(Past | Dharma) Quiero estar en tus zapatos.
#11
El agua caliente le estaba relajando los músculos, la verdad, pero escuchar su voz tan calmada le volvió a encender un poquito la sangre. Él estaba ahí, recargado en la piedra como si nada, hablando de Wano y de la paz interior con una tranquilidad que le fastidiaba. Porque, a Rui le molestaba muchísimo que él tuviera siempre el control absoluto de todo, incluso cuando estaban completamente solos. Y después, lo escuchó preguntar por su travesía, con ese tono parejo que la volvía loca de rabia, y también de otra cosa rara que no quería admitir nunca.

"¿De verdad tiene el maldito descaro de preguntarme cómo me fue después de abandonarme?"

Se removió en el agua, chapoteando un poco sin querer y haciendo que el humo blanco se moviera a su alrededor. Sus manos ya no tenían las cintas negras porque se había soltado el cabello, así que sus dedos empezaron a juguetear impacientemente con un mechón mojado de su pelo rosa pastel. Ese tic no se le iba a quitar tan fácil, menos cuando notaba cómo él recorría su figura con esos ojos esmeralda. Igual, apretó los labios, arrugando la nariz a propósito solo para llevarle la contraria, porque ella era así de terca. — Tsk... arrugo la nariz cuando se me da la reverenda gana, no me digas qué hacer. Jmp. — murmuró, cruzándose de brazos por debajo del agua tibia.

Y entonces, pensó en todo el tiempo que pasó sola en ese mar gigantesco lleno de idiotas. Recordó las noches donde el viento frío le pegaba muy feo y no tenía su espalda ancha para cubrirse, y la rabia le subió a la garganta. Porque, él se había ido a hacer sus cosas, matando a esos tipejos de las cuotas por puro aburrimiento, mientras ella lo buscaba como una idiota por todas las malditas islas. Le daba exactamente igual si la Marina o los revolucionarios eran basura, a ella solo le importaba él, y él simplemente la había dejado atrás.

¿Acaso pensó que me iba a quedar sentada en mi casa tejiendo estúpidas flores o qué?

Se acercó un poco más, cortando la poca distancia que había entre los dos en la poza, sintiendo el calor de su cuerpo grande mezclado con el del manantial. Sus ojos rojos lo miraron con muchísima intensidad, casi fulminándolo de enojo, pero con esa devoción enferma que siempre le tenía en el fondo. Porque, odiaba a todos los hombres del mundo, le daban muchísimo asco, pero a él se lo perdonaba casi todo. Casi todo. — ¿Qué tal me fue? Me fue horrible, grandísimo idiota, porque me dejaste tirada sin decirme absolutamente nada de tus planes. — le reclamó directo, alzando un poquito más la voz para que resonara en las piedras viejas.

"Y todo porque te fuiste a 'trabajar' a saber dónde y con quién, dejándome sola."

Igual, no se iba a quedar callada con esa espina enorme clavada en el pecho. Las inseguridades volvieron a salir a flote de golpe, porque ella siempre fue posesiva con lo único que de verdad le importaba en la vida. Y después, levantó una mano mojada, salpicando unas cuantas gotitas de agua directo hacia su cara, solo por puro coraje infantil y celos tontos. Quería golpearlo fuerte en el hombro, pero al mismo tiempo solo quería abrazarse a él en el agua y no soltarlo. — Seguro te la pasaste muy bien matando gente por ahí, pero más te vale que de verdad no te hayas divertido con ninguna de esas vasijas de carne de las que hablas. Porque yo estuve meses enteros aguantando simios asquerosos en el mar, rechazando a todo el mundo, solo para encontrarte a ti. — soltó con un tono mucho más celoso y gruñón, mirándole la cicatriz de la boca fijamente.
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