17-06-2024, 02:47 PM
A pesar de que en mi cabeza saltaban las alarmas cada segundo que pasaba contando mi historia, advirtiéndome una voz interior de que iba a salir mal, que no debía confiar, que era un pirata… Fui capaz de hacerlo. Y cada gesto que Garnet hacía acompañando mis palabras, me daba fuerzas y resolución para seguir adelante. Me dejó explicarme, manteniéndose en silencio, lo cual me hacía más sencillo. Además, cuando necesité tiempo para llorar, me apoyó, me dijo que estaba ahí… Y me dio espacio cuando tuve que pasar a la peor parte, sin tener que decir nada. Él lo entendió y se mantuvo ahí, escuchando lo que mi interior escondía y le atemorizaba. Pero ninguno de sus gestos amables y cariñosos podía preparar a mi corazón para lo que vi cuando, finalmente, decidí mirarlo. Estaba llorando, con la cara empapada mirando al cielo. Lloraba… ¿Por mí?
Abrí los ojos todavía luchando por contener su humedad, apretando los labios temblorosos, cuando se abalanzó para abrazarme. Temerosa del rechazo, no había creído posible que algo así pudiera suceder. Su calor reconfortó mi cuerpo, sentía como si hubiese estado andando desnuda en la nieve toda mi vida y finalmente había encontrado un refugio con una hoguera. Exploté de nuevo en lágrimas y sollozos, aferrándome a él con toda mi alma, con las manos sobre su pecho y hundiendo mi cara en su hombro a la vez que él lo hacía. Llamó mi nombre, disculpándose porque lo había pasado fatal. Lo abracé con más fuerza aún si era posible. Las palabras morían en mi boca antes de poder pronunciarlas cuando, me aferró más y me prometió que no dejaría que me volviese a pasar algo así. Mi corazón de témpano se derritió en ese momento, como la superficie helada bajo primer sol de primavera, cuando manifestó que, pasase lo que pasase, me protegería y me haría feliz. La niña interior en mí, que tan aprisionada entre rejas y cadenas guardaba bajo cerrojo, lloró con él cuando, con un desgarrador grito hizo retumbar el claro donde estábamos. Todavía no sabía lo que aquel día iba a significar para mí en el futuro, cuanto iba a cambiarme, pero el peso que llevaba arrastrando desde entonces se esfumó y desapareció, al menos por el momento, dándome finalmente libertad para respirar. Lo que el futuro depara siempre es un misterio, pero encuentros aleatorios como ese, que en primera instancia pueden parecer pequeños, generan un efecto mariposa que desencadena en grandes cosas. Aquel día, encontré por primera vez a alguien que de verdad me aceptó, algo que tocó con profundidad mi ser. Mientras me fundía en lágrimas con él, recordé Impel Down y la felicidad que todos compartieron al ser ascendidos, emocionados y unidos. Y como yo me quedé alejada, sintiéndome como una intrusa presenciando un momento íntimo que no era suyo. Pero ese abrazo, aquel momento y esas emociones que sentía… me pertenecían a mí.
El minino se separó un momento, para besarme y sonreí al devolvérselo. Nos miramos, ambos con los ojos enrojecidos, más si era posible en los míos ya de por sí carmesíes. Alzó la voz para agradecerme por dejarle escuchar el rugido de mi alma y desvió la mirada sonrojado, le di un beso en la mejilla porque así lo sentía.
—Gracias a ti por escucharlo, minino. —respondí agradecida y avergonzada a la vez, secándome las lágrimas de los ojos con la mano.
Después, confesó que no entendía como en tan poco tiempo había puesto patas arriba su corazón y el mío dio un vuelco tras escucharlo. Apoyó su mano en mi muslo y yo coloqué la mía encima de ella, acariciándosela. Dijo que ahora que entendía mi dolor se alegraba de que los culpables estuviesen muertos. Torcí una sonrisa, todavía me dolía pensarlo, aunque teniéndolo a él ahí se me hacía más ligero ahora. Casi me da un infarto cuando me soltó con decisión, que a pesar de que yo lo viese como algo vergonzoso y vulnerable, cosa que era así, él solo podía ver a una mujer increíble y fuerte frente a él. Sí, yo era así, y mucho más, pero escucharlo de su boca me hizo arder las mejillas y sonreír avergonzada cuando tomó mi mano libre. No me iba a juzgar, dijo, por algo de lo que no tenía culpa y besó mi frente que me generó un escalofrío que erizó mi piel. La verdad era que siempre pensé que de haber actuado distinto las cosas podrían haber salido mejor. Si no me hubiese resistido desde un inicio y hubiese acatado sus órdenes sin rechistar, sin morder ni escupir… Pero por mucho que odie el calor, dentro de mí siempre ha existido una llama, inconformista y rebelde, que me obliga a seguir. Incluso cuando deseé estar muerta antes que seguir sufriendo aquello, me resistí y luché, con una voluntad aplastante. Había conseguido reconciliarme con mi pasado, aunque fuese un poco. Su ternura, su amabilidad, su mirada, todo cuanto provenía de él me era extremadamente reconfortante, apaciguante, y a la vez alimentaba mi llama.
Me preguntó entonces, como me encontraba ahora. Solté sus manos y las apoyé en el tronco en el que estábamos sentados, mirando al cielo sonriendo y soltando un suspiro. Después, giré ligeramente la cabeza para mirarlo de reojo y cambié el dibujo de mis labios a una sonrisa juguetona. Colé mi brazo por detrás de su hombro y tiré de él hacia atrás, tumbándolo de espaldas contra la hierba y dejándome caer de espaldas a su lado. Busqué con mi mano la suya entrecruzando los dedos con los suyos con firmeza, observando el cielo un par de segundos más, divertida y apreciando el momento y todo lo que había sentido hasta que giré la cabeza para mirarlo.
—Shshshshsh. —reí cerrando los ojos— Feliz. —respondí volviendo a centrarme en su mirada.
Giré sobre mi costado, soltando su mano y apoyando mi cabeza sobre su hombro, mirándolo. Con la mano que quedaba encima acaricié su mejilla y me acerqué para besarlo, con cariño y pasión. Al retirarme reposé de nuevo la cabeza en el mismo sitio, notando como si mi cabeza encajase a la perfección con ese lugar. Me sonrojé, sentía mucha hambre y no sabía si iba a escuchar los gruñidos.
—Nunca, jamás de todos los jamases, pensé que le contaría todo esto a alguien, ¿sabes? —respondí acariciando su mejilla y bajando por su cuello hasta su pecho— No te haces ni idea del alivio que siento, no solo por haber podido hablar sobre ello con alguien, sino… —me interrumpí, pensando que debía parecer una cereza estando tan roja— por haberte conocido. La “menda” cree que le gustas, mucho. —confesé, utilizando su jerga y sonriente mirándolo a los ojos— Me da igual que seas lo que eres, un pirata. Tienes un corazón que late como el mío, capaz de sentir empatía por alguien como yo, una marine, y a la que acabas de conocer. Eres dulce, gentil… y fiero también. —continué diciendo al recordar nuestro acto de placer, sonriendo lascivamente un segundo— Pero lo que más me gusta es que sé que has sido sincero. No eres como ellos. Tú, me encantas.
Me encogí, recogiendo mis piernas y pasando una por encima de él, rodeándolo también con mi brazo y desvié la mirada con un deje de culpabilidad.
—Tengo que decirte algo… más. No quiero tener secretos contigo. —confesé con cierto miedo, no quería perderlo tan pronto, pero tenía que ser sincera también con él— Cuando fui a hablar contigo en las gradas, cuando nos conocimos, ¿sabes? —era incapaz de mirarlo a la cara ahora— Tenía la intención de… capturarte. —apreté los ojos y la mandíbula— Al conocerte más, por primera vez en toda mi carrera, tuve dudas. Pero no me creía que un pirata pudiese ser otra cosa que no sea un asesino y un… bueno. Ya sabes por qué pensaba así, pero creo que no es excusa. —suspiré antes de terminar— Por eso antes… te he preguntado a cuanta gente habías arrebatado la vida, tenía que asegurarme de que no cometía un error o jamás me lo perdonaría. Al ver el dolor en ti y como te responsabilizas por la muerte de tus camaradas, me pareció que era igual que como yo me siento respecto a mis hermanos. Tú, Garnet, tienes un buen corazón, y tu música lo corrobora. No eres a quien yo persigo. Siento muchísimo haberte engañado… —sentía como quería llorar, pero ya había liberado todas las lágrimas de las que era capaz.
Levanté la cara al fin para mirarlo, esperando encontrar enojo. Seguramente debería haber mentido o simplemente ocultar la verdad, pero quería devolverle esa sinceridad que yo tanto había agradecido. Era lo mínimo que podía hacer si de verdad quería… lo que fuese con él.
Abrí los ojos todavía luchando por contener su humedad, apretando los labios temblorosos, cuando se abalanzó para abrazarme. Temerosa del rechazo, no había creído posible que algo así pudiera suceder. Su calor reconfortó mi cuerpo, sentía como si hubiese estado andando desnuda en la nieve toda mi vida y finalmente había encontrado un refugio con una hoguera. Exploté de nuevo en lágrimas y sollozos, aferrándome a él con toda mi alma, con las manos sobre su pecho y hundiendo mi cara en su hombro a la vez que él lo hacía. Llamó mi nombre, disculpándose porque lo había pasado fatal. Lo abracé con más fuerza aún si era posible. Las palabras morían en mi boca antes de poder pronunciarlas cuando, me aferró más y me prometió que no dejaría que me volviese a pasar algo así. Mi corazón de témpano se derritió en ese momento, como la superficie helada bajo primer sol de primavera, cuando manifestó que, pasase lo que pasase, me protegería y me haría feliz. La niña interior en mí, que tan aprisionada entre rejas y cadenas guardaba bajo cerrojo, lloró con él cuando, con un desgarrador grito hizo retumbar el claro donde estábamos. Todavía no sabía lo que aquel día iba a significar para mí en el futuro, cuanto iba a cambiarme, pero el peso que llevaba arrastrando desde entonces se esfumó y desapareció, al menos por el momento, dándome finalmente libertad para respirar. Lo que el futuro depara siempre es un misterio, pero encuentros aleatorios como ese, que en primera instancia pueden parecer pequeños, generan un efecto mariposa que desencadena en grandes cosas. Aquel día, encontré por primera vez a alguien que de verdad me aceptó, algo que tocó con profundidad mi ser. Mientras me fundía en lágrimas con él, recordé Impel Down y la felicidad que todos compartieron al ser ascendidos, emocionados y unidos. Y como yo me quedé alejada, sintiéndome como una intrusa presenciando un momento íntimo que no era suyo. Pero ese abrazo, aquel momento y esas emociones que sentía… me pertenecían a mí.
El minino se separó un momento, para besarme y sonreí al devolvérselo. Nos miramos, ambos con los ojos enrojecidos, más si era posible en los míos ya de por sí carmesíes. Alzó la voz para agradecerme por dejarle escuchar el rugido de mi alma y desvió la mirada sonrojado, le di un beso en la mejilla porque así lo sentía.
—Gracias a ti por escucharlo, minino. —respondí agradecida y avergonzada a la vez, secándome las lágrimas de los ojos con la mano.
Después, confesó que no entendía como en tan poco tiempo había puesto patas arriba su corazón y el mío dio un vuelco tras escucharlo. Apoyó su mano en mi muslo y yo coloqué la mía encima de ella, acariciándosela. Dijo que ahora que entendía mi dolor se alegraba de que los culpables estuviesen muertos. Torcí una sonrisa, todavía me dolía pensarlo, aunque teniéndolo a él ahí se me hacía más ligero ahora. Casi me da un infarto cuando me soltó con decisión, que a pesar de que yo lo viese como algo vergonzoso y vulnerable, cosa que era así, él solo podía ver a una mujer increíble y fuerte frente a él. Sí, yo era así, y mucho más, pero escucharlo de su boca me hizo arder las mejillas y sonreír avergonzada cuando tomó mi mano libre. No me iba a juzgar, dijo, por algo de lo que no tenía culpa y besó mi frente que me generó un escalofrío que erizó mi piel. La verdad era que siempre pensé que de haber actuado distinto las cosas podrían haber salido mejor. Si no me hubiese resistido desde un inicio y hubiese acatado sus órdenes sin rechistar, sin morder ni escupir… Pero por mucho que odie el calor, dentro de mí siempre ha existido una llama, inconformista y rebelde, que me obliga a seguir. Incluso cuando deseé estar muerta antes que seguir sufriendo aquello, me resistí y luché, con una voluntad aplastante. Había conseguido reconciliarme con mi pasado, aunque fuese un poco. Su ternura, su amabilidad, su mirada, todo cuanto provenía de él me era extremadamente reconfortante, apaciguante, y a la vez alimentaba mi llama.
Me preguntó entonces, como me encontraba ahora. Solté sus manos y las apoyé en el tronco en el que estábamos sentados, mirando al cielo sonriendo y soltando un suspiro. Después, giré ligeramente la cabeza para mirarlo de reojo y cambié el dibujo de mis labios a una sonrisa juguetona. Colé mi brazo por detrás de su hombro y tiré de él hacia atrás, tumbándolo de espaldas contra la hierba y dejándome caer de espaldas a su lado. Busqué con mi mano la suya entrecruzando los dedos con los suyos con firmeza, observando el cielo un par de segundos más, divertida y apreciando el momento y todo lo que había sentido hasta que giré la cabeza para mirarlo.
—Shshshshsh. —reí cerrando los ojos— Feliz. —respondí volviendo a centrarme en su mirada.
Giré sobre mi costado, soltando su mano y apoyando mi cabeza sobre su hombro, mirándolo. Con la mano que quedaba encima acaricié su mejilla y me acerqué para besarlo, con cariño y pasión. Al retirarme reposé de nuevo la cabeza en el mismo sitio, notando como si mi cabeza encajase a la perfección con ese lugar. Me sonrojé, sentía mucha hambre y no sabía si iba a escuchar los gruñidos.
—Nunca, jamás de todos los jamases, pensé que le contaría todo esto a alguien, ¿sabes? —respondí acariciando su mejilla y bajando por su cuello hasta su pecho— No te haces ni idea del alivio que siento, no solo por haber podido hablar sobre ello con alguien, sino… —me interrumpí, pensando que debía parecer una cereza estando tan roja— por haberte conocido. La “menda” cree que le gustas, mucho. —confesé, utilizando su jerga y sonriente mirándolo a los ojos— Me da igual que seas lo que eres, un pirata. Tienes un corazón que late como el mío, capaz de sentir empatía por alguien como yo, una marine, y a la que acabas de conocer. Eres dulce, gentil… y fiero también. —continué diciendo al recordar nuestro acto de placer, sonriendo lascivamente un segundo— Pero lo que más me gusta es que sé que has sido sincero. No eres como ellos. Tú, me encantas.
Me encogí, recogiendo mis piernas y pasando una por encima de él, rodeándolo también con mi brazo y desvié la mirada con un deje de culpabilidad.
—Tengo que decirte algo… más. No quiero tener secretos contigo. —confesé con cierto miedo, no quería perderlo tan pronto, pero tenía que ser sincera también con él— Cuando fui a hablar contigo en las gradas, cuando nos conocimos, ¿sabes? —era incapaz de mirarlo a la cara ahora— Tenía la intención de… capturarte. —apreté los ojos y la mandíbula— Al conocerte más, por primera vez en toda mi carrera, tuve dudas. Pero no me creía que un pirata pudiese ser otra cosa que no sea un asesino y un… bueno. Ya sabes por qué pensaba así, pero creo que no es excusa. —suspiré antes de terminar— Por eso antes… te he preguntado a cuanta gente habías arrebatado la vida, tenía que asegurarme de que no cometía un error o jamás me lo perdonaría. Al ver el dolor en ti y como te responsabilizas por la muerte de tus camaradas, me pareció que era igual que como yo me siento respecto a mis hermanos. Tú, Garnet, tienes un buen corazón, y tu música lo corrobora. No eres a quien yo persigo. Siento muchísimo haberte engañado… —sentía como quería llorar, pero ya había liberado todas las lágrimas de las que era capaz.
Levanté la cara al fin para mirarlo, esperando encontrar enojo. Seguramente debería haber mentido o simplemente ocultar la verdad, pero quería devolverle esa sinceridad que yo tanto había agradecido. Era lo mínimo que podía hacer si de verdad quería… lo que fuese con él.
