Sentado en el suelo con las piernas cruzadas y con el yelmo al lado, frente a una chimenea, observaba el calor de las llamas ascender y calentar la tetera de acero que estaba suspendida de una cadena desde el techo, a pocos centímetros de la lumbre. El calor que desprendía servía como método de calefacción improvisada en las casas, algo que desde hacía algunos meses había dejado de importarme, pero aportaba bastante comodidad y un aire tradicional.
El crepitar del fuego y la danza de aquellas lenguas de fuego instaban a mis recuerdos a memorizar la batalla acontecida horas atrás. Marlingo Sanmarcos Jorgel Camasutra Tercero, el 'principe' heredero de las islas del cielo, y esa habilidad lunarian suya de manejar el fuego... había conseguido manipularlo hasta llevarlo a sus extremidades. Me miré la mano derecha y la cerré para formar un puño, aumentando la temperatura del mismo y viendo cómo cambiaba la tonalidad de la piel. Yo ya era capaz de concentrar y crear tanta temperatura como para encender un fuego, pero ¿podría ser capaz de mantenerlo en mis extremidades, como lo hacía en Ein Hauch? De cierta forma me molestaba que aquel tipo pudiera tener un uso del fuego mejor que el mío.
Descarté la idea al escuchar el agua empezar a hervir en la tetera. Algo insólito y extraño, pues carente de la sensación térmica del frío ya no creaba fogatas. Pudiendo calentar con mis propias manos la comida, y cocinarla burdamente, o hervir mi propia agua al contacto, tampoco realizaba de estas prácticas. Pero por algún motivo quería aprovechar la hospitalidad y la tranquilidad del lugar para descansar plenamente y limitar el uso de mis habilidades para todo lo posible. Más aún sabiendo que quizá mi calor pudiera afectar a mis compañeros... que por algún motivo, al estar inconscientes en la otra habitación habían empezado a preocuparme.
Vertí las hierbas de la infusión dentro del redil metálico que arrojé en el interior de la tetera, y la tapé de nuevo, sabiendo que al menos una decena de minutos restaban a ese proceso para terminar de preparar aquella bebida y me levanté apoyándome sobre la rodilla derecha, irguiéndome y caminando hacia la habitación a mis espaldas: el aseo.
Dentro del aseo, completamente a oscuras, comencé a desvestirme quitándome la chaqueta, botas, pantalones y ropa interior, las cuales metí todas en una palangana con una gran pastilla de jabón y la llené de agua que hice burbujear al meter un dedo y aplicar ligeramente mis poderes, y me di un baño rápido para asearme y quitarme la tierra que se había adherido a mi cuerpo en la estancia en el lugar de las pruebas, pensando en las palabras de aquel mono sobre que el viejo chamán encorvado que le acompañaba podría darme respuestas y soluciones a mis propios problemas. Su poder parecía hacerle capaz de reanimar a los inconscientes, pero no entendía cómo eso iba a poder hacerme mejor en ningún aspecto. Y aun así las palabras de aquel tipo resonaban en mi mente como si fuera un eco de mi propio subconsciente, acompasando el tintineo de las gotas de la ducha al caer sobre mi cuerpo o el suelo.
Al salir del aseo, cubierto por una bata de algodón blanca de las varias que había en él, amarrada a la cintura por una especie de cordón del mismo material y ligeramente abierta en el pecho, eché mi cabello hacia atrás con la mano derecha y agarré el barreño con la ropa enjabonada dirigiéndome hacia unas cuerdas horizontales y paralelas al techo, sobre las que fui colgando y tendiendo la ropa para que esta comenzase a secarse. No era la mejor de las limpiezas, pero si era un apaño para retirar el exceso de mugre que pudieran acarrear.
Durante ese instante escuché dos voces en la habitación contigua, así como el deslizar de unas de las puertas abriéndose, y por primera vez en mucho tiempo mi instinto no fue ir a por Ein Hauch - situado de pie apoyado junto a la chimenea - si no entender que se trataba de mis compañeros. Ya habían despertado.
Frente a la puerta del aseo, al otro lado de la estancia, estaban contiguas una al lado de la otra las tres habitaciones de la casa, en las cuales descansaban Viktor y Chloe de lo que fuera que había hecho el Shichibukai Samurpuchi y que por algún motivo a mi no me había afectado. Desde mi perspectiva mi habitación era la de más a la izquierda, la de Chloe la central, y la de Viktor la de más a la derecha. Todas las habitaciones tenían una puerta hacia la sala común o salón en el que me encontraba, y otra para ir a la habitación que tenían al lado, previo espacio minúsculo entre ellas como un pequeño pasillo y gracias a mi peculiar buen sentido del oído me dirigí hacia donde provenían las voces, la habitación del centro y abrí la puerta. Viktor estaba de pie en el marco de la puerta y Chloe yacía en su cama, colorada y con el pelo y las sábanas revueltas y agitadas. Volví a llevar mi mirada hacia Viktor, viendo que estaba vestido y que parecía más entrar que salir de la habitación, y asentí.
— Ya era hora — dije seco, como de costumbre, observando a mis dos compañeros ya despiertos — En el aseo podéis tomar una ducha y hay posibilidad de lavar la ropa en una palangana con jabón y tenderla en el interior de la sala — añadí, mirando a Viktor haciéndole un gesto con la cabeza dando a entender que al estar ya en pie él, quizá quisiera ir el primero a esto — Además... estoy... haciendo té — concluí, dudando de mis propias palabras pues no era un gesto habitual por mi parte, mientras salía de la habitación y volvía a dirigirme hacia la estancia común, hacia la ventana de la misma para mirar en dirección al palacio dorado.
El crepitar del fuego y la danza de aquellas lenguas de fuego instaban a mis recuerdos a memorizar la batalla acontecida horas atrás. Marlingo Sanmarcos Jorgel Camasutra Tercero, el 'principe' heredero de las islas del cielo, y esa habilidad lunarian suya de manejar el fuego... había conseguido manipularlo hasta llevarlo a sus extremidades. Me miré la mano derecha y la cerré para formar un puño, aumentando la temperatura del mismo y viendo cómo cambiaba la tonalidad de la piel. Yo ya era capaz de concentrar y crear tanta temperatura como para encender un fuego, pero ¿podría ser capaz de mantenerlo en mis extremidades, como lo hacía en Ein Hauch? De cierta forma me molestaba que aquel tipo pudiera tener un uso del fuego mejor que el mío.
Descarté la idea al escuchar el agua empezar a hervir en la tetera. Algo insólito y extraño, pues carente de la sensación térmica del frío ya no creaba fogatas. Pudiendo calentar con mis propias manos la comida, y cocinarla burdamente, o hervir mi propia agua al contacto, tampoco realizaba de estas prácticas. Pero por algún motivo quería aprovechar la hospitalidad y la tranquilidad del lugar para descansar plenamente y limitar el uso de mis habilidades para todo lo posible. Más aún sabiendo que quizá mi calor pudiera afectar a mis compañeros... que por algún motivo, al estar inconscientes en la otra habitación habían empezado a preocuparme.
Vertí las hierbas de la infusión dentro del redil metálico que arrojé en el interior de la tetera, y la tapé de nuevo, sabiendo que al menos una decena de minutos restaban a ese proceso para terminar de preparar aquella bebida y me levanté apoyándome sobre la rodilla derecha, irguiéndome y caminando hacia la habitación a mis espaldas: el aseo.
Dentro del aseo, completamente a oscuras, comencé a desvestirme quitándome la chaqueta, botas, pantalones y ropa interior, las cuales metí todas en una palangana con una gran pastilla de jabón y la llené de agua que hice burbujear al meter un dedo y aplicar ligeramente mis poderes, y me di un baño rápido para asearme y quitarme la tierra que se había adherido a mi cuerpo en la estancia en el lugar de las pruebas, pensando en las palabras de aquel mono sobre que el viejo chamán encorvado que le acompañaba podría darme respuestas y soluciones a mis propios problemas. Su poder parecía hacerle capaz de reanimar a los inconscientes, pero no entendía cómo eso iba a poder hacerme mejor en ningún aspecto. Y aun así las palabras de aquel tipo resonaban en mi mente como si fuera un eco de mi propio subconsciente, acompasando el tintineo de las gotas de la ducha al caer sobre mi cuerpo o el suelo.
Al salir del aseo, cubierto por una bata de algodón blanca de las varias que había en él, amarrada a la cintura por una especie de cordón del mismo material y ligeramente abierta en el pecho, eché mi cabello hacia atrás con la mano derecha y agarré el barreño con la ropa enjabonada dirigiéndome hacia unas cuerdas horizontales y paralelas al techo, sobre las que fui colgando y tendiendo la ropa para que esta comenzase a secarse. No era la mejor de las limpiezas, pero si era un apaño para retirar el exceso de mugre que pudieran acarrear.
Durante ese instante escuché dos voces en la habitación contigua, así como el deslizar de unas de las puertas abriéndose, y por primera vez en mucho tiempo mi instinto no fue ir a por Ein Hauch - situado de pie apoyado junto a la chimenea - si no entender que se trataba de mis compañeros. Ya habían despertado.
Frente a la puerta del aseo, al otro lado de la estancia, estaban contiguas una al lado de la otra las tres habitaciones de la casa, en las cuales descansaban Viktor y Chloe de lo que fuera que había hecho el Shichibukai Samurpuchi y que por algún motivo a mi no me había afectado. Desde mi perspectiva mi habitación era la de más a la izquierda, la de Chloe la central, y la de Viktor la de más a la derecha. Todas las habitaciones tenían una puerta hacia la sala común o salón en el que me encontraba, y otra para ir a la habitación que tenían al lado, previo espacio minúsculo entre ellas como un pequeño pasillo y gracias a mi peculiar buen sentido del oído me dirigí hacia donde provenían las voces, la habitación del centro y abrí la puerta. Viktor estaba de pie en el marco de la puerta y Chloe yacía en su cama, colorada y con el pelo y las sábanas revueltas y agitadas. Volví a llevar mi mirada hacia Viktor, viendo que estaba vestido y que parecía más entrar que salir de la habitación, y asentí.
— Ya era hora — dije seco, como de costumbre, observando a mis dos compañeros ya despiertos — En el aseo podéis tomar una ducha y hay posibilidad de lavar la ropa en una palangana con jabón y tenderla en el interior de la sala — añadí, mirando a Viktor haciéndole un gesto con la cabeza dando a entender que al estar ya en pie él, quizá quisiera ir el primero a esto — Además... estoy... haciendo té — concluí, dudando de mis propias palabras pues no era un gesto habitual por mi parte, mientras salía de la habitación y volvía a dirigirme hacia la estancia común, hacia la ventana de la misma para mirar en dirección al palacio dorado.

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