalda al mismo tiempo que gritaban como fantasmas recién salidos de una película de terror mala. Don Bambú fingió haber sido tocado por el espectro más maligno y aterrador imaginable y pegó un salto de tres metros en el aire antes de caer de espaldas de forma absolutamente cómica. Su actuación se había granjeado unas cuantas risas, aunque podría haber hecho casi cualquier cosa y habría tenido el mismo efecto. —¡Pero bueno! —fingió estar alterado. —¡Uno tan tranquilo leyendo y vienen a asustarme unos vándalos! —Más risas. Consideraría hacerse cómico si todos los públicos fueran tan fáciles y él no fuera tan... suyo. Antes de que el panda pudiera decir algo más, la voz de una madre llamó a uno de los niños desde la ventana de su casa. Se acercaba la hora de comer en aquel pueblo, aunque Don Bambú acostumbraba a comer más tarde. Pronto, a aquella voz le siguieron otras, y el consenso general de los niños fue que era la hora de irse. No tardó mucho tiempo en hacerse el silencio en la zona mientras el panda miraba cómo los chavales se iban corriendo. Vio el libro que estaba leyendo en el suelo y lo recogió, quitándole el polvo con un par de pasadas de mano. Lo que ese libro había sufrido era indecible. —Deberías montar una guardería, así al menos te pagarían —Don Bambú era consciente de que Derya jugaba con los niños a menudo. La villa no era muy grande y la imagen de varios niños jugando en el río con una mujer pez era difícil de obviar. El panda guardó el libro y le sonrió a la gyojin. Sus dientes parecían sierras, y con su semblante tan mafioso casi podría dar miedo. En lugar de eso, estaba rodeado de gente sonriente todo el tiempo. Una villa rara aquella.
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El ataque furtivo había sido todo un éxito. Los niños no podían estar más contentos, además la excelente actuación de Don Bambú fue la guinda del pastel. Era evidente que no le habían pillado por sorpresa, había niños muy pequeños y no podían contener su emoción lo suficiente como para ser sigilosos. Derya era una más con ellos, corriendo por todos lados, chillando y riendo como una loca, como si tuviera cinco años otra vez. Entonces la voz de una madre interrumpió toda acción, llamando a los niños a comer. Estos hicieron caso con sorprendente obediencia. Se lo estaban pasando genial con ella, pero habían gastado tanta energía que ahora se morían de hambre, así que no lo pensaron dos veces y salieron corriendo hacia el pueblo de nuevo.
En el mismo instante que se fueron, como si de un interruptor se tratase, Derya se dejó caer sobre el suelo como si fuera un cadáver. Estaba muerta de cansancio. Su cuerpo pedía siesta. O al menos unos minutitos de paz. Y el césped estaba tan fresquito por el rocío de la mañana, le recordaron por un momento a las algas del lecho marino. Escuchó que Don Bambú le hablaba, así que hizo un esfuerzo titánico para mover los músculos de su cuello para mirarle y sonreirle de vuelta. — me quiero morir... — Susurró como si fuera un fantasmita.
Reunió un poco de fuerza y se arrastró por el suelo, parecido a como había hecho anteriormente con los niños, pero esta vez bocarriba. Se acercó un poco a Don Bambú. — lo siento por tu libro. — Y es que cuando le interrumpieron, se encontraba leyendo, y con tanto jaleo y revuelo, éste había acabado en el suelo, seguro que con alguna página doblada desafortunadamente o con alguna pisada de niño por encima. — ¿de qué trata? — La verdad es que Derya no había leído mucho en su vida, cuando era pequeña le gustaba, pero luego se fue haciendo mayor y cada vez le iba dedicando menos tiempo a la lectura. Siempre se decía a sí misma "tengo que volver a leer", y siempre se fallaba a sí misma.
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Derya se derrumbó en cuanto los niños se alejaron lo suficiente como para que no la pudiesen ver ni escuchar. Por lo que había visto, le había tocado hacer de niñera más de una vez y durante varias horas cada vez. Don Bambú no podía hacer gran cosa por ella, pensó. Ella no fumaba y él no llevaba café encima. Para eso último había solución. Se sentó a su lado y antes de poder ofrecer nada, se disculpó por su libro. —No te preocupes —dijo el panda. —No soy yo muy cuidadoso con ellos tampoco. —Sacó de nuevo el libro y lo miró con detenimiento. Tenía marcas de uso por todas partes, algo de tierra había resistido los envites de la limpieza y se encontraba guarecida entre algunas páginas. La portada ya era poco más que el título. ¿De qué iba? Don Bambú no creía ni que el autor lo supiera. —Es un popurrí de cosas, pero sobre todo va de dos amigos, uno de ellos pobre y el otro menos pobre, y de cómo se desarrollan sus vidas en un pueblo del North Blue. —Miró a Derya, que estaba acabadísima. No imaginó en qué Universo le interesaría aquello, aunque la gyojin no dejaba de sorprenderle. —Te lo dejo si quieres, tengo muchos. Además, ya lo leí. —Le tendió el libro como si ya se lo hubiera prestado. —Pero ya lo leerás, que tampoco hay prisa. ¿Te invito a un café? —Y se quedó mirándole a los ojos, como acostumbraba hacer cuando hablaba con otras personas. Había gente que no te miraba directamente a los ojos. El panda era todo lo contrario: buceaba en ellos y te miraba directamente al alma.
O eso parecía. Para él era lo normal.
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¿Cuándo habríais conocido a un medio hombre medio oso que fuera aficionado a la lectura? Para Derya era la primera vez. Además, chocaba todavía más cuando tenías al lado a otro mink oso que era completamente opuesto. Khruner era un salvaje, y Derya tenía la sospecha de que no sabía leer, por mucho que llevara un par de gafitas monísimas. Aquellos dos osos eran un buen ejemplo de la variedad tan grande que podía albergar esos mares. Obviándola a ella, claro.
Don Bambú no le dio demasiada importancia al destrozo del libro. La verdad es que debería de ser bastante resistente, porque tenía la apariencia de un libro que había aguantado más de un revolcón. Y aún era perfectamente legible y manejable. Tendría que ser de buena calidad. Le contó un poco sobre el argumento de la historia, parecía tratar de asuntos típicos de la vida, lo que se le suele llamar costumbrismo. No solían ser libros demasiado espectaculares, pero a Derya le gustaban. Al final lo importante en una historia muchas veces no es lo que ocurre, sino el cómo ocurre y cómo se narra, y este tipo de historias siempre le acababan sorprendiendo. Tras eso, Don Bambú le tendió el libro, diciendo que se lo podía prestar. ¿Era esa quizás su oportunidad de retomar la lectura? Derya lo aceptó encantada. — ¡genial, gracias! te prometo que lo cuidaré, ni siquiera lo mojaré. — Bromeó. Seguía cansadita, se podía notar en su voz, pero aún así consiguió transmitir un poco de la emoción que sentía.
Lo que la emocionó de verdad fue la siguiente propuesta de Don Bambú. Los ojos de Derya, que sostenían la mirada profunda del panda, se abrieron como platos, a la vez que esbozó una gran sonrisa. — ¡Sí, por favor! — No es que fuese una aférrima fan del café, lo tomaba muuuy de vez en cuando, pero sintió desde lo más profundo de sus entrañas que ahora mismo lo necesitaba como el comer. Enseguida se puso de pie de un salto, como si el cansancio hubiera abandonado su cuerpo derrepente. No era el caso, pero es que cuando se entusiasmaba era como si recibiera un extra de energía temporal. — Café, cafelito... Lindo y calentito... Café, cafelito... Te llena el estomaguitoooo. — Empezó a caminar dirección al pueblo mientras cantaba la canción del café. Estaba borracha de cansancio.
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Derya aceptó el libro con entusiasmo, tal vez como una oportunidad para leer lo mismo que el panda leía y así entender mejor de qué hablaba, tal vez porque le había interesado de verdad el tema del libro. Don Bambú no era un experto leyendo gente tanto como lo era leyendo libros, así que no era capaz de discernir qué pensaba realmente la gyojin, a pesar de que ésta fuera muy abierta con ello. Prometió cuidarlo y no mojarlo. Eso último sin duda el panda lo agradecería sobremanera. —Sí, porque estos en cuanto los mojas dejan de funcionar —Y soltó una pequeña carcajada. A Derya le sorprendió muchísimo la oferta del café. Tanto le sorprendió como le alegró, porque se puso de pie instantáneamente y aceptó la oferta del panda. Al momento empezó a caminar en dirección al centro de la villa, donde estaban la mayor parte de las cafeterías y empezó a cantar una cancioncilla inventada, como hacían los niños a veces. Don Bambú no era mucho de cantar, así que la siguió caminando a su ritmo en silencio. Las zancadas del panda eran enormes, así que podía ir más despacio que la gyojin porque iba recorriendo casi el doble de distancia con cada paso. No dijo gran cosa por el camino, pero le daba vueltas en su cabeza a cómo era Derya, cómo eran Kovashi y Khruner y qué hacía él con ellos. Escuchaba de fondo la canción de su compañera como quien escucha la corriente de un río de fondo.
Finalmente llegaron a la zona central del pueblo y el panda se dirigió casi automáticamente a uno de los establecimientos del lugar. Era una cafetería pequeña, con cinco mesas en la terraza, cada una con dos sillas, alguna incluso con tres. No estaba muy lleno, tan solo había un par de señores mayores tomando un cacharro mañanero. Nada levanta el cuerpo como un chupito de aguardiente al mediodía. El panda se sentó en una de las mesas de fuera. Supuso que a Derya le gustaría la terraza, siendo como es ella. —Si quieres dentro también podemos ir. —Dijo sin darle mucha importancia. —¿Qué quieres tomar? —La camarera les acababa de ver y ya se acercaba con su bandeja y un trapo en el mantel. —Para mí un café solo, por favor. —Pidió, y la camarera tomó nota. Luego miró a Derya, esperando.
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El caminito hasta el pueblo fue corto pero disfrutable. Empezaba a hacer calorcito, el suficiente para que le diera tiempo a Derya a secarse, pues seguía húmeda del remojón en el riachuelo con aquellos pequeños diablillos. Fue lo suficientemente cuidadosa como para no mojar el libro, esas cosas se las tomaba muy en serio, sobre todo cuando el libro no era suyo sino que era prestado. Tenía que tener un extra más de cuidado.
Caminaba con paso alegre, tarareando una cancioncilla inventada y seguida de cerca de Don Bambú. Era curioso, porque ella tenía que dar el doble de zancadas que él, así que por un lado estaba Derya, animada y andando rápido, y por el otro lado estaba él, tranquilo y sosegado. La verdad es que pensándolo profundamente, era curioso como aquel grupo tan dispar había acabado juntándose. Era una idea que recorría su mente de vez en cuando. Era raro, pero estaba agradecida. Debajo de una carcasa extraña e incluso amenazante, por dentro todos eran buenas personas. Sobre todo pensaba mucho en Kovashi, ¿le vería hoy? Uf, sería mejor descartar esa idea de momento.
Al final, perdida pensando en las musarañas, llegaron al centro del pueblo. Parecía ayer cuando se encontró con ellos allí, de hecho fue casi ayer cuando pasó. Varios aldeanos los saludaron al llegar a lo que ella correspondió, alzando ambas manos mientras sonreía. Se entretuvo un poco saludando a gente, así que Don Bambú se sentó antes que ella, eligiendo una mesa en la terraza. — Aquí es perfecto. — Dijo para rápidamente sentarse ella también frente a él. Enseguida apareció una muchacha y se acercó a ellos. Panda pidió un café, y por un segundo pensó en pedirse otra cosa, pero sería un poco hipócrita, ¿no? Había venido cantando la canción del café por algo, no podía ahora pedirse un refresquito con limón. — Otro café, pero con leche, y con mucha azúcar. — La camarera lo apuntó y estuvo a punto de irse cuando Derya volvió a hablar. — ¿Y le podrías poner un limoncito? O sea, no dentro del café, separado, en el platito. — Pues se le había antojado un limón. — ¡Gracias! — La camarera puso cara de confusión por un segundo, pero enseguida sonrió de nuevo, al final eran los salvadores del pueblo. Aunque a ninguno de los cuatro les gustaba que les tratasen como héroes, pero al final era inevitable, Derya lo entendía e intentaba no aprovecharse de ello, al menos no mucho.
— ¿Sabes? Me encanta que estemos aquí, porque la verdad es que tenía ganas de hablar más contigo, de conocernos mejor, ¿sabes? — Comenzó Derya, mientras ambos esperaban a que llegasen los cafés. — Mira lo haremos en plan juego. Tu me cuentas un dato sobre ti o sobre tu vida y luego yo te cuento otro sobre mí, empiezo yo. — Puso cara pensativa por un segundo, mirando hacia un costado. Cuando se le ocurrió qué decir, volvió a dirigir su mirada hacia él, para lo que tenía que levantar un poco la cabeza debido a la diferencia de alturas. — Tengo dos hermanos. Va, te toca. — Le miraba con ganas, entusiasmada. No era la primera vez que hacia esta especie de jueguecitos, de hecho le gustaban mucho, era una forma divertida de conocer a las personas. Y siempre se empezaba contando cosas pequeñas, y casi siempre se acababa contando cosas importantes.
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Le extrañó un poco lo del limón, pero no hizo preguntas. Cada uno se tomaba el café como quería y de la manera que más le gustaba. Si tu mayor deseo en el momento era café con limón, Don Bambú no te juzgaría. Bueno, igual te juzgaba un poco, porque es raro de cojones tomar café con limón, pero en silencio y nunca llamándote la atención por ello. No como los italianos con la pizza con piña, que están tontitos con el tema. Cuando la camarera se fue, Derya sacó el tema de que tenía ganas de hablar con el panda para conocerle mejor. Don Bambú la miró en silencio, calibrando la situación, pero finalmente asintió. —Sí, venga. —Lo del juego le parecía un poco raro, porque Derya sólo tenía que preguntar lo que quisiera saber y el panda se lo diría. No le gustaba ocultar gran cosa de su pasado. Quizás lo de que su padre fuera marine... No, eso también lo contaría. Su padre era marine, no él. Derya le dijo que tenía dos hermanos. De algún modo se la había imaginado como hija única. —En mi cabeza no tenías ninguno, qué curioso. —Y entonces se quedó pensativo. No tenía ni idea de qué contarle y empezaba a pensar que se le iba a dar mal el juego. Echó la cabeza atrás, mirando hacia el cielo y pensando en su vida. ¿Qué era lo suficientemente relevante como para ser contado? No tenía ni idea. Tampoco quería dar detalles carentes de importancia. Sin embargo, ¿qué carecía de importancia al fin y al cabo? Le dio vueltas unos segundos más y decidió decir algo por fin. —Pues... Mi madre era bibliotecaria, igual que yo. —Dijo finalmente. No sabía si alguien sabía ya que el panda era bibliotecario antes de ser revolucionario, pero si no era así, ahora se sabría con certeza. La camarera llegó justo después de aquella respuesta con lo que habían pedido. Al panda le dejó un café solo y a Derya su café con leche y un limón al lado con muchos terrones de azúcar situados alrededor del plato. Además, en el centro de la mesa dejó cuatro trozos de bizcocho para los clientes. Eran pequeños rectángulos dulces. Don Bambú cogió uno y tras inspeccionarlo lo probó. Decidió que le gustaba y se lo comió entero. Para él era minúsculo, claro. Pero después no cogió más. —Si te gusta cómete el resto. No soy muy de dulce. —Concedió. —Y eso han sido dos cosas sobre mí. Así que te toca. —Y rio levemente.
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La mujer ensanchó la sonrisa al ver cómo Don Bambú aceptaba su juego. La verdad es que la sonrisa en ella era casi perenne, y es que le encantaban los juegos. Igual eran muy sencillos y tontos, pero a ella no le importaba, tenía la costumbre de ver siempre las cosas por el lado bueno, a costa de que a veces la gente pensase que estaba siendo estúpida. Ella sabía perfectamente como era, no necesita de la aprobación de nadie.
A Don Bambú pareció sorprenderle el hecho de que Derya tuviera dos hermanos, la verdad es que era algo que solía pasarle. Igual se debía a que daba mucha impresión de ser independiente, o algo por el estilo. Siendo sinceros, no sabía porqué la gente solía pensar eso, pero le resultó curioso que a Don Bambú también le pasara. — Pues sí, los dos son más pequeños que yo y normalmente tenía que cuidar yo de ellos. Quizás por eso se me dan bien los niños. — Nunca lo había pensado así, pero tenía sentido.
Esperó con atención, pendiente a lo que Don Bambú pudiera contar sobre su vida. Le interesaba mucho, aquel panda siempre parecía tan... misterioso. Siempre tranquilo, leyendo, nunca hablaba de más y todo lo que decía parecía estar siempre medido. Tenía como un aura que le daba mucha curiosidad. Finalmente, reveló que tanto él como su madre eran bibliotecarios. Por la manera en la que lo dijo, parecía como si fuera algo familiar. Iba a responder de inmediato, pero la llegada de la camarera la interrumpió por un momento. Dejó ambos cafés, y Derya sonrió al ver cómo su pedido llegaba sin ningún fallo, y además les había dejado como regalo unos trocitos de bizcocho.
— ¡Muchas gracias! — Rápidamente, se metió uno de los triangulitos dulces en la boca. Don Bambú hizo lo mismo, pero acto seguido le cedió el resto a ella, a la vez que le aportaba un dato extra como regalo. La joven se rio a la vez que él. — Menos mal que a mi sí. — Metió todos los terrones de azúcar a la vez en el café. — ¿Así que bibliotecario? Tiene pinta de ser un trabajo tranquilo, al menos seguro que era silencioso. — Al fin y al cabo, en las bibliotecas era una regla el no hacer ruido. Era algo que le gustaba mucho de esos lugares. El efecto de ver un espacio muy lleno en absoluto silencio era un contraste que le daba como placer.
Le dio un sorbo a su café extra dulce con leche mientras pensaba en qué era lo próximo que podía decir sobre sí misma. — Vale me toca. — Le dio un lametón al limón. Estaba menos ácido de lo que se esperaba, pero aún así arrugó un poco la nariz. ¿Por qué había hecho esa estupidez, pedirse una rodaja de limón? Pero ahora no podía echarse atrás, así que se lo quedó sin decir más. — Pues... No me gustan los espacios cerrados. No es que me den ansiedad o algo así, no llega a ese nivel pero... me agobio MUCHO. — Se agobió un poco incluso de pensarlo.
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