[Pasado] Primera huella
#11
Leyenda


Preferí no responder a la primera pregunta de Maeve. A decir verdad, no solía cocinar mucho. Llevaba mucho tiempo sin cocinar, pero me defendía bastante bien. Aun así, tenía pensado esforzarme para prepararle esa lasagna.

No entendí bien a qué se refirió sobre ese rollo. - Bueno, al lío - me reí, sacando nuevamente la libreta. Decidí apuntar otro par de asesinatos a la lista de la mujer. Revisé la lista rápidamente. Era gracioso como, a pesar de haberla leído en numerosas ocasiones, me seguía sorprendiendo. - Pues sí que tiene mala ostia - pensé, mirando de arriba a abajo a la albina mujer. Tras eso, desenrolló el látigo y lo usó para dar un golpe al suelo. Me pilló desprevenida, no voy a mentir. También asustó a Mandarina, aunque rápidamente el felino se recompuso y comenzó a tratar de cazar las hojas que caían, jugando.

- Sí, claro. - respondí, casi instantáneamente a la pregunta de la mujer, dibujando una ancha sonrisa. - Suena realmente interesante. - traté de imitar su tono de voz, puesto que no me estaba enterando de mucho, y tampoco quería que se burlara de mí por ello. Le miré a la cara, para darle más peso a mis acciones. Como siempre, era una idea nefasta, puesto que en el momento en que hicimos contacto visual, comencé a sentir cómo empezaba a ponerme más y más nerviosa. Por suerte, antes de que mi cara se convirtiera en un tomate, Maeve rompió a reir, interrumpiendo de esa forma el contacto visual. Tardé un rato en enterarme de lo sucedido, y de a qué se refería la otra mujer. - Acaso me está proponiendo... - pensé. Mi pulso estaba extremadamente acelerado. - ¿Y qué le digo yo ahora? - miré a los lados. Había olvidado completamente mi comentario inicial, así como la metedura de pata, y que seguramente todo lo que decía la otra mujer fuera una respuesta a ello. Mi cabeza iba a explotar. Había un montón de pensamientos que se amontonaban en mi mente. A todo esto se le sumó posiblemente el ingrediente que faltaba: la maravillosa voz crítica de mi cabeza. - Tic tac... - lo peor de todo, es que no le faltaba razón. Tenía que responder a la mujer, o iba a pensar que estaba loca. - Bueno, si quieres... - hablé tímidamente, girándome mientras desabrochaba mi abrigo,  así como la parte superior. Mi espalda quedó completamente al descubierto, a excepción de mi hombro derecho, el cual se encontraba minuciosamente tapado con los vendajes. En mi ancha espalda, además de mis músculos definidos, podían percibirse un sinfín de cicatrices, de distintas formas y tamaños. Todas ellas databan del periodo en el que fui una esclava, pues una vez logré escapar trataba de asegurarme de que nadie pusiera un dedo sobre esta. - Puede servir como entrenamiento. Tampoco creo que me haga daño. - Por alguna razón no me encontraba para nada sonrojada en aquel momento. No podía decir lo mismo de mis nervios, por desgracia. - ¿Pero qué cojones estás haciendo?¿Cómo se te ocurre decirle eso? - la voz de mi cabeza estaba realmente desbocada. - ¡Y yo que se! - gritaba internamente. - Es lo único que se me ha ocurrido, ¿me entiendes? - por momentos deseaba que la tierra me tragara, o que me cayera un meteorito encima. Bueno, eso último mejor que no pasara, porque teniendo en cuenta la onda expansiva posiblemente acabaría haciendo daño a Mandarina y a mi amiga. Esperaba, sobre todas las cosas, que no apareciera nadie cerca del río o posiblemente acabaría desmayada de la vergüenza ocasionada por que me vieran semi desnuda frente a una mujer con aspecto misterioso y un látigo, la cual encima era fácilmente un tercio de mi tamaño.

Por suerte (o por desgracia),  estábamos en un sitio lo suficientemente profundo de ese solitario y lúgubre bosque como para que nadie nos interrumpiera




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#12
     Para mi sorpresa, Eaa, en lugar de retractarse, dijo que mi propuesta le parecía interesante. Bueno, "propuesta", estaba bromeando y me sorprendió que pareciese que ella no. Pero lo que más me impactó no fue eso, sino que se desvistiese de cintura para arriba, mostrándome su pálida espalda desnuda y cubierta de cicatrices. Su hombro derecho estaba cubierto por vendas, debía de haberse hecho daño, por eso se estaría tocando esa zona antes.
     Como entrenamiento, decía, y se mostraba muy segura de sí misma al manifestar que yo no podía herirla.
     Por supuesto, su última afirmación me molestó. ¿Estaba poniendo en duda mi capacidad con el látigo o simplemente me menospreciaba por su propia constitución física? Fruncí el ceño.
     De verdad me estaba pidiendo que la golpease con el látigo. A juzgar por la visión completa que tenía de la escena, mi sensación era que tenía alguna especie de fetiche con mi arma y quería que la usara con ella.
     No, no alimentaría su excitación sexual con aquello que uso para herir y asesinar.
     No alimentaría su excitación sexual en cualquier caso.
     Ya se lo dije en aquella sucia taberna: no era mi tipo, no veía a la pelirroja en ese sentido. Joder, tal vez la culpa había sido mía por bromear con ella de aquel modo. Antes me había fijado en que me estaba mirando el pecho, pero ¿cómo podía yo interpretar algo así? Entonces, ¿buscaba mi látigo o me buscaba a mí? ¿O las dos cosas?
     —No pienso golpearte, Eaa —le dije, seria. Y no porque la pudiese hacer daño finalmente o no, sino porque me estaba sintiendo incómoda, y ahora incómoda de verdad, de estas veces que quieres marcharte—. Si lo que quieres es jugar a las mazmorras, no soy tu chica.
     Su espalda podía ser, fácilmente, más grande que yo, y algunas de sus cicatrices también. ¿Qué habría tenido que pasar para que la hubiesen herido de esa forma? O eso, o... se le había ido muchas veces de las manos algún juego masoquista.
     Enrollé el látigo en mi cintura.
     —Vístete.
     Y miré hacia otro lado, como si de algún modo estuviese irrumpiendo en su intimidad.
     
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#13
Leyenda


La seriedad en el tono de la albina, más incluso que sus palabras a la hora de responder, me chocaron sobremanera. Aquello, más la petición (aunque sonaba casi como una orden) de que me vistiera, disiparon por completo todo mi nerviosismo. En su lugar, mi mente se llenaba de una extraña sensación de sorpresa, la cual solo hacía que me enterara aún menos de qué estaba pasando. Mientras me estaba vistiendo, una duda vino a mi cabeza, una bastante importante, referente a su último comentario.

- Pero, has sido tú la que ha sugerido darle otros usos al látigo. - me giré y le pregunté, extrañada. Tenía genuina curiosidad por las razones detrás de su cambio de parecer. Tras la extraña mueca a mi comentario, comencé a atar cabos. Como si se tratase de un investigador recordando un suceso clave en una novela de misterio, recordé el lapsus que había tenido hacía un momento y que, sin ser yo consciente de ello dio pie a la sucesión de hechos que nos habían llevado a esta situación. - Ay ay ay - dije, nuevamente roja como un tomate. Para sorpresa de nadie, me tapé la cara con las manos, mientras me sentaba en el suelo, enormemente avergonzada.  - No, no. Me he confundido - comencé a explicar - Y luego pensaba que tú... - me costaba incluso respirar, por lo que me eché hacia atrás, quedando tumbada. Dejé de hablar unos instantes - Coge aire Eaa - me dije a mí misma. - Y ahora suelta despacio - tras respirar profundamente un par de veces, me di un par de golpes con las palmas de las manos en las mejillas. Mandarina, posiblemente asustado porque me pasara algo o emocionado por pensar que íbamos a jugar, se subió en mi pecho y se me quedó mirando. - Vale, ¿por dónde iba? - dije, recapacitando brevemente. - Vale. Pues, antes estaba nerviosa, y me he confundido. En vez de excitada quería decir expectante. Y luego cuando me has preguntado pensaba que querías... yo que sé, y me he puesto más nerviosa todavía. - cerré los ojos, esperando de esa forma no cruzar miradas con la albina, puesto que aquello solo empeoraría la situación. - Pensaba que, yo que se, te gustaban algunas de esas cosas raras, y encima como te has puesto a hablar con ese tono... - notaba como poco a poco me iba poniendo más y más nerviosa. Volví a coger aire, acariciando suavemente a Mandarina, quien maullaba - Bueno, como habrás visto, tengo bastante experiencia con cosas de esas. - confesé. Estaba nuevamente hablando de más, pero me sentía tan mal en aquel momento que no me importaba. - Antes de que te rias. No, no ha sido por gusto, de hecho, no me gustan esas cosas. - expliqué. - Por no gustarme ni siquiera me gusta que la gente se me acerque por detrás y me agarre, ni que entren en mi habitación mientras duermo. - Sin darme cuenta acababa de revelarle a Maeve posiblemente mis dos mayores debilidades. Seguramente, con la intención de que esta inconscientemente las interiorizara y no se diera ninguna de esas dos situaciones en un futuro. - Bueno, seguramente ahora pienses que estoy loca y no quieras verme nunca más, y con toda la razón del mundo. - expuse - Pero, si te vas, ¿puedes llevarte a Mandarina? Creo que tiene hambre, y yo quiero seguir entrenando un poco más. -  era mentira. Mandarina acababa de comer, pero después de mis repetidas meteduras de pata, en cierto modo quería estar sola, para poder llorar a gusto. - Felicidades, la única persona a la que puedes llamar amiga y vas y consigues que piense que eres una degenerada. - esta vez, no eran las críticas voces de mi cabeza quienes me reprochaban mi actuación. Esas seguramente habían desistido hacía ya un tiempo de intentar hacerme entrar en razón.


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#14
OST DE LA ESCENA

     El rostro de Eaa había vuelto a adquirir tonos rojizos y estaba segura de que esta vez nada tenían que ver con la actividad física. Se había sentado en el suelo y cubierto su rostro del color de las fresas con sus manos del tono de la harina.
     Admitió haber cometido un error. Al principio, yo estaba expectante por lo que tuviese que decir, y precisamente fue esa palabra, "expectante", la que debía haber salido de sus labios en lugar de la "excitada" que llegó a mis oídos. Levanté las cejas una vez más, pudiendo sentir su vergüenza como si de otro acompañante se tratase. 
     Normal que se pusiera nerviosa ante mi (no) proposición. La muchacha lo debía de estar pasando bastante mal, a juzgar por su reacción, palabras y colores. 
     —¿Cosas raras? —Sabía perfectamente a lo que se refería, pero para mí no eran raras en absoluto. Si me gustan o no, no se lo respondí.
     Puede que antes estuviese bromeando, pero no me reiría ante sus explicaciones; en especial, si eran tan importantes para ella. Igual que los sueños. Uno no ha de reírse de los sueños de nadie, era algo que también había recordado cuando habíamos hablado precisamente de este tema en la taberna. Aunque entendía sus reparos. Estaba colocando sus miedos encima de la mesa. Los miedos de alguien siempre son una información valiosa para manejarlo, pero no eran mis intenciones con ella.
     Y con la clase de miedos que explicó, algo me dijo que tenía un trauma bastante grande con ciertos eventos que, por desgracia, es relativamente frecuente que una mujer pueda sufrir. Yo podía recordarlo muy bien. Apreté las manos, pero no dije nada, pues, aunque la pudiese entender, solo cada cual conoce su experiencia y cómo afecta a su alma.
     —No creo que estés loca —dije. Acto seguido, y mientras ella comentaba que a lo mejor no quería verla nunca más, crucé las piernas y me senté en el suelo, frente a ella.
     La diferencia de alturas podía haber llegado a ser cómica si no fuese por lo sensible de la situación. Me descubrí sintiéndome realmente mal por haber confundido su inocencia con lascivia. Que no hubiese pasado nada si hubiera sido esta última, solo que yo no la habría satisfecho.
     —No me voy a ir —aseguré—. Una no elige sus monstruos, ¿sabes? Siento... haber malinterpretado tus palabras y haber bromeado con ello.
     Pedir perdón no es una tarea fácil, pero ha de saber hacerse si, de algún modo, hemos herido a alguien que nos importa. Las palabras son tan poderosas que pueden dañar, pero también sanar.
     También tenían la capacidad de cambiar colores. En mi caso, mis mejillas eran un poco más rosadas esta vez.
     Entonces, decidí hacer algo que quizá me buscase otro problema, pero valoré y decidí. Alargué las manos y las coloqué, diminutas, en una de las de Eaa, enorme, que mantenía apoyada en la hierba, cerca de mi posición. Bien me valía ganarme un golpe si, antes, conseguía transmitir algo de confort a alguien a quien, estaba segura, habían hecho sufrir de forma injusta.
     Quien lo diría de mí, ¿verdad? Pero así es la vida.

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#15
Leyenda


Las palabras de Maeve fueron suficientes para disipar toda la oscuridad que opacaba mis pensamientos. Por unos instantes nada recorría mi mente, hasta que ella se disculpó. No pude evitar sentirme mal, puesto que en el fondo era culpa mía que ella hubiera malinterpretado mis palabras. Entonces, antes siquiera de que pudiera pensar en qué respuesta darle para tratar de que se sintiera mejor colocó sus manos sobre mi mano derecha. Nunca había sentido algo tan suave en mi vida. Si no hubiera sido testigo de lo que podía hacer con esas manos, hubiera creído que se trataban de las delicadas manos de una pequeña muñeca de porcelana.

Aquello me generó una gran paz interior. Una gran paz interior y una infinita felicidad. Sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Instintivamente llevé mi mano derecha hacia mi cara, para secar mis lágrimas. Tan pronto se rompió el contacto con las suaves manos de la otra mujer me di cuenta. - Perdón, perdón - dije, volviendo a bajar la mano, apoyándola esta vez sobre sus manos, quedando la mía por encima, a la vez que me sequé las lágrimas con la manga izquierda. - Esque estoy muy feliz - expliqué con una ancha sonrisa en el rostro. - Pensaba que había espantado a mi única amiga - tras decir aquello pensé en que posiblemente esta no pensaba igual que yo, por lo que rectifiqué. - Bueno, compañera. - giré levemente la cabeza, para mirar a esta a la cara. Para sorpresa de nadie, mirar fijamente a sus grisáceos ojos me seguía dando mucha vergüenza. - Aaah - se me escapó un gritito a la vez que giraba la cabeza, como si esperando que esta no se hubiera dado cuenta.

- Por cierto, tú también estás un poco roja - dije, sin mirarle. No me resultó para nada difícil percibir el tono rosado en sus blancas mejillas. - ¿Tienes frío? - hablé, acariciando suavemente sus manos. - Tienes las manos muy frías. ¿Quieres que te deje el abrigo? - pregunté, mirando a esta nuevamente.

- Muchas gracias por haber venido hoy al bosque - dije después mientras seguía sonriendo. - ¿Te apetece que te invite luego a tomar un chocolate caliente? - propuse. - El otro día vi un local en el que vendían café, chocolate caliente y un montón de dulces.


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#16
OST DE LA ESCENA

     Cuando las lágrimas comenzaron a resbalar sobre el rostro de Eaa, quizá tan grandes como mis dedos, no supe dónde meterme. Joder, intentaba hacerla sentir mejor, no empeorar la situación. Si es que estas cosas no se me dan bien... 
     Entonces, fue ella la que pidió disculpas y me dijo que estaba feliz. Una vez más, volví a interpretarla mal, aunque fuese durante apenas segundos. 
     Y me llamó amiga.
     Amiga.
     Un pequeño vuelco sacudió mi estómago. Se trataba de una palabra que solía vetar, así como su concepto: amistad. La amistad implicaba cosas peligrosas pues, al igual que sucedía con el amor, entregabas a la otra persona una pequeña llave para poder destruirte. O intentarlo. Claro que, en el amor, la llave era aún más poderosa. No es que yo tuviese mucha experiencia en el amor, que no hay que confundirlo con el sexo. A veces coinciden, pero yo apenas he disfrutado de tal combinación. Solo una vez y... no fue bien.
     Estoy divagando. Me suele ocurrir.
     La cuestión es que la amistad puede ser muy traicionera. Al menos, en mi experiencia. No todos los amigos, obviamente, guardo alguno, pero... En fin, me cuesta, me cuesta mucho confiar en la gente. Y más en nuestro mundillo... Suele haber más seres que quieren hacerte daño que lo contrario.
     Pero Eaa me había llamado "amiga".
     ¿Éramos amigas?
     Luego dijo "compañera". Y gritó. Eso me hizo sonreír. Odiaba admitirlo, pero la chica podía llegar a resultarme jodidamente adorable. Por supuesto, eso no se lo diría. Igual se había dado cuenta de la implicación del término "amistad" y quiso ir con pies de plomo. Está claro que no la culpo.
     Elegí no responder nada.
     Cuando me dijo que estaba un poco roja, aparté las manos de ella —que ella me acariciaba con delicadeza— de forma inconsciente. Me ayudaron a taparme la nueva intensidad del rubor ante su comentario. Me pone de mala hostia que alguien se de cuenta de lo que está pasando dentro de mí por el color de mi rostro, que tan blanco como es, me expone enseguida. Joder.
     —Sí, será que... tengo frío. No te preocupes, ahora caminando se me pasa. Además, tu abrigo me quedaría larguísimo, como la cola del manto de una reina —reí. Después de lo ocurrido, tuve éxito aplacando mi enfado incipiente.
     Sobre nuestras cabezas, las copas de los árboles dejaron que las primeras gotas de lluvia atravesaran su barrera. Cerré los ojos. Gracias al cielo, suspiré en mi interior. Algo que hiciese de distracción me venía muy, pero que muy bien.
     Me agradeció haber ido al bosque. Lo cierto era que había sido una curiosa casualidad, no esperaba encontrármela allí, así que no debía agradecérmelo a mí, sino a la deidad en la que creyese, si creía en alguna. Pero no se lo dije, tal vez sonase un poco cruel y no quería volver a iniciar el ciclo de herir sus sentimientos, y más cuando Eaa pareceía ser feliz con tan poco.
     Envidiable.
     —Chocolate caliente —repetí. Noté cómo empecé a salivar. —Adoro el chocolate, es una pequeña debilidad que tengo. No hace falta que me invites, pero ahora que lo has dicho, me tienes que llevar. —Sonó a orden, pero... Chocolate.
     Me puse en pie, sacudiendo mis pantalones de las hojas que se habían quedado pegadas. Entonces, Mandarina se puso en dos patitas sobre mis piernas para que lo cogiese. Qué cosa tan linda. Lo alcé en brazos y lo ayudé a regresar a mi hombro. Si no fuese por la clase de vida que llevaba, adoptaría un gato.
     —Espero que no te importe pasear bajo la lluvia —le dije. Comencé a andar. Como había dicho antes, me encantaba ese tipo de clima, pero entendía que hubiera quienes lo evitasen. No todo el mundo puede tener buen gusto.
     Entonces, una idea cruzó mi mente. En realidad, un concepto.
     —Ahora que han pegado carteles con nuestras caras por toda la ciudad, es cuestión de tiempo que vengan más guardias a por nosotros. Incluso marines. O incluso llamemos la atención de otro tipo de gente. Debemos estar preparados. 
     No lo dije, pero me resultaba excitante que así fuese. Si no estás en el punto de mira, es que no eres relevante, no le importas a nadie. Y prefería importar, incluso si eso significaba que alguien quisiera darme caza. Alimentaba mi adrenalina.
     
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#17
Leyenda


- Bueno, nunca está mal parecer una princesa - respondí con cierta burla a su comentario sobre el manto de una reina. Me imaginé brevemente cómo le quedaría a Maeve uno de esos elegantes vestidos que llevaba la nobleza. - Mejor no - hice mi mejor esfuerzo para aguantarme la risa. Por un lado debido a su apariencia física, la blancura de su piel y su aparente delicadeza, seguramente le quedaría de perlas. El problema vendría cuando mi albina amiga comenzara a hablar, lo cual era realmente cómico de imaginar.

- Mucho estaba tardando, la verdad - pensé mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a tocar mi blanca piel. Sonreí al escuchar a esta aceptar mi propuesta de tomar chocolate caliente. - A mí también me gusta mucho el chocolate calentito - confesé, sonriendo. - Sobre todo con churros - hablé mientras asentía, animada por el nuevo plan. Se me hacía la boca agua tan solo de imaginarme el dulce sabor del chocolate, encima calentito. Me agradó ver como a Mandarina le caía realmente bien Maeve, tanto como para querer subirse a su hombro y viajar allí.

- No, no tengo problema con que llueva mientras paseamos. Tampoco es que sean lluvias torrenciales, y además, se que cuando vuelva al hostal voy a tener que bañarme igual. - expuse mientras comenzábamos a movernos, en dirección hacia el claro donde había estado antes entrenando, para después ir desde allí hacia la ciudad. - Claro, voy a tener que entrenar más todavía. - me reí, haciendo una pose en la que se pudieran apreciar los músculos de mis brazos, aunque de alguna forma terminara pareciendo que estaba tratando de resaltar mis pechos, sin darme yo cuenta de ello. - Bueno, si quieren venir que lo intenten. - apreté los puños - Me escapé del infierno para poder vivir según mis normas. - Una ancha sonrisa se dibujó en mi rostro. - Además, si nos persiguen es que estamos  dejando huella, ¿no? - Me giré entonces para mirarla. Vi entonces nuevamente al pequeño felino en el hombro de mi única amiga. De repente, sentí una gran preocupación. - ¿Qué va a ser de él si a mí me pasa algo? - fue lo primero que vino a mi cabeza.

- Por cierto, igual es un poco precipitado, pero hablando ahora me ha entrado un poco de miedo. - expuse, mirando al frente nuevamente cuando vi que esta iba a girarse para mirarme, evitando así el contacto visual - ¿Quieres ser la madrina de Mandarina? - pregunté, con cierta preocupación, a la cual se sumaba algo de nerviosismo. - Yo que sé, no debería pasarme nada, pero por si sí pasa, ¿podrías cuidar de él?. Se que mi pequeñín estaría feliz contigo.




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#18
     Escuché los comentarios de Eaa mientras caminábamos bajo la lluvia por los caminos del Bosque Umbrío; caminos que no eran tales, pero nosotras los encontrábamos entre los árboles. Regresábamos al lugar donde me había encontrado a la semi oni entrenando.
     "Me escapé del infierno para poder vivir según mis normas".
     Vaya, buena frase. Muy, muy buena. Yo misma podría aplicarla a mi historia de vida. Podría convertirse incluso en un mantra. Normalmente, cuando alguien elige ser pirata es porque su anterior vida, aquella que una vez pretendió ser legal, le ha fallado.
     Volvió a hacer alusión a "dejar huella", mi frase. Me dio algo de reparo de nuevo, pero en el fondo no sonaba tan mal. Incluso si una moría, un cartel de recompensa registraría tu rostro para siempre, aun cuando pasaran los años y los carteles quedasen, polvorientos, al fondo de un cajón. Pero ahí seguirían, recordando que en algún momento hubo alguien que hizo que la Marina movilizase sus filas.
     Luego, una proposición: me pidió —bajo el disfraz de pregunta— si podía encargarme de Mandarina si alguna vez le pasaba algo. 
     —Sé que estaría feliz conmigo, pero más lo es contigo, así que procura que no te ocurra nada si no quieres darle un disgusto al bichillo. —Alcé la mano para rascarle bajo la barbilla—. Pero si te quedas más tranquila, sí, me ocuparía de él. Y si ya me pasa algo a mí... es muy listo, sabrá apañárselas llegado el caso.
     Como si me hubiese entendido, Mandarina restregó su cabeza contra mi mano, que todavía tenía a su altura.
     Me sonaron las tripas. Mi estómago había decidido reclamar lo que era suyo de un modo poco delicado.
     —Bueno qué, ¿me llevas a tomar ese chocolate o no?
     
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