30-08-2023, 03:29 PM
Contra todo pronóstico, pues ni siquiera el panda se esperaba tener éxito en su empresa, su puño impactó contra Kovashi. Lo notó en seguida. Vio claramente como el peliblanco le veía venir y decidía no esquivar. Por un lado, sintió enorme alegría al por fin impactarle a su enemigo, pero por otro lado, sabía que aquel ataque ni siquiera debía haber conectado. Kovashi salió volando y se estrelló contra una tienda improvisada de la fiesta mientras Don Bambú continuó ascendiendo unos centímetros para luego caer de pie en el suelo. De nuevo, uno no podría notar la diferencia entre el suelo del que había salido el panda y el suelo de otro sitio completamente diferente. Hasta el agujero se había cerrado de nuevo como si el material del que estaba hecho tuviera propiedades especiales. La sangre empapaba el puño del panda, pero también su torso, camisa y pantalones. No toda era del peliblanco, solo la de la mano. Le echó un vistazo a la gyojin y a su congénere, estaban enzarzados en una cruenta batalla por ver quién se comía a quién. Tal vez ahora que había hecho sangre contra Kovashi, diese media vuelta y los sorprendiese con un ataque sorpresa. Pero todavía no quería, su atención todavía se la llevaba el espadachín. Le estaba halagando, algo que necesariamente ocurre cuando dos sujetos que reconocen la fuerza del otro como similar a la propia sucede. Don Bambú haría honor a aquel sentimiento. —Y tú eres rápido. Casi no puedo ni verte venir, pero tú reaccionas como si me moviese a cámara lenta. —Reconoció el panda, pero había algo más doloroso que admitir. —Te has dejado dar, lo he notado. —Decirlo en voz alta le hacía sentir más débil que su rival. Entonces Kovashi mencionó la fruta del diablo, era demasiado evidente, de modo que ni se molestó en ocultarlo. —Tú también y el oso. Se supone que son habilidades raras y de cuatro que somos las tenemos tres. Sospecharía de Derya si no la hubiera visto nadar. —Pero la conversación había terminado. Había sido una agradable pausa, pero no habría otra similar hasta el final de la pelea. Don Bambú flexionó sus piernas, dispuesto a volver a saltar y tratar de jugar con la altura para pillar desprevenido a su contrincante. Mil estrategias surcaban su cabeza mientras buscaba la óptima para enfrentarse a alguien tan rápido y escurridizo como Kovashi, pero su tren de pensamiento fue bruscamente interrumpido por la aparición de un... Oh no.
Un puto perro.
Viles criaturas los perros. Al menos desde la perspectiva del panda. Todos los días de camino al colegio le perseguían los perros de los vecinos, que encima siempre estaban sin atar. Se meaban en su jardín, y a veces ni siquiera se detenían ahí. Una vez le mordieron y todo. Desde entonces, Don Bambú no soporta a esos bichos. Son ruidosos (¿Cómo puede uno leer con tanto ladrido de fondo?), olorosos y engañosos. Y cuando finalmente les plantas cara, resulta que son unos cobardes y huyen de ti para ladrarte desde lejos. No. Don Bambú no les tenía cariño. Y ahora había aparecido un puto perro y se había puesto en el medio y medio de lo que iba a ser un emocionante combate. Podría coger carrerilla y darle una patada... Pero no. No había que ser mala persona. Podría ser el perro de alguien y, siendo justos, si a alguien no le gustasen los gatos, al panda no le haría ni puta gracia que les anduvieran dando patadas. Suspiró y relajó su postura de combate. —Déjame apartar al perro antes de que se haga daño. —Con resignación, el panda se acercó despacio al animal, como si desconfiase de él. Se agachó y le ofreció una peluda mano, que descansaba en el aire a la altura del cánido a una distancia de seguridad de medio metro para que la oliese y nada más. —Hola, perro. Desconozco tu objetivo en esta plaza, pero te suplico que desistas en tu empresa y te retires cuanto antes. —Vaya forma de hablarle a los perros tenía el panda, pero qué le iba a hacer. Normalmente sólo hablaba con los libros. —Por favor, perro, aléjate. Shoo shoo chkchkchkchk marcha can do carallo cagho na cona bendita. —Esto último lo había leído en una novela de un señor de una tierra lejana y nublada, llena de montañas y donde llueve habitualmente. No recordaba el nombre.
La lluvia golpeaba al panda en la cara y le goteaba por la nariz mientras buscaba una reacción del perro. Se sentía profundamente estúpido.
Un puto perro.
Viles criaturas los perros. Al menos desde la perspectiva del panda. Todos los días de camino al colegio le perseguían los perros de los vecinos, que encima siempre estaban sin atar. Se meaban en su jardín, y a veces ni siquiera se detenían ahí. Una vez le mordieron y todo. Desde entonces, Don Bambú no soporta a esos bichos. Son ruidosos (¿Cómo puede uno leer con tanto ladrido de fondo?), olorosos y engañosos. Y cuando finalmente les plantas cara, resulta que son unos cobardes y huyen de ti para ladrarte desde lejos. No. Don Bambú no les tenía cariño. Y ahora había aparecido un puto perro y se había puesto en el medio y medio de lo que iba a ser un emocionante combate. Podría coger carrerilla y darle una patada... Pero no. No había que ser mala persona. Podría ser el perro de alguien y, siendo justos, si a alguien no le gustasen los gatos, al panda no le haría ni puta gracia que les anduvieran dando patadas. Suspiró y relajó su postura de combate. —Déjame apartar al perro antes de que se haga daño. —Con resignación, el panda se acercó despacio al animal, como si desconfiase de él. Se agachó y le ofreció una peluda mano, que descansaba en el aire a la altura del cánido a una distancia de seguridad de medio metro para que la oliese y nada más. —Hola, perro. Desconozco tu objetivo en esta plaza, pero te suplico que desistas en tu empresa y te retires cuanto antes. —Vaya forma de hablarle a los perros tenía el panda, pero qué le iba a hacer. Normalmente sólo hablaba con los libros. —Por favor, perro, aléjate. Shoo shoo chkchkchkchk marcha can do carallo cagho na cona bendita. —Esto último lo había leído en una novela de un señor de una tierra lejana y nublada, llena de montañas y donde llueve habitualmente. No recordaba el nombre.
La lluvia golpeaba al panda en la cara y le goteaba por la nariz mientras buscaba una reacción del perro. Se sentía profundamente estúpido.
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