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La tensión arraigada en el gigante parece profunda. Don Bambú se da cuenta de ello sin grandes dificultades gracias a la potencia en bruto de su percepción extrasensorial. Puede darse cuenta de que su aura está turbada, más turbada que de lo que debería si Kelvin aspira a llegar a dominar el haki armadura algún día. Debía de estar reviviendo algún episodio traumático de su infancia, pero en aquel momento no estaban en ninguna sesión de psicología. Bambú no podía ofrecerle consejo sobre cómo enfrentar a los traumas del pasado más allá de relatarle sus propias vivencias. Ni siquiera consideró que fueran vivencias mínimamente parecidas, ya que Bambú tenía lo que se conoce en el mundo de las calles al que tanto apelaba Tucrow como daddy issues. Para más inri, luego se murieron todos sus amigos. Un drama, vamos. Veréis cuando se de cuenta de que Berry se ha ido para siempre. Al menos ahora tenía a tres compañeros en los que apoyarse y, mucho más importante, dos discípulos a los que transmitir todos sus conocimientos.
Las palabras de Bambú llegaron al gigante, tal vez como una fresca brisa primaveral, porque éste empezó a destensionarse. Su aura, aunque todavía turbulenta, ya no estaba tan alborotada como hacía unos minutos. Bambú sonrió levemente por ello. —Bien, Kelvin, continúa así. —Le indicó. Todavía estaba demasiado nervioso quizás, pero poco a poco iría encontrando la paz. —Inspira profundamente, sígueme el ritmo. —Sonoramente, Bambú empezó a aspirar aire por la nariz. Cuando sus pulmones se llenaron del todo, lo contuvo unos instantes y lo liberó por la boca como si expulsara un hilo continuo de aire hacia el exterior. —Tres veces, vamos. —Y empezó con la segunda de ellas, que al concluir fue sucedida por una tercera respiración controlada. —Y ahora céntrate en tu mano izquierda, la mano con la que le devolvemos al pueblo lo que le pertenece y le damos al Gobierno lo que merece. Imagínatela recubierta por una densa capa de energía espiritual, como si te pusieras un guante invisible. Cuéntame qué sientes... y sigue respirando, que es importante. —Y volvió a inspirar.
Las palabras de Bambú llegaron al gigante, tal vez como una fresca brisa primaveral, porque éste empezó a destensionarse. Su aura, aunque todavía turbulenta, ya no estaba tan alborotada como hacía unos minutos. Bambú sonrió levemente por ello. —Bien, Kelvin, continúa así. —Le indicó. Todavía estaba demasiado nervioso quizás, pero poco a poco iría encontrando la paz. —Inspira profundamente, sígueme el ritmo. —Sonoramente, Bambú empezó a aspirar aire por la nariz. Cuando sus pulmones se llenaron del todo, lo contuvo unos instantes y lo liberó por la boca como si expulsara un hilo continuo de aire hacia el exterior. —Tres veces, vamos. —Y empezó con la segunda de ellas, que al concluir fue sucedida por una tercera respiración controlada. —Y ahora céntrate en tu mano izquierda, la mano con la que le devolvemos al pueblo lo que le pertenece y le damos al Gobierno lo que merece. Imagínatela recubierta por una densa capa de energía espiritual, como si te pusieras un guante invisible. Cuéntame qué sientes... y sigue respirando, que es importante. —Y volvió a inspirar.
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