16-05-2024, 10:42 AM
(Última modificación: 16-05-2024, 10:55 AM por Maeve Knox.)
—Espero que así sea —respondí cuando aseguró que no volvería a hacerlo—, pero hazlo por ti, a mí no me debes nada.
Estaba sonriendo a la vez que sus ojos continuaban fijos en mí. No terminaba de acostumbrarme a una interacción tan cercana. El beso que nos había unido minutos antes no habría tenido tanto significado si no estuviese siendo acompañado por confesiones tan íntimas. Tal vez, objetivamente, la intimidad no era tanta, pero sí para mí, pues cualquier palabra que permitiese saber más sobre mi mundo interior ya la consideraba íntima. Y peligrosa. Sin embargo, inexplicablemente, ese chico me hacía sentir un poco más segura, como si la posibilidad de abrirme no fuera tan horrible.
Entonces, preguntó por mi historia. Quería saber por qué viajaba sola por aquel Mar del Oeste. Ya no parecía seguir la reglas del juego que él mismo había propuesto. Sentí cómo un escalofrío ascendía por mi columna vertebral a pesar de la temperatura creciente de aquella mañana de verano.
Mi historia.
Fue como si una apresurada sucesión de imágenes transcurriera frente a mis ojos con la velocidad de lo que no quiere ser recordado. Ni divulgado. Jamás le había contado mi vida a nadie, ni falta que hacía. A pesar de que con el tiempo entendí que nada de lo que me habían hecho en el circo fue mi culpa, la perspectiva de contarlo me causaba... angustia. No quería hablar de eso. Sin embargo, debía darle algo, pues él me había considerado digna de conocer parte de su vida, aunque hubiese sido un breve resumen. Sí, un resumen por mi parte también estaría bien. No entraría en detalles, no quería. No podía.
Estaba sonriendo a la vez que sus ojos continuaban fijos en mí. No terminaba de acostumbrarme a una interacción tan cercana. El beso que nos había unido minutos antes no habría tenido tanto significado si no estuviese siendo acompañado por confesiones tan íntimas. Tal vez, objetivamente, la intimidad no era tanta, pero sí para mí, pues cualquier palabra que permitiese saber más sobre mi mundo interior ya la consideraba íntima. Y peligrosa. Sin embargo, inexplicablemente, ese chico me hacía sentir un poco más segura, como si la posibilidad de abrirme no fuera tan horrible.
Entonces, preguntó por mi historia. Quería saber por qué viajaba sola por aquel Mar del Oeste. Ya no parecía seguir la reglas del juego que él mismo había propuesto. Sentí cómo un escalofrío ascendía por mi columna vertebral a pesar de la temperatura creciente de aquella mañana de verano.
Mi historia.
Fue como si una apresurada sucesión de imágenes transcurriera frente a mis ojos con la velocidad de lo que no quiere ser recordado. Ni divulgado. Jamás le había contado mi vida a nadie, ni falta que hacía. A pesar de que con el tiempo entendí que nada de lo que me habían hecho en el circo fue mi culpa, la perspectiva de contarlo me causaba... angustia. No quería hablar de eso. Sin embargo, debía darle algo, pues él me había considerado digna de conocer parte de su vida, aunque hubiese sido un breve resumen. Sí, un resumen por mi parte también estaría bien. No entraría en detalles, no quería. No podía.
—Mis padres me abandonaron cuando era un bebé. —Aunque empecé fuerte—. Me dejaron a las puertas de un circo de fenómenos que había llegado a la ciudad, pues debieron de aborrecer mi albinismo. Yo no me acuerdo, por supuesto, tenía semanas de vida, pero me lo contaron mis... compañeros allí. —Noté cómo, de pronto, se me secó la garganta—. Al principio, vivía con la felicidad de la ignorancia infantil, pero no tardé mucho en dejarla atrás, cuando... cuando... —Era incapaz de seguir. Parpadeé varias veces. Entrelacé los dedos de mis manos, anticipándome a un peligroso temblor que amenazaba con aparecer. Tuve éxito en el control—. Fueron años difíciles, pero al final conseguí escapar de allí cuando tenía catorce. Traté de matar al dueño de todo aquello y pensé que lo había conseguido, pero tiempo después me enteré de que seguía vivo. En cualquier caso, yo ya no estaba a su alcance. Conseguí un trabajo en un pueblo, pero tras cuatro años, descubrí que no era lo mío. Fue cuando me enrolé en una tripulación pirata. Los primeros meses fueron muy bien, pero... bueno, el capitán me terminó traicionando. Me ocupé de ellos. Fue hace unos seis años. Desde entonces decidí que no confiaría en nadie y que me iría mejor sola. Y aquí estoy.
El Patrón. Jasper. Dos hombres que habían influido de forma muy negativa en mi vida. En especial, el primero. Ni sus nombres ni sus rostros desaparecerían jamás de mi mente. Las heridas que dejaron en mi alma, tampoco.
A pesar de que solo había arañado la superficie, de que no había revelado nada más allá ni pretendía hacerlo, me sentí rara, como si hubiese dejado expuesta una parte de mí. Vulnerable. Quería pensar que Zorak no traicionaría mi confianza, que no atacaría las grietas que había dejado entrever. No tenía por qué.
Llené de aire mis pulmones en cuanto me di cuenta de que llevaba un rato sosteniendo la respiración.
—Parece que tenemos unas historias de mierda, ¿verdad? —Traté de sonreír para quitarle hierro, pero no lo conseguí. Mi rostro continuó serio, esculpido en hielo.
