Leyenda
OST de la escena
- Estamos en casa - hablé, tratando de esbozar una sonrisa a pesar de las incontrolables lágrimas que caían por mis mejillas. - Estamos aquí, así que hemos ganado - respondí. Mi mirada seguía fija en la de Maeve.
- Claro que estoy bien, idiota - respondí. - Eres tú la que no está bien - no tuve el valor de decirlo. Tenía miedo de que el hecho de mencionar el mal estado de la capitana pudiera empeorar su situación. - No hables, ahora te... - había apartado la mirada un instante para tratar de acomodar a esta en cubierta, y cuando volví a mirarla, pude ver a mi amiga, con los ojos cerrados y sonriendo. - ¡No, no, no! - dije, dejando a esta apoyada sobre el palo mayor, mientras trataba de presionar la herida de su pecho para detener la hemorragia. - Esto no puede estar pasando - tenía que ser todo una clase de pesadilla, o tal vez una broma de mal gusto. Buscaba con mi mano izquierda algo con lo que evitar que esta perdiera más sangre. - ¡Maeve! - le llamé. - ¡Maeve, mírame, abre los ojos! - grité, nuevamente. Estaba tan nerviosa que no podía siquiera sostener los objetos que trataba de sacar de la bolsa. - Gin, deja a Peteiro - me dirigí al hombre que nos acompañaba. Tenía tantas cosas que decir a la vez que mi mente trabajaba más rápido de lo que mis labios podían hacerlo - botiquín, hilo, Mandarina, agujas, alcohol... - Tenía que tener un pequeño botiquín en mi bolsa. Me había asegurado de meterlo antes de salir esta mañana. Sin ningún cuidado di vuelta a la esta, vaciando su contenido en el oscuro suelo. Escuché caer mi libreta y la pluma, así como el Den Den Mushi y el brazalete que había cogido de Larian, el cual rebotó tres veces en el suelo. - Eso es - le dije a mi amiga, cuando abrió los ojos - Mira, Maeve. Lo hemos logrado. Estamos por fin en el Grand Line - hablaba, con la voz quebrada. - Ahora vamos a dejar huella, juntas - encontré finalmente las vendas con la mano. - Tengo que quitarte la camisa Maeve - esperé a su respuesta afirmativa. - No mires Gin - le ordené al hombre, antes de quitarle la parte superior de la ropa a la albina, para poder vendarle la herida del pecho. - Hemos recuperado a Peteiro - expliqué - bueno, lo que quedaba de él - como no, mi necesidad de matizar todo - y hemos conseguido salir de esta - seguí hablando, acariciando su mano con suavidad
- Tú ahora recupérate, que yo te voy a preparar una deliciosa lasagna de espinacas para cenar - parecía que la sangre había dejado de salir de su pecho. Suspiré, aliviada. - Te necesitamos al máximo para llevarnos a la próxima isla, capitana - sonreí, sin dejar de acariciar su mano con cariño. - ¿Cómo será la próxima isla? - pregunté. - Igual es como Toroa. Una isla que da mal rollo y es oscura, pero que es acogedora - cerré levemente los ojos, recordando aquel lúgubre pero cálido lugar - O tal vez una isla llena de nieve. Aunque con lo blanca que eres si te pierdes a ver cómo te encontramos - no pude evitar reir. Risa que se vio interrumpida en el momento en que abrí los ojos, pues mi amiga había vuelto a cerrar los suyos y los vendajes volvían a estar empapados de sangre. - No, no - no sabía qué hacer. - ¡No te vayas, Maeve! - le pedí o más bien supliqué. - Tienes que seguir luchando Maeve - no se me ocurría otra cosa que tratar de animar a ésta - Piensa en Mandarina - le dije - me prometiste que cuidarías de él si me pasaba algo - posiblemente en otra situación eso se pudiera considerar alguna especie de chantaje emocional, aunque aquello no me importaba lo más mínimo - Piensa en Zorak - dije después. Apelar a su amor posiblemente tuviera más efecto que hacer lo mismo con su ahijado felino. - Todavía tenemos que encontrarnos con él, y tengo que darle una patada en el culo por haberse ido - traté de reír, sin mucho efecto. Hacía ya un tiempo que los nervios habían tomado el control de mi cuerpo, pero ahora me sumía en un pozo infinito de impotencia y desesperación - Por favor, Maeve - apreté su mano con fuerza, apoyando la frente en los tablones del suelo, junto a mi amiga. - No te vayas - volví a suplicar - Eres mi única amiga, mi ángel de la guarda. Eres la única luz de mi vida - las lágrimas habían dejado de ser rojas, pues de tanto llorar habían disipado el maquillaje de mis ojos - Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca. Tanto que ni siquiera puedo mirarte a los ojos - ¿Qué hacía yo diciendo todo eso en aquel momento? No me importaba, al igual que no me importaba lo más mínimo que Gin estuviera ahí al lado escuchando todo - Y te amo Maeve. ¿Qué va a ser de mí sin ti?
