13-06-2024, 03:48 PM
El minino contestó que ya había dicho que era una locura, algo confundido por mi pregunta.
—Hmmm… —murmuré intentando entenderlo.
Podía ser que para él locura fuese algo positivo, pero para mí significaba algo arriesgado, algo peligroso. No algo… bueno en sí mismo. Giré para mirar la pequeña cúpula azul que se divisaba a través de las ramas en lo alto. “Una locura… ¿Qué es la locura?” me pregunté tras su respuesta. Locura es lanzarte a la mar en un bote en mitad de la tormenta creyendo que no va a zozobrar, esperando que de algún modo todo saldrá bien. Locura es aferrarte a una minúscula esperanza de una posibilidad positiva, ignorando a toda la lógica por el anhelo de un resultado favorable. Si eso era verdad, sí, había cometido una locura. ¿Me estaba aferrando a un clavo ardiente al pensar que, tal vez, contra toda lógica, aquel pirata sería distinto? ¿De verdad iba a creer que su recompensa era un error?
El pirata movió su mano hasta mi pelo, que acarició con suavidad entrelazando sus dedos entre mis mechones carmesí. Me quedé ahí en silencio, luchando contra las contradicciones, hasta que nuestras miradas se cruzaron y sonrió, preguntándome de forma retórica que qué creía yo y bajó su mano hasta mi mejilla izquierda. Incliné la cabeza hacia ella apreciando el gesto. Dijo que le había encantado, de principio a fin, comentando algunos de los movimientos y sacándome una sonrisa.
—¿Y cuándo yo hice eso y tú aquello? Me parece que si el jaguar todavía seguía vivo, después de aquello ya no. Shshshshsh. —reí recordando momentos demasiado libidinosos como para detallarlos.
Justo después, dijo que había sido algo mágico con una sonrisa mayor en los labios… Me mordí el labio conteniendo algo, impidiéndole salir a flote. Me apoyé contra él con más fuerza, pasando mi brazo por encima de su pecho, lo miré con una ligera sonrisa y asentí. Poco después me pregunto qué me había parecido a mí, sonrojándose y noté un matiz de preocupación en su expresión cuando preguntó si no me había hecho daño.
—No, no. —negué sacudiendo la cabeza a los lados. Después incliné la cabeza hacia atrás con la vista perdida en lo alto— Me ha gustado mucho, más de lo que había imaginado en realidad, ¿sabes?
Aquello que dije era cierto, demasiado. Suspiré y escondí la cara en su pecho, con el pelo alborotado cayendo por mi espalda. Es que eso era lo peor de toda la situación. No tenía ni idea de como sentirme al respecto, tampoco era consciente de los grilletes que me atenazaban aunque podía sentir su tensión en mi interior a cada momento que pasaba allí. Lo que llevaba dentro era como una gota de veneno que al caer en el agua se mezclaba con ella y se volvían imposibles de separar. No existía forma de diluir esa sustancia que me intoxicaba desde dentro, o yo no la había encontrado nunca por mucho empeño que pusiese en ello.
Mientras me sumergía en esas aguas nocivas, el minino llamó mi atención, a lo que levanté la cabeza y para dirigirla hacia él. Habló con cierta dificultad, trabándose al iniciar la frase, mencionando a su amada, la mujer que me había dicho que había fallecido.
—La recuerdo. —respondí, a la vez que alejaba la mirada sonrojado— ¿Qué sucede?
Me confundió que la mencionase en aquel momento y mi cabeza comenzó a decirme que había algún problema con ella. Que a lo mejor no estaba muerta, que me había engañado para conquistarme y que todo lo anterior sobre las muertes de sus compañeros no eran más que mentiras. Arrugué la frente, comenzando a sentirme realmente molesta cuando, de forma entrecortada, como si le costase expresarlo, mencionó que ella tenía “pito”. La confusión invadió mi faz, arqueando una ceja con una extraña sonrisa de perplejidad en los labios, pero cambió a una expresión de sorpresa cuando mencionó que yo era la primera “mujer” de verdad con la que mantenía relaciones, expresando preocupación por si había hecho algo raro. Suspiré aliviada.
—No, no has hecho nada extraño. Aparte, por supuesto, de transformarte en una bestia semi-humana y montarme salvajemente, ¿sabes? Shshshsh —respondí terminando con una sonrisa suave llevándome la mano cerrada ante la boca.
Retiró la mano de mi mejilla para apartar los mechones de mi pelo y pasarlos tras mi oreja, mirándome con atención. Agarré su mano con delicadeza y la llevé hasta mis labios y deposité un suave beso en ella. Me incorporé apoyando mi peso sobre los brazos y crucé la pierna por encima de su cuerpo para sentarme encima de él y acércame a su cara para mirarlo directamente.
—Espero que haya sido una primera vez satisfactoria entonces, gatito. Y que mis atributos femeninos abundantes y perfectos hayan sido de tu agrado… —susurré mientras apoyaba el peso en mi mano derecha sobre el jaguar y con la izquierda retiré el pelo hacia el lado.
Me quedé unos segundos en silencio, recorriendo su fisonomía con la vista, pasando de sus ojos a sus labios, su cuello, su pelo. La primera vez que lo vi en uno de los carteles, pensé que se trataba de un psicópata. Cuando lo vi en los juegos y paseamos juntos, me pareció un baboso obsesionado con los pechos, lo cual lo hacía la presa perfecta ante mis perfectos dones naturales. Pero ahora, mirándolo, acompañando la vista con el dedo índice recorriendo su frente, su mandíbula y sus labios, me parecía simplemente bello y seductor. Como si hubiese sufrido algún tipo de cambio entre la última vez que nos vimos y ese día. Y tras esa fachada de cachondo de la vida, podía vislumbrar una dulzura amable y generosa que demostraba con cada roce y caricia cuidadosa que le ofrecía a mi cuerpo.
—Hmmm… Sí. —afirmé en voz alta para mí misma mientras lo observaba con una mezcla entre ternura y deseo— ¿Sabes? Ha sido la primera vez que un hombre me trata así de…
Aparté de golpe la mirada, abriendo los ojos y formando una expresión de pavor en mi cara. Me levanté rápidamente, alejándome de él varios pasos hasta llegar al tronco caído donde me había sentado anteriormente. Le di la espalda por completo, con la respiración accidentada, aumentando cada vez más su cadencia. Me llevé ambas manos a la cara, apretando con fuerza contra mis ojos como si de esa forma pudiese eliminar las escenas que se recreaban en mi mente, sin éxito.
—No… No… No… —murmuraba ante los recuerdos reprimidos que comenzaba a revivir.
El fruto de mi terror invadió mi mente e irremediablemente perdí la fuerza en las piernas, quedando sentada en el suelo sobre ellas de rodillas, cubriéndome la cara y agachada. Intenté con todas mis fuerzas alejar de mi mente los recuerdos grabados con fuego en mi ser. El olor del moho, del sudor y las heces, la salinidad del mar colándose entre los tablones de la habitación que era mi prisión. El roce de las cuerdas abrasando mis muñecas, el calor y la humedad agobiantes de una jaula que debía ser para bestias. El hedor de su respiración, los golpes, los insultos, cada una de las palabras que había dicho. El dolor… Estaba sufriendo cada uno de los momentos que pasé en aquel lugar, todos y cada uno de ellos se sentían tan recientes como si acabasen de suceder en ese mismo instante. Y el último de ellos fue el del corroído y nauseabundo olor a óxido y su tacto al cubrirme la piel. Me abracé intentando sentir otra cosa que no fuese aquella sensación, clavando las uñas de mis manos en los brazos, con tanta fuerza que sangraban. Y acompañando a la sangre que fluía por mis brazos, las lágrimas que llevaba una década sin liberar, irremediablemente brotaron inundando mis ojos y recorrieron mis mejillas hasta encontrar reposo en la hierba.
—Hmmm… —murmuré intentando entenderlo.
Podía ser que para él locura fuese algo positivo, pero para mí significaba algo arriesgado, algo peligroso. No algo… bueno en sí mismo. Giré para mirar la pequeña cúpula azul que se divisaba a través de las ramas en lo alto. “Una locura… ¿Qué es la locura?” me pregunté tras su respuesta. Locura es lanzarte a la mar en un bote en mitad de la tormenta creyendo que no va a zozobrar, esperando que de algún modo todo saldrá bien. Locura es aferrarte a una minúscula esperanza de una posibilidad positiva, ignorando a toda la lógica por el anhelo de un resultado favorable. Si eso era verdad, sí, había cometido una locura. ¿Me estaba aferrando a un clavo ardiente al pensar que, tal vez, contra toda lógica, aquel pirata sería distinto? ¿De verdad iba a creer que su recompensa era un error?
El pirata movió su mano hasta mi pelo, que acarició con suavidad entrelazando sus dedos entre mis mechones carmesí. Me quedé ahí en silencio, luchando contra las contradicciones, hasta que nuestras miradas se cruzaron y sonrió, preguntándome de forma retórica que qué creía yo y bajó su mano hasta mi mejilla izquierda. Incliné la cabeza hacia ella apreciando el gesto. Dijo que le había encantado, de principio a fin, comentando algunos de los movimientos y sacándome una sonrisa.
—¿Y cuándo yo hice eso y tú aquello? Me parece que si el jaguar todavía seguía vivo, después de aquello ya no. Shshshshsh. —reí recordando momentos demasiado libidinosos como para detallarlos.
Justo después, dijo que había sido algo mágico con una sonrisa mayor en los labios… Me mordí el labio conteniendo algo, impidiéndole salir a flote. Me apoyé contra él con más fuerza, pasando mi brazo por encima de su pecho, lo miré con una ligera sonrisa y asentí. Poco después me pregunto qué me había parecido a mí, sonrojándose y noté un matiz de preocupación en su expresión cuando preguntó si no me había hecho daño.
—No, no. —negué sacudiendo la cabeza a los lados. Después incliné la cabeza hacia atrás con la vista perdida en lo alto— Me ha gustado mucho, más de lo que había imaginado en realidad, ¿sabes?
Aquello que dije era cierto, demasiado. Suspiré y escondí la cara en su pecho, con el pelo alborotado cayendo por mi espalda. Es que eso era lo peor de toda la situación. No tenía ni idea de como sentirme al respecto, tampoco era consciente de los grilletes que me atenazaban aunque podía sentir su tensión en mi interior a cada momento que pasaba allí. Lo que llevaba dentro era como una gota de veneno que al caer en el agua se mezclaba con ella y se volvían imposibles de separar. No existía forma de diluir esa sustancia que me intoxicaba desde dentro, o yo no la había encontrado nunca por mucho empeño que pusiese en ello.
Mientras me sumergía en esas aguas nocivas, el minino llamó mi atención, a lo que levanté la cabeza y para dirigirla hacia él. Habló con cierta dificultad, trabándose al iniciar la frase, mencionando a su amada, la mujer que me había dicho que había fallecido.
—La recuerdo. —respondí, a la vez que alejaba la mirada sonrojado— ¿Qué sucede?
Me confundió que la mencionase en aquel momento y mi cabeza comenzó a decirme que había algún problema con ella. Que a lo mejor no estaba muerta, que me había engañado para conquistarme y que todo lo anterior sobre las muertes de sus compañeros no eran más que mentiras. Arrugué la frente, comenzando a sentirme realmente molesta cuando, de forma entrecortada, como si le costase expresarlo, mencionó que ella tenía “pito”. La confusión invadió mi faz, arqueando una ceja con una extraña sonrisa de perplejidad en los labios, pero cambió a una expresión de sorpresa cuando mencionó que yo era la primera “mujer” de verdad con la que mantenía relaciones, expresando preocupación por si había hecho algo raro. Suspiré aliviada.
—No, no has hecho nada extraño. Aparte, por supuesto, de transformarte en una bestia semi-humana y montarme salvajemente, ¿sabes? Shshshsh —respondí terminando con una sonrisa suave llevándome la mano cerrada ante la boca.
Retiró la mano de mi mejilla para apartar los mechones de mi pelo y pasarlos tras mi oreja, mirándome con atención. Agarré su mano con delicadeza y la llevé hasta mis labios y deposité un suave beso en ella. Me incorporé apoyando mi peso sobre los brazos y crucé la pierna por encima de su cuerpo para sentarme encima de él y acércame a su cara para mirarlo directamente.
—Espero que haya sido una primera vez satisfactoria entonces, gatito. Y que mis atributos femeninos abundantes y perfectos hayan sido de tu agrado… —susurré mientras apoyaba el peso en mi mano derecha sobre el jaguar y con la izquierda retiré el pelo hacia el lado.
Me quedé unos segundos en silencio, recorriendo su fisonomía con la vista, pasando de sus ojos a sus labios, su cuello, su pelo. La primera vez que lo vi en uno de los carteles, pensé que se trataba de un psicópata. Cuando lo vi en los juegos y paseamos juntos, me pareció un baboso obsesionado con los pechos, lo cual lo hacía la presa perfecta ante mis perfectos dones naturales. Pero ahora, mirándolo, acompañando la vista con el dedo índice recorriendo su frente, su mandíbula y sus labios, me parecía simplemente bello y seductor. Como si hubiese sufrido algún tipo de cambio entre la última vez que nos vimos y ese día. Y tras esa fachada de cachondo de la vida, podía vislumbrar una dulzura amable y generosa que demostraba con cada roce y caricia cuidadosa que le ofrecía a mi cuerpo.
—Hmmm… Sí. —afirmé en voz alta para mí misma mientras lo observaba con una mezcla entre ternura y deseo— ¿Sabes? Ha sido la primera vez que un hombre me trata así de…
Aparté de golpe la mirada, abriendo los ojos y formando una expresión de pavor en mi cara. Me levanté rápidamente, alejándome de él varios pasos hasta llegar al tronco caído donde me había sentado anteriormente. Le di la espalda por completo, con la respiración accidentada, aumentando cada vez más su cadencia. Me llevé ambas manos a la cara, apretando con fuerza contra mis ojos como si de esa forma pudiese eliminar las escenas que se recreaban en mi mente, sin éxito.
—No… No… No… —murmuraba ante los recuerdos reprimidos que comenzaba a revivir.
El fruto de mi terror invadió mi mente e irremediablemente perdí la fuerza en las piernas, quedando sentada en el suelo sobre ellas de rodillas, cubriéndome la cara y agachada. Intenté con todas mis fuerzas alejar de mi mente los recuerdos grabados con fuego en mi ser. El olor del moho, del sudor y las heces, la salinidad del mar colándose entre los tablones de la habitación que era mi prisión. El roce de las cuerdas abrasando mis muñecas, el calor y la humedad agobiantes de una jaula que debía ser para bestias. El hedor de su respiración, los golpes, los insultos, cada una de las palabras que había dicho. El dolor… Estaba sufriendo cada uno de los momentos que pasé en aquel lugar, todos y cada uno de ellos se sentían tan recientes como si acabasen de suceder en ese mismo instante. Y el último de ellos fue el del corroído y nauseabundo olor a óxido y su tacto al cubrirme la piel. Me abracé intentando sentir otra cosa que no fuese aquella sensación, clavando las uñas de mis manos en los brazos, con tanta fuerza que sangraban. Y acompañando a la sangre que fluía por mis brazos, las lágrimas que llevaba una década sin liberar, irremediablemente brotaron inundando mis ojos y recorrieron mis mejillas hasta encontrar reposo en la hierba.
Aclaraciones
