04-06-2024, 06:24 PM
El gatito parecía algo avergonzado al reconocer que no me había seguido, sino que se había adentrado en el bosque con la intención de enfrentar a alguna criatura para entrenar. Asumía a su vez, que se había visto que debía hacerse más fuerte y parpadeé perpleja por aquella revelación, la cual me había sorprendido realmente. Se mostró decidido con aquello, con una expresión seria en el rostro que me llegó a preocupar. En su combate demostró ser muy superior a Karl, a la cual yo consideraba realmente fuerte. Y no solo eso, desprendía una especie de aura que reflejaba de todo menos debilidad. ¿En qué clase de monstruo podría llegar a convertirse Garnet si seguía por ese sendero? Me deshice el moño mientras pensaba en que tal vez debería eliminarlo en ese momento y arriesgarme a la furia de Zarutsuki. Aquel hombre… No, aquel pirata debía haber segado la vida a cientos e incluso miles de personas para lograr una recompensa como la que tenía. No merecía respirar ni un segundo más. Y siempre podía acabar con su vida y alegar que había sido en defensa propia, que aquel psicópata en taparrabos me había encontrado indefensa al borde del bosque, me había atacado por la espalda y yo no había tenido más remedio que pelear y que su muerte había sido accidental. Seguro que me creerían, era arriesgado pero podría funcionar. Exhalé, dispuesta a ponerle fin a sus sueños dementes y perversos cuando, al levantar la vista decidida hacia él, cambió totalmente su comportamiento y volvió a ser el baboso habitual de siempre, con los ojos transformados literal y metafóricamente en corazones y sacando su laúd tras decir que por mí haría una excepción con su entrenamiento.
—¡Shshshshshshshs! —estallé en una carcajada al ver su cambio de actitud de un momento a otro. Incluso tuve que secarme una lágrima que amenazaba con recorrer mi mejilla con una mano— Ay… Perdón… —intenté decir recuperando el aliento por el ataque de risa repentino que había sufrido.
Era curioso, pero verlo con aquella expresión, justo tras haberse mostrado tan firme con su resolución de hacerse más fuerte, me había roto por completo la imagen de pirata malvado masacrando un pueblo. En mi cabeza por un momento había imaginado al tonto del culo pelirrojo ese, en tanga en mitad de la plaza de una ciudad gritando: “¡Soy un pirata malvado! ¡Os mataré a todos con mi música diabólica!” Y después convirtiéndose en un gato y cantando Miau Miau Miau tocando con sus patitas el laúd. No tengo ni idea de por qué esa precisa escena cruzó mi mente, pero chocó tanto con lo que estaba pensando un momento atrás que no pude contener la risa. Para cuando pude dejar de reír, él se ofreció a tocarme… algo de música. Una broma más que esta vez recibí de buen grado. Incluso se me escapó una sonrisa ladeada, sin duda estaba todavía convaleciente por la escena que había imaginado. Ahora con un aire lleno de confianza, me aclaró que no mucha gente tenía el lujo de recibir un concierto privado por su parte.
—Tampoco muchos músicos tienen el honor de tocar para una reina, minino. —respondí agarrando su mentón y clavando la mirada en la suya para seguidamente susurrarle— Pero estaré encantada de ofrecerte el gusto, si estás dispuesto a darme a mí el placer… —solté su barbilla, y le tendí la mano, invitándole a cogerla— Vayamos a un sitio más íntimo. Si es un recital privado, no quiero compartirte con ningún cotilla que pueda escucharnos por ahí, ¿sabes?
Me adentré un poco más en el bosque, dejando atrás la silueta de las casas de Shandora al otro lado del río y sustituyéndolas por enormes árboles frondosos que mecían sus hojas con el viento. El sonido que nos rodeaba estaba compuesto por una mezcla de estridulaciones de los insectos, el canto de algunos pájaros (que no eran Ñordikis) y el leve rumor del río que cada vez se escuchaba más lejano. La maleza era espesa, pero no lo suficiente para que impidiese nuestro paso. Apenas había avanzado unos momentos, pero ya no tenía ni idea de dónde me había metido. De alguna forma habíamos llegado a un pequeño claro, de unos quince metros de diámetro, donde algunos rayos del sol se colaban por la superficie frondosa como el agua a través de un colador, iluminando la zona lo suficiente para ver bien, pero sin permitir que el sol abrasador me molestase por su calor. Bueno, si ni siquiera yo, con mi gran sentido de la orientación, sabía ni dónde estábamos, seguro que sería muy difícil para otros encontrarnos. Así sería todo mucho más sencillo para mí, quizás incluso podría partir de la isla sin que nadie supiese de su muerte. Solté suavemente su mano y giré sobre los talones con una expresión dulce en la cara. Me recogí un mechón detrás de la oreja y me agaché frente a un tronco caído para dejar mi camisa sobre él y después sentarme.
—Espero que el sitio sea de tu agrado y que la acústica sea adecuada. Igualmente, estoy segura de que lo harás genial. Me muero de ganas por escucharte. —dije sonriendo y apoyando ambas manos en el tronco reclinándome levemente hacia atrás— Y creéme, te recompensaré bien por ello. Tengo un regalo preparado para darte cuando terminemos, querido gatito. —terminé de decirle y me relamí los labios hambrienta por lo que vendría después.
Dejaría que ese hombre diese su último concierto y posteriormente acabaría con él sin dejar rastro.
—¡Shshshshshshshs! —estallé en una carcajada al ver su cambio de actitud de un momento a otro. Incluso tuve que secarme una lágrima que amenazaba con recorrer mi mejilla con una mano— Ay… Perdón… —intenté decir recuperando el aliento por el ataque de risa repentino que había sufrido.
Era curioso, pero verlo con aquella expresión, justo tras haberse mostrado tan firme con su resolución de hacerse más fuerte, me había roto por completo la imagen de pirata malvado masacrando un pueblo. En mi cabeza por un momento había imaginado al tonto del culo pelirrojo ese, en tanga en mitad de la plaza de una ciudad gritando: “¡Soy un pirata malvado! ¡Os mataré a todos con mi música diabólica!” Y después convirtiéndose en un gato y cantando Miau Miau Miau tocando con sus patitas el laúd. No tengo ni idea de por qué esa precisa escena cruzó mi mente, pero chocó tanto con lo que estaba pensando un momento atrás que no pude contener la risa. Para cuando pude dejar de reír, él se ofreció a tocarme… algo de música. Una broma más que esta vez recibí de buen grado. Incluso se me escapó una sonrisa ladeada, sin duda estaba todavía convaleciente por la escena que había imaginado. Ahora con un aire lleno de confianza, me aclaró que no mucha gente tenía el lujo de recibir un concierto privado por su parte.
—Tampoco muchos músicos tienen el honor de tocar para una reina, minino. —respondí agarrando su mentón y clavando la mirada en la suya para seguidamente susurrarle— Pero estaré encantada de ofrecerte el gusto, si estás dispuesto a darme a mí el placer… —solté su barbilla, y le tendí la mano, invitándole a cogerla— Vayamos a un sitio más íntimo. Si es un recital privado, no quiero compartirte con ningún cotilla que pueda escucharnos por ahí, ¿sabes?
Me adentré un poco más en el bosque, dejando atrás la silueta de las casas de Shandora al otro lado del río y sustituyéndolas por enormes árboles frondosos que mecían sus hojas con el viento. El sonido que nos rodeaba estaba compuesto por una mezcla de estridulaciones de los insectos, el canto de algunos pájaros (que no eran Ñordikis) y el leve rumor del río que cada vez se escuchaba más lejano. La maleza era espesa, pero no lo suficiente para que impidiese nuestro paso. Apenas había avanzado unos momentos, pero ya no tenía ni idea de dónde me había metido. De alguna forma habíamos llegado a un pequeño claro, de unos quince metros de diámetro, donde algunos rayos del sol se colaban por la superficie frondosa como el agua a través de un colador, iluminando la zona lo suficiente para ver bien, pero sin permitir que el sol abrasador me molestase por su calor. Bueno, si ni siquiera yo, con mi gran sentido de la orientación, sabía ni dónde estábamos, seguro que sería muy difícil para otros encontrarnos. Así sería todo mucho más sencillo para mí, quizás incluso podría partir de la isla sin que nadie supiese de su muerte. Solté suavemente su mano y giré sobre los talones con una expresión dulce en la cara. Me recogí un mechón detrás de la oreja y me agaché frente a un tronco caído para dejar mi camisa sobre él y después sentarme.
—Espero que el sitio sea de tu agrado y que la acústica sea adecuada. Igualmente, estoy segura de que lo harás genial. Me muero de ganas por escucharte. —dije sonriendo y apoyando ambas manos en el tronco reclinándome levemente hacia atrás— Y creéme, te recompensaré bien por ello. Tengo un regalo preparado para darte cuando terminemos, querido gatito. —terminé de decirle y me relamí los labios hambrienta por lo que vendría después.
Dejaría que ese hombre diese su último concierto y posteriormente acabaría con él sin dejar rastro.
Karmas
