31-05-2024, 03:13 PM
OST DE LA ESCENA
Vi cómo la dichosa avispa iba a morir bajo la mano del misterioso hombre. Le resultó tan fácil deshacerse de ese bicho y lo hizo con tanta naturalidad que, si mi intención era transmitir confianza en nosotros, corroboré en aquel preciso momento que Wolf exudaba esta por cada poro de su piel.
Dijo que comía lo que cazaba con sus propias manos. Aquel concepto no me resultaba extraño en absoluto, pues si bien disfruto de un buen banquete —estaba empeñada en que de aquel no comería nada— mientras existo en mi cuerpo original, también me he alimentado en numerosas ocasiones de lo que consigo cuando soy un buitre. Esto asquearía a casi cualquier persona, de lo cual no los puedo culpar, y más cuando mis presas han sido humanas. Me hizo identificarme en parte con él. Me deleité con la visión cuando mostró sus colmillos. Yo y mi macabra predilección por lo peligroso, incluso cuando mis sospechas hacia ese tipo se mantenían en pie. O precisamente por eso.
Nos invitó a empezar a comer, soltando una indirecta hacia Gin. Bien, no necesitaba su puto permiso para probar bocado, porque no iba a hacerlo. Incluso cuando aquel filete de pescado que descubrió mostraba una pinta deliciosa, así como el aroma que llegó a nosotros. Bueno, que su comida no estuviese envenenada no significaba que nosotros gozáramos de los mismos privilegios. Observé cómo masticaba, cómo se relamía con consciente elegancia.
Vi cómo la dichosa avispa iba a morir bajo la mano del misterioso hombre. Le resultó tan fácil deshacerse de ese bicho y lo hizo con tanta naturalidad que, si mi intención era transmitir confianza en nosotros, corroboré en aquel preciso momento que Wolf exudaba esta por cada poro de su piel.
Dijo que comía lo que cazaba con sus propias manos. Aquel concepto no me resultaba extraño en absoluto, pues si bien disfruto de un buen banquete —estaba empeñada en que de aquel no comería nada— mientras existo en mi cuerpo original, también me he alimentado en numerosas ocasiones de lo que consigo cuando soy un buitre. Esto asquearía a casi cualquier persona, de lo cual no los puedo culpar, y más cuando mis presas han sido humanas. Me hizo identificarme en parte con él. Me deleité con la visión cuando mostró sus colmillos. Yo y mi macabra predilección por lo peligroso, incluso cuando mis sospechas hacia ese tipo se mantenían en pie. O precisamente por eso.
Nos invitó a empezar a comer, soltando una indirecta hacia Gin. Bien, no necesitaba su puto permiso para probar bocado, porque no iba a hacerlo. Incluso cuando aquel filete de pescado que descubrió mostraba una pinta deliciosa, así como el aroma que llegó a nosotros. Bueno, que su comida no estuviese envenenada no significaba que nosotros gozáramos de los mismos privilegios. Observé cómo masticaba, cómo se relamía con consciente elegancia.
Entonces me miró. Nos llamó "diamantes en bruto" y, a continuación, de sus labios brotó una educada pero contundente indirecta, seguida de una amenaza: quienes salen de los Blues mueren o se pierden entre fama, hasta que se encuentran con un pez más grande. No le faltaba razón. La cuestión era: ¿dónde encajábamos nosotras en tal afirmación? Esperaba que en ninguno de los tres supuestos, aunque corríamos el riesgo de todos ellos.
Así que lo que comía era barracuda. Inevitablemente, recordé a Peteiro. Él era un gyojin barracuda. Me pregunté cómo se sentiría si estuviese viendo cómo alguien se comía a su análogo del reino animal. Seguramente no solo le daría igual sino que se uniría al festín, así era nuestro excéntrico amigo.
Hunter se tomaba su tiempo para degustar su plato, el cual parecía estar disfrutando especialmente.
Entonces, respondió a Gin utilizando una pulla primero. Por lo visto, valoraba la educación por encima de muchas otras cosas y nuestro aliado temporal parecía haberle ofendido. El tono que usó con él fue sustancialmente distinto al que había empleado con nosotras. Fruncí el ceño. Todavía desconocía el qué, pero allí seguía habiendo algo que no me cuadraba. Incluso cuando habían tenido a bien remolcar nuestra Rémora Fatua, lo cual me había parecido un detalle. Sin embargo, y por el momento, mi interés se hallaba en la cubierta de ese galeón. Algo en mí gritaba que todo aquello estaba mal, debía descubrir lo que era si quería ganar alguna ventaja, por pequeña que fuese.
Hunter continuó hablando, parece que le gustaba escuchar su propia voz y explicarnos cosas que no le habíamos preguntado, como que hacía unos días tuvo visita. Pues muy bien, pensé, esperando que quisiese llegar a alguna parte importante con aquello. Entonces, dijo que yo lo conocía, que salió en el periódico junto a nosotras. El nombre regresó a mi mente de inmediato.
Peteiro.
Fruncí el ceño. Tenía las piezas delante de mí y no lograba juntarlas.
Reencuentro. ¿Acaso Peteiro estaba allí? ¿Lo tenía prisionero?
"La barracuda está deliciosa, deberíais probarla".
Entonces lo supe, supe que Peteiro no estaba encerrado justo antes de que Hunter Wolf levantase la tapa de la segunda bandeja. No podía haber vaticinado la visión que se abría ante nosotros. La cabeza de nuestro antiguo compañero, de nuestro amigo, yacía sobre la plata manchada de sangre.
Fue como si el mundo se detuviese por un instante, como si el sol que incidía sobre mi blanca piel hubiese oscurecido, invirtiendo los colores de todo cuanto me rodeaba. Solo podía mirar a aquellos ojos blancos que, durante casi un año, se clavaban en nosotras al hablar de aquella forma tan particular que tenía.
Peteiro asesinado. Decapitado.
"En realidad, ya han tenido una parte de él con las cartas". Recordaba a la perfección el color de las letras. Sangre. ¿Era sangre? ¿La sangre de Peteiro? ¿Qué clase de capitana era yo que no había podido proteger a mi compañero? Él había decidido marcharse, por supuesto, y no dar pista alguna acerca de su paradero, no podía saber dónde estaba, y aun así... Un mazazo cayó sobre mí con todo el peso de la culpa.
Las palabras de Zorak resonaron en mi mente con una fuerza sobrenatural, aquellas que pronunció aquella noche en la que salió a flote todo aquello que no se dijo durante los pasados cuatro años: "¿Qué tal si voy a tu bonito barco y hago que entiendas qué se siente al no tener la voluntad de salvar de la muerte a quienes te importan?".
Las náuseas golpearon mi estómago vacío.
Cazarrecompensas.
Y Hunter Wolf ahora buscaba nuestras cabezas.
No tuve el valor de buscar a Eaa con la mirada, pues temía que, si dejaba de mirar a aquel bello y desgraciado rostro, aquellos hermosos colmillos, la siguiente en caer sería la que, en mi corazón, era como mi hermana.
En mi interior, el volcán que, a pesar de los avisos, había permanecido en calma, hizo erupción con toda su fuerza abrasadora, calcinándome las entrañas, colmándome de una avidez de sangre que ya conocía y que ahora se multiplicaba por mil. Mi pulso corría como alma que lleva el diablo, buscando hacerme resurgir de los mismísimos infiernos como uno. Mi corazón sangraba bajo mi corsé, mis pechos y mis costillas, reclamando sangre.
En mi mente se apelotonaban los insultos como si fuesen los cadáveres que forman un montón desorganizado e infecto. Por mi boca, sin embargo, silencio.
El tamaño de mi cuerpo ascendió a los dos metros y medio al, en apenas segundos, adoptar mi forma híbrida de buitre. Un pico rosado apareció en mi rostro, del mismo color que mis ahora patas. Las plumas cubrieron mi cuerpo como si de un níveo vestido se tratase, incluyendo la cola a mi espalda. Mi pecho y abdomen, desprovistos de plumas, apenas dejaban nada a la imaginación de las formas de mi cuerpo. Mis ojos, ahora rojos, miraban a Hunter con el fuego del averno en su interior.
Con un ágil movimiento, gracias a la capacidad semiprensil de mis alas, utilicé la derecha para desenrollar el látigo de mi cintura, ahora más suelto por el cambio de tamaño. Lo coloque, de inmediato, en mi garra del mismo lado, que cerré en torno al mango del arma de eslabones negros y carmesí. Sin dejar pasar ni un segundo, me impulsé con las patas, lanzándome hacia Hunter. Abrí las ahora enormes alas por completo, sus cinco metros de punta a punta, para controlar el movimiento, cruzando la mesa y derribando platos a mi paso, pues apenas me separaban tres metros de ese desgraciado. Debía golpear ya con el látigo si quería optimizar mi ataque, así que, haciéndolo serpentear por el aire, traté de golpear sin piedad a Wolf. Pasé por encima de él hasta aterrizar a sus espaldas, colocándome bastante alejada de su posición, pues desconocía absolutamente su forma de combatir.
Mi cuerpo temblaba de pura expectación por la inminente batalla, pero, sobre todo, por la furia titánica que me invadía. Debía mantener la mente todo lo fría que fuese capaz si no quería errar en mis movimientos. Ese hijo de puta debía morir, y no me detendría hasta que su cabeza colgase de mis manos.
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